me enseñaron tres
nombres para el árbol frente a mi ventana
casi al alcance de la mano, elástico

de ardillas, bancos de memoria, hogares.
Castagno se lo tomó a pecho, sus vainas

como huérfanos se aferraron allí donde aterrizaban
apoderándose de cada pedacito de sombra

en el ruedo. Chassagne, en días de más viento,
nervioso en su vestido de tafetán,

susurrante, a punto de volverse
anárquico, aunque bien educado.

Y finalmente castaño, pálido y limpio por los golpes
de todas las reservas internas

llamadas a efectuar su parte justa del trabajo.
No era la clase de árbol

que se aborda por descarte—imagínense—, ni uno
en el que sólo la última hoja

era leal. No, éste
era todo primera persona, y yo

era el tallo, sostenía entero en mí misma
el ramo de los tres,

a la vez dando y recibiendo: los más pequeños mapas
de rutas de la coincidencia. ¿Cuál es la idea

que gobierna el florecer? El árbol humano
vestido con sus sustantivos, o éste

justo al lado de mi ventana, prometiendo con más firmeza
de la que es posible

que alguna vez alcanzará mi alféizar, las hojas
silenciosas como deseos suprimidos, y yo

un nombre entre ellos.

Jorie Graham