Vino de noche

Vino de noche. Dijo que regresaba para morir. Traía la muerte en los ojos, ¿sabe usted? Pero no la de esos pobres desgraciados que están en el depósito. No. Traía en los ojos la propia muerte, la suya, la de él. Llamó a mi puerta y me preguntó por su madre. Fui yo quien le dije que había muerto, y a mí me dijo él que venía para morir. Yo no he visto una tristeza más negra. Nunca, no señor. Se pasó la mano por la cara como si quisiera limpiársela. Me miró, volvió a lavarse la cara sin agua, me miró otra vez y me preguntó por su padre. Muerto, hijo, muerto. ¿Murieron bien? Y yo le contesté que sí, que santamente se murieron, uno detrás de otro, y los dos preguntando por él. Llevaba cuarenta años perdido, me dijo como pidiendo perdón por una ausencia tan larga. Pobrecito, si era un zagal cuando se lo llevaron, si lo hubiera visto usted, lástima de criatura; cómo lloraba, las lagrimas se le iban yendo igual que la cera derretida se le cae a las velas.

Cielos de barro (fragmento)

Dulce Chacón

La muerte

A partir de aquella mañana, siempre habría algo más, porque los suicidas se matan, pero nunca se mueren del todo. Sobreviven en la conciencia de quienes les sobreviven, y su amor es implacable, capaz de imponerse al tiempo y al espacio, tan poderoso que resucita las culpas olvidadas, el sufrimiento amortiguado, los errores que parecían haber caducado. Desde que Marcos murió, tengo veinte años todos los días, en algún momento de todos los días. Desde que Marcos murió, todos los días abro la carpeta, saco los dibujos, los miro, los toco, y me lamento. Desde que Marcos murió, todos los días comprendo que el resto de mi vida ha pasado en vano, que no ha vuelto a sucederme nada, que no he sabido hacer ninguna cosa bien sin ellos. Ésa ha sido su herencia, tal vez su venganza.

Castillos de cartón (fragmento)

Almudena Grandes

Tres

El tres no era sólo un número, también era un nombre, y estábamos aprendiendo a pronunciarlo, a domar sus aristas, a corregir su acento, a dudar de su fama, su condición impar.

Estábamos en 1984, teníamos veinte años, el mundo todavía caminaba hacia delante, Madrid era el mundo y yo estaba en medio, dispuesta a tragármelo sin tomarme la molestia de masticar antes cada bocado. Diez años antes, aquella escena no habría podido suceder. Diez años después, habría sido igual de imposible. Pero estábamos en 1984 y teníamos veinte años, Madrid tenía veinte años, España tenía veinte años y todo estaba en su sitio, un pasado oscuro, un presente luminoso, y la flecha que señalaba en la dirección correcta hacia lo que entonces creíamos que sería el futuro. Aquél fue nuestro riesgo, y nuestro privilegio.

Castillos de cartón (fragmento)

Almudena Grandes

Luz en el desierto

Para dejar de amar,
se convirtió dudando
en su propio desierto.
Fue removiendo las arenas
y renunciando a las raíces
ya calcinadas y amarillas.
Para dejar de amar,
pintó la soledad de varios tonos,
y se salió a brillar
consigo misma.

Carmen Alardín

Miserere

Miserere
a los que ayer amamos
con toda la violencia
que no reconoció que al día siguiente
se desangrara un sol nuestro también.
Miserere
a los que no tuvimos un país
para brindarlo a los gorriones,
a los que no tuvimos mar para guardarlo
sobre los huecos de una caracola.
Miserere
a los que sin saberlo todo lo tuvimos
pero lo evaporamos en canciones.

Carmen Alardín

Estival

Cansada de contar la misma historia
se fundió en el verano.
Dejó de acariciar a las esferas
o alimentar el arco iris.
Guardó en el arca las semillas
que no cupieron en el surco.
Y se guardó a sí misma,
abanicando,
con un nuevo temblor
viejas ciudades.
Cesó al fin de buscarse entre las aguas
y hacer su juego al viento.
De sus venas pulsó la última cuerda
y entonces
comenzó a cantar.

Carmen Alardín

Este es un amor

A Rosaura Revueltas

Éste es un amor que tuvo su origen
y en un principio no era sino un poco de miedo
y una ternura que no quería nacer y hacerse fruto.

Un amor bien nacido de ese mar de sus ojos,
un amor que tiene a su voz como ángel y bandera,
un amor que huele a aire y a nardos y a cuerpo húmedo,
un amor que no tiene remedio, ni salvación,
ni vida, ni muerte, ni siquiera una pequeña agonía.

Éste es un amor rodeado de jardines y de luces
y de la nieve de una montaña de febrero
y del ansia que uno respira bajo el crepúsculo de San Ángel
y de todo lo que no se sabe, porque nunca se sabe
por qué llega el amor y luego las manos
–esas terribles manos delgadas como el pensamiento–
se entrelazan y un suave sudor de –otra vez– miedo,
brilla como las perlas abandonadas
y sigue brillando aún cuando el beso, los besos,
los miles y millones de besos se parecen al fuego
y se parecen a la derrota y al triunfo
y a todo lo que parece poesía– y es poesía.

Ésta es la historia de un amor con oscuros y tiernos orígenes:
vino como unas alas de paloma y la paloma no tenía ojos
y nosotros nos veíamos a lo largo de los ríos
y a lo ancho de los países
y las distancias eran como inmensos océanos
y tan breves como una sonrisa sin luz
y sin embargo ella me tendía la mano y yo tocaba su piel llena de gracia
y me sumergía en sus ojos en llamas
y me moría a su lado y respiraba como un árbol despedazado
y entonces me olvidaba de mi nombre
y del maldito nombre de las cosas y de las flores
y quería gritar y gritarle al oído que la amaba
y que yo ya no tenía corazón para amarla
sino tan sólo una inquietud del tamaño del cielo
y tan pequeña como la tierra que cabe en la palma de la mano.
Y yo veía que todo estaba en sus ojos –otra vez ese mar–,
ese mal, esa peligrosa bondad,
ese crimen, ese profundo espíritu que todo lo sabe
y que ya ha adivinado que estoy con el amor hasta los hombros,
hasta el alma y hasta los mustios labios.
Ya lo saben sus ojos y lo sabe el espléndido metal de sus muslos,
ya lo saben las fotografías y las calles
y ya lo saben las palabras –y las palabras y las calles y las fotografías
ya saben que lo saben y que ella y yo lo sabemos
y que hemos de morirnos toda la vida para no rompernos el alma
y no llorar de amor.

Efraín Huerta

La trampa

Mirar
es privilegio de la vida.
Ahondar en tus pupilas
en el último
impacto del estanque.
Llegar hasta el secreto
del espejo,
reflejarse en el otro
desdoblarse,
repetirse de amor,
multiplicarse.
Mirar
es privilegio de la vida,
desbordarse,
salir del cauce
y atrapar la historia
hasta perderse en esa multitud
de monstruos que te atacan
sin tocarte.

Carmen Alardín

Para que las estrellas te recuerden

Para que las estrellas te recuerden,
colocaré tu imagen esta noche
mirando a la ventana;
para que llegue el tiempo de tus pasos,
haré que con tus ojos simplifiques
y enciendas las mañanas.
Llamaré con tus nombres a los días,
para que todos lleven los distintos
matices que despiden tus palabras.
Navegaré las horas río abajo,
hasta que por las playas del retorno
aparezca el velero de tu canto.
Y al padre olvido escribiré una carta,
diciendo que ya es tiempo, que descanse,
y esta vez deje libres nuestras almas.

Carmen Alardín

Llévame allá donde la fuente es fuente

Llévame allá donde la fuente es fuente,
no palabra o dolor que se renueva.
Llévame donde son nubes tus nubes
y no la vaguedad inalcanzable.
Llévame, te lo digo,
donde con la nostalgia de tus brisas
vuelve a nacer el mundo,
donde jamás se esconda entre la niebla
tu verdadero puerto.

Carmen Alardín

Sin palabras quiero guardarte

Sin palabras quiero guardarte,
sin memoria, sin espectros,
sin ningún más allá que nos pregunte,
sin ningún más acá que nos conteste.
Guardarte elemental y simplemente
como un poco de lluvia en el tejado,
o el caracol retiene, según cuentan,
el sonido del mar.

Carmen Alardín

Casa de cuervos

porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absuelvo de mí
laberinto hijo mío

no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo

tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombra tejen
sombras y tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas posado en la entreabierta ventana
y nuestra
para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes

ahora leoncillo
encarnación de mi amor
juegas con mis huesos
y te ocultas entre tu belleza
ciego sordo irredento
casi saciado y libre
como tu sangre que ya no deja lugar
para nada ni nadie

aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
a tenderme —nada infinita—
sobre el mundo
hierba ceniza peste fuego
a lo que quieras por una mirada tuya
que ilumine mis restos

porque así es este amor
que nada comprende
y nada puede
bebes el filtro y te duermes
en ese abismo lleno de ti
música que no ves
colores dichos
largamente explicados al silencio
mezclados como se mezclan los sueños

hasta ese torpe gris
que es despertar
en la gran palma de dios
calva vacía sin extremos
y allí te encuentras
sola y perdida en tu alma
sin más obstáculos que tu cuerpo
sin más puerta que tu cuerpo
así este amor
uno solo y el mismo
con tantos nombres
que a ninguno responde
y tú mirándome
como si no me conocieras
marchándote
como se va la luz del mundo
sin promesas
y otra vez este prado
este prado de negro fuego abandonado
otra vez esta casa vacía
que es mi cuerpo
adonde no has de volver

Blanca Varela

Monsieur Monod no sabe cantar

querido mío
te recuerdo como la mejor canción
esa apoteosis de gallos y estrellas que ya no eres
que ya no soy que ya no seremos
y sin embargo muy bien sabemos ambos
que hablo por la boca pintada del silencio
con agonía de mosca
al final del verano
y por todas las puertas mal cerradas
conjurando o llamando ese viento alevoso de la memoria
ese disco rayado antes de usarse
teñido según el humor del tiempo
y sus viejas enfermedades
o de rojo
o de negro
como un rey en desgracia frente al espejo
el día de la víspera
y mañana y pasado y siempre
noche que te precipitas
(así debe decir la canción)
cargada de presagios
perra insaciable (un peu fort)
madre espléndida (plus doux)
paridora y descalza siempre
para no ser oída por el necio que en ti cree
para mejor aplastar el corazón
del desvelado
que se atreve a oír el arrastrado paso
de la vida
a la muerte
un cuesco de zancudo un torrente de plumas
una tempestad en un vaso de vino
un tango

el orden altera el producto
error del maquinista
podrida técnica seguir viviendo tu historia
al revés como en el cine
un sueño grueso
y misterioso que se adelgaza

the end is the beginning

una lucecita vacilante como la esperanza
color clara de huevo
con olor a pescado y mala leche
oscura boca de lobo que te lleva
de Cluny al Parque Salazar
tapiz rodante tan veloz y tan negro
que ya no sabes
si eres o te haces el vivo
o el muerto
y sí una flor de hierro
como un último bocado torcido y sucio y lento
para mejor devorarte

querido mío
adoro todo lo que no es mío
tú por ejemplo
con tu piel de asno sobre el alma
y esas alas de cera que te regalé
y que jamás te atreviste a usar
no sabes cómo me arrepiento de mis virtudes

ya no sé qué hacer con mi colección de ganzúas
y mentiras
y con mi indecencia de niño que debe terminar este
[cuento

ahora que ya es tarde
porque el recuerdo como las canciones
la peor la que quieras la única
no resiste otra página en blanco
y no tiene sentido que yo esté aquí
destruyendo lo que no existe

querido mío
a pesar de eso
todo sigue igual
el cosquilleo filosófico después de la ducha
el café frío el cigarrillo amargo el Cieno Verde
en el Montecarlo
sigue apta para todos la vida perdurable
intacta la estupidez de las nubes
intacta la obscenidad de los geranios
intacta la vergüenza del ajo
los gorrioncitos cagándose divinamente en pleno cielo
de abril
Mandrake criando conejos en algún círculo
del infierno
y siempre la patita de cangrejo atrapada
en la trampa del ser
o del no ser
o de no quiero esto sino lo otro
tú sabes
esas cosas que nos suceden
y que deben olvidarse para que existan
verbigracia la mano con alas
y sin mano
la historia del canguro —Aquélla de la bolsa
[o la vida—
o la del capitán encerrado en la botella
para siempre vacía
y el vientre vacío pero con alas
y sin vientre
tú sabes
la pasión     la obsesión
la poesía      la prosa
el sexo          el éxito
o viceversa
el vacío congénito
el huevecillo moteado
entre millones y millones de huevecillos moteados
tú y yo

you and me
toi et moi
tea for two
en la inmensidad del silencio
en el mar intemporal
en el horizonte de la historia
porque ácido ribonucleico somos
pero ácido ribonucleico enamorado siempre

Blanca Varela

Conversando con la Torre de Eiffel

París ,
caminada por millones dé pies.
gastada por miles de llantas.
Y o ando errante por tus calles
solo, hasta el horror,
ni un rostro amigo
hasta el horror,
ni un alma.
Alrededor mío,
los autos fantasean una danza.
Alrededor mío,
desde sus fauces de dragones-pescados y luises,
silba y cae el agua de las fuentes.
Llego a la Plaza de la Concordia,
y espero que venga a la cita,
cruzando la niebla,
surgiendo tras las casas apiladas.
La Torre de Eiffel,
¡Chist!
Torre ,
más despacio.
que l a pueden ver.
La luna, tema de guillotina,
asiste a nuestra cita,
Me acerqué a ella,
susurrándole en la radio – oreja.
He aquí lo que le digo:
—He hecho propaganda a los edificios y a las cosas.
Nosotros!
sólo esperamos vuestro acuerdo.
Torre ,
nosotros la elegimos jefe.
Usted,
modelo de genio y técnica,
no debe quedarse aquí,
ocultando sus contornos apollinarios.
No es para usted
este lugar de podredumbre,
París de prostitutas,
la Bolsa
y los ” poetas”
Los metros están de acuerdo.
Los metros están conmigo.
Ellos arrojarán al público
de sus embaldosados vientres.
Y la sangre nueva
lavará las paredes
y los avisos de polvos y perfumes.
Ellas
—las paredes—
están convencidas.
Ellas no quieren ser esclavas de los avisos lujosos.
ellas saben que les asienta mejor a la cara
nuestros agudos cartelones de lucha.
¡Torre¡
¡No tenga miedo a las calles!
Si el metro no suelta la gente
la calle lo castigará con los rieles.
¡Y o levantaré el motín de los rieles!
¿Teme?
Los tractores vendrán en columnas,
nos defenderán
¡No tema!
Y a me puse de acuerdo con los puentes.
vadear los ríos
no es fácil.
Los puentes se levantarán de golpe,
movidos por el encono,
cerrando las puertas de la ciudad
por todos los costados.
Al primer llamado,
se amotinarán los puentes.
arrojando a los peatones,
con sus toros de piedra.
Se rebelarán todas las cosas.
Las cosas
ya no pueden soportar más
ese orden de cosas.
Pasarán quince o veinte años,
se ablandará el acero,
y las mismas cosas,
se lo aseguro,
irán solas
a venderse por las ferias de Montmartre.
¡Torre , vamos!
Venga con nosotros.
Usted ,
allá en casa,
nos hace más falta.
¡Venga con nosotros!
La recibiremos
con el brillo de nuestros aceros.
La recibiremos
con más ternura que al primer amante amado.
¡Vamos a Moscú!
Torre ,
allá tenemos un lugar.
Usted
tendrá todas las calles que quiera.
Nosotros la cuidaremos
cien veces al día,
lustraremos su acero y su cobre.
Deje
que su ciudad
—el París de las tontas y las pitucas,
el París de los bulevares abrebocas—
se acabe sola,
enterrada en el cementerio del Louvre,
con el vejestorio de su museo en los bosques de Boulogne.
¡Adelante!
¡Marche!
¡Marche con sus cuatro patas poderosas.
remachadas según los planos de Eiffel.
para que en nuestro cielo
asome su (rente de radio,
para que nuestras estrellas
ante usted se averguencen!
¡Decídase , Torre!
Hoy se levantan todos,
removiendo a París
desde la cabeza a los pies.
¡Vamos ,
venga con nosotros a la URSS!
¡Venga con nosotros!
Yo
le conseguiré el pasaporte.

Vladimir Maiakovski

Epitafio para mi tumba

Aquí descanso yo: dice Alfonsina
El epitafio claro, al que se inclina.

Aquí descanso yo, y en este pozo,
Pues que no siento, me solazo y gozo.

Los turbios ojos muertos ya no giran;
Los labios, desgranados, no suspiran.

Duerme mi sueño eterno a pierna suelta,
Me llaman y no quiero darme vuelta.

Tengo la tierra encima y no la siento,
Llega el invierno y no me enfría el viento.

El verano mis sueños no madura,
La primavera el pulso no me apura.

El corazón no tiembla, salta o late,
Fuera estoy de la línea de combate.

¿Qué dice el ave aquella, caminante?
Tradúceme su canto perturbante:

“Nace la luna nueva, el mar perfuma,
Los cuerpos bellos báñanse de espuma.

Va junto al mar un hombre que en la boca
Lleva una abeja libradora y loca:

Bajo la blanca tela el torso quiere
El otro torso que palpita y muere.

Los marinos sueñan en las proas,
Cantan muchachas desde las canoas.

Zarpan los buques y sus claras cuevas
Los hombres parten hacia tierras nuevas.

La mujer que en suelo esta dormida,
Y en su epitafio ríe de la vida.

Como es mujer, grabó en su sepultura
Una mentira aún: la de su hartura”.

Alfonsina Storni

Olvido

Lidia Rosa: hoy es martes y hace frío. En tu casa,
De piedra gris, tú duermes tu sueño en un costado
De la ciudad. ¿Aún guardas tu pecho enamorado,
Ya que de amor moriste? Te diré lo que pasa:

El hombre que adorabas, de grises ojos crueles,
En la tarde de otoño fuma su cigarrillo.
Detrás de los cristales mira el cielo amarillo
Y la calle en que vuelan desteñidos papeles.

Toma un libro, se acerca a la apagada estufa,
En el tomacorriente al sentarse la enchufa
Y sólo se oye un ruido de papel desgarrado.

Las cinco. Tú caías a esta hora en su pecho,
Y acaso te recuerda… Pero su blando lecho
Ya tiene el hueco tibio de otro cuerpo rosado.

Alfonsina Storni

Holocausto

Llenábanse de noche las montañas,
y a la vera del bosque aparecía
la estridente carreta que volvía
de un viaje espectral por las campañas.

Compungíase el viento entre las cañas,
y asumiendo la astral melancolía,
las horas prolongaban su agonía
paso a paso a través de tus pestañas.

La sombra pecadora a cuyo intenso
influjo arde tu amor como el incienso
en apacible combustión de aromas,

miró desde los sauces lastimeros,
en mi alma un extravío de corderos
y en tu seno un degüello de palomas.

Leopoldo Lugones

El mal del siglo

El paciente:

Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano… un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis…

El médico:

—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!…

José Asunción Silva

El desdichado

Yo soy el tenebroso —el viudo—, inconsolado,
Príncipe de Aquitania de la torre abolida;
mi sola estrella ha muerto —mi laúd constelado
sostiene el negro sol de la Melancolía.

En la noche del túmulo, tú que me has consolado,
Vuélveme el Posilipo, vuélveme el mar de Italia,
la flor amada por mi corazón desolado,
y el emparrado en que la vid se une a la rosa.

¿Soy amor o soy Febo?… ¿Lusignan o Byron?
Sonroja aún mi frente el beso de la reina;
soñé en la gruta donde nadaba la sirena…

Y vencedor dos veces yo crucé el Aqueronte;
Pulsando uno tras otro en la lira de Orfeo
las quejas de la santa y los gritos del hada.

Gérard de Nerval

(Versión de Xavier Villaurrutia)

Magia

Soy Selena Opal Hame, y esto es lo que quiero decirte.
Sé lo que están haciendo. Lo sé desde hace mucho tiempo. Sí, lo sé. Puedo ver lo que es. Esto es lo que sé.
Sé que sus bocas se mueven y producen ruidos porque comparten lo que hay dentro de sus cabezas. Pueden hacerlo entre sí, o pueden hacerlo cuando no hay ninguna otra persona. (No comprendo esa parte, no. ¿Por qué querrían mostrar a sus propios yoes lo que hay dentro de sus cabezas? Pero cuando hay más de una persona, entonces comprendo lo que están haciendo.)
También sé que a veces, cuando sus cuerpos se mueven, es una forma de mostrar lo que hay dentro de sus cabezas. No siempre. Me resulta muy difícil saber qué movimiento es la cosa verdadera en la cabeza y qué movimiento sólo es hacer. Cortar es hacer. Coser es hacer. Cavar es hacer. Comer es hacer. Pero no siempre puedo decirlo.
Y he visto otra cosa. He visto a personas que dan forma a sus manos y brazos y los mueven de una manera que es un hacer especial. Esas personas mueven sus manos y brazos y caras de la forma en que otras personas mueven sus bocas, para mostrar lo que hay dentro de sus cabezas.
Todo esto es magia, y yo no tengo ninguna magia, ¿sabes? Nunca la he tenido. Sólo preguntas. ¿Cómo lo hacen? Creo que sé lo que debe ser el qué de ellos. Creo que primero está la silla real, dentro de la cabeza…, esa silla es lo que es real dentro de sus cabezas. Y luego, por alguna magia, hay un ruido que enganchan y hacen con la boca y les dice a otra persona que lo que es real en la cabeza de la primera es una silla. ¡Y luego las dos lo saben! Y eso debe ser divertido. Compartir lo que hay en tu cabeza. Eso es lo que no sé hacer.
Tardé mucho tiempo en aprender todo esto. No siempre comprendo el qué. Cuando era una persona pequeña, veía mover sus bocas y sus manos y me preguntaba mucho y nada más que eso. Durante mucho tiempo, cuando los tiempos fríos y los tiempos calientes iban y venían y se iban otra vez.
Recuerdo bien cuando era una de las personas pequeñas, pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora soy una persona grande, que tiene líneas grises en el pelo. Ninguna persona pequeña tiene nunca líneas grises en el pelo. Y, ahora que soy una persona grande, lo comprendo…, pero no comprendo el cómo. No comprendo cómo una persona decide qué ruido será para cada cosa real, o qué forma de los dedos y las manos será para cada cosa real. ¿Quién decide? ¿Cómo sabe uno de ellos que el ruido que el otro ha escogido es la cosa real? ¿Cómo pueden recordar qué ruido era, cuando todos los ruidos son tan diferentes y ninguno de ellos va junto en el aire? No, no comprendo eso, excepto que es magia.
No soy la única rota que hay. Donde vivía antes, había otros pequeños casi como yo que tampoco podían hacer magia. Casi como yo, pero no exactamente como yo. Porque ahora soy una persona con gris en el pelo, sabes, y todos esos pequeños eran sólo como muchos tiempos calientes y muchos tiempos fríos tengo yo de dedos, o tal vez unos cuantos más, y luego crecían blancos y delgados. Y luego se iban, al sueño que no tiene despertar. Así que me quedé sola en ese lugar entre los otros que saben cómo hacer los ruidos y las formas y engancharlas a las cosas reales. Sola. Estaba sola.
Esos otros pequeños que estaban rotos como yo estoy rota… trataron de mostrarme lo que había dentro de sus cabezas. Lo intentaron. Sus bocas no se movían, sus cuerpos no se movían, pero hacían un ruido en mis oídos. Pero yo no podía comprender sus ruidos. Lo sentía mucho, pero no podía comprender. Ellos hacían un ruido como el que hace un perro. Un ruido como el ruido cuando un vaso cae y se rompe. Un ruido como cuando las personas andan sobre muchas rocas pequeñas. Un ruido como el ruido cuando sale mucha agua de la pared. O sólo ruido-ruido, que nada más hace… Tampoco tenían magia, y su propia magia no funcionaba conmigo. No sé si alguna vez funcionaba entre dos de ellos, pero creo que probablemente no. Si no, ¿por qué se fueron tan rápido?
Muchas veces venían personas grandes y miraban en nuestros oídos, miraban en nuestras bocas, ponían cables en nuestras cabezas. Siempre pensé que me traían la magia, y a los otros pequeños, y que cuando se acabara me volvería y miraría a las bocas y a los dedos, y pensaba tal vez ahora comprenderé. Pero no sucedió nunca.
No sé dónde está mi parte rota. Mis oídos funcionan; mis ojos funcionan; mi cabeza funciona. Mis dedos no están rotos; puedo cortar y coser y cavar y remover y cocinar. Todos los haceres. Puedo ir donde van las otras personas, sé que no está en mis piernas. Mi boca se abre como sus bocas, pero no hace ningún ruido…, tal vez sea mi boca mi parte rota.
Y cuando estaba sola en aquel otro sitio, donde todos los pequeños están juntos con sólo unas pocas personas grandes para cuidarlos, vino una persona y me trajo a este nuevo lugar. Donde al principio fue lo mismo; comprendía el qué, pero no comprendía el cómo.
¡Pero ahora hay una cosa nueva! Esto es lo que quería contarte. Fue un día, durante un tiempo frío. Yo frotaba la mesa larga de la habitación de comer con una tela suave y una especie de materia como la manteca, que huele a limones. Para hacer que la mesa brille con la luz, ya sabes. Sé cómo hacerlo. Una de las personas de aquí me enseñó, el primer día que vine. Esta persona se puso detrás de mí y me sostuvo las manos y las movió. Esta persona me ayudó a coger la tela y poner la materia de limones sobre la madera. Movió mis brazos haciendo círculos en la madera, para que brillara, hasta que supe cómo tenía que ser el hacer y lo hice. Todos los días hago algo en la madera de esta casa, para que brille con la luz. Soy muy fuerte; esto lo hago muy bien.
Y ese día era la mesa grande para comer lo que estaba haciendo brillar, cuando de repente una de ellas vino con una cajita pequeña en la mano. Tan pequeña que podía esconderla en la mano. Me tocó para que mirara. Me cogió la mano y la puso sobre la cajita pequeña. Para que sintiera que había botones en ella. ¡Y la caja hizo ruidos! ¡Ruidos! ¡Pero fue la otra clase de ruidos, la que siempre es igual y hace una cosa real en el aire! Como un trocito pequeño de lo que viene de una caja mucho más grande que hay en una de las otras habitaciones…, hace largas cadenas de ruidos que son reales. Cada vez que esa caja hace los ruidos, yo me paro siempre y espero hasta que se para, si me dejan. Me han visto hacerlo, y casi siempre me dejan, a menos que siga durante mucho tiempo. Es maravilloso, hace ruidos que se aguantan juntos y no se van como los ruidos que hacen las personas, como se va el agua que corre por el suelo.
Cuando la persona me mostró que la cajita pequeña hacía ruidos como la caja grande, dejé de frotar la mesa y contuve la respiración, queriendo. Esa persona, que tiene gris en el pelo como yo, me cogió el dedo y tocó con él tres botones de la cajita pequeña. ¡Y otra vez el ruido fue real, y tenía todas sus partes juntas! Y cuando el ruido estaba allí, aquella persona alzó una mano suya y golpeó la mesa.
Yo retrocedí, muy rápido, por si yo fuera la siguiente cosa que iba a golpear. Pero la persona se quedó mirándome, y haciendo lo mismo una y otra vez. Tocaba los tres botones de la cajita pequeña, para hacer el ruido real en el aire. Golpeaba la mesa, mientras el ruido se hacía. Una y otra vez.
Supe que era importante. Pude sentirlo. No soy estúpida. Supe que tenía que mirar y esperar y pensar. ¿Era una nueva clase de trabajo que me estaba enseñando a hacer?
La persona grande se quedó inmóvil un tiempo pequeño, y movió la cara, y luego me cogió la mano y me guió a una silla. Se puso de rodillas en el suelo desnudo junto a la silla. Colocó la cajita pequeña sobre la silla. Tocó tres botones…, pero no los mismos tres botones. Hizo un ruido real completamente diferente en el aire. Y mientras el ruido estaba allí, golpeó la silla suavemente con la mano.
Oh, me dolía la cabeza. ¡No podía respirar! ¿Qué era esto? No podía quedarme allí de pie, tenía que intentar, tenía que hacer. ¡Extendí las manos, solté la tela que uso para hacer que toda la madera brille a la luz, y froté las manos de esa persona con mis manos para hacerlas brillar, para así poder ver!
Nos miramos. Y entonces esa persona empezó a hacer una cosa. Me sentó en la silla y puso las manos una a cada lado de mi cara y me miró con fuerza. Tocó su frente con mi frente, suavemente. Hizo que la cajita pequeña hiciera el ruido con sus tres partes, y tocó la silla con su dedo, fuerte. Se fue a la mesa, llevando la cajita, e hizo que hiciera el otro ruido con sus tres partes, y tocó la mesa, fuerte. Fue de un lado a otro, haciendo que yo me quedara donde estaba. El ruido; la silla. El otro ruido; la mesa. Una y otra vez.
¡Cuando vino la magia, fue como lo que hace el rayo en el cielo en el tiempo caliente! ¡Fue un gran rugido dentro de mi cabeza, y una gran luz que me rodeaba! ¡Comprendí, oh, comprendí, no pude quedarme quieta, corrí! Fui a la mesa. ¡Cogí la cajita pequeña, pulsé los tres botones que hacían mesa, corrí a la silla, hice que la cajita hiciera silla! ¡Y luego me volví hacia esa persona, y estaba haciendo chocar las manos juntas y su boca se movía y salían ruidos y otras personas vinieron corriendo a la habitación todas juntas con gran prisa!
Esa persona me cogió entonces los hombros, y me miró de nuevo con fuerza, y tomó aire (estábamos junto a la mesa), y no movió la boca, pero hizo silla de alguna manera con la boca cerrada, igual que la cajita pequeña. Y me miró, con fuerza.
Supe lo que había que hacer. ¡Conocía la magia! Corrí a la silla, cogí la cajita pequeña. Hice silla con los botones de la cajita pequeña. ¡Y todas las personas de la habitación, todas, empezaron a hacer chocar las manos juntas!
Oh, es auténtica magia, y la comprendo. Esto es lo que comprendo.
En la cajita pequeña que puedo sostener en mi mano hay botones para pulsar. Uno para cada uno de los dedos que tengo y luego uno más para otro dedo de mi mano. Cuando tocas los botones, sale un ruido real. Y si pulsas tres botones, o cuatro botones, uno tras otro, es una cadena de ruidos que se aguantan y es una cosa real en el aire. Y entonces tienes una cadena de ruidos para cada cosa en tu cabeza que quieres mostrar a una persona. Esto es lo que quiero decirte.
Aprendí muy rápido. Hay una cadena de tres que es mesa. Una cadena de tres que es silla. Que es manzana. Que es flor. Que es cabeza. Que es ojo. Que es mano. ¡Hay una cadena de tres partes que es persona-grande, y luego si pulsas un botón más para convertirla en una cadena de cuatro partes es persona-pequeña!
¿Ves? ¿Oyes, comprendes? ¿O estás roto?
Puedo saber en mi cabeza lo que es ventana, puedo pulsar los botones para hacer ventana, y la persona que está conmigo sabrá lo que había en mi cabeza, irá a la ventana y la tocará para mostrarme que lo estamos compartiendo.
Pero es difícil para ellas. No sé por qué. Tal vez están rotas de alguna forma. Cuando hago que la cajita haga una palabra (eso significa una cadena de ruidos que es una cosa real y se aguanta junta), a menudo esa persona mira en un papel que tiene marcas. ¿Les dice el papel lo que es la palabra? No sé cómo puede ser, pero si no, ¿por qué miran? Y a menudo cometen errores. Pero soy muy paciente. Esperaré y haré mi palabra tantas veces como haga falta, hasta que comprendan. Porque la estamos compartiendo. ¡Oh, magia; oh, magia, y más y más magia!
Pero ahora estoy llorando. Porque me pregunto…, los otros pequeños rotos, en el lugar donde antes estaba, todos los pequeños que duraron sólo un puñado de tiempos fríos y tiempos calientes, que intentaban hacer palabras y sólo podían hacer ruidos vacíos… ¿Y si hubieran venido aquí? ¿Y si hubieran tenido una de las cajitas pequeñas, como yo tengo? ¿Podrían haber compartido palabras con otras personas, como yo las comparto ahora? Tal vez sólo estaban rotos del mismo modo en que yo estoy rota. Tal vez no se habrían ido a dormir para siempre mientras eran aún tan pequeños.
Ellas lamentan que llore. Quieren que comparta el porqué. Pero no puedo. No hay palabras en la cajita pequeña para lo que quieren que les diga. Lo lamentan mucho.
Y yo lo lamento mucho. Lo lamento porque todos los pobres pequeños se han ido, antes que pudiera mostrarles cómo funciona la magia. Es una cosa triste, junto con las cosas nuevas y felices. Esto es lo que quería decirte.

La Rosa de Judas (fragmento)

Suzette Haden Elgin

Láadan

Considera esto, por favor: hacer «aparecer» algo se llama magia, ¿no? Bien…, cuando miras a otra persona, ¿qué ves? Dos brazos, dos piernas, una cara, un acopio de partes. ¿Tengo razón? Hay una superficie continua del cuerpo, un espacio que comienza con la carne interior de los dedos y continúa por la palma de la mano y por el interior del brazo hasta la curva del codo. Todo el mundo tiene esa superficie; de hecho, todo el mundo tiene dos.
Llamaré a eso el «athad» de la persona. Imagina el athad, por favor. Velo claramente en tu mente…, percibe, aquí están mis dos athads, el de la izquierda y el de la derecha. Y ahí están tus athads, muy bonitos.
Donde antes nunca hubo ningún athad, ahora siempre habrá uno, porque percibirás el athad de cada persona a la que mires, como percibes su nariz y su cabello. De ahora en adelante. He hecho aparecer el athad…, ahora existe.
Percibirás que la magia no es algo misterioso, patrimonio de las brujas y los hechicheros…, la magia es bastante ordinaria y simple. Es sencillamente lenguaje.
Y ahora te miro y puedo decir, como no podía decir hace tres minutos: «¡Abuelita, qué athads más grandes tienes!».
(de El Discurso de las Tres Marías, autora
desconocida)

Nazareth fue a la Casa Estéril magullada, como había visto Michaela que estaba, y aturdida. La noticia de que iba a divorciarse apenas penetró aquel aturdimiento, de modo que cuando se dio cuenta de ella cualquier posibilidad de que pudiera causarle incomodidad quedó superada. Pero, después de una temporada, bajo las competentes manos de las mujeres, empezó a abandonar aquel aturdimiento, y advirtió que era como alguien que vuelve a casa después de toda una vida de exilio.
No más Aaron; él la evitaba, y cuando no podía evitarla era abrumadoramente amable. No más estar a solas con él, donde no se sentía obligado a ser amable. Sus hijos se hallaban sólo a unos pocos metros de distancia, y en cualquier caso las niñas estaban rutinariamente en la Casa Estéril. Y la libertad. Nunca tendría que soportar los ojos de un hombre sobre su cuerpo maltrecho. Sanaría, y añadiría a sus ropas habituales la pieza con el pecho falso y engañoso, y saldría a trabajar como siempre había hecho; y ningún hombre la vería jamás desnuda, ni tocaría su cuerpo. Ni siquiera un médico, mientras estuviera consciente. Nunca.
Al principio deambuló por la Casa Estéril, absorbiéndola como nunca la había absorbido antes, regocijándose en las voces de las mujeres, deleitándose en la cama de la que podía disponer por completo, sin la masa roncante de hombre que siempre la despertaba, empujándola siempre hacia la pared. Era un lujo; no había previsto que lo fuera, porque nunca había sabido de qué carecía.
Finalmente, cuando Michaela admitió que ya estaba recuperada, las mujeres le hablaron del lenguaje llamado láadan, y le explicaron la tontería llamada langlés. Nazareth permaneció sentada, escuchándolas con sorpresa, sin decir ni una palabra hasta que terminaron.
– Mujeres -dijo entonces-. ¡Vosotras y vuestros cuentos de hadas!
– Es cierto -protestaron-. De veras, Nazareth…, es cierto.
– Toda la vida me habéis dicho que el langlés era verdad.
– Era necesario -respondió Aquina-. Somos mejores que tú para juzgar lo que hacía falta.
– Y ahora, después de toda una vida de mentiras, ¿esperáis que crea que de repente me decís la verdad? -Nazareth agitó la cabeza-. Marchaos con vuestras historias para dormir -retó-, contádselas a las niñas pequeñas, junto con el unicornio y el hombre del saco y Helga Dik. Dejadme en paz.
– Nazareth -reprendió Susannah-. Tendrías que avergonzarte de ti misma.
– ¿De veras?
– Sabes que sí. Hemos esperado muchos años para mostrártelo…, me he vuelto una anciana sólo capaz de cacarear y sisear mientras esperaba. Y ahora no quieres dejarnos que te lo mostremos.
– Mostrádmelo entonces -dijo Nazareth, que amaba tiernamente a Susannah. Pero no pudo dejar de punzar a Aquina-. Aquina -preguntó-, ¿tiene cien vocales separadas ese láadan?
– ¡Oh, eres imposible!
Nazareth se rió de Aquina mientras ésta se marchaba, ofendida, y Susannah volvió a decirle que tendría que estar avergonzada.
– Lo estoy -dijo Nazareth, con gran satisfacción-. Estoy tan avergonzada que apenas puedo levantar la cabeza. Ahora mostrádmelo.
– Está abajo, en el sótano -la advirtieron.
– Naturalmente. Con la tina de légamo verde que utilizáis para sacrificar una virgen todos los lunes por la mañana. ¿Dónde si no podría estar? Puedo bajar al sótano, no estoy lisiada…, guiadme, por favor.
Las siguió, riéndose de nuevo mientras sacaban los fragmentos de papel del fondo de los cajones y el centro de los recetarios y otros escondrijos y hendiduras. Pero se sentó y miró los materiales reunidos cuando se los tendieron, y dejó de reírse mientras leía.
– ¡Sería tan fácil que se perdiera todo esto! -dijo una vez-. Y tan horrible.
– No -contestó Faye-. Sería una molestia, pero no una tragedia. Todo está en nuestra memoria. Hasta el último punto y coma.
Nazareth no dijo nada más. Había empezado riendo y dudando, pero divirtiéndose; ahora, mientras examinaba los materiales, empezó a tensarse más y más, y las otras mujeres se preguntaron si la habían molestado con esto demasiado pronto. Pese a lo que decía Michaela, todavía no estaba bien del todo.
– Nazareth -pregunto Susannah con cautela-, ¿te encuentras bien, chiquilla? ¿Estás complacida?
– ¿Complacida? -Nazareth les tendió el fajo de papeles como si fueran un pescado podrido-. ¡Estoy disgustada!
El silencio se extendió; se miraron unas a otras, asombradas. ¿Disgustada? Conocían a Nazareth; no había ninguna otra mujer en las Líneas tan buena en los lenguajes como ella. Pero, ¿estaban realmente tan lejos de lo que era necesario en un lenguaje como para que el láadan la disgustara?
Nazareth se levantó, tambaleándose un poco, pero las apartó cuando se dispusieron a ayudarla y subió las escaleras por delante del resto.
– No hay excusa para esto -anunció, dándoles la espalda-. ¡Ninguna!
– Pero es un buen lenguaje -gimió Aquina, diciendo lo que las otras vacilaban en decir-. ¡No tienes derecho a juzgarlo así, a los diez minutos de un examen casual! ¡No me importa lo que digan las puntuaciones de tus malditos tests, o lo distinguido que sea tu maldito lenguaje alienígena, no tienes derecho!
– Aquina -desaprobó Grace-. Por favor.
– No es eso -dijo Nazareth, con los labios tensos-. No es que haya nada malo en ese lenguaje.
– Entonces, ¿qué es, por el amor del cielo? -inquirió Aquina.
Nazareth se volvió hacia ellas, hacia donde se encontraban, vigilando intranquilas la cocina, no fuera a ser que apareciese una niña errabunda que pudiera oír lo que no debía.
– Lo que es inexcusable es que el lenguaje no se esté utilizando ya -dijo.
– ¡Pero no puede utilizarse hasta que no esté terminado!
– ¡Qué tontería! ¡Ningún lenguaje vivo está «terminado» nunca!
– Nazareth, ya sabes lo que queremos decir.
– No. No sé lo que queréis decir.
Caroline llegó entonces, corriendo, dando gritos por el alboroto que estaban haciendo y por la estupidez de mantener a Nazareth de pie de aquella manera, y las guió a todas hasta uno de los dormitorios privados como si fueran un gallinero desordenado, con lo que las comparó exactamente. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, dijo con voz fiera:
– ¡Bien! ¿Qué es lo que pasa?
Se lo contaron, y ella se relajó contra la puerta y dejó que sus manos cayeran a sus lados.
– ¡Santo cielo! Pensaba que como mínimo sería un terremoto… ¿Todo este jaleo porque a Nazareth no le convence el láadan? ¡Por favor!
– Pero sí me convence, Caroline -insistió Nazareth-. No es que tuviera importancia si no lo hiciera…, pero me convence.
– No está terminado, lo sabes. Tienen razón.
– Están equivocadas.
– ¡Oh, vamos, Naza!
– Te aseguro que ese lenguaje que acaban de mostrarme está lo suficientemente «terminado» como para ser utilizado. Resulta claro que hace años que lo está, mientras jugabais con él y os entreteníais… ¡Cuando pienso que hay niñas pequeñas de las Líneas de seis o siete años que podrían estar ya hablándolo con fluidez y que no saben ni una palabra de él! Podría mataros a todas, os lo juro.
– Tonterías.
– ¿Sabes qué es lo que sois todas? -preguntó Nazareth-. ¡Sois como esos artistas idiotas que nunca dejan que sus pinturas se cuelguen porque siempre tienen que añadir una pincelada más! Como esos novelistas que nunca están dispuestos a dejar sus libros, que mueren sin verlos publicados porque siempre hay una línea más que quieren añadir. Criaturas estúpidas…, ¡los hombres tienen razón, aquí lo único que hay es un hatajo de ignorantes idiotas! Y obviamente en todas las demás Casas Estériles, ya que todas estáis igualmente confundidas. ¡Santo Dios, casi me entran ganas de regresar a la Casa Chornyak para no tener que miraros!
– Nazareth…
– ¡Callaos! -ordenó, sin importarle lo arrogante o desagradable que pudiera ser-. ¡Por favor, marchaos y dejadme pensar en esto! Ahora estoy demasiado trastornada incluso para hablar…, ¡marchaos!
Estaba temblando, y si no hubiera sido quien sabían que era se habría echado a llorar, y les molestó dejarla así. Por otro lado, estaba claro que su presencia no le suponía ningún consuelo, así que hicieron lo que les pedía.
– Te esperaremos en el saloncito -dijo Susannah en voz baja mientras salía por la puerta-. Es el lugar más seguro para hablar de esto…, cuando estés dispuesta a hacerlo, niña.
No tardó mucho, y cuando se unió a ellas estaba nuevamente calmada. Le tendieron una estola para que trabajara porque no requería ninguna atención particular y la dejaría libre para trabajar y escuchar. Y enviaron a alguien a vigilar la puerta y distraer a las niñas pequeñas que venían al sótano para «ayudar con el inventario» si no parecían dispuestas a volver simplemente a la Casa Chornyak, porque todo el mundo estaba demasiado ocupado para hacerles compañía.
– Ahora bien -empezó a decir Caroline, acometiendo el muestrario que decía: «No existe ningún lenguaje primitivo» en elaborados bordados-, si lo que dices es cierto, éste es el día más importante de mi vida, de muchas de nuestras vidas. Pero nos parece muy improbable, Nazareth… Piensa: Llevas aquí sólo unas pocas semanas, y no te has recuperado hasta hace un par de días. Algunas de nosotras llevamos aquí más de veinte años. Y hemos estado trabajando en el lenguaje todo ese tiempo, en todos los momentos libres que hemos podido robar. ¿No crees que, si hubiera llegado el momento de poner fin al Proyecto Codificador y empezar a enseñar el lenguaje, lo habríamos notado? ¿Sin que tuvieras que decírnoslo?
– No -declaró Nazareth-. Yo lo habría pensado así si alguien me hubiera descrito esta absurda situación. Pero me habría equivocado. Tiene que ser que estáis tan cerca de todo el asunto que no podéis verlo…, hace falta alguien con percepciones más frescas para ver más allá.
– Y por eso el buen Dios nos ha bendecido contigo, Nazareth Joanna Chornyak Adiness… Qué afortunadas somos al tener el beneficio de tus «frescas percepciones».
– Caroline -insistió Nazareth-. Nunca he podido llevarme bien con nadie. Lo sé. No sé qué es lo que pasa conmigo, pero sí sé que apenas puedo acabar un párrafo sin ofender a dos personas y herir a otras tres. Y lo siento… Siempre lo he sentido. Siempre he deseado que alguien pudiera decirme cómo ser mejor. Pero, por horrible que os suene, expresado en el único lenguaje en que sé cómo expresarlo, ese lenguaje está listo…, «terminado», si lo preferís. Y el que no esté siendo utilizado es una vergüenza y un escándalo.
– ¡Nazareth! -Caroline estaba molesta ahora, y molesta por estarlo-. Eres muy buena, por supuesto…, pero nosotras no somos tan malas. No necesitamos que nos instruyas en lingüística.
– Pero lo necesitáis. -Nazareth se mantuvo firme como una piedra.
– Presumes -dijo Grace, envarada-. Todas hemos estado intentando ser indulgentes, pero has ido demasiado lejos.
– Muy bien -dijo Nazareth-. Presumo. Pero decidme de qué carece el lenguaje, y os escucharé con mente abierta. ¿Qué no tiene? ¿Qué creéis que necesita antes de que digáis que está terminado?
Bueno… Mencionaron un poco de aquí y de allá, y Nazareth se echó a reír. Les dijo que no había nada de lo que habían mencionado que no pudiera ser suplido por los mecanismos ya existentes del lenguaje. O añadiendo un morfema unificador…, un final, una pequeña pieza extra en algún lugar de la palabra. Las demás mujeres pusieron objeciones, hasta que se quedaron sin argumentos y Nazareth contradijo hasta la última.
– Nazareth… -dijo finalmente Caroline-. El vocabulario es tan limitado.
– ¿Es eso? -Nazareth la miró-. ¿Es el tamaño del vocabulario lo que os molesta a todas?
– Bueno, sabemos qué es lo que tiene que tener un lenguaje. Hicimos todas esas cosas hace mucho tiempo, y tienes razón en los puntos que hemos estado discutiendo. Pero no podemos empezar a hablar láadan a las bebés hasta que haya un vocabulario lo suficientemente grande, lo suficientemente flexible…
– ¿Para qué?
– ¿Qué?
– ¿Lo suficientemente grande y lo flexible para hacer qué, Caroline? ¿Para escribir la Enciclopedia Galáctica? ¿A qué estáis esperando? ¿Los léxicos especializados de las ciencias? ¿El léxico completo de los catadores de vinos? ¿Qué, exactamente?
Ahora se pusieron verdaderamente furiosas, y sus agujas volaron.
– ¡Desde luego que no! ¡Simplemente queremos que sea posible hablarlo con gracia y facilidad en los asuntos de la vida ordinaria!
– Bien -declaró Nazareth-, está listo para eso.
– ¡No lo está!
– ¿Cuántas palabras tenéis? ¿Cuántas palabras completas, sin contar las que se crearían añadiendo los afijos?
– Unas tres mil -dijo Susannah-. Solamente.
– ¡Bueno, por el amor de María! -chilló Nazareth, y todas la mandaron callar a la vez-. Lo siento -dijo-, ¡pero de verdad, tres mil palabras! La forma en que os comportáis…, pensaba que tal vez sólo teníais unos pocos cientos de términos léxicos.
– Nazareth -dijo Susannah-. El inglés tiene cientos de miles de palabras. Piensa…, y no grites, por favor.
– Y el inglés básico, en el que está adecuadamente escrito todo el Nuevo Testamento, tiene menos de mil. Como todas sabéis muy bien.
– Pero no podemos hacer que el lenguaje comience en un estado que requiera paráfrasis constantes -objetó Caroline-. Ya es bastante malo que tenga que empezar como una variante de un lenguaje franco…, ¡al menos que tenga un vocabulario adecuado!
Nazareth inspiró lentamente y depositó el ovillo de lana sobre su regazo.
– Queridas -dijo, todo lo seria y paciente que pudo, la voz firme y los ojos sosteniendo los de ellas-. Os digo que el lenguaje está listo. Dispuesto para ser utilizado. Y, lo que es más, vosotras lo sabéis. Todas vosotras, hasta la última, conocéis lenguajes que no tienen más términos léxicos que este láadan vuestro. Os estáis contando cuentos de hadas, y no comprendo por qué. Si empezáramos hoy, si las que atendéis a las bebés de la casa principal empezáis hoy mismo a murmurar en láadan en vez de en inglés, no será hasta que se conviertan en mujeres adultas y hagan lo mismo para la siguiente generación (o tal vez la generación que la sigue, porque ningún lenguaje, que sepamos, ha empezado nunca de esta manera), como mínimo pasará una generación antes de que el láadan sea una lengua criolla. Y pasará otra más antes de que pueda ser llamado una lengua viva, con el status de otras lenguas vivas.
Le mostraron sus rostros desafiantes, y Nazareth pudo oír trabajar sus mentes, tejiendo las excusas; las detuvo antes de que pudieran encontrar otra nueva.
– ¡Esperad! -dijo-. Sé tan bien como vosotras que, en los días en que toda persona educada aprendía el latín como segunda lengua para usarlo en el lenguaje erudito y legal, la gente se las apañaba. Debía ser un latín bárbaro, pero se las apañaban. ¡No me pongáis más pegas para retrasarlo más! Harán falta cinco generaciones, o diez, antes de que el láadan deje de ser un bárbaro lenguaje auxiliar y se convierta en una lengua materna, ¡ésa es razón más que suficiente para empezar de inmediato! Por supuesto, será terrible al principio, no puede ser de otro modo…, ¡pero, queridas, estamos hablando de al menos dentro de cien años si empezamos hoy mismo! Y estáis aquí sentadas, diciéndome que esperemos hasta que tengamos…, ¿qué? ¿Cinco mil palabras? ¿Diez mil palabras? ¿Diez mil palabras y diez mil Codificaciones? ¿Qué número arbitrario habéis establecido como objetivo?
– No lo sabemos. No exactamente. Sólo que lo que tenemos no es bastante.
Nazareth frunció el ceño y se mordió los labios, y Susannah extendió la mano para volver a colocar entre las suyas la estola rechazada.
– Haz ganchillo, Naza -ordenó-. Eso es lo que hacemos las mujeres…, pregúntale a los hombres y te lo dirán. Cada vez que vienen aquí nos encuentran charlando y cosiendo. Perdiendo el tiempo. Usa el ganchillo, por favor, chiquilla, y no pongas esa cara tan seria. Te produce arrugas.
Nazareth obedeció, insertando de forma ausente la aguja en los huecos, pero no cambió de expresión.
– Hay algo más -dijo llanamente-. Algo que estáis ocultando. Esa excusa del «vocabulario limitado» es tan falsa como las «Codificaciones insuficientes» que me disteis cuando era una niña pequeña. La usáis para tranquilizar a las niñas, y yo ya no soy una niña…, no me aplacará. Quiero saber la verdad. No más mentiras.
– ¡Tonterías!
– ¡No paráis de decir lo mismo! -protestó Nazareth-. Podríais ahorraros un montón de molestias si comprarais un loro para que dijera «tonterías» a lo largo de todo el día. Y no conseguiréis nada…, hay algo más. Algo que no veo porque soy demasiado estúpida. Algo que no es sólo cuestión de que el lenguaje esté «terminado» o no. ¡Y sé exactamente a quién preguntárselo! Aquina Chornyak…, ¿cuál es el problema real aquí, oculto bajo estúpidas palabras?
Como Aquina no respondió, Nazareth extendió la mano y la cogió por el pelo.
– ¡Aquina! ¡Dímelo! ¿Qué clase de radical eres entonces?
– Muy bien -dijo Aquina-. Te lo diré…, pero no les va a gustar.
– No importa.
– El verdadero problema es que hay que tomar decisiones, y estas… personas… no quieren tomarlas.
– ¿Qué decisiones son ésas?
– Piensas que el láadan está terminado, ¿no?
– En el sentido en que todo lenguaje está terminado. Su vocabulario crecerá, como crece el vocabulario de cualquier otro lenguaje.
– Muy bien. Supón que empezamos a usarlo, como dices que debiéramos hacer. Y luego, a medida que más y más niñas utilizan el láadan y empiezan a hablar un lenguaje que expresa las percepciones de la mujer en vez de las de los hombres, la realidad empieza a cambiar. ¿No es cierto?
– Cierto como el agua -dijo Nazareth-. Como la luz.
– Bien; entonces, señora…, debemos estar preparadas para cuando ese cambio empiece a hacerse realidad. ¡Preparadas para actuar en respuesta a ese cambio! Una vez comience, ya no podremos quedarnos aquí sentadas charlando y discutiendo y jugando a las revolucionarias. ¡No podremos pasarnos la vida como ganado plácido, pensando en los lejanos tiempos, siglos atrás, en que alguien tenía que hacer algo! Y es ahí donde está el problema, Nazareth…, no hay ni una sola mujer en esta casa, ni en ninguna de las otras Casas Estériles, con las agallas suficientes como para tomar la decisión sobre lo que vamos a tener que hacer entonces. Eso es lo que les hace, como tú dices, añadir una pincelada más y una línea más y decir: «¡Oh, todavía no!», y: «¡Tonterías!», y: «¡Dios nos valga!».
– Oh -jadeó Nazareth-. Comprendo. Sí.
– ¿Comprendes, Nazareth? ¿De verdad? -la voz de Caroline era amarga y furiosa-. ¡Considera, por ejemplo, lo que Aquina nos haría hacer! ¡Empezaríamos a acumular raciones y suministros de emergencia, si por ella fuera, y los meteríamos en bolsas que cargaríamos a nuestras espaldas cuando huyéramos al desierto, todas nosotras con una niña secuestrada a la cadera, corriendo un paso por delante de las hordas de hombres decididos a matarnos a todas!
– Caroline, exageras -rió Aquina.
– No demasiado. Te he oído muy a menudo.
– No se atreverían a matarnos. Encarcelarían a todas aquellas que supiéramos láadan; y nos drogarían hasta que olvidáramos la última palabra. Destruirían nuestros archivos, castigarían a las niñas que emplearan una sola sílaba, y lo prohibirían para siempre…, pero no nos matarían. Nunca he dicho que fueran a matarnos, Caroline; matarían al láadan. Y tendríamos que huir antes de que pudieran inventar una nueva y horrenda «esquizofrenia epidémica incurable» traída de un planeta fronterizo en una bolsa de grano…, pero no nos matarían.
– ¿La oyes? -desafió Caroline a Nazareth-. Eso es lo que oímos nosotras, interminablemente.
– La oigo -dijo Nazareth-. Veo tu punto de vista, Caroline. Y también veo el de Aquina. Y hay muchas otras posibilidades.
– Sí que las hay -accedió Caroline-. Es tan absurdo pensar que los hombres se contentarían con encerrarnos a todas en instituciones como pensar que podrían matarnos. Y, si a Aquina no le encantara tanto irse a los extremos, lo sabría. Tendrían que moverse contra nosotras poco a poco, aunque tuvieran que inventar una docena de epidemias del espacio que fueran convenientemente contagiosas sólo para las mujeres. Pero los hombres conocen el poder del lenguaje tan bien como nosotras…, y lo detendrían, Nazareth. El día en que empecemos a utilizar el láadan, el día en que lo saquemos del sótano, ese día nuestra propia existencia correrá peligro. Tenías razón en lo de la tina de légamo verde que burbujea ahí abajo, Nazareth…, pero no tenemos ninguna virgen que sacrificar.
– Tenéis miedo.
– ¡Por supuesto que tenemos miedo!
– Lo que pienso que harán -dijo Faye-, lo único que pueden hacer, es disolver las Casas Estériles. Aislarnos a unas de otras. Apartarnos del resto de las mujeres, con toda seguridad no dejar que nos acerquemos a ninguna niña pequeña. No les resultará difícil enseñarles a todos los bebés que las mujeres mayores y las mujeres estériles son brujas, horribles depósitos de maldad a los que hay que temer y evitar…, ¡se ha hecho antes, y siempre con gran éxito! Encerrarán a algunas…, y aislarán a otras en las Casas. ¿No os imagináis la campaña publicitaria mientras «deciden» que han estado equivocados todos estos años en que nos han mantenido en edificios separados y nos dan la «bienvenida al seno de la familia»? Al público le encantará…, y acabarán con los últimos vestigios del láadan, para que a nadie se le ocurra repetirlo algún día. Y el láadan morirá, como deben de haber muerto todos los lenguajes de las mujeres desde el principio de los tiempos.
– A menos que huyamos antes de que se den cuenta de lo que está sucediendo -siseó Aquina-. Es la única oportunidad que tenemos.
Nazareth se levantó y se acercó a la ventana. Contempló el verde césped entre los árboles, silenciosa y preocupada.
– Nazareth -suplicó Grace tras ella-, si Aquina tiene razón…, pasando por alto sus exageraciones, por supuesto…, ¿te das cuenta ahora de lo que significa?
– Sí.
– Y no pueden acumular el valor -dijo Aquina con desdén-, para decidir qué hay que hacer y hacerlo.
– Porque no sabemos qué hay que hacer -dijeron las otras-. Hemos hablado y hablado y hablado al respecto…, y no lo sabemos.
– Debemos elegir una Casa Estéril -dijo Aquina firmemente-, la más aislada y la más fácil de defender, y debemos de prepararnos para ir allí con tantas niñas como podamos a los primeros indicios de que los hombres sepan lo que pasa. No es una decisión difícil. Y debemos de estar preparadas para marcharnos de allí, si tenemos que hacerlo.
– ¡Significaría dejar a nuestros hijos!
– Y no volver a ver a nuestras familias.
– Y la publicidad…, ¡pensad en las mentiras que dirán los hombres a los medios de comunicación!
– Todas las ancianas de arriba…, ¡tendríamos que abandonarlas!
– No me extraña que hayáis estado retrasando la decisión -dijo Nazareth, volviéndose de nuevo-. Haciendo tiempo. No me extraña.
– ¡Oh, no, tú también! -gimió Aquina-. No puedo soportarlo.
Nazareth volvió y se sentó, y cogió de nuevo la estúpida estola.
– Tened en cuenta esto -dijo, con absoluta seguridad en la voz-. No importa lo que signifique…, o no creemos realmente en el Proyecto Codificador, en cuyo caso los hombres tienen razón y sólo somos mujeres tontas jugando a juegos estúpidos para pasar el tiempo…, o debemos empezar.
– ¡Tiene razón! -dijo Aquina.
– Tenéis que recordar -continuó Nazareth, mirando a Aquina-, que pasarán muchos años antes de que los hombres se den cuenta. Están acostumbrados a oír a las niñas pequeñas practicar lenguajes alienígenas que nunca han oído antes y que nunca volverán a oír de nuevo, por no mencionar los lenguajes terrestres que les son completamente desconocidos. Mientras convenzamos a las niñas de que es un secreto que hay que mantener al margen de los hombres (como tantos otros secretos que les hemos enseñado, queridas), pasarán diez años, tal vez más, antes de que los hombres se den cuenta de pronto de que las niñas pequeñas están haciendo los mismos sonidos desconocidos. ¡Santo cielo, están tan convencidos de que el Proyecto es sólo langlés, y de que apenas podemos encontrar el camino al cuarto de baño sin un mapa! Pueden pasar décadas antes de que haga realmente falta hacer algo en el sentido que implica Aquina. Por favor, tenedlo en cuenta.
– Pero…
Nazareth cortó a Aquina, alzando la mano en el antiguo gesto de los maestros.
– Pero estoy de acuerdo con Aquina en que las decisiones tienen que tomarse y en que hay que tomarlas ahora mismo, en caso de que algún día sean necesarias. Tiene toda la razón. Si necesitáramos hacer algún tipo de movimiento, no habría tiempo de decidir cuál habría de ser, y cualquier cosa que hiciéramos llevadas por el pánico sería seguramente una equivocación. Debemos hacer planes, por improbable que sea que tengamos que usarlos alguna vez, y acabar con ese tema.
– ¡Gracias a Dios que hay alguien con sentido!
– Gracias a ti, Aquina -dijo Nazareth-. Ahora, las demás, ¿podemos proseguir con esto?
Proseguir. De un Proyecto interminable, generación tras generación, a: «¿Podemos proseguir?». Era demasiado, y se sintieron aturdidas por la perspectiva.
– No es complicado -les aseguró Nazareth-. Hay que transmitir la noticia a todas las Casas Estériles con toda la rapidez posible, usando los códigos de recetas. En todas las Casas Estériles, aquellas mujeres que mejor hablen láadan deben de empezar a practicarlo entre sí, sin importar lo mal que lo hagan, hasta que tengan la facilidad necesaria para servir como modelos adecuados. Y, luego, deben de empezar a usar el láadan y sólo el láadan con las niñas de las Líneas cada vez que no haya hombres cerca.
– O con las mujeres que aún vivan en las Casas.
– O con las mujeres que aún vivan entre hombres, sí -accedió Nazareth-. Sólo donde sea seguro. Mientras tanto, aquellas que no sepan casi nada tendrán que empezar a aprender. Sin llamar la atención de los hombres, y sin descuidar nuestros otros deberes.
– ¿Y la planificación? -preguntó Aquina.
– La planificación debe comenzar -dijo Nazareth-. En todas las Casas Estériles deben de haber reuniones para discutir las alternativas. Por toda acción que penséis que los hombres puedan emprender cuando sepan que han sido engañados, hará falta una acción correspondiente en la que todas las mujeres estén de acuerdo, dispuestas para ejecutarla en un instante. Los resultados deben de ser intercambiados entre las Casas Estériles hasta que se produzca un consenso…, hasta que todas comprendamos qué se espera que hagamos en cada una de las crisis posibles. Y haremos lo que sea necesario para prepararnos.
– ¿Sólo eso, Nazareth?
– Sólo eso. Ya lo habéis retrasado demasiado.
– Bien -dijo Susannah-. ¡Bien! Alguien debe subir y decírselo a las otras. Tienen derecho a saberlo.
– Y alguien debe poner las mesas y llamar a los centinelas antes de que piensen que nos hemos muerto aquí dentro -señaló Caroline.
Recogieron su labor y la guardaron en los costureros llenos de ovillos, retales y fragmentos que escondían los útiles botones falsos. Y trataron de decidir si debían de regocijarse o llorar.
– ¿Creéis que es un momento de celebración? -aventuró Grace.
– ¿Quién lo sabe? Es un momento de terror. Eso es seguro.
– Es un salto en el vacío -dijo Susannah solemnemente.
– Y todo es culpa de Nazareth -dijo Nazareth.
En medio del silencio absoluto, añadió:
– Todo principio es también un final. No puede haber una cosa sin la otra.

Lengua materna (fragmento)

Suzette Haden Elgin

​- De acuerdo -dijo Showard-. De acuerdo. Primer principio: La realidad no existe. La construimos percibiendo estímulos del entorno, externo o interno, y haciendo valoraciones sobre el mismo. Todo el mundo percibe la materia, todo el mundo hace valoraciones, todo el mundo, por lo que sabemos, comprende lo suficiente para ir tirando, de manera que cuando digo «Pásame el café» sabéis qué es lo que tenéis que pasarme. Y eso es la realidad. Segundo principio: La gente se acostumbra a un cierto tipo de realidad y llega a esperarla, y, si lo que perciben no encaja en el grupo de valoraciones en las que todo el mundo está de acuerdo, entonces la cultura tiene que examinarla hasta que encaja… o la descarta.

– Duendes… -murmuró Beau St. Clair-. Ángeles.

– Sí. No están en el marco de valoraciones de la realidad de esta cultura, así que si son «reales» no los vemos, no los oímos, no los olemos, no los sentimos…, no los saboreamos. Si podéis soportar la idea de no-saborear a un ángel -se echó hacia atrás y cruzó las manos tras la cabeza, dejando que la navajita se bambolease-. Ahora, el tercer principio: Los seres humanos están formados para esperar ciertas clases de percepciones…, ahí es donde empiezan los problemas. Los científicos cognitivos nos dicen que, sea cual sea esa formación en los terrestres, está razonablemente cerca de como sea en los alienígenas humanoides, porque los cerebros y sistemas sensores son bastante similares, aunque algunos humanoides tengan tentáculos brotando de sus orejas y otros no. Y los lingüistas nos dicen que, como la formación es bastante parecida, se puede coger un sistema cerebro-más-sentidos que no esté aún fijado, digamos el de un bebé, y éste sí puede hacer manifestaciones sobre lo que percibe, aunque no esté en las reglas consensuadas. Los bebés no saben qué se les viene encima, y tienen que aprender. Y, si no es demasiado diferente de lo que están preparados para percibir, pueden conseguirlo. Pueden incluirlo en su realidad.

– Hasta ahora, nada -dijo Lanky-. Como dije.

– Cuarto principio -continuó Showard-: Incluso un bebé, aunque sea todavía nuevo a estas percepciones, no puede conseguirlo cuando se enfrenta a una percepción tan completamente diferente de la humanoide que no puede ser procesada, y mucho menos declararlo.

– Los bebés no hacen declaraciones -dijo Lanky, disgustado-. Mierda. Todo lo que pueden hacer es…

– Lanky -dijo Beau St. Clair-, te equivocas. No pueden expresar las palabras que tú expresarías, no pueden pronunciar las valoraciones… pero las hacen. Como: «Lo que veo es algo que he visto antes, así que miraré otra cosa que no he visto antes». Como: «Ese ruido es mi madre». Cosas así.

– Mierda -repitió Lanky-. Duendes y ángeles. Mierda de duendes y mierda de ángeles.

Estaban acostumbrados a Lanky Pugh. Continuaron a su pesar.

– Así que eso es lo que sabemos -dijo Showard-. Hay algo sobre la manera en que los alienígenas no humanoides perciben las cosas, algo sobre la «realidad» que componen de los estímulos, tan imposible que destroza a los bebés y destruye su sistema nervioso central permanentemente.

Lengua Materna (fragmento)

Suzette Haden Elgin

A veces hago un viaje

Ciego pie de tiniebla, vacilante,
avanza en el desierto de mi pecho.
Seguramente es el infierno.

Aquí dentro, convulso,
desbordando metales por mis ojos abiertos,
levantando mareas de veneno,
girando mariposas de cal y de ceniza;
frías caricias lentas estrellando mis huesos.

No sé si será el grito anudado al origen
que ha crecido gigante y le ha trascendido,
no sé si aquella niña en asombro que llevo
o una fotografía de lo que nunca he sido.

El ángel de la ausencia preside la agonía.

Tal vez sean los árboles que viven en mi sangre
o colores inéditos,
o voces que no quieren apagarse conmigo.

Si hubiera luz, ascendería.

Mano de sombra danza por mi frente
más allá de la sed y del sueño.
Me protege un paisaje de pájaros inmóviles.
Si supiera tu nombre…¡te llamaría silencio!

Cruzan desnudos ríos inconcretos,
pasos de arena fina, sal quebrada.
Me protege una cifra solitaria y geométrica.
Si mirara tu rostro… ¡te llamaría distancia!

Seguramente esto es el infierno:
en muda dimensión desconocida
una sombra cayendo en pozo negro.

Si pudiera decir palabra limpia
de amor o de miseria, de olvido o de recuerdo.
Si pudiera sentir sobre mis párpados
mirada pura, voz indudable, firme transparencia,
sobre mi sien amarga…

¡Qué ala tendería!

Y pronunciar tu nombre impronunciable,
circundar tu inasible firmamento.
Imagen desolada del abismo,
sólo soy una forma sin espejo.

Aurora Reyes


Recóndita espiral

Aérea faz de roca construida,
suspendida en la noche de la infancia.
Recuerdas idolátricos perfiles
de inarmónica danza.

¿Eres diáfana sombra o luz caída,
anticipada muerte o rescatada,
perímetro de ausencia o invadida
forma de realidad acumulada?

Entre muros de angustia vacilante
y estatuas calcinadas
húndese el horizonte de mi frente
en colérica sal desparramada.
¿Cuál fragmento de espejo
se quedó con mi cara?
El sueño gira lenta, lentamente,
repitiendo sin voz una palabra:

Espiral, espiral,
flor infinita…
¡Cuántas estrellas desprendidas,
cuántas!
No interrogues al cardo,
no te asomes al río,
no llames al secreto.

¿Has oído cantar la tierra húmeda
bajo tu corazón?
¿Has visto la tormenta crecer y hacerse múltiple
en las alas del árbol?
¿Has palpado el amor en el recóndito
ruiseñor de los huesos?

Mira subir la lluvia por los tallos
y retornar al cielo.
Elévate en los pétalos azules,
en las trémulas manos de las hojas,
en la cifra total de los sentidos.
La ascensión te reclama las raíces,
la sombra, la garganta, los cabellos.
¡Líbrate, rompe todo, desángrate, agoniza!
pero que no te ciña el pensamiento.

Los corales del tacto, los corales.
Los caminos del viento…

Una sola palabra de tus ojos
despertará la muerte que perdió tu mirada,
la muerte que circunda tu contorno de niebla,
la que habita detrás de cada párpado
en las cuencas de todas las preguntas
que anidaron las fieras subterráneas.

Crece, silencio. Crece con los barcos,
con el fuego y el mar y la distancia;
trasciende los lamentos impotentes
de las últimas playas.
Crece el cielo más alto
del amor, sin sonrisa,
sin rostro, sin espejo,
sin arena, sin agua…

Aurora Reyes

La inteligencia de las flores

Sería superfluo trazar el cuadro de los grandes sistemas de la fecundación floral: el juego de los estambres y del pistilo, la seducción de los perfumes, la atracción de los colores harmoniosos y brillantes, la elaboración del néctar, absolutamente inútil para la flor y que ésta no fabrica sino para atraer y retener al libertador extraño, al mensajero de amor, abejorro, abeja, mosca, mariposa o falena que debe traerle el beso del amante lejano; invisible, inmóvil…

Ese mundo vegetal que vemos tan tranquilo, tan resignado, en que todo parece aceptación, silencio, obediencia, recogimiento, es por el contrario aquel en que la rebelión contra el destino es la más vehemente y la más obstinada. El órgano esencial, el órgano nutricio de la planta, su raíz, la sujeta indisolublemente al suelo. Si es difícil descubrir, entre las grandes leyes que nos agobian, la que más pesa sobre nuestros hombros, respecto a la planta, no hay duda; es la que condena a la inmovilidad desde que nace hasta que muere. Así es que sabe mejor que nosotros, que dispersamos nuestros esfuerzos, contra qué rebelarse ante todo. Y la energía de su idea fija que sube de las tinieblas de sus raíces para organizarse, y manifestarse en la luz de su flor es un espectáculo incomparable. Tiende toda entera a un mismo fin: escapar por arriba a la fatalidad de abajo; eludir, quebrantar la pesada y sombría ley, libertarse, romper la estrecha esfera, inventar o invocar alas, evadirse lo más lejos posible, vencer el espacio en que el destino la encierra, acercarse a otro reino, penetrar en un mundo moviente y animado. ¿No es tan sorprendente que lo consiga, como si nosotros lográsemos vivir fuera del tiempo que otro destino nos señala, o introducirnos en un universo eximido de las leyes más pesadas de la materia? Veremos que la flor da al hombre un prodigioso ejemplo de insumisión, de valor, de perseverancia y de ingeniosidad. Si hubiésemos desplegado en levantar diversas necesidades que nos abruman, por ejemplo las del dolor, de la vejez y de la muerte, la mitad de la energía que ha desplegado tal o cual pequeña flor de nuestros jardines, es de creer que nuestra suerte sería muy diferente de lo que es.

(Fragmento)

Maurice Maeterlinck

El huésped

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.

Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.

Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.

No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.

Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.

Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.

La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las buganvilias.

En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.

Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre. Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”, gritaba desesperada.

Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…

Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.

Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…

Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.

Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado. Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando
cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y
a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.

Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”

Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.

Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.

—Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.

—Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó.

— ¿Pero qué podemos hacer las dos solas?

—Solas, es verdad, pero con un odio…

Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.

La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.

No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.

Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…

Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.

Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.

Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…

Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.

Amparo Dávila

Arte de amar

Si quieres sentir la felicidad de amar, olvida tu alma.
El alma es lo que daña al amor.
Sólo en Dios ella puede encontrar satisfacción.
No en otra alma.
Sólo en Dios o fuera del mundo.

Las almas son incomunicables.

Deja a tu cuerpo entenderse con otro cuerpo.

Porque los cuerpos se entienden, pero las almas no.

Manuel Bandeira

Dos palomas amorosas

Dos palomas amorosas
están tristes, se quejan, suspiran
y lloran.
Ambas fueron enterradas en la nieve:
un árbol sin hojas fue su tumba.
Una de ellas perdió a su compañera
y salió a buscarla.
La encontró en un pedregal
pero estaba muerta.
Y tristemente empezó a cantar:
«¡Mi paloma! ¿Dónde están tus ojos,
y dónde tu pecho amante?
¿Dónde tu virtuoso corazón
que yo tan tiernamente amaba?
¿Dónde, mi paloma, están tus labios dulces
que mis tristezas conocieron?
Sufriré mil desdichas
ahora que mi alegría ha terminado».
Y la infeliz paloma
erraba de peña en peña.
Nada la consolaba
ni calmaba su dolor.
Cuando vino el alba
en el puro azul del cielo
vaciló y cayó.
Y al morir
exhaló un amoroso suspiro.

(Ollantay, canción)

Anónimo

​Si el día de mi boda alguien me hubiera advertido que estaba corriendo el riesgo de inspirar un concepto tan pobre de mí misma a la mujer que terminaría siendo algún día, me hubiera muerto de risa. Pero entonces todavía no había empezado a perder los años. Cuando miraba hacia atrás, siempre los encontraba en su sitio, bien ordenados, exactos y limpios, dispuestos en fila india, como un ejército de soldaditos de juguete, ahí estaban todos, y antes de cumplir veintidós, tenía veintiuno, y antes veinte, y antes diecinueve años, era tan fácil como aprender a contar con los dedos. Ahora voy a cumplir treinta y siete, y procuro no volver jamás la cabeza, porque no sé muy bien adónde ha ido a parar mi última década, no comprendo en qué agujero perdí los veinticuatro años, por ejemplo, o dónde se me cayeron los veintiséis, o qué me pasó cuando cumplí veintinueve, pero lo cierto es que no los recuerdo, no soy consciente de haberlos vivido, es como si el tiempo se devorara a sí mismo, como si cada día que pasa me robara un día pasado, como si los años se anularan entre sí. Ahora sé que el enemigo juega con cartas marcadas, y ya no puedo hacer nada por rescatarme a mí misma de todos los lugares, de todas las personas, de todas las mañanas y las noches que fueron un error, pero por lo menos no intento exprimir el mundo para forzarle a justificar mi vida cada doce horas. Ésa es la mezquina, desoladora medida, en que el destino se ha mostrado magnánimo conmigo.

Atlas de geografía humana (fragmento)

Almudena Grandes

Soy un silencioso

Soy un silencioso. Me pregunto, gracias a la distancia que tomo, ahora, de mi vida, si este gusto pronunciado por el silencio no tiene su origen en la dificultad que, desde siempre, fue mía, la de sentirme de algún lugar.

Antes de conocer el desierto, sabía que era mi universo. Sólo la arena puede acompañar una palabra muda hasta el horizonte.
Escribir sobre la arena, a la escucha de una voz de otro tiempo, abolidos los límites. Voz violenta del viento o, inmóvil, del aire, esta voz le sostiene la mirada. Le anuncia lo que lo agrede o aplasta. Voz de las abisales profundidades de las que usted sólo es el ruido ininteligible; la sonora o inaudible presencia.
Si le hiciera falta una imagen a la Nada, la arena nos la procuraría.

Polvo de nuestras ataduras. Desierto de nuestros destinos.

Edmond Jabès

Canción presentimiento

Seguramente
nadie pudo decirnos
que la luz era un túnel sin salida,
que el sol era la sombra
y el mar un sentimiento de la piedra.

Seguramente nadie,
nadie quiso advertir en los periódicos
una flor que era invierno,
una ley que era espada
y esta nube, sospecha de la roca.

Así,
amaneció de negro el día blanco,
y la luna fue escombro
a las dos de la tarde,
cuando salió la víbora de los grandes desiertos
para buscar almohadas y conocer la nieve.

Y los años perdían la memoria,
y el desván se cerraba en las alas del águila,
y cada huella presentía el hielo,
y cada uno se aferró a su nombre
como a un leño en el mar,
navegando en la herida de una frase,
en las puestas de sol,
entre las cartas y los documentos.

Así, con la rutina
de las salas de urgencia,
vino el sapo viscoso de la lluvia,
y nos besó en la boca.

Luis García Montero

El sueño

Hay momentos de soledad en que el corazón reconoce, atónito, que no ama.

Acabamos de incorporarnos, cansados: el día oscuro.
Alguien duerme, inocente, todavía sobre ese lecho.
Pero quizá nosotros dormimos…
Ah, no: nos movemos.
Y estamos tristes, callados. La lluvia, allí insiste.
Mañana de bruma lenta, impiadosa. ¡Cuán solos!
Miramos por los cristales. Las ropas, caídas;
el aire, pesado; el agua, sonando. Y el cuarto,
helado en este duro invierno que, fuera, es distinto.

Así te quedas callado, tu rostro en tu palma.
Tu codo sobre la mesa. La silla, en silencio.
Y sólo suena el pausado respiro de alguien,
de aquella que allí, serena, bellísima, duerme
y sueña que no la quieres, y tú eres su sueño.

Vicente Aleixandre

Bossanova

Un poco de tristeza
a nadie le hace mal,
me dije y vi
a la tristeza florecer.

Tomo café,
miro la arena llena de pisadas,
oigo como a lo lejos
una música azul.

Veo ser estas flores, también azules,
el milagro de algo
que aún brilla,
desde hace tanto tiempo.

Un poco de tristeza
a nadie le hace mal, me dije y vi
que no era nadie yo sino tan sólo
tu felicidad.

Ricardo Yáñez

Lo que más amo, lástimo

Dejo caer el látigo duro de mi voz
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer la ola súbita de mi ira
en cada palpitación
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer mi dignidad herida,
como bolsa de hiel que se revienta
y lo que más amo, lastimo.
Saco la frazada de mi amor
-a mordiscos, a puntapiés despedazada-
y te quiero cubrir,
se te clavan sus puntas de hielo desdentado,
aúllas de dolor
y yo te amo,
te quiero cubrir, ponerte a salvo
de los colmillos negros de la vida.

Enriqueta Ochoa

Carta a mi madre

A Teodora

recibí tu carta 20 días después de tu muerte y cinco minutos después de saber que habías muerto / una carta que el cansancio, decías, te interrumpió / te habían visto bien por entonces /aguda como siempre / activa a los 85 años de edad pese a las tres operaciones contra el cáncer que finalmente te llevó/

¿te llevó el cáncer? / ¿no mi última carta? / la leíste, respondiste, moriste / ¿adivinaste que me preparaba a volver? / yo entraría a tu cuarto y no lo ibas a admitir / y nos besábamos / nos abrazamos y lloramos / y nos volvemos a besar / a nombrar / y estamos juntos / no en estos fierros duros /

vos / que contuviste tu muerte tanto tiempo / ¿por qué no me esperaste un poco más? / ¿temías por mi vida? / ¿me habrás cuidado de ese modo? / ¿jamás crecí para tu ser? / ¿alguna parte de tu cuerpo siguió vivida de mi infancia? / ¿por eso me expulsaste de tu morir? / ¿como antes de vos? / ¿por mi carta? / ¿intuiste? /

nos escribimos poco en estos años de exilio / también es cierto que antes nos hablamos poco / desde muy chico, el creado por vos se rebeló de vos / de tu amor tan estricto / así comí rabia y tristeza / nunca me pusiste la mano encima para pegar / pegabas con tu alma / extrañamente éramos juntos /

no sé cómo es que mueras / me sos / estás desordenada en mi memoria / de cuando yo fui niño y de pronto muy grande / y no alcanzo a fijar tus rostros en un rostro / tus rostros es un aire / una calor / un aguas / tengo gestos de vos que son en vos / ¿o no es así? / ¿imagino? / ¿o quiero imaginar? / ¿recuerdo? / ¿qué sangres te repito? / ¿en qué mirada mía vos miras? / nos separamos muchas veces /

nací con 5,5 kilos de peso / estuviste 36 horas en la cama dura del hospital hasta sacarme al mundo / me tuviste todo el tiempo que tu cuerpo me pudo contener / ¿estabas bien conmigo adentro? / ¿no te fui dando arrebatos, palpitaciones, golpes, miedos, odios, servidumbres? / ¿estábamos bien, juntos así, yo en vos nadando a ciegas? / ¿qué entonces me decías con fuerza silenciosa que siempre fue después? / debo haber sido muy feliz adentro tuyo / habré querido no salir nunca de vos / me expulsaste y lo expulsado te expulsó /

¿esos son los fantasmas que me persigo hoy mismo / a mi edad ya / como cuando nadaba en tu agua? / ¿de ahí me viene esta ceguera, la lentitud con que me entero, como si no quisiera, como si lo importante siga siendo la oscuridad que me abajó tu vientre o casa? / ¿la tiniebla de grande suavidad? / ¿dónde el lejano brillo no castiga con mundo piedra ni dolor? / ¿es vida con los ojos cerrados? / ¿por eso escribo versos? / ¿para volver al vientre donde toda palabra va a nacer? / ¿por hilo tenue? / la poesía ¿es simulacro de vos? / ¿tus penas y tus goces? / ¿te destruís conmigo como palabra en lapalabra? / ¿por eso escribo versos? / ¿te destruyo así pues? / ¿nunca me nacerás? / ¿las palabras son estas cenizas de adunarnos? /

nos separaste muchas veces / ¿eran separaciones? / ¿formas para encontrarse como primera vez? / ¿ese imposible nos hacía chocar? / ¿eso me reprochabas en el fondo? / ¿por eso eras tan triste algunas tardes? / tu tristeza me era insoportable / a veces quise morirme de eso todavía / ¿ya tenía mi pedazo de vida para ocuparme de él? / ¿como animal cualquiera? / ¿ya soy triste por eso? / ¿por tu tristeza ofende la injusticia / escándalo del mundo? /

siempre supiste lo que hay entre nosotros y nunca me dijiste / ¿por culpa mía? / ¿te reproché todo el tiempo que me expulsaras de vos? / ¿ése es mi exilio verdadero? / ¿nos reprochamos ese amor que se buscaba por separaciones? / ¿encendió hogueras para aprender la lejanía? / ¿cada desencontrarnos fue la prueba del encuentro anterior? / ¿así marcaste el infinito? /

¿qué olvido es paz? / ¿por qué de todos tus rostros vivos recuerdo con tanta precisión únicamente una fotografía? / Odessa, 1915, tenes 18 años, estudias medicina, no hay de comer / pero a tus mejillas habían subido dos manzanas (así me lo dijiste) (árbol del hambre que da frutas) / esas manzanas ¿tenían rojos del fuego del pogrom que te tocaba? / ¿a los 5 años? / ¿tu madre sacando de la casa en llamas a varios hermanitos? / ¿y muerta a tu hermanita? / ¿con todo eso / por todo eso /contra / me querés? / ¿me pedías que fuera tu hermanita? / ¿así me diste esta mujer, dentro / fuera de mí? / ¿qué es esta herencia, madre / esa fotografía en tus 18 años hermosos / con tu largo cabello negriazul como noche del alma / partida en dos / ese vestido acampanado marcándote los pechos / las dos amigas reclinadas a tus pies / tu mirada hacia mí para que sepa que te amo irremediablemente? /

¿así viaja el amor / de ser a antes de ser? / ¿de ser a sido en tu belleza? / ¿viajó de vos a mí? / ¿viaja ahora / morida? / nada podemos preguntar sino este amor que todo el tiempo nos golpeó / con su unidad irrepetible / ¿para que no olvidemos el dolor? / ¿los dos niñitos del mercado de Ravelo con una gallinita en los brazos, ofreciendo barato y con gestos de madre, casi recién salidos de sus madres? / ¿por qué te apareciste en el mercado boliviano? / ¿en cada pena estás? / apagabas el sol para dormirme /

¿podes quitarme vida? / ¿ni quitártela yo? / ¿castigabas por eso? / desciendo de tus pechos / tu implacable exigencia del viejo amor que nos tuvimos en las navegaciones de tu vientre / siempre conmigo fuiste doble / te hacía falta y me echaste de vos / ¿para aprender a sernos otros? / cada mucho nos dabas un momento de paz: entonces me dejabas peinarte lentamente y te ibas en mí y yo era tu amante y más / ¿tu padre? / ¿ese rabino o santo? / ¿que amabas? / ¿más que a mí? / ¿me perseguías porque no supe parecerme a él? / ¿y cómo iba a parecerme? / ¿no me querías otro? / ¿lejos de ese dolor? / ¿por qué tan vivo está lo que no fue? / ¿nunca junté pedazos tuyos? / ¿cada recuerdo se consume en su llama? / ¿eso es la memoria? / ¿suma y no síntesis? / ¿ramas y nunca árbol? / ¿pie sin ojo, mano sin hora? / ¿nunca? / ¿saliva que no moja? / ¿así atan los cordones del alma? / ¿vos sos dolor, miedo al dolor? /

¿qué fue lo separado? / ¿mi dedo de escribir en tu sangre? / ¿mi serte de no serte? / y vos, ¿no eras el otro? / ¿cuántas veces miraste las llamas del pogrom mientras yo te crecía, entraste al bosque donde cantaba el ruiseñor que nunca oí, jugaste con el que nunca fui? / nacimos junto a dos puertos distintos / conocemos las diferencias de la sal / vos y yo hicieran un mar desconocido con dos sales /

me hiciste otro / no sigas castigándome por eso / ¿te sigo castigando por eso? / ¿y sin embargo / y cuándo / y yo tu sido? / ¿vos en yo / vos de yo? / ¿y qué podemos ya cambiar? / ¿pudimos cambiar algo alguna vez? / ¿nunca saldé las hambres del abuelo? / los ojos claros del retrato que presidía tu cuarto / ¿qué puede el verdadero amor cambiar? / ¿o nos es de tal modo que nos empuja a ser sí mismos? / ¿para uno en el otro? / ¿resonando en las partes de la noche? / ¿como dos piedras contra el cielo? / ¿pájaro y árbol? / cuando se posa el pájaro en el árbol, ¿quién es vuelo, quién tierra? / ¿quién baja a oscuridad? / ¿quién sube a luz? / ¿qué goce pasa a llaga? / ¿te llevo en llaga viva? / ¿para que nos atemos otra vez? / ¿este sufrido amor? /

me hiciste dos / uno murió contuvo / el resto es el que soy / ¿y dónde la cuerpalma umbilical? / ¿dónde navega conteniéndonos? / madre harta de tumba: yo te recibo / yo te existo /

¿tratos de amor hay en la sombra? / ¿ya volveré a peinarte el dulce pelo / espesura donde mi mano queda? / ¿pensativa en tu aroma? / ¿gracia cuajada en lenta parecida? / ¿me quisiste imposiblemente? / ¿así me confirmaste en el furor? / ¿puerto de tardes inclinadas al que volvías tantas veces? / ¿dónde navegarás ahora sino en mí / contra mí? / ¿puerto solo? / bella de cada mar en mi cabeza / llaga de espumas / alma /

no sé qué daño es éste / tu soledad que arde / dame la rabia de tus huesos que yo los meceré / vos me acunaste yo te ahueso / ¿quién podrá desmadrar al desterrado? / tiempo que no volvés / mares que te arrancaste de la espalda / tu leche constelada de cielos que no vi / leche llena de sed / tus pechos que callaban / paciencias / caballitos que el pasado maneó / llenos de estepa detenida / rota por mi avidez de vos / así me alzaste / me abajaste / me amaste sin piedad / pañal feroz de tu ternura /

¿o yo fui tu cansancio? / ¿te reproché que me expulsaras? / ¿nos ata ese reproche hondísimo / que nunca amor pudo encontrar? / ¿no me quisiste mar y navegar lejos de vos? / ¿tiempo hecho de vos? / ¿no me quisiste acaso otro cuando me concebías? / ¿otra unición de esa unidad? / ¿ama total de tus dos sangres? / ¿te das cuenta del miedo que nos hiciste, madre? / ¿de tu poder / tu claridad? /

¿qué cuentas pago todavía? / ¿qué acreedores desconozco? / ¿necesito recorrer una a una tus penas para saber quién soy / quién fui cuando nos separamos por la carne / dolorosa del animal que diste a luz / siervarnía / ciega a mi servidumbre de tu sierva / pero esas maravillas donde me hijaste y te amadré / tu cercana distancia /

¿me ponías a veces delantales de fierro? / ¿me besabas a veces con pasión? / ¿y qué pasión había en tu pasión ? / ¿no podrías cesar en tu morir para decirme? / ¿no te querés interrumpir? / ¿entraste tanto en tu desparecer? / ¿volvés al desamparo de mí? / ¿tan duro era mi amor? / ¿te di un alma y con otra te echaba a mi intemperie? / ¿no pudiste morivivirme en suave claustro / no darme de nacer? / mi nacer, ¿te habrá apagado ganas de matarme? / ¿eso me perdonabas y no me perdonabas? / ¿así peleaste con tus sombras? / ¿así me hiciste sombra tuya de otro cuerpo, me diste tu pezón / campo violeta / donde pacía un temblor? A ¿techo contra el terror? / ¿única tela de la paz? / ¿no la tejíamos los dos? / ¿en mañanas cayendo sobre el patio donde jamás hubo otra gloria? / ¿blancuras que de vos subían? / ¿rocíos de tu sangre al puro sol? / ¿lluvia de abajo interminable? / ¿yo fui animal de lluvia? / ¿te ensucié pechos con mi boca? / ¿me diste a veces leche amarga? /,¿te olvidas de las veces que no quise comer de vos? / ¿qué te venía entonces de la entraña del alma? / esos jugos, ¿no me atardecen fiero? / ¿y vos crees que estás muriendo? / ¿antes que muera yo? / ¿y se apaguen, los gestos que escribiste en mi cuerpo? / ¿las dichas que imprimiste? / ¿en mi querer a las mujeres? / ¿prolongándote en ellas? / ¿que de vos me tuvieran y alejaran? /

¿qué yo habré sido para vos? / ¿cómo me habrás sufrido cuando salí de vos? / no saberte, ¿no es mi saber de vos? / yo no sé por qué cielos giraste / sé que giran en mí / nada pudiste finalmente ahorrarme / no soy sin vos sino de vos / no me reproches eso / todavía me entibia el blancor de tu nuca / y mis besos allí / siervos de esa armonía / ¿cuántas veces se detuvo allí el mundo? / ¿cuántas veces cesaste la injusticia allí / madre? / ¿cuántas veces el mundo endureció tu leche / la que me abraza / la que me rechaza / la que te pide explicaciones? / ¿ya solísima / y tarde / y tan temprano? /

y esta tarde / ¿no está llena de usted? / ¿de veces que me amó? / la voz que canta al fondo de la calle / ¿no es su voz? / ¿temblor de vientre juntos todavía? / ¿qué es este duro amor / tan suave y tuyo / lluvia a tu fuego / fuego a tu madera / llama escrita en el fuego con tu huesito último / ardor de pie en la noche? / ¿alta? / ¿qué gritas en mi alma? / pero no me gritas / tu paladar entrado a tiendas de la sombra siento frío / ¿cuántas veces sentiste mis fríos? / ¿me habrás mirado extrañada de vos? / ¿no te fui acaso el peor de los monstruos? / ¿el creado por vos? / ¿y cómo hiciste para amarme? / ¿ese trabajo dabas de comer contra tu propia oscuridad? / y cuando abrí la boca, ¿no gritaste? / ¿no se asustó tu lengua de mi lengua? / ¿no hubo un jardín de espanto en tu saliva? / ¿que sembré / cultivé / regué con mi tu sangre? / ¿y qué te habré morido al darme a luz? / ¿y la profundidad de mis desastres? / ¿y nuestro encuentro inacabado / ya nunca / ya jamás / ya para siempre? / ¿y pedregal de vos a vos donde sangraron mis rodillas? / ¿cuando junto a mi cuna llorabas tantas cosas / y mi fiebre / y la fiebre de tu salvaje juventud? /

así mezclaste mis huesitos con tu eternidad / tus besos era suaves en noches que me dejaste solo con el terror del mundo / ¿me buscabas también así? / ¿hermanos en el miedo me quisiste? / ¿en un pañal de espanto? / ¿o me parece que fue así? / ¿dónde se hunde esta mano / dónde acaba? / ¿escribís, mano, para que sepa yo? / ¿y sabes más que yo? / tocaste el pecho de mi madre cuando fui animalito / conociste calores que no recuerdo ya / bodas que no conoceré / ¿qué subtierra de la memoria aras? / ¿soy planta que no ve sus raíces? / ¿ve la planta raíces? / ¿ve cielos / empujada? / ¿cómo vos, madre, me empujas? / mi mano, ¿es más con vos que mismo yo? / ¿siente tu leche o lunas de noche en mí perdida? /

¿y mi boca? / ¿cuánta alma te chupó? / ¿te fue fiesta mi boca alguna vez? / ¿y mis pies? / ¿me mirabas los pies para verme el camino? / ¿y tu ternura entonces? / ¿era tu viaje hacia mi viaje? / ¿fuiste rodeada de temor amoroso? / ¿del caminar por mí? / ¿por qué nunca supimos arreglar el dentrofuera que nos ata? / ¿al afuerino de tu cuerpo? / tu leche seca moja mi alma / ¿ahora la soy? / ¿me es? / ¿cuáles son los trabajos del pájaro que nunca me nombras? / ¿el que nos volaría juntos? / ¿ala yo / vuelo vos? / me obligaste a ser otro y tu perdón me muerde las cenizas / ¿acaso yo podía prolongar tu belleza? / ¿sin convertirla en cuerpo de dolor / lengua exiliada de tu nuca? / ¿y cuánto amé la ausencia de tu nuca para que no doliera? / ¿y que te devolviera? / ¿a dulzura posible en este mundo? / ¿conocida que no puedo nombrar? / ¿vientre que nadie puede repetir? / ¿lleno de maravilla, de gran desolación? / ¿pasó a río deshecho por mis pies? / ¿tan duro tu olvidar? / poderosa, ¿soy el que vos morís? / ¿ceñido de tu nombre? / ¿por qué te abrís y te cerras? / ¿por qué brilla tu rostro en doble sangre / todavía?
pasé por vos a la hermosura del día / por mí pasas a la honda noche / con los ojos sacados porque ya nada había que ver / sino ese fino ruido que deshace lo que te hice sufrir /ahora que estás quieta/
¿y cómo es nuestro amor / éste? /
envolverán con un jacinto la mesa de los panes /
pero ninguno
me hablará / estoy atado a tu suavísima / doy de
comer a tu animal más ciego /

¿a quién das tregua / vos? /
están ya blancos todos tus vestidos/
las sábanas me aplastan y no puedo dormir / te odias en mí completamente / se crecieron la mirra y el incienso que sembraste en mi vez / deja que te
perfumen / acompañen tu gracia / mi alma calce tu transcurrir a nada / todavía recojo azucenas que habrás dejado aquí para que mire el doble rostro de tu amor/
mecer tu cuna / lavar tus pañales / para que no
me dejes nunca más /
sin avisar / sin pedirme permiso /
aullabas cuando te separé de mí /
ya no nos perdonemos /

Juan Gelman

La vida no es una canción de The Smiths

Pasan los días
y se borra la evidencia.
Ya no quedan rincones
ni esqueletos de botellas.
Licor barato.

El otro día pasé
por nuestra calle
y, en un intento,
siempre frustrado,
de voyerismo,
me senté a observar.

Nada pasó.
No sé muy bien qué esperaba que pasara.

Ahora que lo pienso mejor,
acostarme en tu lado de mi cama
o buscar tu nombre en los letreros de las calles
es un poco morboso,
casi parafílico.

Es buscarle una cara al destino,
apostarle al caballo que a perdió dos patas
y va por la tercera.
Directo a la fábrica de pegamento.

O querer empujarte al regreso,
o jalarme hacia la muerte.

El otro día pasé
por nuestra calle
y, en un intento,
siempre frustrado,
de voyerismo,
me largué de ahí
como alma que lleva el diablo.

A la mierda contigo.

Isabel Espinoza

Galatea en Brighton

Me tomó algunos meses comprender que Siobhan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto durante cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que éste comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras perturban cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que el anonimato, tanto o más que la fama, es uno de los deseos velados de cualquier existencia.

Escribo esto y descubro con vergüenza que a la segunda Siobhan Kearney le fue negado precisamente su derecho a no ser nadie. Puedo apostar que ella, hacia el final de sus días, hubiera dado lo que fuese por que su nombre no importase a nadie, al menos no para quienes la honramos hasta matarla. La imagino antes de todo, cuando era niña o adolescente, quién sabe si feliz, pero sin duda poco preocupada por llamarse como se llamaba. Su nombre, hasta el momento atroz en que lo descubrió mi padre en los registros de su oficina bancaria, debió de ser como cualquier otro, resonante sólo para quienes la amaron o aborrecieron antes que nosotros: su madre viuda, un hermano que sólo alcanzó a escribirle dos cartas desde las trincheras del Somme, un novio acaso despechado que habría repetido aquellas sílabas de amor desde el fondo de la calle que conducía a su modesto apartamento en Cockfosters. Un nombre para ella dulce o neutro, un nombre que, sin embargo y sin que ella lo supiese, se iría cargando de fatalidad en las sesiones espiritistas que por años ofició madame Doucelin en nuestra casa solariega de Brighton.

Los devotos de la madame llegaban siempre a las cinco: anchos, atildados, diestros como nadie en la elegancia de quienes llevan mucho tiempo compartiendo mezquinas transgresiones. Ahogaban su espera con la repostería de mi madre y se embarcaban en charlas banales que sólo hacían más enervante la impuntualidad de madame Doucelin. Siempre parecía intolerablemente tarde cuando la figura inmensa de la médium ensombrecía el umbral de la casa. Su sola presencia, sin embargo, bastaba para que los miembros de su conventillo le perdonasen todo: su informalidad, la perfumada grosería de sus modales, sus cien kilos de ser escandalosamente francesa. Daba pena verles tan sumisos a la fuerza espiritual de aquella mujer enorme, tan dispuestos a celebrar sus desaires y cumplir sus más leves caprichos como si se tratara de una deidad telúrica, providente y terrible al mismo tiempo. Ella, por su parte, se dejaba querer y temer, jugueteaba un rato con la ansiedad del conventillo y sólo se avenía a iniciar la sesión cuando era noche cerrada y la vehemencia de sus devotos comenzaba ya a volverse insostenible. Aquella postergación era tan frecuente y estudiada como las propias sesiones, y no me extrañaría que la madame la juzgase parte de su ritual ultramundano, un necesario desgaste para quebrantar las defensas de los comensales y disponerles para creer ciegamente en las cosas que ella, transfigurada y solemne a la luz de las velas, les decía luego desde la frágil frontera que nos separa de los muertos.

Ignoro cómo o cuántas veces fui testigo presencial de los prodigios espiritistas de madame Doucelin. Seguramente fueron muchas, pues sus visitas a Brighton nunca fueron en mi casa motivo de secreto, ni siquiera de discreción. Mi padre hablaba de las sesiones como quien comenta un partido de cricket, y mi madre las preparaba siempre con el mismo esmero con que habría administrado las raciones para un almuerzo dominical. Cuando aludían a los espectros que la noche previa habían acudido a sus invocaciones, los hacían como si se tratara de un político en desgracia o de una soprano que ha cantado bien un aria en Covent Garden.

Naturalmente, mis padres y los demás miembros del conventillo tenían sus preferencias en lo que hace a sus visitantes del más allá: ciertos nombres podían repetirse en nuestras sobremesas hasta volverse cotidianos, otros podían apasionarles, causar trifulcas entre ellos, caer en desgracia o incluso merecer que nadie volviese a nombrarles, no se diga a invocarles. Y aunque nunca tuve claro qué etiqueta podía ganarle a un alma en pena el afecto o el desprecio de los vivos, muy pronto me acostumbré a convivir con ellos y tolerarlos en mi infancia como otros deben hacer con parientes que se resisten a ser lejanos o con la prole invasiva de extraños que fueron al colegio en las mismas aulas que nuestros padres.

Mentiría si dijese que la primera Siobhan Kearney fue desde el comienzo una muerta de excepción para los seguidores de madame Doucelin. Sus primeras apariciones en la casa de Brighton apenas debieron de sembrar en ellos cierta curiosidad por su vida desastrada o por las minucias de un suicidio con barbitúricos que, en realidad, no difería gran cosa de la de muchos otros espectros invocados por la voz ventral de la médium. Después de todo, no era inusual que los suicidas pululasen en las sesiones para narrar a los vivos los mórbidos detalles de sus últimos instantes en el mundo. Ciertamente esos casos sembraban algún interés en el conventillo, pero el entusiasmo o el morbo que generaban se extinguían tan pronto como habían venido, casi siempre desplazados por las confesiones de algún suicida más elocuente, más audaz o, por lo menos, más lúbrico.

No es entonces improbable que el fantasma de la suicida Siobhan estuviese cerca de pasar al olvido cuando mi padre descubrió a la joven que, para su mal, llevaba sin saberlo ese mismo nombre. Culpar de esto sólo a la casualidad me parece hoy tan absurdo como creer a ojos cerrados que la primera Siobhan lo dispuso todo para que así ocurriera desde el fondo mismo del infierno. Antes que el azar o los designios de ultratumba, los verdaderos responsables de esa escaramuza fuimos los vivos, seres de carne y hueso cuyo guía no fue otro que mi padre. A fin de cuentas fue él quien cierto día reconoció el nombre de Siobhan Kearney en la lista de pequeños clientes proletarios de su banco en Londres. Y fue él quien esa misma tarde celebró el hallazgo entre los devotos de madame Doucelin, inocente al principio, entusiasta luego, delirante al fin cuando notó que también ellos, sus contertulios y amigos, veían en el hecho como algo más que una curiosa coincidencia, quizá más bien como una señal una invitación inestimable a refrescar un poco aquel juego espiritista que a esas alturas había comenzado ya a aburrirles.

No dudo que al principio lo hayan concebido así, como un juego, un simple juego más o menos inocente, algo similar a una especulación bursátil en la que algunos cientos de libras, audazmente administrados por mi padre, enriquecerían por fuerza el anecdotario de su conventillo en Brighton. Nada de esto, sin embargo, les absuelve de haber seguido con su macabro pasatiempo cuando advirtieron hasta dónde tendrían que llevarlo para sentir que su inversión había valido la pena. Por lo que hace a madame Doucelin, su parte en esa industria me resulta hoy extrañamente difusa: a veces la concibo como artífice última de la debacle de la segunda Siobhan, algunas la veo reacia a participar en ella, y otras, las más, la pierdo entre los rostros de sus devotos como si, en efecto, la médium hubiera sido un mero instrumento, un amasijo de carne blanca y resonante sometido por entero a los designios de la primera Siobhan, la muerta.

De este vórtice inestable de memorias apenas puedo rescatar con claridad la noche en que mi padre relató a sus cómplices los pormenores de su primer encuentro con la nueva Siobhan Kearney. Lo veo ensanchado en el sillón que preside la sala, sonriente, orgulloso como un patriarca que se dispone a contarnos sus desmanes de juventud. Junto a él, erguida en un pequeño taburete, mi madre también sonríe, casi puedo asegurar que aplaudiría si no la contuviese su estricto sentido del recato. De cualquier modo, mi madre no deja de exigir a mi padre que les diga de una vez lo que todos ansían oír: quieren saber qué aspecto tiene la muchacha, si se sintió inhibida por la célebre opulencia de la oficina bancaria, si aceptó de buenas a primeras el generoso trato que al cabo le hizo mi padre o si mostró algún interés por la muerta cuya fortuna estaba a punto de usurpar sin saber que con ello asumía también su turbulento destino.

Así apremiado por sus cómplices y amigos, mi padre al fin narra y retrata. En dos trazos describe a la rústica muchacha que esa mañana entró en su oficina manoseando la carta que él mismo había redactado sugiriéndole invertir parte de sus ahorros en el mercado del hierro. Imita luego la voz tímida de Siobhan Kearney cuando ésta le dijo que seguramente se trataba de un error, pues ella nunca ha visto junta tal cantidad de dinero. Mi padre, entonces, exagera su propia sorpresa cuando revisó con simulada atención los registros bancarios y juró despedir al empleado imbécil que no supo distinguir entre las cuentas de ambas mujeres. Finalmente, abusando del silencio en que han caído sus oyentes, vuelve a fruncir el ceño, contempla a la muchacha, finge meditar y le dice con un guiño de complicidad que sin duda ese dinero estará mejor en sus manos, pues es evidente que su dueña original hace tiempo que dejó de necesitarlo y sería una pena, señorita Kearney, que esa pequeña fortuna pasara sin más a las arcas del banco.

Al oír esto la concurrencia celebra por todo lo alto la actuación de mi padre. Ya no hay para qué preguntarle qué ocurrió enseguida. El conventillo de Brighton sabe que la muchacha, con reparos o sin ellos, ha aceptado aquel súbito giro de su suerte. ¿Quién no lo haría en su situación? Ya imaginan a la muchacha soñando con vestidos nuevos, tomando ese taxi que necesitó tantas veces cuando la lluvia la sorprendía en los descampados de Southgate, aplaudiendo en la fila cero del Strand esa obra de teatro a la que nunca creyó poder asistir. A esas alturas los presentes, en especial mi madre, han comenzado ya a concebir mil maneras de sacar el mayor provecho posible de la ilusión que mi padre sembró esa mañana en las ansias de Siobhan Kearney. Ahora que la saben al alcance de sus manos, quieren poseerla por completo, adueñarse de ella, cortejarla, redimirla de su vergonzosa medianía. Buscan, en fin, la forma de controlar su suerte con la misma ilusión con la que un niño cree que podrá algún día regir la fuerza incontenible de las mareas o de los astros.

Siempre me han estremecido la energía y la eficacia con que en esos meses el conventillo de Brighton llevó a efecto sus planes para renovar la suerte de Siobhan Kearney. Era como si auténticas fuerzas del más allá se hubiesen confabulado a fin de que la impostura de aquella segunda Siobhan fuese un éxito. Invitada por mi padre, su ángel protector, la muchacha comenzó a visitarnos en Brighton, donde las damas del conventillo se consagraron enseguida a cortejarla, redimirla e instruirla para que respondiese dignamente a la supuesta generosidad de la providencia. Entre bromas y veras la felicitaron por su buena estrella, la iniciaron en las normas más elementales de la etiqueta que debía respetar si quería ser aceptada en sociedad, eligieron para ella los vestidos, el maquillaje y aun el peinado con que empezó a asistir a la ópera y al hipódromo. La muchacha, por su parte, se prestó a aquella transformación con la docilidad de una muñeca de trapo en manos de un grupo de niñas sobreexcitadas y enormes. Casi con alegría obedeció cada una de sus instrucciones y vistió cada uno de los sombreros que le asignaron, se entregó sin chistar a agotadoras sesiones donde le mejoraron el acento y hasta la educaron para que su ignorancia en materia de música y política pareciese antes una virtud de dama bien criada que un defecto de su origen modestísimo. Tal fue su docilidad, que en menos de dos meses hubiera sido imposible reconocer en ella a la humilde muchacha de Cockfosters a la que mi padre había citado alguna vez en la oficina de su banco en Londres.

Debo aclarar a todo esto que la tenaz metamorfosis de Siobhan Kearney tuvo sus límites, acaso porque ninguna de sus hadas de marras quiso nunca renunciar del todo al placer de exhibir el fondo grotesco de aquella acartonada Cenicienta. Más que hermosa o refinada, la muchacha terminó por parecer un borroso catálogo de buenas maneras, una máscara que sin embargo nunca pudo disimular el carácter híbrido y monstruoso de la condición de quien la portaba. Fruto de la indiscreción y la jactancia de los miembros del conventillo, la verdad sobre el origen de la pequeña fortuna de la señorita Kearney fue un secreto a voces en los círculos más selectos de la alta sociedad londinense, y tanto, que la muchacha no tardó en convertirse en el juguete temporario de Ascot y Covent Garden, en una suerte de prodigio circense alimentado por aplausos y falsos halagos que ella, desde su radical ingenuidad, aceptó de plácemes como si en verdad fuesen pruebas incontrovertibles de que había sido aceptada por los que antes cortejaron a la dueña original de su nombre, su dinero y su destino.

Cierta noche, no hace mucho tiempo, pregunté a mi padre si alguna vez consideró que tarde o temprano sería necesario desengañar a la muchacha. Mi padre me miró extrañado y se encogió de hombros como si esa fase ineludible de su juego nunca hubiera ocupado sus pensamientos. O peor aún, como si a esas alturas el nombre de Siobhan Kearney no le dijese absolutamente nada. Entonces me aterró descubrir que la historia de la muchacha había sido para él tan importante como un viaje de negocios a Newcastle o una cacería en Bretaña. Sin duda, el tiempo que duró el desfile de Siobhan Kearney por los salones y teatros de Londres le había dado numerosas satisfacciones, pero a la postre había sido también un descalabro que juzgó prudente olvidar tan pronto como la muchacha desapareció de nuestras vidas y del mundo.

Más que avergonzarle, el desenlace de aquel juego sólo pudo provocar en mi padre un efímero estallido de rabia, acaso lo sacó provisoriamente de sus cabales como la derrota de un caballo por el que había apostado más de lo prudente. Lo mismo vale decir por los restantes miembros del conventillo de Brighton, que en el fondo nunca perdonaron a la muchacha su exceso de credulidad. Cuando su industria dejó de parecerles novedosa, mi padre y sus cómplices comenzaron a ver en el entusiasmo de Siobhan Kearney un síntoma de su irremediable mal gusto. Les indignó que la muchacha se sintiese efectivamente a nuestra altura y, sobre todo, que creyese en la honestidad de las flores y los billetes perfumados con que de pronto se dio a cortejarla un gomoso cuarentón de Bristol. Las mujeres del conventillo tomaron por una ofensa imperdonable que la muchacha dejase de frecuentarlas para entregarse a una felicidad que ninguno de sus creadores podía brindarle o escamotearle. Todavía puedo escuchar la irritada voz de mi madre cuando comentaba el penoso espectáculo de la muchacha cogida del brazo de aquel cazafortunas, de ese patán que sólo la quiere por su dinero. Nuestro dinero, añadía como si dijese también nuestra Siobhan, nuestra criatura. Entonces las otras damas del conventillo se indignaban con ella, reprobaban la ingratitud de las mujeres ordinarias, pero qué puede una esperar, amigas mías, de ese tipo de gentuza.

El conventillo de Brighton debió de sacar de esta o semejante indignación la fuerza que le faltaba para dar fin a su juego. Tal vez un jugador más justo o piadoso habría propuesto hablar seriamente con la muchacha, advertirle de los peligros que la amenazaban si seguía juntándose con el solterón de Bristol, aconsejarla como lo habría hecho su madre: con cariño pero con firmeza. Pero ese tipo de compasión le estaba vedado a los cínicos de Brighton: Siobhan Kearney no era su hija, y ellos debían cuidarse de caer en vanos sentimentalismos. Más que sus hadas, los miembros del conventillo debían asumirse sus parcas, y estaban obligados a actuar como tales si en verdad deseaban evitar que la muchacha los despeñase definitivamente en el ridículo.

Como es de suponerse, la responsabilidad de cortar los hilos que unían a las dos Siobhan recayó nuevamente en mi padre. La operación, simple e ingrata, fue ejecutada con una limpieza casi quirúrgica. Mi padre no citó a la muchacha en Brighton, sino en la oficina bancaria donde había empezado todo. No la estrechó ni la bendijo. Ni siquiera le reclamó sus desaires al conventillo o sus coqueteos con el caballero de Bristol. Simplemente le anunció que había aparecido inopinadamente un heredero de la difunta señora Kearney y que éste, con toda justicia, reclamaba la fortuna de la cual él, con la mejor de las intenciones, se había atrevido a disponer. Desde luego, añadió, él se encargaría de asumir la significativa merma que en el caudal de la desdichada señora Kearney había ocasionado su irreflexivo acto de altruismo, pero no necesito decirle, señorita, que por desgracia ya no nos será posible seguir ayudándola como hasta ahora lo hemos hecho.

Ni esa ni ninguna otra tarde pudo el conventillo de Brighton agasajarse con un histriónico relato del nuevo encuentro entre mi padre y la infortunada muchacha. Es incluso posible que esa noche prefiriesen no reunirse, no ver la cara de mi padre cuando se sentó a cenar y anunció sin más que todo estaba hecho. Mi madre, por su parte, guardó silencio. Recuerdo ahora su mandíbula distraída en masticar un pedazo de carne ofensivamente duro, su mente acaso concentrada en imaginar el rostro pálido de la muchacha al recibir el golpe de su vuelta a la indigencia, sus manos aferradas a un suntuoso sillón de cuero negro que no basta para sostenerle, los ojos que se apagan porque ya anticipan el día en que el caballero de Bristol la dejará plantada en un banco de los jardines de Kensington hasta que llegue la noche y ella comprenda que sólo una dosis desmedida de barbitúricos le permitirá seguir siendo Siobhan Kearney, la única.

Ignacio Padilla

Comunión Plenaria

Los nervios se me adhieren
al barro, a las paredes,
abrazan los ramajes,
penetran en la tierra,
se esparcen por el aire,
hasta alcanzar el cielo.

El mármol, los caballos
tienen mis propias venas.
Cualquier dolor lastima
mi carne, mi esqueleto.
¡Las veces que me he muerto
al ver matar un toro!…

Si diviso una nube
debo emprender el vuelo.
Si una mujer se acuesta
yo me acuesto con ella.
Cuántas veces me he dicho:
¿Seré yo esa piedra?

Nunca sigo un cadáver
sin quedarme a su lado.
Cuando ponen un huevo,
yo también cacareo.
Basta que alguien me piense
para ser un recuerdo.

Oliverio Girondo

El burro

A veces sueño que Mario Santiago
Viene a buscarme con su moto negra.
Y dejamos atrás la ciudad y a medida
Que las luces van desapareciendo
Mario Santiago me dice que se trata
De una moto robada, la última moto
Robada para viajar por las pobres tierras
Del norte, en dirección a Texas,
Persiguiendo un sueño innombrable,
Inclasificable, el sueño de nuestra juventud,
Es decir el sueño más valiente de todos
Nuestros sueños. Y de tal manera
Cómo negarme a montar la veloz moto negra
Del norte y salir rajados por aquéllos caminos
Que antaño recorrieran los santos de México,
Los poetas mendicantes de México,
Las sanguijuelas taciturnas de Tepito
O la colonia Guerrero, todos en la misma senda,
Donde se confunden y mezclan los tiempos:
Verbales y físicos, el ayer y la afasia.

Y a veces sueño que Mario Santiago
Viene a buscarme, o es un poeta sin rostro,
Una cabeza sin ojos, ni boca, ni nariz,
Sólo piel y voluntad, y yo sin preguntar nada
Me subo a la moto y partimos
Por los caminos del norte, la cabeza y yo,
Extraños tripulantes embarcados en una ruta
Miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia,
Tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos
Y ventiscas de arena, el único teatro concebible
Para nuestra poesía

Y a veces sueño que el camino
Que nuestra moto o nuestro anhelo recorre
No empieza en mi sueño sino en el sueño
De otros: los inocentes, los bienaventurados,
Los mansos, los que para nuestra desgracia
Ya no están aquí. Y así Mario Santiago y yo
Salimos de la ciudad de México que es la prolongación
De tantos sueños, la materialización de tantas
Pesadillas, y remontamos los estados
Siempre hacia el norte, siempre por el camino
De los coyotes, y nuestra moto entonces
Es del color de la noche. Nuestra moto
Es un burro negro que viaja sin prisa
Por las tierras de la Curiosidad. Un burro negro
Que se desplaza por la humanidad y la geometría
De estos pobres paisajes desolados.
Y la risa de Mario o de la cabeza
Saluda a los fantasmas de nuestra juventud,
El sueño innombrable e inútil
De la valentía.

Y a veces creo ver una moto negra
Como un burro alejándose por los caminos
De tierra de Zacatecas y Coahuila, en los límites
Del sueño, y sin alcanzar a comprender
Su sentido, su significado último,
Comprendo no obstante su música:
Una alegre canción de despedida.

Y acaso son los gestos de valor los que
Nos dicen adiós, sin resentimiento ni amargura,
En paz con su gratuidad absoluta y con nosotros mismos.
Son los pequeños desafíos inútiles —o que
Los años y la costumbre consintieron
Que creyéramos inútiles—los que nos saludan,
Los que nos hacen señales enigmáticas con las manos,
En medio de la noche, a un lado de la carretera,
Como nuestros hijos queridos y abandonados,
Criados solos en estos desiertos calcáreos,
Como el resplandor que un día nos atravesó
Y que habíamos olvidado.

Y a veces sueño que Mario llega
Con su moto negra en medio de la pesadilla
Y partimos rumbo al norte,
Rumbo a los pueblos fantasmas donde moran
Las lagartijas y las moscas.
Y mientras el sueño me transporta
De un continente a otro
A través de una ducha de estrellas frías e indoloras,
Veo la moto negra, como un burro de otro planeta,
Partir en dos las tierras de Coahuila.
Un burro de otro planeta
Que es el anhelo desbocado de nuestra ignorancia,
Pero que también es nuestra esperanza
Y nuestro valor.

Un valor innombrable e inútil, bien cierto,
Pero reencontrado en los márgenes
Del sueño más remoto,
En las particiones del sueño final,
En la senda confusa y magnética
De los burros y de los poetas.

Roberto Bolaño

Pavana para una infanta difunta

A Alejandra Pizarnik

Pequeña centinela
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías
hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de
la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de
todo el universo.
El que los abre traza la frontera y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar
la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala
que te incrusta en lo oscuro
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar
en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la
herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del
propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un
jardín donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampiro,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el
resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacía adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta
que te deshabitaba.
Eregías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera
de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los
puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las
venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos en
la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura que te
desliza en otro laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Y todo es al revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
solo con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo
de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra
que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus
membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces
en sus alas como un manto:
en el fondo de todo hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.

Olga Orozco

Verano

En los espejos polvorientos del verano ha caído la sombra

Giuseppe Ungaretti

III
Apenas te he visto ayer,
apenas ayer he mirado tus ojos.
No conozco tu nombre.
Pero quien quiera que tú seas
– casi podría decirlo-
yo te amo.

V
Para construirte
bastaría volver la mirada
a un jardín oscuro y húmedo
– hiedra osada al muro,
entrelazados ocres y violetas -,
bastaría danzar en el borde de un abismo.

VI
El territorio, tu cuerpo.
Y sea mi tiempo
la duración de tu caricia.

VIII
Contando las horas de la noche,
viendo brillar interminable
la lluvia entre los pinos.
Triste niña, amiga de estas cosas.
Perdida niña.
Te creía sepultada para siempre.

IX
Algunas veces
el viento va arrastrando cierta voz.
Pasa, mueve sólo los cabellos, las hojas
o deslava la sonrisa.

Hoy trajo el viento
una intensa voz de soledad.

XII
Hay un solo silencio que me habita.
En cuerpo y alma.
De dimensión mayor que tus palabras.

XVI
A dónde ir
si en cada sonido,
si detrás de todos los momentos
del día
dejaste algo.

XIX
Si tú te vas,
– amor, que no suceda-
que algo venga a mí
más fuerte que tu imagen,
venga a mí
algo parecido a la muerte.

XXI
Cae el desamparo azul de la mañana.
Qué hacer de tanto caminar a solas,
de tanto extraviar pisadas y palabras.

XXVI
Tendida
exhausta
sin más que el aire
sobre mi cuerpo fugitivo

XXVIII
Blancas, sábanas quietas
sobre el cuerpo desnudo.
Amanece.
Es tu nombre un estremecimiento
y amarte vuelve a ser
una larga costumbre.

XXIX
Al pie de un eucalipto,
lecho de hierba y polvo,
fuimos
todo el fuego del sol
en un instante.

Elsa Cross

Carta III

Querido
no te olvides
de que te espero siempre
cada noche te espero
estoy aquí
no duermo
no hago nada sino eso
te espero
te espero.
Da la una.
Cierro entonces la puerta
el amor
la esperanza
y en la sombra
en la noche
con los ojos desiertos
miro sin ver
sin quejas
sin pena
la pared.
Duramente la miro
Hasta que viene el sueño.

Idea Vilariño

Confesión del fugitivo

Sólo soy feliz yéndome.
No entre cuatro paredes, con sus sendas espadas,
sino entre aquí y allí, una casa y otra,
ajenas ambas preferiblemente.No puedo ya, ni quiero, estarme quieto.
Ni ahora ni después. Ni aquí ni allí.
En todo caso, ahí, donde estás tú,
seas quien seas tú, ponme tu nombre
en los labios sedientos, insaciables.Yo no soy yo ni puedo tener casa.
No digo ya porque nunca lo fui,
nunca la tuve, siempre fui extranjero
dentro y fuera de mí. Soy lo que no:
el mendigo que duerme bajo el puente
que une las dos orillas y yo cruzo
sin poder, día y noche, detenerme.
Escribo porque busco, porque espero.
Pero ya no sé qué, se me ha olvidado.
Espero que escribiendo
llegue a acordarme. Insisto en la intemperie.

Sinvivo entre paréntesis,
entre el espacio vivo y tiempo muerto
de la espera de qué, entre dos aquíes.

Nunca en sino entre. Sal de mí,
seas quien seas tú, déjame en paz
o acaba ya conmigo y con la miel
amarga de estar solo hablando solo.

He decidido que mi patria sea
no decidir, no estar en ningún sitio
sino de paso, puentes, naves, trenes,
donde yo sea sólo el pasajero
que sé que soy, sintiendo
que me inquieta la paz,
que la quietud me asusta,
que la seguridad no me interesa,
y sólo soy feliz cuando me sé fugaz.

Juan Vicente Piqueras