Las Águilas llegan al Monte del Destino

—Me hace feliz que estés aquí conmigo —dijo Frodo—. Aquí al final de todas las cosas, Sam.
—Sí, estoy con usted, mi amo —dijo Sam, con la mano herida de Frodo suavemente apretada contra el pecho—. Y usted está conmigo. Y el viaje ha terminado. Pero después de haber andado tanto, no quiero aún darme por vencido. No sería yo, si entiende lo que le quiero decir.
—Tal vez no, Sam —dijo Frodo—, pero así son las cosas en el mundo. La esperanza se desvanece. Se acerca el fin. Ahora sólo nos queda una corta espera. Estamos perdidos en medio de la ruina y de la destrucción, y no tenemos escapatoria.
—Bueno, mi amo, de todos modos podríamos alejarnos un poco de este lugar tan peligroso, de esta Grieta del Destino, si así se llama. ¿ No le parece? Venga, señor Frodo, bajemos al menos al pie de este sendero.
—Está bien, Sam, si ése es tu deseo, yo te acompañaré—dijo Frodo; y se levantaron y lentamente bajaron la cuesta sinuosa; y cuando llegaban al vacilante pie de la montaña, los Sammath Naur escupieron un chorro de vapor y humo y el flanco del cono se resquebrajó, y un vómito enorme e incandescente rodó en una cascada lenta y atronadora por la ladera oriental de la montaña.
Frodo y Sam no pudieron seguir avanzando. Las últimas energías del cuerpo y de la mente los abandonaban con rapidez. Se habían detenido en un montículo de cenizas al pie de la montaña; y desde allí no había ninguna vía de escape. Ahora era como una isla, pero no resistiría mucho tiempo más, en medio de los estertores del Orodruin. La tierra se agrietaba por doquier, y de las fisuras y de los pozos insondables saltaban cataratas de humo y de vapores. Detrás, la montaña se contraía atormentada. Grandes heridas rojas se abrían en los flancos, mientras ríos de fuego descendían lentos hacia ellos. No tardarían mucho en sepultarlos. Caía una lluvia de ceniza incandescente. Ahora estaban de pie, inmóviles; Sam, que aún sostenía la mano de Frodo, se la acarició. Luego suspiró.
—Qué cuento hemos vivido, señor Frodo, ¿no le parece?—dijo—. ¡ Me gustaría tanto oírlo! ¿Cree que dirán: Y aquí empieza la historia de Frodo Nuevededos y el Anillo del Destino? Y entonces se hará un gran silencio, como cuando en Rivendel nos relataban la historia de Beren el Manco y las Tres Joyas. ¡Cuánto me gustaría escucharla! Y cómo seguirá, me pregunto, después de nuestra parte.
Pero mientras hablaba así, para alejar el miedo hasta el final, la mirada de Sam se perdía en el norte, y el ojo del huracán, allí donde el cielo distante aparecía límpido, pues un viento frío, que ahora soplaba como un vendaval, disipaba la oscuridad y la ruina de las nubes.
Y así fue como los vio desde lejos la mirada de largo alcance de Gwaihir, cuando llevada por el viento huracanado, y desafiando el peligro de los cielos, volaba en círculos altos: dos figuras diminutas y oscuras, desamparadas, de pie sobre una pequeña colina, y tomadas de la mano mientras alrededor el mundo agonizaba jadeando y estremeciéndose, y rodeadas por torrentes de fuego que se les acercaban. Y en el momento en que los descubrió y bajaba hacia ellos, los vio caer, exhaustos, o asfixiados por el calor y las exhalaciones, o vencidos al fin por la desesperación, tapándose los ojos para no ver llegar la muerte. Yacían en el suelo, lado a lado; y Gwaihir descendió y se posó junto a ellos; y detrás de él llegaron Landroval y el veloz Meneldor; y como en un sueño, sin saber qué destino les había tocado, los viajeros fueron recogidos y llevados fuera, lejos de las tinieblas y los fuegos.

El Retorno del Rey (fragmento)

J. R. R. Tolkien

Jiri

Ya no veo mucho a Jiri. A decir verdad, su ausencia comenzó mucho antes de su partida. Ocurrió así: cuando era muy pequeño, su madre tuvo que marcharse lejos durante un tiempo. Poseía una destreza técnica específica que necesitaban en algún sitio. Y en ese sitio hacía mucho frío. Su alojamiento era precario. Ella se quejaba en cada carta. No hubo nada que hacer. La hicieron trabajar demasiado, enfermó y murió. No nos fue posible ir a su entierro. En mis recuerdos y en los sueños en que aparece, siempre es verano, lleva vestidos vaporosos y un toque de sol en la piel. Una consecuencia de su partida fue que Jiri y yo nos volvimos inseparables. Teníamos mucho en común, en especial una pasión por todo lo fantástico. A Jiri le encantaban las historias que le contaba antes de dormir, y a veces inventaba las suyas propias, a mi parecer, realmente buenas. Habíamos descubierto unas viejas colecciones de cuentos de hadas y ambos disfrutábamos de ellas de lo lindo. También éramos camaradas. Los fines de semana dábamos largos paseos juntos —su pequeña mano en la mía— y nos fijábamos en todo. Hablábamos de la gente que nos cruzábamos por el camino, de la gente que conocíamos, de las calles y de los edificios, de los animales, de los insectos, de los objetos curiosos con que nos tropezábamos, como cajas, latas, botellas y envoltorios. Siempre nos llevábamos bocadillos y, cuando nos entraba hambre, buscábamos un portal, una escalinata, una plataforma de carga o una piedra para sentarnos. Si el tiempo acompañaba, cerrábamos los ojos, disfrutábamos del sol y a lo mejor pensábamos en su madre. Una o dos veces lloramos, imaginando el frío que debió de pasar y lo cansada y sola que debió de sentirse. Aunque Jiri era pequeño, era una especie de filósofo de la vieja escuela y se planteaba cuestiones tales como los motivos que se escondían tras las extrañas peregrinaciones de los gatos y si las cosas viejas, como los ladrillos o los tablones de madera, se hacían de alguna forma más sabias gracias a la experiencia. Yo era feliz hablando de estas cosas con él y creo que es posible que dijéramos muchas verdades. No cabía duda de que ciertas calles y paredes parecían hablarnos, contarnos algo de lo que habían sido testigos mudos. A este respecto, las manchas y decoloraciones de las paredes eran como mapas de nuevos reinos para nosotros y los examinábamos con respeto, aventurando a veces una explicación o una descripción, casi siempre bastante sombría, pues ésa era nuestra inclinación. Una pared —de eso estábamos convencidos— había sido testigo de la muerte de toda una familia y fuimos enumerando, detalle por detalle, sus últimos momentos, sus vanas esperanzas y palabras fútiles, su disposición final. Sin embargo, aunque nuestros pensamientos y gustos con frecuencia estuviesen teñidos de oscuridad, éramos inefablemente felices, como en una especie de palpitante comunión con las fuerzas elementales y primigenias que subyacen a todas las cosas. Cada una de nuestras respiraciones iba cargada a la vez de dicha y de dolor, tanto más cuanto que se trataba de un acto original, íntimo e incluso secreto.

Y entonces, cuando Jiri cumplió diez años, el primer doble dígito de su vida, aunque todavía era pequeño y bastante frágil, con una cabeza aún un poco grande para su cuerpo, todo cambió. Tenía como profesora de cuarto a una mujer obesa dotada de una inmensa confianza en sí misma, que ridiculizaba su pasión por los cuentos de hadas tachándola de cosa de niño pequeño, y que criticaba duramente sus dibujos de criaturas fantásticas. Era muy testaruda y se tomaba muy en serio las realidades del mundo. Como profesora, transmitía lo que podía de su filosofía y creo que, en general, tuvo mucho éxito. Desde luego, tuvo éxito con Jiri. Nuestros paseos y conversaciones continuaron como siempre, pero pronto me di cuenta de que sus dibujos se iban convirtiendo en fieles representaciones de hombres y mujeres, de casas, de insectos… y, aunque eran más reales, eran peores que sus dibujos fantásticos, porque eran réplicas sin alma, mientras que sus trabajos anteriores, aunque irreales, eran, desde luego, la esencia misma de las cosas. También dejó de leer cuentos de hadas; en realidad, cualquier tipo de literatura fantástica, y se inició en libros basados en hechos reales. Sin embargo, como no disfrutaba realmente de esos libros, su solución fue no leer nada, salvo si le venía impuesto. Cuando lo animaba a que leyese sus cuentos de hadas, se avergonzaba y se volvía evasivo. Su mente no podía comprender por qué lo alentaba a seguir siendo un niño. Al mismo tiempo, estaba enfadado conmigo porque un placer había desaparecido de su vida y, de alguna manera, yo tenía la culpa.

Esto me entristeció, por supuesto. No podía hacer nada al respecto. Estaba totalmente desconcertado. Me había reunido con su profesora varias veces en tutorías rutinarias y había comprobado que, en verdad, se trataba de una mujer estúpida y pagada de sí misma, y que encima olía fatal. Vivía sin dudas, vestía con ropa cara y era condescendiente con los padres, como si éstos fueran criaturas inferiores. Todo lo que engullía alimentaba sus convicciones y a Jiri debió de parecerle formidable, especialmente comparada conmigo. Sin embargo, ella no quería a Jiri. Ni siquiera le gustaba del mismo modo que le gustaban otros niños, porque reconocía en él una debilidad persistente que constituía una afrenta a su misión y a su ser. Era yo quien quería a Jiri, a mí a quien le gustaba. Era yo quien lo adoraba, respetaba y protegía. Pero no era suficiente, a pesar de que, durante un tiempo, creí como un tonto que sí lo sería. Jiri, por alguna razón misteriosa e irrevocable, había decidido que ella tenía razón y que yo me equivocaba, que no se podía confiar en mí en lo que a la vida se refería. ¿Por qué? No lo sé. Era y sigue siendo un misterio. Se necesitaba cierta fe ciega, y Jiri no la tenía. Ni yo se la pude dar. Me sustituyó por un monstruo obeso peor que los que aparecían en sus cuentos de hadas y fue a partir de entonces cuando el mundo cambió de forma para él, cuando, realmente, empezó a alejarse de su hogar.

No ayudó nada el hecho de que empezara a sacar mejores notas en la escuela y que hiciera más amigos. Por mucho que le hubieran disgustado sus nuevas costumbres, éstas eran, a todas luces, las correctas. Todo lo confirmaba. Y como quería, con razón, que todo saliera bien, se obligó a dominar las nuevas técnicas tan rápido como pudo. Y con la misma rapidez, nuestros maravillosos paseos se disiparon. Cuando le hablaba de nuestras paredes, él me miraba con pena y, más tarde, con desprecio, como si a mí me deleitase hablarle como a un bebé. ¿Qué sabía yo? ¿Sabía cuáles eran los efectos de la lluvia, del viento y del frío sobre la piedra? ¿Cómo podían los objetos inanimados ser testigos de algo? Del mismo modo, los objetos curiosos que habíamos encontrado durante nuestros paseos perdieron su peculiar atractivo. Para empezar, se desecharon muchos de ellos porque carecían de interés. Los que quedaron fueron divididos en categorías y clases y luego evaluados cada uno en su grupo. Ya no le interesaba una única mariposa (a pesar de que empezaban a escasear) o un árbol en particular, sino las mariposas y los árboles como especies y, más tarde, sus subdivisiones. Convirtió un mundo de innumerables objetos individuales en un patrón coherente y controlable y empezó a deleitarse en sus poderes, ajeno al holocausto que había perpetrado. ¡Cuánto debió de compadecerse de mí y de mi flácida mente! Lo que más me dolió fue que un día se soltó de mi mano. Pude sentir su repugnancia. Para él, cogerme de la mano era demasiado comprometido. Era falso. Estaba mal. Estuve a punto de llorar. Él no se percató, pues yo seguí charlando y fingí no haberme dado cuenta. No intenté cogerle otra vez de la mano, a la espera de que fuera él quien deslizase la suya en la mía, como un pajarillo que volviera al nido. Tal vez me equivoqué. Sólo tenía diez años, pero nuestras manos nunca más volvieron a tocarse.

Intenté que se interesara por nuestro álbum de fotos, mostrándole a su madre, a él cuando era un bebé, a los tres haciendo cosas sencillas pero maravillosas, como ir de excursión a la playa. No le interesaba. En cierta medida, lo consideraba un argumento poco convincente. Era aburrido y le faltaba fuerza. Además, le hacía sentirse incómodo. Yo, ni que decir tiene, me mostraba debidamente entusiasmado con sus crecientes logros, aunque por dentro me sintiera desesperado, pues a medida que su cuerpo y su reino exterior crecían y se hacían más fuertes, el dulce Jiri de antes, su reino interior se marchitaban, eran destronados. Yo sabía que él percibía, de algún modo, aquella extraña disminución, aquella pérdida de su yo esencial, pero sus avances y sus proezas mentales compensaban su malestar. Desarrollaba teorías irrefutables sobre la personalidad y la vida. Ponerlas en duda era convertirte en su enemigo, reavivar una irritabilidad que acechaba constantemente justo debajo de su extraordinaria superficie.

Ahora, definitivamente, se ha ido, embarcado en una carrera acorde a sus esfuerzos y aptitudes. Me escribe de tanto en tanto, rara vez me visita. Apenas conozco a su mujer. Nunca he visto a sus hijos, ni sé lo que hace con ellos. Me odia, lo sé, porque no le he servido de mucha ayuda. Le he fallado. No importa lo que diga para elogiar su vida, él sabe que no lo digo de corazón. Bajo mi influjo, nunca será feliz ni triunfador. Sólo mi muerte lo liberará de algún modo. Estoy triste pero resignado. Después de todo, no soy un gigante capaz de librar una heroica batalla. Ningún padre lo es con su hijo. Estoy seguro de que, a veces, ecos de mi mundo resuenan en el suyo, probablemente cuando menos se lo espera y, en esos momentos, debe de encenderse de rabia, desesperarse ante su ignorancia e impotencia, despreciar profundamente mi miserable vida. No obstante, siempre le quedará una vía de escape, aunque lo esté matando. Me quedan un número limitado de años y desagradables perspectivas. De vez en cuando, nuestras paredes aún me hablan.A menudo están en blanco y me devuelven una mirada opaca, como un verdugo. También está el álbum de fotos, mi eterno consuelo. De vez en cuando, revivo el vestido vaporoso y siento su diminuta mano en la mía, mientras una voz llena de asombro dice: «¡Mira! ¡Mira!». Y derramo unas lágrimas de absoluta felicidad. Por mí, por Jiri, por todo.

Entre los archivos del distrito (fragmento)

Kenneth Bernard

La ridicula idea de no volver a verte

Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos. ¿Te parece lúgubre, quizá incluso morboso? Yo no lo veo así, antes al contrario: me resulta algo tan lógico, tan natural, tan cierto. Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande.

Cuando morimos nos llevamos un pedazo del mundo.

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra. Es probable que reconozcas lo que digo; quizá lo hayas experimentado, porque el sufrimiento es algo muy común en todas las vidas (igual que la alegría). Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud. Y así estás. Tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás segura de que nadie va a oírte.

La característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante. Aunque la sensación de desconexión no sea tan extrema, tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento. Ya lo dice la sabiduría popular: Fulanito se volvió loco de dolor. La pena aguda es una enajenación. Te callas y te encierras.

Entro en el salón. Me dicen: «Ha muerto.» ¿Acaso puede una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos esa tarde, ya sólo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre.

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza.
¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.

A veces [tengo] la idea ridícula de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?

Acarreamos a nuestros muertos subidos a nuestra espalda. O más bien somos relicarios de nuestra gente querida: los llevamos dentro, somos su memoria. Y no queremos olvidar

Es extraordinario, porque, cuando se te muere alguien con quien has convivido mucho tiempo, no sólo te quedas tú tocado de manera indeleble, sino que también el mundo entero queda teñido, manchado, marcado por un mapa de lugares y costumbres que sirven de disparadero para la evocación, a menudo con resultados tan devastadores como el estallido de una bomba. Y así, un día estás viendo con toda tranquilidad una revista cuando das la vuelta a una página y zas, te das de bruces con la fotografía de una de las maravillosas iglesias de madera medievales de
Noruega, sí, aquellas increíbles construcciones rematadas por dragones que más parecían salidas de un pasado vikingo que del cristianismo. Y tú has estado ahí con él en aquel viaje a Noruega delicioso, estuvisteis justamente ahí, ante esta bellísima iglesia de Borgund, absortos, entusiasmados y felices. Juntos. Vivos. Buuuuuummmm, estalla la bomba del recuerdo en tu cabeza, o quizá en tu corazón, o en tu garganta. Puro terrorismo emocional.

Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.

Tu ataúd se cierra tras un último beso, y no te vuelvo a ver. No permito que lo recubran con el horrible paño negro. Lo cubro de flores y me siento al lado. Hasta que se lo llevaron, apenas me moví […]. Estaba sola con tu ataúd y puse mi cabeza en él, apoyando la frente. Y a pesar de la inmensa angustia que sentía, te hablaba. Te dije que te amaba y que te había amado siempre con todo mi corazón. Te dije que tú lo sabías […] y que te había ofrecido mi vida entera; te prometí que jamás daría a ningún otro el lugar que tú habías ocupado en mi vida y que trataría de vivir como tú habrías querido que lo hiciera. Y me pareció que de ese contacto frío de mi frente con el ataúd me llegaba algo parecido a la serenidad y la intuición de que volvería a encontrar el ánimo de vivir.

Sí, hay que hacer algo con la muerte. Hay que hacer algo con los muertos. Hay que ponerles flores. Y hablarles. Y decir que les amas y siempre les has amado. Mejor decírselo en vivo; pero, si no, también puedes decírselo después. Puedes gritarlo al mundo. Puedes escribirlo en un libro como éste[…] En efecto, consuela. Consoló a Marie. Le hizo intuir que volvería a disfrutar de la vida. Y es verdad: vuelves a disfrutar. Pero, por otro lado, es raro esto del duelo. Sobre todo, supongo, en los duelos extemporáneos, en las muertes que no hubieran debido suceder todavía. Y es raro porque, aunque pase el tiempo, el dolor de la pérdida, cuando se pone a doler, te sigue pareciendo igual de intenso. Por supuesto que cada vez estás mejor, mucho mejor: se te dispara el dolor con menos frecuencia y puedes recordar a tu muerto sin sufrir. Pero cuando la pena surge, y no sabes muy bien por qué lo hace, es la misma laceración, la misma brasa[…] Quizá los deudos nos sintamos raros y muy malos deudos por seguir sintiendo la misma agudeza de dolor después de tanto tiempo. Quizá nos avergüence y pensemos que no hemos sabido «recuperarnos». Pero ya digo que la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención, y no es mala cosa. Con suerte, puede que consigas reinventarte mejor que antes. A fin de cuentas, ahora sabes más.

(Fragmentos de La ridícula idea de no volver a verte)

Rosa Montero

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit.

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit. La naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia, un dios mira las cosas desde lo alto. Atormentaba con los dedos el engarce de un anillo en el cual, cierto día de amargura, había hecho grabar aquellas tristes palabras. Iba aún más allá en el desencanto y quizás en la blasfemia, y terminaba por encontrar natural, si no justo, que tuviéramos que perecer. Nuestra literatura se agota, nuestras artes se adormecen; Pancratés no es Homero, Arriano no es Jenofonte; cuando quise inmortalizar en la piedra la forma de Antínoo, no pude encontrar un Praxiteles. Nuestras ciencias están detenidas desde los días de Aristóteles y Arquímedes; los progresos técnicos no resistirían el desgaste de una guerra prolongada; hasta los más voluptuosos de entre nosotros sienten el hartazgo de la felicidad. Las costumbres menos rudas, el adelanto de las ideas durante el último siglo, son obra de una íntima minoría de gentes sensatas; la masa sigue siendo ignara, feroz cada vez que puede, en todo caso egoísta y limitada; bien se puede apostar a que lo seguirá siendo siempre. Demasiados procuradores y publicanos ávidos, senadores desconfiados y centuriones brutales han comprometido por adelantado nuestra obra; los imperios no tienen más tiempo que los hombres para instruirse a la luz de sus faltas. Allí donde un sastre remendaría su tela, donde un calculista hábil corregiría sus errores, donde el artista retocaría su obra maestra todavía imperfecta, la naturaleza prefiere volver a empezar desde la arcilla, desde el caos, y ese derroche es lo que llamamos el orden de las cosas.

Memorias de Adriano (fragmento)

Marguerite Yourcenar

Desde hace algunos años se supone que gozo de una extraña clarividencia, que conozco sublimes secretos. Es un error, pues nada sé. Pero no es menos cierto que en aquellas noches de Bethar vi pasar ante mis ojos inquietantes fantasmas. Las perspectivas que se abrían al espíritu en lo alto de las colinas desnudas eran menos majestuosas que las del Janículo, menos doradas que las del Sunión; eran su reverso, su nadir. Me repetía que era vano esperar para Atenas y para Roma esa eternidad que no ha sido acordada a los hombres ni a las cosas, y que los más sabios de entre nosotros niegan incluso a los dioses. Esas formas sapientes y complicadas de la vida, esas civilizaciones satisfechas de sus refinamientos del arte y la felicidad, esa libertad espiritual que se informa y que juzga, dependen de probabilidades tan innumerables como raras, de condiciones casi imposibles de reunir y cuya duración no cabe esperar. Destruiríamos a Simeón; Arriano sabría proteger a Armenia de las invasiones alanas. Pero otras hordas vendrían después, y otros falsos profetas. Nuestros débiles esfuerzos por mejorar la condición humana serían proseguidos sin mayor entusiasmo por nuestros sucesores; la semilla del error y la ruina, contenida hasta en el bien, crecería en cambio monstruosamente a lo largo de los siglos. Cansado de nosotros, el mundo se buscaría otros amos; lo que nos había parecido sensato resultaría insípido, y abominable lo que considerábamos hermoso. Como el iniciado en el culto de Mitra, la raza humana necesita quizás el baño de sangre y el paisaje periódico por la fosa fúnebre. Veía volver los códigos salvajes, los dioses implacables, el despotismo incontestado de los príncipes bárbaros, el mundo fragmentado en naciones enemigas, eternamente inseguras. Otros centinelas amenazados por las flechas irían y vendrían por los caminos de ronda de las ciudades futuras; continuaría el juego estúpido, obsceno y cruel, y la especie, envejecida, le incorporaría sin duda nuevos refinamientos de horror. Nuestra época, cuyas insuficiencias y taras conocía quizá mejor que nadie, llegaría a ser considerada por contraste como una de las edades de oro de la humanidad.

Memorias de Adriano (fragmento)

Marguerite Yourcenar

Antínoo

Todo se venía abajo; todo pareció apagarse. Derrumbarse el Zeus Olímpico, el Amo del Todo, el Salvador del Mundo, y sólo quedó un hombre de cabellos grises sollozando en el puente de una barca[…]

Seguimos remontando el río, pero yo navegaba por la Estigia. En los campos de prisioneros, a orillas del Danubio, había visto antaño cómo algunos miserables, tendidos contra un muro, daban contra él la frente con un movimiento salvaje, insensato y dulce, repitiendo sin cesar el mismo nombre. En los sótanos del Coliseo me habían hecho ver leones que enflaquecían por la ausencia del perro con el cual los habían acostumbrado a vivir. Yo reunía mis pensamientos: Antínoo había muerto. De niño había clamado sobre el cadáver de Marulino, picoteado por las cornejas, pero mi clamor había sido semejante al de un animal privado de razón. Mi padre había muerto, pero el huérfano de doce años sólo había reparado en el desorden de la casa, el llanto de su madre y su propio terror; nada había sabido de las angustias por las que había pasado el moribundo. Mi madre había muerto mucho después, en tiempos de mi misión en Panonia; ya no me acordaba de la fecha exacta. Trajano era tan sólo un enfermo a quien se trata de convencer para que haga testamento. No había visto morir a Plotina. Atínoo había muerto: era un anciano. Durante las guerras dacias había perdido camaradas a quienes creía amar ardientemente; pero éramos jóvenes, la vida y la muerte igualmente embriagadoras y fáciles. Antínoo había muerto. Me acordaba de los lugares comunes tantas veces escuchados: se muere a cualquier edad, los que mueren jóvenes son los amados de los dioses. Yo mismo había participado de ese infame abuso de las palabras, hablando de morirme de sueño, de morirme de hastío. Había empleado la palabra agonía, la palabra duelo, la palabra pérdida. Antínoo había muerto.
Amor, el más sabio de los dioses… Pero el amor no era responsable de esa negligencia, de esas durezas, de esa indiferencia mezclada a la pasión como la arena al oro que arrastra un río, de esa torpe inconsciencia del hombre demasiado dichoso y que envejece. ¿Cómo había podido sentirme tan ciegamente satisfecho? Antínoo había muerto. Lejos de haber amado con exceso, como Serviano lo estaría afirmando en ese momento en Roma, no había amado lo bastante para obligar al niño a que viviera. Chabrias, que como iniciado órfico consideraba que el suicidio era un crimen, insistía en el lado sacrificatorio de ese fin; yo mismo sentía una especie de horrible alegría cuando pensaba que aquella muerte era un don. Pero sólo yo podía medir cuánta actitud fermenta en lo hondo de la dulzura, qué desesperanza se oculta en la abnegación, cuánto odio se mezcla con el amor. Un ser insultado me arrojaba a la cara aquella prueba de devoción; un niño, temeroso de perderlo todo, había hallado el medio de atarme a él para siempre. Si había esperado protegerme mediante su sacrificio, debió pensar que yo lo amaba muy poco para no darse cuenta de que el peor de los males era el de perderlo.

Memorias de Adriano (fragmento)

Marguerite Yourcenar

De todos los seres humanos que Dios creó y que Shaitan pervirtió, solo unos pocos descubrieron el centro del universo, donde no existen ni el bien ni el mal, ni el pasado ni el futuro, ni «yo» ni «tú», ni la guerra ni motivos para una guerra, solo un infinito mar de calma. Tan grande era la belleza de lo que allí encontraron que perdieron el habla.
Los ángeles, compadeciéndose de ellos, les dieron dos opciones. Si deseaban recuperar la voz, tendrían que olvidar todo cuanto habían contemplado, pero en su corazón persistiría una profunda sensación de ausencia. Por el contrario, si optaban por recordar la belleza, tendrían la mente tan confusa que no serían capaces de distinguir la realidad del espejismo. Así, los pocos que dieran tumbos en ese secreto lugar que no aparecía cartografiado en ningún mapa volverían con un anhelo de algo, no sabrían con exactitud de qué, o bien con un sinfín de interrogantes. A quienes hubieran optado por la sensación de plenitud se los conocería como «los que aman», y a quienes aspiraran a adquirir conocimientos, como «los que aprenden».

El arquitecto del universo (fragmento)

Elif Shafak

porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro.

Rayuela (Capítulo 1, fragmento)

Julio Cortázar

A Genève Poitier

A Genève Poitier:

Bien pensado, no es importante que tú leas esta carta, en parte porque sé que no sucederá jamás. Lo que de verdad cuenta es que ahora yo la escriba. Es mi «puerta de servicio»…, me parece que se dice así.
Creo que todo comenzó con la Noche de los Cristales. Era la noche del 10 de agosto de 1990. Apenas te vi pensé en una cosa, una cosa muy tonta, pero que para mí era absolutamente nueva, y por eso me ha parecido importante: ella es mi punto de llegada. Por un momento he imaginado toda mi vida, he visto desde lo alto el camino que había tomado, las encrucijadas ante las que me había detenido para elegir, cada uno de los pequeños caminos de enlace y de los callejones sin salida que sólo me habían hecho perder tiempo… y todo me pareció un único recorrido, intrincado y perfecto, que me había conducido hasta ti. Cada momento había existido por sí mismo, para que yo me encontrase allí, en un país desconocido, en la fiesta del agua, mientras tú hacías sonar los vasos de cristal.
Aquella noche te hablé de estrellas fugaces enamoradas, dientes rotos de hadas, ratones que construyen reinos de gorgonzola debajo de las camas y delfines que hablan la lengua de las ballenas. Tú, en cambio, me hablaste de las tierras que tus ojos habían explorado. Y yo los entreví, detrás de tus ojos, y las encontré bellísimas, más bellas de lo que son, porque habían pasado también dentro de ti.
De golpe, como previendo el futuro, dijiste algo. Dijiste que hace falta más valor para olvidar que para recordar.
Lamento haber tomado aquel tren y haberme ido, lamento haberte conocido cuando no conservaba ya el recuerdo de mí y de esa noche, y me mata pensar que tal vez nada de todo esto ha existido jamás. Yo he pensado en ti y en esa noche cada día en estos últimos nueve años. Se ha hecho la luz dentro de mí en los momentos de oscuridad.
Por eso será tan difícil perderla para siempre.
Tenías razón, Gen. Hace falta valor para olvidar. Pero recordar…, recordar es el verdadero suplicio de los seres humanos.
Siempre me he preguntado cómo puede un hombre convivir con el fantasma de todo lo que ha sido y con el espectro de lo que no será jamás. No puede, he aquí por qué muere. No envejecemos a fuerza de vivir la vida, sino a fuerza de recordarla.
Saber quién soy y lo que he hecho me está llevando a la locura. Me siento un vagabundo en la línea del frente entre locura y realidad, y estoy bloqueado aquí desde hace mucho tiempo… Desde esa noche, tal vez, o quizá desde la noche en que vine al mundo. No temas, no te culpo por ello.
Porque en el fondo me he perdido y encontrado en una ciudad en la que las calles no tienen nombre. Allí, en una torre lejana y al mismo tiempo próxima, conocí a un hombre que no debería existir. El Coleccionista, así se hace llamar. O, al menos, a mí me gusta llamarlo así. Le he contado todo, Gen: de mí, de nosotros, de mi padre y de sus historias perdidas. Y él me ha dicho que tengo una oportunidad. Se llama Tirnail, el Reino de las Cosas Perdidas.
Mi padre, durante toda su vida, no hizo más que repetir que hay algo de verdad en este mundo. ¿Y si llevara razón? ¿Y si el Coleccionista no mentía? ¿Y si los encantos de Tirnail fuesen nada más que una vana promesa, una realidad distinta de aquella otra realidad? De ser así, yo tendría realmente una oportunidad: podría por fin liberarme de recuerdos pesados como losas de metal, podría dejar que se fueran todas las cosas que deben perderse.
Tirnail… A veces es difícil aceptar la existencia de algo que va más allá de nuestra realidad, pero no podemos dejar de creer en ello. Lo que conocemos, después de todo, es limitado, mientras que lo que ignoramos es potencialmente infinito.
Tal vez he elegido creer, por última vez, que ha quedado un resto de magia en el mundo.
El Coleccionista parecía sorprendido cuando le dije que no estaba allí para encontrar algo que había perdido, sino más bien para perder algo que había encontrado…, algo que me había conmovido: mi vida. No todo está marchito, naturalmente. Pero para eliminar las consecuencias desastrosas de cada acción tendré que borrar las acciones mismas, y las intenciones que fueron causa de dichas acciones. Tendré que olvidarlo todo. Aunque signifique perderte, aunque de este modo condene a mi padre a su mayor miedo…
Pero yo maté a un hombre, Gen. Y el recuerdo de mi pecado me está matando a mí.
Cuando hace poco regresé a esta casa, infestada de las sombras de mi pasado, me di cuenta de repente de lo solo que estoy. Entonces comprendí. Mañana por la mañana me despertaré y me habré olvidado de ti. Habré olvidado para siempre tus cabellos de diablesa, tus locuras, los vasos de cristal, y luego esa noche… y los años que vinieron después.
Habré olvidado tus ojos, Gen…
Una parte de mí había jurado que no acabarías prisionera de Tirnail. Lo siento, pero no puedo mantener la promesa.
Sé que no lo comprenderás, pero no me busques para obtener respuestas. Deja sólo que yo olvide tu nombre, Genève Poitier, cualquiera que éste sea.

El ladrón de niebla (fragmento)

Lavinia Petti

Claro de luna

Llevaban una vida feliz. Estaban educadas para no salir de este ámbito de felicidad por mucho que aprendieran. Quizá por tener unos padres cariñosos. Pero no conocían la verdadera alegría. Las personas no pueden elegir lo que es mejor. Cada uno está hecho para vivir su propia vida. La felicidad es vivir sintiendo, lo menos posible, que el hombre, en realidad, está solo.

Pero yo también creo que eso está bien. Sonreirán como una flor con el delantal puesto, aprenderán a cocinar, se enamorarán, atormentándose o desorientándose, y se casarán. Eso, creo que es magnífico. Es bonito y dulce. A mí me repugna mi vida, mi nacimiento, el ambiente en el que he crecido, todo, en especial cuando estoy muy cansada, cuando me salen granos en la cara o me siento sola, o cuando llamo a mis amigos y no están. Acabo arrepintiéndome de todo.

Pero en la cocina, aquel verano tan, tan feliz…

No tenía ningún miedo de cortarme ni de quemarme, y no me importaba pasar la noche en vela.

Cada día temblaba de emoción al poder luchar de nuevo cuando llegara la luz. Un pedazo de mi alma quedó con aquel pastel de zanahoria que preparé tantas veces que casi aprendí a hacer de memoria, y hubiera arriesgado mi vida por conseguir aquellos tomates tan rojos que encontré en el supermercado.

Así conocí las cosas agradables y ya no pude volver atrás.

Quiero seguir sintiendo a toda costa que algún día he de morir. De otro modo, no sentiría que estoy viviendo. Por eso, mi vida es así.

Suspiro con alivio al salir a la carretera nacional después de andar por el borde de un precipicio en la oscuridad. Conozco la belleza del claro de luna que penetra en mi corazón, y contemplándola pienso: «Ya basta».

Kitchen (Fragmento)

Banana Yoshimoto

En cuanto se cerró la puerta y me quedé sola, me di cuenta de que estaba muy cansada. La habitación estaba tan silenciosa que no se sentía el tiempo que marcaban los segundos. Reinaba una atmósfera inmóvil que me hacía sentir culpable de que sólo yo viviera y me moviese.

Una habitación siempre es así después de que alguien haya muerto.

Hundida en el sofá, miraba distraídamente cómo el gris de principios de invierno cubría las calles al otro lado del ventanal.

Pensé que no podía soportar el aire frío y pesado del invierno que se filtraba como una niebla por parques y calles, por todos los lugares de aquel pequeño barrio. Me sentía aplastada. No podía respirar.

Los grandes hombres, sólo con existir, emiten una luz que ilumina a quienes están a su alrededor. Y cuando esta luz se apaga proyecta una sombra pesada, irremediable. Quizá fuera una grandeza pequeña, pero Eriko estuvo aquí y luego desapareció.

Al tenderme en el sofá, recordé lánguidamente que el techo blanco me había salvado. Justo después de morir mi abuela, lo contemplaba a menudo por las tardes, cuando no estaban ni Yûichi ni Eriko.

Sí, mi abuela murió, perdí a la única persona de mi sangre y pensé que no tenía sentido. Estaba convencida de que no podía haber cosa más absurda que ésa, pero sucedió algo aún peor. Eriko fue para mí un ser gigantesco.

Aunque sea cierto que la buena y la mala suerte existen, depender de ellas es una actitud muy cómoda. Sin embargo, aunque pensara así, mi dolor no disminuiría. Desde que me di cuenta de esto, me convertí en una adulta repugnante capaz de compaginar las cosas más absurdas con las de todos los días. Pero me hizo la vida más fácil.

Justamente por eso me pesaba tanto el corazón.

Kitchen (Fragmento)

Banana Yoshimoto

La cocina

Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la
cocina, no importa de quién ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga
comida, no sufro. Si es posible, prefiero que sea funcional y que esté muy
usada. Con los trapos secos y limpios, y los azulejos blancos y brillantes.
Incluso las cocinas sucísimas me encantan.
Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y esté tan sucio
que la suela de las zapatillas quede ennegrecida, si la cocina es muy
grande, me gusta. Si allí se yergue una nevera enorme, llena de comida
como para pasar un invierno, me gusta apoyarme en su puerta plateada.
Cuando levanto los ojos de la cocina de gas grasienta y del cuchillo
oxidado, en la ventana brillan estrellas solitarias.
Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor que pensar que en
este mundo estoy yo sola.
Cuando estoy agotada suelo quedarme absorta. Cuando llegue el
momento, quiero morir en la cocina. Sola en un lugar frío, o junto a alguien
en un lugar cálido, me gustaría ver claramente mi muerte sin sentir miedo.
Creo que me gustaría que fuese en la cocina.

Kitchen (Fragmento)

Banana Yoshimoto

Nostalgia de Troya

México, marzo de 1965

Señora colombiana:

Sí, soy el mismo René que hace seis meses estaba en Amsterdam haciendo la reseña de un museo único en el mundo, luego pasó quince días en Ottawa y ahora está en México, joya arqueológica y eterno jardín… a más de otras cosas que ahora no vienen al caso.
Aproveché el viaje a Europa para ir al Loire, esto tú no lo sabías (qué maravilla hablarte de tú en francés), ni sabes nada del Loire; especie de aprendizaje cuya carencia jamás echarás de menos.
Murió mi padre. Era un hombre de edad avanzada que acostumbraba encerrarse con llave en su biblioteca largos ratos, después de suplicar que no se le molestara; lo encontraron muerto sobre una alfombra polvosa que era una obra de arte hace veinticinco años. Murió muy en carácter, solo, sin comentario alguno por su parte, entre sus objetos preferidos guardados en un cuarto que no se limpiaba porque era suyo y él no lo permitía.
Mi padre dejó una fuerte herencia que será, con el tiempo, para los hijos de mi hermana y para mi hija mayor, quien, según supe, se ha convertido en una bella niña de trece años, delgada, alta, culta para su edad… ¡es tan extraño! No quise verla porque tuve miedo de descubrirla demasiado diferente a mí mismo o demasiado perdida en los vericuetos del Loire.
La impresión de la muerte de mi padre fue curiosa. Recibí un telegrama de mi madre en Holanda y cuando llegué, al día siguiente por la noche, la encontré en un gran estado de depresión. Mientras mi hermana recibía visitas y condolencias, ella, retirada en su cuarto, hacía planes, si es que así puede llamárseles. Lo primero que dijo, antes de saludarnos, fue:
—Ya soy demasiado vieja para vivir en París. He perdido mis amistades y la costumbre del trato social. Tampoco quiero que me vean, no quiero ser observada ni comentada; ahora yo también voy a morirme en el Loire y me enterrarán en ese asqueroso cementerio de la aldea, en medio de gente desconocida que no significa nada para mí.
—Y seguramente mal vestida —le respondí sin poder evitarlo.
—Seguramente —siguió sin advertir la impertinencia—. ¿Pero entiendes? ¿Entiendes que París me ha traicionado y que ahora no tengo ninguna ilusión?
Lloraba desesperadamente y el énfasis de sus lamentos estaba en que la vida es demasiado larga porque Dios no tiene el menor sentido de las dimensiones de lo que puede soportar el cuerpo humano.
—¿Por qué no se lo llevó antes? Se ha pasado años en la biblioteca, sin hacer nada… Claro que él no pensaba lo mismo. Llegó a decirme que cuando estaba solo sentía la presencia de Dios. ¿Tú lo crees? Contéstame.
—¿Por qué no?
—Porque a Dios no le gusta esta casa.
—Está usted diciendo incoherencias.
No hizo caso, en otro momento me hubiera saltado al cuello.
—Tu padre pretendía hablar con Dios. Murmuraba días enteros y sonreía a solas.
—Tal vez rezaba.
—Pero Dios no le oía porque Dios no es estéril y la vida de tu padre era inútil… Era nefasta para todos nosotros. Hasta el padre Jean murió en pecado por causa suya.
—¿Cómo?
—Por consejo suyo no volvió a dirigirme la palabra y murió sin perdonarme cuando sabía bien que sólo él podía reconciliarme con Dios.
—¿Usted se lo dijo así al padre Jean?
—No, ¿cómo había de decírselo? Se lo hice saber a tu padre y no prestó atención. Respondió que Dios estaba en todas partes y que si no me reconciliaba por mi parte era porque no tenía la sensatez suficiente para darme cuenta de lo sencillo que era eso.
—¿Por qué no se toma usted una pastilla calmante?
—No quiero. Además, no me hacen efecto. Hace años que tomo entre cinco y seis diarias —se detuvo y caminó hacia la ventana, desde allí se volvió a mirarme—. No sabes el esfuerzo que me ha costado no convertirme en una alcohólica —su voz sonaba seca—. ¿Tú crees que vale la pena?
—No lo sé. Conviértase usted en alcohólica si eso la hará sentirse mejor.
Lo pensó un rato largo. Sin duda era la primera vez que alguien le daba un mal consejo no carente de ciertas ventajas.
—No —dijo al fin, muy firme—. Por Elène, por los hijos de Eléne, por tu adorable Elise.
Se sentó en un sillón y empezó a llorar suavemente, sin sollozos. Nunca antes se había privado de algo por no hacer sufrir a otros y esto la hacía sonreír de júbilo entre las lágrimas. Tuve ternura por ella y casi no pude mostrársela; me senté a su lado y le tomé una mano. Así estuvimos un rato largo, hasta que noté que estaba dormitando. La dejé y bajé a ver a Elène.
Mi hermana es una mujer dulce, demasiado influenciable, poco inteligente y muy sentimental.
—Pobre papá —suspiró mientras me servía un coñac—. Debo contarte algo que pasó hace tres meses.
—¿Sí?
—Vino a verlo una señora alemana, ya de cierta edad y tuvieron una larga entrevista. Mamá estaba hecha una loca, subió a su cuarto y se puso a romper cartas y libros. Luego, la alemana se fue. Papá entró en un estado curioso, como si fuera feliz. Hacía años que no escribía nada y en dos meses preparó un ensayo que está a punto de ser publicado… dicen que es excelente. Trabajar de nuevo, escribir otra vez, fue demasiado para él; prácticamente dejó de descansar, apenas dormía.
—¿Cómo se llama el ensayo?
—Sobre las Ruinas de una Ciudad Oculta.
—¿Quién era ella?
—Según mamá, la que tuvo la culpa de este retiro. Una mujer que papá amó mucho… que le quitó la vida, según mamá. Y que causó su muerte.
Me sorprendo sufriendo con un sentimiento casi catártico. Ella tal vez le había arruinado la vida, pero se la devolvió en el momento justo, para que no muriera en vano.
Señora, a mí no me da miedo el romanticismo y ésta es una terrible historia de amor. Al escribírtela padezco una especie de espejismo de oasis: ¿será cierto que esas palmeras que se ven a lo lejos son en efecto el fruto de las fuentes ocultas que nacen en medio de la arena?
Mi madre, la siempre joven Laura, se ha reconciliado con Dios sin darse cuenta y papá murió envuelto en luz de amor y de fuerza creadora. ¿Es cierto entonces que las historias absurdas tienen un buen final?
Tu paciencia dirá que sí, eso lo sé. Y tu vida, ¿qué te dice? ¿También tú tienes miedo de volverte dipsómana? Tú no tienes miedo, te embriagas con un libro de lectura y luego me escribes una carta exaltada. Me pregunto si sabes lo exaltadas que son tus cartas, parece que no vives con otras personas sino en un mundo satélite todo tuyo donde recibes ideas y emociones nada más para ti.
Dejé el Loire sin ver a la pequeña Elise. Vino dos veces a la casa. El día del entierro me dio tiempo de ver, entre telas negras, unos zapatitos muy lustrados que se alejaron a toda prisa cuando yo abrí una puerta. Tal vez ella… tampoco, ¿verdad? Es justo y no me da nostalgia. Tengo la seguridad de que en alguna parte, independiente de mí, existe algo mío. Basta con eso. A ti te basta con eso. Porque en tu satélite no está ese niño que amas tanto y a quien no acosas ni persigues.
Estoy en América, ¿no me sientes cerca? Debieras tener un sentido especial para saber que no estoy en Europa, ni en una isla, ni en el polo, sino sobre la misma tierra que tú pisas y si echara a caminar, no importa en qué vehículo, llegaría a tu casa sin despegarme del suelo. Son locuras, no pongas atención.
Señora, no puedo escribir tu nombre, como nunca pude decirlo, tal vez porque no me conformo con ninguno. Algún día te bautizaré y asunto terminado.
Debo explicarte que durante muchos años no he podido hablar de mis padres y ahora lo hago. ¿Por qué? Hay razones. Una de ellas reside en el hecho de que ellos son las únicas personas «rebeldes» que he conocido y he conocido muchas. Rebeldes entre comillas porque su vida fue un fracaso desde un punto de vista general, pero ya no lo es ¿me entiendes? Sí, por supuesto. Mis amigos, mis amigas, esa multitud que invariablemente me ha acompañado a lo largo del tiempo, aceptaban su vida por instinto, por indolencia. Mis padres no. Ahora, ha ocurrido algo que me permite decirlo, contártelo, decirte algunas cosas más… Hay sucesos que son el círculo de un compás que se cierra. Dime ¿estoy dentro o fuera?
Tú también aceptas, pero de una manera… ¿Por qué eres como yo y te gusta hacer decisiones a plena conciencia? Es duro, duele, y las haces.
He conseguido, por obra de un amigo, una casita en los confines del Valle de México, más allá está un campo cultivado y luego las montañas; hay vacas. Cuando no duermo miro un amanecer amarillo pálido sobre un campo verde esmeralda que humea. Nunca antes había hecho la reflexión de que la alfalfa es bella.
¿Qué hago aquí? Pensarás que lo mismo de siempre, pero no, esta vez alimento mi cobardía de varias fuentes escondidas. ¿Habías pensado en lo cobarde que puede ser tu amigo René? ¿Sí? ¿No?
Lo soy. No puedo ir a un lugar relativamente cercano que se llama Ixtapan de la Sal porque temo descubrir la muerte de una amiga. Una señora anciana cuyo retrato me acompaña y que me dijo la verdad alguna vez, igual que tú, no como muchos otros. Viví en su casa hace años, en un viaje de huida a raíz de un suceso que no está hecho para que tú lo sepas. ¿Ves que también soy tímido?
Tu última carta, como tantas otras, era muy bella. Me gusta que ilustres tu vida con citas de Faulkner y el monólogo de Hamlet. Es verdad, encanto, no hay ser o no ser, se es en sueños, en insomnios y en espíritu, eternamente.
La eternidad es una sensación difícil; indignante ruando todavía es una palabra, temible cuando se cree en ella sin comprenderla. Tu eternidad, en cambio, es la paz, el alejamiento de las cosas perecederas; el cuerpo, por ejemplo. Quién sabe dónde pones tu cuerpo por las noches. Debes de sumergirte en un estanque o dormir en el hueco de un árbol, como las ardillas y las bacantes.
Yo no pongo mi cuerpo en ninguna parte tangible porque se resiste al descanso tanto como se resiste mi alma a tomar un somnífero. A veces, te lo confieso, me duermo en medio de inhalaciones alcohólicas que me producen calma al tiempo que un descanso ilegítimo y tramposo.
Yo no quería hacer trampas, no entumecerme, no mentir, ir a las cosas en un tono directo. Di tú si lo he logrado. No lo dirás porque no es cierto, porque esta carta es la prueba escrita de que no me atrevo a ir a Ixtapan de la Sal ni tampoco a otras partes del mundo y me conformo con mirar los campos de alfalfa antes de que el sueño me venza y suba el sol reseco y deslumbrante. Me quedaré un tiempo más bien corto; seis meses, tal vez. Eso dije cuando me entregaron la casa.
Te advierto que si alguna vez pasó por tus ojos el escándalo cuando viste mi cuarto en el hotel cubano, eso no quiere decir nada comparado con esta casa, que es el descuido vivo. No puedo arreglármelas para tenerla limpia, ni para tirar la basura, ni siquiera para comer a horas fijas. Pero tú no la ves, tú estarás poniendo la castidad de tus ojos en armarios llenos de sábanas dobladas a la perfección, o en tu pequeña biblioteca sacudida escrupulosamente, donde según me dices los libreros son blancos, tu mesa está pintada de negro y el suelo de mosaico reluce y zigzaguea.
Pensaba enviarte una buena reproducción de Modigliani que compré en Amsterdam; luego recordé que nunca hago regalos y no quise romper viejas costumbres. La tengo conmigo y tal vez me decida a hacer una excepción por vez primera. También un libro de reproducciones menores que… ¿me quieres hacer el favor de explicarme por qué digo todo esto? No, seguramente.
¿Cómo hará la mayor parte de la gente para cultivar la desfachatez de hacer preguntas vulgares? A mí me gusta hacerlas peculiares, pero no por carta; no me privaría del gusto de mirarte a la cara cuando te resulto impertinente. ¿Qué es lo primero que ves cuando despiertas? Estoy en un estado de ánimo contradictorio, lo habrás notado.
Seguramente no me atreveré a ir a Ixtapan de la Sal. Cuando estuve allí mis relaciones más íntimas las tuve con una vaca: la ayudé a parir. Son las más íntimas que he tenido en mi vida… salvo las que tengo contigo. La vaca y tú son hasta ahora mis mejores amigas, ¿te ofende?
¿Te ha dicho alguien que eres una mujer espantosamente severa? Pero no dura, eso lo sé. Además, pudorosa; cuando se te caía el escote en forma de ojal de tu blusa aquella, te lo componías inmediatamente, hasta que un día noté que lo habías asegurado sobre tus hombros con unos alfileres, parecía que lo traías clavado. No te gusta que te miren las piernas… quién sabe por qué, no las tienes feas. Estoy abusando de tu paciencia, ¿verdad? Tacha lo de las piernas con la tinta verde que usas para escribirme y si te molesta, también lo del parto de la vaca. A mí me da pereza.
Encanto, pienso que ésta será una carta muy larga y desearía, si te es posible, que la tuya no lo fuera tanto para que llegue más rápido, porque estas cartas largas se escriben a ratos y tal vez te lleve algunos días. Conmigo no es igual, ya que no cuento los días ni las noches desde que estoy aquí. Trato, eso sí de no ver la mañana: el humo del valle se vuelve polvo, el sol repiquetea, todo me deprime.
¿Sabes que las palomas se encantan comiendo estiércol? Pues sí, lo hacen, las he visto. Una buena lección para los poetas y los que las ponen de ejemplo para proclamar la felicidad conyugal. También las tórtolas hacen eso. He acabado por pensar que lo singular y atractivo en estos animales es el gusto por la mierda. Perdonen tus oídos colombianos y tus ojos también.
Me he tragado tres botellas de ron y no me he convertido en dipsómano, cuando mucho, con el tiempo, vendré a ser un hombre que duerme, ¿no te parece? Mí madre, durante un año, se bebió quinientos dólares de oporto y no tomó la costumbre. Evidentemente sabía que el alcoholismo requiere, por lo menos, un gasto tres veces mayor.
Un día me atreví a ir al centro de la ciudad, como a las seis de la tarde; mecánicamente pasé por el llamado Zócalo, una de las plazas más grandiosas del mundo, y fui a dar a los barrios pobres. Esto, por algún motivo, me sucede en todas partes… además, hace años, alguien me habló de ellos; tenía razón. No es posible conmoverse, es necesario odiar. Tú no evitas hablar de la miseria, de la ignorancia, de la corrupción y del desperdicio; yo lo hago con mi cámara. Lo difícil es la actitud, porque todo cuanto se diga o se haga resulta poco, durante quién sabe cuántos años resultará poco. Se pasará el tiempo en planes, en arreglos, tal vez hasta en mentiras porque ante una situación así, con gobiernos como éste, no hay rapidez posible. Los fotógrafos, los periodistas, los que se interesen por esto según sus medios de expresión harán el papel de plañideras durante medio siglo, tal vez. Ése es nuestro oficio, gemir y lamentar. Vergüenza.
Yo, a la inversa de la señora Laura, no pienso en Dios cuando veo estas cosas, pienso en el hombre y lo odio. Lo odio cuando comprende y no actúa, cuando aprovecha para sacar ventaja, cuando no entiende y dice que es feliz. Un mexicano no tiene derecho a ser feliz, tenga lo que tenga y haya hecho lo que haya hecho, las dichas de los sobrevivientes son oscuras y sus triunfos no cuentan.
El que suscribe es un sobreviviente y habla con conocimiento de causa. He abandonado y tratado de olvidar la miseria humana particular que se puso en mis manos para no dejarme ahogar, hundir por ella. Ahora no bastan los documentales, ni los artículos incisivos e indignados; ahora no sería suficiente el tiempo que me queda de vida para justificarme.
Por eso, antes de abrir los ojos, siento que soy un pez abandonado sobre una tabla, un pedazo de carne, lo contrario de hombre, lo contrario de todo.
La clave es, pues, el antagonismo. René por su lado y el mundo repleto de alfalfa por el suyo. Tus cartas, el puente que los une, un puente donde no se camina, se le admira de lejos.
Desde muy lejos, señora colombiana. ¿Cuánto tiempo hace que no oyes una palabra de amor? Eso no me lo has dicho. Yo nunca he pronunciado una palabra de amor ni he sentido necesidad de ello. Yo soy un caballero andante, con la espada un poco en desuso, capaz de participar en alguna batalla y de portarse con la nobleza de rigor, pero no tengo dama a quien pudiera hacerle largos discursos.
Y tú… tú vas a terminar hablando a solas, teniendo visiones coloridas de cuadros famosos y consumada maestra en el arte epistolar. Nunca lo dices y sé que estás muy sola, pero estaba previsto. La noche que me regalaste el barco de papel (no te diré si lo conservo), sabías que en adelante te comunicarías sólo a larga distancia con cuanto te rodea, no nada más conmigo. Lo aceptaste.
El otro día, me escribiste algo sobre el perfil de una Madonna de piel blanca y lechosa que a mí me es antipática. ¿Por qué te gusta? ¿Porque no te pareces a ella? ¿Te comunicas ahora también por comparación y tu aislamiento te lleva a comportarte como si fueras una esencia universal? Cuando me escribas de nuevo, háblame de esto; te anticipo que no son preguntas indignadas, sino impacientes. No te olvides.
A mí me gustaría que no fueras sensata ni modesta y confesaras ser la llave cósmica con la que se abren todas las puertas; yo lo creería y entonces… No te ofendas, encanto. No estoy tratando de herirte, sino expresándome en forma burda pero cierta, es todo.
¿No te has preguntado a estas alturas lo que hago cuando no te escribo? Era una sorpresa pero tengo necesidad de que lo sepas sin mayor dilación: estoy escribiendo una novela. Ya llevo lo suficiente como para estar seguro de que en efecto es así. Hay un cerco de magia que me impide decirte de qué se trata como antes lo hubo para impedirme hacerla. Aquí, sobre una mesa de cocina que he conservado limpia para poner las hojas, escribo diariamente, mucho, sin detenerme, porque ha llegado el momento. Como si la novela estuviera hecha en un sitio lejano e imposible y me llegara en ondas para que yo, con mis pobres instintos, la reciba. Por supuesto no se trata de Troya pero sí de las ruinas de una ciudad oculta, aunque no ha de llamarse de ese modo, porque el ensayo de mi padre, como te dije, lleva ese título. Los dos, al fin de algo, de un tiempo o del tiempo, hemos escrito sobre las ruinas de una ciudad que no se deja ver, que no se alcanza. Esa que cada uno llevaba en la cabeza sin caer en ello.
No más de mi novela porque muchas, interminables veces te hablaré de ella hasta que por fin te llegue envuelta en papel celofán y con un lazo de seda, como si fuera una caja de chocolates para mi dama. ¡Lo dicho! Y qué poco es.
Mujer estudiosa, ¿qué haces cuando estás cansada y te divagas? No me digas que vas al cine. Te ríes, lo sé. Claro que vas al cine, y ¿cuándo regresas? ¿Tienes insomnios? No, tú no eres así. Además, te gusta la costura, qué asco. Nunca me lo dijiste, pero descubrí que tienes marcado por el dedal el dedo tercero de la mano derecha. Es evidente que en La Habana también bordabas, de noche o de mañana, cuando me decías que estabas preparando tu clase, mentirosa.
Lo entiendo, yo en cambio sé hacer muchas cosas que jamás hago cuando vivo solo, sino en casa de otros. Por ejemplo, limpiar y cocinar. Es una coquetería y no se me oculta, es uno de mis múltiples artes de seducción, tanto como el epistolar. Esto no es riguroso porque no acostumbro escribir, pero lo demás, es cierto. ¡Si vieras la cantidad de platos que he lavado en casas ajenas! Siempre me quieren mucho y se sorprenden; también hago eso porque no los quiero igual y nada me sorprende.
Soy seductor por pura alevosía, por pura culpa de sentirme carente de atractivos reales, no soy abnegado, ni afectuoso, ni amable, ni me gusta entregarme y jamás me he puesto en manos de nadie. La prueba es que tú, encanto, estás absolutamente seducida aunque tal vez ahora se te haya ocurrido lo contrario y estés con el ceño arrugado, muy dubitativa, mirando la pata de una mesa. Estás seducida porque a pesar de tus precauciones, en esta larga correspondencia, me has entregado tu alma… y sí, tal vez la mía. Bueno es saber que tú eres su guardiana.
Sé lo que dirá tu próxima carta. Aparte de lo previsto, me aconsejarás que duerma, coma y trabaje con un horario: las novelas son como pájaros y llegan a una misma hora; me advertirás en tono irónico que no es sano guardar la basura no vivir en medio del polvo y hasta me enviarás a cortarme el pelo.
Te ganaré la partida de cualquier modo; haré todo inmediatamente y cuando tu carta llegue, podré pensarte con aire de superioridad. Trampas, trampas, trampas. Desde luego, no admitiré que me digas que estás seducida a medias, no lo intentes.
Mi novela será el primer regalo serio que le hago a alguien, luego, ya en el desorden más absoluto, te enviaré la reproducción y el otro libro con la sensación desagradable de haber roto mis principios.
La novela habla de una ciudad espléndida que se presupone, ya que está perdida, pero no para siempre; habrá una intuición maravillosa que la descubra y la describa en un estado alucinatorio y de revelación. Así se darán a conocer sus calles, sus sitios de reunión, el tono de sus luces. Sabemos que existe porque desde el principio de la mitología hubo un hombre que salió en busca de aventuras, atado a su camino, pasó pruebas y alcanzó su meta. ¿Qué cosa es el destierro sino la aventura? Cuando Adán y Eva fueron entregados a su sendero y a sus pruebas, al recorrido extraordinario que debía trasponer el esfuerzo del trabajo y el dolor del parto, su meta era el Paraíso, lo recordaban confusamente y sabían que esa meta era el vago recuerdo de su origen. Todo viajero va en pos del Paraíso y todo contratiempo está medido para que sus fuerzas puedan superarlo si lo asiste la verdadera nostalgia, la auténtica aflicción por la ausencia.
No mires así, no te llenes los ojos de lágrimas porque tú también estás de viaje, sueña con tu destino y sonríe.
Si puedo (podré) escribir este libro no será necesario ir a Ixtapan en busca de la señora Mac Dowall: habré cumplido con ella para siempre.
Sin embargo, la novela me la regaló otra persona. Fue cerca de una aldea indígena más allá de Ixtapan, un día de excursión y de desaliento. Iba por un camino y me encontré un muchacho ataviado en la forma más adecuada para hacer un viaje. Estaba sentado en el suelo y descansaba; me acerqué y no se sobresaltó. Con mi mal español le pregunté adónde se dirigía y él con el suyo no menos malo me explicó que simplemente se iba.
—¿Adónde?
—Lejos.
—¿Por qué? —dije esperando escuchar la historia usual de las dificultades económicas o familiares.
—Así es.
—¿Cuándo regresas?
—A su tiempo.
—¿O piensas irte para no volver?
Se alarmó; esta idea le parecía cruel o monstruosamente antifilosófica, algo.
—No, me voy para volver luego del tiempo.
No hablamos más, pero yo entendí. Le ofrecí dinero y no lo aceptó, luego mi morral y le pareció ridículo; re chazaba con la sonrisa del que sabe cómo son las necesi dades del viajero: visuales y emotivas. Cuando se fue me vinieron a la cabeza mil asociaciones de índole religiosa. Ese muchacho iba a ser calcinado en un monte y reviviría, las montañas se abrirían a su paso y brotarían manantiales para apagar su sed.
Ahora sí tiene sentido el retiro de la señora Laura, mi destierro, la soledad, el hambre, el espanto y la renuncia. Tiene sentido que estés sola en Colombia envuelta en perfiles de madonna y terciopelos eternos, al lado del que más quieres sin ser correspondida. Tu hijo es tu prueba y yo te juro que tu ciudad existe. Porque es así, así se cruzan los senderos y vienen los encuentros que no son en vano con sus palabras iluminatorias.
¡Y yo que no quería hablar de mi novela! Debo decirte que el significado de las palabras del muchacho vino a mí en un momento relativamente reciente. Fue en el Loire, cuando ya me iba. Una mañana salí muy temprano a caballo, fui a dar a la orilla del río y pensé en toda el agua encajonada que está repartida por el mundo, en la ironía de que vemos pasar la misma y no otra nueva, en que todo tiene un solo centro donde giramos… eternamente es la palabra. Volví a casa enloquecido de vergüenza por haber sido tan romo y no haber caído en la cuenta antes; recordé cuántas personas, cuántas cosas, cuántos sucesos me lo habían dicho sin que yo comprendiera. Apresuré mi viaje. El gran desastre de la especie humana es la falta de sabiduría, es la falta de…
No estoy desesperado, pero, sí lo estuve. Me calmé al escribir la primera línea; esta novela se terminará para que la calma me presida y para que algún día alcance la tierra prometida.
Algún día, tú y yo caminaremos por los campos de Troya y repetiremos las últimas estrofas del suicidio de Ayax, el estulto que no supo encontrar la vuelta a Salamina. El día que tu hijo entienda que debe volver a su lugar de origen y lo descubra en esa isla colmada de peces y mariscos que es su madre.
Pero encanto, ¿te es absolutamente necesario? Ya hice la pregunta que hace vacilar las ilusiones, la mala pregunta. Yo también tengo un hijo y en el esquema anterior no tiene sitio. Su madre sí, en cambio. ¿Conoces las leyendas irlandesas en que el hombre de corazón gentil besa una bruja y la convierte en hada? Pues bien, a esa señora se la puede besar sin que ocurra absolutamente riada; no sabes qué persistente es su naturaleza brujeril. Mi hijo debe de ser un duende… o un ángel, no se sabe. No sé por qué lo he escrito.
El tuyo, en cambio, es un abogado en ciernes; pero también los abogados, con su toga y su bonete, hacen excursiones benéficas.
No te hieras. Ocurre que no puedo reconciliarme con eme estés allí, quieta, en actitud de espera. Para todo hay razones, por supuesto, pero yo soy un hombre de esencia contradictoria y hay cosas que sublevan mi sentido de la justicia. Te pareces a México, siempre esperando el momento feliz en que sus hijos adquieran una conciencia. Ocurrirá, la fe logra el milagro.
Lo digo con indignación, con rebeldía: ¿qué quiero que hagas? Quiero que vuelva el año pasado para encontrarte en Cuba y que todo suceda exactamente como fue. Decirte lo que ya te dije, que tú seas como fuiste sin cambiar una sílaba, una mirada o un movimiento. No otra estancia allá, no otra secuencia de vida, sino la misma. Eso deseo que hagas… y debe poder lograrse porque es la primera vez que tengo envidia del pasado. ¿Me entiendes? Antes no había más que una peregrina sensación de alivio, de poder respirar mejor porque alguien se había ido o yo me había ido. He descubierto el antes y el después; desde entonces, todo es después.
Te ruego no contradecirme y tampoco me contestes este párrafo que escribo con mano sudorosa: ¿verdad que tus palabras de amor son el silencio?, ¿verdad que quien viva el amor contigo se verá sumergido en una calma sin nombre y sin límites?
Si yo fuera tú no hubiera contestado ninguna de mis cartas impertinentes y cegatonas. Por fortuna tú las contestas en abundancia y hasta te sientes en libertad de hacerlo cuando te viene en gana, aunque sean tres renglones. Conservo tus cartas, hay una, muy parca, que casi me sé de memoria:
«Hoy, un momento de felicidad como un rayo de sol. Extraño en un día no hecho para la felicidad. Gratuito, en la calle, sin saber por qué. Tan extraño que te lo comunico inmediatamente.»
¿De qué se trata? ¿Ahora yo te mando tus cartas? Esto se debe, sin dar lugar a duda, a la fascinación que ejerce sobre mí Las Mil y Una Noches. A los cinco años de correspondencia, me dirás:
—Lo siento mucho, pero hoy te escribo la historia de la mujer que escribió la primera carta…
Añadiré un detalle picaresco para aterrorizarte, porque apostaría que ese libro lo has leído en las versiones para niños: cuando Scherezada le dijo al sultán algo parecido ya tenían varios hijos y él no estaba enterado. Eso ocurre a los hombres difíciles de contentar. Algún día me enviarás las fotografías de nuestra prole epistolar. Qué escándalo.
Ahora debo cambiar de tema a toda prisa, eres capaz de no seguir leyendo: conservo el barco de papel y tengo conciencia de haberte regalado una semilla negra. ¿Dónde la guardas? Esta pregunta ya no es tan discreta porque supone, en primer lugar, que la guardas, en segundo una capacidad insondable de meterme en tus asuntos, y en tercero una conclusión atrevida: me meto en tus asuntos en tanto que los considero míos. La culpa es tuya, por haberme dicho que eras como yo, pero querías vivir del lado opuesto. ¿Me lo dijiste o lo soñé?
Si Hilda, mi amiga pintora, se expresara en palabras y no en formas, ustedes dos serían muy parecidas aun cuando son distintas. Voy a explicártelo. Hilda vive en un estudio inmundo lleno de harapos manchados donde limpia sus pinceles; cuando vas de visita sientes el olor a pintura desde el primer descanso de la escalera. Viste unos pantalones negros, siempre los mismos, salpicados de todos colores y uno o dos sacos descosidos debajo de los brazos. El desorden es total; una vez, por poco me siento en un plato con dos huevos fritos. Nunca sale a la calle, en Ottawa, se la conoce más en retrato que en persona; siempre se manda sacar fotografías artísticas donde se ve atildada, sobrecargada y bella, como si fuera una actriz. Y pinta sin parar. Su último cuadro, en azules, era un conjunto de formas añoradas que producía sobrecogimiento; una Troya azul, para decirlo sin rodeos.
Ya te habrá parecido repelente. Tú te cambias ropa dos o tres veces al día, tus vestidos son impecables y tu cuarto de trabajo es una maravilla de limpieza y buen gusto. Comes con finura, te lavas como una auténtica hispanoamericana y hueles a jabón a tres metros de distancia… pero también tienes una Troya azul. La compartes conmigo y con Hilda, ya lo sabes, no es tuya sola. También con un anciano que ahora descansa en olor de antigüedad y perfume de flores disecadas.
Mi padre se retiró al campo cuando yo era un niño de seis años. El último recuerdo vital que tengo de él está en el Foro Romano: yo sentado sobre una piedra y él diciendo un discurso de Cicerón. Es bastante tal vez ese padre de cabellos blancos y rostro iluminado diciendo las palabras de la historia con emoción, para declararle su asiduidad; entonces y durante muchos años, yo pensé que mi padre estaba perdidamente enamorado de Roma. Ahora sé que no, Roma nunca lo hubiera convertido en el anciano del Loire.
Cuando tenía catorce años y gracias a una de mis expulsiones del internado, pasé unos días en el Loire. Una noche me salí de la casa entre otras razones porque había adquirido la costumbre de no dormir y empecé a caminar al azar. Era una noche clara de primavera. Antes de llegar al río me detuve no sé por qué, por instinto; casi en seguida escuché pasos y murmullos. Era mi padre recitando el principio de un poema de Catulo.
—Oh, Lesbia mía…
Tuve un sentimiento de terror mezclado con otro de fascinación. Iba despeinado, sin corbata, con la camisa abierta, el rostro angustiado y profético parecía el de un buen actor en un drama romántico. Al grado que después de haber visto que llevaba las manos vacías siempre recordé el incidente relacionándolo con una rosa roja. No me atreví a seguirlo y volví a la casa antes que él… ¿De manera que papá se paseaba entre la maleza recitando poemas amorosos? Tenía una inmensa vergüenza de haberlo descubierto. ¿Quién era yo, después de todo, para saber aquello? Después del paseo estuvo dos días sin salir de la biblioteca, por cansancio o por fiebre de amor.
Ésa fue mi primera impresión del amor, un espectáculo que se admira en silencio y del que uno está naturalmente excluido. El amor era el teatro, la ópera, los títeres y el mundo. Por supuesto es una distorsión, una distorsión que me deja completamente indiferente. No es el amor frotarse el hocico y la piel como los perros, usted disculpe, señora colombiana; ni cazarse los unos a los otros para convertir la vida en un nudo ciego y posesivo, ni refugiarse en una cueva cómoda a espulgarse los piojos, como los monos. Es… otra cosa.
Una vez me dijiste que la mayor prueba de amor es la aceptación de las peculiaridades y yo te pregunto: ¿me amas acaso? Pero tienes razón (haz caso omiso de la monstruosidad que acabo de formular) y no es sólo la aceptación, sino la admiración de las peculiaridades. Yo, por ejemplo, he empezado a amar esta ciudad rodeada por los cuatro lados de la más espantosa podredumbre humana y como ha ocurrido eso no me espanto ni me parece podredumbre. Ahora es amor.
¿Recuerdas que un día llegué a tu cuarto del hotel, toqué desesperado y cuando me abriste entré como un relámpago y empecé a quitarme los pantalones mientras te explicaba que tenías exactamente dos minutos para componerlos porque me estaban esperando para un programa de televisión? Ni siquiera parpadeaste; sacaste la aguja, el hilo y el dedal y te sentaste en tu cama a coserlos mientras yo daba vueltas como un tigre enjaulado. En una de tantas, me miré al espejo: tenía los calcetines caídos, las faldas de la camisa flotando por encima de unos calzoncillos extremadamente cortos que me parecieron comodísimos cuando los compré y mucho menos después de la primera puesta.
Terminaste y al entregarme los pantalones caí en la cuenta de que estabas muerta de risa. De no amarme un poco te hubieras enojado, ¿no es así?
Acabo de descubrir que he escrito la palabra amor y conjugado el maldito verbo por lo menos cincuenta veces en las dos últimas páginas. Me siento confuso y desmoralizado, sirena mía verde, hija de Troya.
Amemos pues la peculiaridad de los paisajes, de los rostros humanos, de los cuerpos maltrechos y las manías de los caballeros que andan con el caballo herido y el espadín en mal estado; eso en nada afecta la nobleza de sus intenciones ni la bravura de su corazón.
Lo del internado era muy especial. A las nueve de la noche todos debíamos estar dormidos. Yo pensaba que sí, esa noche sí. Pero a las once nada había ocurrido, estaba harto de los suspiros y de las palabras entrecortadas que escuchaba en boca de mis compañeros y necesitaba aire. Entonces, con toda facilidad, me saltaba por una ventana, salía a la calle después de hacer lo mismo con una reja y caminaba. Veía cosas malas, ¿sabes? Borrachos, prostitutas y hasta actos sexuales en algún rincón oscuro y no puedo decir que me gustara pero sabía que valía la pena. Entonces conceptuaba la vida del colegio como lo tedioso, lo mismo, lo no importante. Nunca hice nada que hubiera resultado terrible para el buen nombre de la escuela o el mío, pero descubrían mi ausencia, me hacían interrogatorios para saber si había tomado, me olían la boca, decían que era un pésimo elemento para la colectividad y me mandaban al diablo, o sea a la casa del Loire.
Hasta que di con el señor Clement. Este hombre había tenido, según se contaba, una juventud despreocupada y feliz que le duró muchos años, hasta que su familia perdió todo su dinero. Parece que después de eso desapareció varios años, para luego, con no poco trabajo, conseguir ser aceptado como maestro de latín en esa escuela de varones. Cuando conocí al señor Clement había hecho algunos votos religiosos, tenía como cincuenta años y estaba calvo. Gracias a él aprendí latín. Una noche, cuando él estaba de guardia, me descubrió colgado de la ventana a punto de saltar.
—¿Adónde vas, René? No te sobresaltes.
Acabé de dar el brinco y ya en tierra, le contesté.
—A la calle, señor Clement.
—¿Lo haces a menudo?
—Casi todas las noches, señor Clement.
—Y… ¿no te agotas? ¿Puedes trabajar bien al día siguiente?
—Sí, señor Clement, perfectamente, nunca dormito en clase.
—Es verdad, jamás te he visto hacerlo —meditó un momento—. Y ¿te es absolutamente necesario salir?
—Sí, señor Clement —me sentí tímido—. Perdone usted.
Me miró con atención y con algo que no era precisamente lástima, pero se le acercaba.
—Muy bien, René. Buenas noches. Procura volver alrededor de las doce.
Me quedé pasmado y regresé a tiempo. Esta situación se prolongó a lo largo de dos años y el señor Clement nunca me preguntó qué hacía en la calle; si me pidió que regresara a las doce fue porque a esa hora terminaba su guardia. Supe, por la señora Laura, quien pedía informes bimestrales de mi conducta, que se expresaba de mí en forma elogiosa. Al irme de ese colegio no pude despedirme de él porque estaba enfermo y le dejé una nota con muchas frases de agradecimiento y ninguna explicación. No las necesitaba, su mentalidad renacentista se basaba en la imaginación para comprender al prójimo y le daba excelentes resultados.
¿Te has dado cuenta, maestra, del prodigio de imaginación que es el Renacimiento? Eso demuestra que cuando el hombre fantasea siempre está en lo cierto: el descubrimiento de América me da la razón.
Así haré un viaje yo, un día de éstos. Y descubriré un continente o una ciudad purpúrea, perdida y encontrada, Troya. Todo nos lleva a Troya, ya que de ninguna manera puede conducirnos directamente al año pasado, pero el año pasado podrá recuperarse una vez allá.
¿Te dije alguna vez que estás en mi documental? Al editarlo te conservé dentro de él y en varios cortes para uso especial mío. Fue el día aquel de los pinares, cuando melancólica y discretamente te alejabas de mí para que trabajara. ¿No se te ocurrió nunca lo rápido que se toma un pinar, una cabaña o una estatua? Yo me pasé el día entero… espiándote. Te saqué de perfil en un fastuoso fondo de bambú, bajo un ave negra que voló cuando tú te acercaste, cuando distraídamente te tocabas el codo porque tenías un agujero en el sweater, cuando te quitaste un zapato para sacudirlo porque se había metido una piedra… tienes un pie muy bonito. Ahora mismo te veo, aquí estás en una tira negra con tu zapato, tu pie y tu sweater viejo. Esto no lo sabías porque no se puede escribir en Ottawa, ni en Holanda, ni en el Loire. Sólo aquí, a unos kilómetros de Ixtapan de la Sal, donde uno no se atreve.
Sé que ella ha muerto porque a los ancianos no podemos abandonarlos durante seis años y regresar como si el tiempo fuera nada. El tiempo es algo, esto, la muerte de algunos. No puedo enfrentarme a Micaela abandonada, vuelta a su origen lejano y religioso, a la alfombra, ahora sí, desaparecida para siempre, al sillón, a que nadie coma mantequilla y paté ni lea a Dickens.
No puedo permitir que pase el tiempo, encanto, escribo cartas largas, no duermo y no cuento los días. No quiero volver al Loire para enterrar a la señora Laura en gracia de Dios, ni viajar para dejar en cualquier lado, al azar, un trozo de mí mismo.
Aquí tu René, sumergido en alfalfa, escribe su novela para detener el tiempo y los movimientos estelares. Más bien para adelantarle al tiempo cinco pasos y dejarlo extasiado hablándole de la ruina futura y deslumbrante.
No me ha sido posible tirar la basura y la he enterrado para mortificación de las palomas.
Aquí termino, amor. Colombia está muy lejos y no sé todavía si seré capaz de alcanzarla, pero si no ocurriera, nos veremos en Troya.

Nostalgia de Troya (fragmento)

Luisa Josefina Hernández

Muy pronto fue demasiado tarde

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.
Diré más, tengo quince años y medio.
El paso de un transbordador por el Me-kong.
La imagen persiste durante toda la travesía del río.
Tengo quince años y medio, en ese país las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.

El amante (fragmento)

Marguerite Duras

Esperar

[…]mi mundo, por paradójico que suene, estaba constituido por una carencia. Era un mundo en negativo, donde todo recordaba a quien no estaba ahí. Los lugares y los objetos de la vida cotidiana, el bulevar, la puerta de mi edificio, las ventanas de mi casa y su paisaje, la extensión del Père-Lachaise y las copas de sus árboles, los muros de mi habitación, las sábanas sobre mi cama, el radio encendido, acusaban la ausencia de Tom y, por eso mismo, todos esos objetos resultaban frustrantes a la vista y al tacto […] Esperar a alguien, al menos de esa manera, equivale a cancelar la existencia de uno mismo, a hipotecarla por un tiempo condicional, a cambiarla por un absurdo subjuntivo. Obsesionarse con alguien que ha decidido no estar es regalar minutos, horas y días enteros de nuestra vida a quien ni los ha pedido ni quiere tenerlos; es condenar esos mismos minutos, horas y días a la dimensión del tiempo perdido, de lo inservible; es desaprovechar la infinidad de posibilidades que ese tiempo nos ofrece y canjearla por la peor de las opciones: la frustración, el sufrimiento.

Después del invierno (fragmento)

Guadalupe Nettel

Nacimientos

La pócima del amor no constituía escapatoria, porque en sus anillos yacen latentes sueños de grandeza que despiertan cuando hombres y mujeres se fecundan profundamente. Siempre nace algo del hombre y la mujer que yacen juntos e intercambian las esencias de sus vidas. Siempre es arrastrada alguna semilla que se abre en el suelo de la pasión. Los vapores del deseo son la matriz del nacimiento del hombre, y a menudo en la embriaguez de las caricias se forja la historia, y la ciencia, y la filosofía. Una mujer, mientras cose, cocina, abraza, cubre, calienta, también sueña que el hombre que la posea será más que un hombre, será la figura mitológica de sus sueños, el héroe, el descubridor, el constructor… A menos que sea una furcia anónima, ningún hombre penetra impunemente a una mujer, porque allí donde se mezcla la semilla de hombre y mujer, dentro de las gotas de sangre que se entremezclan, los cambios que ocurren son los mismos que los de los grandes y caudalosos ríos de la herencia, que, además de transmitir los rasgos físicos, transmiten los rasgos del carácter de padre a hijo y a nieto. Recuerdos de experiencias son transmitidos por las mismas células que repitieron la forma de una nariz, una mano, el tono de una voz, el color de un ojo. Esos grandes y caudalosos ríos de la herencia transmitieron rasgos y llevaron sueños de un puerto a otro hasta su realización, y dieron a luz a personalidades nunca nacidas antes… No hay hombre ni mujer que sepa lo que nacerá en la oscuridad de su entreveramiento; tantas cosas además de niños, tantos partos invisibles, tantos intercambios de alma y carácter, tantos florecimientos de personalidades desconocidas, tantas liberaciones de tesoros ocultos, de fantasías soterradas.

Corazón cuarteado (fragmento)

Anaïs Nin

 

Muerte del amor

Ella quería decir: «Oh, Rango, cuídate. El amor nunca muere de muerte natural. Muere porque no sabemos cómo volver a colmar su fuente, muere de ceguera, y errores y traiciones. Muere de enfermedades y heridas, muere de cansancio, de envejecimiento, de rutina, pero nunca de muerte natural. Todo amante podría ser juzgado como asesino de su propio amor. Cuando algo te duele, te entristece, me apresuro a evitarlo, a alterarlo, a sentir lo que tú sientes, pero tú te vuelves con un gesto de impaciencia y dices: “No lo comprendo”.»

Corazón cuarteado (fragmento)

Anaïs Nin

 

Música

De no ser por la música, podríamos olvidarnos de la propia vida y nacer de nuevo, limpios de recuerdos. De no ser por la música podríamos deambular por los mercados de Guatemala, por las nieves del Tibet, subir los peldaños de los templos hindúes, podríamos cambiar de costumbres, desprendernos de nuestras posesiones, no retener nada del pasado.
Pero la música nos persigue con cierto aire familiar y el corazón ya no late en un bosque anónimo de latidos, ya no es un templo, un mercado, una calle como un decorado teatral, sino que se ha convertido en escenario de una crisis humana inexorablemente repetida en todos sus detalles, como si la música hubiese sido la propia partitura del drama y no su acompañamiento.

Corazón cuarteado (fragmento)

Anaïs Nin

Beso

Su primer beso fue presenciado por el río Sena, que llevaba góndolas de farolas callejeras reflejadas entre sus pliegues de lentejuelas, que llevaba halos de farolas floreciendo en matorrales de adoquines de negro lacado, que llevaba árboles de plateada filigrana abiertos como abanicos tras cuyo reborde los ojos del río les incitaban a ocultos coqueteos, que llevaba húmedas pañoletas de niebla y el cortante incienso de las castañas asadas.
Todo había caído al río y era arrastrado por él, excepto el pretil en el que ellos se encontraban.
Su beso fue acompañado por el organillo callejero y duró toda la partitura musical de Carmen y, cuando finalizó, ya era demasiado tarde; habían apurado la poción hasta su última gota.
La poción que beben los amantes no la prepara nadie: la preparan ellos mismos.
La poción es la suma de toda nuestra existencia.
Cada palabra dicha en el pasado ha ido acumulando formas y colores en la persona. Lo que discurre por las venas, además de sangre, es la destilación de cada acto cometido, el sedimento de todas las visiones, deseos, sueños y experiencias. Todas las emociones pretéritas confluyen para teñir la piel y aromatizar los labios, para regular el pulso y producir cristales en los ojos.
La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no es la personalidad que éste emite en el instante mismo del encuentro, sino una recapitulación de todo su ser de la que emana esa poderosa droga que captura la ilusión y el apego.
No existe momento de encanto que no tenga largas raíces en el pasado, no existe momento de encanto nacido de la tierra yerma, accidente despreocupado de la belleza, sino suma de grandes aflicciones, crecimientos y esfuerzos.
Pero el amor, el gran narcótico, era el invernadero en el que todas las personalidades se abrían en plena eclosión… amor el gran narcótico era el ácido en la botella del alquimista que hacía visibles las sustancias más inescrutables… amor el gran narcótico era el agent provocateur que exponía a la luz del día todas las personalidades secretas… amor el gran narcótico otorgaba clarividencia a las yemas de los dedos… bombeaba iridiscencia a los pulmones para rayos X trascendentales… imprimía nuevas geografías en el revestimiento de los ojos… adornaba las palabras con velas, los oídos con aterciopeladas sordinas… y pronto el pretil dejó caer también sus sombras al río, para que el beso pudiese ser bautizado en las aguas sagradas de la continuidad.

Corazón cuarteado (fragmento)

 Anaïs Nin

Vino de noche

Vino de noche. Dijo que regresaba para morir. Traía la muerte en los ojos, ¿sabe usted? Pero no la de esos pobres desgraciados que están en el depósito. No. Traía en los ojos la propia muerte, la suya, la de él. Llamó a mi puerta y me preguntó por su madre. Fui yo quien le dije que había muerto, y a mí me dijo él que venía para morir. Yo no he visto una tristeza más negra. Nunca, no señor. Se pasó la mano por la cara como si quisiera limpiársela. Me miró, volvió a lavarse la cara sin agua, me miró otra vez y me preguntó por su padre. Muerto, hijo, muerto. ¿Murieron bien? Y yo le contesté que sí, que santamente se murieron, uno detrás de otro, y los dos preguntando por él. Llevaba cuarenta años perdido, me dijo como pidiendo perdón por una ausencia tan larga. Pobrecito, si era un zagal cuando se lo llevaron, si lo hubiera visto usted, lástima de criatura; cómo lloraba, las lagrimas se le iban yendo igual que la cera derretida se le cae a las velas.

Cielos de barro (fragmento)

Dulce Chacón

La muerte

A partir de aquella mañana, siempre habría algo más, porque los suicidas se matan, pero nunca se mueren del todo. Sobreviven en la conciencia de quienes les sobreviven, y su amor es implacable, capaz de imponerse al tiempo y al espacio, tan poderoso que resucita las culpas olvidadas, el sufrimiento amortiguado, los errores que parecían haber caducado. Desde que Marcos murió, tengo veinte años todos los días, en algún momento de todos los días. Desde que Marcos murió, todos los días abro la carpeta, saco los dibujos, los miro, los toco, y me lamento. Desde que Marcos murió, todos los días comprendo que el resto de mi vida ha pasado en vano, que no ha vuelto a sucederme nada, que no he sabido hacer ninguna cosa bien sin ellos. Ésa ha sido su herencia, tal vez su venganza.

Castillos de cartón (fragmento)

Almudena Grandes

Tres

El tres no era sólo un número, también era un nombre, y estábamos aprendiendo a pronunciarlo, a domar sus aristas, a corregir su acento, a dudar de su fama, su condición impar.

Estábamos en 1984, teníamos veinte años, el mundo todavía caminaba hacia delante, Madrid era el mundo y yo estaba en medio, dispuesta a tragármelo sin tomarme la molestia de masticar antes cada bocado. Diez años antes, aquella escena no habría podido suceder. Diez años después, habría sido igual de imposible. Pero estábamos en 1984 y teníamos veinte años, Madrid tenía veinte años, España tenía veinte años y todo estaba en su sitio, un pasado oscuro, un presente luminoso, y la flecha que señalaba en la dirección correcta hacia lo que entonces creíamos que sería el futuro. Aquél fue nuestro riesgo, y nuestro privilegio.

Castillos de cartón (fragmento)

Almudena Grandes

Magia

Soy Selena Opal Hame, y esto es lo que quiero decirte.
Sé lo que están haciendo. Lo sé desde hace mucho tiempo. Sí, lo sé. Puedo ver lo que es. Esto es lo que sé.
Sé que sus bocas se mueven y producen ruidos porque comparten lo que hay dentro de sus cabezas. Pueden hacerlo entre sí, o pueden hacerlo cuando no hay ninguna otra persona. (No comprendo esa parte, no. ¿Por qué querrían mostrar a sus propios yoes lo que hay dentro de sus cabezas? Pero cuando hay más de una persona, entonces comprendo lo que están haciendo.)
También sé que a veces, cuando sus cuerpos se mueven, es una forma de mostrar lo que hay dentro de sus cabezas. No siempre. Me resulta muy difícil saber qué movimiento es la cosa verdadera en la cabeza y qué movimiento sólo es hacer. Cortar es hacer. Coser es hacer. Cavar es hacer. Comer es hacer. Pero no siempre puedo decirlo.
Y he visto otra cosa. He visto a personas que dan forma a sus manos y brazos y los mueven de una manera que es un hacer especial. Esas personas mueven sus manos y brazos y caras de la forma en que otras personas mueven sus bocas, para mostrar lo que hay dentro de sus cabezas.
Todo esto es magia, y yo no tengo ninguna magia, ¿sabes? Nunca la he tenido. Sólo preguntas. ¿Cómo lo hacen? Creo que sé lo que debe ser el qué de ellos. Creo que primero está la silla real, dentro de la cabeza…, esa silla es lo que es real dentro de sus cabezas. Y luego, por alguna magia, hay un ruido que enganchan y hacen con la boca y les dice a otra persona que lo que es real en la cabeza de la primera es una silla. ¡Y luego las dos lo saben! Y eso debe ser divertido. Compartir lo que hay en tu cabeza. Eso es lo que no sé hacer.
Tardé mucho tiempo en aprender todo esto. No siempre comprendo el qué. Cuando era una persona pequeña, veía mover sus bocas y sus manos y me preguntaba mucho y nada más que eso. Durante mucho tiempo, cuando los tiempos fríos y los tiempos calientes iban y venían y se iban otra vez.
Recuerdo bien cuando era una de las personas pequeñas, pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora soy una persona grande, que tiene líneas grises en el pelo. Ninguna persona pequeña tiene nunca líneas grises en el pelo. Y, ahora que soy una persona grande, lo comprendo…, pero no comprendo el cómo. No comprendo cómo una persona decide qué ruido será para cada cosa real, o qué forma de los dedos y las manos será para cada cosa real. ¿Quién decide? ¿Cómo sabe uno de ellos que el ruido que el otro ha escogido es la cosa real? ¿Cómo pueden recordar qué ruido era, cuando todos los ruidos son tan diferentes y ninguno de ellos va junto en el aire? No, no comprendo eso, excepto que es magia.
No soy la única rota que hay. Donde vivía antes, había otros pequeños casi como yo que tampoco podían hacer magia. Casi como yo, pero no exactamente como yo. Porque ahora soy una persona con gris en el pelo, sabes, y todos esos pequeños eran sólo como muchos tiempos calientes y muchos tiempos fríos tengo yo de dedos, o tal vez unos cuantos más, y luego crecían blancos y delgados. Y luego se iban, al sueño que no tiene despertar. Así que me quedé sola en ese lugar entre los otros que saben cómo hacer los ruidos y las formas y engancharlas a las cosas reales. Sola. Estaba sola.
Esos otros pequeños que estaban rotos como yo estoy rota… trataron de mostrarme lo que había dentro de sus cabezas. Lo intentaron. Sus bocas no se movían, sus cuerpos no se movían, pero hacían un ruido en mis oídos. Pero yo no podía comprender sus ruidos. Lo sentía mucho, pero no podía comprender. Ellos hacían un ruido como el que hace un perro. Un ruido como el ruido cuando un vaso cae y se rompe. Un ruido como cuando las personas andan sobre muchas rocas pequeñas. Un ruido como el ruido cuando sale mucha agua de la pared. O sólo ruido-ruido, que nada más hace… Tampoco tenían magia, y su propia magia no funcionaba conmigo. No sé si alguna vez funcionaba entre dos de ellos, pero creo que probablemente no. Si no, ¿por qué se fueron tan rápido?
Muchas veces venían personas grandes y miraban en nuestros oídos, miraban en nuestras bocas, ponían cables en nuestras cabezas. Siempre pensé que me traían la magia, y a los otros pequeños, y que cuando se acabara me volvería y miraría a las bocas y a los dedos, y pensaba tal vez ahora comprenderé. Pero no sucedió nunca.
No sé dónde está mi parte rota. Mis oídos funcionan; mis ojos funcionan; mi cabeza funciona. Mis dedos no están rotos; puedo cortar y coser y cavar y remover y cocinar. Todos los haceres. Puedo ir donde van las otras personas, sé que no está en mis piernas. Mi boca se abre como sus bocas, pero no hace ningún ruido…, tal vez sea mi boca mi parte rota.
Y cuando estaba sola en aquel otro sitio, donde todos los pequeños están juntos con sólo unas pocas personas grandes para cuidarlos, vino una persona y me trajo a este nuevo lugar. Donde al principio fue lo mismo; comprendía el qué, pero no comprendía el cómo.
¡Pero ahora hay una cosa nueva! Esto es lo que quería contarte. Fue un día, durante un tiempo frío. Yo frotaba la mesa larga de la habitación de comer con una tela suave y una especie de materia como la manteca, que huele a limones. Para hacer que la mesa brille con la luz, ya sabes. Sé cómo hacerlo. Una de las personas de aquí me enseñó, el primer día que vine. Esta persona se puso detrás de mí y me sostuvo las manos y las movió. Esta persona me ayudó a coger la tela y poner la materia de limones sobre la madera. Movió mis brazos haciendo círculos en la madera, para que brillara, hasta que supe cómo tenía que ser el hacer y lo hice. Todos los días hago algo en la madera de esta casa, para que brille con la luz. Soy muy fuerte; esto lo hago muy bien.
Y ese día era la mesa grande para comer lo que estaba haciendo brillar, cuando de repente una de ellas vino con una cajita pequeña en la mano. Tan pequeña que podía esconderla en la mano. Me tocó para que mirara. Me cogió la mano y la puso sobre la cajita pequeña. Para que sintiera que había botones en ella. ¡Y la caja hizo ruidos! ¡Ruidos! ¡Pero fue la otra clase de ruidos, la que siempre es igual y hace una cosa real en el aire! Como un trocito pequeño de lo que viene de una caja mucho más grande que hay en una de las otras habitaciones…, hace largas cadenas de ruidos que son reales. Cada vez que esa caja hace los ruidos, yo me paro siempre y espero hasta que se para, si me dejan. Me han visto hacerlo, y casi siempre me dejan, a menos que siga durante mucho tiempo. Es maravilloso, hace ruidos que se aguantan juntos y no se van como los ruidos que hacen las personas, como se va el agua que corre por el suelo.
Cuando la persona me mostró que la cajita pequeña hacía ruidos como la caja grande, dejé de frotar la mesa y contuve la respiración, queriendo. Esa persona, que tiene gris en el pelo como yo, me cogió el dedo y tocó con él tres botones de la cajita pequeña. ¡Y otra vez el ruido fue real, y tenía todas sus partes juntas! Y cuando el ruido estaba allí, aquella persona alzó una mano suya y golpeó la mesa.
Yo retrocedí, muy rápido, por si yo fuera la siguiente cosa que iba a golpear. Pero la persona se quedó mirándome, y haciendo lo mismo una y otra vez. Tocaba los tres botones de la cajita pequeña, para hacer el ruido real en el aire. Golpeaba la mesa, mientras el ruido se hacía. Una y otra vez.
Supe que era importante. Pude sentirlo. No soy estúpida. Supe que tenía que mirar y esperar y pensar. ¿Era una nueva clase de trabajo que me estaba enseñando a hacer?
La persona grande se quedó inmóvil un tiempo pequeño, y movió la cara, y luego me cogió la mano y me guió a una silla. Se puso de rodillas en el suelo desnudo junto a la silla. Colocó la cajita pequeña sobre la silla. Tocó tres botones…, pero no los mismos tres botones. Hizo un ruido real completamente diferente en el aire. Y mientras el ruido estaba allí, golpeó la silla suavemente con la mano.
Oh, me dolía la cabeza. ¡No podía respirar! ¿Qué era esto? No podía quedarme allí de pie, tenía que intentar, tenía que hacer. ¡Extendí las manos, solté la tela que uso para hacer que toda la madera brille a la luz, y froté las manos de esa persona con mis manos para hacerlas brillar, para así poder ver!
Nos miramos. Y entonces esa persona empezó a hacer una cosa. Me sentó en la silla y puso las manos una a cada lado de mi cara y me miró con fuerza. Tocó su frente con mi frente, suavemente. Hizo que la cajita pequeña hiciera el ruido con sus tres partes, y tocó la silla con su dedo, fuerte. Se fue a la mesa, llevando la cajita, e hizo que hiciera el otro ruido con sus tres partes, y tocó la mesa, fuerte. Fue de un lado a otro, haciendo que yo me quedara donde estaba. El ruido; la silla. El otro ruido; la mesa. Una y otra vez.
¡Cuando vino la magia, fue como lo que hace el rayo en el cielo en el tiempo caliente! ¡Fue un gran rugido dentro de mi cabeza, y una gran luz que me rodeaba! ¡Comprendí, oh, comprendí, no pude quedarme quieta, corrí! Fui a la mesa. ¡Cogí la cajita pequeña, pulsé los tres botones que hacían mesa, corrí a la silla, hice que la cajita hiciera silla! ¡Y luego me volví hacia esa persona, y estaba haciendo chocar las manos juntas y su boca se movía y salían ruidos y otras personas vinieron corriendo a la habitación todas juntas con gran prisa!
Esa persona me cogió entonces los hombros, y me miró de nuevo con fuerza, y tomó aire (estábamos junto a la mesa), y no movió la boca, pero hizo silla de alguna manera con la boca cerrada, igual que la cajita pequeña. Y me miró, con fuerza.
Supe lo que había que hacer. ¡Conocía la magia! Corrí a la silla, cogí la cajita pequeña. Hice silla con los botones de la cajita pequeña. ¡Y todas las personas de la habitación, todas, empezaron a hacer chocar las manos juntas!
Oh, es auténtica magia, y la comprendo. Esto es lo que comprendo.
En la cajita pequeña que puedo sostener en mi mano hay botones para pulsar. Uno para cada uno de los dedos que tengo y luego uno más para otro dedo de mi mano. Cuando tocas los botones, sale un ruido real. Y si pulsas tres botones, o cuatro botones, uno tras otro, es una cadena de ruidos que se aguantan y es una cosa real en el aire. Y entonces tienes una cadena de ruidos para cada cosa en tu cabeza que quieres mostrar a una persona. Esto es lo que quiero decirte.
Aprendí muy rápido. Hay una cadena de tres que es mesa. Una cadena de tres que es silla. Que es manzana. Que es flor. Que es cabeza. Que es ojo. Que es mano. ¡Hay una cadena de tres partes que es persona-grande, y luego si pulsas un botón más para convertirla en una cadena de cuatro partes es persona-pequeña!
¿Ves? ¿Oyes, comprendes? ¿O estás roto?
Puedo saber en mi cabeza lo que es ventana, puedo pulsar los botones para hacer ventana, y la persona que está conmigo sabrá lo que había en mi cabeza, irá a la ventana y la tocará para mostrarme que lo estamos compartiendo.
Pero es difícil para ellas. No sé por qué. Tal vez están rotas de alguna forma. Cuando hago que la cajita haga una palabra (eso significa una cadena de ruidos que es una cosa real y se aguanta junta), a menudo esa persona mira en un papel que tiene marcas. ¿Les dice el papel lo que es la palabra? No sé cómo puede ser, pero si no, ¿por qué miran? Y a menudo cometen errores. Pero soy muy paciente. Esperaré y haré mi palabra tantas veces como haga falta, hasta que comprendan. Porque la estamos compartiendo. ¡Oh, magia; oh, magia, y más y más magia!
Pero ahora estoy llorando. Porque me pregunto…, los otros pequeños rotos, en el lugar donde antes estaba, todos los pequeños que duraron sólo un puñado de tiempos fríos y tiempos calientes, que intentaban hacer palabras y sólo podían hacer ruidos vacíos… ¿Y si hubieran venido aquí? ¿Y si hubieran tenido una de las cajitas pequeñas, como yo tengo? ¿Podrían haber compartido palabras con otras personas, como yo las comparto ahora? Tal vez sólo estaban rotos del mismo modo en que yo estoy rota. Tal vez no se habrían ido a dormir para siempre mientras eran aún tan pequeños.
Ellas lamentan que llore. Quieren que comparta el porqué. Pero no puedo. No hay palabras en la cajita pequeña para lo que quieren que les diga. Lo lamentan mucho.
Y yo lo lamento mucho. Lo lamento porque todos los pobres pequeños se han ido, antes que pudiera mostrarles cómo funciona la magia. Es una cosa triste, junto con las cosas nuevas y felices. Esto es lo que quería decirte.

La Rosa de Judas (fragmento)

Suzette Haden Elgin

Láadan

Considera esto, por favor: hacer «aparecer» algo se llama magia, ¿no? Bien…, cuando miras a otra persona, ¿qué ves? Dos brazos, dos piernas, una cara, un acopio de partes. ¿Tengo razón? Hay una superficie continua del cuerpo, un espacio que comienza con la carne interior de los dedos y continúa por la palma de la mano y por el interior del brazo hasta la curva del codo. Todo el mundo tiene esa superficie; de hecho, todo el mundo tiene dos.
Llamaré a eso el «athad» de la persona. Imagina el athad, por favor. Velo claramente en tu mente…, percibe, aquí están mis dos athads, el de la izquierda y el de la derecha. Y ahí están tus athads, muy bonitos.
Donde antes nunca hubo ningún athad, ahora siempre habrá uno, porque percibirás el athad de cada persona a la que mires, como percibes su nariz y su cabello. De ahora en adelante. He hecho aparecer el athad…, ahora existe.
Percibirás que la magia no es algo misterioso, patrimonio de las brujas y los hechicheros…, la magia es bastante ordinaria y simple. Es sencillamente lenguaje.
Y ahora te miro y puedo decir, como no podía decir hace tres minutos: «¡Abuelita, qué athads más grandes tienes!».
(de El Discurso de las Tres Marías, autora
desconocida)

Nazareth fue a la Casa Estéril magullada, como había visto Michaela que estaba, y aturdida. La noticia de que iba a divorciarse apenas penetró aquel aturdimiento, de modo que cuando se dio cuenta de ella cualquier posibilidad de que pudiera causarle incomodidad quedó superada. Pero, después de una temporada, bajo las competentes manos de las mujeres, empezó a abandonar aquel aturdimiento, y advirtió que era como alguien que vuelve a casa después de toda una vida de exilio.
No más Aaron; él la evitaba, y cuando no podía evitarla era abrumadoramente amable. No más estar a solas con él, donde no se sentía obligado a ser amable. Sus hijos se hallaban sólo a unos pocos metros de distancia, y en cualquier caso las niñas estaban rutinariamente en la Casa Estéril. Y la libertad. Nunca tendría que soportar los ojos de un hombre sobre su cuerpo maltrecho. Sanaría, y añadiría a sus ropas habituales la pieza con el pecho falso y engañoso, y saldría a trabajar como siempre había hecho; y ningún hombre la vería jamás desnuda, ni tocaría su cuerpo. Ni siquiera un médico, mientras estuviera consciente. Nunca.
Al principio deambuló por la Casa Estéril, absorbiéndola como nunca la había absorbido antes, regocijándose en las voces de las mujeres, deleitándose en la cama de la que podía disponer por completo, sin la masa roncante de hombre que siempre la despertaba, empujándola siempre hacia la pared. Era un lujo; no había previsto que lo fuera, porque nunca había sabido de qué carecía.
Finalmente, cuando Michaela admitió que ya estaba recuperada, las mujeres le hablaron del lenguaje llamado láadan, y le explicaron la tontería llamada langlés. Nazareth permaneció sentada, escuchándolas con sorpresa, sin decir ni una palabra hasta que terminaron.
– Mujeres -dijo entonces-. ¡Vosotras y vuestros cuentos de hadas!
– Es cierto -protestaron-. De veras, Nazareth…, es cierto.
– Toda la vida me habéis dicho que el langlés era verdad.
– Era necesario -respondió Aquina-. Somos mejores que tú para juzgar lo que hacía falta.
– Y ahora, después de toda una vida de mentiras, ¿esperáis que crea que de repente me decís la verdad? -Nazareth agitó la cabeza-. Marchaos con vuestras historias para dormir -retó-, contádselas a las niñas pequeñas, junto con el unicornio y el hombre del saco y Helga Dik. Dejadme en paz.
– Nazareth -reprendió Susannah-. Tendrías que avergonzarte de ti misma.
– ¿De veras?
– Sabes que sí. Hemos esperado muchos años para mostrártelo…, me he vuelto una anciana sólo capaz de cacarear y sisear mientras esperaba. Y ahora no quieres dejarnos que te lo mostremos.
– Mostrádmelo entonces -dijo Nazareth, que amaba tiernamente a Susannah. Pero no pudo dejar de punzar a Aquina-. Aquina -preguntó-, ¿tiene cien vocales separadas ese láadan?
– ¡Oh, eres imposible!
Nazareth se rió de Aquina mientras ésta se marchaba, ofendida, y Susannah volvió a decirle que tendría que estar avergonzada.
– Lo estoy -dijo Nazareth, con gran satisfacción-. Estoy tan avergonzada que apenas puedo levantar la cabeza. Ahora mostrádmelo.
– Está abajo, en el sótano -la advirtieron.
– Naturalmente. Con la tina de légamo verde que utilizáis para sacrificar una virgen todos los lunes por la mañana. ¿Dónde si no podría estar? Puedo bajar al sótano, no estoy lisiada…, guiadme, por favor.
Las siguió, riéndose de nuevo mientras sacaban los fragmentos de papel del fondo de los cajones y el centro de los recetarios y otros escondrijos y hendiduras. Pero se sentó y miró los materiales reunidos cuando se los tendieron, y dejó de reírse mientras leía.
– ¡Sería tan fácil que se perdiera todo esto! -dijo una vez-. Y tan horrible.
– No -contestó Faye-. Sería una molestia, pero no una tragedia. Todo está en nuestra memoria. Hasta el último punto y coma.
Nazareth no dijo nada más. Había empezado riendo y dudando, pero divirtiéndose; ahora, mientras examinaba los materiales, empezó a tensarse más y más, y las otras mujeres se preguntaron si la habían molestado con esto demasiado pronto. Pese a lo que decía Michaela, todavía no estaba bien del todo.
– Nazareth -pregunto Susannah con cautela-, ¿te encuentras bien, chiquilla? ¿Estás complacida?
– ¿Complacida? -Nazareth les tendió el fajo de papeles como si fueran un pescado podrido-. ¡Estoy disgustada!
El silencio se extendió; se miraron unas a otras, asombradas. ¿Disgustada? Conocían a Nazareth; no había ninguna otra mujer en las Líneas tan buena en los lenguajes como ella. Pero, ¿estaban realmente tan lejos de lo que era necesario en un lenguaje como para que el láadan la disgustara?
Nazareth se levantó, tambaleándose un poco, pero las apartó cuando se dispusieron a ayudarla y subió las escaleras por delante del resto.
– No hay excusa para esto -anunció, dándoles la espalda-. ¡Ninguna!
– Pero es un buen lenguaje -gimió Aquina, diciendo lo que las otras vacilaban en decir-. ¡No tienes derecho a juzgarlo así, a los diez minutos de un examen casual! ¡No me importa lo que digan las puntuaciones de tus malditos tests, o lo distinguido que sea tu maldito lenguaje alienígena, no tienes derecho!
– Aquina -desaprobó Grace-. Por favor.
– No es eso -dijo Nazareth, con los labios tensos-. No es que haya nada malo en ese lenguaje.
– Entonces, ¿qué es, por el amor del cielo? -inquirió Aquina.
Nazareth se volvió hacia ellas, hacia donde se encontraban, vigilando intranquilas la cocina, no fuera a ser que apareciese una niña errabunda que pudiera oír lo que no debía.
– Lo que es inexcusable es que el lenguaje no se esté utilizando ya -dijo.
– ¡Pero no puede utilizarse hasta que no esté terminado!
– ¡Qué tontería! ¡Ningún lenguaje vivo está «terminado» nunca!
– Nazareth, ya sabes lo que queremos decir.
– No. No sé lo que queréis decir.
Caroline llegó entonces, corriendo, dando gritos por el alboroto que estaban haciendo y por la estupidez de mantener a Nazareth de pie de aquella manera, y las guió a todas hasta uno de los dormitorios privados como si fueran un gallinero desordenado, con lo que las comparó exactamente. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, dijo con voz fiera:
– ¡Bien! ¿Qué es lo que pasa?
Se lo contaron, y ella se relajó contra la puerta y dejó que sus manos cayeran a sus lados.
– ¡Santo cielo! Pensaba que como mínimo sería un terremoto… ¿Todo este jaleo porque a Nazareth no le convence el láadan? ¡Por favor!
– Pero sí me convence, Caroline -insistió Nazareth-. No es que tuviera importancia si no lo hiciera…, pero me convence.
– No está terminado, lo sabes. Tienen razón.
– Están equivocadas.
– ¡Oh, vamos, Naza!
– Te aseguro que ese lenguaje que acaban de mostrarme está lo suficientemente «terminado» como para ser utilizado. Resulta claro que hace años que lo está, mientras jugabais con él y os entreteníais… ¡Cuando pienso que hay niñas pequeñas de las Líneas de seis o siete años que podrían estar ya hablándolo con fluidez y que no saben ni una palabra de él! Podría mataros a todas, os lo juro.
– Tonterías.
– ¿Sabes qué es lo que sois todas? -preguntó Nazareth-. ¡Sois como esos artistas idiotas que nunca dejan que sus pinturas se cuelguen porque siempre tienen que añadir una pincelada más! Como esos novelistas que nunca están dispuestos a dejar sus libros, que mueren sin verlos publicados porque siempre hay una línea más que quieren añadir. Criaturas estúpidas…, ¡los hombres tienen razón, aquí lo único que hay es un hatajo de ignorantes idiotas! Y obviamente en todas las demás Casas Estériles, ya que todas estáis igualmente confundidas. ¡Santo Dios, casi me entran ganas de regresar a la Casa Chornyak para no tener que miraros!
– Nazareth…
– ¡Callaos! -ordenó, sin importarle lo arrogante o desagradable que pudiera ser-. ¡Por favor, marchaos y dejadme pensar en esto! Ahora estoy demasiado trastornada incluso para hablar…, ¡marchaos!
Estaba temblando, y si no hubiera sido quien sabían que era se habría echado a llorar, y les molestó dejarla así. Por otro lado, estaba claro que su presencia no le suponía ningún consuelo, así que hicieron lo que les pedía.
– Te esperaremos en el saloncito -dijo Susannah en voz baja mientras salía por la puerta-. Es el lugar más seguro para hablar de esto…, cuando estés dispuesta a hacerlo, niña.
No tardó mucho, y cuando se unió a ellas estaba nuevamente calmada. Le tendieron una estola para que trabajara porque no requería ninguna atención particular y la dejaría libre para trabajar y escuchar. Y enviaron a alguien a vigilar la puerta y distraer a las niñas pequeñas que venían al sótano para «ayudar con el inventario» si no parecían dispuestas a volver simplemente a la Casa Chornyak, porque todo el mundo estaba demasiado ocupado para hacerles compañía.
– Ahora bien -empezó a decir Caroline, acometiendo el muestrario que decía: «No existe ningún lenguaje primitivo» en elaborados bordados-, si lo que dices es cierto, éste es el día más importante de mi vida, de muchas de nuestras vidas. Pero nos parece muy improbable, Nazareth… Piensa: Llevas aquí sólo unas pocas semanas, y no te has recuperado hasta hace un par de días. Algunas de nosotras llevamos aquí más de veinte años. Y hemos estado trabajando en el lenguaje todo ese tiempo, en todos los momentos libres que hemos podido robar. ¿No crees que, si hubiera llegado el momento de poner fin al Proyecto Codificador y empezar a enseñar el lenguaje, lo habríamos notado? ¿Sin que tuvieras que decírnoslo?
– No -declaró Nazareth-. Yo lo habría pensado así si alguien me hubiera descrito esta absurda situación. Pero me habría equivocado. Tiene que ser que estáis tan cerca de todo el asunto que no podéis verlo…, hace falta alguien con percepciones más frescas para ver más allá.
– Y por eso el buen Dios nos ha bendecido contigo, Nazareth Joanna Chornyak Adiness… Qué afortunadas somos al tener el beneficio de tus «frescas percepciones».
– Caroline -insistió Nazareth-. Nunca he podido llevarme bien con nadie. Lo sé. No sé qué es lo que pasa conmigo, pero sí sé que apenas puedo acabar un párrafo sin ofender a dos personas y herir a otras tres. Y lo siento… Siempre lo he sentido. Siempre he deseado que alguien pudiera decirme cómo ser mejor. Pero, por horrible que os suene, expresado en el único lenguaje en que sé cómo expresarlo, ese lenguaje está listo…, «terminado», si lo preferís. Y el que no esté siendo utilizado es una vergüenza y un escándalo.
– ¡Nazareth! -Caroline estaba molesta ahora, y molesta por estarlo-. Eres muy buena, por supuesto…, pero nosotras no somos tan malas. No necesitamos que nos instruyas en lingüística.
– Pero lo necesitáis. -Nazareth se mantuvo firme como una piedra.
– Presumes -dijo Grace, envarada-. Todas hemos estado intentando ser indulgentes, pero has ido demasiado lejos.
– Muy bien -dijo Nazareth-. Presumo. Pero decidme de qué carece el lenguaje, y os escucharé con mente abierta. ¿Qué no tiene? ¿Qué creéis que necesita antes de que digáis que está terminado?
Bueno… Mencionaron un poco de aquí y de allá, y Nazareth se echó a reír. Les dijo que no había nada de lo que habían mencionado que no pudiera ser suplido por los mecanismos ya existentes del lenguaje. O añadiendo un morfema unificador…, un final, una pequeña pieza extra en algún lugar de la palabra. Las demás mujeres pusieron objeciones, hasta que se quedaron sin argumentos y Nazareth contradijo hasta la última.
– Nazareth… -dijo finalmente Caroline-. El vocabulario es tan limitado.
– ¿Es eso? -Nazareth la miró-. ¿Es el tamaño del vocabulario lo que os molesta a todas?
– Bueno, sabemos qué es lo que tiene que tener un lenguaje. Hicimos todas esas cosas hace mucho tiempo, y tienes razón en los puntos que hemos estado discutiendo. Pero no podemos empezar a hablar láadan a las bebés hasta que haya un vocabulario lo suficientemente grande, lo suficientemente flexible…
– ¿Para qué?
– ¿Qué?
– ¿Lo suficientemente grande y lo flexible para hacer qué, Caroline? ¿Para escribir la Enciclopedia Galáctica? ¿A qué estáis esperando? ¿Los léxicos especializados de las ciencias? ¿El léxico completo de los catadores de vinos? ¿Qué, exactamente?
Ahora se pusieron verdaderamente furiosas, y sus agujas volaron.
– ¡Desde luego que no! ¡Simplemente queremos que sea posible hablarlo con gracia y facilidad en los asuntos de la vida ordinaria!
– Bien -declaró Nazareth-, está listo para eso.
– ¡No lo está!
– ¿Cuántas palabras tenéis? ¿Cuántas palabras completas, sin contar las que se crearían añadiendo los afijos?
– Unas tres mil -dijo Susannah-. Solamente.
– ¡Bueno, por el amor de María! -chilló Nazareth, y todas la mandaron callar a la vez-. Lo siento -dijo-, ¡pero de verdad, tres mil palabras! La forma en que os comportáis…, pensaba que tal vez sólo teníais unos pocos cientos de términos léxicos.
– Nazareth -dijo Susannah-. El inglés tiene cientos de miles de palabras. Piensa…, y no grites, por favor.
– Y el inglés básico, en el que está adecuadamente escrito todo el Nuevo Testamento, tiene menos de mil. Como todas sabéis muy bien.
– Pero no podemos hacer que el lenguaje comience en un estado que requiera paráfrasis constantes -objetó Caroline-. Ya es bastante malo que tenga que empezar como una variante de un lenguaje franco…, ¡al menos que tenga un vocabulario adecuado!
Nazareth inspiró lentamente y depositó el ovillo de lana sobre su regazo.
– Queridas -dijo, todo lo seria y paciente que pudo, la voz firme y los ojos sosteniendo los de ellas-. Os digo que el lenguaje está listo. Dispuesto para ser utilizado. Y, lo que es más, vosotras lo sabéis. Todas vosotras, hasta la última, conocéis lenguajes que no tienen más términos léxicos que este láadan vuestro. Os estáis contando cuentos de hadas, y no comprendo por qué. Si empezáramos hoy, si las que atendéis a las bebés de la casa principal empezáis hoy mismo a murmurar en láadan en vez de en inglés, no será hasta que se conviertan en mujeres adultas y hagan lo mismo para la siguiente generación (o tal vez la generación que la sigue, porque ningún lenguaje, que sepamos, ha empezado nunca de esta manera), como mínimo pasará una generación antes de que el láadan sea una lengua criolla. Y pasará otra más antes de que pueda ser llamado una lengua viva, con el status de otras lenguas vivas.
Le mostraron sus rostros desafiantes, y Nazareth pudo oír trabajar sus mentes, tejiendo las excusas; las detuvo antes de que pudieran encontrar otra nueva.
– ¡Esperad! -dijo-. Sé tan bien como vosotras que, en los días en que toda persona educada aprendía el latín como segunda lengua para usarlo en el lenguaje erudito y legal, la gente se las apañaba. Debía ser un latín bárbaro, pero se las apañaban. ¡No me pongáis más pegas para retrasarlo más! Harán falta cinco generaciones, o diez, antes de que el láadan deje de ser un bárbaro lenguaje auxiliar y se convierta en una lengua materna, ¡ésa es razón más que suficiente para empezar de inmediato! Por supuesto, será terrible al principio, no puede ser de otro modo…, ¡pero, queridas, estamos hablando de al menos dentro de cien años si empezamos hoy mismo! Y estáis aquí sentadas, diciéndome que esperemos hasta que tengamos…, ¿qué? ¿Cinco mil palabras? ¿Diez mil palabras? ¿Diez mil palabras y diez mil Codificaciones? ¿Qué número arbitrario habéis establecido como objetivo?
– No lo sabemos. No exactamente. Sólo que lo que tenemos no es bastante.
Nazareth frunció el ceño y se mordió los labios, y Susannah extendió la mano para volver a colocar entre las suyas la estola rechazada.
– Haz ganchillo, Naza -ordenó-. Eso es lo que hacemos las mujeres…, pregúntale a los hombres y te lo dirán. Cada vez que vienen aquí nos encuentran charlando y cosiendo. Perdiendo el tiempo. Usa el ganchillo, por favor, chiquilla, y no pongas esa cara tan seria. Te produce arrugas.
Nazareth obedeció, insertando de forma ausente la aguja en los huecos, pero no cambió de expresión.
– Hay algo más -dijo llanamente-. Algo que estáis ocultando. Esa excusa del «vocabulario limitado» es tan falsa como las «Codificaciones insuficientes» que me disteis cuando era una niña pequeña. La usáis para tranquilizar a las niñas, y yo ya no soy una niña…, no me aplacará. Quiero saber la verdad. No más mentiras.
– ¡Tonterías!
– ¡No paráis de decir lo mismo! -protestó Nazareth-. Podríais ahorraros un montón de molestias si comprarais un loro para que dijera «tonterías» a lo largo de todo el día. Y no conseguiréis nada…, hay algo más. Algo que no veo porque soy demasiado estúpida. Algo que no es sólo cuestión de que el lenguaje esté «terminado» o no. ¡Y sé exactamente a quién preguntárselo! Aquina Chornyak…, ¿cuál es el problema real aquí, oculto bajo estúpidas palabras?
Como Aquina no respondió, Nazareth extendió la mano y la cogió por el pelo.
– ¡Aquina! ¡Dímelo! ¿Qué clase de radical eres entonces?
– Muy bien -dijo Aquina-. Te lo diré…, pero no les va a gustar.
– No importa.
– El verdadero problema es que hay que tomar decisiones, y estas… personas… no quieren tomarlas.
– ¿Qué decisiones son ésas?
– Piensas que el láadan está terminado, ¿no?
– En el sentido en que todo lenguaje está terminado. Su vocabulario crecerá, como crece el vocabulario de cualquier otro lenguaje.
– Muy bien. Supón que empezamos a usarlo, como dices que debiéramos hacer. Y luego, a medida que más y más niñas utilizan el láadan y empiezan a hablar un lenguaje que expresa las percepciones de la mujer en vez de las de los hombres, la realidad empieza a cambiar. ¿No es cierto?
– Cierto como el agua -dijo Nazareth-. Como la luz.
– Bien; entonces, señora…, debemos estar preparadas para cuando ese cambio empiece a hacerse realidad. ¡Preparadas para actuar en respuesta a ese cambio! Una vez comience, ya no podremos quedarnos aquí sentadas charlando y discutiendo y jugando a las revolucionarias. ¡No podremos pasarnos la vida como ganado plácido, pensando en los lejanos tiempos, siglos atrás, en que alguien tenía que hacer algo! Y es ahí donde está el problema, Nazareth…, no hay ni una sola mujer en esta casa, ni en ninguna de las otras Casas Estériles, con las agallas suficientes como para tomar la decisión sobre lo que vamos a tener que hacer entonces. Eso es lo que les hace, como tú dices, añadir una pincelada más y una línea más y decir: «¡Oh, todavía no!», y: «¡Tonterías!», y: «¡Dios nos valga!».
– Oh -jadeó Nazareth-. Comprendo. Sí.
– ¿Comprendes, Nazareth? ¿De verdad? -la voz de Caroline era amarga y furiosa-. ¡Considera, por ejemplo, lo que Aquina nos haría hacer! ¡Empezaríamos a acumular raciones y suministros de emergencia, si por ella fuera, y los meteríamos en bolsas que cargaríamos a nuestras espaldas cuando huyéramos al desierto, todas nosotras con una niña secuestrada a la cadera, corriendo un paso por delante de las hordas de hombres decididos a matarnos a todas!
– Caroline, exageras -rió Aquina.
– No demasiado. Te he oído muy a menudo.
– No se atreverían a matarnos. Encarcelarían a todas aquellas que supiéramos láadan; y nos drogarían hasta que olvidáramos la última palabra. Destruirían nuestros archivos, castigarían a las niñas que emplearan una sola sílaba, y lo prohibirían para siempre…, pero no nos matarían. Nunca he dicho que fueran a matarnos, Caroline; matarían al láadan. Y tendríamos que huir antes de que pudieran inventar una nueva y horrenda «esquizofrenia epidémica incurable» traída de un planeta fronterizo en una bolsa de grano…, pero no nos matarían.
– ¿La oyes? -desafió Caroline a Nazareth-. Eso es lo que oímos nosotras, interminablemente.
– La oigo -dijo Nazareth-. Veo tu punto de vista, Caroline. Y también veo el de Aquina. Y hay muchas otras posibilidades.
– Sí que las hay -accedió Caroline-. Es tan absurdo pensar que los hombres se contentarían con encerrarnos a todas en instituciones como pensar que podrían matarnos. Y, si a Aquina no le encantara tanto irse a los extremos, lo sabría. Tendrían que moverse contra nosotras poco a poco, aunque tuvieran que inventar una docena de epidemias del espacio que fueran convenientemente contagiosas sólo para las mujeres. Pero los hombres conocen el poder del lenguaje tan bien como nosotras…, y lo detendrían, Nazareth. El día en que empecemos a utilizar el láadan, el día en que lo saquemos del sótano, ese día nuestra propia existencia correrá peligro. Tenías razón en lo de la tina de légamo verde que burbujea ahí abajo, Nazareth…, pero no tenemos ninguna virgen que sacrificar.
– Tenéis miedo.
– ¡Por supuesto que tenemos miedo!
– Lo que pienso que harán -dijo Faye-, lo único que pueden hacer, es disolver las Casas Estériles. Aislarnos a unas de otras. Apartarnos del resto de las mujeres, con toda seguridad no dejar que nos acerquemos a ninguna niña pequeña. No les resultará difícil enseñarles a todos los bebés que las mujeres mayores y las mujeres estériles son brujas, horribles depósitos de maldad a los que hay que temer y evitar…, ¡se ha hecho antes, y siempre con gran éxito! Encerrarán a algunas…, y aislarán a otras en las Casas. ¿No os imagináis la campaña publicitaria mientras «deciden» que han estado equivocados todos estos años en que nos han mantenido en edificios separados y nos dan la «bienvenida al seno de la familia»? Al público le encantará…, y acabarán con los últimos vestigios del láadan, para que a nadie se le ocurra repetirlo algún día. Y el láadan morirá, como deben de haber muerto todos los lenguajes de las mujeres desde el principio de los tiempos.
– A menos que huyamos antes de que se den cuenta de lo que está sucediendo -siseó Aquina-. Es la única oportunidad que tenemos.
Nazareth se levantó y se acercó a la ventana. Contempló el verde césped entre los árboles, silenciosa y preocupada.
– Nazareth -suplicó Grace tras ella-, si Aquina tiene razón…, pasando por alto sus exageraciones, por supuesto…, ¿te das cuenta ahora de lo que significa?
– Sí.
– Y no pueden acumular el valor -dijo Aquina con desdén-, para decidir qué hay que hacer y hacerlo.
– Porque no sabemos qué hay que hacer -dijeron las otras-. Hemos hablado y hablado y hablado al respecto…, y no lo sabemos.
– Debemos elegir una Casa Estéril -dijo Aquina firmemente-, la más aislada y la más fácil de defender, y debemos de prepararnos para ir allí con tantas niñas como podamos a los primeros indicios de que los hombres sepan lo que pasa. No es una decisión difícil. Y debemos de estar preparadas para marcharnos de allí, si tenemos que hacerlo.
– ¡Significaría dejar a nuestros hijos!
– Y no volver a ver a nuestras familias.
– Y la publicidad…, ¡pensad en las mentiras que dirán los hombres a los medios de comunicación!
– Todas las ancianas de arriba…, ¡tendríamos que abandonarlas!
– No me extraña que hayáis estado retrasando la decisión -dijo Nazareth, volviéndose de nuevo-. Haciendo tiempo. No me extraña.
– ¡Oh, no, tú también! -gimió Aquina-. No puedo soportarlo.
Nazareth volvió y se sentó, y cogió de nuevo la estúpida estola.
– Tened en cuenta esto -dijo, con absoluta seguridad en la voz-. No importa lo que signifique…, o no creemos realmente en el Proyecto Codificador, en cuyo caso los hombres tienen razón y sólo somos mujeres tontas jugando a juegos estúpidos para pasar el tiempo…, o debemos empezar.
– ¡Tiene razón! -dijo Aquina.
– Tenéis que recordar -continuó Nazareth, mirando a Aquina-, que pasarán muchos años antes de que los hombres se den cuenta. Están acostumbrados a oír a las niñas pequeñas practicar lenguajes alienígenas que nunca han oído antes y que nunca volverán a oír de nuevo, por no mencionar los lenguajes terrestres que les son completamente desconocidos. Mientras convenzamos a las niñas de que es un secreto que hay que mantener al margen de los hombres (como tantos otros secretos que les hemos enseñado, queridas), pasarán diez años, tal vez más, antes de que los hombres se den cuenta de pronto de que las niñas pequeñas están haciendo los mismos sonidos desconocidos. ¡Santo cielo, están tan convencidos de que el Proyecto es sólo langlés, y de que apenas podemos encontrar el camino al cuarto de baño sin un mapa! Pueden pasar décadas antes de que haga realmente falta hacer algo en el sentido que implica Aquina. Por favor, tenedlo en cuenta.
– Pero…
Nazareth cortó a Aquina, alzando la mano en el antiguo gesto de los maestros.
– Pero estoy de acuerdo con Aquina en que las decisiones tienen que tomarse y en que hay que tomarlas ahora mismo, en caso de que algún día sean necesarias. Tiene toda la razón. Si necesitáramos hacer algún tipo de movimiento, no habría tiempo de decidir cuál habría de ser, y cualquier cosa que hiciéramos llevadas por el pánico sería seguramente una equivocación. Debemos hacer planes, por improbable que sea que tengamos que usarlos alguna vez, y acabar con ese tema.
– ¡Gracias a Dios que hay alguien con sentido!
– Gracias a ti, Aquina -dijo Nazareth-. Ahora, las demás, ¿podemos proseguir con esto?
Proseguir. De un Proyecto interminable, generación tras generación, a: «¿Podemos proseguir?». Era demasiado, y se sintieron aturdidas por la perspectiva.
– No es complicado -les aseguró Nazareth-. Hay que transmitir la noticia a todas las Casas Estériles con toda la rapidez posible, usando los códigos de recetas. En todas las Casas Estériles, aquellas mujeres que mejor hablen láadan deben de empezar a practicarlo entre sí, sin importar lo mal que lo hagan, hasta que tengan la facilidad necesaria para servir como modelos adecuados. Y, luego, deben de empezar a usar el láadan y sólo el láadan con las niñas de las Líneas cada vez que no haya hombres cerca.
– O con las mujeres que aún vivan en las Casas.
– O con las mujeres que aún vivan entre hombres, sí -accedió Nazareth-. Sólo donde sea seguro. Mientras tanto, aquellas que no sepan casi nada tendrán que empezar a aprender. Sin llamar la atención de los hombres, y sin descuidar nuestros otros deberes.
– ¿Y la planificación? -preguntó Aquina.
– La planificación debe comenzar -dijo Nazareth-. En todas las Casas Estériles deben de haber reuniones para discutir las alternativas. Por toda acción que penséis que los hombres puedan emprender cuando sepan que han sido engañados, hará falta una acción correspondiente en la que todas las mujeres estén de acuerdo, dispuestas para ejecutarla en un instante. Los resultados deben de ser intercambiados entre las Casas Estériles hasta que se produzca un consenso…, hasta que todas comprendamos qué se espera que hagamos en cada una de las crisis posibles. Y haremos lo que sea necesario para prepararnos.
– ¿Sólo eso, Nazareth?
– Sólo eso. Ya lo habéis retrasado demasiado.
– Bien -dijo Susannah-. ¡Bien! Alguien debe subir y decírselo a las otras. Tienen derecho a saberlo.
– Y alguien debe poner las mesas y llamar a los centinelas antes de que piensen que nos hemos muerto aquí dentro -señaló Caroline.
Recogieron su labor y la guardaron en los costureros llenos de ovillos, retales y fragmentos que escondían los útiles botones falsos. Y trataron de decidir si debían de regocijarse o llorar.
– ¿Creéis que es un momento de celebración? -aventuró Grace.
– ¿Quién lo sabe? Es un momento de terror. Eso es seguro.
– Es un salto en el vacío -dijo Susannah solemnemente.
– Y todo es culpa de Nazareth -dijo Nazareth.
En medio del silencio absoluto, añadió:
– Todo principio es también un final. No puede haber una cosa sin la otra.

Lengua materna (fragmento)

Suzette Haden Elgin

​- De acuerdo -dijo Showard-. De acuerdo. Primer principio: La realidad no existe. La construimos percibiendo estímulos del entorno, externo o interno, y haciendo valoraciones sobre el mismo. Todo el mundo percibe la materia, todo el mundo hace valoraciones, todo el mundo, por lo que sabemos, comprende lo suficiente para ir tirando, de manera que cuando digo «Pásame el café» sabéis qué es lo que tenéis que pasarme. Y eso es la realidad. Segundo principio: La gente se acostumbra a un cierto tipo de realidad y llega a esperarla, y, si lo que perciben no encaja en el grupo de valoraciones en las que todo el mundo está de acuerdo, entonces la cultura tiene que examinarla hasta que encaja… o la descarta.

– Duendes… -murmuró Beau St. Clair-. Ángeles.

– Sí. No están en el marco de valoraciones de la realidad de esta cultura, así que si son «reales» no los vemos, no los oímos, no los olemos, no los sentimos…, no los saboreamos. Si podéis soportar la idea de no-saborear a un ángel -se echó hacia atrás y cruzó las manos tras la cabeza, dejando que la navajita se bambolease-. Ahora, el tercer principio: Los seres humanos están formados para esperar ciertas clases de percepciones…, ahí es donde empiezan los problemas. Los científicos cognitivos nos dicen que, sea cual sea esa formación en los terrestres, está razonablemente cerca de como sea en los alienígenas humanoides, porque los cerebros y sistemas sensores son bastante similares, aunque algunos humanoides tengan tentáculos brotando de sus orejas y otros no. Y los lingüistas nos dicen que, como la formación es bastante parecida, se puede coger un sistema cerebro-más-sentidos que no esté aún fijado, digamos el de un bebé, y éste sí puede hacer manifestaciones sobre lo que percibe, aunque no esté en las reglas consensuadas. Los bebés no saben qué se les viene encima, y tienen que aprender. Y, si no es demasiado diferente de lo que están preparados para percibir, pueden conseguirlo. Pueden incluirlo en su realidad.

– Hasta ahora, nada -dijo Lanky-. Como dije.

– Cuarto principio -continuó Showard-: Incluso un bebé, aunque sea todavía nuevo a estas percepciones, no puede conseguirlo cuando se enfrenta a una percepción tan completamente diferente de la humanoide que no puede ser procesada, y mucho menos declararlo.

– Los bebés no hacen declaraciones -dijo Lanky, disgustado-. Mierda. Todo lo que pueden hacer es…

– Lanky -dijo Beau St. Clair-, te equivocas. No pueden expresar las palabras que tú expresarías, no pueden pronunciar las valoraciones… pero las hacen. Como: «Lo que veo es algo que he visto antes, así que miraré otra cosa que no he visto antes». Como: «Ese ruido es mi madre». Cosas así.

– Mierda -repitió Lanky-. Duendes y ángeles. Mierda de duendes y mierda de ángeles.

Estaban acostumbrados a Lanky Pugh. Continuaron a su pesar.

– Así que eso es lo que sabemos -dijo Showard-. Hay algo sobre la manera en que los alienígenas no humanoides perciben las cosas, algo sobre la «realidad» que componen de los estímulos, tan imposible que destroza a los bebés y destruye su sistema nervioso central permanentemente.

Lengua Materna (fragmento)

Suzette Haden Elgin

​Si el día de mi boda alguien me hubiera advertido que estaba corriendo el riesgo de inspirar un concepto tan pobre de mí misma a la mujer que terminaría siendo algún día, me hubiera muerto de risa. Pero entonces todavía no había empezado a perder los años. Cuando miraba hacia atrás, siempre los encontraba en su sitio, bien ordenados, exactos y limpios, dispuestos en fila india, como un ejército de soldaditos de juguete, ahí estaban todos, y antes de cumplir veintidós, tenía veintiuno, y antes veinte, y antes diecinueve años, era tan fácil como aprender a contar con los dedos. Ahora voy a cumplir treinta y siete, y procuro no volver jamás la cabeza, porque no sé muy bien adónde ha ido a parar mi última década, no comprendo en qué agujero perdí los veinticuatro años, por ejemplo, o dónde se me cayeron los veintiséis, o qué me pasó cuando cumplí veintinueve, pero lo cierto es que no los recuerdo, no soy consciente de haberlos vivido, es como si el tiempo se devorara a sí mismo, como si cada día que pasa me robara un día pasado, como si los años se anularan entre sí. Ahora sé que el enemigo juega con cartas marcadas, y ya no puedo hacer nada por rescatarme a mí misma de todos los lugares, de todas las personas, de todas las mañanas y las noches que fueron un error, pero por lo menos no intento exprimir el mundo para forzarle a justificar mi vida cada doce horas. Ésa es la mezquina, desoladora medida, en que el destino se ha mostrado magnánimo conmigo.

Atlas de geografía humana (fragmento)

Almudena Grandes

Ellos

Llueve. Una lluvia fina y fría cae sobre las casas, sobre los árboles, sobre las tumbas. Cuando ELLOS vienen a verme, la lluvia chorrea sobre sus rostros descompuestos, fluida. ELLOS me miran y el frío se hace más intenso, mis blancas paredes ya no me protegen. Jamás me han protegido. Su solidez no es más que una ilusión y su blancura está manchada.
Ayer tuve un instante de felicidad inesperada, sin ton ni son. Vino hacia mí a través de la lluvia y la neblina, sonreía, flotaba por encima de los árboles, danzaba ante mí, me envolvía.
Yo la reconocí.
Era la felicidad de un tiempo muy lejano cuando el niño y yo no éramos más que uno. Yo era él, sólo tenía seis años y soñaba por la noche en el jardín mientras contemplaba la luna.
Ahora estoy cansado. Son esos que vienen de noche los que tanto me fatigan. ¿Cuántos serán esta noche? ¿Uno solo? ¿Un grupo?
Si al menos ELLOS tuvieran un rostro. Pero ELLOS están todos vacíos, son vaporosos. ELLOS entran. ELLOS se quedan de pie mirándome y ELLOS dicen:
—¿Por qué lloras? Acuérdate.
—¿De qué?
ELLOS se echan a reír.
Luego yo digo:
—Estoy preparado.
Me abro la camisa y ELLOS alzan sus manos tristes y pálidas.
—Acuérdate.
—Ya no me acuerdo.
Las manos tristes y pálidas se alzan y vuelven a caer. Alguien llora detrás de las blancas paredes:
—Acuérdate.
Una niebla ligera y gris flotaba por encima de las casas, por encima de la vida. Un niño estaba sentado en el patio y contemplaba la luna.
Tenía seis años, yo lo amaba.
—Te amo —le digo.
Y el niño me mira de hito en hito, severamente.
—Niño, yo vengo de lejos. Dime, ¿por qué contemplas la luna?
—No es la luna —responde el niño irritado—, no es la luna, es el futuro lo que contemplo.
—De allí vengo —le digo en voz baja— y no hay más que campos muertos y cenagosos.
—Mientes, mientes —grita el niño—. Hay dinero, luz, amor. Y hay jardines llenos de flores.
—De allí vengo —le repetía en voz baja— y no hay más que campos muertos y cenagosos.
El niño me reconoció y se puso a llorar.
Fueron sus últimas lágrimas vivas. Sobre él también empezó a llover. La luna desapareció. La noche y el silencio vinieron a decirme:
—¿Qué has hecho con él?

(Ayer, fragmento)

Agota Kristof

El pájaro muerto

En mi imaginación, un camino pedregoso conduce al pájaro muerto.
—Entiérrame —me pide y, en los ángulos de sus miembros rotos, los reproches se mueven cual gusanos.
Me haría falta tierra.
Tierra negra y pesada.
Una pala.
Yo sólo tengo ojos.
Unos ojos empañados y tristes que se mojan en un agua glauca.
Los he trocado en el mercado de cosas viejas por unas cuantas monedas extranjeras, sin valor. No me ofrecían ninguna otra cosa.
Los cuido, los froto, los seco en un pañuelo sobre mis rodillas. Prudentemente, para no perderlos.
A veces arranco una pluma del cuerpo del pájaro y dibujo unas venas de color púrpura sobre esos ojos que son mi único caudal. También suelo tiznarlos por entero. Entonces el cielo se nubla y empieza a llover.
Al pájaro muerto no le gusta la lluvia. Se empapa, se pudre, despide un olor desagradable.
En tal caso, incomodado por el olor, voy a sentarme un poco más lejos.
De vez en cuando, me hago promesas:
—Iré a buscar tierra.
Pero realmente no creo que lo haga. El pájaro tampoco se lo cree. El me conoce.
¿Por qué se habrá muerto precisamente aquí, donde lo único que hay son piedras?
Una buena hoguera también resolvería el asunto.
O unas grandes hormigas rojas.
El problema es que todo es muy caro.
Para comprar una caja de cerillas hay que trabajar durante meses y las hormigas son carísimas en los restaurantes chinos.
De mi herencia, ya casi no me queda nada.
La angustia se apodera de mí cuando considero el poco dinero que me queda.
Al principio derrochaba sin sacar cuentas, como todo el mundo, pero ahora tengo que tener más cuidado.
Sólo compraré lo absolutamente indispensable.
Por consiguiente, ni hablar de tierra, de pala, de hormigas, de cerillas.
Por otra parte, y mirándolo bien, ¿qué tengo yo que ver con los funerales de un pájaro desconocido?

(Ayer, fragmento)

Agota Kristof

La huida 

Ayer soplaba un viento conocido. Un viento con el que ya había coincidido.
Era una primavera precoz. Yo caminaba en medio del viento con paso decidido, rápido, como todas las mañanas. Sin embargo, tenía ganas de regresar a mi cama y acostarme, inmóvil, sin pensar en nada, sin desear nada, y quedarme allí tendido hasta sentir acercarse esa cosa que no es ni voz, ni sabor, ni olor, sólo un recuerdo muy vago, venido de más allá de las fronteras de la memoria.
La puerta se abrió lentamente y mis manos colgantes sintieron con escalofrío los pelos sedosos y suaves del tigre.
—¡Música, maestro! —dijo—. ¡Toque algo! Con el violín o con el piano. Mejor con el piano. ¡Toque!
—Yo no sé —le dije—. Jamás en mi vida he tocado el piano, ni siquiera tengo piano, nunca lo he tenido.
—¿Nunca en su vida? ¡Qué tontería! ¡Vaya a la ventana y toque!
Frente a mi ventana había un bosque. Vi a los pájaros juntarse en las ramas para escuchar mi música. Vi a los pájaros. Con sus cabecitas ladeadas y sus ojos fijos que miraban algo a través de mí.
Mi música se tornaba cada vez más impetuosa. Hasta devenir insoportable.
Un pájaro muerto cayó de una rama.
La música se interrumpió.
Me volví.
Sentado en medio de la habitación, el tigre sonreía.
—Con esto basta por hoy —dijo—. Usted debe ejercitarse más a menudo.
—Sí, se lo prometo, me ejercitaré. Pero ahora, por favor, espero algunas visitas, compréndalo. Podrían desconcertarse con su presencia aquí, en mi casa.
—Naturalmente —bostezó.
Con paso elástico, traspasó la puerta que yo había cerrado con dos vueltas trás él.
—Hasta la vista —me dijo antes de desaparecer.
Lina me esperaba en la entrada de la fábrica, apoyada contra la pared. Estaba tan pálida y triste que había decidido detenerme para hablar con ella. Sin embargo pasé de largo, sin siquiera volver la cabeza hacia ella.
Un poco más tarde, cuando ya había puesto en marcha mi máquina, ella se me acercó.
—¡Qué raro! Jamás le había visto reír. Le conozco desde hace años. Y en todo ese tiempo nunca se ha reído ni una sola vez.
La miré y estallé en carcajadas.
—Prefiero que no se ría —dijo.
En ese momento, experimenté una viva inquietud y me asomé a la ventana para ver si el viento seguía estando allí. El movimiento de los árboles me devolvió la calma.
Cuando me volví, Lina había desaparecido. Entonces le hablé:
—Lina, yo te amo. Realmente te amo, Lina, pero no tengo tiempo para pensar en eso, hay tantas cosas en las que debo pensar, por ejemplo en ese viento, ahora debería salir y caminar en medio del viento. No contigo, Lina, no te enfades. Caminar con el viento es algo que no se puede hacer sino solo, porque hay un tigre y un piano cuya música mata a los pájaros, y sólo el viento puede ahuyentar ájaros, y sólo el viento puede ahuyentar al miedo, eso es cosa sabida, hace mucho tiempo que lo sé.
Las máquinas tañían el ángelus alrededor de mí.
Avancé por el pasillo. La puerta estaba abierta.
Aquella puerta siempre estaba abierta y yo nunca había intentado salir por allí.
¿Por qué?
El viento barría las calles. Esas calles desiertas se me antojaron extrañas. Nunca las había visto en la mañana de un día laborable.
Luego me senté en un banco de piedra y lloré.
Al mediodía calentó el sol. Unas nubecitas se deslizaban por el cielo y la temperatura era muy agradable.
Entré en un bar, tenía hambre. El camarero puso ante mí un plato de bocadillos.
Yo me dije:
—Ahora debes regresar a la fábrica. Debes regresar allí, no tienes ningún motivo para detener el trabajo. Sí, ahora debes regresar.
Empecé a llorar de nuevo y advertí que me había comido todos los bocadillos.
Cogí el autobús para llegar más rápido. Eran las tres de la tarde. Todavía podía trabajar dos horas y media.
El cielo estaba nublado.
Cuando el autobús pasó frente a la fábrica, el revisor me miró. Más adelante, me tocó el hombro:
—Es la terminal, señor.
El lugar donde me bajé era una especie de parque. Unos árboles, unas cuantas casas. Ya era de noche cuando entré en el bosque.
Ahora la lluvia era copiosa, mezclada con nieve. El viento golpeaba salvajemente mi cara. Pero era él, el mismo viento.
Caminaba, cada vez más rápido, hacia una cumbre.
Cerré los ojos. De todas maneras no veía nada. A cada paso, tropezaba con un árbol.
—¡Agua!
A lo lejos, por encima de mí, alguien había gritado.
Era ridículo, había agua por todas partes.
Yo también tenía sed. Eché para atrás la cabeza y, con los brazos separados, me dejé caer. Hundí mi rostro en el lodo frío y no volví a moverme.
Fue así como morí.
Mi cuerpo enseguida se confundió con la tierra.

(Ayer, fragmento)

Agota Kristof

La ciudad

La mejor política en la ciudad es creer sólo en lo que ven tus propios ojos. Aunque ni siquiera ése es un método infalible ya que muy pocas cosas son lo que aparentan ser, especialmente aquí con tanto que asimilar a cada paso, con tantas cosas que desafían el entendimiento. Cualquier cosa que veas tiene la capacidad de herirte, de hacerte sentir inferior a lo que eres, como si por el mero hecho de ver algo te despojaran de parte de ti mismo. A menudo uno siente que mirar puede ser peligroso y suele apartar la mirada o incluso cerrar los ojos; por eso es fácil sentirse desconcertado o no estar demasiado seguro de ver realmente lo que uno cree ver. Es posible que sólo lo imagine, lo confunda con otra cosa o le recuerde algo que ha visto, tal vez soñado, anteriormente. Ya ves qué complicado es, no es suficiente con mirar algo y decir: «estoy mirando tal cosa», ya que eso lo puedes hacer cuando el objeto que tienes delante es un lápiz o un trozo de pan, pero ¿qué pasa cuando te encuentras mirando a un niño muerto, a una niña pequeña que yace en el suelo desnuda, con la cabeza reventada y cubierta de sangre? ¿Qué piensas entonces? No es tan simple, ya ves, decir lisa y llanamente: «estoy ante una criatura muerta». Tu mente parece negarse a formar las palabras, no puedes forzarte a pronunciarlas, ya que aquello que tienes delante no es algo que puedas separar fácilmente de ti mismo. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de aquello que te hiere; no puedes simplemente mirar porque, en cierto modo, cada cosa te pertenece, forma parte de la historia que se desarrolla en tu interior. Supongo que debe ser bueno endurecerse hasta tal punto que nada pueda afectarte nunca más; pero entonces te quedarías solo, tan absolutamente al margen de los demás que la vida se volvería imposible. Aquí hay algunos que logran hacerlo, que encuentran el coraje para convertirse en monstruos; pero te sorprendería saber qué pocos son. O, para decirlo de otra manera, todos hemos terminado por convertirnos en monstruos pero no hay prácticamente nadie que no guarde en su interior algún vestigio de lo que solía ser la vida.
Tal vez el mayor problema sea que la vida, tal como la conocíamos, ha dejado de existir pero, aun así, nadie es capaz de asimilar lo que ha sobrevenido en su lugar. A aquellos de nosotros que nacimos en otro lugar, o que tenemos la edad suficiente como para recordar un mundo distinto de éste, el mero hecho de sobrevivir de un día para el otro nos cuesta un enorme esfuerzo. No me refiero sólo a la miseria, sino a que ya no sabemos cómo reaccionar ante los hechos más habituales y, como no sabemos como actuar, tampoco nos sentimos capaces de pensar. En nuestras mentes reina la confusión; todo cambia a nuestro alrededor, cada día se produce un nuevo cataclismo y las viejas creencias se transforman en aire y vacío. He aquí el dilema, por un lado queremos sobrevivir, adaptarnos, aceptar las cosas tal cual están; pero, por otro lado, llegar a esto implica destruir todas aquellas cosas que alguna vez nos hicieron sentir humanos. ¿Entiendes lo que quiero decir? Para vivir, es necesario morir, por eso tanta gente se rinde, porque sabe que no importa cuán duramente pelee, siempre acabará perdiendo y, entonces, ya no tiene sentido la lucha.
Los recuerdos se nublan en mi mente, lo que ocurrió y lo que no ocurrió, las calles que vi por primera vez, los días, las noches, el cielo sobre mi cabeza, las piedras extendiéndose a lo lejos. Me parece recordar que miraba constantemente hacia arriba, como si examinara el cielo por si faltara o sobrara algo, algo que lo diferenciara de otros cielos; como si el cielo pudiera explicar las cosas que veía a mi alrededor. Sin embargo, es probable que me equivoque, es posible que esté confundiendo las observaciones de una época posterior con las de aquellos primeros días. Aunque no creo que tenga mucha importancia, ahora menos que nunca.
Después de un estudio tan meticuloso, puedo asegurar, sin duda alguna, que el cielo de este lugar es el mismo que ahora se encuentra sobre ti. Tenemos las mismas nubes y la misma luminosidad, las mismas tormentas y la misma quietud, los mismos vientos que lo arrastran todo consigo. Si la impresión que tenemos del cielo es algo distinta es por lo que sucede debajo. Las noches, por ejemplo, no se parecen del todo a las de allí. Hay la misma oscuridad y la misma inmensidad, pero no ofrecen aquella sensación de calma sino la de una marea continua, un murmullo que te empuja hacia adelante y hacia atrás, sin pausa. Y luego, durante el día, hay una luminosidad a veces insoportable, un brillo que te deslumbra y que hace palidecer todas las cosas, todos los relieves relucen y el aire mismo es un débil resplandor. La luz se plasma de tal forma que los colores se vuelven más y más distorsionados a medida que uno se acerca a ellos. Hasta los contornos de las sombras se desdibujan con un movimiento fortuito y agitado. Con esta luz hay que tener cuidado de no abrir demasiado los ojos, sólo lo suficiente como para no perder el equilibrio. De lo contrario, uno puede tropezar y no creo que sea necesario enumerar los riesgos de una caída. A veces pienso que si no fuera por la oscuridad y las extrañas noches que descienden sobre nosotros, el cielo se incendiaría. Los días acaban cuando corresponde, justo en el momento preciso en que el sol parece haber consumido las cosas que alumbra, cuando ya nada puede tolerar su resplandor; de lo contrario, todo este mundo quimérico se derretiría y sería el fin.
La ciudad parece estar consumiéndose poco a poco, pero sin descanso, a pesar de que sigue aquí. No hay forma de explicarlo; yo sólo puedo contarlo, pero no puedo fingir que lo entiendo. En las calles se escuchan explosiones todos los días, como si a lo lejos se cayera un edificio o se hundiera la acera. Pero nunca lo ves cuando sucede, no importa cuán a menudo escuches estos ruidos, la causa es siempre invisible. Cualquiera pensaría que, de vez en cuando, una de estas explosiones tendría que producirse en su presencia; pero los hechos permanecen siempre en el terreno de la probabilidad. No creas que son imaginaciones mías, estos ruidos no surgen en mi mente. Los demás también los escuchan, aunque no les presten demasiada atención. A veces se detienen a comentarlo, pero nunca se muestran preocupados. Dicen cosas como: «ahora está un poco mejor» o «esta tarde parece muy agresivo». Yo solía hacer muchas preguntas sobre estas explosiones, pero nunca logré una respuesta, apenas una mirada inexpresiva, un movimiento de hombros. Con el tiempo descubrí que hay ciertas cosas que no se preguntan, que incluso aquí hay temas que nadie quiere discutir.

El país de las últimas cosas (fragmento)

Paul Auster