Aunque dure un instante

Ahora
mientras el río de obsidiana
nos refleja
quiero hablarte de amor
de nuestro amor
de los diversos hilos
de su trama
del amor que se toca
y es herida
y que también es vuelo
y es vigilia.
Sin él
el verde de las hojas
no tendría sentido
ni el farol de la calle
iluminando el agua
ni la imagen ondeante
de la iglesia.
Mi amor es la escudilla
en la que tú dejaste una moneda
la moneda tañéndome que existo
la trenza que forjan las palabras
el vino
el mar desde la mesa
los malentendidos
los días
en que nos damos cuenta
que ya no somos uno
que estamos alejados
irremediablemente.
Ayer
desde mi exilio
inventé que llegabas.
Salí del hielo
espanté pingüinos
desplacé a las estrellas
acechando tu desembarco.
Quería ayudarte a plantar banderas
celebrar de rodillas
el milagro.
Ahí quedé
con mis señales.
¿Te sorprende mi vértigo?
Estoy hablando de eso:
de la alegre punzada
de saber que sí
que de pronto es verdad
que no estoy sola
que estamos juntos bajo el árbol
con mi mano en tu mano
que nos refleja el río
que ahora
en este instante
en este ahora
aunque dure un instante
estás conmigo.

Claribel Alegría

Barajando recuerdos
me encontré con el tuyo.
No dolía.
Lo saqué de su estuche,
sacudí sus raíces
en el viento,
lo puse a contraluz:
Era un cristal pulido
reflejando peces de colores,
una flor sin espinas
que no ardía.
Lo arrojé contra el muro
y sonó la sirena de mi alarma.
¿Quién apagó su lumbre?
¿Quién le quitó su filo
a mi recuerdo-lanza
que yo amaba?

Claribel Alegría

Carta al tiempo

Estimado señor:
Esta carta la escribo en mi cumpleaños.
Recibí su regalo. No me gusta.
Siempre y siempre lo mismo.
Cuando niña, impaciente lo esperaba;
me vestía de fiesta
y salía a la calle a pregonarlo.
No sea usted tenaz.
Todavía lo veo jugando ajedrez con el abuelo.
Al principio eran sueltas sus visitas;
se volvieron muy pronto cotidianas y la voz del abuelo
fue perdiendo su brillo.
Y usted insistía y no respetaba la humildad de su carácter dulce
y sus zapatos.

Después me cortejaba.
Era yo adolescente
y usted con ese rostro que no cambia.
Amigo de mi padre para ganarme a mí.
Pobrecito el abuelo.
En su lecho de muerte estaba usted presente,
esperando el final.
Un aire insospechado flotaba entre los muebles
parecían más blancas las paredes.
Y había alguien más,
usted le hacía señas.
El le cerró los ojos al abuelo
y se detuvo un rato a contemplarme
Le prohíbo que vuelva.
Cada vez que los veo me recorre las vértebras el frío.
No me persiga más,
se lo suplico.

Hace años que amo a otro y ya no me interesan sus ofrendas.
¿Por qué me espera siempre en las vitrinas,
en la boca del sueño,
bajo el cielo indeciso del domingo?
Sabe a cuarto cerrado su saludo.
Lo he visto con los niños.
Reconocí su traje:
el mismo tweed de entonces,
cuando era yo estudiante,
y usted amigo de mi padre.
Su ridículo traje de entretiempo
No vuelva,
le repito.
No se detenga más en mi jardín.
Se asustarán los niños
y las hojas se caen:
las he visto.
¿De qué sirve todo esto?
Se va a reír un rato con esa risa eterna
y seguirá saliéndome al encuentro.
Los niños,
mi rostro,
las hojas,
todo extraviado en sus pupilas.
Ganará sin remedio.
Al comenzar mi carta lo sabía.

Claribel Alegría