La realidad y el deseo

A Luis Cernuda

La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.

Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.
A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.

La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

Olga Orozco

Mujer en su ventana

Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el humo y el polvo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
-¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre una mujer y un hombre.

Olga Orozco

Entre perro y lobo

Me clausuran en mí.
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la
furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.
No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas
las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños
muertos entre celestes pastizales.
Mi reino está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la
invasión del enemigo.
Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas.
He labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también jirones de mansedumbre por trofeo.
Pero ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende mi bastión solitario en el desierto, la sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios dientes?

Olga Orozco

Balada de los lugares olvidados

Mis refugios más bellos,
los lugares que se adaptan mejor a los colores últimos de mi alma,
están hechos de todo lo que los otros olvidaron.

Son sitios solitarios excavados en la caricia de la hierba,
en una sombra de alas; en una canción que pasa;
regiones cuyos límites giran con los carruajes fantasmales
que transportan la niebla en el amanecer
y en cuyos cielos se dibujan nombres, viejas frases de amor,
juramentos ardientes como constelaciones de luciérnagas ebrias.

Algunas veces pasan poblaciones terrosas, acampan roncos trenes,
una pareja junta naranjas prodigiosas en el borde del mar,
una sola reliquia se propaga por toda la extensión.
Parecerían espejismos rotos,
recortes de fotografías arrancados de un álbum para orientar a la nostalgia,
pero tienen raíces más profundas que este suelo que se hunde,
estas puertas que huyen, estas paredes que se borran.

Son islas encantadas en las que sólo yo puedo ser la hechicera.

¿Y quién si no, sube las escaleras hacia aquellos desvanes entre nubes
donde la luz zumbaba enardecida en la miel de la siesta,
vuelve a abrir el arcón donde yacen los restos de una historia inclemente,
mil veces inmolada nada más que a delirios, nada más que a espumas,
y se prueba de nuevo los pedazos
como aquellos disfraces de las protagonistas invencibles,
el círculo de fuego con el que encandilaba al escorpión del tiempo?

¿Quién limpia con su aliento los cristales y remueve la lumbre del atardecer
en aquellas habitaciones donde la mesa era un altar de idolatría,
cada silla, un paisaje replegado después de cada viaje,
y el lecho, un tormentoso atajo hacia la otra orilla de los sueños;
aposentos profundos como redes suspendidas del cielo,
como los abrazos sin fin donde me deslizaba hasta rozar las plumas de la muerte,
hasta invertir las leyes del conocimiento y la caída?

¿Quién se interna en los parques con el soplo dorado de cada Navidad
y lava los follajes con un trapito gris que fue el pañuelo de las despedidas,
y entrelaza de nuevo los guirnaldas con un hilo de lágrimas,
repitiendo un fantástico ritual entre copas trizadas y absortos comensales,
mientras paleada en las doce uvas verdes de la redención—
una por cada mes, una por cada año, una por cada siglo de vacía indulgencia—
un ácido sabor menos mordiente que el del pan del olvido?

¿Por qué quién sino yo les cambia el agua a todos los recuerdos?
¿Quién incrusta el presente como un tajo ante las proyecciones del pasado?
¿Alguien trueca mis lámparas antiguas por sus lámparas nuevas?

Mis refugios más bellos son sitios solitarios a los que nadie va
y en los que sólo hay sombras que se animan cuando soy la hechicera.

Olga Orozco

Las puertas

Semejantes a los vientos,
que pasan coronando los pacientes senderos con flores,
con el polvo que alguna vez ardiera dentro del corazón,
con el eco doliente de sepultados muros,
con destellos y músicas,
con tanta triste ruina que desterrada emigra,
he penetrado junto con mis días a través de las puertas.

Largamente guardaban, al abrigo de duras estaciones,
un mundo que alentaba distraído,
con el aire y la luz sobre las tumbas,
entre la inmemorial paciencia de las cosas;
pero había, al pasar, tan cercano y profundo, cual la sangre,
-melodiosa sin duda-
un rápido murmullo, un vago respirar de secretas imágenes,
apagados de pronto bajo el velo con que la soledad defiende sus comarcas.

Innumerables puertas:
os contemplo otra vez desde las grietas piadosas de los tiempos,
lo mismo que a esas piedras borrosas, desgastadas,
donde acaso reposa irrecobrable la sagrada leyenda de algún dios olvidado.

Y ante mí, como entonces, aparecen aquellas,
inútiles, humildes,
demasiado confiadas en la débil custodia del silencio,
aquellas, las que nunca pudieron contener ni el fulgor de las lágrimas,
ni siquiera las voces precarias de la dicha que invadieron, así,
rincones y aposentos reservados al color de otra muerte.

También te reconozco, guardiana insobornable de mi melancolía.
Quizás detrás de ti,
se levantan aún mis propias tumbas huyendo todavía de las graves tormentas,
alcanzando en las noches el recuerdo apacible de algún semblante amado,
envolviendo en sus manos, tiernamente, la misma claridad vacía y amarilla,
donde antaño vivieron confundidas las mágicas ofrendas que los días dejaron en la tierra.
Tú seguirás allí
defendiendo un sagrario de sueños y de polvo,
asediada tal vez por ávidas jaurías.

Mientras tanto:
¡Cuántos mudos testigos de paz y desamparo
pasarán por las puertas entreabiertas!
¡Cuánto mensaje oculto entre sus huellas recogerán los vientos!
Ellas sabían ya que la mirada del sol bajo las piedras era,
lo mismo que mis días en sus vanos albergues,
el saludo del huésped que habitará otras piedras,
no más tiempo que aquéllas.

Y eres tú, condenada a no abrirte para siempre,
quien conoció, más cerca que ninguna,
la escondida piedad con que alguien cierra los reinos de otra vida.
Sin embargo, sería necesario un destino cualquiera tras de ti,
ser el ruido de un paso, o el largo empañamiento de un espejo vacío,
para saber si puede su deseo, sumido en tu memoria,
volver a lo que amó.

Puertas que no recuerdo ni recuerdan,
perdidas con los años bajo tristes sudarios de nombres y de climas,
regresan, convocadas quién sabe por qué ráfagas fieles,
como esos remolinos que castigan el desdén de los árboles
con el verdor antiguo de unas manos gastadas en soledad y olvido.

No. Ninguna más llorada que tú, puerta primera.
Si crecerá la hierba en tus umbrales;
si el murmullo incesante de las ramas, confiadas a los pájaros guardianes,
velará su sopor, que la crueldad del médano acechaba;
si un cerrojo de lianas y de hiedra me apartaría hoy de tus claros misterios
como de un paisaje totalmente abismado debajo de los párpados,
lejos de toda luz, negado a toda sombra.

Estas fueron mis puertas.
Detrás de cada una he visto levantarse una vez más
una misma señal que por cielos y cielos repitieron los años en mi sangre:
no de paz, ni tampoco de cruel remordimiento;
pero sí de pasión por todo lo imposible,
por cada soledad,
por cada tierno brillo destinado a morir,
por cada frágil brizna movida por un soplo de belleza inmortal.

Olga Orozco

Donde corre la arena dentro del corazón

Yo nací con vosotras, incesantes arenas,
en un lugar donde los días tienden sus flores cenicientas como si sólo fueran recuerdo de algún sueño,
la mirada de un tiempo guardado por congojas y fatigas, que vuelve, largamente,
a repetir su inútil poderío.

Es la región mecida por llorosos derrumbes;
una llanura, al sur,
bajo el triste sopor de lentísimos cielos.

Allí pasan flotando las grandes estaciones:
los transidos inviernos con un halo de pálidas escarchas,
con los cardos errantes que alimentan las hogueras de junio
durante largas noches ataviadas de terror y leyenda;
y crueles, los estíos,
por siempre consagrados a una misma paciencia,
encienden unas hierbas, una extensión cansada de grises matorrales,
toda la sed, la dura soledad de no alcanzar la dicha más allá de su llanto.

Entre el amanecer y el pausado crepúsculo
marchan los lentos hombres,
sentenciosos y graves,
al encuentro imposible de una época siempre demorada,
de una respuesta al débil trabajo de sus manos;
y vuelven, silenciosos,
a sus tranquilos ritos alrededor del fuego,
contemplando a lo lejos un pasado,
una vana distancia tendida como el humo sobre el picante y agrio crepitar de los leños.

Pero no son los años los que dejan esos muros exangües por donde asciende lenta la memoria.

Son unas y otras veces las sedientas manadas
o el rumor de los campos desvelados por crecientes mareas,
los que llega, precisos, hasta el infatigable recordar,
porque una vez se unieron, inseparablemente, como el tiempo a la piel,
a las gastadas vidas, las bodas y los muertos.

En tanto levantáis,
insaciables arenas,
médanos fugitivos que cumplen en el viento un sombrío destino,
una misión que sólo reconocen las ruinas
cuando al caer conquistan, en su más vasto sueño,
un poder semejante al que sostuvo cada piedra en las piedras.

Nada valen, entonces, pobres a vuestro paso,
plegarias y conjuros,
mágicos sortilegios convocando el amparo de los cielos,
murallas de indefensos tamarindos que abandonan al sol
un áspero dominio de aridez y despojos.

Desmedida es la tierra que amó en sus duros hijos hasta la destrucción,
hasta la sal paciente de su sangre;
mas de ella aprendieron a contemplar la vida a través de la muerte,
a saber, sin reposo, que aún no ha sido creado aquello que no puedan sobrellevar las almas de los hombres,
ya comprender que el cielo y el infierno son expiados aquí
con opacas desdichas.

Si ellos se marchan hoy,
si hoy sus pueblos emigran a lo largo de una seca planicie
donde antaño crecieron junto a las mismas casas,
con árboles, pesares y costumbres,
no es preciso volver la vencida cabeza en despedida,
no es preciso dejar señales de sus pasos que reciban después sus propios pasos.

Ellos regresarán,
porque así lo dispone un lamento de arena que responde al llamado natal de otras arenas,
allá,
en el más abismado eco del corazón.

Olga Orozco

El sello personal

Éstos son mis dos pies, mi error de nacimiento,
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo
las implacables ruedas del zodíaco,
si no logran volar.
No son bases del templo ni piedras del hogar.
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,
remotos como dos serafines mutilados por la
desgarradura del camino.
Son mi pies para el paso,
paso a paso sobre todos los muertos,
remontando la muerte con punta y con talón,
cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar
y corre junto a mí.
Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos,
marcados por el hierro de los diez mandamientos:
dos mártires anónimos tenaces en partir,
dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una
huella más,
apenas descifrable entre los remolinos que barren
el umbral.
Pies dueños de la tierra,
pies de horizonte que huye,
pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del
guijarro:
dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los
huesos del presente,
dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido
que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba
a medida que avanzo.
¡Qué instrumentos inaptos para salir y para entrar!
Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación
bajo mis pies,
después de tantos viajes a la misma frontera.
Nada más que este abismo entre los dos,
esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia
adelante,
y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada
pisada.
¡Condición prodigiosa y miserable!
He caído en la trampa de estos pies
como un rehén del cielo o del infierno que se interroga
en vano por su especie,
que no entiende sus huesos ni su piel,
ni esta perseverancia de coleóptero solo,
ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno
retorno.
¿Y a dónde va este ser inmenso, legendario, increíble,
que despliega su vivo laberinto como una pesadilla,
aquí, todavía de pie,
sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del
diluvio?

Olga Orozco

Las puertas

Semejantes a los vientos,
que pasan coronando los pacientes senderos con flores,
con el polvo que alguna vez ardiera dentro del corazón,
con el eco dolietne de sepultados muros,
con destellos y músicas,
con tanta triste ruina que desterrada emigra,
he penetrado junto con mis días a través de las puertas.

Largamente guardaban, al abrido de duras estaciones,
un mundo que alentaba distraído,
con el aire y la luz sobre las tumbas,
entre la inmemorial paciencia de las cosas;
pero había, al pasar, tan cercano y profundo, cual la sangre,
-melodiosa sin duda-
un rápido murmullo, un vago respirar de secretas imágenes,
apagados de pronto bajo el velo con que la soeldad defiende sus comarcas.

Innumerables puertas:
os contemplo otra vez desde las grietas piadosas de los tiempos,
lo mismo que a esas piedras borrosas, desgastadas,
donde acaso reposa irrecobrable la sagrada leyenda de algún dios olvidado.

Y ante mí, como entonces, aparecen aquellas,
inútiles, humildes,
demasiado confiadas en la débil custodia del silencio,
aquellas, las que nunca pudieron contener ni el fulgor de las lágrimas,
ni siquiera las voces precarias de la dicha que invadieron, así,
rincones y aposentos reservados al color de otra muerte.

También te reconozco, guardiana insobornable de mi melancolía.
Quizás detrás de tí,
se levantan aún mis propias tumbas huyendo todavía de las graves tormentas,
alcanzando en las noches el recuerdo apacible de algún semblante amado,
envolviendo en sus manos, tiernamente, la misma claridad vacía y amarilla,
donde antaño vivieron confundidas las mágicas ofrendas que los días dejaron en la tierra.
Tú seguirás allí
defendiendo un sagrario de sueños y de polvo,
asediada tal vez por ávidas jaurías.

Mientras tanto:
¡Cuántos mudos testigos de paz y desamparo
pasarán por las puertas entreabiertas!
¡Cuánto mensaje oculto entre sus huellas recogerán los vientos!
Ellas sabían ya que la mirada del sol bajo las piedras era,
lo mismo que mis días en sus vanos albergues,
el saludo del huésped que habitará otras piedras,
no más tiempo que aquéllas.

Y eres tú, condenada a no abrirte para siempre,
quien conoció, más cerca que ninguna,
la escondida piedad con que alguien cierra los reinos de otra vida.
Sin embargo, sería necesario un destino cualquiera tras de ti,
ser el ruido de un paso, o el largo empañamiento de un espejo vacío,
para saber si puede su deseo, sumido en tu memoria,
volver a lo que amó.

Puertas que no recuerdo ni recuerdan,
perdidas con los años bajo tristes sudarios de nombres y de climas,
regresan, convocadas quién sabe por qué rafagas fieles,
como esos remolinos que castigan el desdén de los árboles
con el verdor antiguo de unas manos gastadas en soledad y olvido.

No. Ninguna más llorada que tú, puerta primera.
Si crecerá la hierba en tus umbrales;
si el murmullo incesante de las ramas, confiadas a los pájaros guardianes,
velará su sopor, que la crueldad del médano acechaba;
si un cerrojo de lianas y de hiedra me apartaría hoy de tus claros misterios
como de un paisaje totalmente abismado debajo de los párpados,
lejos de toda luz, negado a toda sombra.

Estas fueron mis puertas.
Detrás de cada una he visto levantarse una vez más
una misma señal que por cielos y cielos repitieron los años en mi sangre:
no de paz, ni tampoco de cruel remordimiento;
pero sí de pasión por todo lo imposible,
por cada soledad,
por cada tierno brillo destinado a morir,
por cada frágil brizna movida por un soplo de belleza inmortal.

Olga Orozco

Para Emilio en su cielo

Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.

Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora enó el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.

¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro.

¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?

¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de hierros y de flores!

Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.

Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.

Olga Orozco

La mala suerte

Alguien marcó en mis manos,
tal vez hasta en la sombra de mis manos,
el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la
desventura.
Su tienda es mi morada.
Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que caen
y que caen
llevando la distancia dondequiera que vaya,
sin acertar jamás con ningún paraíso a la medida de
mis tentaciones,
con ningún episodio que se asemeje a mi aventura.
Nada. Antros donde no cabe ni siquiera el perfume de
la perduración,
encierros atestados de mariposas negras, de cuervos y
de anguilas,
agujeros por los que se evapora la luz del universo.
Faltan siempre peldaños para llegar y siempre sobran
emboscadas y ausencias.
No, no es un guante de seda este destino.
No se adapta al relieve de mis huesos ni a la
temperatura de mi piel,
y nada valen trampas ni exorcismos,
ni las maquinaciones del azar ni las jugadas del empeño.
No hay apuesta posible para mí.
Mi lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla
que se aleja.
¿No huye acaso el piso con mis precarios bienes?
¿No se transforma en lobo cualquier puerta?
¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca
en carbón el oro que yo toco?
¿Qué más puedo esperar que estos prodigios?
Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas,
perros muertos, asombrosos desechos,
igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche
fantástica del cuento.
Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para mí.
¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro? ¿No era
bella la arena?
Entre mi amado y yo siempre hubo una espada;
justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor
venenoso
que anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final
de la novela.
Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que
me vieron.
¿Y ahora con qué lágrimas sazonaré mi sal,
con qué fuego de fiebres consteladas encenderé mi vino?
Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son
incalculables.
Pero cada posible desdicha es como un vértigo,
una provocación que la insaciable realidad acepta,
más tarde o más temprano.
Más tarde o más temprano,
estoy aquí para que mi temor se cumpla.

Olga Orozco

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

Olga Orozco

En la brisa, un momento

 

a Valerio

Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
y hasta que volvamos a encontramos
que Dios te sostenga en la palma de su mano.
(Oración irlandesa)

¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas, miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube dice “No”, el viento dice “No”, las ramas dicen “No”,
y hasta la tierra entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no son las que nos vieron
sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame, amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las ciénagas y los tembladerales
delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida, de caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora, cuando podrás mirar tan “fijamente el sol como la muerte” ,
no querrás apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: “Tú hiciste que la luz fuera visible”,
y otra vez descubrimos que la muerte se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos, debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de la eternidad.

Olga Orozco

Mujer en su ventana

Ella está sumergida en su ventana contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro, y sin embargo el cielo continúa pasando
con sus angelicales procesamientos.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste; allá lejos
seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo. Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
–¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe, ni el que se va creyendo
que los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite, el abismo final entre una mujer y un hombre.

Olga Orozco

Génesis

No había ningún signo sobre la piel del tiempo.
Nada. Ni ese tapiz de invierno repentino que presagia las garras del relámpago quizás hasta mañana.
Tampoco·esos incendios desde siempre que anuncian una antorcha entre las aguas de todo el porvenir.
Ni siquiera el temblor de la advertencia bajo un soplo de abismo que desemboca en nunca o en ayer.
Nada. Ni tierra prometida.
Era sólo un desierto de cal viva tan blanca como negra, .
un ávido fantasma nacido de las piedras para roer el sueño milenario,
la caída hacia afuera que es el sueño con que sueñan las piedras.
Nadie. Sólo un eco de pasos sin nadie que se alejan
y un lecho ensimismado en marcha hacia el final.

Yo estaba allí tendida;
yo, con los ojos abiertos.
Tenía en cada mano una caverna para mirar a Dios,
y un reguero de hormigas iba desde su sombra hasta mi corazón y mi cabeza.

Y alguien rompió en lo alto esa tinaja gris donde subían a beber los recuerdos;
después rompió el prontuario de ciegos juramentos heridos a traición
y destrozó las tablas de la ley inscritas con la sangre coagulada de las historias muertas.
Alguien hizo una hoguera y arrojó uno por uno los fragmentos.
El cielo estaba ardiendo en la extinción de todos los infiernos
y en la tierra se borraban sus huellas y sus pruebas.
Yo estaba suspendida en algún tiempo de la expiación sagrada;
yo estaba en algún lado muy lúcido de Dios;
yo, con los ojos cerrados.

Entonces pronunciaron la palabra.

Hubo un clamor de verde paraíso que asciende desgarrando la raíz de la piedra,
y su proa celeste avanzó entre la luz y las tinieblas.
Abrieron las compuertas.
Un oleaje radiante colmó el cuenco de toda la esperanza aún deshabitada,
y las aguas tenían hacia arriba ese color de espejo en el que nadie se ha mirado jamás,
y hacia abajo un fulgor de gruta tormentosa que mira desde siempre por primera vez.
Descorrieron de pronto las mareas.
Detrás surgió una tierra para inscribir en fuego cada pisada del destino,
para envolver en hierba sedienta la caída y el reverso de cada nacimiento,
para encerrar de nuevo en cada corazón la almendra del misterio.
Levantaron los sellos.
La jaula del gran día abrió sus puertas al delirio del sol
con tal que todo nuevo cautiverio del tiempo fuera deslumbramiento en la mirada,
con tal que toda noche cayera con el velo de la revelación a los pies de la luna.
Sembraron en las aguas y en los vientos.
Y desde ese momento hubo una sola sombra sumergida en mil sombras,
un solo resplandor innominado en esa luz de escamas que ilumina hasta el fin la rampa de los sueños.
Y desde ese momento hubo un borde de plumas encendidas desde la más remota lejanía,
unas alas que vienen y se van en un vuelo de adiós a todos los adioses.
Infundieron un soplo en las entrañas de toda la extensión.
Fue un roce contra el último fondo de la sangre;
fue un estremecimiento de estambres en el vértigo del aire;
y el alma descendió al barro luminoso para colmar la forma semejante a su imagen,
y la carne se alzó como una cifra exacta,
como la diferencia prometida entre el principio y el final.

Entonces se cumplieron la tarde y la mañana
en el último día de los siglos.

Yo estaba frente a ti;
yo, con los ojos abiertos debajo de tus ojos
en el alba primera del olvido.

Olga Orozco

La cartomancia

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.
Tú sellaste las puertas con tu nombre inscrito en las cenizas de ayer y de mañana.
Pero alguien ha llegado.
Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos
donde ya no eres más que una bujía desgarrada,
una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,
por helechos.

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.
Siete respuestas tienes para siete preguntas.
Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:
a tu derecha el Ángel,
a tu izquierda el Demonio.

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte
con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?
¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?
Las Estrellas alumbran el cielo del enigma.
Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara
porque su luz es de otro reino.
Y aún no es hora. Y habrá tiempo.

Vale más descifrar el nombre de quien entra.
Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.
Es el huésped de siempre.
Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.
No preguntes quién es. Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:
un poema en que todo fuera ese todo y tú
-algo más que ese todo-.
Pero nada ha llegado.
Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.
Y acaso sea tarde.

Veamos quién se sienta.
La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana
tiene por corazón la mariposa negra.
Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.
Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,
donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida
en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.
Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

Cuídate del amor que es quien se queda.
Para hoy, para mañana, para después de mañana.
Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.
Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.
Pero jamás conocerás la paz,
porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.
No dormirás del lado de la dicha,
porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

¿Quieres saber quién te ama?
El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.
Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.
Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.
Vino para aprender los. caballos, los árboles, las piedras,
y se quedó llorando sobre cada vergüenza.
Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la Torre que lo encierra:
una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.
En tanto el Carro aguarda la señal de partir:
la aparición del día vestido de Ermitaño.
Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.
Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,
ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,
y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos que se hunden sin salvación y sin consuelo.

Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,
porque voy a mostrarte quién te odia.
¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?
¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?
Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,
la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,
la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,
la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.
No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma,
pues su poder no es otro que el ser otra que tú.
Tal es su sortilegio.
Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,
y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,
hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,
que su triunfo no es triunfo
sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,
un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.
Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.
No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.
No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,
porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.
Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer
y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos
con espadas, con oros y con bastos.
Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.
Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.
La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.
Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.

He aquí que los Reyes han llegado.
Vienen para cumplir la profecía.
Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte
hasta que cese de girar la Rueda del Destino.

Olga Orozco

Las muertes

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria u oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz ni los infames lechos vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera. ·
Ésa y no cualquier otra.
Ésa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.

Olga Orozco

Mutaciones de la realidad

Rosa oh pura contradicción,
voluptuosidad de no ser el sueño
de nadie bajo tantos párpados
Rainer María Rilke

¿De modo que la piedra húmeda no contiene agua
y el reflejo en el vidrio no traslada la escena al medio del jardín?,
¿que mi sombra no me precede ni me sigue sino que testimonia por la luz
y un hueso fosforescente no anda en busca de cenizas dispersas
para la fiesta de la resurrección?

Es posible, como todo prodigio al que deshojan las manos de la ley.

No niego la realidad sin más alcances y con menos fisuras
que una coraza férrea ciñendo las evaporaciones del sueño y de la noche
o una gota de lacre sellando la visión de abismos y paraísos que se entreabren
como un panel secreto
por obra de un error o de un conjuro.

Pero es sólo un deseo sedentario, como fijar la luna en cada puerta;
nada más que un intento de hacer retroceder esas vagas fronteras que cambian de lugar
-¿hacia dónde? ¿hacia cuándo?-
o emigran para siempre aspiradas de pronto por la fuga de la revelación impenetrable.

Sé que de todos modos la realidad es errante,
tan sospechosa y tan ambigua como mi propia anatomía.

Digo que también ella ha llegado hasta aquí a través de otro salto feroz en las tinieblas,
y guarda, como yo,
nostalgias y temores de faunas y de floras
como aquellas que trasplantó Hieronymus Bosch desde los depósitos del caos,
adherencias de nubes sobre las cicatrices de las mutilaciones,
vértigos semejantes a un éxodo de estrellas
y raíces tan hondas que sacuden a veces los pilares de este aparente suelo
y atruenan, con su ronco reclamo de otro mundo.

Cautiva, como yo, con las constelaciones y la hormiga,
quizás en una esfera de cristal que atraviesan las almas,
la he visto reducirse hasta tomar la forma del ínfimo Jonás dentro de la ballena
o expandirse sin fin hacia la piel exhalando en un chorro de vapor todo el cielo:
el insoluble polizón a tientas en la sentina de lo desconocido
o la envolvente bestia a punto de estallar contra las alambradas de los limbos.
Y ni en la puerta exigua ni en la desmesurada estaba la salida.

Guardiana, como yo, de una máscara indescifrable del destino,
se viste de hechicera y transforma de un soplo las aves centellantes en legiones de ratas,
o pone a evaporar en sus marmitas todo el vino de ayer y el de mañana
hasta que sólo quedan en el fondo esas ásperas borras que acrecientan la sed ·
con su sabor de nunca o de nostalgia,
o se convierte en reina y se prueba los trajes de la belleza inalcanzable,
las felpas tachonadas de la lejanía,
que son vendas de olvido,
jirones de mendiga cuando pega su frente a mi ventana,
o desnudez de avara cuando vuelca en mis arcas sus tesoros roídos por la lepra.
Y nunca entenderemos cuál es nuestro verdadero papel en esta historia.

Ajena, como yo, a los desordenados lazos que nos unen
y que ciñen mi cuello con los nudos de la rebeldía, la desconfianza y la extrañeza,
a veces me contempla tan absorta como si no nos conociéramos
y desplaza su alfombra debajo de mis pies hasta que pierdo de vista su aleteo,
cuando no se me acerca con un aire asesino y me acorrala contra mis precipicios
para desvalijarme con sus manos de asfixia y de insanía;
¿y acaso no simula de repente distintas apariencias entre dos parpadeos?,
¿no me tiñe de luto las paredes?,
¿no cambia de lugar objetos y tormentas y arboledas, sólo para perderme?
Y apenas si hay momentos de paz entre nosotras.

Precaria, como yo,
aquí, donde somos apenas unos pálidos calcos de la ausencia;
se desdobla en regiones que copian los incendios del recuerdo perdido,
abre fisuras en las superficies como tajos de ciega pára extraer el porvenir,
olfatea con sus perros hambrientos cada presagio que huye con la muerte
y persigue de mutación en mutación vislumbres que se trizan en alucinaciones.
Y no consigue.asir más que fantasmas de la desconocida imagen que refleja.
No, tampoco tú,
aunque niegues tu empeño entre fulgores y lo sepultes entre escombros;
aunque traces tus límites acatando el cuchillo de la pequeña ley;
por más que te deshojes para demostrar
que la rosa de Rilke no encierra ningún sueño bajo tantos párpados.

Olga Orozco

En tu inmensa pupila

Me reconoces, noche,
me palpas, me recuentas,
no como avara sino como una falsa ciega,
o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadera.
Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,
sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo
y perder la cabeza en cada nube y a cada paso ti suelo debajo de los pies. ·
¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida,
esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano,
la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor?
Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas
para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños,
y fue a expensas del día que confundí en tu boba la blancura y la nieve, los lobos y las sombras.
Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol.
Ahora me has marcado con tu alfabeto negro.
Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,
de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo y alzan vuelo y no vuelven
cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía.
Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas.
Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular,
como una contemplación vuelta hacia adentro,
donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso
y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias.
Tú me vigilas desde todas partes,
descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra;
me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo,
mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida,
o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas.
Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable,
probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza,
la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno,
visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo,
hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros.
Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos.
No te reclamo una lección de luz,
como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño.
¿O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas?
¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aun a pleno sol!
Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque,
noche alfombrada, noche sigilosa,
que aprenda yo lo que quieres decir, lo que susurra el viento,
y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.

Olga Orozco

Con esta boca, en este mundo

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo, con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco de 1 sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

Olga Orozco

Anotaciones para una autobiografía

Con sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos.

Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido.

Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañé varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera en singular.

En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aun aspirándolo desde el
porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás a la verdadera maestría junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento.

Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo en el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel.¡Ay, el papel! “blanca mujer que lee en el pensamiento” sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice “fin”! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota.

En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomnes, definitivos. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerrada de una supuesta y anónima eternidad.

No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides.

¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso.

Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder?

Olga Orozco

El cerco de tamariscos

Una llave abre un panel del muro. Es la misma llave que abre de par en par las puertas del insomnio, y entonces aparecen lejanas ciudades, viajeros desconocidos, carruajes, epidemias y naufragios que invaden el recinto donde estoy. Pero quienes me visitan con mayor frecuencia son personas y mapas que se asemejan a un trozo de mi destino.

Ahora se cuela el viento por una gran rendija de este apostadero. Ahora entra la desolación en forma de llanura, replegando su árida piel como una bestia que debe calcular las extensiones para acomodarse mejor. Porque yo he crecido, pero ella ha crecido conmigo, día tras día, a costa de mis huesos, a expensas de las paredes del presente. Nunca fue relegada, entre los trastos, al último rincón. Nunca le fue negado su más tierno holocausto: el jardín sombreado con hierbas húmedas, el cerco de tamariscos cerrado para siempre alrededor de una fortaleza derruida, disputada palmo a palmo por la ortiga y el alacrán; la única nevada y su torcaza de humo susurrando el perdón a las alturas; los santos de la abuela en su caja de cristales azules; la bóveda de mis hermanas, donde zumban las abejas en un doble arco iris de dulzura y paciencia. Insaciable, inextinguible la llanura. Ella me acunó en cambio con terrores, misterios y leyendas y me dejó una sed cuya medida es mayor que la copa que pudiera colmar toda esa lejanía.

Una mano de arena acaricia lentamente esa distancia sin fin hasta mi almohada. Una mano empalidecida por la media luna muerta en el regazo de los médanos, siempre dispuestos a cambiar de lugar. Si lloviera, cada gota sería devorada con avidez, correría hacia algún depósito subterráneo donde yacen mis talismanes hechos de piedrecitas, de huesos de pájaro, de semillas, en los que hay grabadas cifras enigmáticas que trato de interpretar con mi biografía. ¡Qué tesoro incalculable para los arqueólogos del porvenir!

Pero no llueve. No pasa Santa Rosa con su gran nube de elegida flotando sobre la frente, ni Santa Bárbara arroja las centellas y los rayos en el aljibe. Tampoco septiembre arrastra su capa de mariposas amarillas ni noviembre nos cubre con su sombrío manto de langostas hasta la sofocación.

Sólo el viento, el dios alucinado que entreteje sus coronas con ramas herrumbradas y con hojas sedientas, avanza con su cortejo de sobrevivientes entre los matorrales. Es un dios excesivo, del que ni siquiera se reniega. Lo he visto arrastrando fatales migraciones, colonias enteras que parecían representar la caída, no hacia abajo, sino hacia el este. Los rostros de esa gente estaban labrados en un material de resistencia obstinada, y su expresión y hasta sus ropas tenían un aspecto definitivo, como si fueran pasajeros dispuestos a permanecer durante años en una sala de espera hasta oír el llamado de un tren que los depositaría, sin duda, en otra sala exactamente igual. Veo el reguero de carros por el camino, con paraguas inútiles, palanganas azules y roperos cuyos espejos arrojan un resplandor de adiós, un relampagueo desesperado sobre las paredes de las casas que aún no tienen vecinos. Les arrojo girasoles cuando pasan, y los miro, los miro mientras desaparecen por el ojo de la aguja, del lado del revés.

En este otro costado todavía es la hora de la siesta y hay que bajar del árbol de la fruta verde, del árbol del conocimiento donde estamos escondidos como los animalitos de las tapicerías, y huir de la Solapa, la cruel mujer del Sol, que se viste de iguana y sale a perseguir a los niños vagabundos, a los niñosminsomnes. Si los atrapa los convierte en enanos con enormes sombreros de paja y trajes de harapienta vegetación. Al hijo de la Lora, la mendiga de la cueva, le permitió crecer, pero lo guardó en un estuche de bicho canasto. La Lora plañe de puerta en puerta: “¡Moneda grande para la Lora!”, y se refugia en su madriguera, debajo de la tierra, con paso de comadreja. Sospecho que comparte su vivienda con la Solapa. Tienen sombreros iguales.

Nuestra asociación de espías lo averiguará algún día. Mi chapa de espía dice “DTG”, que significa Dios Te Guarde, y mi grado es sólo 4. Los otros chicos son mayores y tienen otra categoría. Algunos no temen inspeccionar cualquier cosa y a cualquier hora. Ni siquiera a la muerte, que puede caer a medianoche desde un tren en marcha y perseguir a quien la vio. Sí, como los cardos rusos, esas moles errantes que crecen a medida que ruedan hasta formar el áspero fantasma que devora una a una las hogueras del atardecer, que devora la tormenta y a mí con el abuelo Damián sobre el caballo en la noche de toda la penuria, cuando regresamos de Telén y mi hermano Alejandro ya no está, y en su lugar todo es sollozo y hielo que se quiebra entre los trapos negros, y ese es un precipicio que no me han dejado atravesar con los demás desde la misma casa.

La veo. Veo la casa que siempre por las noches comienza a andar, lenta y majestuosa, arrastrando el jardín, las quintas y el molino, trasladando a los moradores que han conquistado con mi sangre el billete para viajar. Mamá, papá, la abuela, tía Adelaida, Alejandro y mis hermanas —Laura y María de las Nieves— juegan a ser los pasajeros de la eternidad, cada uno en su silla de oro, cada uno en su papel marcado por la providencia, por el poder, por la misericordia, por el aturdimiento, por la ausencia, por la complicidad, por la aventura.

Se bambolea la casa, oscila, se inclina, ya escorada, como si quisiera arrojar a todos los viajeros, con muebles y baúles, por la borda. No temo, porque de mí depende. Fui la última en llegar y me quedaré para apagar las lámparas cuando no quede nadie, cuando todos sean como el rey y las reinas en las barajas de sacar solitarios.

Aun después, esta casa errante, con la que siempre tropiezo en todas partes, seguirá apareciendo, convocada por cada verano, por cada luna llena, porque la soledad es memoriosa y clama por aparecidos y desaparecidos y los hace visibles. La soledad es prolija y exhibe sus pertenencias bajo el sol de la total oscuridad. Se detiene en un hombre, en una rueda, en una sombra, en unos huesos que encenderán sus luces buenas en la noche, y los aisla y los muestra y los levanta hasta el cielo como a ángeles de su propia anunciación. La soledad de la llanura está situada en el centro del mundo. Se ve desde todas partes.

Allí se alza ahora la criatura que fui, esa que se probaba entre otras máscaras el rostro que ahora tengo. Ella no me ha podido legar todas sus posesiones. Muchas luciérnagas se han apagado, muchos trozos de escarcha de aquellos que envolvían los racimos de flores en el amanecer se han disuelto en un agua en la que ya no puedo contemplarme. Pero los emisarios celestiales, esos que componían su lenguaje con signos extraídos del misterio, extraídos de la nostalgia de otro paraíso, depositan en medio de este cuarto un arcón en llamas donde yace intacto el cadáver de la inocencia.

Adelante, guardianes. Encarnación, la hechicera blanca con manos de gallina y medias de lana azul, encarnada en el águila de los conjuros, vuelca sobre un trozo de mármol las vetas de mi fiebre y detiene a la muerte. La Reina Genoveva viene descalza, envuelta en jirones de sedas y de encajes, con un collar de abalorios que se alarga de pueblo en pueblo y un abanico que no abre porque está cubierto de firmas que testimonian su locura. Sopla sobre mis ojos para que nunca llore. Nanni, el cantor frustrado, con guantes blancos y levita raída verde rata, verde último color, traza con una cuchara el círculo que lo separa de la tierra y sube con sus gorriones las escaleras del granero que conducen al Juicio Final. Los tres tienen un ala en mitad de la espalda, un ala quebradiza que se disgrega en polvo. Cae sobre mi rostro en un remolino lento que me aspira hacia arriba, desde allá, desde siempre, donde la oscuridad es otro sol, y me trae hasta acá, hasta ahora, donde también la luz es un abismo.

La Reina Genoveva sopló sobre mis ojos para que no llorara. “No llores, nunca llores, Josefina”, dijo. La Reina Genoveva me ha mentido.

Olga Orozco

Quienes rondan la niebla

Siempre estarán aquí, junto a la niebla,
amargamente intactos en su paciente polvo que la sombra ha invadido,
recorriendo impasibles esa región de pena que se vuelve al poniente,
allá, donde el pájaro de la piedad canta sin cesar sobre la indiferencia del que duerme,
donde el amor reposa su gastado ademán sobre las hierbas cenicientas,
y el olvido es apenas un destello invernal desde otro reino.

Son los seres que fui los que me aguardan,
los que llegan a mí como a la débil hiedra doliente y amarilla que sostiene el verano.
Triste será el sendero para la última hoja demorada,
triste y conocido como la tiniebla.

¡Oh dulce y callada soledad temible!
¡Qué dispersos y fieles hijos de nuestra imagen
nos están conduciendo hacia el amanecer de las colinas!

Están aquí, reunidas alrededor del viento,
la niña clara y cruel de la alegría, coronada de flores polvorientas;
la niña de los sueños, con su tierno cansancio de otro cielo recién abandonado;
la niña de la soledad, buscando entre la lluvia de las alamedas el secreto del tiempo y del relámpago;
la niña de la pena, pálida y silenciosa,
contemplando sus manos que la muerte de un árbol oscurece;
la niña del olvido que llama, llama sin reposo sobre su corazón adormecido,
junto a la niña eterna,
la piadosa y sombría niña de los recuerdos que contempla borrarse una vez más,
bajo los desolados médanos,
la casa abandonada, amada por el grillo y por la enredadera;
y más cerca, como el rumor del musgo en las mejillas de aquella incierta niña de leyenda,
la niña del espanto que escucha, como antaño junto al muro derruido,
las lentas voces de los desaparecidos;
y allí, bajo sus pies,
las fugitivas niñas de la sombra·que los atardeceres reconocen,
las mágicas amigas del matorral y de la piedra temerosa.

Yo conozco esos gestos,
esas dóciles máscaras con que la luz recubre cada día sus amargos desiertos.
¡Tanta fatiga inútil entre un golpe de viento y un resplandor de arena pasajera!

No es cierto, sin embargo,
que en el sitio donde el sufriente corazón restituye sus lágrimas al destino terrestre,
palideciendo acaso,
nos espere un gran sueño, pesado, irremediable.

Esperadme, esperadme, inasibles criaturas del rocío,
porque despertaré
y hermoso será subir, bajo idéntico tiempo,
las altas graderías de la dudad del sol y las tormentas,
y repetir aún, sin desamparo, las radiantes edades que la tierra enamora.

Olga Orozco

II

No estabas en mi umbral
ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condensándote desde la encandilada transparencia,
probándote otros cuerpos como fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura
-el erizo de niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos,
la piedra imán que absorbe su fatal alimento,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua,
en torno de un temblor-.
Y ya habías aparecido en este mundo,
intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,
más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.

Olga Orozco

Gail Hightower

No quería más que paz y pagué
sin regatear el precio que me pidieron.
William Faulkner, Luz de agosto

Yo fui Gail Hightower,
Pastor y alucinado,
para todos los hombres un maldito
y para Dios ¡quién sabe!
Mi vida no fue amor, ni piedad, ni esperanza.
Fue tan sólo la dádiva salvaje que alimentó el reinado de un fantasma.
Todos mis sacrilegios, todos mis infortunios,
no fueron más que el precio de una misma ventana en cada atardecer.
¿Qué aguardaba allí el réprobo? ¿Qué paz lo remunera?
Un zumbido de insectos fermentando en la luz como en un fruto,
la armonía de un coro sostenido por la expiación y la violencia,
y después el estruendo de una caballería que alcanza entre los tiempos ese único instante en que el cielo y la tierra se abismaron
como por un relámpago;
esa gloria fulmínea que arde entre el estampido de una bala y el trueno de un galope.
Aquélla fue la muerte de mi abuelo.
Aquél es el momento en que yo,
Gail Hightower veinte años antes de mi nacimiento,
soy todo lo que fui:
un ciego remolino que alienta para siempre en la aridez de aquella polvareda.
¿Qué perdón, qué condena,
alumbrarán el paso de una sombra?

Olga Orozco

Lamento de Jonás

Este cuerpo tan denso con que clausuro todas las salidas,
este saco de sombras cosido a mis dos alas
no me impide pasar hasta el fondo de mí:
una noche cerrada donde vienen a dar todos los espejismos de la noche,
unas aguas absortas donde moja sus pies la esfinge de otro mundo.

Aquí suelo encontrar vestigios de otra edad,
fragmentos de panteones no disueltos por la sal de mi sangre,
oráculos y faunas aspirados por las cenizas de mi porvenir.
A veces aparecen continentes en vuelo, plumas de otros ropajes sumergidos;
a veces permanecen casi como el anuncio de la resurrección.

Pero es mejor no estar.
Porque hay trampas aquí.
Alguien juega a no estar cuando yo estoy
o me observa conmigo desde las madrigueras de cada soledad.
Alguien simula un foso entre el sueño y la piel para que me deslice hasta el último abismo de los otros
o me induce a escarbar debajo de mi sombra.

Es difícil salir.
Me tapian con un muro que solamente corre hacia nunca jamás;
me eligen para morir la duración;
me anudan a las venas de un organismo ciego que me exhala y me aspira sin cesar.

Y el corazón, en tanto,
¿en dónde el corazón,
el tambor de nostalgias que convoca en tinieblas a todos los relevos?
Por no hablar de este cuerpo,
de este guardián opaco que me transporta y me retiene
y me arroja consigo en una náusea desde los pies a la cabeza.

Soy mi propio rehén,
el pausado veneno del verdugo,
el pacto con la muerte.

¿Y quién ha dicho acaso que éste fuera un lugar para mí?

Olga Orozco

Espejos a distancia

I
Tú, testigo tan implacable y fiel como la piedra· al sol del mediodía,
búscame en algún sitio donde sea más fuerte que el sabor del tiempo,
tráeme desde algún lugar donde las aguas del diluvio hayan bajado,
y yo esté allí aún;
envuelta con el manto de los invulnerables
después de toda prueba.

Y es como una burbuja desprendida de la espuma del cielo.
Veo abierta de par en par una ventana sólo para salir a la intemperie,
sólo para seguir este reguero de migajas sombrías que lleva hasta la muerte.
Veo un jardín inmenso sepultado en la huella de una pata de pájaro.
Y la casa que crece entre los sueños con raíces de locura furiosa,
la casa que simula a la distancia navíos y combates,
se ha levantado y anda debajo de la arena.
Veo unas gradas en las que retumba la cabeza del miedo
-olas, galope y trueno-,
cercenada de pronto por el primer cuchillo que guardo en la nostalgia.
Cae, cae conmigo hasta el regazo.
¡Oh piedad! ¡Oh sangre siempre insomne del corazón materno,
lúcida como la hierba me has guardado!
Y yo tengo en los ojos el tamaño de lo irrecobrable.
Soy apenas ese fulgor del oro perdido que cualquiera puede mirar desde sus propias lágrimas.

 

II
Tú, ladrón de la gloria y la miseria,
merodeador de tantas escenas
que se encienden después igual que un talismán en el fondo del alma,
desentierra el lejano amor del huésped,
ábreme las cavernas donde fui arrebatada con ese brillo de ascua,
déjame contemplar en la nostalgia de esas vivas estatuas que miran hacia atrás.

Y es un vapor que sube desde cada caldera donde me están hirviendo,
un vaho de salvajes corazones en el ritual del hambre,
un humo de expiación que asciende desde el fin de toda hoguera.
¿Quién era yo, desnuda, bajo esos velos de eternidad tejidos por la sed en el palacio de los espejismos?
Cara de cuenco blanco, hecha para beber d ácido brebaje del olvido:
no me puedo mirar.
¿Quién era yo en un lecho con orillas de río, en una barca en llamas que corría más allá del abismo?
Cara de cuenco rojo, roída por los dientes veloces del deseo:
quienquiera que te vio te ha perdido entre mil.
¿Quién era yo con una piedra de inocencia en cada mano para ahuyentar las invencibles sombras?
Cara de cuenco negro, trizada por el golpe del engaño:
nadie ha quedado en ti.
¿Quién era yo?
¿Quién era, puñado de cenizas?

 

III
Tú, cómplice de la rampa del abismo,
con ese brillo de ángel caído entre dos mundos,
ilumina este rostro que pugna por asomar desde mi nacimiento,
muéstrame a la que mide con mirada de siglos la distancia que me aparta de mí,
a la que marca con un tatuaje fúnebre todo cuanto me habita,
lo mismo que una herida.

Y es como una bujía que asciende desde el fondo del estanque.
Hay un fulgor de verde venenoso,
una luna que avanza como la emanación de vegetales milenarios.
Ella pega sus mejillas de reina leprosa contra el cristal del invernáculo.
-Carne desconocida,
carne; vuelta hacia adentro para sentir pasar el arenal del mundo,
carne absorta, arrojada a la costa por el desdén del alma-.
Yo no entiendo esta piel con que me cubren para deshabitarme.
No comprendo esta máscara que anuncia que no estoy.
¿Y estos ojos donde está suspendida la tormenta?
¿Esta mirada de ave embalsamada en mitad de su vuelo?
¿He transportado años esta desolación petrificada?
¿La he llevado conmigo para que me tapiara como un muro a tierra prometida?
Entonces, este cuerpo ¿habrá estado tal vez tan lejos de la vida
como ahora está lejos de su muerte?
Sin embargo la tierra en algún lado está partida en dos;
en algún lado acaba de cambiarse en una cifra inútil sobre las tablas de la revelación;
en algún lado,
donde yo soy a un tiempo la esfinge y la respuesta.
Que se calle mi nombre en esa boca como en un sepulcro.
Voy a empezar a hablar entre los muertos.
Voy a quedarme muda.

Olga Orozco

I

Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino,
alguna vez podremos interrogar con causa a esas escoltas de genealogías
que tendieron un puente desde tu desamparo hasta mi exilio
y cerraron de golpe las bocas del azar.
Cambiaremos panteras de diamante por abuelas de trébol,
dioses egipcios por profetas ciegos,
garra tenaz por mano sin descuido,
hasta encontrar las puntas secretas del ovillo que devanamos juntas
y fue nuestro pequeño sol de cada día.
Con errores o trampas,
por esta vez hemos ganado la partida.

Olga Orozco

Lejos, desde mi colina

A veces sólo era un llamado de arena en las ventanas,
una hierba que de pronto temblaba en la pradera quieta,
un cuerpo transparente que cruzaba los muros con blandura
dejándome en los ojos un resplandor pesado,
o el ruido de una piedra recorriendo la in decible tiniebla de la medianoche;
a veces, sólo el viento.

Reconocía en ellos distantes mensajeros
de un país abismado con el mundo bajo las altas sombras de mi frente.
Yo los había amado, quizás, bajo otro cielo,
pero la soledad, las ruinas y el silencio eran siempre los mismos.

Más tarde, en la creciente noche,
miraba desde arriba la cabeza inclinada de una mujer vestida de congoja
que marchaba a través de todas sus edades como por un jardín
antiguamente amado.
Al final del sendero, antes de comenzar la durmiente planicie,
un brillo memorable, apenas un color pálido y cruel, la despedía;
y más allá no conocía nada.

¿Quién eras tú, perdida entre el follaje como las anteriores primaveras,
como alguien que retorna desde el tiempo a repetir los llantos,
los deseos, los ademanes lentos con que antaño entreabría sus días?

Sólo tú, alma mía.

Asomada a mi vida lo mismo que a una música remota,
para siempre envolvente,
escuchabas, suspendida quién sabe de qué muro de tierno desamparo,
el rumor apagado de las hojas sobre la juventud adormecida,
y elegías lo triste lo callado, lo que nace debajo del olvido.

¿En qué rincón de ti,
en qué desierto corredor resuenan los pasos clamorosos de una alegre estación,
el murmullo del agua sobre alguna pradera que prolongaba el cielo,
el canto esperanzado con que el amanecer corría a nuestro encuentro,
y también las palabras, sin duda tan ajenas al sitio señalado,
en las que agonizaba lo imposible?

Tú no respondes nada, porque toda respuesta de ti ha sido dada.

Acaso hayas vivido solamente
aquello que al arder no deja más que polvo de tristeza inmortal,
lo que saluda en ti, a través del recuerdo,
una eterna morada que al recibirnos se despide.

Tú no preguntas nada, nunca, porque no hay nadie ya que te responda.

Pero allá, sobre las colinas,
tu hermana, la memoria, con una rama joven aún entre las manos,
relata una vez más la leyenda inconclusa de un brumoso país.

Olga Orozco

Cuento de invierno

Nadie me desmintió la primavera, ni el ardor de las ascuas, ni el oro de la fiesta.
Pero hace muchos años que habito en esta choza en el medio del bosque,
donde las ramas hablan sin motivo, los silencios son crueles
y en los sueños más bellos se cobijan los lobos.
Tal vez sea la casa de la bruja, o quizás la posada de las ánimas.
No lo sé; lo he olvidado
como se olvida uno las luces y las sombras de costumbre,
o acaso me confunda con el rincón para las penitencias o con el apeadero de los vientos.
Aquí los días tiemblan, tormentosos, porque les temen a las noches;
nunca se asoma el sol, siempre acosado por los largos colmillos del invierno,
y todo cuanto amé se disolvió en las nubes
o me fue arrebatado por unas alas pálidas que llegan y se van
y en cuyas duras plumas se guarece tal vez la eternidad.
¿Cómo llegué a esta cueva sin calor y sin misericordia?
No he dejado guijarros ni migajas de pan como señales de luz para el regreso.
¿Y hacia dónde volver, si todos los caminos me devuelven aquí,
como en los laberintos de los niños perdidos?
Aunque quizás no vuelva de nuevo a este lugar sólo porque algún vértigo me aspire
sino porque lo llevo adherido a mis pies, a mi propia condena.
Lo anticipó la niebla girando con mi paso en el jardín;
lo anunciaba el reflejo de esta casa todavía remota en el estanque;
lo confirma el chirrido de tu llave en la puerta del oxidado amanecer,
cuando ya te aproximas, cuando ya me olfateas, cuando llegas.
Sí, tú, la enemiga invisible con corazón de perro,
sombra de cuervo, rastro de serpiente;
la voraz que consume un poco cada día esta mano que asomo a través de la jaula,
a través de mi cuento, hasta el otro final.

Olga Orozco

El resto era silencio

Yo esperaba el dictado del silencio;
acechaba en las sombras el vuelo sorprenden:e del azar, una chispa del sol,
así como quien consulta las arenas en el desierto blanco.
Él no me respondía, tercamente abismado en su opaca distancia,
su desmesura helada.
Calculaba tal vez si hacer hablar al polvo que fue columna y fue fulgor dorado
no era erigir dos veces el poder de la muerte,
o si nombrar enigmas al acecho y visiones que llevan a otros cielos
no era fundar dos veces lo improbable, como en la vida misma.
Quizás siguiera el juego de unos dados que no terminan nunca de caer,
que giran como mundos extraviados en el vacío inmenso.
Yo aventuraba voces de llamada en la bruma,
sílabas que volvían tal como la paloma del diluvio volvió por primera vez al Arca,
balbuceos deshabitados hasta nadie, hasta salir de mí.
Él crecía entre tanto a costa mía y a expensas de. la Historia,
amordazando al tiempo, devorando migaja por migaja la creación.
Era todos los nombres y era el tigre,
el color del crepúsculo, los mares, el templo de Segesta, las tormentas.
Denso como la noche, contra la noche muda me acosaba.
Y ya no había más. Éramos él y yo.
¿No fue entonces extraño que de pronto lo viera casi como al Escriba
remoto, ensimismado, frente al papel desnudo,
con los ojos abiertos hacia su propio fuego sofocado
y la oreja tendida hacia el sermón del viento y el salmo de la nieve?
Había una sentencia en su página blanca,
un áspero dictado caído de lo alto hasta su mano
“Y haz que sólo el silencio sea su palabra”.

Olga Orozco

Había una vez

Había una vez una casa (no) Había en un tiempo una casa (no) Había en varios tiempos varias casas que eran una sola casa. ¿Era realmente una casa o era un espejo fraguado por los tres tiempos, de modo que cada uno era la consecuencia y el motivo del otro? Sí, como en los caleidoscopios o como en un yo circular a manera de cuarto de vestir, donde la que va a ser con máscara de anciana se probara la máscara de la que fue con máscara de niña, y viceversa y sucesivamente. La máscara de la que es, también, y que sólo se ve desde adentro, desde el revés de todas las máscaras confundidas en una, hasta que se devore eso que habitualmente llamamos rostro y se pueda ver quién es quien lo devora, y entonces supongo que comprobaré lo que sospecho: que no se es uno sino todos.

Pero ahora el tiempo es y aparentemente soy yo sola. En este momento en que voy a nacer, en que voy a regresar, el tiempo y la persona son yo soy. Y la casa está allí, semejante a una piedra de la luna donde el vapor se enrarece para hervir,
se condensa en burbujas que me aspiran hasta el centro de una brasa sepultada en la que voy a entrar para que la eternidad no se interrumpa, para que continúe con este balanceo con que parto no sé desde dónde y me arrojo de cara en el vacío contra los cristales de la oscuridad.

Llegué. Frente al umbral hay un médano que debe pasar por el ojo de una aguja, y detrás un jardín donde comienzan las raíces de la muerte. Todavía no sé hablar; cuando aprenda, habré olvidado el camino por donde vine.

La verja se abre hacia ese interior que desde ahora será afuera. Hay caras en las ventanas, esperándome. Hay figuras que velan: una parte coagulada en la escarcha con que aún me retienen; otra parte, encendida en las luminarias con que nos iremos. La abuela, papá, mamá, tía Adelaida y mis hermanos: Alejandro, María de las Nieves, Laura. Sólo me quedan dos de tantas como había. Tal vez me queden hasta que me vaya.

“¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?”, dicen con voz aguda los pájaros de metal desde lo alto de los paraísos.

“Yo, Lía. Nada más que Lía que vuelve desde el porvenir.”

“No hay nadie, no hay nadie, no hay nadie”, contesta la torcaza de pecho dorado desde el palomar que me corta el camino. Lo disuelvo con un soplo. Detrás está la puerta. No necesito llave para entrar. No perdí la inocencia. Lo he visto escrito sobre las tablas de otra ley. Empujo. Aparece un gran muro que me mira con mirada ciega.

“El mapa, el mapa de humedad y de moho ceniciento donde descifraré en muchas paredes mi destino.”

No puedo quedarme aquí. Debo buscar la puerta. Un paso hacia atrás y da al vacío en el que ruedo cada noche asida a un trozo de fe que me sobrepasa, como una sábana en la que me enredo, o arrastrando las naves de una catedral convertida en un cielo derribado.

“En el fondo hay un jardín”, repito mientras caigo.

“Mamá, madre”, grito. Y ella me arrastra hasta el salón de las recepciones y los duelos. “¿Por qué estoy?” “Porque los niños nacen.” “Nacen, ¿cómo?” “Un hombre y una mujer se unen.” “¿Para siempre?” “Sí, para siempre, porque siempre es una eternidad, generación tras generación.” Y me enseña un abecedario cuya clave está encerrada en un lugar que ignora, y la abuela también, y la madre de la abuela, y la madre. Nadie lo heredará de mí. Yo seré la primera en desconfiar de la trampa de mi condición. Se disolverá en mi sangre: a roja, b bermellón, c rubí, d granate, e púrpura, f escarlata, y así hasta el final.

“Papá, padre”, grito. Y él me arrastra hacia las escaleras en forma de caracol, hacia el corredor de muchas puertas que se abren y se vuelven a cerrar. “¿Por qué estoy?” “No lo sé; nadie te esperaba.” “Y entonces, ¿por qué?” “Un hombre y una mujer se unen.” “¿Para siempre?” “No, siempre es un momento de nunca, generación tras generación.” Y me enseña un cálculo que no significa nada más allá, ni para el abuelo tampoco, ni para el padre del abuelo, ni para el padre. Nadie lo heredará de
mí. Yo seré la primera en confiar en la libertad de su condición. Se resolverá en mi sangre: 1 + 1 igual a 2, 2 – 1 igual a 1, I + 1 igual a 2. 2 – 1 igual a 1, y así hasta el final.

Y en el final después de cada corredor está otra vez la puerta que deja pasar una nervadura de resplandor de abajo arriba a lo largo de toda la hoja que tiembla en medio de la tormenta nocturna mientras tiemblo pero adentro hay un calor que en vano buscaré en otra parte cuando me acerco para reclinar la cabeza junto a las siete cabezas inclinadas sobre un libro de estampas que ya comienza a ser un álbum de fotografías desteñidas o una bola de cristal donde se podría consultar el porvenir porque la niñita encapuchada de azul se ha quedado a solas con el azoramiento y el temor bajo los copos de nieve que se agitan junto al gran muñeco que durará hasta la primavera hasta el amarillo viejo de las partidas de nacimiento que nadie se llevó cuando se fue en el coche confundido con la volanta que avanza cubierta de flores en el Día de los Muertos por el damero vertiginoso de la galería y se une a la otra volanta en la que parto al encuentro de lo desconocido irremediable hacia la irremediable soledad que hay detrás de cada cara a la que llamo con su último nombre para que se vaya cuando ya no está con la misma desesperación apasionada de tener que partir dos minutos después con el mismo hambre de loba con que disputo la porción de desdicha que me corresponde en lugar de costumbre en lugar de piedad para acariciar mi cabeza en el espejo de la primera comunión enemigo del milagro o milagro al revés en el que creo frente a este campo de girasoles que habrá que abandonar en el fondo del sótano aunque a veces me despierte de manera corpórea la mano de mamá que se quedó para siempre bajo las raíces de un rosal después de haberme balanceado en un balanceo que todavía continúo en un adiós mientras parto en el tren vestida de viajera hacia la felicidad que se desliza por la trampa hasta estas cuatro paredes que huelen a pino y dan a un mar con manchas de tigre encerrado en la jaula donde vuelvo a hacer el recuento de mi invulnerable anatomía la misma a través de tantas edades cubiertas con la misma piel debajo de otras manos una mano para ganar la otra para perder y el resultado será el mismo aunque haya apostado el porvenir a un juego que se llama para siempre jamás entre las piedrecitas que guardo como único premio en el cajón de la cómoda donde arde inextinguible adentro de su caja aterciopelada el farol de las luciérnagas recogidas en el parque bajo los eucaliptos en medio de un olor que me arroja a las sábanas rugosas de una cama donde en medio de la fiebre puedo ver la cara de papá llorando sobre la cara desaparecida de Alejandro que se marcha en el carro de Elias y me deja esta cara que robé sin ninguna intención tal vez en el momento en que yo misma regreso de la muerte cuatro años atrás pasando de una tina de agua helada para el cielo a una tina de mostaza que hierve para el infierno no una palangana donde mojo mis pies para morir después del primer castigo reflejado en la tetera de plata donde uno se alarga en una llama que se consume en sí misma rodeada por el empapelado rojo y el roble de un comedor que conozco desde que nací y en el que estoy sentada en medio de la isla para festejar este año nuevo en el que nadie me dice Lía toma tus doce uvas agrias y verdes una por cada mes del año a lo largo de treinta y dos años para que las desgrane como la abuela desgrana su rosario debajo de la carpa de oxígeno y hace señas que nadie comprende sin duda porque no son para acá para este costado de la tapia donde todavía hay un círculo alrededor de unas letras leprosas “DTG” que quizás quieran decir Dios Te Guarde bajo la boiserie con olor a polvo y a gasa y a tartalán de carnaval tan parecido de una lentejuela a la otra de unos ojos a otros ojos cuando uno se mira para encontrarlos de verdad y no para quedarse porque sí y se lleva la polvareda de los años de sequía para esconderlos avergonzada debajo de la cama con hierros y bronces a los que se aferra mientras llora porque se es enana desde la cabeza hasta los pies y porque cada paraíso recuperado de manera particular es un paraíso vuelto a perder entre los nombres propios de los cuadernos siempre asida a los barrotes de madera aferrada al talismán de la fe para izarme hasta el borde de las pesadillas y salir del desván donde se guardan las cabezas cortadas de todas las edades junto al maniquí con las medidas que no sirven para nadie salvo tal vez para esos seres transparentes que aprovechan que ha dado la una y descienden hasta la sala dorada donde las polillas han convertido en momias habitables los sillones en los que debo sentarme de cara a la pared hasta ahogarme en el agua de las mayólicas para expiar mi caída que es la caída de todos la caída de Dios en cada uno que no puede juzgarlo porque es el mismo Dios en tránsito hasta rehacer el cielo por encima de la disconformidad de su primera perfección pues de lo contrario no habría motivo para tenerlo dentro anulando el mal ni para haber venido ni tener que repetir la historia hasta el juicio final que es su propio juicio es decir el de todos reincorporados a la unidad de tiempos y personas de verbos transitivos intransitivos intransitados por la anestesia de la memoria perdida entre la arena donde Laura sepultó su anillo de siete hilos para recordar que es mejor olvidar y yo mi medalla de bautismo con Nuestra Señora del Perpetuo Socorro para saber definitivamente que desde entonces sólo acude cuando se llega al límite de la división de las aguas profundas porque hay que atravesar capas de orgullo hasta la carencia total de la mano izquierda despellejada por la mano derecha a la que busca o de la que huye debajo de la almohada como si fuera otra tabla de salvación o de naufragio y tal vez sea otra en uno mismo como otra mano puede ser y es la continuidad de nuestra propia mano sin nombre que diga mía ni siquiera en el momento en que uno se lanza hacia otra costa para alcanzar al que ama desde este rincón del cuarto al que volvemos inexplicablemente envueltos en piel de dos con la evidencia de la separación aunque hayamos creado este monstruo que nos devora bajo la luz de esta lámpara con flecos de mostacillas verdes y rosadas que se prolongan como un reguero de hormigas hasta un farol de barco carcomido que se apaga cuando se enciende un globo de opalina blanca y el resplandor de los tres corre como una nube desde la ciega revelación hasta la ciega ignorancia reflejada en las tazas para el chocolate de todos los cumpleaños en la porcelana celeste amanecer con la rosa en el fondo entre el vapor de invierno que se pega a los vidrios donde surge vestida de fantasma María de las Nieves con su mejor aullido para atormentarme mejor sin saber que ahora que no está daría los ojos que no querían verla con tal de que volviera con el mismo traje que abandonó entonces por el de treinta años después cualquiera sea el momento en que vuelva a decirme que los niños se forman por las emanaciones de dos frascos destapados para disolverse de la misma manera y pudiéramos hablar de todos estos objetos que están confundidos en los cajones de una cómoda y terminan en precisas reparticiones del corazón esperando una voz que los despierte para decir amén y alzarse presionados en el resorte de su vida secreta o caer disgregados con un ruido atroz de crustáceo que se resquebraja contra el piso ya sin temor de asfixiarse bajo las cascadas de encajes que la abuela teje con una paciencia comparable a la del ángel dé la guardia desvelado al borde de todos los insomnios en que estoy a punto de caer por cortar una flor azul en que veo crecer los herméticos organismos que me acechan sin duda desde lo que puedo ser desde lo que espero no ser porque de pronto me asalta el terror de que aún vivo para trasgredirme en lo que soy para cometer mi crimen y tal vez sea eso lo que me impida juzgar en lugar de la compasión que es pasión compartida sobre todo cuando observo cuidadosamente estas manos tan ajenas aun cuando tengan el dominio de una voluntad que a lo mejor ni siquiera es la mía extendidas blandamente sobre los tatuajes del pupitre que continúa en esta mesa de caoba donde yacen con las palmas hacia arriba a la espera de que alguien me diga nunca más cortando así el círculo de las repeticiones y de las equivocaciones o de que me diga encontrarás eso por lo que excavas sabiendo entonces que no tiene cara de persona ni de evasión sino de Dios último y de todos modos hemos excavado tanto bajo las maderas de uno a otro piso ranura por ranura en busca de una aguja que nos uniera aunque más no fuese en el mismo hilván hasta seguir la línea de un horizonte invisible y comprobar que el suelo podía ser el techo sobre todo cuando uno rueda boca arriba boca abajo por las chapas acanaladas del granero porque hay que alcanzar magistralmente la canaleta de desagüe sin caer al otro lado en una carrera que gana siempre Laura mientras yo soy siempre la niñita rezagada por el vértigo hacia arriba derribada por el vértigo hacia abajo y por el horror al vacío no a la soledad que elegí para no conciliar paciencia y aventura para no ser tú y yo en tibios encuentros sobre el tablón que atraviesa el estanque lado a lado desde un frente de casa a otro frente de casa que se unen y forman varios cuartos debajo de mi frente para guardar la intemperie por la que transito tomada de la mano de tía Adelaida que era un junco y me va a llevar al parque de diversiones con un novio distinto que acaba por morir y habrá que guardarlo con su traje de gala en la vitrina y raspar las iniciales de las alianzas pero aún no lo saben y me permitirán tomar cerveza hasta que empiece a ver girar las luces de Bengala encendidas por el alcohol que alimenta todas las nostalgias con el cielo que va desde el anochecer hasta la madrugada y las proyecta en esta pared donde las sombras chinescas se confunden con las cabezas de los animales que se me contagian cada vez que Alejandro me lleva al jardín zoológico y no consigo recortarlos de los límites de mi propia cabeza con corona de angelito en el día de la procesión o tocado de plumas negras rozando esta otra pared que no me resguarda de las apariciones y permite en cambio todas las desapariciones y contra la que podré llorar siglos aprendiendo a combinar las intenciones perversas y reveladoras de cada imagen sabiendo al final que cada vez creo menos en lo que veo sin que nadie me interrumpa hasta que comprenda que ya es demasiado tarde para volver a colgar un par de pantalones de hombre y una falda mía repetidos hasta la eternidad en la misma percha dentro de este ropero que debe de estar lleno de pañuelitos húmedos estrujados por muchas desesperaciones en el mismo monograma que no significa nada que es una impostura desde el comienzo hasta el final y comienza sin embargo con la letra primera de un nombre que se fundirá sin duda con todo el alfabeto para tener algún sentido pero que hasta ahora es el mismo nombre con el que me llaman para ir a columpiarme al jardín o para anunciarme las grandes desgracias o para amenazarme con los duendes a la hora de la siesta o para que sea yo quien diga nunca más por tres veces antes de que cante el gallo rechazando todo simulacro de adhesión a la felicidad porque aún creo en la conjunción desesperada del sol y la luna sobre la tierra sobre la terraza donde extiendo el tarot y aparece la carta del ahorcado descifrada tantas veces para otros que sin duda son otros tantos yo con la precisión de un despertador que me arroja cada mañana a la misma condena de abrir inevitablemente cuando llaman aun cuando sienta que no hay nadie a menos que todos estemos cayendo hacia el abismo del mismo cielo.

“Mamá, papá”, grito mientras caigo. Veo los dos rostros asomados al borde de la total oscuridad.

Uno avanza como una proa, a prueba de todo lo que se va, envuelto por el halo de lo irrecuperable, labrado por cuchillos que están hechos para tallar la fe, borroso tras las partículas de sombra en que se rompe la luna a los veinticuatro, a los veintiocho, a los treinta y seis años. Pero mamá no es mamá. Es la semilla ignorante de mí misma.

El otro huye como una nave que se va, a prueba de todo lo que queda, envuelto por el halo de lo inalcanzable, labrado por cuchillos que están hechos para quebrar la fe, borroso tras las partículas de luz en que se rompe el sol a los veinticuatro, a los veintiocho, a los treinta y seis años. Pero papá no es papá. Es la semilla ignorante de otros hombres.

Giro como la tierra adentro de este pozo. Algo me aspira. Subo. Mamá, papá, yo: un espléndido eclipse sobre la esperanza de una raza.

Olga Orozco

Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
Unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
La humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
Y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
Aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí
igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.

Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como un rayo,
no en el tumulto incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los cambiantes sueños, allá, donde escribimos la sentencia:
“Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento”.

Olga Orozco

Pavana para una infanta difunta

A Alejandra Pizarnik

Pequeña centinela
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías
hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de
la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de
todo el universo.
El que los abre traza la frontera y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar
la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala
que te incrusta en lo oscuro
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar
en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la
herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del
propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un
jardín donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampiro,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el
resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacía adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta
que te deshabitaba.
Eregías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera
de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los
puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las
venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos en
la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura que te
desliza en otro laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Y todo es al revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
solo con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo
de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra
que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus
membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces
en sus alas como un manto:
en el fondo de todo hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.

Olga Orozco

Para Emilio en su cielo

Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.

Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora enó el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.

¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro.

¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?

¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de hierros y de flores!

Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.

Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.

Olga Orozco