Nacimientos

La pócima del amor no constituía escapatoria, porque en sus anillos yacen latentes sueños de grandeza que despiertan cuando hombres y mujeres se fecundan profundamente. Siempre nace algo del hombre y la mujer que yacen juntos e intercambian las esencias de sus vidas. Siempre es arrastrada alguna semilla que se abre en el suelo de la pasión. Los vapores del deseo son la matriz del nacimiento del hombre, y a menudo en la embriaguez de las caricias se forja la historia, y la ciencia, y la filosofía. Una mujer, mientras cose, cocina, abraza, cubre, calienta, también sueña que el hombre que la posea será más que un hombre, será la figura mitológica de sus sueños, el héroe, el descubridor, el constructor… A menos que sea una furcia anónima, ningún hombre penetra impunemente a una mujer, porque allí donde se mezcla la semilla de hombre y mujer, dentro de las gotas de sangre que se entremezclan, los cambios que ocurren son los mismos que los de los grandes y caudalosos ríos de la herencia, que, además de transmitir los rasgos físicos, transmiten los rasgos del carácter de padre a hijo y a nieto. Recuerdos de experiencias son transmitidos por las mismas células que repitieron la forma de una nariz, una mano, el tono de una voz, el color de un ojo. Esos grandes y caudalosos ríos de la herencia transmitieron rasgos y llevaron sueños de un puerto a otro hasta su realización, y dieron a luz a personalidades nunca nacidas antes… No hay hombre ni mujer que sepa lo que nacerá en la oscuridad de su entreveramiento; tantas cosas además de niños, tantos partos invisibles, tantos intercambios de alma y carácter, tantos florecimientos de personalidades desconocidas, tantas liberaciones de tesoros ocultos, de fantasías soterradas.

Corazón cuarteado (fragmento)

Anaïs Nin

 

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Muerte del amor

Ella quería decir: «Oh, Rango, cuídate. El amor nunca muere de muerte natural. Muere porque no sabemos cómo volver a colmar su fuente, muere de ceguera, y errores y traiciones. Muere de enfermedades y heridas, muere de cansancio, de envejecimiento, de rutina, pero nunca de muerte natural. Todo amante podría ser juzgado como asesino de su propio amor. Cuando algo te duele, te entristece, me apresuro a evitarlo, a alterarlo, a sentir lo que tú sientes, pero tú te vuelves con un gesto de impaciencia y dices: “No lo comprendo”.»

Corazón cuarteado (fragmento)

Anaïs Nin

 

Música

De no ser por la música, podríamos olvidarnos de la propia vida y nacer de nuevo, limpios de recuerdos. De no ser por la música podríamos deambular por los mercados de Guatemala, por las nieves del Tibet, subir los peldaños de los templos hindúes, podríamos cambiar de costumbres, desprendernos de nuestras posesiones, no retener nada del pasado.
Pero la música nos persigue con cierto aire familiar y el corazón ya no late en un bosque anónimo de latidos, ya no es un templo, un mercado, una calle como un decorado teatral, sino que se ha convertido en escenario de una crisis humana inexorablemente repetida en todos sus detalles, como si la música hubiese sido la propia partitura del drama y no su acompañamiento.

Corazón cuarteado (fragmento)

Anaïs Nin

Beso

Su primer beso fue presenciado por el río Sena, que llevaba góndolas de farolas callejeras reflejadas entre sus pliegues de lentejuelas, que llevaba halos de farolas floreciendo en matorrales de adoquines de negro lacado, que llevaba árboles de plateada filigrana abiertos como abanicos tras cuyo reborde los ojos del río les incitaban a ocultos coqueteos, que llevaba húmedas pañoletas de niebla y el cortante incienso de las castañas asadas.
Todo había caído al río y era arrastrado por él, excepto el pretil en el que ellos se encontraban.
Su beso fue acompañado por el organillo callejero y duró toda la partitura musical de Carmen y, cuando finalizó, ya era demasiado tarde; habían apurado la poción hasta su última gota.
La poción que beben los amantes no la prepara nadie: la preparan ellos mismos.
La poción es la suma de toda nuestra existencia.
Cada palabra dicha en el pasado ha ido acumulando formas y colores en la persona. Lo que discurre por las venas, además de sangre, es la destilación de cada acto cometido, el sedimento de todas las visiones, deseos, sueños y experiencias. Todas las emociones pretéritas confluyen para teñir la piel y aromatizar los labios, para regular el pulso y producir cristales en los ojos.
La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no es la personalidad que éste emite en el instante mismo del encuentro, sino una recapitulación de todo su ser de la que emana esa poderosa droga que captura la ilusión y el apego.
No existe momento de encanto que no tenga largas raíces en el pasado, no existe momento de encanto nacido de la tierra yerma, accidente despreocupado de la belleza, sino suma de grandes aflicciones, crecimientos y esfuerzos.
Pero el amor, el gran narcótico, era el invernadero en el que todas las personalidades se abrían en plena eclosión… amor el gran narcótico era el ácido en la botella del alquimista que hacía visibles las sustancias más inescrutables… amor el gran narcótico era el agent provocateur que exponía a la luz del día todas las personalidades secretas… amor el gran narcótico otorgaba clarividencia a las yemas de los dedos… bombeaba iridiscencia a los pulmones para rayos X trascendentales… imprimía nuevas geografías en el revestimiento de los ojos… adornaba las palabras con velas, los oídos con aterciopeladas sordinas… y pronto el pretil dejó caer también sus sombras al río, para que el beso pudiese ser bautizado en las aguas sagradas de la continuidad.

Corazón cuarteado (fragmento)

 Anaïs Nin