Wild, Wild


This is what love is:
the dry rose bush the gardener, in his pruning, missed
suddenly bursts into bloom.
A madness of delight; an obsession.
A holy gift, certainly.
But often, alas, improbable.

Why couldn’t Romeo have settled for someone else?
Why couldn’t Tristan and Isolde have refused the shining cup
which would have left peaceful the whole kingdom?

Wild sings the bird of the heart in the forests of our lives.

Over and over Faust, standing in the garden, doesn’t know anything that’s going to happen, he only sees the face of Marguerite, which is irresistible.

And wild, wild sings the bird.

Mary Oliver

Mil grullas

Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo.
Como todos los chicos.
Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíen, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando.
Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes.
Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo.
¡Ah… y también se estaban descubriendo uno al otro!
Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela,
cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos.
Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio…
Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa.
­No tengo hambre ­le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía­. Te dejo mi vianda ­y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración.

Naomi… Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún…
El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció las vacaciones escolares.
Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable.
A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases.
Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque…
Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque…
Y aunque no lo supieran: “¡Por fin llegó agosto!”, pensaron los dos al mismo tiempo.
Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local.
Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas.  ­Para cuando termine la guerra… ­decía el abuelo.  ­Todo acaba algún día… ­comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi.

¿Y Naomi?
El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo.
Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro.
El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus:

Lento se apaga 

el verano. Enciendo 

lámpara y sonrisas.

Pronto florecerán 

los crisantemos.

Espera, corazón.

Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos.
El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar!
Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese.
La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la camisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca…
Y los dos deseos se cumplieron.
Pero el mundo tenía sus propios planes…

Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima.
Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: “¿Qué estará haciendo ahora?”.
“Ahora”, Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: “¿Qué estará haciendo Naomi?”.
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima.
En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima.
Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad.
En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez.
Dos viejos trenzan bambúes por última vez.
Una docena de chicos canturrea: “Donguri-Koro Koro- Donguri Ko…” por última vez.
Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez.
Miles de hombres piensan en mañana por última vez.
Naomi sale para hacer unos mandados.
Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río.
Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles,
calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima.
Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido.
Nadie será ya quien era.
Hiroshima arrasada por un hongo atómico.
Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando.
Recién en diciembre logró Toshiro averiguar dónde estaba Naomi.
¡Y que aún estaba viva, Dios!
Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre.

Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana.
El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar.
Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas.
Apenas una tenue pelusita oscura.
Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas.
­Voy a morirme, Toshiro… ­susurró, no bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama­. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta…
Mil grullas… o “Semba-Tsuru”, como se dice en japonés.
Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta.
­Te vas a curar, Naomi ­le dijo entonces, pero su amiga no lo oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas.
Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que,
hasta ese día, había habido allí.
Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos.
En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas.
Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho.
La tijera, la llevaba oculta entre sus ropas.

Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra.
Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos.
No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas.
­Prohibidas las visitas a esta hora ­le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga.
Toshiro insistió:  ­Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, por favor…
Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasibilidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara:  ­Pero cinco minutos, ¿eh?
Naomi dormía.
Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió.
Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo;
los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres.
Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos.

­Son hermosas, Tosí-can… Gracias…
­Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas ­y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta.
En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana.
Los ojos de Naomi seguían sonriendo.
La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre?
Febrero de 1976.
Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres.
Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar.
Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo.
Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquinas de calcular.
Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes…
Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.  ­Algún día completará las mil… ­cuchicheaban entre risas­. ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio?
Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.

Elsa Bornemann

Gansos salvajes

No tienes que ser buena. No tienes que atravesar el desierto de rodillas, arrepintiéndote. Solo tienes que dejar que ese delicado animal que es tu cuerpo ame lo que ama. Cuéntame tu desesperación y te contaré la mía. Mientras tanto, el mundo sigue. Mientras tanto, el sol y los guijarros cristalinos de la lluvia avanzan […]

Gansos salvajes

Gethsemane

The grass never sleeps.
Or the roses.
Nor does the lily have a secret eye that shuts until morning.

Jesus said, wait with me. But the disciples slept.

The cricket has such splendid fringe on its feet, and it sings, have you noticed, with its whole body, and heaven knows if it ever sleeps.

Jesus said, wait with me. And maybe the stars did, maybe the wind wound itself into a silver tree, and didn’t move, maybe
the lake far away, where once he walked as on a
blue pavement,
lay still and waited, wild awake.

Oh the dear bodies, slumped and eye-shut, that could not keep that vigil, how they must have wept,
so utterly human, knowing this too
must be a part of the story.

Mary Oliver

Preámbulo de los preámbulos

Declinan a diario los dioses

y sus trazas resbalan

sobre años y siglos

y ya no se sabe quién es dios y quién hombre.

En el cerebro humano sigue dios en cuclillas.

Se agujerea a sí mismo las sienes con el dedo

en señal de contrición

gritando en el colmo de la aflicción:

¿qué, qué he creado?

—Y el hombre desconoce:

si es dios criatura de él

o es él — criatura de dios.

Pero ve estéril y baldío

cavilar sobre un ídolo

que no responde.

Y ya no se sabe quién es dios y quién hombre.

Ha llegado un tiempo

en que los hombres se entienden a la perfección

para construir la Torre de Babel —

y a la cima de la Torre, a la cima del trono

se ha de subir el hombre

y ha de gritar:

¡Dios! ¿Dónde estás?

Migjeni

Mysteries, yes

Truly, we live with mysteries too marvelous to be understood.

How grass can be nourishing in the mouths of the lambs.

How rivers and stones are forever in allegiance with gravity while we ourselves dream of rising.

How two hands touch and the bonds will never be broken.

How people come, from delight or the scars of damage, to the comfort of a poem.

Let me keep my distance, always, from those who think they have the answers.

Let me keep company always with those who say «Look!» and laugh in astonishment, and bow their heads.

Mary Oliver

Coser y escribir

Cada edad requiere de una logística

en el bolso: pañales, toallitas, agua, galletas

esos lápices, un cuaderno, el celular.



Y un día, mientras piensas qué hacer de cena

una pregunta sobre el género:



Mamá no se qué quiero ser, si chico o chica.



Busco en mi bolso la respuesta para este dilema

y solo encuentro agua, toallitas, silencio

¿Qué es para ti ser chica? — pregunto

Vestir de rosa y unicornios, es que la ropa

de los chicos tampoco me gusta.



Cada silencio requiere de una logística

en el bolso: no hay prisa por elegir — le digo

a mí eso me pasa todo el tiempo



he aprendido a coser para hacerme la ropa

y a las noches, escribo

en talleres de poesía porque nadie

puede contar nuestra vida mejor que nosotras.

Tatiana Donoso

No digas amor

No digas amor

No me hables de esa tierra

donde el beso

despierta a la sangre

y una caricia es la agitación dormida

del espanto de estarnos tan solos

No me hables en tonos rojos

No despintes de sudor

este mar callado

que no ha aprendido a latir

No me digas que existe

que lo has mirado

que te lo han hecho

Yo sabré mañana de qué se trata

con qué colores

cómo se habla de amor

cuando se ama

como se escribe el amor cuando no te mata

Abraham Ibáñez

21

Podría ser que todo comienzo nos enseñe a despedirnos.
O al revés.
Yo aprendí la forma en que la tarde, la primera tarde verdadera, se ponía linda para irse.
Parecía una tarde que no iba a terminarse nunca.
Pero sí: de pronto nos encontramos con la noche.
¿Cuál era el miedo?
Creíamos que era el final de todo pero nos expulsó la noche de sus brazos y sin pensarlo acá seguimos, vivos.

Valeria Pariso

De este largo viaje hacia la lluvia

Dame la mano, amor, que no podemos
descansar todavía.
Tendrás que recorrer conmigo el tiempo;
mira cuánta distancia hasta la nieve,
cuántos copos de tierra
para olvidar los ojos del pasado
y encontrar el mañana
con un beso en la boca.

Ya sé que estás herido;
que te fatiga
atravesar la noche
y tienes miedo
de que, al final,
nos aguarde tan sólo la tristeza.

Ya sé que te rendiste
muchas veces al sol que deshidrata
todos los corazones;
pero yo te he salvado
trayendo un fresco arroyo hasta tus venas.

Si no puedes con todo
te llevaré en los brazos.
Has visto que soy fuerte
y que puedo arrasar todo el abismo.

Mataré los jaguares si se atreven
a acercarse a nosotros.
Antes de que emprendiéramos el viaje
cogí todas las armas
que tú me regalaste
y me mentalicé para la lucha.

Puedo con el desdén de las anémonas,
con la desilusión
de todos los reptiles,
con la envidia mortal del aguacero.
Apóyate en mi hombro.
A mí nada me agota,
ni siquiera la lluvia.

María Luisa Mora Alameda

Cabras

Esta es la última carta de amor que te escribo
O la primera, si tú quieres
Y más que carta, es un rezo
Para pedirte que te acuerdes
Que nosotras nos conocimos en cautiverio
Cuando dormíamos en el piso
Cuando nos entraba el frío a través de la reja
Y nunca abríamos la puerta

No es tu culpa querer tanto
Amar nunca será malo

Para que te acuerdes que nos conocimos cansadas
Con la espalda contracturada
Y tú ya habías aprendido a bajar las armas
Por venir de una ternura infinita
Y yo tenía la guerra incrustada
Por venir de una herida abismal

No es tu culpa quererme tanto
Amar nunca será malo

Todas las cosas tienen su ritmo
Y nosotras estábamos aceleradas
Cuando me conociste ya tenía taquicardia
Y cuando te conocí
Tú ya te sentías absolutamente sola

No es nuestra culpa querernos tanto
Amar nunca será malo

Yo te conocí cuidando un pedazo de luna enferma
Al que le hicimos un funeral en nuestro patio
Con una caja de zapatos llena de buganvilias
Cavamos con el respaldo de una silla
Y nos dimos cuenta de lo dura que es la tierra

No es tu culpa querer tanto
Amar nunca será malo

Por eso te escribo
Para recordarte que empezamos
Como dos cabras en medio del fuego
Que siempre fuimos con prisa
Porque eso pasa cuando estás dispuesta
A poner tu vida por lo que llamas casa
Y porque en esa casa nuestro cuerpo era tan fugaz
Que mañana podríamos ya no estar

No es nuestra culpa querernos tanto
Amar nunca será malo

Para recordarte que nos conocimos amenazadas de muerte
Y que en cualquier momento alguien podría entrar
Romper el candado
Molernos a palos
Pero teníamos fe

No es tu culpa querer tanto
Amar nunca será malo

Para decirte que creer duele
Que confiar envejece
Que te pone de rodillas
Que hace que tu cuerpo se ponga en el borde
Y se deje caer

No es tu culpa quererme tanto
Amar nunca será malo

Nunca tuvimos una cita
Nos conocimos en fuga con el rostro cubierto
Y tú ya sabes de mí que soy una nube
Y yo ya sé de ti que eres un sauce
Que nunca será un buen momento para dejarnos
Porque las cosas que se rompen
Nunca vuelven a existir

No es nuestra culpa querernos tanto
Amar nunca será malo

Tú me enseñaste a no ser una escapista
A observar cómo los gatos viven su dolor
Y que del amor una no debe arrepentirse
Para decirte que pido por ti como pido por mí
Y no me arrepiento

No es nuestra culpa querernos tanto
Amarte nunca será malo

Vivo mi dolor como los gatos
Vivo esta enfermedad de no verte dormir y la entiendo
Para decirte que estoy preparando mi propio funeral
O el funeral de esta cosa rota
Que se estrelló en la carretera

No es nuestra culpa querernos tanto
Amarnos nunca será malo

Entierro otra caja de zapatos
Aunque me rompa los brazos por cavar
Porque yo no sé salir del amor entera
Sino quebrada
Termino como serpiente, lo que empecé como cabra.

Jimena González

Canción para Bebé-O, por nacer

Cariño
cuando salgas
encontrarás
aquí a un poeta
no exactamente lo que uno escogería.

No prometeré
que nunca tendrás hambre
o que no estarás triste
en este quebrantado
y destrozado
mundo

pero puedo mostrarte
bebé
suficiente amor
para romper tu corazón
por siempre

Diane di Prima

Cuéntame un cuento

Cuéntame un cuento..
Donde no haya princesas, ni tristes, ni bellas,
ni ñoñas, ni indefensas,
ni lánguidas, ni tediosas, ni dulcemente encantadoras…
Cuéntame un cuento
Donde no haya príncipes azules que las quieran rescatar.
Ni salvar, ni vengar.
Ni proteger y cuidar con la excusa de amar.
Cuéntame un cuento.
Donde no haya torres en castillos,
solitarios, fríos y aislados.
Con grandes fosos, caballeros guardianes u ogros.
Cuéntame un cuento,
o mejor,
el cuento, me lo cuento yo.
Había una vez una dama, fuerte, libre, bella, inquieta,
que un día, por querer, quiso dejar de ser princesa.
Los tules, encajes y perlas se le antojaban cadenas.
Y ella, espíritu libre quería mucho más.
Soñaba con viajar, escribir, pensar, trabajar.
Sabía que podía hacer mucho más por los demás,
que exhibir su cara bonita o aprender a bordar.
Aprendió a no ser princesa,
Aprendió a creer en su propia belleza.
Aprendió a amar su cuerpo imperfecto
Porque era perfecto en su totalidad.
Aunque no entrara en corsets imposibles
ni en zapatos de cristal.
Aprendió a mimarse y a cuidarse.
A regalarse sin fechas, como una Alicia especial.
Disfrutaba sus canciones, sus adornos, sus poesías,
sus amantes y su mar.
Conoció brujas buenas que le hablaban de los misterios
y secretos que los demás le callaban.
Escuchaba, preguntaba, contestaba, compartía…
lloraba y reía.
¡Cuánto amaba a sus mujeres!,
¡cuántas vidas en sus vidas!
Mujeres hadas, mujeres lobas, a veces incluso mujeres hienas.
Siempre sabias, siempre brujas.
Junto a ellos supo entonces
del poder de las mujeres,
de las diosas de la tierra, de las de sangre y arena.
..Y entonces entendió…
Entendió el por qué del miedo,
Entendió el por qué del odio,
Entendió el por qué del dolor…
Duele lo que se nos resiste,
duele lo desconocido,
duele lo que deseamos
..y no podemos poseer…
Dolor que no le fue ajeno,
dolor que también sufrió.
Ella también quiso y no obtuvo,
y fue deseada y escapó.
Ese es el peaje de la vida:
Crees, piensas, decides, sientes, yerras,
sufres, celebras, coges, sueltas, odias, perdonas…
AMAS… VIVES.
¡VIVES!
No una vida de princesa.
Porque tú no eres “su princesa”
TÚ eres Tuya, no de nadie.
Hada, bruja, loba, ninfa, madre, hija, compañera, diosa, reina, hechicera

Margaret Atwood

la poesía es un fuego

la poesía es un fuego que no se pregunta si vale la pena arder

tú me llamas, amor, yo cojo un taxi una botella de vino y voy

la poesía es el peligro que me une a ti

la noche ha comenzado sé que te gusta este veneno

la poesía es algo que se esconde en la palabra menos pensada

ahora el epílogo vamos a brindar

la poesia es algo que casi nunca es cierto

no puedo salir de este bucle cógeme la mano, llévame lejos

la poesía es el puente que no existe

¿tú a qué lado estás?

mi aquí no tiene nombre

la poesía es la eternidad de una palabra

me has hecho una pregunta que no consigo olvidar

y otra vez eres tú la respuesta

la poesía es un blues tan triste y dulce como otros

siempre andamos perdidos entre un cierto amarillo y un cierto azul

la poesía es la última verdad

prefiero llorar a ser una desgraciada que se cree feliz

llevo toda la vida luchando contra eso

la poesía es una posdata

pienso en ti

son ilusiones

la poesía es una despedida

dime que fue real

espérame

la poesía es un suspiro de alivio

ipor fin!

gracias por su tiempo

la poesía sea lo que sea no es para tanto

vamos a terminar de una vez con esto agur

Rocío Wittib

Aún me queda

Aún me queda el silencio

y los espacios oscuros de los cajones

La carta que no entregué

Las miradas a escondidas detrás de la ventana

Aún me queda el misterio

de mis más oscuros deseos

de mis furias y mis sinsabores

La opresión del pecho que nadie sabe

Aún tengo mis lágrimas a solas

apenas atestiguadas por el gato

Las plantas marchitas

Los deseos sin salida

Aún me queda también la esperanza

de que el mundo no me ha devorado

y de que nunca

me va a devorar por completo.

Andrea Rivera

Vendrán las lluvias suaves

En el living, cantaba el reloj con voz: tic-tac, las siete, arriba, ¡las siete! como si temiera que nadie se levantara. Esa mañana la casa estaba vacía. El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. Las siete, y uno, el desayuno, ¡las siete y
uno!

En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.

Hoy es 4 de agosto de 2026, dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, en la ciudad de Allendale, California. Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad.

En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.

Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, corran, ¡ocho y uno! Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy… Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.

Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.

A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevó a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en una lavadora caliente y salieron perfectamente secos.

Nueve y quince, cantó el reloj, hora de limpiar.

De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos.
Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.

Las diez. Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.


Las diez y quince. Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las
ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el
césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña,
con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.

Quedaban las cinco zonas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón.

El suave rociador llenó el jardín de luces que caían.

Hasta ese día, cuánta reserva había guardado la casa. Con cuánto cuidado había preguntado:
«¿Quién anda? ¿Contraseña?», y, al no recibir respuesta de los zorros solitarios y los gatos que gemían, había cerrado sus ventanas y bajado las persianas con una preocupación de solterona por la autoprotección, casi lindante con la paranoia mecánica.

La casa se estremecía con cada sonido. Si un gorrión rozaba una ventana, la persiana se levantaba de golpe. ¡El pájaro, sobresaltado, huía! ¡No, ni siquiera un pájaro debía tocar la casa!

La casa era un altar con diez mil asistentes, grandes y pequeños, que reparaban y atendían, en grupos. Pero los dioses se habían marchado, y el ritual de la religión continuaba, sin sentido, inútil.

Las doce del mediodía.

Un perro aulló, temblando, en el pórtico de entrada.

La puerta del frente reconoció la voz del perro y abrió. El perro, antes enorme y fornido, en ese momento flaco hasta los huesos y cubierto de llagas, entró en la casa y la recorrió, dejando huellas de barro. Detrás de él se escurrían furiosos ratones, enojados por tener que
recoger barro, alterados por el inconveniente.

Porque ni un fragmento de hoja seca pasaba bajo la puerta sin que se abrieran de inmediato los paneles de las paredes y los ratones de limpieza, de cobre, saltaran rápidamente para hacer su tarea. El polvo, los pelos, los papeles, eran capturados de inmediato por sus diminutas mandíbulas de acero, y llevados a sus madrigueras. De allí, pasaban por tubos hasta el sótano, donde caían en un incinerador.


El perro subió corriendo la escalera, aullando histéricamente ante cada puerta, comprendiendo por fin, lo mismo que comprendía la casa, que allí sólo había silencio.

Husmeó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta, el horno estaba haciendo panqueques que llenaban la casa de un olor apetitoso mezclado con el aroma de la miel.

El perro echó espuma por la boca, tendido en el suelo, husmeando, con los ojos enrojecidos. Echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, lanzado a un frenesí, y cayó muerto. Estuvo una hora en el living.

Las dos, cantó una voz.

Percibiendo delicadamente la descomposición, los regimientos de ratones salieron silenciosamente, como hojas grises en medio de un viento eléctrico.

Las dos y quince.

El perro había desaparecido.

En el sótano, el incinerador resplandeció de pronto con un remolino de chispas que saltaron por la chimenea.

Las dos y treinta y cinco.

De las paredes del patio brotaron mesas de bridge. Cayeron naipes sobre la felpa, en una lluvia de piques, diamantes, tréboles y corazones. Apareció una exposición de Martinis en una mesa de roble, y saladitos. Se oía música.

Pero las mesas estaban en silencio, y nadie tocaba los naipes.

A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a entrar en los paneles de la pared.

Cuatro y treinta.

Las paredes del cuarto de los niños brillaban.

Aparecían formas de animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que daban volteretas en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio. Se llenaban de color y fantasía. El rollo oculto de una película giraba silenciosamente, y las paredes cobraban vida. El piso del cuarto parecía una pradera. Sobre ella corrían cucarachas de aluminio y grillos de hierro, y en el aire cálido y tranquilo las mariposas rojas de delicada textura aleteaban entre los fuertes aromas que dejaban los animales… había un ruido como de una gran colmena amarilla de abejas dentro de un hueco oscuro, el ronroneo perezoso de un león. Y de pronto el ruido de las patas de un okapi y el murmullo de la fresca lluvia en la jungla, y el ruido de pezuñas en el pasto seco del verano. Luego las paredes se disolvían para transformarse en campos de pasto seco, kilómetros y kilómetros
bajo un interminable cielo caluroso. Los animales se retiraban a los matorrales y a los pozos de agua.

Era la hora de los niños.


Las cinco. La bañera se llenó de agua caliente y cristalina.


La seis, la siete, las ocho. La vajilla de la cena se colocó en su lugar como por arte de magia, y en el estudio hubo un click. En la mesa de metal frente a la chimenea, donde en ese momento chisporroteaban las llamas, saltó un cigarro, con un centímetro de ceniza gris en la punta, esperando.


Las nueve. Las camas calentaron sus circuitos ocultos, porque las noches eran frías en esa zona.


Las nueve y cinco. Habló una voz desde el cielo raso del estudio: Señora Mc Clellan, ¿qué poema desea esta noche?


La casa estaba en silencio.

La voz dijo por fin: Ya que usted no expresa su preferencia, elegiré un poema al azar. Comenzó a oírse una suave música de fondo. Sara Teasdale. Según recuerdo, su favorito…


Vendrán las lluvias suaves y el olor a tierra
Y el leve ruido del vuelo de las golondrinas
El canto nocturno de los sapos en los charcos
La trémula blancura del ciruelo silvestre
Los ruiseñores con sus plumas de fuego
Silbando sus caprichos en la alambrada
Y ninguno sabrá si hay guerra
Ni le importará el final, cuando termine A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si desapareciera la humanidad
Ni la primavera, al despertar al alba,
Se enteraría de que ya no estamos.

El fuego ardía en la chimenea de piedra y el cigarro cayó en un montículo de ceniza en el cenicero. Los sillones vacíos se miraban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.


A las diez la casa comenzó a apagarse.


Soplaba el viento. Una rama caída de un árbol golpeó contra la ventana de la cocina. Un frasco de solvente se hizo añicos sobre la cocina. ¡La habitación ardió en un instante!


¡Fuego! gritó una voz. Se encendieron las luces de la casa, las bombas de agua de los cielos rasos comenzaron a funcionar. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo, lamiendo, devorando, bajo la puerta de la cocina, mientras las voces continuaban gritando al unísono: ¡Fuego, fuego, fuego!


La casa trataba de salvarse. Las puertas se cerraban herméticamente, pero el calor rompió las ventanas y el viento soplaba y avivaba el fuego.


La casa cedió mientras el fuego, en diez mil millones de chispas furiosas, se trasladaba con llameante facilidad de una habitación a otra y luego subía la escalera. Mientras las ratas de agua se escurrían y chillaban desde las paredes, proyectaban su agua, y corrían a buscar
más. Y los rociadores de la pared soltaban chorros de lluvia mecánica.


Pero demasiado tarde. En alguna parte, con un suspiro, una bomba se detuvo. La lluvia bienhechora cesó. La reserva de agua que había llenado los baños y había lavado los platos durante muchos días silenciosos se había terminado.


El fuego subía la escalera, creciendo, se alimentaba en los Picasso y los Matisse de las salas del piso alto, como si fueran manjares, quemando los óleos, tostando tiernamente las telas hasta convertirlas en despojos negros.


¡El fuego ya llegaba a las camas, a las ventanas, cambiaba los colores de los cortinados!


Luego, aparecieron los refuerzos.


Desde las puertas trampa del altillo, los rostros ciegos de los robots miraban con sus bocas abiertas de donde salía una sustancia química verde.

El fuego retrocedió, como habría retrocedido hasta un elefante a la vista de una serpiente muerta. En ese momento había veinte serpientes ondulando por el suelo, matando el fuego
con un claro y frío veneno de espuma verde.


Pero el fuego era inteligente. Había lanzado llamas fuera de la casa, que subieron al altillo donde estaban las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del altillo que dirigía las bombas quedó destrozado.


El fuego volvió a todos los armarios y las ropas colgadas en ellos.


La casa se estremeció, hasta sus huesos de roble, su esqueleto desnudo se encogía con el calor, sus cables, sus nervios salían a la luz como si un cirujano hubiera abierto la piel para dejar las venas y los capilares rojos temblando en el aire escaldado. ¡Auxilio, auxilio! ¡Fuego! ¡Rápido, rápido!


El calor quebraba los espejos como si fueran el primer hielo delgado del invierno. Y las voces gemían, fuego, fuego, corran, corran, como una trágica canción infantil.


Y las voces morían mientras los cables saltaban de sus envolturas como castañas calientes.

Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron y ya no se oyó ninguna.


En el cuarto de los niños ardió la jungla. Rugieron los leones azules, saltaron las jirafas púrpuras. Las panteras corrían en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales, corriendo frente al fuego, se desvanecieron en un lejano río humeante…


Murieron diez voces más. En el último instante, bajo la avalancha de fuego, se oían otros coros, indiferentes, que anunciaban la hora, tocaban música, cortaban el pasto con una máquina a control remoto, o abrían y cerraban frenéticamente una sombrilla, cerraban y
abrían la puerta del frente, sucedían mil cosas, como en una relojería donde cada reloj da locamente la hora antes o después que otro. Era una escena de confusión maníaca, pero sin embargo una unidad; cantos, gritos, los últimos ratones de la limpieza que se abalanzaban valientemente a llevarse las feas cenizas… y una voz, con sublime indiferencia ante la situación, leía poemas en voz alta en el estudio en llamas, hasta que se quemaron todos los rollos de películas, hasta que todos los cables se achicharraron y saltaron los circuitos.


El fuego hizo estallar la casa que se derrumbó de golpe, en medio de las olas de chispas y humo.


En la cocina, un instante antes de la lluvia de fuego y madera, pudo verse al horno
preparando el desayuno en escala psicopática, diez docenas de huevos, seis panes convertidos en tostadas, veinte docenas de tajadas de panceta, que, devorados por el fuego, ponían a funcionar nuevamente el horno, que silbaba histéricamente…

La explosión. El altillo que caía sobre la cocina y la sala. La sala sobre el subsuelo, el subsuelo sobre el segundo subsuelo. El freezer, un sillón, rollos de películas, circuitos, camas, todo convertido en esqueletos en un montón de escombros, muy abajo.


Humo y silencio. Gran cantidad de humo.


La débil luz del amanecer apareció por el este. Entre las ruinas, una sola pared quedaba en pie. Dentro de la pared, una última voz decía, una y otra vez, mientras salía el sol, iluminando el humeante montón de escombros:


Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…

Ray Bradbury

Alguien se salva por escuchar el ruiseñor


Digamos que una tarde

El ruiseñor cantó

Sobre esta piedra

Porque al tocarla

El tiempo no nos hiere

No todo es tuyo olvido

Algo nos queda

Entre las ruinas pienso

Que nunca será polvo

Quien vio su vuelo

O escuchó su canto.

Giovanni Quessep

The Pond

August of another summer, and once again
I am drinking the sun
and the lilies again are spread across the water.
I know now what they want is to touch each other.
I have not been here for many years
during which time I kept living my life.
Like the heron, who can only croak, who wishes he
could sing,
I wish I could sing.
A little thanks from every throat would be appropriate.
This is how it has been, and this is how it is:
All my life I have been able to feel happiness,
except whatever was not happiness,
which I also remember.
Each of us wears a shadow.
But just now it is summer again
and I am watching the lilies bow to each other,
then slide on the wind and the tug of desire,
close, close to one another,
Soon now, I’ll turn and start for home.
And who knows, maybe I’ll be singing.

Mary Oliver

De ausencia

Es para el dios de lo deshabitado
que se alzan templos invisibles
en la borrasca del desierto.
Es para él
que los árboles enanos inclinan en la arena sus ramas
humildes,
fervorosas.
Es para que no te aferres
que existe un dios de la ausencia,
señor del desierto
y de las cosas que,
como la sombra,
existen por la fuerza de la luz que las rechaza.

Andrea Cote

Descaramelizada

Cuando mi mano tantea por el estante del cuarto de las herramientas
buscando el licor ex-marital para beber sola,
choca con algo que conoce al mínimo contacto
y crujido, una tabla de chocolate con almendras, después el
sonido amortiguado de otra, él solía esconderlas,
para darme una cuando estuviese triste. Cuando se fue,
no pensó en esto, quien iba a hacerlo,
ir a los escondites y vaciarlos, a las
trampas y hacerlas saltar. Cojo el envoltorio
con las tablas y las llevo a la basura orgánica, las desnudo de sus pieles,
y las arrojo junto con las sobras y los restos triturados,
las tierras y las cortezas del Edén,
y llevo el cuenco fuera, a la pila,
y cavo un hoyo en una aplastada cáscara de huevo donde la
patata manda sus crujientes disparos
de rabia hacia arriba, introduzco los fragmentos
de cacao, vainilla a vainilla,
las nueces una por una,
y recuerdo cuánto odiaba él
que yo intentara que me hablase,
yo lo intentaba con una cierta constancia,
lo incordiaba para que se revelase a sí mismo,
quizá estos postres fueron no solo regalos,
sino sobornos u obstáculos para cerrar mi boc
durante una hora usando la dulzura.

Sharon Olds

Susana Bombal

Alta en la tarde, altiva y alabada, cruza el casto jardín y está en la exacta luz del instante irreversible y puro que nos da este jardín y la alta imagen silenciosa. La veo aquí y ahora, pero también la veo en un antiguo crepúsculo de Ur de los Caldeos o descendiendo por las lentas gradas de un templo, que es innumerable polvo del planeta y que fue piedra y soberbia, o descifrando el mágico alfabeto de las estrellas de otras latitudes o aspirando una rosa en Inglaterra. Está donde haya música, en el leve azul, en el hexámetro del griego, en nuestras soledades que la buscan, en el espejo de agua de la fuente, en el mármol de tiempo, en una espada, en la serenidad de una terraza que divisa ponientes y jardines.

Y detrás de los mitos y las máscaras, el alma, que está sola.

Jorge Luis Borges

Diálogo

Te hablaba del jarrón azul de loza, de un libro que me habían regalado, de las Islas Niponas, de un ahorcado, te hablaba, qué sé yo, de cualquier cosa.

Me hablabas de los pampas grass con plumas, de un pueblo donde no quedaba gente, de las vías cruzadas por un puente,

de la crueldad de los que matan pumas. Te hablaba de una larga cabalgata, de los baños de mar, de las alturas, de alguna flor, de algunas escrituras, de un ojo en un exvoto de hojalata.

Me hablabas de una fábrica de espejos, de las calles más íntimas de Almagro, de muertes, de la muerte de Meleagro. No sé por qué nos íbamos tan lejos.

Temíamos caer violentamente en el silencio como en un abismo y nos mirábamos con laconismo como armados guerreros frente a frente.

Y mientras proseguían los catálogos de largas, toscas enumeraciones, hablábamos con muchas perfecciones no sé en qué aviesos, simultáneos diálogos.

Silvina Ocampo

nací sin dios sin esperanza con

convencimiento

nací antes de mí en el primer hombre y en

el último cada día

nací con un llanto que es ahora y para siempre incertidumbre

nací huyendo a ningún lugar esquivando el

destino

nací para llorar el mar para oír el bosque dormido en la niebla

nací diciendo lo que no sé callar callando

lo que quiero decir

nací con todos estos versos incapaces de

alcanzar la poesía

nací -insisto- insistiendo en la deriva

renunciando a la renuncia nací espera tal vez qué importa lo siento

hasta siempre te quiero nací al otro lado de mí y me voy mareando

sin encontrarme nací eso es todo que mi vida me perdone

Rocío Wittib

Olvido

Se me olvidó tu nombre, no recuerdo si te llamabas luz o enredadera, pero sé que eras agua porque mis manos tiemblan cuando llueve.

Se me olvidó tu rostro y tu pestaña y tu piel por mi boca transitada cuando caímos bajo los cipreses vencidos por el viento, pero sé que eras luna porque cuando la noche se aproxima se me rompen los ojos de tanto querer verte en la ventana.

Se me olvidó tu voz, y tu palabra, pero sé que eres música porque cuando las horas se disuelven entre los manantiales de la sangre mi corazón te canta.

Carlos José Medellín Forero

Después del paraíso, la sombra

Supe que se trataba de un día inusual desde que vi el globo azul posarse ante mis pies como una caricia del viento. Redondo y pleno era la manifestación de un símbolo o una señal. Sentí la tentación de inclinarme a recogerlo pero entonces, la fracción de segundo que dura una duda, el globo siguió su camino, su flotación ligera, y se posó frente a la cochera de mi vecina. Ella salía a dejar a su hijo a la escuela y sin miramiento alguno lo enfrentó. El globo azul cedió a la violencia del ataque y reventó bajo una llanta. Mi vecina se alejó mientras yo me acercaba al agonizante. Lo tomé entre las manos como el despojo de un deseo y, triste, lo arrojé a una alcantarilla.

No quise pensar más en el asunto pero el globo volvía a infl arse en mi memoria negándose a morir. Me imaginaba camino al trabajo con el globo azul en las manos, la cara del vigilante para embromarme al decir que aquel no era el Día del Niño, la expresión burlona de Marita y de mi jefe: “¿Dónde fue la kermés?”

(En realidad, no habría habido ninguna expresión de mi jefe, quien sólo me habría mirado con un gesto de obtuso desdén.)

Subida al metro no cesaba de suponer las difi cultades para mantener la integridad del globo azul entre toda aquella gente, pero por más razones que esgrimiera una parte de mí sabía que todo aquello eran excusas: me había negado a levantar el globo, a recoger su ilusión perfecta y correr el riesgo de que cambiara mi vida.

Todo mundo sabe que la vida está llena de trivialidades, hechos menudos y rutinarios. Un polvo que se acumula a diario sobre nuestros corazones. También, de alguna manera, todo mundo espera que entre ese mar de situaciones que llamamos “vida diaria”, estén las oportunidades del azar, la suerte, esa lotería instantánea que no es otra cosa que el momento de intersección donde nuestros actos encuentran su correspondencia con la circunstancia. Entonces se desencadena una maquinaria invisible: el cambio que podría llevarnos a otra vida, el puente para dejar atrás lo que fuimos y transportarnos a una inalcanzable felicidad.

Mi jefe me ha sorprendido revolviendo irrefl exivamente su café. He percibido una brizna de odio en su mirada: con cada vuelta de cuchara su café ha terminado por entibiarse. Me ordenó que le sirviera de nueva cuenta uno, pero en sus palabras (“Felisa, tráigame otro café… y no lo revuelva tanto”) han surgido feroces los colmillos de la posesión: “Mientras trabaja, usted y sus pensamientos, usted y cada una de sus secreciones, todo lo que salga de usted, me pertenece solamente a mí”.

¿Cómo decirle que soy yo la que lo tiene aprisionado en el globo azul, como un genio malhumorado que tal vez sueña con un anuncio espectacular don-de un hombre joven y vigoroso se vuelca incontenible sobre una mujer que reposa en una playa paradisíaca?

No ha terminado de transcurrir la mañana —apenas el segundo café de mi jefe y la junta de programación semanal de los gerentes— y el globo azul vuelve a dar señales de vida. Desde el conmutador de nuestro piso, Marita me hace señas para que tome una llamada.

—Qué voz más sexy… Cómo se nota que ya tenemos nuevo galán —me dice antes de enlazarme con el desconocido.

Se trata de Miguel. Mi primo. A quien he visto muy escasamente en los últimos años. Sólo alguna fiesta familiar o un fugaz encuentro en casa de sus hermanas cuando tanto él como yo, sin proponérnoslo, estamos de visita en la vieja casa de la Condesa. Me ha pedido vernos. Va a vivir en el extranjero. De la empresa de telefonía donde trabaja, lo envían a la matriz de Barcelona.

—O sea que Mariana y los niños estarán dando de brincos…

Su voz se torna más grave:

—No, ellos no van conmigo. Mariana y yo nos estamos divorciando.

¿En qué momento nos apartamos de la gente realmente importante de nuestras vidas? Como si una puerta se clausurara y después ya no supiéramos ni siquiera que esa puerta existía y que conducía a un lugar. Un lugar amado por cierto: la parte inferior de mi cama adonde Miguel y yo nos escondíamos a jugar, cómplices y ajenos a la mirada de mis hermanos y de sus hermanas. Al principio se trataba de juegos inofensivos (contarnos historias de terror, pegar estampas en el álbum de estrellas de la televisión que coleccionábamos); después, esos otros juegos de la piel tan comunes en las historias privadas de las familias, que más allá de los tabúes y las prohibiciones tienen su origen en la pureza: dos cuerpos nuevos que se tocan y se descubren y se reconocen. Es que desde el principio de los tiempos, el placer siempre ha comenzado por el tacto. La piel que se incendia y cuyo goce es el más profundo de los saberes. Un saber que no nos abandonará jamás: aún puede quitarme el aliento el recuerdo de su verga erecta sonriendo en la comisura de mis nalgas.

Nunca supe cómo nos descubrieron pero a veces he pensado que los celos de mis hermanos o la envidia de mis primas tuvo que ver con la acusación. Sí, así fue como se clausuró la puerta. Avergonzados ante el resto de la familia, salimos expulsados de ese paraíso de debajo de la cama para ya no reencontrarnos jamás.

Apenas he tenido tiempo de pasar al súper para ofrecerle algo de cenar a Miguel. Fue como si mi jefe hubiera percibido la inquietud con que miraba el reloj que cuelga a espaldas del escritorio de Marita. El caso es que, cinco minutos antes de la hora de salida, me ha pedido un inusual reporte de ventas por correo que ni siquiera es de nuestra área.

—Felisa… —me dijo entrecerrando los párpados como si apuntara con una escopeta en el tiro al blanco de una feria—. El reporte lo quiero mañana mismo por la mañana.

El tiro al blanco por supuesto no es una diana común y corriente, sino un círculo de globos blancos en cuyo centro luce pleno, perfecto, aún intocado, un globo azul.

Y he acometido la tarea asignada a sabiendas de que no podría terminarla a menos que cancelara la cita con Miguel. Pero entonces, el tiempo justo para pasar corriendo al súper y llegar al departamento antes que mi primo, he abandonado el reporte a medias. Mañana y la oficina y el remedo de Jehová de mi jefe resultan universos tan lejanos y prescindibles como todo aquello que, de súbito —un pinchazo que libera la presión del globo—, deja de tener importancia.

¿Cómo atreverse a desear cuando se ha arrojado la lámpara mágica en algún lugar del camino? ¿Cómo arriesgarse a hacer realidad ese deseo cuando se está sitiado en el interior del miedo, la respiración tan silenciosa para que los demás no se percaten que aún permanecemos vivos, el cuerpo rígido como un sarcófago de uno mismo?

Pero ha bastado la ilusión del globo azul para salir de la caverna, saber que si no lo tomo entre mis manos volverá a perderse esta vez irrevocablemente. Miguel se ha mostrado sorprendido al escucharme decir sin mayores preámbulos una vez que ha traspasado el umbral de mi departamento:

—Vamos a la recámara. De pequeña no me dejaron decidir. Pero ahora te digo: terminemos lo que nos quedó pendiente.

Confieso que no fue la Felisa de los últimos años la que dijo esas palabras. Tampoco la que ha tomado la mano de Miguel para guiarlo hasta el fi nal del pasillo. Con esa otra yo, con sus palabras en mi boca, podría bromear:

—¿Prefieres encima o nos metemos debajo de la cama?

Ahora todo es incierto. Apenas amanezca sabré si es posible sobrevivir al paraíso

Ana Clavel

Tiempo

a Olga Orozcо

Ya no sé de la infancia más que un miedo luminoso y una mano que me arrastra a mi otra orilla.

Alejandra Pizarnik

dirán que todo pasa

que no hay nada que el tiempo no cure

que poco a poco

que queda mucho por vivir

pero la poesía será siempre

el corazón roto del mundo

y eso no tiene consuelo

Rocío Wittib

Pobre mi amor
creíste
que era así
no supiste.
Era más rico que eso
era más pobre que eso
era la vida y tú
con los ojos cerrados
viste tus pesadillas
y dijiste
la vida.

Idea Vilariño

Adiós memoria adiós

Quise olvidarte.
Más que eso,
necesité olvidarte.
Lo intenté.
Lo conseguí.
Fue tan intenso el deseo
que me pasé.
En mi cerebro hubo una fuga de
neuronas
y ahora tampoco recuerdo otras
cosas.
Sólo recuerdo
lo que sufrí el día de mi Primera
Comunión
con los zapatos pequeños.
Lo que sufrí,
los tres años de la guerra civil,
lo que sufrí
cuando aprendí a nadar.
Pero no recuerdo lo reciente…
¿Dónde he puesto mis gafas?
¡Qué mala cabeza tengo!
Tengo mal la cabeza,
(es preferible a tener mal el
corazón).
Viviré más.
Aunque no me acuerdo para
qué.

Gloria Fuertes

Poema

Cuando se acaben estas noches
en las que estoy sola y tú estás conmigo,
cuando se acaben estas cosas
del destino,
cuando se acabe
lo que nos hemos dado para siempre:
no me odies;
recuérdame inocente,
y volveremos juntos al poema.

Carilda Oliver Labra

Entre perro y lobo

Me clausuran en mí.
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la
furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.
No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas
las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños
muertos entre celestes pastizales.
Mi reino está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la
invasión del enemigo.
Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas.
He labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también jirones de mansedumbre por trofeo.
Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende mi bastión solitario en el desierto, la sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios dientes?

Olga Orozco

Las Águilas llegan al Monte del Destino

—Me hace feliz que estés aquí conmigo —dijo Frodo—. Aquí al final de todas las cosas, Sam.
—Sí, estoy con usted, mi amo —dijo Sam, con la mano herida de Frodo suavemente apretada contra el pecho—. Y usted está conmigo. Y el viaje ha terminado. Pero después de haber andado tanto, no quiero aún darme por vencido. No sería yo, si entiende lo que le quiero decir.
—Tal vez no, Sam —dijo Frodo—, pero así son las cosas en el mundo. La esperanza se desvanece. Se acerca el fin. Ahora sólo nos queda una corta espera. Estamos perdidos en medio de la ruina y de la destrucción, y no tenemos escapatoria.
—Bueno, mi amo, de todos modos podríamos alejarnos un poco de este lugar tan peligroso, de esta Grieta del Destino, si así se llama. ¿ No le parece? Venga, señor Frodo, bajemos al menos al pie de este sendero.
—Está bien, Sam, si ése es tu deseo, yo te acompañaré—dijo Frodo; y se levantaron y lentamente bajaron la cuesta sinuosa; y cuando llegaban al vacilante pie de la montaña, los Sammath Naur escupieron un chorro de vapor y humo y el flanco del cono se resquebrajó, y un vómito enorme e incandescente rodó en una cascada lenta y atronadora por la ladera oriental de la montaña.
Frodo y Sam no pudieron seguir avanzando. Las últimas energías del cuerpo y de la mente los abandonaban con rapidez. Se habían detenido en un montículo de cenizas al pie de la montaña; y desde allí no había ninguna vía de escape. Ahora era como una isla, pero no resistiría mucho tiempo más, en medio de los estertores del Orodruin. La tierra se agrietaba por doquier, y de las fisuras y de los pozos insondables saltaban cataratas de humo y de vapores. Detrás, la montaña se contraía atormentada. Grandes heridas rojas se abrían en los flancos, mientras ríos de fuego descendían lentos hacia ellos. No tardarían mucho en sepultarlos. Caía una lluvia de ceniza incandescente. Ahora estaban de pie, inmóviles; Sam, que aún sostenía la mano de Frodo, se la acarició. Luego suspiró.
—Qué cuento hemos vivido, señor Frodo, ¿no le parece?—dijo—. ¡ Me gustaría tanto oírlo! ¿Cree que dirán: Y aquí empieza la historia de Frodo Nuevededos y el Anillo del Destino? Y entonces se hará un gran silencio, como cuando en Rivendel nos relataban la historia de Beren el Manco y las Tres Joyas. ¡Cuánto me gustaría escucharla! Y cómo seguirá, me pregunto, después de nuestra parte.
Pero mientras hablaba así, para alejar el miedo hasta el final, la mirada de Sam se perdía en el norte, y el ojo del huracán, allí donde el cielo distante aparecía límpido, pues un viento frío, que ahora soplaba como un vendaval, disipaba la oscuridad y la ruina de las nubes.
Y así fue como los vio desde lejos la mirada de largo alcance de Gwaihir, cuando llevada por el viento huracanado, y desafiando el peligro de los cielos, volaba en círculos altos: dos figuras diminutas y oscuras, desamparadas, de pie sobre una pequeña colina, y tomadas de la mano mientras alrededor el mundo agonizaba jadeando y estremeciéndose, y rodeadas por torrentes de fuego que se les acercaban. Y en el momento en que los descubrió y bajaba hacia ellos, los vio caer, exhaustos, o asfixiados por el calor y las exhalaciones, o vencidos al fin por la desesperación, tapándose los ojos para no ver llegar la muerte. Yacían en el suelo, lado a lado; y Gwaihir descendió y se posó junto a ellos; y detrás de él llegaron Landroval y el veloz Meneldor; y como en un sueño, sin saber qué destino les había tocado, los viajeros fueron recogidos y llevados fuera, lejos de las tinieblas y los fuegos.

El Retorno del Rey (fragmento)

J. R. R. Tolkien

Como si nada

Ya pasó todo
y ahora
nos vemos y nos hablamos como si nada,

como si Nada
hubiera devorado lo que ocurrió entre nosotros.

José Emilio Pacheco

V

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi,
cruzo la desmedida realidad
de febrero por verte,
el mundo transitorio que me ofrece
un asiento de atrás,
su refugiada bóveda de sueños,
luces intermitentes como conversaciones,
letreros encendidos en la brisa,
que no son el destino,
pero que están escritos encima de nosotros.
Ya sé que tus palabras no tendrán
ese tono lujoso, que los aires
inquietos de tu pelo
guardarán la nostalgia artificial
del sótano sin luz donde me esperas,
y que, por fin, mañana
al despertarte,
entre olvidos a medias y detalles
sacados de contexto,
tendrás piedad o miedo de ti misma,
vergüenza o dignidad, incertidumbre
y acaso el lujurioso malestar,
el golpe que nos dejan
las historias contadas una noche de insomnio.
Pero también sabemos que sería
peor y más costoso
llevárselas a casa, no esconder su cadáver
en el humo de un bar.
Yo vengo sin idiomas desde mi soledad,
y sin idiomas voy hacia la tuya.
No hay nada que decir,
pero supongo
que hablaremos desnudos sobre esto,
algo después, quitándole importancia,
avivando los ritmos del pasado,
las cosas que están lejos
y que ya no nos duelen.

Luis Cernuda.

Recuerdo

Las palabras no podían mover montañas,
las palabras no servían siquiera para abrir mi puerta.
Pero cuando te fuiste
las salvé metiéndolas en el calor
como a pajarillos desvanecidos al golpearse
contra la ventana.
Y nunca se cansan de cantar.
Y siempre las estoy escuchando.

Eila Kivikkaho

El amor después del amor

Llegará el día
en que, exultante,
te vas a saludar a ti mismo al llegar
a tu propia puerta, en tu propio espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Otra vez amarás al extraño que fuiste para ti.
Dale vino. Dale pan. Devuélvele el corazón
a tu corazón, a ese extraño que te ha amado
toda tu vida, a quien ignoraste
por otro, y que te conoce de memoria.
Baja las cartas de amor de los estantes,
las fotos, las notas desesperadas,
arranca tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Haz con tu vida un festín.

Derek Walcott

XVI

Hacíamos los dos
una sombra pequeña.
Pequeña y suave
de rama menuda,
de pájaro…
Llevábamos la boca nueva,
las manos locas
como canción.

Pero una amargura
fina como una lágrima,
se nos metió por la risa.

Hacíamos los dos
una sombra pequeña…
Y el amor un día
nos hizo una seña torva.

María Calcaño

Destiempo

I

Se fue el día,
las escamas del sueño giran.
Todo desciende,
la noche es el tedio.
En el desierto, a oscuras,
temerosa del amor
la ostra llora a solas.

Caen las lívidas hojas de tu frente,
Te alejas, negra burbuja sin destino.
Se abren súbitamente mil calles,
arrecifes en llamas retienen tu cuerpo
helado como una lágrima,
nada te hiere,
el coral clava su garra en tu sombra,
tu sangre se desliza,
inunda praderas,
salta de las ventanas
como un rojo sonido
y todo esto no es sino el otoño.

II

El rayo ha perfumado
ferozmente nuestra casa.
Tenemos sed, tenemos prisa
por golpear con el hueso
de una flor en la tiniebla.
Hay un árbol talado en esta historia.
Contemplamos el cielo.
No hay señales.
Es de día
Es de noche
Murió la araña que media el tiempo,
Sólo hay un viejo muro
y una nueva familia
De sombras.

Toda la palidez inexplicable
es el recuerdo.
Travesía de muralla a muralla,
El abismo es el párpado,
Allí naufraga el mundo
Arrasado por una lágrima.

Despierto.
Primera isla de la conciencia:
un árbol.
El temor inventa el vuelo.
El desierto familiar me acoge.

Blanca Varela

Fábula de amor

Nuestro amor es una fábula
Una película que nadie quiere
Filmar
Dos muchachos
Dos cuerpos desnudos en la hierba:
Y aire haciendo vibrar
Ondas de colores
Nuestro amor es una historia
Prohibida
Y aun así tú y yo
Nos besamos en reforma
Y en la universidad
Ocultos en las sombras
Y también cuando
No resistimos
El brillo y la atracción
De nuestros labios.
La fuerza de cuatro piernas
Y esta honda ternura
Y la necesidad de
Amarnos
Frente a la luz del día.
Simplemente como dos hombres que se aman.

Darío Galicia

¿Quién soy?
¿Con los ojos de quién
miro este mundo?
¿Con los de mis amigos? ¿familiares?
¿de los árboles? ¿ las aves?
¿Con los labios de quién
capto el rocío de la hoja
caída a la carretera?
¿Con los brazos de quién
abrazo este mundo,
que es tan indefenso y frágil?
Pierdo mi voz entre las voces
de los campos, las lluvias, los bosques,
de las tormentas de nieve y de las noches.
Pues ¿quién soy?
¿En qué he de buscarme?
¿Cómo respondo a todas las voces
de la naturaleza?

Nika Turbina

I

Había olvidado las muñecas
por venirme con él.

De puntillas,
conteniendo el aliento
me alejé de mis niñas de trapo
por no despertarlas…

Ya me iba a colgar de su brazo,
a cantar y bailar
y a sentirme ceñida con él:
como si a la vida
le nacieran ensueños!

Yo no llevaba corona,
pero iban mis manos colmadas
de bejucos floridos de campo,
de alegría, de amor, de fragancias.

Muchas noches pasaron encima
de aquella honda pureza sagrada.
Todo el cielo volcado en nosotros!

Había olvidado las muñecas.
Ahora él se ha ido:
lo mismo.
Despacito, por no despertarme…

María Calcaño

Arte poética

No me interesa ser un hombre fragmentario
Ni eructar Marx Marx cada media hora
No quiero ganar un concurso
Ni tampoco becas
Ni ser un poeta profesor
Solo quiero
Caer desnudo en el fondo de un poema

Darío Galicia

Cosas que no tendremos

Cosas que no tendremos:
Las mañanas de abril largas de amor y sueño.
Las tardes de noviembre con lluvia interminable.
Las noches del verano tercamente estrelladas.
Todas las madrugadas dulcísimas de otoño.

Cosas que me he perdido:
No sabré del sabor de tu boca dormida.
No acunaré a tus hijos. No beberé tu vino.
No lloraré contigo viendo ningún ocaso.
No me amanecerá tu vientre entre las sábanas.

Tengo todo un tesoro de lagunas y ausencias,
un muestrario completo de páginas en blanco.

Josefa Parra

Cuando me muera

Cuando me muera,
di, madrecita: ¿será en la tierra
del cementerio
donde me pudra?
¡Qué horror me diera
crecer en esos sepulcros tristes!

Bajo los árboles,
en la sombra que tú conoces
bien puedo, madre,
quedarme siempre…
Tú que eres santa,
tú que eres buena,
tú que eres todo para mi vida,
dame ese hueco donde repose
libre de verjas,
libre de cruces!

Cuando me muera
di, madrecita: ¿será en la tierra
del cementerio
donde me pudra?

María Calcaño

Ahora

El poder de las mujeres
es
Poder negro
es
poder humano
es sentir siempre
que mi corazón late
cuando mis ojos se abren
cuando mis manos se mueven
cuando mi boca habla
Yo estoy
¿están
Listas?

Audre Lorde

La última carta

¿Qué ocurrió aquella noche? Aquella última noche
En que todo fue expuesto dos veces,
Tres. Te vi viva por última vez
Al caer la tarde del viernes
Quemando en el cenicero con una extraña sonrisa
Esa última carta a mí. ¿Había yo estropeado tus planes?
¿O me había sorprendido antes de lo que tenías previsto?
Una hora más tarde y ya te habrías marchado
Donde yo no pudiese encontrarte.
Yo, con tu carta en la mano,
Un rayo que no podía llegar a la tierra,
Me habría alejado de tu puerta cerrada y roja
Que ya nadie abriría.
Eso para mí
Hubiera sido un tratamiento de choque
Que se repetiría una vez y otra, todo el fin de semana,
Cuando la leyera o simplemente al pensarla.
Eso hubiera ordenado mis pensamiento y mi vida.
El tratamiento que planeabas necesitaba tiempo.
No puedo imaginarme cómo
Hubiera podido soportar ese fin de semana.
No puedo imaginarlo. ¿Lo tenías ya todo planeado?
Tu nota me llegó demasiado pronto. Ese mismo día,
Viernes en la tarde y la habías mandado en la mañana.
La adelantaron los demonios que siempre prevalecen.
Esa fue una más de las pajas de la mala suerte
Que contra ti quiso poner el servicio postal
Y que se añadió a tu carga. Salí rápido por entre la nieve
Ya azulada en Febrero. Anochecía en Londres.
Lloré de alivio cuando abriste la puerta.
Mil y un acertijos a solucionar. Lágrimas precoces
Que no pude interpretar,
Que fracasaron al comunicar su verdadera importancia.
Pero lo que dijiste,
Sobre las cenizas aún humeantes de esa carta
Destruida con tanto cuidado, con tanta calma,
Me dejó dejarte, marcharme
Para que quitaras las cenizas de tu plan, del cenicero
En el que apoyaste para que yo leyera
El número de teléfono del doctor.
Mi huida
Se había convertido en un hechizo,
Desesperanzado e insomne, con todos sus sueños gastados,
Y yo sólo quería volver a capturarlos, sólo quería
Caer en algún sitio fuera de ese vacío.
Dos días de no hacer nada. Dos días gratis.
Dos días sin calendario y robados
De un mundo sin nombre
Más allá de lo del día, de sentimientos y de nombres.
El amor de mi vida lo agarró. El desmayado amor de mi vida
Con sus dos agujas locas,
Esas que tejían su rosa, esas que atravesaban y anudaban
En el tapete su tatuaje sangriento
En algún sitio y adentro de mí,
Anudando ese embrollo blasonado,
Dos agujas locas, pespuntando sus pespuntes,
Eligiendo
De mis nervios sus colores,
Rehaciéndose adentro de mi piel, rehaciéndose
La una a la otra como una caricatura.
Su obsesionado entrar y salir. Dos mujeres
Cada una con una aguja.
Esa noche
Mi Susan de De la Robbia. Me moví
Con la circunspección
De una llama en la mecha. Toda mi furia
Era un esfuerzo abandonado de volar
El viejo globo sobre el que las sombras doblaban
Mi delator rastro de ceniza. Corrí
De un lado a otro, corrí mirando atrás, una película al revés.
¿Corrí hacia dónde? Fuimos a Rugby Street
Donde tú y yo comenzamos.
¿Por qué fuimos allí? ¿De todos los lugares donde pudimos ir,
Por qué fuimos allí? La perversidad
En el arte de nuestro destino
Ajustó sus refinamientos para ti, para mí,
Para Susan. Un solitario
Que jugaba a ser el minotauro de ese laberinto
Que incluía hasta a Helena en la planta baja.
Tú te habías fijado en ella: una chica para un cuento.
Nunca la conociste. Pocos la conocieron
Si no era a través de los oídos y la máscara hambrienta
De su perro alsaciano. Tú ni siquiera la habías visto.
Tú tan solo te encogías
Cuando el demente animal se impactaba contra la puerta
Mientras atravesábamos el pasillo
Y la oíamos ahogarse en un infinito odio alemán.
Aquel sábado en la noche abrió su puerta
Apenas unos centímetros.
Susan se encontró con sus ojos negros, con el triste
Sobrepeso y la cara amorosa que se veía
Al otro lado de la cadena. Se cerró la puerta.
La oímos consolar al carcelero en su celda,
En su guarida, esa en la que apenas unos días después,
Lo ahogaría en gas, se ahogaría ella misma.
Susan y yo pasamos esa noche
En la cama de nuestra primera noche. No lo había vuelto a ver
Desde que nos tumbamos en ella la noche de bodas.
No me la llevé a mi propia cama.
Se me ocurrió que con el fin de semana
Pudieras aparecer en una visita sorpresa.
¿Apareciste para tocar en mi ventana oscura?
Por eso me quedé con Susan escondiéndome de ti
En nuestro lecho conyugal, el mismo
Del que en tres años se la llevarían a morir
Al mismo hospital en el que,
En doce horas,
Yo te encontraría muerta.
El lunes en la mañana
La llevé al trabajo, a la City
Y después estacioné el auto al norte de Euston Road
Y volví a donde mi teléfono me esperaba.
Lo que pasó esa noche, en tus horas,
Nadie lo sabe, como si nunca hubiera ocurrido.
La acumulación de toda tu vida,
Como en un esfuerzo inconsciente, como en el nacimiento
Que pasa lento, que atraviesa la membrana de un segundo
Hasta el siguiente, ocurrió
Sólo como si no pudiese ocurrir,
Como si no estuviera ocurriendo. ¿Cuántas veces sonó
En mi habitación vacía el teléfono
Contigo en el tuyo oyendo el tono
Y a ambos lados una memoria que se desvanece
De un teléfono sonando
En una mente que ya estaba muerta.
Cuento las veces que fuiste hasta la cabina
Al final de Saint George.
Ahí estás siempre que miro, apenas
A la salida de Fitzroy Road, cruzando
Entre los montículos de azúcar sucio.
Con tu largo abrigo negro,
Con la coleta a tus espaldas,
Con tu andar que no se mueve ni despierta
Y nadie más anda,
Andando por las escaleras de Primrose Hill
Hacia la cabina de teléfono a la que nunca llegas.
Antes de medianoche. Después. Otra vez
Y otra y otra vez. Y, ya cerca del alba, otra.
¿En qué posición de las manecillas de mi reloj hiciste
Tu último intento,
Ya más allá de mí capacidad de escucharlo
Y agitaste la almohada
De esa cama vacía? ¿Una última vez
Que rozó apenas mis papeles y mis libros?
Cuando llegué el teléfono ya estaba dormido.
La almohada inocente. Dormía mi habitación
Henchida de la nevada luz matutina.
Encendí el fuego y saqué los papeles.
Y apenas había comenzado a escribir cuando el teléfono
Se despertó como alarmado,
Como recordando todo. Tomó vida de nuevo en mi mano.
Y después, como un arma elegida cuidadosamente
O como una inyección,
Depositó con frialdad sus cuatro palabras
En lo más profundo de mi oído: “Su esposa ha muerto”.

Ted Hughes

El sueño vivo

¡Hombre! ¿Qué me has hecho?
¿Qué me diste de beber en un beso
que tengo en el pecho
alegría y dolor?

Soñar y solar…;
pero estar despierta
y aturdida
de este hondo placer doloroso.

Y estoy de rodillas
con llanto
sobre las mejillas.
Salobre,
como un puerto nuevo
que golpea el mar!

María Calcaño

Finlandia

El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana,
haciendo marchatrás con el auto.
Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable.
Yo vivía en Buenos Aires y había viajado a Mercedes para festejar el cumpleaños número ochenta de mi abuela paterna
(por eso recuerdo la fecha exacta: porque en unos días mi abuela cumplirá noventa,
porque en unos días se cumplirán diez años de esto que ahora narro y que me marcó como ninguna otra cosa, ni buena ni mala, en la vida).
Festejábamos el aniversario de mi abuela con un asado en la quinta; ya estábamos en la sobremesa familiar. A las tres de la tarde le pido prestado el auto a Roberto para ir hasta el diario a entregar un reportaje. Me subo al coche, vigilo por el espejo retrovisor que no haya chicos rondando y hago marchatrás para encarar la tranquera y salir a la calle.
Entonces siento el golpe, seco contra la parte de atrás del auto, y se detiene el mundo para siempre.
A cuarenta metros, en la mesa donde todos conversan, mi hermana se levanta aterrada y grita el nombre de su hija. Mi madre,
o mi abuela, alguien, también grita:
—¡La agarró!
Entonces me doy cuenta de que mi vida, tal y como estaba transcurriendo, había llegado al final. Mi vida ya no era.
Lo supe inmediatamente. Supe que mi sobrina, de tres años, estaba detrás del auto; supe que, a causa de su altura, yo no habría podido verla por el espejo antes de hacer marchatrás; supe, por fin, que efectivamente acababa de matarla.
Diez segundos es lo que tardan todos en correr desde la mesa hasta el auto.
Los veo levantarse, con el gesto desencajado, veo un vaso de vino interminable cayendo al suelo. Los veo a ellos, de frente, venir hasta mí.
Yo no hago nada; ni me bajo del coche,
ni miro a nadie: no tengo ojos que dedicarle al mundo real, porque ya ha empezado mi viaje fatal en el tiempo, mi larguísimo viaje que en la superficie duraría diez segundos pero que, dentro mío, se convertirá en una eternidad pegajosa.
En ese momento (no sé por qué es tan grande la certeza) no tengo dudas sobre lo que acabo de hacer. No pienso en la posibilidad de que sea un tronco lo que he embestido, ni pienso que mi sobrina está durmiendo la siesta dentro de la casa. Lo veo todo tan claro, tan real,
que solamente me queda pensar por última vez en mí antes de dejarme matar.
“Ojalá el Negro me mate” —pienso—, “ojalá sea tan grande su enajenación de padre salvaje, tan grande su rabia, que me pegue hasta matarme y no me dé la opción de tener que suicidarme yo mismo, esta noche, con mis propias manos, porque soy cobarde y no podría hacerlo, porque cometería la peor de todas las bajezas: me iría a Finlandia”.
Utilizo esos diez segundos, los últimos de calma que tendré en toda mi vida, para pensar en quien ya no seré nunca más.
Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera,
vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pinpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar.
En esos diez segundos, en donde el tiempo real se ha roto literalmente, en donde el cerebro trabaja durante horas para instalarse en un recipiente de diez segundos,
descubro con nitidez que mis únicas opciones —si mi cuñado no me hace el favor de matarme allí mismo— son las de huir
(huir de inmediato, sobornar a alguien y escapar del país) o suicidarme. Lo que más me duele, tal como están las cosas, es que no podré volver a escribir literatura, ni a reír.
Durante mucho tiempo, durante años enteros, me siguió sorprendiendo la frialdad con que asumí la catástrofe en esos diez segundos en que había matado a mi sobrina.
No fue exactamente frialdad, sino algo peor: fue un desdoblamiento del alma,
una objetividad inhumana. Me dolía saber que ya no podría escribir, que en el suicidio o en la huida —aún no había optado con qué quedarme— no existiría esa opción: la de los placeres.
Podía irme a Finlandia, sí, a cualquier país lejano y frío, podía no llamar nunca más a mi familia ni a los amigos, podía convertirme en fiambrero en un supermercado de Hämeenlinna, pero ya no podría volver a escribir, ni amar a una mujer, ni pescar.
Me daría vergüenza la felicidad, me daría vergüenza el olvido y la distracción.
La culpa estaría allí involuntariamente,
pero cuando comenzara la falsa calma o el olvido momentáneo, yo mismo regresaría a la culpa para seguir sufriendo. La vida había terminado. Yo debía desaparecer.
Pero si desaparecía, qué. Qué importancia podía tener darles a ellos la serenidad de no ver nunca más al asesino. Ellos, mi familia, los que ahora corrían lentamente desde la mesa al coche para matarme o para ver el cadáver de un niño, podrían creerme exiliado, lleno de dolor y de miedo, temeroso y ruin,
o agorafóbico; o podrían sospecharme loco, como esas personas que pierden el rumbo y la memoria después de los terremotos; alucinado, mendigo, enfermo; podrían hasta perdonarme pues me creerían fuera de toda felicidad, fuera de todo placer. Matarían a quien blasfemara mi memoria diciendo que se me ha visto reír en una ciudad finlandesa, a quien dijera que se me ha visto beber en un bar de putas, o escribir un cuento, ganar dinero, seducir a una mujer, acariciar un gato,
pescar bogas o dar limosna a un marroquí en el metro. No creerían que alguien (ya no yo en particular, sino que nadie) fuese capaz de semejante flaqueza, de tan penoso olvido,
de matar y no llorar, de escapar y no seguir pensando en la tarde de verano en que una niña de tu sangre ha muerto bajo las ruedas del coche.
Diez segundos eternos hasta que alguien ve el tronco y todos olvidan la situación.
Nadie, ninguna de todas las personas que almorzaban aquella tarde de hace diez años en Mercedes, recuerda ahora esta anécdota. Nadie ha tenido pesadillas con estas imágenes: sólo yo me he despertado transpirado durante años enteros, cuando esos diez segundos regresan por la noche sin el final feliz del tronco; para ellos no ocurrió más que la abolladura de un guardabarros al final de la primavera.
Nada malo pasó aquella tarde, ni nada malo ocurrió, antes o después, en mi vida.
Han pasado diez años desde entonces y todo ha sido un remanso en el que nunca lo irreversible se ha metido conmigo.
¿Por qué entonces, en estos días, siento que he cumplido sólo diez, y no treinta y cinco años? ¿Por qué le doy más importancia a esta fecha en que no maté a nadie, que a aquella otra fecha anterior en que salí de mi madre dando un grito eufórico de vida?
¿Por qué algunas noches me despierto y descubro que me falta el aire, y recuerdo como real el frío de una cabaña en Finlandia,
y me encuentro con las hilachas de la angustia y el exilio, y me ahoga la cobardía de no haber tenido la voluntad de suicidarme?
Es la fragilidad de la paz la que nos devuelve al escalofrío y a la incertidumbre. Es la velocidad infernal de la desgracia, que acecha como un águila en la noche, la que sigue allí escondida para quitarnos todo y dejarnos aferrados a un volante y pensando que la única opción es morir solos en Finlandia, con los ojos secos de no llorar.
Por suerte, casi siempre es un tronco y vivimos en paz. Pero todos sabemos, por debajo de la risa y del amor y del sexo y de las noches con amigos y de los libros y los discos, que no siempre es un tronco.
A veces es Finlandia.

Hernán Casciari

El amor está en lo que tendemos

El amor está en lo que tendemos
(puentes, palabras ).

El amor está en todo lo que izamos
(risas, banderas).

Y en lo que combatimos
(noche, vacío)
por verdadero amor.

El amor está en cuanto levantamos
(torres, promesas).

En cuanto recogemos y sembramos
(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos
(desposesión, mentira)
por verdadero amor.

José Ángel Valente

Grito indomable

Cómo van a verme buena
si me truena
la vida en las venas.
¡Si toda canción
se me enreda como una llamarada!
y vengo sin Dios
y sin miedo…

¡Si tengo sangre insubordinada!
Y no puedo mostrarme
dócil como una criada,
mientras tenga
un recuerdo de horizonte,
un retazo de cielo
y una cresta de monte!

Ni tú, ni el cielo
ni nada
podrán con mi grito indomable.

María Calcaño

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