La ciudad

La mejor política en la ciudad es creer sólo en lo que ven tus propios ojos. Aunque ni siquiera ése es un método infalible ya que muy pocas cosas son lo que aparentan ser, especialmente aquí con tanto que asimilar a cada paso, con tantas cosas que desafían el entendimiento. Cualquier cosa que veas tiene la capacidad de herirte, de hacerte sentir inferior a lo que eres, como si por el mero hecho de ver algo te despojaran de parte de ti mismo. A menudo uno siente que mirar puede ser peligroso y suele apartar la mirada o incluso cerrar los ojos; por eso es fácil sentirse desconcertado o no estar demasiado seguro de ver realmente lo que uno cree ver. Es posible que sólo lo imagine, lo confunda con otra cosa o le recuerde algo que ha visto, tal vez soñado, anteriormente. Ya ves qué complicado es, no es suficiente con mirar algo y decir: «estoy mirando tal cosa», ya que eso lo puedes hacer cuando el objeto que tienes delante es un lápiz o un trozo de pan, pero ¿qué pasa cuando te encuentras mirando a un niño muerto, a una niña pequeña que yace en el suelo desnuda, con la cabeza reventada y cubierta de sangre? ¿Qué piensas entonces? No es tan simple, ya ves, decir lisa y llanamente: «estoy ante una criatura muerta». Tu mente parece negarse a formar las palabras, no puedes forzarte a pronunciarlas, ya que aquello que tienes delante no es algo que puedas separar fácilmente de ti mismo. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de aquello que te hiere; no puedes simplemente mirar porque, en cierto modo, cada cosa te pertenece, forma parte de la historia que se desarrolla en tu interior. Supongo que debe ser bueno endurecerse hasta tal punto que nada pueda afectarte nunca más; pero entonces te quedarías solo, tan absolutamente al margen de los demás que la vida se volvería imposible. Aquí hay algunos que logran hacerlo, que encuentran el coraje para convertirse en monstruos; pero te sorprendería saber qué pocos son. O, para decirlo de otra manera, todos hemos terminado por convertirnos en monstruos pero no hay prácticamente nadie que no guarde en su interior algún vestigio de lo que solía ser la vida.
Tal vez el mayor problema sea que la vida, tal como la conocíamos, ha dejado de existir pero, aun así, nadie es capaz de asimilar lo que ha sobrevenido en su lugar. A aquellos de nosotros que nacimos en otro lugar, o que tenemos la edad suficiente como para recordar un mundo distinto de éste, el mero hecho de sobrevivir de un día para el otro nos cuesta un enorme esfuerzo. No me refiero sólo a la miseria, sino a que ya no sabemos cómo reaccionar ante los hechos más habituales y, como no sabemos como actuar, tampoco nos sentimos capaces de pensar. En nuestras mentes reina la confusión; todo cambia a nuestro alrededor, cada día se produce un nuevo cataclismo y las viejas creencias se transforman en aire y vacío. He aquí el dilema, por un lado queremos sobrevivir, adaptarnos, aceptar las cosas tal cual están; pero, por otro lado, llegar a esto implica destruir todas aquellas cosas que alguna vez nos hicieron sentir humanos. ¿Entiendes lo que quiero decir? Para vivir, es necesario morir, por eso tanta gente se rinde, porque sabe que no importa cuán duramente pelee, siempre acabará perdiendo y, entonces, ya no tiene sentido la lucha.
Los recuerdos se nublan en mi mente, lo que ocurrió y lo que no ocurrió, las calles que vi por primera vez, los días, las noches, el cielo sobre mi cabeza, las piedras extendiéndose a lo lejos. Me parece recordar que miraba constantemente hacia arriba, como si examinara el cielo por si faltara o sobrara algo, algo que lo diferenciara de otros cielos; como si el cielo pudiera explicar las cosas que veía a mi alrededor. Sin embargo, es probable que me equivoque, es posible que esté confundiendo las observaciones de una época posterior con las de aquellos primeros días. Aunque no creo que tenga mucha importancia, ahora menos que nunca.
Después de un estudio tan meticuloso, puedo asegurar, sin duda alguna, que el cielo de este lugar es el mismo que ahora se encuentra sobre ti. Tenemos las mismas nubes y la misma luminosidad, las mismas tormentas y la misma quietud, los mismos vientos que lo arrastran todo consigo. Si la impresión que tenemos del cielo es algo distinta es por lo que sucede debajo. Las noches, por ejemplo, no se parecen del todo a las de allí. Hay la misma oscuridad y la misma inmensidad, pero no ofrecen aquella sensación de calma sino la de una marea continua, un murmullo que te empuja hacia adelante y hacia atrás, sin pausa. Y luego, durante el día, hay una luminosidad a veces insoportable, un brillo que te deslumbra y que hace palidecer todas las cosas, todos los relieves relucen y el aire mismo es un débil resplandor. La luz se plasma de tal forma que los colores se vuelven más y más distorsionados a medida que uno se acerca a ellos. Hasta los contornos de las sombras se desdibujan con un movimiento fortuito y agitado. Con esta luz hay que tener cuidado de no abrir demasiado los ojos, sólo lo suficiente como para no perder el equilibrio. De lo contrario, uno puede tropezar y no creo que sea necesario enumerar los riesgos de una caída. A veces pienso que si no fuera por la oscuridad y las extrañas noches que descienden sobre nosotros, el cielo se incendiaría. Los días acaban cuando corresponde, justo en el momento preciso en que el sol parece haber consumido las cosas que alumbra, cuando ya nada puede tolerar su resplandor; de lo contrario, todo este mundo quimérico se derretiría y sería el fin.
La ciudad parece estar consumiéndose poco a poco, pero sin descanso, a pesar de que sigue aquí. No hay forma de explicarlo; yo sólo puedo contarlo, pero no puedo fingir que lo entiendo. En las calles se escuchan explosiones todos los días, como si a lo lejos se cayera un edificio o se hundiera la acera. Pero nunca lo ves cuando sucede, no importa cuán a menudo escuches estos ruidos, la causa es siempre invisible. Cualquiera pensaría que, de vez en cuando, una de estas explosiones tendría que producirse en su presencia; pero los hechos permanecen siempre en el terreno de la probabilidad. No creas que son imaginaciones mías, estos ruidos no surgen en mi mente. Los demás también los escuchan, aunque no les presten demasiada atención. A veces se detienen a comentarlo, pero nunca se muestran preocupados. Dicen cosas como: «ahora está un poco mejor» o «esta tarde parece muy agresivo». Yo solía hacer muchas preguntas sobre estas explosiones, pero nunca logré una respuesta, apenas una mirada inexpresiva, un movimiento de hombros. Con el tiempo descubrí que hay ciertas cosas que no se preguntan, que incluso aquí hay temas que nadie quiere discutir.

El país de las últimas cosas (fragmento)

Paul Auster

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Me gusta que usted, no esté enfermo por mí
y que yo tampoco me enferme por usted,
que nunca el pesado globo de la tierra
se escurra bajo nuestros pies.
Me gusta que pueda ser ridícula, perversa
y buscar palabras adecuadas
y no ponerme roja con ola sofocante
si apenas nuestras mangas se rozaran.

Me gusta que delante de mí usted pueda abrazar
tranquilamente a otra mujer,
no me condena a arder en el infierno
por no besarlo a usted.
Y que mi cariñoso nombre, mi cariño
no recuerde ni en la noche ni en el día…
Que nunca sobre nosotros, en el silencio de la catedral,
cantarán el Aleluya.

Gracias a usted -con mi mano sobre el corazón-
que no sabe lo mucho que me ama:
por mis noches tranquilas,
por los encuentros de las crepusculares horas,
por nuestros no paseos bajo la luna,
por el sol que no existe encima de nosotros,
por el dolor que no siente, lamentablemente, usted por mí,
por el dolor que no siento, lamentablemente, por usted.

Marina Tsvietáieva

Nosotros

Y por último, un día nos decidimos a partir.

Tenemos equipajes y algún papel en el bolsillo con
anotaciones minúsculas;
un número de teléfono al que no llamaremos jamás,
el nombre de unas píldoras para dormir o no dormir,
el relámpago muerto de algún poema.

Tenemos equipajes con ropa y máquina de afeitar y algunos de nosotros
botellas de coñac o perfume o aceite para el sol
y libros sagrados y de álgebra y de ciencia ficción,
tenemos treinta años y padecemos todos, cada uno según su necesidad,
humo y amor y redes y violencias, sed de verdad, insomnio
[y desesperación,
y hemos sacado algunas conclusiones.

(En la ciudad inmensa cada uno cavó su guarida,
acumuló sus propiedades, sus olvidos, su oposición a la muerte.
Cada uno disfrutó de derrumbes y papeles en blanco,
lloró de rabia ante las cajas fuertes del tiempo,
firmó con mil imágenes de Dios pactos después desconocidos,
creyó en todo,
abrió sus brazos, tomó vino, contó dinero, acarició, supuso
librarse bien, salvarse, haber hallado cómplices para la gran reunión
[en la sala principal de la cueva
para el acuerdo universal del que saldría limpio e inocente.
Pero no hubo al fin más que carozos y cenizas y botellas vacías.

Queda la noche, sin embargo,
la noche abierta a los pequeños ensayos de fuga ya los
[pequeños abismos,
el fondo de la noche donde tampoco habrá solución
porque igualmente se lo habrán montado, se lo habrán repartido
[sin concederle siquiera que tuvo algo que ver,
que él puso algo de su parte también;
algo de buena voluntad, de asombro, de inocencia
y no tan sólo su cara de extraño.

En la comisaría lo apalean por gritar en la calle
que el suyo es un horrible país, y en el casino
le prohíben la entrada porque ven en sus ojos
el fuego inconfundible de los videntes.

La mañana está lejos, de cualquier manera:
puede durar un poco más esta frágil tregua nocturna
antes del sol y el ruido de las máquinas y la pobreza mental.

Entra en el bar y mira aquella mesa:
ella por fin ha vuelto.
Afuera ha comenzado la lluvia,
y melancólicamente
los dos conversan de su amor de diez años atrás.

Después se encuentra solo en el filo despiadado del amanecer.

En la puerta de un sótano la música de Charlie Parker
lo atropella en su fuga hacia las estrellas afiebradas
y siente que ya sabe hasta su última mentira.

En su cabeza brilla una bella ecuación
pero a los camaradas no les sirve
para cambiar el mundo.
Los bares del olvido están cerrados para siempre,
no tiene donde estar y la lucidez se paga sabiéndolo.)

Todos perdidos en la noche y roídos por innumerables agravios,
todos equivocados y autores de desastres irreparables,
todos dementes y llagados y llenos de bichos y de confusión,
ustedes, yo, nosotros, mis amigos difíciles, cazadores de lejanos poemas
sobre la gran llanura marcada por el rayo.

Raúl Gustavo Aguirre

Perro

Un perro es tan humano como todos nosotros
Un perro es alguien con un hueso en la boca
Un perro puede batir la cola como nosotros
Mira a ese perro orinando en el arbusto
Ese perro se ha ido al otro arbusto
Un perro puede amar más que un perro
Un perro con falda está listo para bailar
Un perro tiene nombres para sí que un hombre no puede saber
Un perro se siente solo de un momento a otro
Un perro lucha contra el infinito
El vacío que siente un perro es plenitud en otra parte
Ven aquí, mi perro, mi amor, y siéntate conmigo
Cuando mi perro se queda mirándome, me hinco de rodillas
Sollozo cuando mi perro ladra dando órdenes
Si mi perro me quiere, me pongo feliz
Un perro es la pesadilla de un barbero
Un perro es un testigo silencioso
Si una mesera besa un perro, es una persona abierta
Cuando un perro es jefe, todos se mueven
Cuando un perro quiere copular, todos aullan y corretean
A veces una sóla pata le basta
Conozco a un perro para quien la China no significa nada
Conozco un perro para quien los patas son manos
Un perro es más listo de lo que te imaginas
Un perro no entra en la oficina
Un perro lame la mano que lo alimenta.

Mark Strand

Cómo se salvó el mundo

En cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en necesers de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo.

–No sé de qué se trata –se justificó la máquina–. Nunca he oído esa palabra.

–¿Qué dices? ¡Pero si es sodio! Un metal, un elemento…

–Si se llama sodio, empieza con s y yo sólo sé hacer lo que empieza con n.

–Pero en latín se llama natrium.

–Amigo Trurl –dijo la máquina–, si yo supiese hacer todas las cosas que empiezan con n en todas las lenguas posibles, sería una Máquina Que Lo Sabe Hacer Todo en El Alfabeto Entero, porque no hay cosa cuyo nombre no empiece con n en alguna de las lenguas del mundo. ¡Hasta aquí podríamos llegar! ¡No puedo ser más sabia de lo que tú mismo habías programado! Del sodio, ni hablar.

–Está bien –accedió Trurl, y le mandó hacer una nebulosa. La hizo enseguida, no muy grande, pero muy nebular. Entonces Trurl invitó a su casa a Clapaucio y le mostró la máquina, cuyas extraordinarias cualidades y aptitudes alabó y ensalzó tanto, que finalmente Clapaucio se puso nervioso sin que se le notara y pidió permiso para hacer él también algún encargo a la máquina.

–Con mucho gusto –dijo Trurl–, pero la cosa tiene que empezar con n.

–¿Con n? –dijo Clapaucio–. De acuerdo. Que haga todas las Nociones Científicas.

La máquina rugió y la plaza delante de la casa de Trurl se llenó en un momento de una muchedumbre de científicos que discutían, se pegaban, escribían en unos libros gruesos, otros les quitaban esos libros y los hacían pedazos, a lo lejos se veían hogueras en las que se asaban unos mártires de Nuevas ideas, en varios sitios se oían extraños ruidos y se veían humaredas en forma de seta; todo aquel gentío hablaba a la vez, de modo que no había manera de entender una sola palabra, y componía al mismo tiempo memorias, comunicados y otros documentos, y, en medio de aquel caos, bajo los pies de los gritones, unos ancianos solitarios escribían algo sin cesar con letra menuda sobre unos jirones de papel.

–¿Qué te parece? –exclamó Trurl, lleno de orgullo–. ¡No me negarás que es la fiel imagen de las Nociones científicas!

Clapaucio, sin embargo, no se dio por satisfecho.

–¿Este gentío escandaloso tiene algo que ver con la ciencia? ¡No, la ciencia es una cosa muy diferente!

–¡Explícaselo a la máquina, y te lo hará en el acto! –gritó Trurl, enfadado. Pero, como Clapaucio no sabía qué decir, manifestó que si la máquina resolviera satisfactoriamente dos problemas más, reconocería que su funcionamiento era correcto. Trurl accedió a esto y Clapaucio dijo a la máquina que hiciera unos negativos.

–¡Unos negativos! –exclamó Trurl– ¿Qué quieres decir con eso?

–¿No lo entiendes? Es como lo contrario de las cosas –contestó con mucha calma Clapaucio–. Como si volvieras las cosas al revés. No finjas que no lo comprendes. ¡Venga, máquina, a trabajar!

Pero la máquina ya llevaba un buen rato funcionando. Primero hizo antiprotones, luego antielectrones, antineutrinos, antineutrones y no paró de trabajar hasta que hubo creado gran cantidad de antimateria, la cual empezó a formar lentamente un antimundo, parecido a una gran nube de extraño brillo.

–Pse –dijo Clapaucio displicente–, ¿eso son los negativos? Bueno, digamos que sí… para evitar discusiones… Pero ahora viene el tercer encargo. ¡Máquina! ¡Tienes que hacer Nada!

Durante un buen rato, la máquina ni se movió. Clapaucio empezó a frotarse las manos con júbilo, cuando Trurl dijo:

–¿Qué pasa? Le ordenaste no hacer nada, por lo tanto no hace nada.

–No es cierto. Yo le ordené hacer Nada, que no es lo mismo.

–Tienes cada cosa… Hacer Nada y no hacer nada viene a significar lo mismo.

–¡No, hombre, no! Ella tenía que hacer Nada y no hizo nada; de modo que gané yo. La Nada, mi sabihondo colega, no es una vulgar nada, producto de la pereza y la falta de acción, sino una Noexistencia activa, una Carencia perfecta, única, omnipresente e insuperable.

–¡Estás fastidiando a la máquina! –gritó Trurl, pero en aquel momento sonó como una campana de bronce la voz de aquélla:

–¡Olvidad vuestras rencillas en un momento como éste! Sé muy bien lo que es la Noexistencia, el Noser o la Nada, puesto que empiezan por la letra n. Haríais mejor contemplando por última vez el mundo, ya que pronto no existirá…

Las palabras se helaron en la boca de los enfurecidos constructores. La máquina estaba haciendo en verdad la Nada, eliminando sucesivamente del mundo una serie de cosas, que dejaban de existir tan definitivamente como si no hubieran existido nunca. Ya había suprimido natagüas, nupaidas, nervorias, nadolas, nelucas, nopieles y nedasas.

Hubo momentos en que se podía pensar que en vez de reducir, disminuir, echar fuera, eliminar, anular y restar, aumentaba y añadía, ya que liquidó sucesivamente los negativos de buen gusto, mediocridad, fe, saciedad, avidez y fuerza. Sin embargo, se veía alrededor de la máquina y de los dos constructores un vacío cada vez más pronunciado.

–¡Ay! –exclámó Trurl –. Ojalá no termine mal todo esto…

–¡Qué va! –dijo Clapaucio–. Date cuenta de que la máquina no está haciendo la Nada General, sino sólo la Noexistencia de todas las cosas que empiezan por n. Verás que no pasa nada, esta máquina tuya no vale gran cosa.

–Eso es lo que tú te crees –replicó la máquina–. Es cierto que he comenzado por lo que empieza por n porque estoy más familiarizada con ello, pero una cosa es hacer algo y otra, muy distinta, eliminarlo. En cuanto a eliminar, no tengo limitación por la sencilla razón de que sabiendo hacer absolutamente todo lo que empieza por n, hacer la Noexistencia de cualquier cosa es para mí coser y cantar. Dentro de muy poco no existiréis, ni vosotros dos ni todo lo demás; de modo, Clapaucio, que te pido te des prisa en reconocer que soy verdaderamente universal y cumplo las órdenes correctamente. Dilo ahora mismo porque pronto será demasiado tarde.

–Pero es que… –balbució Clapaucio, asustado, dándose cuenta de que, realmente, desaparecían no solamente las cosas que empezaban por n, que dejaron de rodearlos cambucelas, sirlentas, vitropas, grismelos, rimundas, tripecas y pimas.

–¡Para! ¡Para! ¡Anulo mi orden! ¡Ya no quiero que hagas la Nada! –gritaba a todo pulmón Clapaucio; pero, antes de que la máquina se detuviera, desaparecieron todavía grisacos, plucvas, filidrones y zamras. Luego la máquina se detuvo por fin. El mundo tenía un aspecto aterrador. Lo que más sufrió fue el cielo: apenas se veían en él unos pocos puntitos de estrellas. ¡Ni rastro de las preciosas grismacas y guadolizas que hasta entonces habían adornado el firmamento

–¡Grandes cielos! –exclamó Clapaucio–. ¿Dónde están las cambucelas? ¿Dónde mis queridísimas murquías y suaves pimas?

–No las hay y no las habrá nunca –contestó la máquina sin inmutarse–. Cumplí o, mejor dicho, empecé a cumplir tus órdenes y nada más…

–Yo te ordené hacer la Nada, y tú…, tú…

–O eres tonto, Clapaucio, o lo finges muy bien –dijo la máquina–. Si yo hiciera la Nada de un golpe, todo dejaría de existir, no sólo Trurl y el cielo y el Cosmos y tú, sino incluso yo. Entonces ¿quién podría decir, y a quién, que la orden ha sido cumplida y que soy una máquina diestra y hábil? Y si nadie se lo dijera a nadie, ¿cómo yo, que ya no existiría, podría oír las justas palabras de encomio que merezco?

–Bueno, bueno, de acuerdo, no hablemos más de ello –dijo Clapaucio–. Ya no te pido nada, máquina preciosa, sólo te ruego que vuelvas a hacer murquías, porque sin ellas la vida carece de encanto para mí…

–No puedo, no sé hacerlas porque su nombre empieza con m –dijo la máquina–. Puedo, si quieres, reproducir los negativos de gusto, saciedad, conocimiento, amor, fuerza; solidez, tranquilidad y fe, pero no cuentes conmigo para la fabricación de cosas cuyos nombres no empiecen con n.

–¡Pero yo quiero que haya murquías! –chilló Clapaucio.

–Pues no las habrá –dijo la máquina–. Y tú hazme el favor de echar una ojeada al universo. ¿Ves que está lleno de enormes agujeros negros? Es la Nada que colma los abismos sin fondo entre las estrellas, penetra todas las cosas y acecha, agazapada, cada jirón de la existencia. ¡Es obra tuya y de tu envidia! No creo que las generaciones venideras te lo agradezcan…

–Tal vez no lo sepan… Tal vez no se den cuenta… –farfulló Clapaucio, blanco como una hoja de papel, mirando espantado el vacío del cielo negro sin atreverse a soportar la mirada de su colega.

Dejó a Trurl sólo con la máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con n, volvió a hurtadillas a su casa y el mundo sigue hasta hoy día todo agujereado por la Nada, tal como quedó cuando Clapaucio detuvo la aniquilación que había encargado. Y como no se logró construir una máquina que trabajara con otras letras, es de temer que nunca más volverán a haber cosas tan maravillosas como las pimas y las murquías.

 

Stanislaw Lem

Adverbios de lugar

Aquí es donde estoy yo. Esté donde esté
yo siempre estoy aquí donde me ves.
esta casa, estas caras, estas cosas
cansan, porque aquí cansa
aquí hace sed de irse, sed de allí
pero allí es el lugar donde jamás podré estar,
donde yo soy imposible. Vaya adonde vaya,
allá donde yo llegue será aquí
y estaré ya esperándome a mí mismo
con un ramo de rosas iguales en la mano.

Ahí es tu aquí.
Ahí parece un grito porque es donde te duele.
Yo quiero estar ahí, donde estás tú,
tú aquí o, mejor, los dos allí, remotos, juntos
porque lo vivo es lo junto.
Ahí hay el amor que no hay aquí.
Esas cosas tocadas por tus manos,
eso que piensas, dices, callas, sueñas,
esos lugares donde estás sin mí,
eso deseo, eso necesito
y ser tu ahí, tu aliento intercalado.

Allí es la salvación, el espejismo
nacido de la sed de estar aquí.
Allí sí que seríamos felices,
donde tu aquí y mi ahí estarían juntos,
comerían perdices que no existen.
Allí es la lluvia aquella
que cae sobre este páramo sediento.
Allí es Jauja, el Dorado. No hay palabras
que puedan dar idea de aquel sitio.
Las palabras son éstas, nunca aquéllas.

Yo esoty aquí y tú ahí y allá nosotros cuándo.
Eso es piedra. Eso es seda. Aquello es mar.

Aquí, hogar imposible, íntima ausencia,
odiado domicio, cárcel del cada día.

Ahí, calor del tú, tu vida mía,
tesoro de tu isla, aire de amor.

Allí, donde no estamos, llueve sobre la vida
que nunca será nuestra y nos aguarda.

Juan Vicente Piqueras