La carga

Mi cuerpo estaba allí… nadie lo usaba.
Yo lo puse a sufrir… le metí un hombre.
Pero este equino triste de materia
si tiene hambre me relincha versos,
si sueña, me patea el horizonte;
lo pongo a discutir y suelta bosques,
sólo a mí se parece cuando besa…
No sé qué hacer con este cuerpo mío,
alguien me lo alquiló, yo no sé cuándo…
Me lo dieron desnudo, limpio, manso,
era inocente cuando me lo puse,
pero a ratos,
la razón me lo ensucia y lo adorable…
Yo quiero devolverlo como me lo entregaron;
sin embargo,
yo sé que es tiempo lo que a mí me dieron.

Manuel del Cabral

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Antínoo

Bajo el peso nocturno del cabello
O bajo la luna diurna de tu hombro
Busqué el orden intacto del mundo
La palabra no escuchada

Largamente bajo el fuego o bajo el vidrio
Busqué en tu rostro
La revelación de dioses que no conozco

Pero pasaste a través de mí
Como pasamos a través de la sombra.

Sophia de Mello Breyner Andresen

Augurios de inocencia

Para ver el mundo en un grano de arena,
Y el cielo en una flor silvestre,
Abarca el infinito en la palma de tu mano
y la eternidad en una hora.
Aquel que se liga a una alegría
hace esfumar el fluir de la vida;
Aquel que besa la joya cuando esta cruza su camino
vive en el amanecer de la eternidad.

William Blake

Tiempo sin tiempo

Preciso tiempo, necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra
o ya no saben qué hacer con él,
tiempo en blanco,
en rojo,
en verde,
hasta en castaño oscuro,
no me importa el color.
Cándido tiempo que yo no puedo abrir
y cerrar como una puerta,
tiempo para mirar un árbol, un farol,
para andar por el filo del descanso,
para pensar qué bien, hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida,
y para darme cuenta,
y para darme cuerda,
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida,
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo,
tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día,
para estar a la noche,
tiempo sin recato y sin reloj
vale decir preciso,
o sea necesito
digamos, me hace falta
tiempo sin tiempo.

Mario Benedetti

Quisiera prestarte a veces
la pata de conejo que le quité a la luna
para ver si a ti sí te funciona, si logran servirte
sus falsos polvos,
sus aguas secas. Que fueras feliz
cómo supongo felices
las gotas de agua que se encuentran, que casualmente
coinciden.
Como también a veces
me parecen felices ciertos árboles
que toman de pretexto la lluvia para tocarse,
para acercar sus cuerpos
como un par de niños bajo las sábanas.

Que fueras feliz.
Que tuvieras una vida mejor
que la no vida que ha sido mi vida,
un destino más amplio, más lleno
de cómodas oscuridades,
de confortables caminos, de sombras verdaderas.
Y no lloraras con tus manos,
ni con otras manos. Que no te dolieras hacia dentro,
hacía esa piedra ubicua
con la que suelta el mundo su tremenda noche.
Que no tropezaras en el espejo
como lo hace el hombre.
Y qué pasarán de largo las cosas que no se logran,
sin hacerte daño, sin llagas, sin despertarte.

No sé si porque te amo
adivino lo que no me dices, o sólo me lo invento.
Pero pienso que el dolor
reconoce a los de su propia especie,
a los seres que le son comunes. Los que llevan
el mismo fruto adentro de los ojos.

El dolor
ese territorio heredado.
El peor de los sitios invisibles,
de los espacios inundados.
Y él desampara, esa otra resignación.
Esa otra
manera de ver el mundo, de caber.

Sólo adivino.
Pero es que en ocasiones lavar un plato,
acomodar un cojín,
o dar de vueltas con el plumero en la mano
pueden ser maneras distintas de llorar,
de irse y de llorar.

De contar secretamente
todas las cosas que, por costumbre, nos callamos.

A. E. Quintero

X

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
penas que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.

Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.

Miguel Hernández

El niño loco

Al niño loco de la casa de al lado
lo tenían atado. Por la noche le oíamos
aullar. Y yo le susurraba a mi almohada:
¡Gracias, Dios mío! Al menos yo estoy libre.

El niño loco ya no grita.
Sin embargo el grito me despierta
en las noches negras sin estrellas.
Así que no es el niño. Soy yo.

Inger Hagerup