Las Águilas llegan al Monte del Destino

—Me hace feliz que estés aquí conmigo —dijo Frodo—. Aquí al final de todas las cosas, Sam.
—Sí, estoy con usted, mi amo —dijo Sam, con la mano herida de Frodo suavemente apretada contra el pecho—. Y usted está conmigo. Y el viaje ha terminado. Pero después de haber andado tanto, no quiero aún darme por vencido. No sería yo, si entiende lo que le quiero decir.
—Tal vez no, Sam —dijo Frodo—, pero así son las cosas en el mundo. La esperanza se desvanece. Se acerca el fin. Ahora sólo nos queda una corta espera. Estamos perdidos en medio de la ruina y de la destrucción, y no tenemos escapatoria.
—Bueno, mi amo, de todos modos podríamos alejarnos un poco de este lugar tan peligroso, de esta Grieta del Destino, si así se llama. ¿ No le parece? Venga, señor Frodo, bajemos al menos al pie de este sendero.
—Está bien, Sam, si ése es tu deseo, yo te acompañaré—dijo Frodo; y se levantaron y lentamente bajaron la cuesta sinuosa; y cuando llegaban al vacilante pie de la montaña, los Sammath Naur escupieron un chorro de vapor y humo y el flanco del cono se resquebrajó, y un vómito enorme e incandescente rodó en una cascada lenta y atronadora por la ladera oriental de la montaña.
Frodo y Sam no pudieron seguir avanzando. Las últimas energías del cuerpo y de la mente los abandonaban con rapidez. Se habían detenido en un montículo de cenizas al pie de la montaña; y desde allí no había ninguna vía de escape. Ahora era como una isla, pero no resistiría mucho tiempo más, en medio de los estertores del Orodruin. La tierra se agrietaba por doquier, y de las fisuras y de los pozos insondables saltaban cataratas de humo y de vapores. Detrás, la montaña se contraía atormentada. Grandes heridas rojas se abrían en los flancos, mientras ríos de fuego descendían lentos hacia ellos. No tardarían mucho en sepultarlos. Caía una lluvia de ceniza incandescente. Ahora estaban de pie, inmóviles; Sam, que aún sostenía la mano de Frodo, se la acarició. Luego suspiró.
—Qué cuento hemos vivido, señor Frodo, ¿no le parece?—dijo—. ¡ Me gustaría tanto oírlo! ¿Cree que dirán: Y aquí empieza la historia de Frodo Nuevededos y el Anillo del Destino? Y entonces se hará un gran silencio, como cuando en Rivendel nos relataban la historia de Beren el Manco y las Tres Joyas. ¡Cuánto me gustaría escucharla! Y cómo seguirá, me pregunto, después de nuestra parte.
Pero mientras hablaba así, para alejar el miedo hasta el final, la mirada de Sam se perdía en el norte, y el ojo del huracán, allí donde el cielo distante aparecía límpido, pues un viento frío, que ahora soplaba como un vendaval, disipaba la oscuridad y la ruina de las nubes.
Y así fue como los vio desde lejos la mirada de largo alcance de Gwaihir, cuando llevada por el viento huracanado, y desafiando el peligro de los cielos, volaba en círculos altos: dos figuras diminutas y oscuras, desamparadas, de pie sobre una pequeña colina, y tomadas de la mano mientras alrededor el mundo agonizaba jadeando y estremeciéndose, y rodeadas por torrentes de fuego que se les acercaban. Y en el momento en que los descubrió y bajaba hacia ellos, los vio caer, exhaustos, o asfixiados por el calor y las exhalaciones, o vencidos al fin por la desesperación, tapándose los ojos para no ver llegar la muerte. Yacían en el suelo, lado a lado; y Gwaihir descendió y se posó junto a ellos; y detrás de él llegaron Landroval y el veloz Meneldor; y como en un sueño, sin saber qué destino les había tocado, los viajeros fueron recogidos y llevados fuera, lejos de las tinieblas y los fuegos.

El Retorno del Rey (fragmento)

J. R. R. Tolkien

Jiri

Ya no veo mucho a Jiri. A decir verdad, su ausencia comenzó mucho antes de su partida. Ocurrió así: cuando era muy pequeño, su madre tuvo que marcharse lejos durante un tiempo. Poseía una destreza técnica específica que necesitaban en algún sitio. Y en ese sitio hacía mucho frío. Su alojamiento era precario. Ella se quejaba en cada carta. No hubo nada que hacer. La hicieron trabajar demasiado, enfermó y murió. No nos fue posible ir a su entierro. En mis recuerdos y en los sueños en que aparece, siempre es verano, lleva vestidos vaporosos y un toque de sol en la piel. Una consecuencia de su partida fue que Jiri y yo nos volvimos inseparables. Teníamos mucho en común, en especial una pasión por todo lo fantástico. A Jiri le encantaban las historias que le contaba antes de dormir, y a veces inventaba las suyas propias, a mi parecer, realmente buenas. Habíamos descubierto unas viejas colecciones de cuentos de hadas y ambos disfrutábamos de ellas de lo lindo. También éramos camaradas. Los fines de semana dábamos largos paseos juntos —su pequeña mano en la mía— y nos fijábamos en todo. Hablábamos de la gente que nos cruzábamos por el camino, de la gente que conocíamos, de las calles y de los edificios, de los animales, de los insectos, de los objetos curiosos con que nos tropezábamos, como cajas, latas, botellas y envoltorios. Siempre nos llevábamos bocadillos y, cuando nos entraba hambre, buscábamos un portal, una escalinata, una plataforma de carga o una piedra para sentarnos. Si el tiempo acompañaba, cerrábamos los ojos, disfrutábamos del sol y a lo mejor pensábamos en su madre. Una o dos veces lloramos, imaginando el frío que debió de pasar y lo cansada y sola que debió de sentirse. Aunque Jiri era pequeño, era una especie de filósofo de la vieja escuela y se planteaba cuestiones tales como los motivos que se escondían tras las extrañas peregrinaciones de los gatos y si las cosas viejas, como los ladrillos o los tablones de madera, se hacían de alguna forma más sabias gracias a la experiencia. Yo era feliz hablando de estas cosas con él y creo que es posible que dijéramos muchas verdades. No cabía duda de que ciertas calles y paredes parecían hablarnos, contarnos algo de lo que habían sido testigos mudos. A este respecto, las manchas y decoloraciones de las paredes eran como mapas de nuevos reinos para nosotros y los examinábamos con respeto, aventurando a veces una explicación o una descripción, casi siempre bastante sombría, pues ésa era nuestra inclinación. Una pared —de eso estábamos convencidos— había sido testigo de la muerte de toda una familia y fuimos enumerando, detalle por detalle, sus últimos momentos, sus vanas esperanzas y palabras fútiles, su disposición final. Sin embargo, aunque nuestros pensamientos y gustos con frecuencia estuviesen teñidos de oscuridad, éramos inefablemente felices, como en una especie de palpitante comunión con las fuerzas elementales y primigenias que subyacen a todas las cosas. Cada una de nuestras respiraciones iba cargada a la vez de dicha y de dolor, tanto más cuanto que se trataba de un acto original, íntimo e incluso secreto.

Y entonces, cuando Jiri cumplió diez años, el primer doble dígito de su vida, aunque todavía era pequeño y bastante frágil, con una cabeza aún un poco grande para su cuerpo, todo cambió. Tenía como profesora de cuarto a una mujer obesa dotada de una inmensa confianza en sí misma, que ridiculizaba su pasión por los cuentos de hadas tachándola de cosa de niño pequeño, y que criticaba duramente sus dibujos de criaturas fantásticas. Era muy testaruda y se tomaba muy en serio las realidades del mundo. Como profesora, transmitía lo que podía de su filosofía y creo que, en general, tuvo mucho éxito. Desde luego, tuvo éxito con Jiri. Nuestros paseos y conversaciones continuaron como siempre, pero pronto me di cuenta de que sus dibujos se iban convirtiendo en fieles representaciones de hombres y mujeres, de casas, de insectos… y, aunque eran más reales, eran peores que sus dibujos fantásticos, porque eran réplicas sin alma, mientras que sus trabajos anteriores, aunque irreales, eran, desde luego, la esencia misma de las cosas. También dejó de leer cuentos de hadas; en realidad, cualquier tipo de literatura fantástica, y se inició en libros basados en hechos reales. Sin embargo, como no disfrutaba realmente de esos libros, su solución fue no leer nada, salvo si le venía impuesto. Cuando lo animaba a que leyese sus cuentos de hadas, se avergonzaba y se volvía evasivo. Su mente no podía comprender por qué lo alentaba a seguir siendo un niño. Al mismo tiempo, estaba enfadado conmigo porque un placer había desaparecido de su vida y, de alguna manera, yo tenía la culpa.

Esto me entristeció, por supuesto. No podía hacer nada al respecto. Estaba totalmente desconcertado. Me había reunido con su profesora varias veces en tutorías rutinarias y había comprobado que, en verdad, se trataba de una mujer estúpida y pagada de sí misma, y que encima olía fatal. Vivía sin dudas, vestía con ropa cara y era condescendiente con los padres, como si éstos fueran criaturas inferiores. Todo lo que engullía alimentaba sus convicciones y a Jiri debió de parecerle formidable, especialmente comparada conmigo. Sin embargo, ella no quería a Jiri. Ni siquiera le gustaba del mismo modo que le gustaban otros niños, porque reconocía en él una debilidad persistente que constituía una afrenta a su misión y a su ser. Era yo quien quería a Jiri, a mí a quien le gustaba. Era yo quien lo adoraba, respetaba y protegía. Pero no era suficiente, a pesar de que, durante un tiempo, creí como un tonto que sí lo sería. Jiri, por alguna razón misteriosa e irrevocable, había decidido que ella tenía razón y que yo me equivocaba, que no se podía confiar en mí en lo que a la vida se refería. ¿Por qué? No lo sé. Era y sigue siendo un misterio. Se necesitaba cierta fe ciega, y Jiri no la tenía. Ni yo se la pude dar. Me sustituyó por un monstruo obeso peor que los que aparecían en sus cuentos de hadas y fue a partir de entonces cuando el mundo cambió de forma para él, cuando, realmente, empezó a alejarse de su hogar.

No ayudó nada el hecho de que empezara a sacar mejores notas en la escuela y que hiciera más amigos. Por mucho que le hubieran disgustado sus nuevas costumbres, éstas eran, a todas luces, las correctas. Todo lo confirmaba. Y como quería, con razón, que todo saliera bien, se obligó a dominar las nuevas técnicas tan rápido como pudo. Y con la misma rapidez, nuestros maravillosos paseos se disiparon. Cuando le hablaba de nuestras paredes, él me miraba con pena y, más tarde, con desprecio, como si a mí me deleitase hablarle como a un bebé. ¿Qué sabía yo? ¿Sabía cuáles eran los efectos de la lluvia, del viento y del frío sobre la piedra? ¿Cómo podían los objetos inanimados ser testigos de algo? Del mismo modo, los objetos curiosos que habíamos encontrado durante nuestros paseos perdieron su peculiar atractivo. Para empezar, se desecharon muchos de ellos porque carecían de interés. Los que quedaron fueron divididos en categorías y clases y luego evaluados cada uno en su grupo. Ya no le interesaba una única mariposa (a pesar de que empezaban a escasear) o un árbol en particular, sino las mariposas y los árboles como especies y, más tarde, sus subdivisiones. Convirtió un mundo de innumerables objetos individuales en un patrón coherente y controlable y empezó a deleitarse en sus poderes, ajeno al holocausto que había perpetrado. ¡Cuánto debió de compadecerse de mí y de mi flácida mente! Lo que más me dolió fue que un día se soltó de mi mano. Pude sentir su repugnancia. Para él, cogerme de la mano era demasiado comprometido. Era falso. Estaba mal. Estuve a punto de llorar. Él no se percató, pues yo seguí charlando y fingí no haberme dado cuenta. No intenté cogerle otra vez de la mano, a la espera de que fuera él quien deslizase la suya en la mía, como un pajarillo que volviera al nido. Tal vez me equivoqué. Sólo tenía diez años, pero nuestras manos nunca más volvieron a tocarse.

Intenté que se interesara por nuestro álbum de fotos, mostrándole a su madre, a él cuando era un bebé, a los tres haciendo cosas sencillas pero maravillosas, como ir de excursión a la playa. No le interesaba. En cierta medida, lo consideraba un argumento poco convincente. Era aburrido y le faltaba fuerza. Además, le hacía sentirse incómodo. Yo, ni que decir tiene, me mostraba debidamente entusiasmado con sus crecientes logros, aunque por dentro me sintiera desesperado, pues a medida que su cuerpo y su reino exterior crecían y se hacían más fuertes, el dulce Jiri de antes, su reino interior se marchitaban, eran destronados. Yo sabía que él percibía, de algún modo, aquella extraña disminución, aquella pérdida de su yo esencial, pero sus avances y sus proezas mentales compensaban su malestar. Desarrollaba teorías irrefutables sobre la personalidad y la vida. Ponerlas en duda era convertirte en su enemigo, reavivar una irritabilidad que acechaba constantemente justo debajo de su extraordinaria superficie.

Ahora, definitivamente, se ha ido, embarcado en una carrera acorde a sus esfuerzos y aptitudes. Me escribe de tanto en tanto, rara vez me visita. Apenas conozco a su mujer. Nunca he visto a sus hijos, ni sé lo que hace con ellos. Me odia, lo sé, porque no le he servido de mucha ayuda. Le he fallado. No importa lo que diga para elogiar su vida, él sabe que no lo digo de corazón. Bajo mi influjo, nunca será feliz ni triunfador. Sólo mi muerte lo liberará de algún modo. Estoy triste pero resignado. Después de todo, no soy un gigante capaz de librar una heroica batalla. Ningún padre lo es con su hijo. Estoy seguro de que, a veces, ecos de mi mundo resuenan en el suyo, probablemente cuando menos se lo espera y, en esos momentos, debe de encenderse de rabia, desesperarse ante su ignorancia e impotencia, despreciar profundamente mi miserable vida. No obstante, siempre le quedará una vía de escape, aunque lo esté matando. Me quedan un número limitado de años y desagradables perspectivas. De vez en cuando, nuestras paredes aún me hablan.A menudo están en blanco y me devuelven una mirada opaca, como un verdugo. También está el álbum de fotos, mi eterno consuelo. De vez en cuando, revivo el vestido vaporoso y siento su diminuta mano en la mía, mientras una voz llena de asombro dice: «¡Mira! ¡Mira!». Y derramo unas lágrimas de absoluta felicidad. Por mí, por Jiri, por todo.

Entre los archivos del distrito (fragmento)

Kenneth Bernard

Y así me he ido quedando a la orilla. Abandonada de la palabra, llorando interminablemente como si del mar subiera el llanto, sin más signo de vida que el latir del corazón y el palpitar del tiempo en mis sienes, en la indestructible noche de la vida. Noche yo misma.

María Zambrano

“Soy Teresa Wilms Montt… y aunque nací cien años antes que tú, mi vida no fue tan distinta a la tuya. Yo también tuve el privilegio de ser mujer. Es difícil ser mujer en este mundo. Tú lo sabes mejor que nadie. Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida. Destilé mujer. Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.

Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.

Cuando me dejaron sola, di compañía.

Cuando quisieron matarme, di vida.

Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.

Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.

Cuando trataron de callarme, grité.

Cuando me golpearon, contesté.

Fui crucificada, muerta y sepultada por mi familia y la sociedad.

Nací cien años antes que tú y sin embargo te veo igual a mí.

Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”.

Teresa Wilms Montt

La ridicula idea de no volver a verte

Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos. ¿Te parece lúgubre, quizá incluso morboso? Yo no lo veo así, antes al contrario: me resulta algo tan lógico, tan natural, tan cierto. Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande.

Cuando morimos nos llevamos un pedazo del mundo.

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra. Es probable que reconozcas lo que digo; quizá lo hayas experimentado, porque el sufrimiento es algo muy común en todas las vidas (igual que la alegría). Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud. Y así estás. Tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás segura de que nadie va a oírte.

La característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante. Aunque la sensación de desconexión no sea tan extrema, tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento. Ya lo dice la sabiduría popular: Fulanito se volvió loco de dolor. La pena aguda es una enajenación. Te callas y te encierras.

Entro en el salón. Me dicen: «Ha muerto.» ¿Acaso puede una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos esa tarde, ya sólo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre.

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza.
¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.

A veces [tengo] la idea ridícula de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?

Acarreamos a nuestros muertos subidos a nuestra espalda. O más bien somos relicarios de nuestra gente querida: los llevamos dentro, somos su memoria. Y no queremos olvidar

Es extraordinario, porque, cuando se te muere alguien con quien has convivido mucho tiempo, no sólo te quedas tú tocado de manera indeleble, sino que también el mundo entero queda teñido, manchado, marcado por un mapa de lugares y costumbres que sirven de disparadero para la evocación, a menudo con resultados tan devastadores como el estallido de una bomba. Y así, un día estás viendo con toda tranquilidad una revista cuando das la vuelta a una página y zas, te das de bruces con la fotografía de una de las maravillosas iglesias de madera medievales de
Noruega, sí, aquellas increíbles construcciones rematadas por dragones que más parecían salidas de un pasado vikingo que del cristianismo. Y tú has estado ahí con él en aquel viaje a Noruega delicioso, estuvisteis justamente ahí, ante esta bellísima iglesia de Borgund, absortos, entusiasmados y felices. Juntos. Vivos. Buuuuuummmm, estalla la bomba del recuerdo en tu cabeza, o quizá en tu corazón, o en tu garganta. Puro terrorismo emocional.

Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.

Tu ataúd se cierra tras un último beso, y no te vuelvo a ver. No permito que lo recubran con el horrible paño negro. Lo cubro de flores y me siento al lado. Hasta que se lo llevaron, apenas me moví […]. Estaba sola con tu ataúd y puse mi cabeza en él, apoyando la frente. Y a pesar de la inmensa angustia que sentía, te hablaba. Te dije que te amaba y que te había amado siempre con todo mi corazón. Te dije que tú lo sabías […] y que te había ofrecido mi vida entera; te prometí que jamás daría a ningún otro el lugar que tú habías ocupado en mi vida y que trataría de vivir como tú habrías querido que lo hiciera. Y me pareció que de ese contacto frío de mi frente con el ataúd me llegaba algo parecido a la serenidad y la intuición de que volvería a encontrar el ánimo de vivir.

Sí, hay que hacer algo con la muerte. Hay que hacer algo con los muertos. Hay que ponerles flores. Y hablarles. Y decir que les amas y siempre les has amado. Mejor decírselo en vivo; pero, si no, también puedes decírselo después. Puedes gritarlo al mundo. Puedes escribirlo en un libro como éste[…] En efecto, consuela. Consoló a Marie. Le hizo intuir que volvería a disfrutar de la vida. Y es verdad: vuelves a disfrutar. Pero, por otro lado, es raro esto del duelo. Sobre todo, supongo, en los duelos extemporáneos, en las muertes que no hubieran debido suceder todavía. Y es raro porque, aunque pase el tiempo, el dolor de la pérdida, cuando se pone a doler, te sigue pareciendo igual de intenso. Por supuesto que cada vez estás mejor, mucho mejor: se te dispara el dolor con menos frecuencia y puedes recordar a tu muerto sin sufrir. Pero cuando la pena surge, y no sabes muy bien por qué lo hace, es la misma laceración, la misma brasa[…] Quizá los deudos nos sintamos raros y muy malos deudos por seguir sintiendo la misma agudeza de dolor después de tanto tiempo. Quizá nos avergüence y pensemos que no hemos sabido «recuperarnos». Pero ya digo que la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención, y no es mala cosa. Con suerte, puede que consigas reinventarte mejor que antes. A fin de cuentas, ahora sabes más.

(Fragmentos de La ridícula idea de no volver a verte)

Rosa Montero

«Cuando trato de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único; que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándolos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los goces del arte y de la vida, sus tareas siempre pesadas, jamás fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos. Hospes Comesque.»

Marguerite Yourcenar

Las siete preguntas

Al igual que ustedes, yo tuve un abuelo. Este viejecillo, de piel morena y ojos vivaces, vivía en la choza de una huerta donde abundaban los árboles de mango, chicozapote, aguacate, mamey, caimito, zaramullo y otros frutales, que gustoso nos ofrecía en nuestras frecuentes visitas.

Yo, que estaba muy apegado a él, solía quedarme a su lado para ayudarlo en los trabajos de la huerta.

Durante el día, el abuelo se dedicaba al riego y al cultivo del maíz, del frijol y de algunas flores de distintos tamaños, colores y aromas.

Al anochecer, desde su hamaca, situada en el centro de la casa y alumbrada por la débil luz de un viejo quinqué, mi abuelo contaba narraciones fantásticas y respondía dudas y preguntas.

Una noche, cuando los otros nietos dormían y él comenzaba a bostezar, yo le pregunté:

—Abuelo, ¿qué son las flores?

Entonces, envolviendo la mitad de su cuerpo con una sábana blanca, respondió:

—Las flores son los ojos de las plantas, como tus ojos son las flores en el jardín de tu rostro. Por esas flores, ojos de colores con aromas, las plantas miran, atraen, alegran y curan el alma de los hombres.

Comprendí que mi abuelo tendría respuestas para todas mis preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las nubes?

Él contestó:

—Las nubes son ramas de los árboles frondosos cargadas de agua que gustan de pasearse por los caminos del cielo. Blancas, grises o de colores, vuelan sobre el azul de infinito en busca del viento para jugar con el sol a las escondidas. ¡Ah!, si supieras ¡cómo se divierten en cubrirle la carita amarilla al sol que sonriente las contempla!

Luego de prender un cigarrilo y hacer bolitas con el humo, añadió:

—Las nubes blancas, pequeñas o grandes, y a veces en forma de borreguitas, son niñas traviesas a las que les agrada estar cerca del sol; con él también juegan a las lluvias cuando cambian sus vestidos blancos por enormes faldas de color gris.

Tras breve pausa, que aprovechó para bajar sus pies al suelo y mecerse en su hamaca, explicó:

—En verano, época de abundante calor y de aguaceros, las nubes siempre andan vestidas de gris. En este tiempo, generalmente de días lluviosos, las nubes grises se cargan de viento caliente y, al encontrarse en las alturas con otras nubes cargadas de viento frío, chocan y se golpean entre sí, produciendo truenos y expandiendo hilos y raíces gigantescas de luz color plata y azul eléctrico; entonces bajan a la tierra transformadas en cristalinas hileras de agua, la cual se convierte en arroyos y charcos que corren y saltan surcos y bordos cantando alegremente por las calles del pueblo y por los caminos del monte… Sin que te des cuenta, te he visto jugar con tus primos a los viajes de aventuras, imaginando que se transportan en barquitos de papel que acaban hundidos en las orillas de las cercas de piedra.

Quise interrumpir, pero él agregó entusiasmado:

—Cuando cesa la lluvia, el cielo vuelve a ser azul y el sol brilla de content y le sonríe a las flores, que reciben alegres la visita de las avispas, las libélulas y las cigarras chillonas. Si te fijas bien, los sapos y las ranas croan cerca de los tallos de las plantas y brincan de gusto sobre las hierbas inundadas por el agua.

Fue entonces cuando entusiasmado ante las respuestas de mi abuelo, empecé a plantearle mis dudas a través de preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las avispas?

Él, complaciente, me explicó:

—Las avispas son insectos parecidos a las hormigas grandes de tierra; están dotadas de alas transparentes y tienen la costumbre de colgar sus casas, hechas de una pasta seca de papel en forma de globos, en los tallos de los árboles grandes. Gracias a las avispas el hombre conoció el papel, y con este material pudo hacer las hojas de los libros y cuadernos donde tú escribes cuando vas a la escuela y haces la tarea.

—Abuelo, ¿qué son las cigarras? —pregunté.

—También son insectos voladores, parecidos a las cucarachas pero más grandes. Tienen la costumbre de pegarse en los tallos de los árboles. Los machos emiten u sonido parecido al de las ambulancias. Cuando lo oigas no debes espantarte, porque a través de ese sonido los machos llaman a las hembras. Algunas personas creen que ese chillido se debe a que las cigarras avisan que algo grave ha ocurrido, pero eso no es cierto.

Al ver que mi abuelo había olvidado el sueño, continué interrogando:

—Abuelo, ¿qué son las libélulas?

—Las libélulas son como palillos de colores que vuelan y gustan de posarse sobre el agua de los charcos y en los pétalos de las flores. El poder de vuelo que tienen se debe a que poseen unas alas transparentes muy fuertes, que les sirven de impulso. Hay quienes piensan que el hombre, al observar detenidamente a las libélulas, se sirvió de los complicados y veloces movimientos de estas hábiles voladoras para inventar esos ruidosos aparatos de metal que conocemos como helicópteros.

A cada respuesta de mi abuelo, yo hacía otra pregunta:

—Abuelo, ¿qué son los sapos?

Él, divertido e interesado, respondía pacientemente:

—Los sapos son los eternos enamorados de la Luna, al igual que los grillos y las luciérnagas lo son de la noche.

Como a la Luna y a las estrellas les gusta el chocolate, bajan a beberlo reflejándose en el agua de los charcos, sitio favorito en donde habitan los sapos. Por las noches, cuando la Luna está completamente desnuda y su imagen luminosa se agiganta sobre el agua tranquila de los charcos, los sapos le piden a la Luna que los bese. Y luego de recibir esa tierna caricia, proveniente de los rayos plateados de la moneda nocturna, los sapos emocionados tomándose de sus manitas, forman un círculo mágico y aplaudiendo con alegría emiten ese sonido: lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek…

Fue entonces cuando, suspirando profundamente, pregunté:

—Abuelo, ¿y yo quién soy?

Él dijo a secas:

—Al igual que todos los hombres que hemos habitado la tierra desde hace muchísimos años, “… tú eres una pregunta viviente… tú eres una traviesa interrogación ambulante…” en busca de respuestas sin fin…

Jorge Miguel Cocom Pech

A veces también se me acaban las sonrisas para ti, a veces también se me acaban las ganas de escribirte. Pero te quiero, ojalá lo entiendas, siempre te quiero, pero a veces mis abrazos no tienen calor y mi boca no sabe que decir… Pero te quiero, siempre te quiero, cuando no te convengo, cuando no me soportas, cuando te odio, te quiero.

Alejandra Pizarnik

La mala racha

Mientras dura la mala racha pierdo todo. Se me caen las cosas de los bolsillos y de la memoria: pierdo llaves. lapiceras, dinero, documentos, nombres, caras, palabras. Yo no se si será gualicho de alguien que me quiere mal y me piensa peor, o pura casualidad, pero a veces el bajón demora en irse y yo ando de pérdida en pérdida, pierdo lo que encuentro, no encuentro lo que busco, y siento mucho miedo de que se me caiga la vida en alguna distracción.

Eduardo Galeano

porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro.

Rayuela (Capítulo 1, fragmento)

Julio Cortázar