Poemas

los poemas en los que te esperé
hasta las once de la noche
con cinco pesos en la mano
y el presentimiento de que ya no pasarías

los poemas oscuros y profundos
en los que caminé promesas que duraban
medio bosque cubierto por la nieve
and miles to go before I sleep

los poemas en los que me casé contigo:
casi siempre tenías los ojos claros
verdes o azules
y una vez eras pelirroja
pero igual nos divorciamos

los poemas donde
nos cagamos de la risa
de los poetas que escribieron
aire altísimo

los poemas donde
nos cagamos de la risa
del poeta que escribió
una cantiga

los poemas donde
nos cagamos de la risa
de los poetas que escribieron
uy uy uy

los poemas que pagaron
con la beca
un bocho verde
entre blancas gallinas

[tanto depende de]

los poemas
que leímos mal

los poemas
del espanto: un fulgor
de gas de hueso viejo
ardiendo fluorescente en
la noche del panteón:
un pedo metafísico

los poemas
que nos hicieron engordar

los poemas que solo funcionaron
si habías visto la tele:
David Vincent los ha visto
transforma este cuerpo decadente
dónde está mi arco
maldita pobreza

los poemas que solo funcionaron
si no habías visto la tele:
dichoso aquel que tome a tus niños
y los estrelle contra las peñas

los poemas peor de todas
los poemas sombrero de fieltro
los poemas mataviejitas
los poemas ropa sucia
los poemas con Dj Vj CB doble cabina y
tubo de téibol
los poemas herpes
genital
los poemas realismo chistoso
los poemas que salieron en el Hola!
los poemas del Círculo
los poemas del circo
los poemas de Ciro Gómez Leyva

los poemas que escribieron
las mejores mentes de mi generación
destruidas por la frescura

Julián Herbert

La nostalgia de mi coronel

Lo encontré en Celaya, al pie de la “Bola del agua”, cuando estaba saliendo la gente de la misa de San Francisco. Su pierna de palo, su pujante barriga y su máscara de cartón lo hacían inconfundible.
—¡Mi coronel!
Volvió bruscamente la cara, le brillaron los ojos y se le acentuó su estereotipada sonrisa, muy contento, creo yo, más que por el encuentro por el gradomilitar que le refrendaba. Me parece que ni siquiera supo con quién hablaba.
Nos dimos un abrazo y, sin más, me invitó a que los acompañara a la estación adonde tenía un asunto urgente, para platicarme mucho.
Tomamos un auto.
—Ahora me ocupo en la introducción de ganado.
—¡Mucho dinero, mi coronel!
Encogió los hombros y forzó su sonrisa de falsa modestia, habitual en los ricachones muy codos.
—Así… así…
—Pero de todos modos se vive.
—¡Vaya si se vive! Voy a recoger la documentación de los ferrocarriles de un tren de bueyes gordos que acabo de embarcar.
Prorrumpió en improperios, cuando al bajar del coche vió ocupada la vía por un tren militar y sus carros de ganado allá muy lejos, cerca del panteón, en un escape.
Hasta a la pierna de palo le alcanzaron las maldiciones. Afortunadamente algo lo distrajo y le refrescó el coraje.
—Espere, venga, vamos a ver. Una escena violenta entre un soldado y una veintena de agraristas inermes que le hacían ascos al embarque en el tren de soldados.
El señor diputado había dicho:
—Muchachos, el Gobierno lo único que les exige es que defiendan las tierras que les vamos a repartir y de las que quieren apoderarse esos maldecidos curas.
Daba gana de preguntar al señor diputado en dónde diablos estaban ahora los curas y de pedirle la receta con que el presidente Calles los había enseñado a no comer.
Uno de los más avezados, de los que habían preferido “las mazorcas” de Calles a la “gloria celestial”, de los totaches, eructando de satisfacción pensó: “¿Y si en vez de tierras lo que van a repartirnos son balas?” Lo pensó, pero no le dijo, porque es muy feo que lo tengan a uno por poco hombre y, sobre todo, porque nunca se imaginó que sus diecinueve camaradas estuvieran pensando lo mismo.
El señor diputado, viéndolos indecisos, acudió al argumento que no falla nunca.
El aguardiente alegra el alma y vigoriza los músculos.
Por eso caminaban por la polvorienta carretera, cantando alegres y confiados, conducidos sólo por dos soldados.
Su proximidad al tren cargado de tropa les dio la corazonada definitiva.
Y los soldados dejaron de llamarles camaradas y con malas maneras les mandaron subieran a un carro.
El más bruto de la veintena, el que todavía creía que el monte es de puro orégano, preguntó:
—¿Por qué el presidente Calles necesita nomás para él y su familia un tren de a un millón de dólares y a nosotros, que vamos a defenderlo, nos llevan en una jaula de puercos?
La respuesta la recibió en el trasero, lo que le facilitó la entrada en el carro.
Sorprendido por proceder tan extraño, dio media vuelta girando sobre los talones y de un certero revés puso al camarada soldado de hocico sobre los barrotes del piso.
—¿Sabes lo que estás haciendo, desgraciado?
—No te enojes, compa… No te enchiles, que si es cosa de broma, tú fuiste el que comenzaste.
Pero el camarada soldado sabe que las dos cintas rojas que lleva en la manga de su uniforme y en el quepí por algo se las habrán puesto. Y piensa que es la mejor oportunidad para dar comienzo a la instrucción militar.
De un salto cae dentro de la jaula, ya con las piernas abiertas en ángulo de acero y el brazo derecho tendido y tenso como un resorte.
—¡Toma para que me lo creas!… Uno… dos… tres…
—¿Cómo? ¿Es cosa de veras en serio? —pregunta el camarada limpiándose la sangre que le mana de la boca y la nariz.
—¿Todavía me lo preguntas, maje?
El camarada soldado no es gente de mala entraña. Sólo quiere terminar bien su cátedra. Sin darle tiempo a que se reponga le atiza una serie de puntapiés y bofetadas hasta que lo deja en el extremo de la jaula.
¡Ya déjalo! —rumora con indolencia, su teniente. —¿Qué no miras que viene muy pedo?
Mientras el camarada campesino ronca sobre la boñiga seca de cerdo, los demás candidatos a soldados asoman sus cabezas prietas y mechudas tras los barrotes del carro, abriendo tamaños ojos, como si quisieran escapar por los angostos claros.
Mi coronel, ex ciudadano armado de los días felices de los Carranzas y los Obregones, suspira con melancolía.
—Es triste observo con mi atolondramiento normal, creyendo adivinar su pensamiento.
—Es triste, sí… ¡Se siente tan bonito!
Fijo en él mis ojos sorprendidos.
—Haga usted la cuenta de que tiene una tremenda jaqueca y de que se toma una cafiaspirina con una limonada caliente…
Ante mi gesto de incomprensión, insiste:
—Ni más ni menos. Amanecía uno entonces de mal humor, cogía a cintarazos a cualquier pelado de éstos, con cualquier pretexto y… ¡santo remedio!…
Y sus ojos soñadores se perdieron en la melancólica memoria de sus buenos tiempos idos.

Mariano Azuela

XXVI

La campana está llena de viento,
aunque no suene.
El pájaro está lleno de vuelo,
aunque esté quieto.
El cielo está lleno de nubes,
aunque esté solo.
La palabra está llena de voz,
aunque nadie la diga.
Toda cosa está llena de fugas,
aunque no haya caminos.

Todas las cosas huyen
hacia su presencia.

(Séptima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

Elegía

I
Supe que me esperaban las cadenas
para encarcelarme en la estancia del silencio,
la honda huella del frío que tiene la soledad,
los túneles y túneles del miedo,
el empuñar mi nombre sin bandera,
la espera, el trabajo, la paciencia,
el tálamo vacío,
el costado herido de nostalgia.
Porque el amor es duro,
es tierno y duro.
Sin embargo,
hombre de todos mis días desde siempre,
te amé, te he amado sin tenerte jamás,
siempre en silencio.

II
Yo fui, quizá, la espuma de mirada limpia
que nunca abandonó tu costa.
Tenía la distancia un color de tristeza.
Fui la ternura joven
para quien nunca envejeció tu imagen;
de ti me hablaban el sol, la lluvia,
las praderas corriendo en el camino
en dirección contraria
al ómnibus que me volvía a casa.
Siempre esperaba verte al dar vuelta a una esquina,
en un café, al azar,
y estabas tan cerca de mi mano,
acá, en el yo más íntimo del ser.

III
Te están llorando los tuyos,
los de tu sangre;
te llora el entrañable amigo
y este dolor en mí que no descansa.
Acaso habrá, me digo,
otro paisaje que no sea la sal
de estos caminos.
Cuesta abajo
como una gota de lumbre
va resbalando el duelo.
Moribundo, sediento, consumido en sí mismo,
el corazón te busca.

IV
Contigo hubiera querido compartir cosas tan simples
como atarte las cintas de un zapato,
remendar el talón de un calcetín;
tostar castañas
echada al pie de tu sillón de cuero
en las veladas de invierno,
en que leías junto al fuego.
Hacer el nudo a tu corbata,
aderezarte un puchero apetitoso,
acomodarte un almohadón,
escuchar ese rasgar de tu pluma
navegando en el mar enervante
de la alta belleza.
Y sobre todo,
salvarte del terror del cuarto oscuro
cuando sentiste caer sobre el pasto dulce de tus ojos
la noche,
esa noche final que deshace de llanto
mi garganta.

V
Estos vientos de marzo y febrero,
¡ay, estos vientos!,
estos vientos espesos de vida que fecundan
el vientre de la primavera,
me han traído noticias
que derrumbaron con seco trueno
los muros de mi vida.

VI
Se me desnuda el alma tercamente
y no puedo evitar que ahí te vean
pulcro y entero en alta mar,
bogando siempre mar adentro,
sí, mar adentro en mi pecho.

VII
Para mí no te alcanza ni te daña
el estrépito mustio de la muerte.
Estás como una espiga en ascuas,
como cuando se despliega un mar dorado,
tú, sin tiempo,
vivo y resplandeciente.

VIII
Entre nuestras dos vidas
la anchura del espacio,
algo que nos apartó ciegos e impedidos;
algo que nos empujó
a recoger la vida en pedazos,
a hurtadillas, como dos niños robando manzanas
en el huerto vecino,
siempre con el aliento suspenso y encogido.

IX
De nuevo hoy nos hemos encontrado
en otra dimensión.
Algo, un crujido,
una pisada que se avecina
y emprendemos el vuelo.

X
Amábamos el cristal lila
que florecía en las jacarandas,
la sazón encendida del otoño,
el talle de luz mojada
con que asomaba algún día de lluvia.
Amábamos a Tchaikovski y a Vivaldi;
al septiembre azul de Milosz, a Proust y a Rilke.
Venerados días antiguos…
Días de vida clara
en que se sentaba la provincia en el patio de mi casa
a encastillae la aurora.
Cómo se agolpa su albura
al cristal de mi ventana.
Siento un misterioso idioma
crecer dentro de mí,
un rumor de vientos melancólicos
que desmelenan la memoria y me iluminan.

XI
Nos dolía despedirnos.
Europa fue un dolor hasta los nervios;
hacia falta tu bordón de sol
junto a mis pasos.
Lo recuerdo…
Suiza tenía ese resplandor diáfano y puro
con que despiertan los ojos de los ángeles,
al amanecer.
Sobre las montañas enraizaban los pinares
una vejez azul
sombreada y fresca
y las colinas en flor mecían su color silvestre
de apacible humildad.
Te busqué siempre
entre las transparentes lejanías.

XII
Sobre la memoria como sobre un campo de mies
duermen meciéndose las tardes;
tardes en que veíamos caer el crepúsculo
hasta el filo justo de la noche.
Tardes cargadas de cristal tranquilo
en donde hoy, a menudo se guarecen
los años azotados por el látigo
de un clamor general:
el hambre empujándose en todas las esquinas;
los tigres del miedo de la humanidad
escondiéndose en la boca del sexo,
consumidos hasta el fondo en sus excesos;
sacudiendo el nervio del mundo,
pudriendo ávido sus frutos.
Y la violencia apostada en todos los rincones,
en acecho del minuto oportuno.
Es entonces
cuando yo vuelvo de vez en vez
a respirar un poco
de aquellas tardes hechas luz
donde habitaban el amor y la prudencia.

XIII
Para nosotros fue siempre época de veda,
atendimos al principio elemental:
no lastimar al prójimo;
nos ovillamos en la crisálida de un sueño
a la orilla del mundo.
desterrados en ese confín lejano
brindamos por la abstinencia,
por un encuentro furtivo de miradas,
por la discreta ansiedad,
por todo lo que no poseímos siendo nuestro.

XIV
Muchos años huí.
Sin ti no quise nada;
lo que grabé en la cinta de mi vida
fueron máscaras
y me marché al azar
con los días saqueados
y un invencible llanto.

XV
Tenía tu voz ese toque profundo
de la expresión iluminada
que descubre el significado oculto de las cosas;
ágil y limpia tu palabra
tan pronto era agua que arde,
o viento tierno, transparente.
Ni tu silencio,
largo silencio inexplicable,
pudo menguar el esplendor del verso
grabado ya en esa línea recta de infinito
que apunta sólo en el amanecer,
donde se hospeda el tiempo
de los que nunca mueren.

XVI
No existe el tiempo,
no la distancia,
no la muerte;
existe la vibración,
el movimiento,
el incesante cambio:
ser, dejar de ser para volver a ser.
Un segundo trae ya la carga de su muerte
y el embrión de su vida.
La yerba que pisamos,
aquel sofá de mimbre,
tu explicación de Bergson,
la dulce calma,
todo tiene esa dimensión remota
de una isla escondida
en el centro mismo del devenir
para evadir la muerte
y ser pura vibración, puro presente.

Enriqueta Ochoa

XXII

Una soledad adentro
y otra soledad afuera.

Hay momentos
en que ambas soledades
no pueden tocarse.
Queda entonces el hombre en el medio
como una puerta
inesperadamente cerrada.

Una soledad adentro.
Otra soledad afuera.
Y en la puerta retumban los llamados.

La mayor soledad
está en la puerta.

(Décima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

III

Una escritura que soporte la intemperie,
que se pueda leer bajo el sol o la lluvia,
bajo el grito o la noche,
bajo el tiempo desnudo.

Una escritura que soporte lo infinito,
las grietas que se reparten como el polen,
la lectura sin piedad de los dioses,
la lectura iletrada del desierto.

Una escritura que resista
la intemperie total.
Una escritura que se pueda leer
hasta en la muerte.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

El amor indeciso

Un amor indeciso se ha acercado a mi puerta…
Y no pasa; y se queda frente a la puerta abierta.

Yo le digo al amor: -¿Que te trae a mi casa?
Y el amor no responde, no saluda, no pasa…

Es un amor pequeño que perdió su camino:
Venía ya la noche… Y con la noche vino.

¡Qué amor tan pequeñito para andar con la sombra!…
¿Qué palabra no dice, qué nombre no me nombra?…

¿Qué deja ir o espera? ¿Qué paisaje apretado
se le quedó en el fondo de los ojos cerrado?

Este amor nada dice… Este amor nada sabe:
Es del color del viento, de la huella que un ave

deja en el viento… -Amor semi-despierto, tienes
los ojos neblinosos aun de Lázaro… Vienes

de una sombra a otra sombra con los pasos trocados
de los ebrios, los locos… ¡Y los resucitados!

Extraño amor sin rumbo que me gana y me pierde,
que huele las naranjas y que las rosas muerde…,

Que todo lo confunde, lo deja… ¡Y no lo deja!
Que esconde estrellas nuevas en la ceniza vieja…

Y no sabe morir ni vivir: Y no sabe
que el mañana es tan sólo el hoy muerto… El cadáver

futuro de este hoy claro, de esta hora cierta…
Un amor indeciso se ha dormido a mi puerta…

Dulce María Loynaz

I

para Jean Paul Neveu

No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.

¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos lo nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?

¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como la lanzadera
de un telar descompuesto?

¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de ser mundo?

Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.

O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia
que sólo allí promulgan
la equivalencia última
del abandono y el encuentro.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

VII

Amar es la mayor aceptación,
pero también el mayor asombro.
Quizá no sepamos de qué ante qué,
pero percibimos por fin algo más que lo diferente,
tal vez más diferente todavía.

Y así se pone en crisis
la ambulatoria duplicidad de cuanto existe.
El esfuerzo de ser uno
encuentra su descanso
en el esfuerzo de ser dos.
Y sólo entonces
dos es más que uno.
O quizá
más que ninguno.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

Cuando tengas frío

Para la seño

Usa mi llave cuando tengas frío,
cuando te deje el cierzo en la estacada,
hazle un corte de mangas al hastío,
ven a verme si estás desencontrada.

No tengo para darte más que huesos
por un tubo y un salmo estilo Apeles
y páginas anémicas de besos
y un cubo de basura con papeles.

Ni me siento culpable de tu lejos,
ni dejo de fruncir los entrecejos
que usurpan de tus ojos la alegría,

si quieres enemigos ya los tienes,
pero si socios buscas ¿cuándo vienes
a repartir conmigo la poesía?

Joaquín Sabina

XXVIII

No existen paraísos perdidos.
El paraíso es algo que se pierde todos los días,
como se pierden todos los días la vida,
la eternidad y el amor.

Así también se nos pierde la edad,
que parecía crecer
y sin embargo disminuye cada día,
porque la cuenta es al revés.
O así se pierde el color de cuanto existe,
descendiendo como un animal amaestrado
escalón por escalón,
hasta que nos quedamos sin color.

Y ya que sabemos además
que tampoco existen paraísos futuros,
no hay más remedio, entonces,
que ser el paraíso.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

Es verdad

¡Ay, qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay, qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!

Federico García Lorca

VII

Toda nomenclatura es triste.
Huele a campos tapiados,
a cadenas de lúgubres adioses,
a pisadas que aplastan,
a papeles manchados,
a descarnadas corrosiones.

Aunque se enumeraran ángeles,
aunque se encolumnaran rosas,
aunque se indizaran amores.

Toda nomenclatura traba
la azul enredadera
cuyos brotes demuestran
que el silencio es un verbo.

Toda nomenclatura atrasa
el reloj sin cuadrante
del ritmo que es la vida.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

I

Sacar la palabra del lugar de la palabra
y ponerla en el sitio de aquello que no habla:
los tiempos agotados,
las esperas sin nombre,
las armonías que nunca se consuman,
las vigencias desdeñadas,
las corrientes en suspenso.

Lograr que la palabra adopte
el licor olvidado
de lo que no es palabra,
sino expectante mutismo
al borde del silencio,
en el contorno de la rosa,
en el atrás sin sueño de los pájaros,
en la sombra casi hueca del hombre.

Y así sumado el mundo,
abrir el espacio novísimo
donde la palabra no sea simplemente
un signo para hablar
sino también para callar,
canal puro del ser,
forma para decir o no decir,
con el sentido a cuestas
como un dios a la espalda.

Quizá el revés de un dios,
quizá su negativo.
O tal vez su modelo.

(Duodécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

III

Periódicamente,
es necesario pasar lista a las cosas,
comprobar otra vez su presencia.
Hay que saber
si todavía están allí los árboles,
si los pájaros y las flores
continúan su torneo inverosímil,
si las claridades escondidas
siguen suministrando la raíz de la luz,
si los vecinos del hombre
se acuerdan aún del hombre,
si dios ha cedido
su espacio a un reemplazante,
si tu nombre es tu nombre
o es ya el mío,
si el hombre completó su aprendizaje
de verse desde afuera.

Y al pasar lista
es preciso evitar un engaño:
ninguna cosa puede nombrar a otra.
Nada debe reemplazar a lo ausente.

(Duodécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

V

Ciertas luces apagadas
iluminan más
que las luces encendidas.

Hay lugares donde no es preciso
que algo esté encendido para que alumbre.
Pero además hay cosas
que se aclaran mejor con las luces apagadas,
como algunos estratos oblicuos del hombre
o algunos rincones que se instalan subrepticiamente
en los espacios más abiertos.

Y hay también una intemperie de la luz,
una zona despojada y ecuánime
donde ya no hay diferencia
entre las luces encendidas
y las luces apagadas.

(Duodécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

Canto de Otoño

Bien: ¡ya lo sé! La Muerte está sentada
a mis umbrales: cautelosa viene,
porque sus llantos y su amor no apronten
en mi defensa, cuando lejos viven
padres e hijo. Al retornar ceñudo
de mi estéril labor, triste y oscura,
con que a mi casa de invierno abrigo,
de pie sobre las hojas amarillas,
en la mano fatal la flor del sueño,
la negra toca en alas rematada,
ávido el rostro, trémulo la miro
cada tarde aguardándome a mi puerta.
En mi hijo pienso, y de la dama oscura
huyo sin fuerzas, devorado el pecho
de un frenético amor. ¡Mujer más bella
no hay que la Muerte! Por un beso suyo
bosques espesos de laureles varios,
y las adelfas del amor, y el gozo
de remembrarme mis niñeces diera
…Pienso en aquel a quien mi amor culpable
trajo a vivir, y, sollozando, esquivo
de mi amada los brazos; mas ya gozo
de la aurora perenne el bien seguro.
Oh, vida, ¡adiós! Quien va a morir, va muerto.
_

Oh, duelos con la sombra Oh, pobladores
ocultos del espacio Oh, formidables
gigantes que a los vivos azorados
mueven, dirigen, postran, precipitan
oh, cónclave de jueces, blandos sólo
a la virtud, que en nube tenebrosa,
en grueso manto de oro recogidos,
y duros como peña, aguardan torvos
a que al volver de la batalla rindan
-como el frutal los frutos-
de sus obras de paz los hombres cuenta,
de sus divinas alas… de los nuevos
arboles que sembraron, de las tristes
lágrimas que enjugaron, de las fosas
que a los tigres y víboras abrieron,
y de las fortalezas eminentes
que al amor de los hombres levantaron.
Esta es la dama, el rey, la patria, el premio
apetecido, la arrogante mora
que a su brusco señor cautiva espera
llorando en la desierta barbacana.
Este el santo Salem, éste el Sepulcro
de los hombres modernos. No se vierta
más sangre que la propia, no se bata
sino al que odie al amor. Únanse prestos
soldados del amor los hombres todos
la tierra entera marcha a la conquista
de este rey y señor, que guarda el cielo.
_

…Viles. El que es traidor a sus deberes,
muere como un traidor, del golpe propio
de su arma ociosa el pecho atravesado,
Ved que no acaba el drama de la vida
en esta parte oscura. Ved que luego
tras la losa de mármol o la blanda
cortina de humo y césped se reanuda
el drama portentoso y ved, oh viles,
que los buenos, los tristes, los burlados,
serán en la otra parte burladores.
_

Otros de lirio y sangre se alimenten:
yo no, yo no, los lóbregos espacios
rasgué desde mi infancia con los tristes
penetradores ojos: el misterio
en una hora feliz de sueño acaso
de los jueces así, y amé la vida
porque del doloroso mal me salva
de volverla a vivir. Alegremente
el peso eché del infortunio al hombro:
porque el que en huelga y regocijo vive
y huye el dolor, y esquiva las sabrosas
penas de la virtud, irá confuso
del frío y torvo juez a la sentencia,
cual soldado cobarde que en herrumbre
dejó las nobles armas; y los jueces
no en su dosel lo ampararán, no en brazos
lo encumbrarán, mas lo echarán altivos
a odiar, a amar y batallar de nuevo
en la fogosa sofocante arena.
Oh qué mortal que se asomó a la vida,
¿vivir de nuevo quiere?…
_

Puede ansiosa
la Muerte, pues, de pie en las hojas secas,
eperarme a mi umbral con cada turbia
tarde de otoño, y silenciosa puede
irme tejiendo con helados copos
mi manto funeral.
_

No di al olvido
las armas del amor: no de otra púrpura
vestí que de mi sangre. Abre los brazos,
listo estoy, madre Muerte: al juez me lleva.
_

Hijo!… ¿Qué imagen miro? qué llorosa
visión rompe la sombra, y blandamente
¿Como con luz de estrella la ilumina?
Hijo… ¿qué me demandan tus abiertos
brazos? ¿A qué descubres tu afligido
pecho? ¿Por qué me muestras tus desnudos
pies, aún no heridos, y las blancas manos
vuelves a mí, tristísimo gimiendo?…
¡Cesa! ¡calla! ¡reposa! ¡vive! El padre
no ha de morir hasta que a la ardua lucha
rico de todas armas lance al hijo.
Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas
de los abrazos de la Muerte oscura
y de su manto funeral me libren.

José Martí

XVIII

Podría quizá olvidar algo que he escrito
y volver a escribirlo de la misma manera.

Podría olvidar la vida que he vivido
y volver a vivirla de la misma manera.

Podría olvidar la muerte que moriré mañana
y volver a morirla de la misma manera.

Pero siempre hay un grano de polvo de la luz
que rompe el engranaje de las repeticiones:
podría olvidar algo que he amado
pero no volver a amarlo de la misma manera.

(Duodécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

El día

El día ha llegado a mis ojos.
El día que muere es una lluvia dorada.
El día es tierno como el agua. Como el amor que nace.
El día es delgado y dulce. El día es amor.
El día es una espada. Una rosa caliente.
El día me dijo: Buenos días. Y amé al día.
El día estaba en tus ojos de fino oriente.
El día eran tus ojos oscuros. Tu clara sonrisa.
El día quiso decirme Adiós. Y no me dijo nada.
El día y tú habían llegado a mis ojos.
El día eras tú. Tú eras el Buenos días. Y el Adiós.
El día. Siempre el día. Es decir, siempre tú.

Efraín Huerta

XIII

Hay palabras que no decimos
y que ponemos sin decirlas en las cosas.

Y las cosas las guardan,
y un día nos contestan con ellas
y nos salvan el mundo,
como un amor secreto
en cuyos dos extremos
hay una sola entrada.

¿No habrá alguna palabra
de esas que no decimos
que hayamos colocado
sin querer en la nada?

(Primera Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

babel

en los besos de esa mujer
se vuelve a erguir la torre perdida
de babel/ sólo la ruina quizá
qué nos hace qué nos deshace
tiempo y viento
cayeron sobre nosotros
y poco a poco nos sepultaron
y nos guardaron cálidos y secretos
nada puede acabarnos ni hacernos arena
por entre las piedras quebradas de un camino
creceremos como la hierba
lenta y dulce/ tierna y humilde
frágiles desde los escombros/ últimos
gérmenes de todo el mundo
dios no nos verá llegar

Joaquín E. de La Torre

XXXVII

Mientras haces cualquier cosa,
alguien está muriendo.

Mientras te lustras los zapatos,
mientras odias,
mientras le escribes una carta prolija
a tu amor único o no único.

Y aunque pudieras llegar a no hacer nada,
alguien estaría muriendo,
tratando en vano de juntar todos los rincones,
tratando en vano de no mirar fijo a la pared.

Y aunque te estuvieras muriendo,
alguien más estaría muriendo,
a pesar de tu legítimo deseo
de morir un minuto con exclusividad.

Por eso, si te preguntan por el mundo,
responde simplemente: alguien está muriendo.

(Primera Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

novela en doce líneas

cuánto falta para vernos hoy
cuánto falta para vernos luego
cuánto falta para vernos todo el día
cuánto falta para vernos para siempre
cuánto falta para vernos un día sí y un día no
cuánto falta para vernos a veces
cuánto falta para vernos cada vez menos
cuánto falta para no querer vernos
cuánto falta para no querer vernos nunca más
cuánto falta para vernos y fingir que no nos vimos
cuánto falta para vernos y no reconocernos
cuánto falta para vernos y no recordar que un día nos conocimos.

Bruna Beber

XLVI

No debiera ser posible
dormirse sin tener cerca
una voz para poderse despertar.

No debiera ser posible
dormirse sin tener cerca
la propia voz para poderse despertar.

No debiera ser posible
dormirse sin despertar
en el momento justo en que el sueño se encuentra
con esos ojos abiertos
que ya no necesitan dormir más.

(Primera Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

XLVIII

Si uno encuentra de pronto que lleva entre las manos
un ramo del color de los niños perdidos
o de los ojos de los muertos,
ya no puede seguir doblando las esquinas,
ni doliéndole como siempre a las ventanas,
ni haciendo un torniquete del pasado
entre espirales de perros
y oraciones sin dios.

Es preciso entonces conseguir un lugar
donde el amor y la luna
se expendan en envases separados
y la muerte baje por una ranura y no muy cara.

Y es preciso sellar bien los cabellos,
aunque no se los corte,
para que no sigan enredando a la gente
y convirtiéndola en árboles.

Y entonces, sobre todo,
es preciso callar
y devolver.

(Primera Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

Salvamento

El bermellón gritaba.
Gritaba el verde nilo.
El granate, el cobalto,
el índigo gritaban.

Del negro, al escarlata
corría el amarillo.
Se zambulló el celeste.
Me abrazó el colorado.
El ultramar oscuro
me tiró un salvavidas.

Pero el violeta inmóvil
me miró.
Me miraba,
con los brazos cruzados.

Oliverio Girondo

XI

Sólo algunas miradas pasan por los ojos
y hay otras que no pasan por ninguna parte.
La tierra, por ejemplo, mira.
A veces hay un pozo,
a veces un escozor en el viento,
a veces una linea junto al agua.
Pero a veces no hay nada,
salvo la mirada pura,
la mirada en que latimos.

(Segunda Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

I

Mi pensamiento ha creado
otra forma de pensar para pensarte.
La ha creado sin mí,
como si una sombra se inventará otro cuerpo.

Y ahora encuentro contactos
de suavidad creciente
entre mis pensamientos
que antes no se tocaban.

Ahora encuentro
que mi pensar es casi como un cuerpo.

(Dos poemas sueltos)

Roberto Juarroz

I

Usar la propia mano como almohada.
El cielo lo hace con sus nubes,
la tierra con sus terrones
y el árbol que cae
con su propio follaje.

Sólo así puede escucharse
la canción sin distancia,
la canción que no entra en el oído
porque está en el oído,
la única canción que no se repite.

Todo hombre necesita
una canción intraducible.

(Séptima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

XIII

El centro del amor
no siempre coincide
con el centro de la vida.
Ambos centros
se buscan entonces
como dos animales atribulados.
Pero casi nunca se encuentran,
porque la clave de la coincidencia es otra:
nacer juntos.
Nacer juntos,
como debieran nacer y morir
todos los amantes.

(Octava Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

Él

¿Dónde estará?
¿Dónde se habrá escondido?

Creíque se ocultaba entre los ruidos.
Lo busqué.
Se había ido.

Sospeché que habitaba el desamparo.
Fui a su encuentro.
No estaba.

Pensé que su presencia me cegaba.
Me aparté.
No vi nada.

Esperaba encontrarlo en mi camino.
Lo esperé.
Aún lo espero.

Oliverio Girondo

Soneto VI

Sí, cuanto más te imito, más advierto
que soy la tenue sombra proyectada
por un cuerpo en que está mi ser más muerto
que el tuyo en la ficción que lo anonada.

Sombra de tu cadáver inexperto,
Sombra de tu alma aún poco habituada
A esa luz ulterior a la que he abierto
Otra ventana en mí, sobre otra nada…

Con gestos, con palabras, con acciones,
creía perpetuarte y lo que hago
es lentamente, en todo, deshacerte.

Pues para la verdad que me propones
el único lenguaje sin estrago
es el silencio intacto de la muerte.

Jaime Torres Bodet

Un poema

Algún día te escribiré un poema que no
mencione el aire ni la noche;
un poema que omita los nombres de las flores,
que no tenga jazmines o magnolias.

Algún día te escribiré un poema sin pájaros,
sin fuentes, un poema que eluda el mar
y que no mire a las estrellas.

Algún día te escribiré un poema que se limite
a pasar los dedos por tu piel
y que convierta en palabras tu mirada.
Sin comparaciones, sin metáforas,
algún día escribiré un poema que huela a ti,
un poema con el ritmo de tus pulsaciones,
con la intensidad estrujada de tu abrazo.
Algún día te escribiré un poema, el canto de mi dicha.

Darío Jaramillo Agudelo

Un día

Un día en la penumbra te enamoras de tu amor imposible.
Una breve charla, si acaso una mirada, una sonrisa leve,
un levísimo guiño inolvidable
y cae el azul entero de cielo sobre tu alma
y desfalleces de la dicha,
llueve la luz en tus adentros.
Sabes que es un amor imposible.
Sabes que no hay manera de cruzar una vida con la otra,
que, acaso, fue una fortuna que un día tocaras a tu amor imposible.
Pero también sabes que es imposible tu amor,
que no lo verás más,
que el amor que le tienes a tu amor imposible
no necesita a tu amor imposible,
que amas a una quimera que un día se encarnó debajo de la piel
más lejana y que más amas.

Darío Jaramillo Agudelo

Natasha

Mi secreto culposo
es desear un huracán
bautizado con mi nombre
y me gustaría
que fuera destructivo
para que
por muchos años
viejos acartonados
hablen
con incansable asombro
sobre mi salvajismo
y mientras beban
en solitario
su whisky de malta
recuerden cómo
sacudí sus casas
y boté
por la ventana del baño
todas sus pertenencias.

Natasha Tiniacos

Un deseo

Te deseo primero que ames,
y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que sí es,
sepas ser sin desesperar.

Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes
sean valientes y fieles, y que por lo menos
haya uno en quien confiar sin dudar.
Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones
tus propias certezas. Y que entre ellos,
haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro

Te deseo además que seas útil,
más no insustituible.
Y que en los momentos malos,
cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente
para mantenerte en pie.

Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco,
porque eso es fácil, sino con los que
se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.

Te deseo que siendo joven no
madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer
y su dolor y es necesario dejar
que fluyan entre nosotros.

Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena, que la risa
habitual es sosa y la risa constante es malsana.

Te deseo que descubras,
con urgencia máxima, por encima
y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un gato,
alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero
erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera,
te sentirás bien por nada.

Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea, y la
acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuántas vidas
está hecho un árbol.

Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez
por año pongas algo de ese
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.

Te deseo también que ninguno
de tus defectos muera, pero que si
muere alguno, puedas llorar
sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.

Te deseo por fin que, siendo hombre,
tengas una buena mujer, y que siendo
mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente, y que cuando
estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre amor para recomenzar.

Si todas estas cosas llegaran a pasar,
no tengo más nada que desearte.

Víctor Hugo

Meditación en el umbral

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi
ni apurar el arsénico de Madame Bovary ni aguardar en los páramos de Ávila
la visita del ángel con el venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas,
contando las vigas de la celda de castigo
como hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático,
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.
Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.

Rosario Castellanos

helpless

and in my mind I still need a place to go

sobre esta cama donde se acostó el mar
y se guardaron las cenizas de alejandría
y las hormigas almacenaron las provisiones durante el verano del holocausto
y la más despreciable hechicera escribió su recetario para exterminar el mal de amor

en la mismísima cama donde la maja y las venus posaron
donde juana la loca veló a felipe el hermosos por siete provincias
donde el espíritu santo fecundó a maría
aquí en la única cama traficada por fenicios
que sirvió de mapa para barbarroja
y fue alfombra mágica del príncipe ishtar
en la auténtica cama donde parió la primera elefanta en cautiverio
donde charly parker tocó por última vez el saxofón y a una mujer al mismo tiempo
y –años antes— jesús meditó su discurso del monte de los olivos
es donde entiendo que cada cama es un país que no existe
si no es con tu presencia

José Eugenio Sánchez

A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida
tan vacío devuelto por las sombras
tan vacío rechazado por los relojes
ese pobre instante adoptado por mi ternura
desnudo desnudo de sangre de alas
sin ojos para recordar angustias de antaño
sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
ponle tus cabellos escarchados por el fuego
abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
a tus pies donde mueren las golondrinas
tiritantes de pavor frente al futuro
dile que los suspiros del mar
humedecen las únicas palabras
por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
acurrucado en la cueva del destino
sin manos para decir nunca
sin manos para regalar mariposas
a los niños muertos.

Alejandra Pizarnik

Sábados

Afuera hay un ocaso, alhaja oscura
engastada en el tiempo,
y una honda ciudad ciega
de hombres que no te vieron.
La tarde calla o canta.
Alguien descrucifica los anhelos
clavados en el piano.
Siempre, la multitud de tu hermosura.
A despecho de tu desamor
tu hermosura
prodiga su milagro por el tiempo.
Esta en ti la ventura
como la primavera en la hoja nueva.
Ya casi no soy nadie,
soy tan solo ese anhelo
que se pierde en la tarde.
En ti esta la delicia
como esta la crueldad en las espadas.

Agravando la reja esta la noche.
En la sala severa
se buscan como ciegos nuestras dos soledades.
Sobrevive a la tarde
la blancura gloriosa de tu carne.
En nuestro amor hay una pena
que se parece al alma.


que ayer solo eras toda hermosura
eres tambien todo amor, ahora.

Jorge Luis Borges

Chau número tres

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.

Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.

Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.

Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.

Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

Mario Benedetti