Especial

Sabemos que somos muy especiales. Pero seguimos intentando averiguar en qué manera lo somos: así no, así tampoco, ¿entonces cómo?

Lydia Davis

La ridicula idea de no volver a verte

Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos. ¿Te parece lúgubre, quizá incluso morboso? Yo no lo veo así, antes al contrario: me resulta algo tan lógico, tan natural, tan cierto. Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande.

Cuando morimos nos llevamos un pedazo del mundo.

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra. Es probable que reconozcas lo que digo; quizá lo hayas experimentado, porque el sufrimiento es algo muy común en todas las vidas (igual que la alegría). Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud. Y así estás. Tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás segura de que nadie va a oírte.

La característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante. Aunque la sensación de desconexión no sea tan extrema, tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento. Ya lo dice la sabiduría popular: Fulanito se volvió loco de dolor. La pena aguda es una enajenación. Te callas y te encierras.

Entro en el salón. Me dicen: «Ha muerto.» ¿Acaso puede una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos esa tarde, ya sólo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre.

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza.
¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.

A veces [tengo] la idea ridícula de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?

Acarreamos a nuestros muertos subidos a nuestra espalda. O más bien somos relicarios de nuestra gente querida: los llevamos dentro, somos su memoria. Y no queremos olvidar

Es extraordinario, porque, cuando se te muere alguien con quien has convivido mucho tiempo, no sólo te quedas tú tocado de manera indeleble, sino que también el mundo entero queda teñido, manchado, marcado por un mapa de lugares y costumbres que sirven de disparadero para la evocación, a menudo con resultados tan devastadores como el estallido de una bomba. Y así, un día estás viendo con toda tranquilidad una revista cuando das la vuelta a una página y zas, te das de bruces con la fotografía de una de las maravillosas iglesias de madera medievales de
Noruega, sí, aquellas increíbles construcciones rematadas por dragones que más parecían salidas de un pasado vikingo que del cristianismo. Y tú has estado ahí con él en aquel viaje a Noruega delicioso, estuvisteis justamente ahí, ante esta bellísima iglesia de Borgund, absortos, entusiasmados y felices. Juntos. Vivos. Buuuuuummmm, estalla la bomba del recuerdo en tu cabeza, o quizá en tu corazón, o en tu garganta. Puro terrorismo emocional.

Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.

Tu ataúd se cierra tras un último beso, y no te vuelvo a ver. No permito que lo recubran con el horrible paño negro. Lo cubro de flores y me siento al lado. Hasta que se lo llevaron, apenas me moví […]. Estaba sola con tu ataúd y puse mi cabeza en él, apoyando la frente. Y a pesar de la inmensa angustia que sentía, te hablaba. Te dije que te amaba y que te había amado siempre con todo mi corazón. Te dije que tú lo sabías […] y que te había ofrecido mi vida entera; te prometí que jamás daría a ningún otro el lugar que tú habías ocupado en mi vida y que trataría de vivir como tú habrías querido que lo hiciera. Y me pareció que de ese contacto frío de mi frente con el ataúd me llegaba algo parecido a la serenidad y la intuición de que volvería a encontrar el ánimo de vivir.

Sí, hay que hacer algo con la muerte. Hay que hacer algo con los muertos. Hay que ponerles flores. Y hablarles. Y decir que les amas y siempre les has amado. Mejor decírselo en vivo; pero, si no, también puedes decírselo después. Puedes gritarlo al mundo. Puedes escribirlo en un libro como éste[…] En efecto, consuela. Consoló a Marie. Le hizo intuir que volvería a disfrutar de la vida. Y es verdad: vuelves a disfrutar. Pero, por otro lado, es raro esto del duelo. Sobre todo, supongo, en los duelos extemporáneos, en las muertes que no hubieran debido suceder todavía. Y es raro porque, aunque pase el tiempo, el dolor de la pérdida, cuando se pone a doler, te sigue pareciendo igual de intenso. Por supuesto que cada vez estás mejor, mucho mejor: se te dispara el dolor con menos frecuencia y puedes recordar a tu muerto sin sufrir. Pero cuando la pena surge, y no sabes muy bien por qué lo hace, es la misma laceración, la misma brasa[…] Quizá los deudos nos sintamos raros y muy malos deudos por seguir sintiendo la misma agudeza de dolor después de tanto tiempo. Quizá nos avergüence y pensemos que no hemos sabido «recuperarnos». Pero ya digo que la recuperación no existe: no es posible volver a ser quien eras. Existe la reinvención, y no es mala cosa. Con suerte, puede que consigas reinventarte mejor que antes. A fin de cuentas, ahora sabes más.

(Fragmentos de La ridícula idea de no volver a verte)

Rosa Montero

«Cuando trato de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único; que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándolos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los goces del arte y de la vida, sus tareas siempre pesadas, jamás fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos. Hospes Comesque.»

Marguerite Yourcenar

Las siete preguntas

Al igual que ustedes, yo tuve un abuelo. Este viejecillo, de piel morena y ojos vivaces, vivía en la choza de una huerta donde abundaban los árboles de mango, chicozapote, aguacate, mamey, caimito, zaramullo y otros frutales, que gustoso nos ofrecía en nuestras frecuentes visitas.

Yo, que estaba muy apegado a él, solía quedarme a su lado para ayudarlo en los trabajos de la huerta.

Durante el día, el abuelo se dedicaba al riego y al cultivo del maíz, del frijol y de algunas flores de distintos tamaños, colores y aromas.

Al anochecer, desde su hamaca, situada en el centro de la casa y alumbrada por la débil luz de un viejo quinqué, mi abuelo contaba narraciones fantásticas y respondía dudas y preguntas.

Una noche, cuando los otros nietos dormían y él comenzaba a bostezar, yo le pregunté:

—Abuelo, ¿qué son las flores?

Entonces, envolviendo la mitad de su cuerpo con una sábana blanca, respondió:

—Las flores son los ojos de las plantas, como tus ojos son las flores en el jardín de tu rostro. Por esas flores, ojos de colores con aromas, las plantas miran, atraen, alegran y curan el alma de los hombres.

Comprendí que mi abuelo tendría respuestas para todas mis preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las nubes?

Él contestó:

—Las nubes son ramas de los árboles frondosos cargadas de agua que gustan de pasearse por los caminos del cielo. Blancas, grises o de colores, vuelan sobre el azul de infinito en busca del viento para jugar con el sol a las escondidas. ¡Ah!, si supieras ¡cómo se divierten en cubrirle la carita amarilla al sol que sonriente las contempla!

Luego de prender un cigarrilo y hacer bolitas con el humo, añadió:

—Las nubes blancas, pequeñas o grandes, y a veces en forma de borreguitas, son niñas traviesas a las que les agrada estar cerca del sol; con él también juegan a las lluvias cuando cambian sus vestidos blancos por enormes faldas de color gris.

Tras breve pausa, que aprovechó para bajar sus pies al suelo y mecerse en su hamaca, explicó:

—En verano, época de abundante calor y de aguaceros, las nubes siempre andan vestidas de gris. En este tiempo, generalmente de días lluviosos, las nubes grises se cargan de viento caliente y, al encontrarse en las alturas con otras nubes cargadas de viento frío, chocan y se golpean entre sí, produciendo truenos y expandiendo hilos y raíces gigantescas de luz color plata y azul eléctrico; entonces bajan a la tierra transformadas en cristalinas hileras de agua, la cual se convierte en arroyos y charcos que corren y saltan surcos y bordos cantando alegremente por las calles del pueblo y por los caminos del monte… Sin que te des cuenta, te he visto jugar con tus primos a los viajes de aventuras, imaginando que se transportan en barquitos de papel que acaban hundidos en las orillas de las cercas de piedra.

Quise interrumpir, pero él agregó entusiasmado:

—Cuando cesa la lluvia, el cielo vuelve a ser azul y el sol brilla de content y le sonríe a las flores, que reciben alegres la visita de las avispas, las libélulas y las cigarras chillonas. Si te fijas bien, los sapos y las ranas croan cerca de los tallos de las plantas y brincan de gusto sobre las hierbas inundadas por el agua.

Fue entonces cuando entusiasmado ante las respuestas de mi abuelo, empecé a plantearle mis dudas a través de preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las avispas?

Él, complaciente, me explicó:

—Las avispas son insectos parecidos a las hormigas grandes de tierra; están dotadas de alas transparentes y tienen la costumbre de colgar sus casas, hechas de una pasta seca de papel en forma de globos, en los tallos de los árboles grandes. Gracias a las avispas el hombre conoció el papel, y con este material pudo hacer las hojas de los libros y cuadernos donde tú escribes cuando vas a la escuela y haces la tarea.

—Abuelo, ¿qué son las cigarras? —pregunté.

—También son insectos voladores, parecidos a las cucarachas pero más grandes. Tienen la costumbre de pegarse en los tallos de los árboles. Los machos emiten u sonido parecido al de las ambulancias. Cuando lo oigas no debes espantarte, porque a través de ese sonido los machos llaman a las hembras. Algunas personas creen que ese chillido se debe a que las cigarras avisan que algo grave ha ocurrido, pero eso no es cierto.

Al ver que mi abuelo había olvidado el sueño, continué interrogando:

—Abuelo, ¿qué son las libélulas?

—Las libélulas son como palillos de colores que vuelan y gustan de posarse sobre el agua de los charcos y en los pétalos de las flores. El poder de vuelo que tienen se debe a que poseen unas alas transparentes muy fuertes, que les sirven de impulso. Hay quienes piensan que el hombre, al observar detenidamente a las libélulas, se sirvió de los complicados y veloces movimientos de estas hábiles voladoras para inventar esos ruidosos aparatos de metal que conocemos como helicópteros.

A cada respuesta de mi abuelo, yo hacía otra pregunta:

—Abuelo, ¿qué son los sapos?

Él, divertido e interesado, respondía pacientemente:

—Los sapos son los eternos enamorados de la Luna, al igual que los grillos y las luciérnagas lo son de la noche.

Como a la Luna y a las estrellas les gusta el chocolate, bajan a beberlo reflejándose en el agua de los charcos, sitio favorito en donde habitan los sapos. Por las noches, cuando la Luna está completamente desnuda y su imagen luminosa se agiganta sobre el agua tranquila de los charcos, los sapos le piden a la Luna que los bese. Y luego de recibir esa tierna caricia, proveniente de los rayos plateados de la moneda nocturna, los sapos emocionados tomándose de sus manitas, forman un círculo mágico y aplaudiendo con alegría emiten ese sonido: lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek…

Fue entonces cuando, suspirando profundamente, pregunté:

—Abuelo, ¿y yo quién soy?

Él dijo a secas:

—Al igual que todos los hombres que hemos habitado la tierra desde hace muchísimos años, “… tú eres una pregunta viviente… tú eres una traviesa interrogación ambulante…” en busca de respuestas sin fin…

Jorge Miguel Cocom Pech