Las puertas

Semejantes a los vientos,
que pasan coronando los pacientes senderos con flores,
con el polvo que alguna vez ardiera dentro del corazón,
con el eco doliente de sepultados muros,
con destellos y músicas,
con tanta triste ruina que desterrada emigra,
he penetrado junto con mis días a través de las puertas.

Largamente guardaban, al abrigo de duras estaciones,
un mundo que alentaba distraído,
con el aire y la luz sobre las tumbas,
entre la inmemorial paciencia de las cosas;
pero había, al pasar, tan cercano y profundo, cual la sangre,
-melodiosa sin duda-
un rápido murmullo, un vago respirar de secretas imágenes,
apagados de pronto bajo el velo con que la soledad defiende sus comarcas.

Innumerables puertas:
os contemplo otra vez desde las grietas piadosas de los tiempos,
lo mismo que a esas piedras borrosas, desgastadas,
donde acaso reposa irrecobrable la sagrada leyenda de algún dios olvidado.

Y ante mí, como entonces, aparecen aquellas,
inútiles, humildes,
demasiado confiadas en la débil custodia del silencio,
aquellas, las que nunca pudieron contener ni el fulgor de las lágrimas,
ni siquiera las voces precarias de la dicha que invadieron, así,
rincones y aposentos reservados al color de otra muerte.

También te reconozco, guardiana insobornable de mi melancolía.
Quizás detrás de ti,
se levantan aún mis propias tumbas huyendo todavía de las graves tormentas,
alcanzando en las noches el recuerdo apacible de algún semblante amado,
envolviendo en sus manos, tiernamente, la misma claridad vacía y amarilla,
donde antaño vivieron confundidas las mágicas ofrendas que los días dejaron en la tierra.
Tú seguirás allí
defendiendo un sagrario de sueños y de polvo,
asediada tal vez por ávidas jaurías.

Mientras tanto:
¡Cuántos mudos testigos de paz y desamparo
pasarán por las puertas entreabiertas!
¡Cuánto mensaje oculto entre sus huellas recogerán los vientos!
Ellas sabían ya que la mirada del sol bajo las piedras era,
lo mismo que mis días en sus vanos albergues,
el saludo del huésped que habitará otras piedras,
no más tiempo que aquéllas.

Y eres tú, condenada a no abrirte para siempre,
quien conoció, más cerca que ninguna,
la escondida piedad con que alguien cierra los reinos de otra vida.
Sin embargo, sería necesario un destino cualquiera tras de ti,
ser el ruido de un paso, o el largo empañamiento de un espejo vacío,
para saber si puede su deseo, sumido en tu memoria,
volver a lo que amó.

Puertas que no recuerdo ni recuerdan,
perdidas con los años bajo tristes sudarios de nombres y de climas,
regresan, convocadas quién sabe por qué ráfagas fieles,
como esos remolinos que castigan el desdén de los árboles
con el verdor antiguo de unas manos gastadas en soledad y olvido.

No. Ninguna más llorada que tú, puerta primera.
Si crecerá la hierba en tus umbrales;
si el murmullo incesante de las ramas, confiadas a los pájaros guardianes,
velará su sopor, que la crueldad del médano acechaba;
si un cerrojo de lianas y de hiedra me apartaría hoy de tus claros misterios
como de un paisaje totalmente abismado debajo de los párpados,
lejos de toda luz, negado a toda sombra.

Estas fueron mis puertas.
Detrás de cada una he visto levantarse una vez más
una misma señal que por cielos y cielos repitieron los años en mi sangre:
no de paz, ni tampoco de cruel remordimiento;
pero sí de pasión por todo lo imposible,
por cada soledad,
por cada tierno brillo destinado a morir,
por cada frágil brizna movida por un soplo de belleza inmortal.

Olga Orozco

Donde corre la arena dentro del corazón

Yo nací con vosotras, incesantes arenas,
en un lugar donde los días tienden sus flores cenicientas como si sólo fueran recuerdo de algún sueño,
la mirada de un tiempo guardado por congojas y fatigas, que vuelve, largamente,
a repetir su inútil poderío.

Es la región mecida por llorosos derrumbes;
una llanura, al sur,
bajo el triste sopor de lentísimos cielos.

Allí pasan flotando las grandes estaciones:
los transidos inviernos con un halo de pálidas escarchas,
con los cardos errantes que alimentan las hogueras de junio
durante largas noches ataviadas de terror y leyenda;
y crueles, los estíos,
por siempre consagrados a una misma paciencia,
encienden unas hierbas, una extensión cansada de grises matorrales,
toda la sed, la dura soledad de no alcanzar la dicha más allá de su llanto.

Entre el amanecer y el pausado crepúsculo
marchan los lentos hombres,
sentenciosos y graves,
al encuentro imposible de una época siempre demorada,
de una respuesta al débil trabajo de sus manos;
y vuelven, silenciosos,
a sus tranquilos ritos alrededor del fuego,
contemplando a lo lejos un pasado,
una vana distancia tendida como el humo sobre el picante y agrio crepitar de los leños.

Pero no son los años los que dejan esos muros exangües por donde asciende lenta la memoria.

Son unas y otras veces las sedientas manadas
o el rumor de los campos desvelados por crecientes mareas,
los que llega, precisos, hasta el infatigable recordar,
porque una vez se unieron, inseparablemente, como el tiempo a la piel,
a las gastadas vidas, las bodas y los muertos.

En tanto levantáis,
insaciables arenas,
médanos fugitivos que cumplen en el viento un sombrío destino,
una misión que sólo reconocen las ruinas
cuando al caer conquistan, en su más vasto sueño,
un poder semejante al que sostuvo cada piedra en las piedras.

Nada valen, entonces, pobres a vuestro paso,
plegarias y conjuros,
mágicos sortilegios convocando el amparo de los cielos,
murallas de indefensos tamarindos que abandonan al sol
un áspero dominio de aridez y despojos.

Desmedida es la tierra que amó en sus duros hijos hasta la destrucción,
hasta la sal paciente de su sangre;
mas de ella aprendieron a contemplar la vida a través de la muerte,
a saber, sin reposo, que aún no ha sido creado aquello que no puedan sobrellevar las almas de los hombres,
ya comprender que el cielo y el infierno son expiados aquí
con opacas desdichas.

Si ellos se marchan hoy,
si hoy sus pueblos emigran a lo largo de una seca planicie
donde antaño crecieron junto a las mismas casas,
con árboles, pesares y costumbres,
no es preciso volver la vencida cabeza en despedida,
no es preciso dejar señales de sus pasos que reciban después sus propios pasos.

Ellos regresarán,
porque así lo dispone un lamento de arena que responde al llamado natal de otras arenas,
allá,
en el más abismado eco del corazón.

Olga Orozco

El sello personal

Éstos son mis dos pies, mi error de nacimiento,
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo
las implacables ruedas del zodíaco,
si no logran volar.
No son bases del templo ni piedras del hogar.
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos,
remotos como dos serafines mutilados por la
desgarradura del camino.
Son mi pies para el paso,
paso a paso sobre todos los muertos,
remontando la muerte con punta y con talón,
cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar
y corre junto a mí.
Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos,
marcados por el hierro de los diez mandamientos:
dos mártires anónimos tenaces en partir,
dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una
huella más,
apenas descifrable entre los remolinos que barren
el umbral.
Pies dueños de la tierra,
pies de horizonte que huye,
pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del
guijarro:
dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los
huesos del presente,
dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido
que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba
a medida que avanzo.
¡Qué instrumentos inaptos para salir y para entrar!
Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación
bajo mis pies,
después de tantos viajes a la misma frontera.
Nada más que este abismo entre los dos,
esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia
adelante,
y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada
pisada.
¡Condición prodigiosa y miserable!
He caído en la trampa de estos pies
como un rehén del cielo o del infierno que se interroga
en vano por su especie,
que no entiende sus huesos ni su piel,
ni esta perseverancia de coleóptero solo,
ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno
retorno.
¿Y a dónde va este ser inmenso, legendario, increíble,
que despliega su vivo laberinto como una pesadilla,
aquí, todavía de pie,
sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del
diluvio?

Olga Orozco

Las puertas

Semejantes a los vientos,
que pasan coronando los pacientes senderos con flores,
con el polvo que alguna vez ardiera dentro del corazón,
con el eco dolietne de sepultados muros,
con destellos y músicas,
con tanta triste ruina que desterrada emigra,
he penetrado junto con mis días a través de las puertas.

Largamente guardaban, al abrido de duras estaciones,
un mundo que alentaba distraído,
con el aire y la luz sobre las tumbas,
entre la inmemorial paciencia de las cosas;
pero había, al pasar, tan cercano y profundo, cual la sangre,
-melodiosa sin duda-
un rápido murmullo, un vago respirar de secretas imágenes,
apagados de pronto bajo el velo con que la soeldad defiende sus comarcas.

Innumerables puertas:
os contemplo otra vez desde las grietas piadosas de los tiempos,
lo mismo que a esas piedras borrosas, desgastadas,
donde acaso reposa irrecobrable la sagrada leyenda de algún dios olvidado.

Y ante mí, como entonces, aparecen aquellas,
inútiles, humildes,
demasiado confiadas en la débil custodia del silencio,
aquellas, las que nunca pudieron contener ni el fulgor de las lágrimas,
ni siquiera las voces precarias de la dicha que invadieron, así,
rincones y aposentos reservados al color de otra muerte.

También te reconozco, guardiana insobornable de mi melancolía.
Quizás detrás de tí,
se levantan aún mis propias tumbas huyendo todavía de las graves tormentas,
alcanzando en las noches el recuerdo apacible de algún semblante amado,
envolviendo en sus manos, tiernamente, la misma claridad vacía y amarilla,
donde antaño vivieron confundidas las mágicas ofrendas que los días dejaron en la tierra.
Tú seguirás allí
defendiendo un sagrario de sueños y de polvo,
asediada tal vez por ávidas jaurías.

Mientras tanto:
¡Cuántos mudos testigos de paz y desamparo
pasarán por las puertas entreabiertas!
¡Cuánto mensaje oculto entre sus huellas recogerán los vientos!
Ellas sabían ya que la mirada del sol bajo las piedras era,
lo mismo que mis días en sus vanos albergues,
el saludo del huésped que habitará otras piedras,
no más tiempo que aquéllas.

Y eres tú, condenada a no abrirte para siempre,
quien conoció, más cerca que ninguna,
la escondida piedad con que alguien cierra los reinos de otra vida.
Sin embargo, sería necesario un destino cualquiera tras de ti,
ser el ruido de un paso, o el largo empañamiento de un espejo vacío,
para saber si puede su deseo, sumido en tu memoria,
volver a lo que amó.

Puertas que no recuerdo ni recuerdan,
perdidas con los años bajo tristes sudarios de nombres y de climas,
regresan, convocadas quién sabe por qué rafagas fieles,
como esos remolinos que castigan el desdén de los árboles
con el verdor antiguo de unas manos gastadas en soledad y olvido.

No. Ninguna más llorada que tú, puerta primera.
Si crecerá la hierba en tus umbrales;
si el murmullo incesante de las ramas, confiadas a los pájaros guardianes,
velará su sopor, que la crueldad del médano acechaba;
si un cerrojo de lianas y de hiedra me apartaría hoy de tus claros misterios
como de un paisaje totalmente abismado debajo de los párpados,
lejos de toda luz, negado a toda sombra.

Estas fueron mis puertas.
Detrás de cada una he visto levantarse una vez más
una misma señal que por cielos y cielos repitieron los años en mi sangre:
no de paz, ni tampoco de cruel remordimiento;
pero sí de pasión por todo lo imposible,
por cada soledad,
por cada tierno brillo destinado a morir,
por cada frágil brizna movida por un soplo de belleza inmortal.

Olga Orozco

Para Emilio en su cielo

Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.

Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora enó el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.

¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro.

¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?

¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de hierros y de flores!

Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, tan desolada como un país al que sólo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.

Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.

Olga Orozco

La mala suerte

Alguien marcó en mis manos,
tal vez hasta en la sombra de mis manos,
el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la
desventura.
Su tienda es mi morada.
Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que caen
y que caen
llevando la distancia dondequiera que vaya,
sin acertar jamás con ningún paraíso a la medida de
mis tentaciones,
con ningún episodio que se asemeje a mi aventura.
Nada. Antros donde no cabe ni siquiera el perfume de
la perduración,
encierros atestados de mariposas negras, de cuervos y
de anguilas,
agujeros por los que se evapora la luz del universo.
Faltan siempre peldaños para llegar y siempre sobran
emboscadas y ausencias.
No, no es un guante de seda este destino.
No se adapta al relieve de mis huesos ni a la
temperatura de mi piel,
y nada valen trampas ni exorcismos,
ni las maquinaciones del azar ni las jugadas del empeño.
No hay apuesta posible para mí.
Mi lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla
que se aleja.
¿No huye acaso el piso con mis precarios bienes?
¿No se transforma en lobo cualquier puerta?
¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca
en carbón el oro que yo toco?
¿Qué más puedo esperar que estos prodigios?
Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas,
perros muertos, asombrosos desechos,
igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche
fantástica del cuento.
Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para mí.
¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro? ¿No era
bella la arena?
Entre mi amado y yo siempre hubo una espada;
justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor
venenoso
que anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final
de la novela.
Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que
me vieron.
¿Y ahora con qué lágrimas sazonaré mi sal,
con qué fuego de fiebres consteladas encenderé mi vino?
Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son
incalculables.
Pero cada posible desdicha es como un vértigo,
una provocación que la insaciable realidad acepta,
más tarde o más temprano.
Más tarde o más temprano,
estoy aquí para que mi temor se cumpla.

Olga Orozco

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

Olga Orozco