Esperar

[…]mi mundo, por paradójico que suene, estaba constituido por una carencia. Era un mundo en negativo, donde todo recordaba a quien no estaba ahí. Los lugares y los objetos de la vida cotidiana, el bulevar, la puerta de mi edificio, las ventanas de mi casa y su paisaje, la extensión del Père-Lachaise y las copas de sus árboles, los muros de mi habitación, las sábanas sobre mi cama, el radio encendido, acusaban la ausencia de Tom y, por eso mismo, todos esos objetos resultaban frustrantes a la vista y al tacto […] Esperar a alguien, al menos de esa manera, equivale a cancelar la existencia de uno mismo, a hipotecarla por un tiempo condicional, a cambiarla por un absurdo subjuntivo. Obsesionarse con alguien que ha decidido no estar es regalar minutos, horas y días enteros de nuestra vida a quien ni los ha pedido ni quiere tenerlos; es condenar esos mismos minutos, horas y días a la dimensión del tiempo perdido, de lo inservible; es desaprovechar la infinidad de posibilidades que ese tiempo nos ofrece y canjearla por la peor de las opciones: la frustración, el sufrimiento.

Después del invierno (fragmento)

Guadalupe Nettel