Halladas

I

En el desierto. Encuentran un cuerpo en el desierto. ¿Quién lo puso allí? ¿Desde cuándo está allí? ¿Hay señales de fieras? ¿Hay vestigios de zarpas o dientes? ¿Hay picotazos? ¿Hay hormigas expandiendo sus puntadas como un tul movedizo? ¿Y cuánta carnicería le corresponde a los depredadores y cuánta a los asesinos?

No se salvó a la hija. No se pudo evitar el horror de la carnicería, el pánico de la muerte. Ahora, solamente es posible rescatarla del sol, privarla de la corona negra de los buitres, de las lágrimas nocturnas del desierto…

¿Es eso un alivio?

Llevársela de allí.

Recomponer el mosaico de su cuerpo desbaratado.

Envolverlo en un lienzo nuevo y entregarlo otra vez

para que la muerte reanude su festín.

¿Pero creéis de verdad que eso es un alivio?

Los sables se ensartan en el baúl pintado
paralizando sangre,
enfriando células,
abriendo caminos a la podredumbre.
Levantando la veda a la carroña.

II

A cambio de un cadáver herido, mutilado, se deja de esperar a la hija. A la hija que salió de la casa con urgencia pero que no se dio prisa en volver. Demoró su vuelta tanto y tanto hasta borrar los compartimentos del tiempo.

Pero los relojes ya empiezan a marchar.

Se acabó el presente interminable. A partir de ahora ya no será necesario resistir, tener valor, aguzar el oído al otro lado de la puerta, intentar identificar sus pasos, la canción que cantaba; atisbar en todas las muchachas la semejanza a una forma de peinarse, un andar, esa blusa de colores, esa falda, igual a la suya…

A partir de ahora, se encajarán días, horas, sucesos. A partir de ese cadáver, la hija deja de existir.

Con esmero, alinea los naipes.
Adivina cuál es.
Adivina dónde está, dice el mago.
¿No está el que falta?, insiste. ¿Seguro que no está?
Hábilmente, sus dedos descubren la carta oculta
en la chaqueta del espectador.
El siniestro comodín agita sus cascabeles ensangrentados.

III

Reconózcala. Diga si es ella. Dígalo de una vez: sí o no.

No todos son convocados ante una sábana estirada. No todos son apremiados a acabar con la congoja. No todos pueden envolver con el amor de los lienzos esas niñas despedazadas, traspasadas, aplastadas por la abominación. No todos pueden escribir un nombre en una lápida, cubrirla de flores, encenderle cirios. No todos pueden entregarse al duelo.

Hay quienes aún deban hacer acopio de lágrimas porque no saben hasta cuándo debe durar la pena.

¿Hay que dar las gracias, entonces?

Hay que decir SÍ, y desasirse.

Sí, es ella, hay que decir, y abandonarse.

Poner ahora toda la atención en ese hueco.

Esa carne que ya no está en su carne. Esa sangre que le falta.

Será una marca que nos distinguirá para siempre.

Como si las victimas tuviéramos que expiar, de por vida, los crímenes de los asesinos.

Sí, es ella. Gracias. Gracias.

Redobla el tambor.
El prestidigitador, con elegante gesto levanta el paño.
Voilà, dice.
El escenario es un rompeolas de asombros.

Ana Rossetti

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Confín

Se bucea una y otra vez
tras los restos del naufragio.
Y una y otra vez
se depositan las capturas
en la pulida lámina de la orilla.
¿Qué es lo que queda fuera?
¿La espuma que se desborda de las manos
o el océano denso del lenguaje?

Ana Rossetti