A.E. Quintero

Quisiera prestarte a veces
la pata de conejo que le quité a la luna
para ver si a ti sí te funciona, si logran servirte
sus falsos polvos,
sus aguas secas. Que fueras feliz
cómo supongo felices
las gotas de agua que se encuentran, que casualmente
coinciden.
Como también a veces
me parecen felices ciertos árboles
que toman de pretexto la lluvia para tocarse,
para acercar sus cuerpos
como un par de niños bajo las sábanas.

Que fueras feliz.
Que tuvieras una vida mejor
que la no vida que ha sido mi vida,
un destino más amplio, más lleno
de cómodas oscuridades,
de confortables caminos, de sombras verdaderas.
Y no lloraras con tus manos,
ni con otras manos. Que no te dolieras hacia dentro,
hacía esa piedra ubicua
con la que suelta el mundo su tremenda noche.
Que no tropezaras en el espejo
como lo hace el hombre.
Y qué pasarán de largo las cosas que no se logran,
sin hacerte daño, sin llagas, sin despertarte.

No sé si porque te amo
adivino lo que no me dices, o sólo me lo invento.
Pero pienso que el dolor
reconoce a los de su propia especie,
a los seres que le son comunes. Los que llevan
el mismo fruto adentro de los ojos.

El dolor
ese territorio heredado.
El peor de los sitios invisibles,
de los espacios inundados.
Y él desampara, esa otra resignación.
Esa otra
manera de ver el mundo, de caber.

Sólo adivino.
Pero es que en ocasiones lavar un plato,
acomodar un cojín,
o dar de vueltas con el plumero en la mano
pueden ser maneras distintas de llorar,
de irse y de llorar.

De contar secretamente
todas las cosas que, por costumbre, nos callamos.

A. E. Quintero

Ahí viene el sol

Ahí viene el sol
acercando su escándalo hacia la ventana. 

Qué fiesta tan triste
es un jardín sin flores,
una puerta abierta sin macetas,
una pelota olvidada bajo un árbol.

Para mí el sol es muchas cosas
menos sol.
Ni tampoco un muerto o un fantasma
aunque eso parezca este sol de diciembre.

En ocasiones me gustaría decir sol
en lugar de tarde:
-llegas demasiado sol esta mañana, por ejemplo.
Sólo por llevarles la contraria.

Pero hoy
el sol se ha hecho pasar por una nube
todo el día; porque así es febrero,

y porque el sol puede suplir cualquier palabra
en un poema, en una ciudad,
o en el corazón de un hombre abandonado.

A. E. Quintero

Nada bueno…

Nada bueno me ha traído
ser paciente,
ceder el paso,
no engancharme en las cosas
que la lluvia pelea,
que la noche discute.

Nada bueno me ha traído no engancharme.
Creer que el verde, el blanco
y el rojo
me darían empleo y un seguro para gastos médicos
por si se necesitara (¡toco madera!).

De niño siempre quise crecer
para comprarle a mi madre un collar de perlas o brillantes
y pagarle con algo
el que me quisiera tantos años.
Pero el tiempo y el dinero
caminan por patios diferentes, se asoman
a balcones distintos, juegan en jardines separados,
se desconocen
siempre, o casi siempre.

Y uno termina por entender
que la paciencia
es cosa de arañas y de santos.

A. E. Quintero

Y qué

¿Y qué si el chico
ocupa la moneda para droga?
¿Y qué
si la emplea para comprar un cigarro suelto
o para estopa?
¿A ti, qué? ¿En qué te ensucian sus versiones de irse,
sus maneras de evitarse,
el transporte colectivo
en el que sueña no estar rumbo a su cuarto de cemento?
¿A ti qué
si ocupa esa moneda para no ver a su padre
cuando llega a verlo?
Si la gasta en comprarse
invisibilidad o se emborracha
antes, ¿a ti qué?
¿Le vas a dar trabajo?
¿Le vas a borrar de los ojos los ojos de su madre?
¿Le vas a cambiar los huesos
para que duerma más cómodo en las calles?
¿O sólo le vas a hablar de la multiplicación de los panes,
y las ventajas de llevar una cruz al cuello?
¿Tú cómo te evitas? ¿Cómo evades tanta conciencia?
¡Coño, dale la moneda y ya!

A. E. Quintero

No sé cómo salir de ti

No sé cómo salir de ti,
de la interminable oración oscura que eres,
de la noche que eres para el cuerpo,
de las ganas y el atragantamiento de llorar
que eres.
No sé cómo salir.
Hasta caminar el mundo
me encierra.
Hasta tomar un café o sentarme
me encierra,
me atrapa contigo en esa jaula para animales solos y maltratados.
Porque estoy separado de mi cuerpo
desde aquel día.
Porque estoy solo de semanas rodeándome,
de futuro enorme,
de presente y cosas mudas.
Y no sé salir de ti. Y no sé querer olvidarte.
No sé convencer a mis manos
de tu partida, del pequeño abandono en el que mis días
van descubriendo nuevos recuerdos,
nuevas trampas para descubrirme pensándote.
De la noche a la mañana
cambió tu manera de mirarme.
De la noche a la mañana
este sol nuestro
se quedó niño solo en mis manos solas.
El riesgo de amar
es perderse por mucho tiempo.
Quedarse sin nuestra forma de ser preferida.
Sin lo mejorado que somos.
El riesgo de amar
siempre le traerá al alma años de mala suerte:
un cuerpo sin alma
caminando entre un tumulto de parejas de la mano.
El riesgo
es quedarse atorado,
porque del amor
uno nunca regresa a tiempo ni regresa limpio.

A. E. Quintero

Debería…

Debería de haber un grupo de apoyo
para los que no nos tenemos a nosotros mismos;
para quienes no contamos sillas
sino vacíos,
para los que nos enamoramos de una puerta
o amamos una ventana.
Un grupo de apoyo para los solteros de cuerpo completo,
para los desquiciados de manos
y pies sin rumbo,
para los sin amigos y sin ropa fija.
Para aquellos a los que la casa
no les cabe en todo el cuerpo.
Un grupo que apoye a los adoptados por un amor fantasma.
A los adeptos del miedo y de una calle a solas.
Porque algunos pocos
sabemos que en el fondo castigado del clóset
está dios con una varita golpeándose los dedos;
y hay un sueño que nunca
se dice en alto.
Debería de haber un grupo de apoyo
para quienes no entendemos nada, para los que soñar
es un vicio a oscuras;
para aquellos cuya fantasía les alcanza los muslos
como quien camina por la playa pensando en ahogarse.
Un grupo de apoyo
para los que nunca se suicidan;
para quienes les da igual 20 cigarros o 20 abandonos.
Para los que tenemos tres dioses metidos en el zapato
y les rezamos
antes de salir de casa.
Porque quiero suponer
que no soy el último de mi especie;
y que la soledad no es un acto contagioso
ni un niño jugando a morir.
Porque quiero pensar en la vida
como una mujer piensa en la comida que hará mañana
para no repetirse.
En la vida
como en una libreta donde se llevan las cuentas y los gastos,
y una lista de las cosas que deben escribirse para no olvidar a nadie.
Porque quisiera creer
que no soy el único que vive huyendo,
y que la felicidad
es una palabra posible.

A. E. Quintero