El planeta Cloralex

Entre los investigadores del FBI que desaparecieron en la década de los setenta, una de las figuras más enigmáticas es la de Cormac McCormick (1928-1978). El legendario detective se dirigía a la ciudad de Reno, Nevada, donde planeaba ofrecer una rueda de prensa a la que nunca asistió. Su coche se encontró abandonado cerca de un basurero en el desierto de Chihuahua, sin señales de violencia, –.y lo que es más extraño– se encontraron sus ropas y las tarjetas de crédito intactas.
Como se sabe, el FBI dirige investigaciones muy diversas de manera simultánea. Mientras que sus colegas trataban de averiguar la identidad de un asesino en serie o los contactos del tercer tipo reportados en Milwaukee, McCormick vivió obsesionado por desentrañar un misterio más acuciante.
Creció en Brownsville, Texas. Su hermana de tres años murió al ingerir el contenido de una vistosa botella que encontró tirada en el patio. Como se supo después, la botella de Cloralex fue arrojada allí por un grupo de mexicanos que se dirigían a la Isla del Padre. Este hecho decisivo marcó como un hierro ardiente la personalidad de McCormick.
Nunca fue un estudiante modelo, sino más bien retraído. Sin duda el más taciturno de su generación, el joven Cormac acostumbraba vigilar a sus compañeros y tomar notas en abultados cuadernos. En lugar de bailar prefería pasear con una bolsa y un gancho, y recoger muestras de basura que después analizaba. Reñía constantemente con sus padres, que nunca respetaron sus aficiones, y más de una vez se deshicieron de su colección personal. Al terminar la high school abandonó los estudios y se dedicó a viajar de manera obsesiva por la frontera norte de México, sólo por la frontera, sin avanzar más allá, como un bañista que no se decide a penetrar en el agua. Recorrió toda la franja fronteriza, de Tijuana a Matamoros, sin adentrarse nunca más de un kilómetro, apenas lo suficiente para comprobar que el lado mexicano era un enorme basurero. Los mexicanos, apuntó en sus cuadernos, tienen gran capacidad de adaptación, y si bien dejan de tirar basura mientras visitan un país extranjero, retoman la costumbre con más bríos al regresar a su tierra. El resultado de esta expedición fue un libro de viajes, que permaneció inédito hasta el día de su muerte. En él se intentaba explicar qué llevaba a los mexicanos a ensuciar su hábitat natural. Cuando cumplía 25 años entregó el borrador a la editorial City Lights, el mismo día que un joven que acababa de conocer, un tal Jack Kerouack, entregaba el suyo. Dos meses más tarde, la editorial decidió publicar On the Road, el libro de Kerouack, y no On the Border, el que pergeñó Cormac, pues el libro de Kerouack exploraba toda la Unión Americana y el de Cormac sólo echaba un vistazo por el sur del país –y del lado más sucio–. Antes de que McCormick pudiera descorazonarse, un hecho insólito estaba por cambiar su existencia. Entre los lectores de City Lights se encontraba el profesor Johnson, un agente encubierto al servicio del FBI. Johnson, que leyó el manuscrito, reconoció la capacidad de observación y el talento del joven Cormac: “Necesitamos gente como tú”, le dijo, y lo invitó a sumarse a La Agencia. Cormac no lo dudó ni un instante.
Le asignaron una oficina en Arkansas, presupuesto para viajar y comprar libros, y la obligación de presentar resultados anuales. El día que le entregaron su placa, el mismo J. Edgar Hoover, director del FBI, lo llamó a su oficina: “Su investigación es de vital importancia para nosotros”, y a continuación le tomó las huellas digitales. En su primera hipótesis, McCormick sugirió que los mexicanos tiran basura como una manera de criticar la corrupción del gobierno, pero la idea no tuvo mucha aceptación entre sus colegas: “Un pueblo que soporta a un mismo partido en el poder durante tantos decenios no tiene conciencia política”. La segunda hipótesis que exploró fue que ciertos mexicanos tiran basura porque están deprimidos. Si ingirieran los fármacos adecuados, dijo, tendrían el optimismo suficiente para caminar hasta los botes de basura. Empero, las estadísticas demostraron que no había suficientes botes de basura per capita en la República Mexicana, por lo que abandonó esta línea de reflexión. “Libérese, suelte la imaginación”, le sugirió Edgar Hoover. Con el apoyo de Johnson, su verdadero benefactor, Cormac desarrolló su tercera teoría, quizá más extravagante, según la cual los mexicanos ensucian todo porque viven de espaldas a la idea de la reencarnación, “Por ahora”, señaló, “Se diría que los mexicanos están convencidos de que van a desaparecer de manera definitiva. Si creyeran que van a volver reencarnados al mismo sitio, se preocuparían por las generaciones venideras y dejarían de ensuciar su territorio”. Pero como el orientalismo no estaba de moda –y Edgar Hoover pensaba que Buda era un alien–, McCormick tuvo que abandonar esta idea promisoria.
Así empezó la famosa crisis de McCormick. Decepcionado, pidió un año de permiso y se dio al alcohol y a los excesos. En una de sus borracheras terribles cruzó la frontera de México sin darse cuenta, y tardó nueve meses en regresar. Durante sus incursiones en Durango, cuando nadaba en el corazón de la reserva ecológica, una botella de Cloralex llegó flotando hasta el detective y en vista de que sólo una inteligencia superior podía conseguir tal efecto, McCormick tuvo una revelación: los mexicanos ensucian todo porque son extraterrestres. Vienen de una galaxia muy remota y están convencidos de que su paso por la República Mexicana es apenas una estación momentánea en su vida: ¿Para qué limpio el entorno, se preguntan, si al rato llega por mí la nave nodriza? Por descabellado que pueda sonar, esta teoría no sólo no provocó escepticismo en el FBI, sino que le aumentaron el presupuesto y le asignaron dos auxiliares.
Fue así como empezó su etapa más productiva. En los siguientes veinte años convenció a sus jefes de que lo instalaran en México, le compraran un auto y se dedicó a explorar cada rincón del país. Del más urbano al más extraño, del más chic al más menesteroso; Monterrey, Zacatecas, Polanco, la colonia Doctores, el desierto de Sonora, Real de catorce, el bolsón de Mapimí no tenían secretos para él. En sus memorias inéditas en castellano, Basura o Nuestro patio trasero es un campo de aterrizaje , McCormick cuenta cómo, al explorar las profundidades del cenote sagrado de los mayas, sabía que estaba alcanzando un nuevo nivel de profundidad gracias a la antigüedad de las botellas de Cloralex que iba encontrando en su camino. “En México, decía el explorador, los basureros son el alfa y el omega. Uno sale a la calle y encuentra basura, sube a un camión y encuentra basura, viaja al extremo del país, al sitio más apartado del mundo, y cuando cree haber llegado a un sitio virgen, siempre encontrará más basura, porque un mexicano ya estuvo allí. Bolsas de fritangas y de Pan Bimbo parecen seguirlos por doquier, como si fueran más necesarios que el aire o el agua. El punto más accesible y el más recóndito que uno puede imaginar siempre serán basureros. Los mexicanos no pueden vivir sin basura, su organismo no se los permitiría. A esto se debe que, “lo único que ha tenido continuidad en la identidad mexicana es su pasmosa facilidad para ensuciarlo todo” .
Con esta idea en mente, McCormick encontró cada vez más indicios de la vida en otros planetas. En uno de sus famosos experimentos, el detective siguió a una familia de chilangos durante dos meses, sólo para comprobar el placer con que los González dejaban rastros de su paso por la tierra. Hasta el bebé de dos años arrojaba sus pañales con tenacidad asombrosa, casi de manera instintiva. Cuando los González se dirigían de vacaciones a las playas de Acapulco, el norteamericano tuvo un presentimiento en verdad importante, se detuvo a mitad del camino y comprobó que toda la carretera entre Cuernavaca y Caletilla estaba sembrada de evidencias. Una larga capa de basura señalaba la actividad de los mexicanos, y esto le pareció muy alarmante, aunque entonces no supo explicarse porqué. Presa de un sudor frío, McCormick se puso en contacto con el coronel Aldrich, de la NASA, el cual le confirmó que, vista desde el espacio, la república mexicana tiene la forma de un cuerno de la abundancia, que resplandece debido a los millones de botellas de Cloralex, esparcidos a lo ancho y lo largo de su vasto territorio. Fue allí cuando comprendió todo: el complot era tan sutil que podía pasar inadvertido. Del Suchiate al Río Bravo, pronto cada centímetro cuadrado estaría cubierto de basura, porque de esta manera los mexicanos llaman a la nave nodriza. Lo gigantesco es una forma de lo abstracto, concluyó el detective, cada vez más aterrado; hay cosas tan grandes que se vuelven invisibles.
Contra lo que esperaba, la dirección del FBI no estuvo interesada en sus hallazgos y lo reubicó en las oficinas de Arkansas. Entonces vivió lo que se conoce como “su periodo negro”. A finales de los sesenta, McCormick decidió abandonar las filas de La Agencia, alegando un complot en su contra. Aunque vaciaba minuciosamente su bote de basura todas las noches, el bote siempre estaba repleto la mañana siguiente, tenía que haber un mexicano entre el personal. Tras presentar su renuncia vivió como un fugitivo y publicó el resultado de sus investigaciones en editoriales de amplio criterio, sobre todo en el sur de la Unión Americana.
Poco antes de desaparecer, McCormick anunció que haría revelaciones sensacionales sobre el planeta Cloralex. Vino a despedirse de mí, que fui su asistente en Chihuahua, cuando fotografiamos los basureros, y se fue manejando hacia la garita aduanal. Iba vestido con un traje huichol y repetía con insistencia “Ya van a venir”. Como es bien sabido, una botella olorosa a desinfectante fue encontrada bajo la llanta delantera de su auto.
La vida de McCormick ha tenido grandes detractores, pero ningún seguidor. A mí me parece que su figura no ha hecho más que agrandarse. Me digo esto mientras miro a mis compatriotas y me parece que el tiempo, que hace justicia, le dará la razón.

Martín Solares