Nuestra soledad…

Nuestra soledad cubierta de objetos y paredes
        entretejida de risas
        amigos, hornos, crecimiento de plantas
esa distancia entre habitación y alcoba
           beso y caricia
y el lazo obligatorio, tácito
           lo convenido para el resguardo
           cuidos, protección.

La casa, ese edificio soñado por nosotros
llena, plena de lenguajes
           «puesto que de ti y de mí nada puede irse
                  nada puede ser fuga»
los lazos, las tijeras, los pespuntes
que atan tela a tela
cuerpo a cuerpo.

Y al fondo una ventana
          para quien mira
          solo.

Hanni Ossott

Sobre mí cuerpo

Sobre mi cuerpo, sobre estas estructuras concebidas por manos ingenieras fabricantes de nuevos espacios, han sido muchas las palabras nombradas.
La cal, la arena. Luego, el tiempo. Rasgaduras en estos planos que me conforman, en los techos en mis ventanas. Algunos han dicho de mis ventanas: «Son tristes porque no miran fijamente quien acude a ellas provoca el sueño».
Ellos atribuyen a mi tiempo sus tiempos y asignaron a mi indiferencia sus pasiones. Hablaron de casas tristes olvidando a sus habitantes. Los contengo en mis resquicios, en los rincones abandonados en mis habitaciones solitarias. También provoco sus llantos, soy testigo de esos suicidios.
Ellos le asignan a mis rincones una propiedad que desconozco: la memoria. Sometida a sus arbitrios me vuelvo cruel, desproporcionada.
Mi cuerpo se vuelve recuerdo. Sus ojos me miran para hacer permanentes otros ojos, otros habitantes. Les revelo esta apatía y me maravillo de sus poderes de desplazamiento, de sus transformaciones orgullosas.
Mi ojo está hecho sólo para el silencio, para la apertura hacia la confesión inocente, la que se ha creído sola frente a la dureza de mi cuerpo de cal y cemento.

Hanni Ossott