XXIII

El amor nunca se va solo.
Se lleva con él
nuestro tiempo
y su intención.
Nos lleva.
Se lleva el agua
con todo
su manantial subterráneo
su rí­o
y hasta su océano.
No se lleva la flor
sino su olor
y su tierra.
Jamás se va solo
nos vamos con él.

Carolina Escobar Sarti

XVII

Nadie muere
luego de la muerte
según dicen los cadáveres
Entonces es que estoy en el purgatorio
desde nuestra despedida.
Estás demasiado
en todo lo que tocaste (incluyéndome a mí­)
(es insoportable tanta memoria de vos)
tu olor impregna las paredes
las sábanas
la memoria
aquel árbol me toca por tus ramas
mi insomnio es aún más solitario
el pan está enmohecido.
Estoy metida en el ataúd -catatónica-
y aún no muero
respiro
me doy cuenta de todo
quiero gritar y no puedo.
Nadie me oye
no saben que estoy viva.

Carolina Escobar Sarti

V

No son las horas las que mueren
soy yo.
Que nunca podré quitarle a mi cuerpo
su memoria de vos
que vuelvo a ser una
luego de ser cómplice de siglos.
No son las horas las que agonizan
soy yo.
Que tengo un solo zapato
en el sentimiento
y por mi garganta cerrada
no pasa ni tu nombre.
No son las horas las que se duelen
soy yo.
Que siento en la boca
el sabor salobre del adiós
cada lágrima
se detuvo por un segundo
al borde del abismo
pero
por aquello del destino
y sus azares
terminé mordiendo el mar.

Carolina Escobar Sarti

I

En estas horas de agoní­a
te devuelvo las llaves
de la puerta las del mutuo pasado
y del incurable porvenir.
Invoco a todos mis muertos
nuestros muertos
lo que se nos muere
y los ojos buscan más allá de la pared
más allá de la ventana y la nube
en ayuno de latidos y amaneceres
por si puede detener el minuto siguiente
la herida, la sangre
su dolor.

Carolina Escobar Sarti