Poemas

los poemas en los que te esperé
hasta las once de la noche
con cinco pesos en la mano
y el presentimiento de que ya no pasarías

los poemas oscuros y profundos
en los que caminé promesas que duraban
medio bosque cubierto por la nieve
and miles to go before I sleep

los poemas en los que me casé contigo:
casi siempre tenías los ojos claros
verdes o azules
y una vez eras pelirroja
pero igual nos divorciamos

los poemas donde
nos cagamos de la risa
de los poetas que escribieron
aire altísimo

los poemas donde
nos cagamos de la risa
del poeta que escribió
una cantiga

los poemas donde
nos cagamos de la risa
de los poetas que escribieron
uy uy uy

los poemas que pagaron
con la beca
un bocho verde
entre blancas gallinas

[tanto depende de]

los poemas
que leímos mal

los poemas
del espanto: un fulgor
de gas de hueso viejo
ardiendo fluorescente en
la noche del panteón:
un pedo metafísico

los poemas
que nos hicieron engordar

los poemas que solo funcionaron
si habías visto la tele:
David Vincent los ha visto
transforma este cuerpo decadente
dónde está mi arco
maldita pobreza

los poemas que solo funcionaron
si no habías visto la tele:
dichoso aquel que tome a tus niños
y los estrelle contra las peñas

los poemas peor de todas
los poemas sombrero de fieltro
los poemas mataviejitas
los poemas ropa sucia
los poemas con Dj Vj CB doble cabina y
tubo de téibol
los poemas herpes
genital
los poemas realismo chistoso
los poemas que salieron en el Hola!
los poemas del Círculo
los poemas del circo
los poemas de Ciro Gómez Leyva

los poemas que escribieron
las mejores mentes de mi generación
destruidas por la frescura

Julián Herbert

La nostalgia de mi coronel

Lo encontré en Celaya, al pie de la “Bola del agua”, cuando estaba saliendo la gente de la misa de San Francisco. Su pierna de palo, su pujante barriga y su máscara de cartón lo hacían inconfundible.
—¡Mi coronel!
Volvió bruscamente la cara, le brillaron los ojos y se le acentuó su estereotipada sonrisa, muy contento, creo yo, más que por el encuentro por el gradomilitar que le refrendaba. Me parece que ni siquiera supo con quién hablaba.
Nos dimos un abrazo y, sin más, me invitó a que los acompañara a la estación adonde tenía un asunto urgente, para platicarme mucho.
Tomamos un auto.
—Ahora me ocupo en la introducción de ganado.
—¡Mucho dinero, mi coronel!
Encogió los hombros y forzó su sonrisa de falsa modestia, habitual en los ricachones muy codos.
—Así… así…
—Pero de todos modos se vive.
—¡Vaya si se vive! Voy a recoger la documentación de los ferrocarriles de un tren de bueyes gordos que acabo de embarcar.
Prorrumpió en improperios, cuando al bajar del coche vió ocupada la vía por un tren militar y sus carros de ganado allá muy lejos, cerca del panteón, en un escape.
Hasta a la pierna de palo le alcanzaron las maldiciones. Afortunadamente algo lo distrajo y le refrescó el coraje.
—Espere, venga, vamos a ver. Una escena violenta entre un soldado y una veintena de agraristas inermes que le hacían ascos al embarque en el tren de soldados.
El señor diputado había dicho:
—Muchachos, el Gobierno lo único que les exige es que defiendan las tierras que les vamos a repartir y de las que quieren apoderarse esos maldecidos curas.
Daba gana de preguntar al señor diputado en dónde diablos estaban ahora los curas y de pedirle la receta con que el presidente Calles los había enseñado a no comer.
Uno de los más avezados, de los que habían preferido “las mazorcas” de Calles a la “gloria celestial”, de los totaches, eructando de satisfacción pensó: “¿Y si en vez de tierras lo que van a repartirnos son balas?” Lo pensó, pero no le dijo, porque es muy feo que lo tengan a uno por poco hombre y, sobre todo, porque nunca se imaginó que sus diecinueve camaradas estuvieran pensando lo mismo.
El señor diputado, viéndolos indecisos, acudió al argumento que no falla nunca.
El aguardiente alegra el alma y vigoriza los músculos.
Por eso caminaban por la polvorienta carretera, cantando alegres y confiados, conducidos sólo por dos soldados.
Su proximidad al tren cargado de tropa les dio la corazonada definitiva.
Y los soldados dejaron de llamarles camaradas y con malas maneras les mandaron subieran a un carro.
El más bruto de la veintena, el que todavía creía que el monte es de puro orégano, preguntó:
—¿Por qué el presidente Calles necesita nomás para él y su familia un tren de a un millón de dólares y a nosotros, que vamos a defenderlo, nos llevan en una jaula de puercos?
La respuesta la recibió en el trasero, lo que le facilitó la entrada en el carro.
Sorprendido por proceder tan extraño, dio media vuelta girando sobre los talones y de un certero revés puso al camarada soldado de hocico sobre los barrotes del piso.
—¿Sabes lo que estás haciendo, desgraciado?
—No te enojes, compa… No te enchiles, que si es cosa de broma, tú fuiste el que comenzaste.
Pero el camarada soldado sabe que las dos cintas rojas que lleva en la manga de su uniforme y en el quepí por algo se las habrán puesto. Y piensa que es la mejor oportunidad para dar comienzo a la instrucción militar.
De un salto cae dentro de la jaula, ya con las piernas abiertas en ángulo de acero y el brazo derecho tendido y tenso como un resorte.
—¡Toma para que me lo creas!… Uno… dos… tres…
—¿Cómo? ¿Es cosa de veras en serio? —pregunta el camarada limpiándose la sangre que le mana de la boca y la nariz.
—¿Todavía me lo preguntas, maje?
El camarada soldado no es gente de mala entraña. Sólo quiere terminar bien su cátedra. Sin darle tiempo a que se reponga le atiza una serie de puntapiés y bofetadas hasta que lo deja en el extremo de la jaula.
¡Ya déjalo! —rumora con indolencia, su teniente. —¿Qué no miras que viene muy pedo?
Mientras el camarada campesino ronca sobre la boñiga seca de cerdo, los demás candidatos a soldados asoman sus cabezas prietas y mechudas tras los barrotes del carro, abriendo tamaños ojos, como si quisieran escapar por los angostos claros.
Mi coronel, ex ciudadano armado de los días felices de los Carranzas y los Obregones, suspira con melancolía.
—Es triste observo con mi atolondramiento normal, creyendo adivinar su pensamiento.
—Es triste, sí… ¡Se siente tan bonito!
Fijo en él mis ojos sorprendidos.
—Haga usted la cuenta de que tiene una tremenda jaqueca y de que se toma una cafiaspirina con una limonada caliente…
Ante mi gesto de incomprensión, insiste:
—Ni más ni menos. Amanecía uno entonces de mal humor, cogía a cintarazos a cualquier pelado de éstos, con cualquier pretexto y… ¡santo remedio!…
Y sus ojos soñadores se perdieron en la melancólica memoria de sus buenos tiempos idos.

Mariano Azuela

XXVI

La campana está llena de viento,
aunque no suene.
El pájaro está lleno de vuelo,
aunque esté quieto.
El cielo está lleno de nubes,
aunque esté solo.
La palabra está llena de voz,
aunque nadie la diga.
Toda cosa está llena de fugas,
aunque no haya caminos.

Todas las cosas huyen
hacia su presencia.

(Séptima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

Elegía

I
Supe que me esperaban las cadenas
para encarcelarme en la estancia del silencio,
la honda huella del frío que tiene la soledad,
los túneles y túneles del miedo,
el empuñar mi nombre sin bandera,
la espera, el trabajo, la paciencia,
el tálamo vacío,
el costado herido de nostalgia.
Porque el amor es duro,
es tierno y duro.
Sin embargo,
hombre de todos mis días desde siempre,
te amé, te he amado sin tenerte jamás,
siempre en silencio.

II
Yo fui, quizá, la espuma de mirada limpia
que nunca abandonó tu costa.
Tenía la distancia un color de tristeza.
Fui la ternura joven
para quien nunca envejeció tu imagen;
de ti me hablaban el sol, la lluvia,
las praderas corriendo en el camino
en dirección contraria
al ómnibus que me volvía a casa.
Siempre esperaba verte al dar vuelta a una esquina,
en un café, al azar,
y estabas tan cerca de mi mano,
acá, en el yo más íntimo del ser.

III
Te están llorando los tuyos,
los de tu sangre;
te llora el entrañable amigo
y este dolor en mí que no descansa.
Acaso habrá, me digo,
otro paisaje que no sea la sal
de estos caminos.
Cuesta abajo
como una gota de lumbre
va resbalando el duelo.
Moribundo, sediento, consumido en sí mismo,
el corazón te busca.

IV
Contigo hubiera querido compartir cosas tan simples
como atarte las cintas de un zapato,
remendar el talón de un calcetín;
tostar castañas
echada al pie de tu sillón de cuero
en las veladas de invierno,
en que leías junto al fuego.
Hacer el nudo a tu corbata,
aderezarte un puchero apetitoso,
acomodarte un almohadón,
escuchar ese rasgar de tu pluma
navegando en el mar enervante
de la alta belleza.
Y sobre todo,
salvarte del terror del cuarto oscuro
cuando sentiste caer sobre el pasto dulce de tus ojos
la noche,
esa noche final que deshace de llanto
mi garganta.

V
Estos vientos de marzo y febrero,
¡ay, estos vientos!,
estos vientos espesos de vida que fecundan
el vientre de la primavera,
me han traído noticias
que derrumbaron con seco trueno
los muros de mi vida.

VI
Se me desnuda el alma tercamente
y no puedo evitar que ahí te vean
pulcro y entero en alta mar,
bogando siempre mar adentro,
sí, mar adentro en mi pecho.

VII
Para mí no te alcanza ni te daña
el estrépito mustio de la muerte.
Estás como una espiga en ascuas,
como cuando se despliega un mar dorado,
tú, sin tiempo,
vivo y resplandeciente.

VIII
Entre nuestras dos vidas
la anchura del espacio,
algo que nos apartó ciegos e impedidos;
algo que nos empujó
a recoger la vida en pedazos,
a hurtadillas, como dos niños robando manzanas
en el huerto vecino,
siempre con el aliento suspenso y encogido.

IX
De nuevo hoy nos hemos encontrado
en otra dimensión.
Algo, un crujido,
una pisada que se avecina
y emprendemos el vuelo.

X
Amábamos el cristal lila
que florecía en las jacarandas,
la sazón encendida del otoño,
el talle de luz mojada
con que asomaba algún día de lluvia.
Amábamos a Tchaikovski y a Vivaldi;
al septiembre azul de Milosz, a Proust y a Rilke.
Venerados días antiguos…
Días de vida clara
en que se sentaba la provincia en el patio de mi casa
a encastillae la aurora.
Cómo se agolpa su albura
al cristal de mi ventana.
Siento un misterioso idioma
crecer dentro de mí,
un rumor de vientos melancólicos
que desmelenan la memoria y me iluminan.

XI
Nos dolía despedirnos.
Europa fue un dolor hasta los nervios;
hacia falta tu bordón de sol
junto a mis pasos.
Lo recuerdo…
Suiza tenía ese resplandor diáfano y puro
con que despiertan los ojos de los ángeles,
al amanecer.
Sobre las montañas enraizaban los pinares
una vejez azul
sombreada y fresca
y las colinas en flor mecían su color silvestre
de apacible humildad.
Te busqué siempre
entre las transparentes lejanías.

XII
Sobre la memoria como sobre un campo de mies
duermen meciéndose las tardes;
tardes en que veíamos caer el crepúsculo
hasta el filo justo de la noche.
Tardes cargadas de cristal tranquilo
en donde hoy, a menudo se guarecen
los años azotados por el látigo
de un clamor general:
el hambre empujándose en todas las esquinas;
los tigres del miedo de la humanidad
escondiéndose en la boca del sexo,
consumidos hasta el fondo en sus excesos;
sacudiendo el nervio del mundo,
pudriendo ávido sus frutos.
Y la violencia apostada en todos los rincones,
en acecho del minuto oportuno.
Es entonces
cuando yo vuelvo de vez en vez
a respirar un poco
de aquellas tardes hechas luz
donde habitaban el amor y la prudencia.

XIII
Para nosotros fue siempre época de veda,
atendimos al principio elemental:
no lastimar al prójimo;
nos ovillamos en la crisálida de un sueño
a la orilla del mundo.
desterrados en ese confín lejano
brindamos por la abstinencia,
por un encuentro furtivo de miradas,
por la discreta ansiedad,
por todo lo que no poseímos siendo nuestro.

XIV
Muchos años huí.
Sin ti no quise nada;
lo que grabé en la cinta de mi vida
fueron máscaras
y me marché al azar
con los días saqueados
y un invencible llanto.

XV
Tenía tu voz ese toque profundo
de la expresión iluminada
que descubre el significado oculto de las cosas;
ágil y limpia tu palabra
tan pronto era agua que arde,
o viento tierno, transparente.
Ni tu silencio,
largo silencio inexplicable,
pudo menguar el esplendor del verso
grabado ya en esa línea recta de infinito
que apunta sólo en el amanecer,
donde se hospeda el tiempo
de los que nunca mueren.

XVI
No existe el tiempo,
no la distancia,
no la muerte;
existe la vibración,
el movimiento,
el incesante cambio:
ser, dejar de ser para volver a ser.
Un segundo trae ya la carga de su muerte
y el embrión de su vida.
La yerba que pisamos,
aquel sofá de mimbre,
tu explicación de Bergson,
la dulce calma,
todo tiene esa dimensión remota
de una isla escondida
en el centro mismo del devenir
para evadir la muerte
y ser pura vibración, puro presente.

Enriqueta Ochoa

XXII

Una soledad adentro
y otra soledad afuera.

Hay momentos
en que ambas soledades
no pueden tocarse.
Queda entonces el hombre en el medio
como una puerta
inesperadamente cerrada.

Una soledad adentro.
Otra soledad afuera.
Y en la puerta retumban los llamados.

La mayor soledad
está en la puerta.

(Décima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

III

Una escritura que soporte la intemperie,
que se pueda leer bajo el sol o la lluvia,
bajo el grito o la noche,
bajo el tiempo desnudo.

Una escritura que soporte lo infinito,
las grietas que se reparten como el polen,
la lectura sin piedad de los dioses,
la lectura iletrada del desierto.

Una escritura que resista
la intemperie total.
Una escritura que se pueda leer
hasta en la muerte.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz