Armisticio

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso, en ruinas.

Juan José Arreola

Mujer en su ventana

Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el humo y el polvo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
-¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre una mujer y un hombre.

Olga Orozco

La medida de mi madre

No sé si lo he dicho:
mi madre es pequeña
y tiene que ponerse de puntillas
para besarme.
Hace años yo me empinaba,
supongo, para robarle un beso.
Nos hemos pasado la vida
estirándonos y agachándonos
para buscar la medida exacta
donde podemos querernos.

Begoña Abad

Quiero hablar con Dios a diario

Quiero hablar con las estrellas en la azotea de mi casa
Que es mi cabeza reventada de felicidad
Quiero bailar con la luna y con el sol, con su llamas flameando sobre mi cuerpo al paso de un jazz ácido, los dos, los tres, miles de luciérnagas de ojos rojos, danzar hasta el amanecer en la azotea que es mi cabeza
En mi habitación que es un rascacielos
Una habitación que es una montaña una habitación que es la cima del mundo y allí perderme en el sentido maravilloso de la creación
Y beber con dios
Decirle tantas cosas
Y a las estrellas pedirles más años de vida
Porque este baile de fuego lento se aviva con el paso del tiempo
Y sólo quisiera besarte a oscuras
De cara a la luz
bajo el cielo que nos vio
Ese cielo
Bajo el cual reímos y fuimos felices
Quisiera otra oportunidad para hacer las cosas bien
Errar menos
Perder menos tiempo en tratar de cambiar
Las cosas son así y no pueden ser de otro modo
Quisiera tu voz donde estés, de dónde vienes
Quisiera hablar contigo y decirte para empezar a bailar
Y que olvides
Y perdones
Tanto errar humano
Tanta falta de humanidad
Salir a bailar
Invitarte a embriagarnos
Y una vez en la calle
Decirte al oído
“Qué hermosa es la vida”
Una vez en la calle
Partirás como todo
Déjanos con vida
Fuimos honestos y claros
Fuimos los que luchamos a pesar del mundo en contra
A pesar de todo
Quiero bailar contigo, insultarte, escupirte y luego amarte
Oh dios-diablo!, somos ínfimos
Y cuánto te agradezco.

Verónica Cabanillas Samaniego

Veintiuno. Noche. Lunes.
El contorno de la capital en la bruma.
Un vago inventó
que el amor existe sobre la tierra.
Por aburrimiento o por cansancio
todos le creyeron y así viven:
aguardan los encuentros, temen las despedidas
y cantan canciones de amor.
Para otros se revela el misterio
y los invade el silencio…
Yo di con esto por casualidad
y desde entonces ando como enferma.

Anna Ajmátova

La vida

¿La vida?

Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río,
cuando se cubre de pájaros.

Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.

Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?

¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?

Veintidós años… ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma…

Escribo a tientas: el mar, el campo…
Digo bosque y he perdido
la geometría de un árbol.

Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.

(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).

Marcos Ana