Ha muerto un santo

La dueña de casa se acercó a la ventana siguiendo el capricho de algún latido de su corazón, y la alarma le lavó la cara. Lavada de rasgos y expresiones, quedó sólo la alarma, miel que atrae a las abejas de las catástrofes: nosotros. Nos precipitamos hacia donde ella estaba, y vimos lo que veía: un grupo de camareros dementes, allá abajo, en la azotea de un hotel, dando vueltas como animales acorralados. En ese momento, desde uno de los cuartos del hotel subió un gemido largo y enseguida el llanto de un niño torturado. Los camareros se enloquecieron intensamente, el que parecía más trastornado se tiró a otra azotea sin salida, pocos metros más abajo, algunos consiguieron huir. Ya se oían los gritos por todas partes, tan ininterrumpidos que parecíamos circundados por un solo grito romo. Entre el alarido y la queja se parecía más a la queja. Una queja de espanto.
Desde donde estábamos se distinguía algo de calle, y esa calle era de olas.
Marejadas de gente y de gritos.
Los que hasta hacía poco se divertían en la fiesta, allá arriba, empezaron a
contaminarse del miedo. Yo también. De un momento a otro íbamos a dejar de ser un islote en la queja. Ya cabalgábamos la curiosidad, ya teníamos ansia de enterarnos del mal que se acercaba. Repetimos las escenas de la azotea. Con más
moderación, lentitud o buenos modales. Algunos daban vueltas alrededor del cuarto, las manos cruzadas en la espalda, como para hacer creer que hurgaban en un pensamiento profundo y estaban a punto de lanzarlo. Otros se acercaban
a la puerta, conversando animadamente, fingiendo que nada pasaba. Ninguno se tiró por la ventana. Estábamos en el minuto del hormigueo de la angustia,cuando el descubrimiento es inminente. Ninguno pensó tampoco en adularme.
En esas circunstancias la costumbre quedaba rota. Sólo uno me encaró para preguntarme sin delicadeza qué pensaba hacer. Pero antes de recibir mi contestación me mostró la espalda y se fue.
Después me fui yo. Allí arriba no estaba segura. Me encontré en la calle entre muchedumbres que salían de la ciudad llevándose sus cosas. No se parecían quizás a las del Antiguo Testamento, pero por su aspecto de maldecidas, el mismo Dios de cataclismo las amenazaba. Los hombres, en largas camisas sueltas, arrastraban los objetos más pesados, vehículos y animales se desesperaban por avanzar, algunas mujeres, quizá bellas en calma, pero ahora con los ojos como cráteres y el pelo espantado, iban gritando: ¡Ha muerto un santo! ¡Ha muerto un santo! Y
sus palabras se atropellaban como queriendo desembocar al mismo tiempo en el aire transmisor de ayes.
Me dio rabia. Cierto, no todos los días muere un santo, pero si ya no había a quién mostrar que huían por amor a él o por miedo de él, ¿por qué ese pánico general?
Esa era mi opinión y no la de los demás. La oculté, casi me puse a saludar. Una sola opinión contradictoria tiene que ser cortés con la multitud que arrastra.
Huían distintos unos de otros. Desprevenidamente espantados, a regañadientes, o en franca rebelión contra su miedo. Y yo ¿huía o me protegía entre ellos? La cabeza se me llenó de repente con un pensamiento: los soldados saquearían mi casa. El tiranosanto había sido asesinado y ya el libertador o el nuevo tirano estaba dando la orden de destruir todos sus rastros. Santo o tirano, ahora estaba con su muerte a cuestas, despojado de lo que lo hacía igual a cualquier hombre: la pobrecita vida.
¡Ha muerto un santo! Estribillo en bocas cada vez más espantadas, incomprensible exageración, insoportable. Los gritos de esa gente eran como por la muerte del padre absoluto. Un padre inconfesablemente dulce.
De todas partes me empujaban y tironeaban sin reconocerme. Dentro del cuerpo los latidos se me volvían dolorosos pero yo no tenía miedo. Yo supe, la primera, que el tiranosanto estaba en su cama adornado de puñaladas y me quedé tranquila. Yo me quedé tranquila desde que lo vi muerto, ellos se pusieron a gritar desde que se enteraron. Sus gritos hacían subir la temperatura de mi
rabia, hasta que me vinieron como sacudones eléctricos. Yo era de aquellos para los que el tiranosanto había sido abominación, existencia nauseabunda, alma en estado de llanto. El santo festejado cada día no había ido a la fiesta de aquella tarde, aniversario de su santidad. En cambio, un niño había llorado en un cuarto de hotel. ¿Torturado por una madre que tenía asco del padre? ¿Por esa causa se aborrece a un niño?
Me escurrí hasta el umbral de una puerta. Las eléctricas descargas no me
dejaban seguir. Desde allí vi pasar a nuestros individuos hechos multitud, tal como ellos son: sin razones, con frenesí, frutos, prepotentes, incompletos y hasta buenos. Esos que eligieron su santo y se pusieron a amarlo por extraños motivos. El de ser macho, por ejemplo. ¡Como si fuera tan difícil! O a lo mejor es tan difícil. Pero si los ciudadanos se adoraban en él, ¿qué le adoraban las
ciudadanas? Pasaron todos, se fueron hacia otras calles, hacia las afueras. Entonces volví atrás por la ciudad desierta. Había negocios con los vidrios rotos y gente adentro que se entregaba a melancólicas borracheras en la penumbra. Anduve mucho. La ciudad era maravillosa. Por primera vez. Sus habitantes habían dejado de rezarle a la VIRGEN de las COSAS al REVÉS. Se habían ido los pobrecitos siempre acostumbrados a tomar el mal por bien hasta creerlo bien.
Eso desde hace mucho tiempo, cuando todavía no estaba el tiranosanto pero ya había tirano que los acostumbrara a tomar el revés por el derecho. Hasta que se coagularon las equivocaciones. Un tiranosanto, una VIRGEN de las COSAS al REVÉS, ¿qué más quiere un pueblo? La divinidad hecha noticia y viviendo en casa.
Pasé frente a un edificio con las puertas abiertas de par en par y lo único que vi fueron árboles gruesos y retorcidos que no necesitaban de hojas para ocultar. Pero de repente, salidas de atrás de los árboles, bajaron unas víboras tan gruesas y tan retorcidas como ellos. ¡Alguien había roto las jaulas de vidrio del zoológico! Me alejé casi corriendo con cólera, con aflicción, con náuseas. Y atravesé una plaza sin un solo árbol, como las que nos gustan aquí, con vereditas simétricas, granza y un monumento blanco en el centro. De un pilar
del alumbrado colgaba todavía mi retrato. Salí de la plaza y de repente encontré la casa en que viví con mi madre hasta que me sacaron de allí por un único motivo: haberme vuelto mujer. El lugar donde ella murió quizá porque la obligaron a separarse de mí. O por la forma en que la obligaron.
Digo que encontré la casa y es mentira. No la buscaba, nos encontramos natural o antinaturalmente. Ya nadie me impediría tirarme por fin en mi cama
simple, ya nadie me obligaría a usar la del palacio presidencial, con columnas retorcidas como serpientes asquerosas, porque sobre esa cama está ahora el hombre santo reluciente de puñaladas.
No tuve tiempo de admirar la casa de mi madre, la mía, tan clara y tan de
acuerdo con un barrio de suboficiales, porque desde hacía rato los latidos
dolorosos dentro de mí se estaban volviendo pesadez caliente y suave. No tuve tiempo de alegrarme con la casa de mi madre. Solo tuve tiempo para mirar desde el balcón unas figuras lejanas en la esquina de la plaza, para echarme en la cama y para recibir en mis propias manos a mi hijo recién nacido. Sin ninguna
ayuda y sabiendo de quién es. Yo no soy como esas mujeres donde él sembró su santidad, tantas y tan robadas a otros que muchas murieron sin conocer la filiación de sus engendros, sospechándola apenas. Mi madre entre ellas. Pero yo soy soltera y no hay confusión posible sobre el padre de este hijo. Y ahora ¡qué venga la felicidad! Felicidad de estar de nuevo en mi casa, de que se haya
muerto el santo y de que los pobrecitos, con su error petrificado, ya no me sigan celebrando como a la Virgen protectora de las COSAS al REVÉS. Ya no soy más la antorcha del santo, la que a él se le antojó imponer justamente para que las cosas fueran más al revés, tan al revés que cada glóbulo de su sangre y cada tramo de sus venas pudiera saltarle de borrachera y de poder.
Mañana no habrá en las calles ni uno solo de mis retratos venerados, y quizás el error se les ablande a los pobrecitos. Lo que sé es que si el santo estuviera aquí, se acercaría a mí, apenas más viejo que yo de aspecto, orgulloso de no parecer mi padre sino el HOMBRE, tomaría en brazos al niño, rubio como él, doblemente semejante a él por la misma doble corriente de sangre, y lo acariciaría. Lo acariciaría como al hijo que los hombres tienen de la mujer que
aman… ¡Qué venga la felicidad!… ¡Oh, no! No puede venir. ¿Qué he hecho
por mi padre, ese hombre inconfesablemente dulce? ¿Qué he hecho yo, por muy santo o muy tirano que él haya sido?

Elvira Orphée

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