Ellos

Llueve. Una lluvia fina y fría cae sobre las casas, sobre los árboles, sobre las tumbas. Cuando ELLOS vienen a verme, la lluvia chorrea sobre sus rostros descompuestos, fluida. ELLOS me miran y el frío se hace más intenso, mis blancas paredes ya no me protegen. Jamás me han protegido. Su solidez no es más que una ilusión y su blancura está manchada.
Ayer tuve un instante de felicidad inesperada, sin ton ni son. Vino hacia mí a través de la lluvia y la neblina, sonreía, flotaba por encima de los árboles, danzaba ante mí, me envolvía.
Yo la reconocí.
Era la felicidad de un tiempo muy lejano cuando el niño y yo no éramos más que uno. Yo era él, sólo tenía seis años y soñaba por la noche en el jardín mientras contemplaba la luna.
Ahora estoy cansado. Son esos que vienen de noche los que tanto me fatigan. ¿Cuántos serán esta noche? ¿Uno solo? ¿Un grupo?
Si al menos ELLOS tuvieran un rostro. Pero ELLOS están todos vacíos, son vaporosos. ELLOS entran. ELLOS se quedan de pie mirándome y ELLOS dicen:
—¿Por qué lloras? Acuérdate.
—¿De qué?
ELLOS se echan a reír.
Luego yo digo:
—Estoy preparado.
Me abro la camisa y ELLOS alzan sus manos tristes y pálidas.
—Acuérdate.
—Ya no me acuerdo.
Las manos tristes y pálidas se alzan y vuelven a caer. Alguien llora detrás de las blancas paredes:
—Acuérdate.
Una niebla ligera y gris flotaba por encima de las casas, por encima de la vida. Un niño estaba sentado en el patio y contemplaba la luna.
Tenía seis años, yo lo amaba.
—Te amo —le digo.
Y el niño me mira de hito en hito, severamente.
—Niño, yo vengo de lejos. Dime, ¿por qué contemplas la luna?
—No es la luna —responde el niño irritado—, no es la luna, es el futuro lo que contemplo.
—De allí vengo —le digo en voz baja— y no hay más que campos muertos y cenagosos.
—Mientes, mientes —grita el niño—. Hay dinero, luz, amor. Y hay jardines llenos de flores.
—De allí vengo —le repetía en voz baja— y no hay más que campos muertos y cenagosos.
El niño me reconoció y se puso a llorar.
Fueron sus últimas lágrimas vivas. Sobre él también empezó a llover. La luna desapareció. La noche y el silencio vinieron a decirme:
—¿Qué has hecho con él?

(Ayer, fragmento)

Agota Kristof

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El pájaro muerto

En mi imaginación, un camino pedregoso conduce al pájaro muerto.
—Entiérrame —me pide y, en los ángulos de sus miembros rotos, los reproches se mueven cual gusanos.
Me haría falta tierra.
Tierra negra y pesada.
Una pala.
Yo sólo tengo ojos.
Unos ojos empañados y tristes que se mojan en un agua glauca.
Los he trocado en el mercado de cosas viejas por unas cuantas monedas extranjeras, sin valor. No me ofrecían ninguna otra cosa.
Los cuido, los froto, los seco en un pañuelo sobre mis rodillas. Prudentemente, para no perderlos.
A veces arranco una pluma del cuerpo del pájaro y dibujo unas venas de color púrpura sobre esos ojos que son mi único caudal. También suelo tiznarlos por entero. Entonces el cielo se nubla y empieza a llover.
Al pájaro muerto no le gusta la lluvia. Se empapa, se pudre, despide un olor desagradable.
En tal caso, incomodado por el olor, voy a sentarme un poco más lejos.
De vez en cuando, me hago promesas:
—Iré a buscar tierra.
Pero realmente no creo que lo haga. El pájaro tampoco se lo cree. El me conoce.
¿Por qué se habrá muerto precisamente aquí, donde lo único que hay son piedras?
Una buena hoguera también resolvería el asunto.
O unas grandes hormigas rojas.
El problema es que todo es muy caro.
Para comprar una caja de cerillas hay que trabajar durante meses y las hormigas son carísimas en los restaurantes chinos.
De mi herencia, ya casi no me queda nada.
La angustia se apodera de mí cuando considero el poco dinero que me queda.
Al principio derrochaba sin sacar cuentas, como todo el mundo, pero ahora tengo que tener más cuidado.
Sólo compraré lo absolutamente indispensable.
Por consiguiente, ni hablar de tierra, de pala, de hormigas, de cerillas.
Por otra parte, y mirándolo bien, ¿qué tengo yo que ver con los funerales de un pájaro desconocido?

(Ayer, fragmento)

Agota Kristof

La huida 

Ayer soplaba un viento conocido. Un viento con el que ya había coincidido.
Era una primavera precoz. Yo caminaba en medio del viento con paso decidido, rápido, como todas las mañanas. Sin embargo, tenía ganas de regresar a mi cama y acostarme, inmóvil, sin pensar en nada, sin desear nada, y quedarme allí tendido hasta sentir acercarse esa cosa que no es ni voz, ni sabor, ni olor, sólo un recuerdo muy vago, venido de más allá de las fronteras de la memoria.
La puerta se abrió lentamente y mis manos colgantes sintieron con escalofrío los pelos sedosos y suaves del tigre.
—¡Música, maestro! —dijo—. ¡Toque algo! Con el violín o con el piano. Mejor con el piano. ¡Toque!
—Yo no sé —le dije—. Jamás en mi vida he tocado el piano, ni siquiera tengo piano, nunca lo he tenido.
—¿Nunca en su vida? ¡Qué tontería! ¡Vaya a la ventana y toque!
Frente a mi ventana había un bosque. Vi a los pájaros juntarse en las ramas para escuchar mi música. Vi a los pájaros. Con sus cabecitas ladeadas y sus ojos fijos que miraban algo a través de mí.
Mi música se tornaba cada vez más impetuosa. Hasta devenir insoportable.
Un pájaro muerto cayó de una rama.
La música se interrumpió.
Me volví.
Sentado en medio de la habitación, el tigre sonreía.
—Con esto basta por hoy —dijo—. Usted debe ejercitarse más a menudo.
—Sí, se lo prometo, me ejercitaré. Pero ahora, por favor, espero algunas visitas, compréndalo. Podrían desconcertarse con su presencia aquí, en mi casa.
—Naturalmente —bostezó.
Con paso elástico, traspasó la puerta que yo había cerrado con dos vueltas trás él.
—Hasta la vista —me dijo antes de desaparecer.
Lina me esperaba en la entrada de la fábrica, apoyada contra la pared. Estaba tan pálida y triste que había decidido detenerme para hablar con ella. Sin embargo pasé de largo, sin siquiera volver la cabeza hacia ella.
Un poco más tarde, cuando ya había puesto en marcha mi máquina, ella se me acercó.
—¡Qué raro! Jamás le había visto reír. Le conozco desde hace años. Y en todo ese tiempo nunca se ha reído ni una sola vez.
La miré y estallé en carcajadas.
—Prefiero que no se ría —dijo.
En ese momento, experimenté una viva inquietud y me asomé a la ventana para ver si el viento seguía estando allí. El movimiento de los árboles me devolvió la calma.
Cuando me volví, Lina había desaparecido. Entonces le hablé:
—Lina, yo te amo. Realmente te amo, Lina, pero no tengo tiempo para pensar en eso, hay tantas cosas en las que debo pensar, por ejemplo en ese viento, ahora debería salir y caminar en medio del viento. No contigo, Lina, no te enfades. Caminar con el viento es algo que no se puede hacer sino solo, porque hay un tigre y un piano cuya música mata a los pájaros, y sólo el viento puede ahuyentar ájaros, y sólo el viento puede ahuyentar al miedo, eso es cosa sabida, hace mucho tiempo que lo sé.
Las máquinas tañían el ángelus alrededor de mí.
Avancé por el pasillo. La puerta estaba abierta.
Aquella puerta siempre estaba abierta y yo nunca había intentado salir por allí.
¿Por qué?
El viento barría las calles. Esas calles desiertas se me antojaron extrañas. Nunca las había visto en la mañana de un día laborable.
Luego me senté en un banco de piedra y lloré.
Al mediodía calentó el sol. Unas nubecitas se deslizaban por el cielo y la temperatura era muy agradable.
Entré en un bar, tenía hambre. El camarero puso ante mí un plato de bocadillos.
Yo me dije:
—Ahora debes regresar a la fábrica. Debes regresar allí, no tienes ningún motivo para detener el trabajo. Sí, ahora debes regresar.
Empecé a llorar de nuevo y advertí que me había comido todos los bocadillos.
Cogí el autobús para llegar más rápido. Eran las tres de la tarde. Todavía podía trabajar dos horas y media.
El cielo estaba nublado.
Cuando el autobús pasó frente a la fábrica, el revisor me miró. Más adelante, me tocó el hombro:
—Es la terminal, señor.
El lugar donde me bajé era una especie de parque. Unos árboles, unas cuantas casas. Ya era de noche cuando entré en el bosque.
Ahora la lluvia era copiosa, mezclada con nieve. El viento golpeaba salvajemente mi cara. Pero era él, el mismo viento.
Caminaba, cada vez más rápido, hacia una cumbre.
Cerré los ojos. De todas maneras no veía nada. A cada paso, tropezaba con un árbol.
—¡Agua!
A lo lejos, por encima de mí, alguien había gritado.
Era ridículo, había agua por todas partes.
Yo también tenía sed. Eché para atrás la cabeza y, con los brazos separados, me dejé caer. Hundí mi rostro en el lodo frío y no volví a moverme.
Fue así como morí.
Mi cuerpo enseguida se confundió con la tierra.

(Ayer, fragmento)

Agota Kristof