Júbilo

Cuando por fin hable no dejes que me calle
porque habré muerto y yo soy un excelente vivo.
Mi voz (in)existente, dice, no puede
ser oída por los que hablan
sino por los que ven.
Hablando
la ausencia me dijo una vez
que le parecía la mejor de las compañías.
Hablando, la lámina de zinc, cuando
se sentó a descansar, me confirmó
que hace más de dos años que nadie pasa por acá.
La olla donde se hacía el arroz, tanteando dónde
esconderse dice
que le encantaría la usaran para hacer pasta
pero que ni eso.
De tanto darle vueltas al asunto
la licuadora concluyó:
que lo mejor sería irse rodando
mudarse a una cabellera
porque
aquí no hay presente
que tanto el tenedor como el cuchillo al igual que la cuchara
viven empolvados de nostalgia
manoseando un fecundo pasado
que infertiliza el presente, que
no es tal, insiste ella.
La silla se quedó tiesa mientras contaba monedas
cuando le pregunté si podía sentarme
¿acaso que para eso estoy?, me dijo.
Un chorro de luz salió del fregadero
cuando fui a preguntarle si podía lavarme las manos en su agua
¿agua?, yo solo doy luz, me dijo, luz sucia.
Seguro la puerta le soluciona, señaló. Yo estoy aquí para bailar.
A esta la encontré durmiendo detrás del cielo y la dejé estar.
A diferencia de lo que creíamos
cuando esto empezó, me dice la sábana;
nos hacemos más distantes
y no más cercanos mientras menos quedamos.
Que se digne alguien en poner el ojo en los que se quedan.
Que alguna gota incolora y salubre se (des)escale de él por los que se quedaron.
Que algún dedo acusador nos señale legitimándonos.
y que alguna palabra nos enuncie fijándonos, soterrándonos finalmente
al aire al que estamos sembrados
en el silencio que nació conmigo.

Daniel C. Aro

Anuncios

Se sentó, vio una formación indefinida en la
pared, cerró los ojos.

Entran marcando el paso, del brazo (cuatro)
tres hileras, las viudas
de costado, los muertos
en una postura
inverosímil, y una
última descendencia
todavía inquieta.

La blancura de la pared ya no contrasta, tampoco
contradice la ropa
oscura de luto
innecesaria, lo
alzan, la mesa
(cuatro) puntales
sostiene un rostro
lívido, un cuerpo
exangüe, qué es
la muerte sino
dejadez: se abre
de perfil en dos,
decúbito supino
se oye el golpe
(chasco) de una
final frecuencia,
su descomposición
levadura: lo alejan
acicalado, descalzo
(tributo último de su
carne) el bello olor
fecal de la tierra
mojada (animada)
cumplirá su función.

En la pared la huella de un aleteo, la cal desprenderse
de la carne, morir las
superficies: aparecer
el Rostro del indefinido
y boca abajo, acto de
servidumbre agitarse
los terrones.

José Kozer

huyes
de las princesas, de las constelaciones, de los momentos con sol

eres
una representación de todos los días
que baja a comprar el pan con los labios pintados
y se da cuenta de que en algunos segundos concretos de pronto todo tiene sentido

y ya

Isabel García Mellado

Una flor a la vida

Nuestra demencia nos lleva a dibujar
Nuestra demencia nos lleva a escribir
Nuestra demencia nos lleva a ordenar cada día,
una flor para la vida
Nuestra demencia nunca ganará, amor
Su demencia los lleva a pelear
Su demencia los lleva a matar
Su demencia los lleva a tirar cada día
una bala al corazón de la vida
Su demencia ganará, amor
Perderemos, amor,
Yo sé.
Ellos ganarán.
Tú lo sabes
Sin embargo,
Dibujaremos, escribiremos y le daremos cada día
una flor a la vida.

Hussein Habasch

Todos mis barcos

Todos mis barcos
han olvidado los puertos
y mis pies el camino.
No se siembra y no se cosecha
pues no hay pasado
y no hay futuro,
apenas un escenario por día.

Sólo el pequeño
cariñoso intervalo
entre tú y yo
que tú no disminuyes.

Hilde Domin

Pasado y futuro

En la memoria caben algunas cosas azules:
el mar y tus ojos, por ejemplo.

Cabe también allí esa fracción de ámbar
que simboliza la totalidad
del pasado plenario del mundo
y cabe este instante en que te miro.

En la memoria cabe
incluso la ficción misma de la memoria:
la novela que escribe quien recuerda,
con su trama ajustada a la coherencia y simetría
que la vida no tuvo.

En la memoria cabe una ciudad
y ese recuerdo que es tan tuyo que no te pertenece,
por ese sometimiento a la irrealidad de lo más nuestro
por esa esclavitud tan nuestra de ser nadie.

Sólo nos quedaría por resolver
en qué clave de verosimilitud nos narra la memoria
y qué somos allí, y qué no fuimos,
qué nos resta por ser a los espectros.

Y, sobre todo,
qué futuro tendrá nuestro pasado
cuando decida contarnos nuestra vida.

Felipe Benítez Reyes