No obedezco…

No obedezco los mandamientos, no recibí la comunión.
– Mientras no se cante por mí una letanía, –
seguiré pecando – como peco – como pecaba: ¡con pasión!
¡Con los cinco sentidos – que Dios me dio!

¡Amigos! ¡Cómplices! ¡Ustedes, cuyas instigaciones queman!
– ¡Ustedes, secuaces! – ¡Y ustedes, tiernos maestros!
Jóvenes, vírgenes, árboles, constelaciones, nubes, –
ante Dios, en el Juicio final, ¡responderemos juntos, toda la Tierra!

Marina Stvietáieva

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Me gusta que usted, no esté enfermo por mí
y que yo tampoco me enferme por usted,
que nunca el pesado globo de la tierra
se escurra bajo nuestros pies.
Me gusta que pueda ser ridícula, perversa
y buscar palabras adecuadas
y no ponerme roja con ola sofocante
si apenas nuestras mangas se rozaran.

Me gusta que delante de mí usted pueda abrazar
tranquilamente a otra mujer,
no me condena a arder en el infierno
por no besarlo a usted.
Y que mi cariñoso nombre, mi cariño
no recuerde ni en la noche ni en el día…
Que nunca sobre nosotros, en el silencio de la catedral,
cantarán el Aleluya.

Gracias a usted -con mi mano sobre el corazón-
que no sabe lo mucho que me ama:
por mis noches tranquilas,
por los encuentros de las crepusculares horas,
por nuestros no paseos bajo la luna,
por el sol que no existe encima de nosotros,
por el dolor que no siente, lamentablemente, usted por mí,
por el dolor que no siento, lamentablemente, por usted.

Marina Tsvietáieva