Génesis

No había ningún signo sobre la piel del tiempo.
Nada. Ni ese tapiz de invierno repentino que presagia las garras del relámpago quizás hasta mañana.
Tampoco·esos incendios desde siempre que anuncian una antorcha entre las aguas de todo el porvenir.
Ni siquiera el temblor de la advertencia bajo un soplo de abismo que desemboca en nunca o en ayer.
Nada. Ni tierra prometida.
Era sólo un desierto de cal viva tan blanca como negra, .
un ávido fantasma nacido de las piedras para roer el sueño milenario,
la caída hacia afuera que es el sueño con que sueñan las piedras.
Nadie. Sólo un eco de pasos sin nadie que se alejan
y un lecho ensimismado en marcha hacia el final.

Yo estaba allí tendida;
yo, con los ojos abiertos.
Tenía en cada mano una caverna para mirar a Dios,
y un reguero de hormigas iba desde su sombra hasta mi corazón y mi cabeza.

Y alguien rompió en lo alto esa tinaja gris donde subían a beber los recuerdos;
después rompió el prontuario de ciegos juramentos heridos a traición
y destrozó las tablas de la ley inscritas con la sangre coagulada de las historias muertas.
Alguien hizo una hoguera y arrojó uno por uno los fragmentos.
El cielo estaba ardiendo en la extinción de todos los infiernos
y en la tierra se borraban sus huellas y sus pruebas.
Yo estaba suspendida en algún tiempo de la expiación sagrada;
yo estaba en algún lado muy lúcido de Dios;
yo, con los ojos cerrados.

Entonces pronunciaron la palabra.

Hubo un clamor de verde paraíso que asciende desgarrando la raíz de la piedra,
y su proa celeste avanzó entre la luz y las tinieblas.
Abrieron las compuertas.
Un oleaje radiante colmó el cuenco de toda la esperanza aún deshabitada,
y las aguas tenían hacia arriba ese color de espejo en el que nadie se ha mirado jamás,
y hacia abajo un fulgor de gruta tormentosa que mira desde siempre por primera vez.
Descorrieron de pronto las mareas.
Detrás surgió una tierra para inscribir en fuego cada pisada del destino,
para envolver en hierba sedienta la caída y el reverso de cada nacimiento,
para encerrar de nuevo en cada corazón la almendra del misterio.
Levantaron los sellos.
La jaula del gran día abrió sus puertas al delirio del sol
con tal que todo nuevo cautiverio del tiempo fuera deslumbramiento en la mirada,
con tal que toda noche cayera con el velo de la revelación a los pies de la luna.
Sembraron en las aguas y en los vientos.
Y desde ese momento hubo una sola sombra sumergida en mil sombras,
un solo resplandor innominado en esa luz de escamas que ilumina hasta el fin la rampa de los sueños.
Y desde ese momento hubo un borde de plumas encendidas desde la más remota lejanía,
unas alas que vienen y se van en un vuelo de adiós a todos los adioses.
Infundieron un soplo en las entrañas de toda la extensión.
Fue un roce contra el último fondo de la sangre;
fue un estremecimiento de estambres en el vértigo del aire;
y el alma descendió al barro luminoso para colmar la forma semejante a su imagen,
y la carne se alzó como una cifra exacta,
como la diferencia prometida entre el principio y el final.

Entonces se cumplieron la tarde y la mañana
en el último día de los siglos.

Yo estaba frente a ti;
yo, con los ojos abiertos debajo de tus ojos
en el alba primera del olvido.

Olga Orozco

Las mujeres viejas

Las mujeres viejas son jóvenes
curadas ya del duelo
por aquellos que murieron
por aquellos que aún viven

Tan sólo ahora aprendieron ese modo de amar
que consiste en no pedir nada a cambio

Tan sólo ahora a través de la limpidez del mundo
han logrado ver que dolor y alegría son la misma cosa

Tan sólo ahora han llegado a ser criaturas
cuya fe está hecha de confianza y de deseo

Tan sólo ahora han sabido ser hermosas
con la belleza de una apagada estrella de tierra

Las mujeres viejas se miran en el espejo
Ésa no soy yo grito desde mi piel arrugada

Las mujeres viejas mueren
La verdadera juventud se encuentra al final del camino

Anna Kamienska

La cartomancia

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.
Tú sellaste las puertas con tu nombre inscrito en las cenizas de ayer y de mañana.
Pero alguien ha llegado.
Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos
donde ya no eres más que una bujía desgarrada,
una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,
por helechos.

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.
Siete respuestas tienes para siete preguntas.
Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:
a tu derecha el Ángel,
a tu izquierda el Demonio.

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte
con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?
¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?
Las Estrellas alumbran el cielo del enigma.
Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara
porque su luz es de otro reino.
Y aún no es hora. Y habrá tiempo.

Vale más descifrar el nombre de quien entra.
Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.
Es el huésped de siempre.
Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.
No preguntes quién es. Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:
un poema en que todo fuera ese todo y tú
-algo más que ese todo-.
Pero nada ha llegado.
Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.
Y acaso sea tarde.

Veamos quién se sienta.
La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana
tiene por corazón la mariposa negra.
Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.
Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,
donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida
en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.
Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

Cuídate del amor que es quien se queda.
Para hoy, para mañana, para después de mañana.
Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.
Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.
Pero jamás conocerás la paz,
porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.
No dormirás del lado de la dicha,
porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

¿Quieres saber quién te ama?
El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.
Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.
Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.
Vino para aprender los. caballos, los árboles, las piedras,
y se quedó llorando sobre cada vergüenza.
Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la Torre que lo encierra:
una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.
En tanto el Carro aguarda la señal de partir:
la aparición del día vestido de Ermitaño.
Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.
Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,
ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,
y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos que se hunden sin salvación y sin consuelo.

Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,
porque voy a mostrarte quién te odia.
¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?
¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?
Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,
la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,
la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,
la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.
No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma,
pues su poder no es otro que el ser otra que tú.
Tal es su sortilegio.
Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,
y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,
hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,
que su triunfo no es triunfo
sino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,
un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.
Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.
No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.
No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,
porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.
Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer
y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos
con espadas, con oros y con bastos.
Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.
Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.
La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.
Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.

He aquí que los Reyes han llegado.
Vienen para cumplir la profecía.
Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte
hasta que cese de girar la Rueda del Destino.

Olga Orozco

Las muertes

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria u oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz ni los infames lechos vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera. ·
Ésa y no cualquier otra.
Ésa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.

Olga Orozco

Buenos días, tristeza

A veces llega la tristeza.
Trae las alas suaves de conformidades,
los ojos bajos y la piel desnuda,
y parece tan fácil entregarse,
despojarse, poner bajo sus plantas
el reino, los poderes y las armas,
el amor sobre todo, y esos últimos
retales que nos quedan de alegría.
A veces gana la tristeza; entonces,
qué lujo de matices su victoria,
qué fasto de sus grises y sus pardos
ocupándolo todo.
Buenos días,
-he de decir-, tristeza, aquí me tienes.

Josefa Parra

Mutaciones de la realidad

Rosa oh pura contradicción,
voluptuosidad de no ser el sueño
de nadie bajo tantos párpados
Rainer María Rilke

¿De modo que la piedra húmeda no contiene agua
y el reflejo en el vidrio no traslada la escena al medio del jardín?,
¿que mi sombra no me precede ni me sigue sino que testimonia por la luz
y un hueso fosforescente no anda en busca de cenizas dispersas
para la fiesta de la resurrección?

Es posible, como todo prodigio al que deshojan las manos de la ley.

No niego la realidad sin más alcances y con menos fisuras
que una coraza férrea ciñendo las evaporaciones del sueño y de la noche
o una gota de lacre sellando la visión de abismos y paraísos que se entreabren
como un panel secreto
por obra de un error o de un conjuro.

Pero es sólo un deseo sedentario, como fijar la luna en cada puerta;
nada más que un intento de hacer retroceder esas vagas fronteras que cambian de lugar
-¿hacia dónde? ¿hacia cuándo?-
o emigran para siempre aspiradas de pronto por la fuga de la revelación impenetrable.

Sé que de todos modos la realidad es errante,
tan sospechosa y tan ambigua como mi propia anatomía.

Digo que también ella ha llegado hasta aquí a través de otro salto feroz en las tinieblas,
y guarda, como yo,
nostalgias y temores de faunas y de floras
como aquellas que trasplantó Hieronymus Bosch desde los depósitos del caos,
adherencias de nubes sobre las cicatrices de las mutilaciones,
vértigos semejantes a un éxodo de estrellas
y raíces tan hondas que sacuden a veces los pilares de este aparente suelo
y atruenan, con su ronco reclamo de otro mundo.

Cautiva, como yo, con las constelaciones y la hormiga,
quizás en una esfera de cristal que atraviesan las almas,
la he visto reducirse hasta tomar la forma del ínfimo Jonás dentro de la ballena
o expandirse sin fin hacia la piel exhalando en un chorro de vapor todo el cielo:
el insoluble polizón a tientas en la sentina de lo desconocido
o la envolvente bestia a punto de estallar contra las alambradas de los limbos.
Y ni en la puerta exigua ni en la desmesurada estaba la salida.

Guardiana, como yo, de una máscara indescifrable del destino,
se viste de hechicera y transforma de un soplo las aves centellantes en legiones de ratas,
o pone a evaporar en sus marmitas todo el vino de ayer y el de mañana
hasta que sólo quedan en el fondo esas ásperas borras que acrecientan la sed ·
con su sabor de nunca o de nostalgia,
o se convierte en reina y se prueba los trajes de la belleza inalcanzable,
las felpas tachonadas de la lejanía,
que son vendas de olvido,
jirones de mendiga cuando pega su frente a mi ventana,
o desnudez de avara cuando vuelca en mis arcas sus tesoros roídos por la lepra.
Y nunca entenderemos cuál es nuestro verdadero papel en esta historia.

Ajena, como yo, a los desordenados lazos que nos unen
y que ciñen mi cuello con los nudos de la rebeldía, la desconfianza y la extrañeza,
a veces me contempla tan absorta como si no nos conociéramos
y desplaza su alfombra debajo de mis pies hasta que pierdo de vista su aleteo,
cuando no se me acerca con un aire asesino y me acorrala contra mis precipicios
para desvalijarme con sus manos de asfixia y de insanía;
¿y acaso no simula de repente distintas apariencias entre dos parpadeos?,
¿no me tiñe de luto las paredes?,
¿no cambia de lugar objetos y tormentas y arboledas, sólo para perderme?
Y apenas si hay momentos de paz entre nosotras.

Precaria, como yo,
aquí, donde somos apenas unos pálidos calcos de la ausencia;
se desdobla en regiones que copian los incendios del recuerdo perdido,
abre fisuras en las superficies como tajos de ciega pára extraer el porvenir,
olfatea con sus perros hambrientos cada presagio que huye con la muerte
y persigue de mutación en mutación vislumbres que se trizan en alucinaciones.
Y no consigue.asir más que fantasmas de la desconocida imagen que refleja.
No, tampoco tú,
aunque niegues tu empeño entre fulgores y lo sepultes entre escombros;
aunque traces tus límites acatando el cuchillo de la pequeña ley;
por más que te deshojes para demostrar
que la rosa de Rilke no encierra ningún sueño bajo tantos párpados.

Olga Orozco

Soledad y el mar

En el canto de las olas
encontré un rubor de luz
por un canto de gaviotas
supe que allí estabas tú

Despidiendo últimamente todo lo que sucedió
hoy saludo mi presente y gusto de este dulce adiós

Voy a navegar en tu puerto azul
quisiera saber de dónde vienes tú
vamos a dejar que el tiempo pare
ver nuestros recuerdos en los mares
y esta soledad tan profunda

Que en el canto de las olas me quisiera sumergir
embriagándome en su aroma algo nuevo descubrí

Voy a navegar en tu puerto azul
quisiera saber de dónde vienes tú
vamos a dejar que el tiempo pare
ver nuestros recuerdos en los mares
y esta soledad tan profunda

Que me cante el mar
un bolero de soledad
que me cante el mar
que ando sola con soledad

Que me cante el mar
un bolero de soledad
que me cante el mar
que ando sola con soledad

Soledad y el mar

Natalia Lafourcade

Una flor naciente entre las ruinas
me hizo preguntarme:
¿Por qué los hombres dicen que en medio de tanta desolación
ninguna flor puede crecer?
Los muros de la pequeña casa estaban rotos,
el tejado se había derruido.
Llegó a ser el lugar de residencia
de feroces vientos y nieve invernal.
Los vientos indomables habían echado a perder
el querido confort de este hogar, alguna vez amado.
Y habían traspasado a los transeúntes
con un lamento melancólico.
Las cortinas, tan amorosamente bordadas y cosidas
por suaves manos de mujeres,
colgaban harapientas como trozos de conchas desgarradas
sobre la desolación de la ciudad.
En medio de un montón de piedras y guijarros
brotó la hermosa flor.
Y esa flor llenó todos mis pensamientos
con una cuestión crucial.
Me pregunté: ¿qué jardinero te plantó y nutrió
aquí, delicada flor?
Cuéntame tu historia, el cuento persa de tu vida,
y te escucharé.
Quizás, a pesar de que este lugar no vibre más
con la canción del ruiseñor,
abandonada por pájaros, ¿aun así fuiste llamada
a ser
por el primer hálito de la primavera?
“Soy la voz de la Tierra”,
contestó la flor con lengua humana.
“Soy esa Vida más Grande
que siempre debe triunfar sobre la Muerte”.

Nigar Rafibeyli

Si algún día te marchas

El que lleva la cuenta de los amaneceres

me interpretó las palabras del universo:

Si algún día te alejas,

recuerda poner en tu morral de ixtle,

un rayito de la luz de mis ojos

para que ilumine tu camino

y no te pierdas entre las tramposas flores,

espinas revestidas con el follaje de la delicia.

Llévate la ternura de mi corazón,

su aroma te guiará por el sendero de la vida

para que el bejuco del olvido no enrede tus pies

y te impida dar el paso del retorno.

Si un día te marchas, y no extravías tus raíces,

por donde pases y te adentres.

No tendrás tropiezos, ni te desviarás del camino,

mirarás y encontrarás prosperidad,

a tu retorno, recibirás la cascada de mi cariño.

 

Rosario Patricio

Litología

Arrojaría la primera piedra
si tan sólo supiera
contra qué
contra quién
Pero callo
obedezco
gasto mis días
pongo
hasta el cansancio piedra sobre piedra
Repito:
sobre esta piedra inventaré mi vida
Repito:
sola piedra de escándalo la muerte
Y oigo la piedra de moler del tiempo
que adelanta noticias de mi polvo
Hasta las piedras saben esa historia:
que no quedará piedra sobre piedra

En vano
piedra infernal
el pensamiento quema
No habrá
nunca piedra de toque:
quedaré muerte afuera vida afuera
piedra oscilante
entre luces y sombras de sí misma
Me parece
haber leído ya esta biografía:
si la piedra angular del edificio alma
su vocación pública de piedra meteórica
y alza el sueño ingastable
tu cuerpo
piedra franca
mina el tiempo
y a contramuerte lascas vas perdiendo
Entre el alma durísima
y el blanco cuerpo guarda mientras puedas
el corazón piedra preciosa
y los mejores días pasados hace tiempo
y empedrados de malas intenciones
como todo perdido paraíso
yesterday
vie en rose
Entre la vida y tú
la cortina de piedra
y no hay sésamo ábrete que valga
Quedarán para siempre de aquel lado
el amor como algo perdido de antemano
la mano que juraba no soltarte la mano
el gran paracaídas de esperanza
y todo cotidiano deus ex machina
la vida rota y sin usar
la fórmula
secreta del deseo
la alegría
de roja mermelada
Y torcerás pañuelos ya sobresaturados
repasando a escondidas
los como-para-siempre del pasado
Rómpete los nudillos contra la piedra dura
El cuento ha terminado

Sólo hay recuerdos de mellado filo
todas las piedras de afilar gastadas
y goteando luto las yesqueras
y divorciados
el pedernal y el eslabón
Y dónde
podrías encerrarte a piedra y lodo
que no llegara ella
la que tira la piedra
la que esconde la mano

Ulalume González de León

Espejismo

Tú eres un espejismo en mi vía.
Tú eres una mentira de agua
y sombra en el desierto. Te miran
mis ojos y no creen en ti.
No estás en mi horizonte, no brillas
aunque brilles con una luz de agua…
¡No amarras aunque amarres la vida!…
No llegas aunque llegues, no besas
aunque beses… Reflejo, mentira
de agua tus ojos. Ciudad
de plata que me miente el prisma,
tus ojos… El verde que no existe,
la frescura de ninguna brisa,
la palabra de fuego que nadie
escribió sobre el muro… ¡Yo misma
proyectada en la noche por mi
ensueño, eso tú eres!… No brillas
aunque brilles… No besa tu beso…
¡Quien te amó sólo amaba cenizas!…

Dulce María Loynaz

En tu inmensa pupila

Me reconoces, noche,
me palpas, me recuentas,
no como avara sino como una falsa ciega,
o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadera.
Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,
sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo
y perder la cabeza en cada nube y a cada paso ti suelo debajo de los pies. ·
¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida,
esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano,
la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor?
Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas
para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños,
y fue a expensas del día que confundí en tu boba la blancura y la nieve, los lobos y las sombras.
Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol.
Ahora me has marcado con tu alfabeto negro.
Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,
de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo y alzan vuelo y no vuelven
cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía.
Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas.
Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular,
como una contemplación vuelta hacia adentro,
donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso
y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias.
Tú me vigilas desde todas partes,
descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra;
me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo,
mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida,
o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas.
Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable,
probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza,
la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno,
visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo,
hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros.
Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos.
No te reclamo una lección de luz,
como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño.
¿O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas?
¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aun a pleno sol!
Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque,
noche alfombrada, noche sigilosa,
que aprenda yo lo que quieres decir, lo que susurra el viento,
y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.

Olga Orozco

Carta a una suicida

Todo lo perdido
nuestro para siempre,
a prueba de vida,
a prueba de muerte.

Hoy soñé que ayer
era diferente
y me desperté
para no perderte.

Hoy soñé que era
lo mismo mañana:
por tenerte siempre
me morí en la cama.

Ulalume González de León

En una misma tierra

a Mauro Martini

Si escribí es por preocupación
porque estaba preocupada por la vida
por los seres felices
apretados en la sombra de la tarde
por la tarde que de golpe caía sobre las nucas.
Escribía por la piedad de la oscuridad
por cada criatura que retrocede
con la espalda presionada contra un barandal
por la espera marina —sin grito— infinita.
Escribe, me digo a mí misma
y escribo para avanzar más sola en el enigma
porque los ojos me alarman
y es mío el silencio de los pasos, mía la luz desierta
—del páramo—
sobre la tierra de la avenida.
Escribe porque ninguna cosa es defendida y la palabra bosque
tiembla más frágil que el bosque, sin ramas ni pájaros
porque sólo el coraje puede cavar
en lo alto la paciencia
hasta quitar peso
al peso negro del prado.

Antonella Anedda

La colina

He llegado tan lejos sólo con mis piernas,
Perdiendo autobuses, perdiendo taxis,
Y siempre subiendo. Un pie delante del otro,
Así es como lo hago.

No me importa cómo la colina continúa.
Hierba junto al camino, un árbol agitando
Sus hojas negras. ¿qué más da?
Cuanto más camino, más lejos estoy de todo.

Un pie delante del otro. Las horas pasan.
Un pie delante del otro. Los años pasan.
Los colores de la llegada se apagan.
Así es como lo hago.

Mark Strand

Allí estoy, proyectada en la luna
de mi cuenta hacia atrás:
pero ya no soy yo o yo no soy ahora.
Soy una extraña mía con una risa intacta,
con una piel intacta. Confiadamente nueva
y pisando los pecados capitales.

Y allí me dejo hoy. Me dejo.
Me hago peregrina de mi acervo interior
y me recorro, me hurgo y aprendo a conocerme,
a sacarme a la luz.

Y bajo la renuncia diaria y las claudicaciones
me he dado muerte pero me he nacido.

Rosa Díaz 

Y aún así, me levanto

De las barracas de la vergüenza de la historia,
yo me levanto.
Desde el pasado enraizado en dolor,
yo me levanto.
Soy un océano negro, amplio e inquieto,
manando,
me extiendo, sobre la marea,
dejando atrás noches de temor, de terror.
Me levanto,
a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos, legados por mis ancestros.
Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.

Maya Angelou

VI

Súrgeme
abundante como el tiempo

déjame darte a luz
para agasajar alegrías

Cúbreme con tu manojo de limos
sugiéreme crisálida

Créceme
de hilos plateados

Precísame
para subyugar tu exacto sentido
de lo hermoso

Armonízame
partitura de tus voces

Evócame
diluviando tus cortezas

no me exiles de la mágica índole
de tus raíces

Tócame
a vuelo de campanas
espárceme miga cuando los ancianos
descansan su vejez en las palomas

Recógeme
caracol de hierbas
ola de cristales para tu ascendencia
de espuma

Constélame
cuando broten noche las estrellas

no me liberes
poseyéndome silencio

Si has de irte
déjame íntima
no me impulses cuando hagan ruido
las aves grises de tu otoño

Espáciame de ti
agótame tus procedencias
déjame latir a solas
aunque transcurran mis edades
cumpliéndose en tu crecimiento.

Leonor Garnier Castro

Little Girl Blue

Sit there, hmm, count your fingers.
What else, what else can you do?
Honey, I know how you feel,
I know you feel that you’re through.
Oh wah wah ah sit there, hmm, count,
Ah, count your little fingers,
My unhappy oh little girl, little girl blue, yeah.

Oh sit there, oh count those raindrops
Don’t you feel ‘em falling down? Oh honey, all around you.
Don’t you know it’s time,
I feel it’s time,
Somebody told you ‘cause you got to know
That all you ever gonna have to count on
Or gonna wanna lean on
It’s gonna feel just like those raindrops do
When they’re falling down, honey, all around you.
Oh, I know you’re unhappy.

Oh sit there, ah go on, go on
And count your fingers.
I know what else, what else
Honey have you got to do.
And I know how you feel,
And I know you ain’t got no reason to go on
And I know you feel that you must be through.
Oh honey, go on and sit right back down,
I want you to count, oh count your fingers,
Ah my unhappy, my unlucky
And my little, oh, girl blue.
I know you’re unhappy,
Ooh ah, honey I know,
Baby I know just how you feel.

Janis Joplin

Con esta boca, en este mundo

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo, con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco de 1 sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

Olga Orozco

Love me tender

Lo que hasta este momento fue una flor
comienza a ser una cereza. Lo que hasta ahora
fue la palabra cereza, cae de la página y se convierte
en un fruto que rueda y se detiene
en los labios de los amantes. En secreto
lo muerden. En silencio arrasan los relojes

hasta la próxima estación.

Horacio Fiebelkorn

Frío como el infierno

Roma, 1995

Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
…………………….Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
…………………….lo mismo
que un oso en una jaula;
………………………………….. marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.

Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;
miro la calle;
…………………….pienso en Pasolini;
cojes una naranja con mi mano.

Y esto es Roma.
………………………..La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.

Y tú no estás.
…………………….Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
…………………………leo a Ungaretti,
…………………………………………………..pienso:
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.
Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma
ni ninguna otra parte.
…………………………………Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
…………………………………….de repente
alargas una mano,
…………………………..buscas una manzana
que está en el otro lado de la mujer dormida…

Mientras,
………………yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caza lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.

Benjamín Prado

If I had know

If I had known what I know now,
I wouldn’t have been silent,
If I had known the counting clock,
I’d have asked more questions,
If I had known I’d lose your face,
I’d have taken more pictures,
If I had known the little left,
I’d never have let you go,
If I had known what I know now,
Would it really be any different?

Marie Curran

No quisiera que lloviera…

No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.

Cristina Peri Rossi

Anotaciones para una autobiografía

Con sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos.

Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido.

Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañé varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera en singular.

En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aun aspirándolo desde el
porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás a la verdadera maestría junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento.

Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo en el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel.¡Ay, el papel! “blanca mujer que lee en el pensamiento” sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice “fin”! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota.

En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomnes, definitivos. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerrada de una supuesta y anónima eternidad.

No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides.

¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso.

Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder?

Olga Orozco

Mi casa y mi palabra

La casa no tiene ni paredes
ni puertas,
pero es mi casa,
como mi caballo sin cascos,
mi caballo sin silla,
como mis sueños agrestes
y la palabra al aire, volandera,
como esta garganta de nardos,
mi garganta.
Me monto sobre el alba
y descuartizo a las rosas en la nada.
Mi rosa no tiene pétalos,
sólo espinas
pero es mi rosa.
Mi palabra es áspera
y montaraz
yo no tengo requiebros para nadie,
puedo regocijarme con las rosas
monto mis sueños y mi caballo.
Vivo en mi casa
y hablo con mi palabra.

Isabel de los Ángeles Ruano

Balada del mal amor

Qué lástima, muchacha,
que no te pueda amar…
Yo soy árbol seco que sólo espera el hacha,
y tú un arroyo alegre que sueña con el mar.
Yo eché mi red al río…
Se me rompió la red…
No unas tu vaso lleno con mi vaso vacío,
pues si bebo en tu vaso voy a sentir más sed.
Se besa por el beso,
por amar el amor…
Ese es tu amor de ahora, pero el amor no es eso;
pues sólo nace el fruto cuando muere la flor.
Amar es tan sencillo,
tan sin saber por qué…
Pero así como pierde la moneda su brillo,
el alma, poco a poco, va perdiendo su fe.
¡Qué lástima, muchacha,
que no te pueda amar!…
Hay velas que se rompen a la primera racha,
¡y hay tantas velas rotas en el fondo del mar!
Pero aunque toda herida
deja una cicatriz,
no importa la hoja seca de una rama florida,
si el dolor de esa hoja no llega a la raíz.
La vida llama o nieva,
es un molino que
va moliendo en sus aspas el viento que lo mueve,
triturando el recuerdo de lo que ya se fue…
Ya lo mío fue mío
y ahora voy al azar…
Si una rosa es más bella mojada de rocío,
el golpe de la lluvia la puede deshojar…
Tuve un amor cobarde.
Lo tuve y lo perdí…
Para tu amor temprano ya es demasiado tarde,
porque en mi alma anochece lo que amanece en ti.
El viento hincha la vela, pero la deshilacha,
y el agua de los ríos se hace amarga en el mar…
¡Qué lástima muchacha,
que no te pueda amar!

José Ángel Buesa

Cuestión bizantina

La playa ¿es orilla
de la mar o de la tierra?
Conseja bizantina.
La orilla del bosque
¿es su límite o del llano borde?
¿Qué frontera separa
lo tuyo de lo mío?
¿Quién acota la vida?
¿Vives hoy o mañana?
Raíz, tallo, flor y fruto
¿dónde empiezan y acaban?
El mantillo
¿es orillo
del ramaje muerto,
del renuevo
o del retorcido
helecho nuevo?
Cuestión bizantina.
Importa la orilla,
dormir limpio en ella.
(No somos tú y yo,
sino el hilo impalpable
que va de tu presencia
a la mía.)
Límites y fronteras
se agostarán un día.
Sin orillo ni orilla
¿qué más da de quién sean
los cachones, la arena?
La playa es orilla
de la mar y de la tierra,
nunca frontera:
Nada separa,
Nada se para.
Palabra.

Max Aub

Haft Seen

If it weren’t for the clouds,
I could
pick the stars
one by one
from this brief sky,
hang them
in your ever ruffled hair
and hear
you saying:

‘I’m like a silk rug –
the older it gets,
the lovelier it grows,
even if
two or three naughty kids
did pee on it.’

Am I finally here?

Then let me spread
the Haft Seen tablecloth
in the middle of Dam Platz.

Even if it rains,
The Unknown Soldier
and a flock of pigeons
will be my guests.

Shakila Azizzada

Sabes mi corazón como un camino
que hayas cruzado una y cien mil veces,
como el oficiador sabe sus preces.
Haces costumbre del Amor mi trino.

Te sabes de memoria mi destino,
y en su tierra te hundes o te creces,
cosa que no has ganado ni mereces
pero que quiero darte como un vino.

Sabes tanto que sabes que no puedo
llegarme a otra fuente que tu boca
y que no tengo libre la mirada.

Sabes que te prefiero y que concedo
todo lo que tu dulce mano invoca.
Que en ti está todo, y lo demás es nada.

Pilar Paz Pasamar

El cerco de tamariscos

Una llave abre un panel del muro. Es la misma llave que abre de par en par las puertas del insomnio, y entonces aparecen lejanas ciudades, viajeros desconocidos, carruajes, epidemias y naufragios que invaden el recinto donde estoy. Pero quienes me visitan con mayor frecuencia son personas y mapas que se asemejan a un trozo de mi destino.

Ahora se cuela el viento por una gran rendija de este apostadero. Ahora entra la desolación en forma de llanura, replegando su árida piel como una bestia que debe calcular las extensiones para acomodarse mejor. Porque yo he crecido, pero ella ha crecido conmigo, día tras día, a costa de mis huesos, a expensas de las paredes del presente. Nunca fue relegada, entre los trastos, al último rincón. Nunca le fue negado su más tierno holocausto: el jardín sombreado con hierbas húmedas, el cerco de tamariscos cerrado para siempre alrededor de una fortaleza derruida, disputada palmo a palmo por la ortiga y el alacrán; la única nevada y su torcaza de humo susurrando el perdón a las alturas; los santos de la abuela en su caja de cristales azules; la bóveda de mis hermanas, donde zumban las abejas en un doble arco iris de dulzura y paciencia. Insaciable, inextinguible la llanura. Ella me acunó en cambio con terrores, misterios y leyendas y me dejó una sed cuya medida es mayor que la copa que pudiera colmar toda esa lejanía.

Una mano de arena acaricia lentamente esa distancia sin fin hasta mi almohada. Una mano empalidecida por la media luna muerta en el regazo de los médanos, siempre dispuestos a cambiar de lugar. Si lloviera, cada gota sería devorada con avidez, correría hacia algún depósito subterráneo donde yacen mis talismanes hechos de piedrecitas, de huesos de pájaro, de semillas, en los que hay grabadas cifras enigmáticas que trato de interpretar con mi biografía. ¡Qué tesoro incalculable para los arqueólogos del porvenir!

Pero no llueve. No pasa Santa Rosa con su gran nube de elegida flotando sobre la frente, ni Santa Bárbara arroja las centellas y los rayos en el aljibe. Tampoco septiembre arrastra su capa de mariposas amarillas ni noviembre nos cubre con su sombrío manto de langostas hasta la sofocación.

Sólo el viento, el dios alucinado que entreteje sus coronas con ramas herrumbradas y con hojas sedientas, avanza con su cortejo de sobrevivientes entre los matorrales. Es un dios excesivo, del que ni siquiera se reniega. Lo he visto arrastrando fatales migraciones, colonias enteras que parecían representar la caída, no hacia abajo, sino hacia el este. Los rostros de esa gente estaban labrados en un material de resistencia obstinada, y su expresión y hasta sus ropas tenían un aspecto definitivo, como si fueran pasajeros dispuestos a permanecer durante años en una sala de espera hasta oír el llamado de un tren que los depositaría, sin duda, en otra sala exactamente igual. Veo el reguero de carros por el camino, con paraguas inútiles, palanganas azules y roperos cuyos espejos arrojan un resplandor de adiós, un relampagueo desesperado sobre las paredes de las casas que aún no tienen vecinos. Les arrojo girasoles cuando pasan, y los miro, los miro mientras desaparecen por el ojo de la aguja, del lado del revés.

En este otro costado todavía es la hora de la siesta y hay que bajar del árbol de la fruta verde, del árbol del conocimiento donde estamos escondidos como los animalitos de las tapicerías, y huir de la Solapa, la cruel mujer del Sol, que se viste de iguana y sale a perseguir a los niños vagabundos, a los niñosminsomnes. Si los atrapa los convierte en enanos con enormes sombreros de paja y trajes de harapienta vegetación. Al hijo de la Lora, la mendiga de la cueva, le permitió crecer, pero lo guardó en un estuche de bicho canasto. La Lora plañe de puerta en puerta: “¡Moneda grande para la Lora!”, y se refugia en su madriguera, debajo de la tierra, con paso de comadreja. Sospecho que comparte su vivienda con la Solapa. Tienen sombreros iguales.

Nuestra asociación de espías lo averiguará algún día. Mi chapa de espía dice “DTG”, que significa Dios Te Guarde, y mi grado es sólo 4. Los otros chicos son mayores y tienen otra categoría. Algunos no temen inspeccionar cualquier cosa y a cualquier hora. Ni siquiera a la muerte, que puede caer a medianoche desde un tren en marcha y perseguir a quien la vio. Sí, como los cardos rusos, esas moles errantes que crecen a medida que ruedan hasta formar el áspero fantasma que devora una a una las hogueras del atardecer, que devora la tormenta y a mí con el abuelo Damián sobre el caballo en la noche de toda la penuria, cuando regresamos de Telén y mi hermano Alejandro ya no está, y en su lugar todo es sollozo y hielo que se quiebra entre los trapos negros, y ese es un precipicio que no me han dejado atravesar con los demás desde la misma casa.

La veo. Veo la casa que siempre por las noches comienza a andar, lenta y majestuosa, arrastrando el jardín, las quintas y el molino, trasladando a los moradores que han conquistado con mi sangre el billete para viajar. Mamá, papá, la abuela, tía Adelaida, Alejandro y mis hermanas —Laura y María de las Nieves— juegan a ser los pasajeros de la eternidad, cada uno en su silla de oro, cada uno en su papel marcado por la providencia, por el poder, por la misericordia, por el aturdimiento, por la ausencia, por la complicidad, por la aventura.

Se bambolea la casa, oscila, se inclina, ya escorada, como si quisiera arrojar a todos los viajeros, con muebles y baúles, por la borda. No temo, porque de mí depende. Fui la última en llegar y me quedaré para apagar las lámparas cuando no quede nadie, cuando todos sean como el rey y las reinas en las barajas de sacar solitarios.

Aun después, esta casa errante, con la que siempre tropiezo en todas partes, seguirá apareciendo, convocada por cada verano, por cada luna llena, porque la soledad es memoriosa y clama por aparecidos y desaparecidos y los hace visibles. La soledad es prolija y exhibe sus pertenencias bajo el sol de la total oscuridad. Se detiene en un hombre, en una rueda, en una sombra, en unos huesos que encenderán sus luces buenas en la noche, y los aisla y los muestra y los levanta hasta el cielo como a ángeles de su propia anunciación. La soledad de la llanura está situada en el centro del mundo. Se ve desde todas partes.

Allí se alza ahora la criatura que fui, esa que se probaba entre otras máscaras el rostro que ahora tengo. Ella no me ha podido legar todas sus posesiones. Muchas luciérnagas se han apagado, muchos trozos de escarcha de aquellos que envolvían los racimos de flores en el amanecer se han disuelto en un agua en la que ya no puedo contemplarme. Pero los emisarios celestiales, esos que componían su lenguaje con signos extraídos del misterio, extraídos de la nostalgia de otro paraíso, depositan en medio de este cuarto un arcón en llamas donde yace intacto el cadáver de la inocencia.

Adelante, guardianes. Encarnación, la hechicera blanca con manos de gallina y medias de lana azul, encarnada en el águila de los conjuros, vuelca sobre un trozo de mármol las vetas de mi fiebre y detiene a la muerte. La Reina Genoveva viene descalza, envuelta en jirones de sedas y de encajes, con un collar de abalorios que se alarga de pueblo en pueblo y un abanico que no abre porque está cubierto de firmas que testimonian su locura. Sopla sobre mis ojos para que nunca llore. Nanni, el cantor frustrado, con guantes blancos y levita raída verde rata, verde último color, traza con una cuchara el círculo que lo separa de la tierra y sube con sus gorriones las escaleras del granero que conducen al Juicio Final. Los tres tienen un ala en mitad de la espalda, un ala quebradiza que se disgrega en polvo. Cae sobre mi rostro en un remolino lento que me aspira hacia arriba, desde allá, desde siempre, donde la oscuridad es otro sol, y me trae hasta acá, hasta ahora, donde también la luz es un abismo.

La Reina Genoveva sopló sobre mis ojos para que no llorara. “No llores, nunca llores, Josefina”, dijo. La Reina Genoveva me ha mentido.

Olga Orozco

Ahora que el tiempo parece todo mío
y nadie me llama para la comida o para la cena,
ahora que puedo quedarme a mirar
cómo se derrite una nube y cómo se decolora,
cómo camina un gato por el techo
en el lujo inmenso de una exploración, ahora
que cada día me espera
la ilimitada duración de una noche
donde no hay llamada y no hay más razones
para desnudarse de prisa y descansar dentro
de la cegadora dulzura de un cuerpo que me espera,
ahora que la mañana no tiene nunca principio
y silenciosa me deja con mis proyectos
con todas las cadencias de la voz, ahora
quisiera repentinamente la prisión.

Patrizia Cavalli

where the lost things go

we sat upon a golden bow
my little bird and i
indivisibly apart
we dived into the sky
and to the purple-hearted dark
an ocean we did cry
for all the lost things
gathered there
in rooms beyond the eye
the aie, the I, the eye

Anne Casey

En cuanto se cerró la puerta y me quedé sola, me di cuenta de que estaba muy cansada. La habitación estaba tan silenciosa que no se sentía el tiempo que marcaban los segundos. Reinaba una atmósfera inmóvil que me hacía sentir culpable de que sólo yo viviera y me moviese.

Una habitación siempre es así después de que alguien haya muerto.

Hundida en el sofá, miraba distraídamente cómo el gris de principios de invierno cubría las calles al otro lado del ventanal.

Pensé que no podía soportar el aire frío y pesado del invierno que se filtraba como una niebla por parques y calles, por todos los lugares de aquel pequeño barrio. Me sentía aplastada. No podía respirar.

Los grandes hombres, sólo con existir, emiten una luz que ilumina a quienes están a su alrededor. Y cuando esta luz se apaga proyecta una sombra pesada, irremediable. Quizá fuera una grandeza pequeña, pero Eriko estuvo aquí y luego desapareció.

Al tenderme en el sofá, recordé lánguidamente que el techo blanco me había salvado. Justo después de morir mi abuela, lo contemplaba a menudo por las tardes, cuando no estaban ni Yûichi ni Eriko.

Sí, mi abuela murió, perdí a la única persona de mi sangre y pensé que no tenía sentido. Estaba convencida de que no podía haber cosa más absurda que ésa, pero sucedió algo aún peor. Eriko fue para mí un ser gigantesco.

Aunque sea cierto que la buena y la mala suerte existen, depender de ellas es una actitud muy cómoda. Sin embargo, aunque pensara así, mi dolor no disminuiría. Desde que me di cuenta de esto, me convertí en una adulta repugnante capaz de compaginar las cosas más absurdas con las de todos los días. Pero me hizo la vida más fácil.

Justamente por eso me pesaba tanto el corazón.

Kitchen (Fragmento)

Banana Yoshimoto