Halladas

I

En el desierto. Encuentran un cuerpo en el desierto. ¿Quién lo puso allí? ¿Desde cuándo está allí? ¿Hay señales de fieras? ¿Hay vestigios de zarpas o dientes? ¿Hay picotazos? ¿Hay hormigas expandiendo sus puntadas como un tul movedizo? ¿Y cuánta carnicería le corresponde a los depredadores y cuánta a los asesinos?

No se salvó a la hija. No se pudo evitar el horror de la carnicería, el pánico de la muerte. Ahora, solamente es posible rescatarla del sol, privarla de la corona negra de los buitres, de las lágrimas nocturnas del desierto…

¿Es eso un alivio?

Llevársela de allí.

Recomponer el mosaico de su cuerpo desbaratado.

Envolverlo en un lienzo nuevo y entregarlo otra vez

para que la muerte reanude su festín.

¿Pero creéis de verdad que eso es un alivio?

Los sables se ensartan en el baúl pintado
paralizando sangre,
enfriando células,
abriendo caminos a la podredumbre.
Levantando la veda a la carroña.

II

A cambio de un cadáver herido, mutilado, se deja de esperar a la hija. A la hija que salió de la casa con urgencia pero que no se dio prisa en volver. Demoró su vuelta tanto y tanto hasta borrar los compartimentos del tiempo.

Pero los relojes ya empiezan a marchar.

Se acabó el presente interminable. A partir de ahora ya no será necesario resistir, tener valor, aguzar el oído al otro lado de la puerta, intentar identificar sus pasos, la canción que cantaba; atisbar en todas las muchachas la semejanza a una forma de peinarse, un andar, esa blusa de colores, esa falda, igual a la suya…

A partir de ahora, se encajarán días, horas, sucesos. A partir de ese cadáver, la hija deja de existir.

Con esmero, alinea los naipes.
Adivina cuál es.
Adivina dónde está, dice el mago.
¿No está el que falta?, insiste. ¿Seguro que no está?
Hábilmente, sus dedos descubren la carta oculta
en la chaqueta del espectador.
El siniestro comodín agita sus cascabeles ensangrentados.

III

Reconózcala. Diga si es ella. Dígalo de una vez: sí o no.

No todos son convocados ante una sábana estirada. No todos son apremiados a acabar con la congoja. No todos pueden envolver con el amor de los lienzos esas niñas despedazadas, traspasadas, aplastadas por la abominación. No todos pueden escribir un nombre en una lápida, cubrirla de flores, encenderle cirios. No todos pueden entregarse al duelo.

Hay quienes aún deban hacer acopio de lágrimas porque no saben hasta cuándo debe durar la pena.

¿Hay que dar las gracias, entonces?

Hay que decir SÍ, y desasirse.

Sí, es ella, hay que decir, y abandonarse.

Poner ahora toda la atención en ese hueco.

Esa carne que ya no está en su carne. Esa sangre que le falta.

Será una marca que nos distinguirá para siempre.

Como si las victimas tuviéramos que expiar, de por vida, los crímenes de los asesinos.

Sí, es ella. Gracias. Gracias.

Redobla el tambor.
El prestidigitador, con elegante gesto levanta el paño.
Voilà, dice.
El escenario es un rompeolas de asombros.

Ana Rossetti

Miedo

Señor, guarda tus ángeles contigo.
Son demasiado puros para mí. Me dan miedo.
No pesan. No vacilan. Tienen cuerpos sin hambre,
sin fiebre, sin lujuria. Pies que no dejan huella.
Labios sin sed que saben tu palabra.
Sus ojos que no lloran son atroces.
En sus candidas manos
llevan cálices, palmas, incensarios, coronas,
pavorosas espadas con el filo candente.

Me dan miedo tus ángeles. Los pienso luminosos.
Terribles de pureza. Crueles de hermosura.
Impávidos, ungidos por suavísima sangre.
Sus alas sobre todo, sus alas, ¿te das cuenta,
Señor que me soldaste los pies a esta montaña,
de cómo me dan miedo sus alas poderosas?

Y tú, que me humillaste la frente con ceniza,
¿no ves cómo me espantan sus frentes inmortales?

Te alabo por tus ángeles, Señor, pero los temo.
Consérvalos contigo. Son tus pájaros, cantan
en tu oído el hosanna de la dicha perfecta.
Te rodean y giran decorando tu gloria.
Movilizan la brisa que perfuma tu trono.
Pero Tú solo puedes contemplarlos sin miedo.
Sólo Tú disciplinas sus magníficas huestes.

Me dan miedo tus ángeles. Si yo encontrara alguno,
Si un día, al despertarme,
lo viera intacto y fúlgido a los pies de mi cama,
yo carne castigada, llorosa podredumbre,
pecado repetido hacia la muerte,
tendría que clavarme las uñas en los ojos.

Ángela Figuera Aymerich

Sácalo

Quiero decir que estoy harto de mí
si algo de ti permanece aquí
sácalo, sácalo
antes que me lleve el diablo
sácalo, sácalo
antes que nos lleve el diablo

Si tuviera religión me pondría a analizar
si tuviera ideología pondríame a rezar

Quiero creer que revive el ayer
pero la piel se volvió pared
tírala, tírala
saca la primera piedra
tírala, tírala
tira la primera piedra

Si sumida en la prisión te podría liberar
¿porqué en la libertad te vas a encarcelar?

Quiero decir que estoy harto de mí
si algo de ti permanece aquí
sácalo, sácalo
antes que me lleve el diablo
sácalo, sácalo
antes que nos lleve el diablo

Mi enemiga no eres tú, tu enemigo no soy yo
el enemigo común, está alrededor
sácalo, sácalo
antes que me lleve el diablo
sácalo, sácalo
antes que nos lleve el diablo

Jaime López

La cocina

Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la
cocina, no importa de quién ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga
comida, no sufro. Si es posible, prefiero que sea funcional y que esté muy
usada. Con los trapos secos y limpios, y los azulejos blancos y brillantes.
Incluso las cocinas sucísimas me encantan.
Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y esté tan sucio
que la suela de las zapatillas quede ennegrecida, si la cocina es muy
grande, me gusta. Si allí se yergue una nevera enorme, llena de comida
como para pasar un invierno, me gusta apoyarme en su puerta plateada.
Cuando levanto los ojos de la cocina de gas grasienta y del cuchillo
oxidado, en la ventana brillan estrellas solitarias.
Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor que pensar que en
este mundo estoy yo sola.
Cuando estoy agotada suelo quedarme absorta. Cuando llegue el
momento, quiero morir en la cocina. Sola en un lugar frío, o junto a alguien
en un lugar cálido, me gustaría ver claramente mi muerte sin sentir miedo.
Creo que me gustaría que fuese en la cocina.

Kitchen (Fragmento)

Banana Yoshimoto

Quienes rondan la niebla

Siempre estarán aquí, junto a la niebla,
amargamente intactos en su paciente polvo que la sombra ha invadido,
recorriendo impasibles esa región de pena que se vuelve al poniente,
allá, donde el pájaro de la piedad canta sin cesar sobre la indiferencia del que duerme,
donde el amor reposa su gastado ademán sobre las hierbas cenicientas,
y el olvido es apenas un destello invernal desde otro reino.

Son los seres que fui los que me aguardan,
los que llegan a mí como a la débil hiedra doliente y amarilla que sostiene el verano.
Triste será el sendero para la última hoja demorada,
triste y conocido como la tiniebla.

¡Oh dulce y callada soledad temible!
¡Qué dispersos y fieles hijos de nuestra imagen
nos están conduciendo hacia el amanecer de las colinas!

Están aquí, reunidas alrededor del viento,
la niña clara y cruel de la alegría, coronada de flores polvorientas;
la niña de los sueños, con su tierno cansancio de otro cielo recién abandonado;
la niña de la soledad, buscando entre la lluvia de las alamedas el secreto del tiempo y del relámpago;
la niña de la pena, pálida y silenciosa,
contemplando sus manos que la muerte de un árbol oscurece;
la niña del olvido que llama, llama sin reposo sobre su corazón adormecido,
junto a la niña eterna,
la piadosa y sombría niña de los recuerdos que contempla borrarse una vez más,
bajo los desolados médanos,
la casa abandonada, amada por el grillo y por la enredadera;
y más cerca, como el rumor del musgo en las mejillas de aquella incierta niña de leyenda,
la niña del espanto que escucha, como antaño junto al muro derruido,
las lentas voces de los desaparecidos;
y allí, bajo sus pies,
las fugitivas niñas de la sombra·que los atardeceres reconocen,
las mágicas amigas del matorral y de la piedra temerosa.

Yo conozco esos gestos,
esas dóciles máscaras con que la luz recubre cada día sus amargos desiertos.
¡Tanta fatiga inútil entre un golpe de viento y un resplandor de arena pasajera!

No es cierto, sin embargo,
que en el sitio donde el sufriente corazón restituye sus lágrimas al destino terrestre,
palideciendo acaso,
nos espere un gran sueño, pesado, irremediable.

Esperadme, esperadme, inasibles criaturas del rocío,
porque despertaré
y hermoso será subir, bajo idéntico tiempo,
las altas graderías de la dudad del sol y las tormentas,
y repetir aún, sin desamparo, las radiantes edades que la tierra enamora.

Olga Orozco

Pacto

Por si acaso llovizna por tu calle
y quieres secar tu cuerpo
entre mis brazos

Por si el silencio te acomete
y recuerdas el lenguaje extraño
que aprendiste a mi lado

Por si regresas
a humedecer de lunas los recuerdos

Por si el trópico te reclama impaciente
entre sus verdes

O por si acaso es de noche en tu morada
dejaré la puerta abierta

María Clara González

II

No estabas en mi umbral
ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condensándote desde la encandilada transparencia,
probándote otros cuerpos como fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura
-el erizo de niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos,
la piedra imán que absorbe su fatal alimento,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua,
en torno de un temblor-.
Y ya habías aparecido en este mundo,
intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,
más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.

Olga Orozco

Si el muro fuera de piedra y no de aire,
si a través del muro no se tocaran los árboles,
si las altas rejas de sombra que te rasgan el alma
fueran la sombra de rejas reales que se pueden tocar
si recordaras el ruido de una puerta que se cierra
a tus espaldas y el tintineo de las llaves
del cinturón del carcelero que se aleja:
¡Cuánto alivio tendrías en el horror!
Porque lo que se cierra puede volver a abrirse,
la roca más imponente puede ser destruida.
Pero donde estás no hay puerta, y ninguna puerta se abrirá.
Y no hay muro: ningún muro será abatido.
Las rejas de la sombra son las rejas verdaderas,
no serán arrancadas.
Tú limitas con el aire,
tocas los árboles, coges las flores, eres libre,
y tú misma eres tu propia prisión que camina.

Marguerita Giudacci

a esta hora
serás la muchacha ejemplar y enamorada
a quien engañan y maltratan
todos los hijos de puta de la tierra
lo cual no tiene la menor importancia
ellos siempre regresan
compungidos
a tus faldas
solícitos
con la cara lavada
con la excusa de siempre
con la eterna cantata
yo te perdono
yo te prometo
yo te lo juro
mi ego te besa
al final de la escena
hasta el perro es feliz

Lydda Franco Farías

Nos iremos, me iré con los que aman,
dejaré mis jardines y mi perro
aunque parezcas dura como el hierro
cuando los vientos vagabundos braman.

Nos iremos, tu voz, tu amor me llaman:
dejaré el son plateado del cencerro
aunque llegue a las luces del desierto
por ti, porque tus frases me reclaman.

Buscaré el mar por ti, por tus hechizos,
me echaré bajo el ala de la vela,
después que el barro zarpe cuando vuela

la sombra del adiós. Como en los fríos
lloraré la cabeza entre tu mano
lo que me diste y me negaste en vano.

Silvina Ocampo

A mi hermano Miguel

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa.
Donde nos haces una falta sin fondo.
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos…”

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte.
Y ya cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

César Vallejo

Gail Hightower

No quería más que paz y pagué
sin regatear el precio que me pidieron.
William Faulkner, Luz de agosto

Yo fui Gail Hightower,
Pastor y alucinado,
para todos los hombres un maldito
y para Dios ¡quién sabe!
Mi vida no fue amor, ni piedad, ni esperanza.
Fue tan sólo la dádiva salvaje que alimentó el reinado de un fantasma.
Todos mis sacrilegios, todos mis infortunios,
no fueron más que el precio de una misma ventana en cada atardecer.
¿Qué aguardaba allí el réprobo? ¿Qué paz lo remunera?
Un zumbido de insectos fermentando en la luz como en un fruto,
la armonía de un coro sostenido por la expiación y la violencia,
y después el estruendo de una caballería que alcanza entre los tiempos ese único instante en que el cielo y la tierra se abismaron
como por un relámpago;
esa gloria fulmínea que arde entre el estampido de una bala y el trueno de un galope.
Aquélla fue la muerte de mi abuelo.
Aquél es el momento en que yo,
Gail Hightower veinte años antes de mi nacimiento,
soy todo lo que fui:
un ciego remolino que alienta para siempre en la aridez de aquella polvareda.
¿Qué perdón, qué condena,
alumbrarán el paso de una sombra?

Olga Orozco

Tu dulzura

Camino lentamente por la senda de acacias,
Me perfuman las manos sus pétalos de nieve,
Mis cabellos se inquietan bajo céfiro leve
Y el alma es como espuma de las aristocracias.

Genio bueno: este día conmigo te congracias,
Apenas un suspiro me torna eterna y breve…
¿Voy a volar acaso ya que el alma se mueve?
En mis pies cobran alas y danzas las tres Gracias.

Es que anoche tus manos, en mis manos de fuego,
Dieron tantas dulzuras a mi sangre, que luego,
Llenóseme la boca de mieles perfumadas.

Tan frescas que en la limpia madrugada de Estío
Mucho temo volverme corriendo al caserío
Prendidas en mis labios mariposas doradas.

Alfonsina Storni

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

César Vallejo

Lamento de Jonás

Este cuerpo tan denso con que clausuro todas las salidas,
este saco de sombras cosido a mis dos alas
no me impide pasar hasta el fondo de mí:
una noche cerrada donde vienen a dar todos los espejismos de la noche,
unas aguas absortas donde moja sus pies la esfinge de otro mundo.

Aquí suelo encontrar vestigios de otra edad,
fragmentos de panteones no disueltos por la sal de mi sangre,
oráculos y faunas aspirados por las cenizas de mi porvenir.
A veces aparecen continentes en vuelo, plumas de otros ropajes sumergidos;
a veces permanecen casi como el anuncio de la resurrección.

Pero es mejor no estar.
Porque hay trampas aquí.
Alguien juega a no estar cuando yo estoy
o me observa conmigo desde las madrigueras de cada soledad.
Alguien simula un foso entre el sueño y la piel para que me deslice hasta el último abismo de los otros
o me induce a escarbar debajo de mi sombra.

Es difícil salir.
Me tapian con un muro que solamente corre hacia nunca jamás;
me eligen para morir la duración;
me anudan a las venas de un organismo ciego que me exhala y me aspira sin cesar.

Y el corazón, en tanto,
¿en dónde el corazón,
el tambor de nostalgias que convoca en tinieblas a todos los relevos?
Por no hablar de este cuerpo,
de este guardián opaco que me transporta y me retiene
y me arroja consigo en una náusea desde los pies a la cabeza.

Soy mi propio rehén,
el pausado veneno del verdugo,
el pacto con la muerte.

¿Y quién ha dicho acaso que éste fuera un lugar para mí?

Olga Orozco

Espejos a distancia

I
Tú, testigo tan implacable y fiel como la piedra· al sol del mediodía,
búscame en algún sitio donde sea más fuerte que el sabor del tiempo,
tráeme desde algún lugar donde las aguas del diluvio hayan bajado,
y yo esté allí aún;
envuelta con el manto de los invulnerables
después de toda prueba.

Y es como una burbuja desprendida de la espuma del cielo.
Veo abierta de par en par una ventana sólo para salir a la intemperie,
sólo para seguir este reguero de migajas sombrías que lleva hasta la muerte.
Veo un jardín inmenso sepultado en la huella de una pata de pájaro.
Y la casa que crece entre los sueños con raíces de locura furiosa,
la casa que simula a la distancia navíos y combates,
se ha levantado y anda debajo de la arena.
Veo unas gradas en las que retumba la cabeza del miedo
-olas, galope y trueno-,
cercenada de pronto por el primer cuchillo que guardo en la nostalgia.
Cae, cae conmigo hasta el regazo.
¡Oh piedad! ¡Oh sangre siempre insomne del corazón materno,
lúcida como la hierba me has guardado!
Y yo tengo en los ojos el tamaño de lo irrecobrable.
Soy apenas ese fulgor del oro perdido que cualquiera puede mirar desde sus propias lágrimas.

 

II
Tú, ladrón de la gloria y la miseria,
merodeador de tantas escenas
que se encienden después igual que un talismán en el fondo del alma,
desentierra el lejano amor del huésped,
ábreme las cavernas donde fui arrebatada con ese brillo de ascua,
déjame contemplar en la nostalgia de esas vivas estatuas que miran hacia atrás.

Y es un vapor que sube desde cada caldera donde me están hirviendo,
un vaho de salvajes corazones en el ritual del hambre,
un humo de expiación que asciende desde el fin de toda hoguera.
¿Quién era yo, desnuda, bajo esos velos de eternidad tejidos por la sed en el palacio de los espejismos?
Cara de cuenco blanco, hecha para beber d ácido brebaje del olvido:
no me puedo mirar.
¿Quién era yo en un lecho con orillas de río, en una barca en llamas que corría más allá del abismo?
Cara de cuenco rojo, roída por los dientes veloces del deseo:
quienquiera que te vio te ha perdido entre mil.
¿Quién era yo con una piedra de inocencia en cada mano para ahuyentar las invencibles sombras?
Cara de cuenco negro, trizada por el golpe del engaño:
nadie ha quedado en ti.
¿Quién era yo?
¿Quién era, puñado de cenizas?

 

III
Tú, cómplice de la rampa del abismo,
con ese brillo de ángel caído entre dos mundos,
ilumina este rostro que pugna por asomar desde mi nacimiento,
muéstrame a la que mide con mirada de siglos la distancia que me aparta de mí,
a la que marca con un tatuaje fúnebre todo cuanto me habita,
lo mismo que una herida.

Y es como una bujía que asciende desde el fondo del estanque.
Hay un fulgor de verde venenoso,
una luna que avanza como la emanación de vegetales milenarios.
Ella pega sus mejillas de reina leprosa contra el cristal del invernáculo.
-Carne desconocida,
carne; vuelta hacia adentro para sentir pasar el arenal del mundo,
carne absorta, arrojada a la costa por el desdén del alma-.
Yo no entiendo esta piel con que me cubren para deshabitarme.
No comprendo esta máscara que anuncia que no estoy.
¿Y estos ojos donde está suspendida la tormenta?
¿Esta mirada de ave embalsamada en mitad de su vuelo?
¿He transportado años esta desolación petrificada?
¿La he llevado conmigo para que me tapiara como un muro a tierra prometida?
Entonces, este cuerpo ¿habrá estado tal vez tan lejos de la vida
como ahora está lejos de su muerte?
Sin embargo la tierra en algún lado está partida en dos;
en algún lado acaba de cambiarse en una cifra inútil sobre las tablas de la revelación;
en algún lado,
donde yo soy a un tiempo la esfinge y la respuesta.
Que se calle mi nombre en esa boca como en un sepulcro.
Voy a empezar a hablar entre los muertos.
Voy a quedarme muda.

Olga Orozco

Muy poco y muy gris el tiempo que te queda

Soy frágil
para los amados.

Algún asesino más poderoso
más fuerte
me interceptó cuando cruzaba
el callejón de los cuchillos
y me atajó.

Silencio mujer
dijo
de nada valdrá tu queja
en este momento
ni en los otros.

Muy poco
y muy gris
el tiempo que te queda
en esta madrugada de perros realengos
y borrachos asustados.

Déjame un instante
dije,
medir la luz que todos los días
me recibe y me abandona.

Déjame llorar un rato a solas.
Pero sólo había frío
en el callejón de los cuchillos.

Miyó Vestrini

Qué he sacado con quererte *

¿Qué he sacado con la luna
que los dos miramos juntos?
¿Qué he sacado con los nombres
estampados en el muro?
Como cambia el calendario,
cambia todo en este mundo.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

¿Qué he sacado con el lirio
que plantamos en el patio?
No era uno el que plantaba;
eran dos enamorados.
Hortelano, tu plantío
con el tiempo no ha cambiado.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

¿Qué he sacado con la sombra
del aromo por testigo,
y los cuatro pies marcados
en la orilla del camino?
¿Qué he sacado con quererte,
clavelito florecido?
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

Aquí está la misma luna,
y en el patio el blanco lirio,
los dos nombres en el muro,
y tu rastro en el camino.
Pero tú, palomo ingrato,
ya no arrullas en mi nido.
¡Ay, ay, ay! ¡Ay! ¡Ay!

*lamento mapuche

Violeta Parra

Dulce tortura 

Polvo de oro en tus manos fue mi melancolía;
Sobre tus manos largas desparramé mi vida;
Mis dulzuras quedaron a tus manos prendidas;
Ahora soy un ánfora de perfumes vacía.

Cuánta dulce tortura quietamente sufrida,
Cuando, picada el alma de tristeza sombría,
Sabedora de engaños, me pasaba los días
¡Besando las dos manos que me ajaban la vida!

Alfonsina Storni

La cena miserable

Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.
Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones
por haber padecido!…
Ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado…
Y cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos!
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
De codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará.
Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba…
Y menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!

César Vallejo

Lo inacabable

No tienes tú la culpa si en tus manos
mi amor se deshojó como una rosa:
Vendrá la primavera y habrá flores…
El tronco seco dará nuevas hojas.

Las lágrimas vertidas se harán perlas
de un collar nuevo; romperá la sombra
un sol precioso que dará a las venas
la savia fresca, loca y bullidora.

Tú seguirás tu ruta; yo la mía
y ambos, libertos, como mariposas
perderemos el polen de las alas
y hallaremos más polen en la flora.

Las palabras se secan como ríos
y los besos se secan como rosas,
pero por cada muerte siete vidas
buscan los labios demandando aurora.

***

Mas… ¿lo que fue? ¡Jamás se recupera!
¡Y toda primavera que se esboza
es un cadáver más que adquiere vida
y es un capullo más que se deshoja!

Alfonsina Storni

Besos

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.

Yo te enseñe a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Gabriela Mistral

Conversación

Dios te perdone al fin tanta tortura;
Bien que a tu mano la movió el despecho
Y daga fina hundísteme en el pecho.
Que no te sea la existencia dura.

Que una vez más conozca la amargura
Importa poco; el corazón deshecho;
Aprende más con tu impiedad. Bien hecho;
Gracias, amigo, que esto me depura.

Iba teniendo una sospecha vaga
De que la llama del placer se apaga
Poquito a poco en el camino humano.

Temblaba acaso por su leve abrigo,
Pero inquietud me ahorras, buen amigo,
Que de un golpe la ciegas con tu mano.

Alfonsina Storni

I

Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino,
alguna vez podremos interrogar con causa a esas escoltas de genealogías
que tendieron un puente desde tu desamparo hasta mi exilio
y cerraron de golpe las bocas del azar.
Cambiaremos panteras de diamante por abuelas de trébol,
dioses egipcios por profetas ciegos,
garra tenaz por mano sin descuido,
hasta encontrar las puntas secretas del ovillo que devanamos juntas
y fue nuestro pequeño sol de cada día.
Con errores o trampas,
por esta vez hemos ganado la partida.

Olga Orozco

Lejos, desde mi colina

A veces sólo era un llamado de arena en las ventanas,
una hierba que de pronto temblaba en la pradera quieta,
un cuerpo transparente que cruzaba los muros con blandura
dejándome en los ojos un resplandor pesado,
o el ruido de una piedra recorriendo la in decible tiniebla de la medianoche;
a veces, sólo el viento.

Reconocía en ellos distantes mensajeros
de un país abismado con el mundo bajo las altas sombras de mi frente.
Yo los había amado, quizás, bajo otro cielo,
pero la soledad, las ruinas y el silencio eran siempre los mismos.

Más tarde, en la creciente noche,
miraba desde arriba la cabeza inclinada de una mujer vestida de congoja
que marchaba a través de todas sus edades como por un jardín
antiguamente amado.
Al final del sendero, antes de comenzar la durmiente planicie,
un brillo memorable, apenas un color pálido y cruel, la despedía;
y más allá no conocía nada.

¿Quién eras tú, perdida entre el follaje como las anteriores primaveras,
como alguien que retorna desde el tiempo a repetir los llantos,
los deseos, los ademanes lentos con que antaño entreabría sus días?

Sólo tú, alma mía.

Asomada a mi vida lo mismo que a una música remota,
para siempre envolvente,
escuchabas, suspendida quién sabe de qué muro de tierno desamparo,
el rumor apagado de las hojas sobre la juventud adormecida,
y elegías lo triste lo callado, lo que nace debajo del olvido.

¿En qué rincón de ti,
en qué desierto corredor resuenan los pasos clamorosos de una alegre estación,
el murmullo del agua sobre alguna pradera que prolongaba el cielo,
el canto esperanzado con que el amanecer corría a nuestro encuentro,
y también las palabras, sin duda tan ajenas al sitio señalado,
en las que agonizaba lo imposible?

Tú no respondes nada, porque toda respuesta de ti ha sido dada.

Acaso hayas vivido solamente
aquello que al arder no deja más que polvo de tristeza inmortal,
lo que saluda en ti, a través del recuerdo,
una eterna morada que al recibirnos se despide.

Tú no preguntas nada, nunca, porque no hay nadie ya que te responda.

Pero allá, sobre las colinas,
tu hermana, la memoria, con una rama joven aún entre las manos,
relata una vez más la leyenda inconclusa de un brumoso país.

Olga Orozco

Porque yo soy la causante de tus iras
de tus tensiones
de tus penas
y además soy didáctica
destruyo tu paz todos los días
y te amarro.

Nunca supe hasta hoy
que yo era así de impresionante.
Creía ser mujer
nunca supe que fuera un cataclismo.

Ana María Rodas

¿por qué grita esa mujer?
¿por qué grita?
¿por qué grita esa mujer?
andá a saber

esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos margaritas
¿por qué?
¿por qué qué?
¿por qué grita esa mujer?

¿y esa mujer?
¿y esa mujer?
vaya a saber
estará loca esa mujer
mirá mirá los espejitos
¿será por su corcel?
andá a saber

¿y dónde oíste
la palabra corcel?
es un secreto esa mujer
¿por qué grita?
mirá las margaritas
la mujer
espejitos
pajaritas
que no cantan
¿por qué grita?
que no vuelan
¿por qué grita?
que no estorban
la mujer
y esa mujer
¿y estaba loca mujer?

Ya no grita

(¿te acordás de esa mujer?)

Susana Thénon

Kinsey Report

1

—¿Si soy casada? Sí. Esto quiere decir
que se levantó un acta en alguna oficina
y se volvio amarilla con el tiempo
y que hubo ceremonia en una iglesia
con padrinos y todo. Y el banquete
y la semana entera en Acapulco.

No, ya no puedo usar mi vestido de boda.
He subido de peso con los hijos,
con las preocupaciones. Ya ve usted, no faltan.

Con frecuencia, que puedo predecir,
mi marido hace uso de sus derechos o,
como él gusta llamarlo, paga el débito
conyugal. Y me da la espalda. Y ronca.
Yo me resisto siempre. Por decoro.
Pero, siempre también, cedo. Por obediencia.

No, no me gusta nada.
De cualquier modo no debería de gustarme
porque yo soy decente ¡y él es tan material!

Además, me preocupa otro embarazo.
Y esos jadeos fuertes y el chirrido
de los resortes de la cama pueden
despertar a los niños que no duermen después
hasta la madrugada.

2

Soltera, sí. Pero no virgen. Tuve
un primo a los trece años.

Él de catorce y no sabíamos nada.
Me asusté mucho. Fui con un doctor
que me dio algo y no hubo consecuencias.

Ahora soy mecanógrafa y algunas veces salgo
a pasear con amigos.
Al cine y a cenar. Y terminamos
la noche en un motel. Mi mamá no se entera.

Al principio me daba vergüenza, me humillaba
que los hombres me vieran de ese modo
después. Que me negaran
el derecho a negarme cuando no tenía ganas
porque me habían fichado como puta.

Y ni siquiera cobro. Y ni siquiera
puedo tener caprichos en la cama.
Son todos unos tales. ¿Qué que por qué lo hago?
Porque me siento sola. O me fastidio.

Porque ¿no lo ve usted? estoy envejeciendo.
Ya perdí la esperanza de casarme
y prefiero una que otra cicatriz
a tener la memoria como un cofre vacío.

3

Divorciada. Porque era tan mula como todos.
Conozco a muchos más. Por eso es que comparo.

De cuando en cuando echo una cana al aire
para no convertirme en una histérica.

Pero tengo que dar el buen ejemplo
a mis hijas. No quiero que su suerte
se parezca a la mía.

4

Tengo ofrecida a Dios esta abstinencia,
¡por caridad, no entremos en detalles!

A veces sueño. A veces despierto derramándome
y me cuesta un trabajo decirle al confesor
que, otra vez, he caído porque la carne es flaca.

Ya dejé de ir al cine. La oscuridad ayuda
y la aglomeración en los elevadores.

Creyeron que me iba a volver loca
pero me estaba atendiendo un médico. Masajes.

Y me siento mejor.

5

A los indispensables (como ellos se creen)
los puede usted echar a la basura,
como hicimos nosotras.

Mi amiga y yo nos entendemos bien.
Y la que manda es tierna, como compensación:;
así como también la que obedece
es coqueta y se toma sus revanchas.

Vamos a muchas fiestas, viajamos a menudo
y en el hotel pedimos
un solo cuarto y una sola cama.

Se burlan de nosotras pero también nosotras
nos burlarnos de ellos y quedamos a mano.

Cuando nos aburramos de estar solas
alguna de las dos irá a agenciarse un hijo.

¡No, no de esa manera! En el laboratorio
de la inseminación artificial.

6

Señorita. Sí, insisto. Señorita.

Soy joven. Dicen que no fea. Carácter
llevadero. Y un día
vendrá el Príncipe Azul, porque se lo he rogado
como un milagro a San Antonio. Entonces
vamos a ser felices. Enamorados siempre.

¡Qué importa la pobreza! Y si es borracho
lo quitaré del vicio. Si es mujeriego
yo voy a mantenerme siempre tan atractiva,
tan atenta a sus gustos, tan buena ama de casa,
tan prolífica madre
y tan extraordinaria cocinera,
que se volverá fiel como premio a mis méritos,
entre los que el mayor es la paciencia.

Lo mismo que mis padres y los de mi marido
celebraremos nuestras bodas de oro
con gran misa solemne.

No, no he tenido novio. No, ninguno
todavia. Mañana.

Rosario Castellanos

No quiero

No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.

No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.

No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero
que el labriego trabaje sin agua
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.

No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños les pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.

No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas
que en los trajes se pongan señales.

No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles
que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos
que decreten lo que es poesía.

No quiero amar en secreto,
llorar en secreto
cantar en secreto.

No quiero
que me tapen la boca
cuando digo NO QUIERO…

Ángela Figuera Aymerich

Carta 

No te escribiría ni siquiera este renglón,
pero los gallos cantaron tres veces en la noche
y tuve que gritar
Dios mío, Dios mío, ¿de quién renegué?

Soy más viejo que tú, madre,
pero así como tú me conoces:
algo cargado de espaldas,
inclinado sobre las preguntas del mundo.

Hasta hoy no entiendo aún por qué me enviaste a la luz.
¿Solamente para andar entre las cosas
y hacerles justicia, diciéndoles
cuál es más verdadera, cuál es más hermosa?
La mano se me detiene: es muy poco.
La voz se me apaga: es muy poco.
¿Por qué me enviaste a la luz, madre,
por qué me enviaste?

Mi cuerpo cae a tus pies,
pesado como un pájaro muerto.

Lucian Blaga

Te guardo

Tengo tres caras posibles
tú me las quitas todas
tengo una risa con alas
que vuela si estamos a solas

Tengo una voz y una piel
que quieren que tú las descifres

Tengo la vida muy corta
para entender lo que dicen
tus ojos que cuando los miro
brillan igual que los míos
pero no logro entender de que van

Pero si un día tú me encuentras
y ahora piensas diferente
te guardo un poquito de fe
para abrir los ojos y verte

Pero si un día tú me encuentras
y ahora piensas diferente
te guardo mi luz de mañana
mis ojos, mi amor y mi almohada

Tengo dos besos pendientes
uno por cada mejilla
y un abismo de cristal
por cada herida

Tengo el espacio carente
que ocuparía tu abrazo
si se nos diera el caso
de vernos lejos de la gente

Tengo la vida muy corta
y tú la mirada decente
y a mí no me importa pensar
lo imposible de tenerte

Pero si un día tú me encuentras
y ahora piensas diferente
te guardo un poquito de fe
para abrir los ojos y verte

Pero si un día tú me encuentras
y ahora piensas diferente
te guardo mi luz de mañana
mis ojos, mi amor y mi almohada

Silvana Estrada

Tal vez sea demasiado temprano

Tal  vez sea demasiado temprano
y no te hayas levantado todavía
y las cortinas ondeen
como velas contra tu ventana.
Pero sea la hora que sea, el lugar o la estación,
aquí estoy  a tu puerta,
con un puñado de razones por las que debería entrar.

Tal vez sea aún demasiado temprano en tu interior
para que te compongas y hables,
pero sea la hora que sea, el lugar o la estación,
me alegro de haber llegado tan lejos,
y saber lo que soy sin desconfiar.

La tierra tiene muchas manos y puertas
a las que llaman estas manos.
Hay sillas para algunos donde sentarse
con más paciencia que el resto,
y aquí estoy de nuevo y de nuevo llamando,
con un ramillete de primonias
vestido para matar,
limpio, sin polvo  y atontado.
Me creerán loco, demente o estúpido;
mi fe en ti sea tal vez del todo infundada;
podrían llamarla romántica hasta el fin,
pero, ¿qué más da?
Aquí estoy de nuevo y de nuevo llamando,
tal vez tenga demasiada prisa por correr hacia ti,
impaciente por compartir el resplandor
mientras haya
resplandor en torno mío.

A golpes llamo a la puerta del mundo.
Estás dormida tras ella.
A golpes llamo a la puerta del mundo
igual que a mi corazón un mundo llama a golpes.

Brian Patten

Autorretrato en tonos grises

A veces hablo sola,
es decir, conmigo misma.
Los solitarios
tenemos esas mañas,
esos hábitos raros.
A veces, también, grito,
porque no me oyen,
o no me oigo.
Suelo encerrarme
a repetir femeninos rituales
ancestrales
-limpiar la casa, ponerme bella-.
no soy bruja, pero parece
que doy miedo,
soy diestra con la escoba y los cacharos,
sí.
También soy diestra
en decir verdades
en los momentos más inoportunos,
y en perder objetos y personas.
Ya no río mucho, ni lloro
tampoco, en exceso.
Cada vez soy más dada
a la soledad
y a defender mis convicciones
y desvaríos.
(¡Qué broma!).
Finalmente,
no saldré viva de esta historia,
no volveré a tener 20 años,
no volveré a vivir
cada minuto que pasa,
nunca más.
Entonces, ¿para qué complacer a extraños?
Mi efímera belleza aún me conmueve,
mis tontos deseos de amar
y ser amada.

Beatriz Alicia García

Piedra negra sobre piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París ?y no me corro?
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

César Vallejo

Mujeres desesperadas

Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.

Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:

—No vuelven —dice una mujer.

Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones.

—La ruta es una mierda —dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca—. Una mierda. Lo peor…

Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.

—¿Y qué? ¿Vas a esperarlo? —dice la mujer.

Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.

—Nené —dice la mujer, y le ofrece la mano.

Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.

—Mirá —dice Nené; se sienta junto a Felicidad— voy a hacértela corta —pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras—, se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.

Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.

—¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!

Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas.

—Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… —se interrumpe, parece dudar, y pregunta— ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.

—Hola… ¿Te llamabas…?

—Fe, li…—trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase— cidad.

—No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.

Felicidad empieza a llorar.

—No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!

Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.

—No puedo creer, que él… —respira—, que me haya…

Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:

—¡Desconsiderada! —le grita, pero después se incorpora y la alcanza—, espere… No se vaya, entienda…

Nené camina ignorándola.

—Espere —Felicidad vuelve a llorar.

Nené se detiene.

—Callate —dice—. ¡Callate tarada!

Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.

—Callate y escuchá.

Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.

—Bueno, ¿y? ¿Lo sentís? —mira hacia el campo.

Felicidad la imita, intenta concentrarse.

—Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.

Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.

—Lloran…—dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.

—Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?

Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.

—¿Y a todas las dejan?

—¡Y todas lloran!— dice Nené.

Entonces gritan:

—¡Psicótica!

—¡Desgraciada, insensible!

Y otras voces se suman:

—¡Dejános llorar, histérica!

Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:

—¿Y que hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?

—¡Tomate un calmante! ¡Loca!

Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos.

—¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!

—Vení, dale. A ver cuanto te dura esta nueva amiguita…

—¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!

—¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!

Algunas voces dejan de gritar para reírse.

Nené se deja caer y se sienta resignada.

—¡Déjenla en paz! —dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.

—Hay… Qué miedo…—dice una de las voces—, así que ahora tenés compañerita…

—Yo no soy compañerita de nadie —dice Felicidad— sólo trato de ayudar…

—Ay… Sólo trata de ayudar…

—¿Saben por qué la dejaron en la ruta?

—¡Porque es una morsa flaca!

—No, la dejaron porque… —se ríen— …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito… —vuelven a reírse.

Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.

—¡Por qué no se callan, cotorras! —grita Nené.

—¡Ya te vamos a agarrar, turra!

Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.

—¿Cuántas son…? —pregunta.

—Muchas —dice Nené—, demasiadas.

Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.

—¿Qué hacemos? —insiste Felicidad.

Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.

—No se te ocurra llorar —le dice.

Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.

—Si para nos subimos —grita Nené.

—¿Qué?

Ya están cerca del baño.

—Que si el auto para…

El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.

—¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir! —dice Nené mientras forcejéa la puerta.

—Si se quiere bajar dejála —dice Felicidad—, por ahí ellos sí se quieren.

Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:

—¡Abrí, nena! ¡Abrí!

La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.

—¡Abrí, tarada! —Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta.

Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja.

Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.

—¡Vuelven! —dice Felicidad.

Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas.

—¡Son ellos! —dice Felicidad—, se arrepintieron y vuelven a buscarnos…

—No —dice Nené, y suelta una bocanada de humo—, son ellos, sí; pero vuelven por él.
Samanta Schweblin

La vida

Yo, mi propia prisionera, os digo:
la vida no es la primavera, vestida de terciopelo verde claro,
ni una caricia, que raras veces se recibe,
la vida no es una decisión de partir
ni dos brazos blancos que nos retienen.
La vida es el angosto anillo que nos mantiene cautivos,
el círculo invisible que jamás traspasamos,
la vida es la felicidad próxima que nos pasa de largo,
y los mil pasos que no nos decidimos a dar.
La vida es despreciarse a sí mismo
y permanecer inmóvil en el fondo de un pozo
y saber que el sol brilla en lo alto
y que pájaros dorados cruzan volando el aire
y que los días pasan como raudas flechas.
La vida es agitar la mano en un breve adiós e irse a dormir a casa…
La vida es ser un extraño para sí mismo
y una nueva máscara para cualquier otro que venga.
La vida es manejar sin prudencia la propia felicidad
y rechazar el instante único,
la vida es creerse débil y no atreverse.

Edith Södergran

Primer poema

A veces todo me parece de otro siglo:
las casas de tejas con enredaderas, las mujeres con bebés
cruzando la calle, los árboles sin hojas, el cielo de las cinco
en un pueblo de paso.
Como si todo hubiera dejado de existir hace tiempo
como si todo perteneciera a un pasado olvidado
y de las cosas sólo quedaran los conceptos que a veces recupero
asombrada, como ahora,
y cuando eso sucede me dan ganas de llorar
con una duración proporcional al tiempo
en que los conceptos tardaron en vaciarse de materialidad
y me dan ganas de correr aunque eso signifique
la soledad eterna en medio de la naturaleza eterna.
A mirar y escuchar la montaña y el cielo el resto de mi vida
hasta que todo vuelva a ocupar su lugar de contenido total
hasta que todo tenga otra vez su original consistencia
y esté el mundo y esté yo dentro
de un paisaje sólido, visible, inconfundido.
Esa desesperación, la sombra de un árbol
esfumándose entre las últimas luces de un pueblo en invierno,
eso es dios para mí.

María Lucesole

¡Oh, tú! 

Oh, tú que me subyugas. ¿Por qué has llegado tarde?
¿Por qué has venido ahora cuando el alma no arde,
Cuando rosas no tengo para hacerte con ellas
Una alegre guirnalda salpicada de estrellas?

Oh tú, de la palabra dulce como el murmullo
Del agua de la fuente; dulce como el arrullo
De la torcaza; dulce como besos dormidos
Sobre dos manos pálidas protectoras de nidos.

Oh tú, que con tus manos puedes tomar mi testa
Y hacerle brotar flores como un árbol en fiesta
Y hacer que entre mis labios se arquee la sonrisa
Como un cielo nublado que de pronto se irisa.

¿Por qué has llegado tarde? ¿Por qué has venido ahora
Cuando he sido vencida por llama destructora,
Cuando he sido arrasada por el fuego divino
Y voy, cegada y triste, por un negro camino?

Yo quiero, Dios de dioses, que me hagan nueva toda.
Que me tejan con lirios; me sometan a poda
Las manos del Misterio; que me resten maleza.
Tus labios no se hicieron para curar tristeza.

Para tus labios, agua de una pureza suma.
Para tus labios, copas de cristal y la espuma
Blanquísima de un alma que no sepa de abejas,
Ni de mieles, ni sepa de las flores bermejas.
Para tus manos, esas que nunca amortajaron;
Para tus ojos, esos, los que nunca lloraron;
Para tus sueños, sueños como cisnes de oro;
Para que tus pupilas persiguieran mis rastros.

Oh si luego mis pétalos que estrujaran tus manos,
Adquirieran por magia poderes sobrehumanos
Y hechos luz se aferraran a la luz de los astros
Para que tus pupilas persiguieran mis rastros.

Bienvenida la muerte que al sorberme me dieras;
Bienvenido tu fuego que agosta primavera;
Bienvenido tu fuego que mata los rosales:
Que todas las corolas se acerquen a tus males.

Oh tú, a quien idolatro por sobre la existencia,
Oh tú, por quien deseo renovada mi esencia,
¿Por qué has llegado ahora cuando no he de lograr
El divino suplicio de verme deshojar?…

Alfonsina Storni

Yo lo pregunto

Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
Aunque sea de oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
Sólo un poco aquí.

Nezahualcóyotl

Nostalgia de Troya

México, marzo de 1965

Señora colombiana:

Sí, soy el mismo René que hace seis meses estaba en Amsterdam haciendo la reseña de un museo único en el mundo, luego pasó quince días en Ottawa y ahora está en México, joya arqueológica y eterno jardín… a más de otras cosas que ahora no vienen al caso.
Aproveché el viaje a Europa para ir al Loire, esto tú no lo sabías (qué maravilla hablarte de tú en francés), ni sabes nada del Loire; especie de aprendizaje cuya carencia jamás echarás de menos.
Murió mi padre. Era un hombre de edad avanzada que acostumbraba encerrarse con llave en su biblioteca largos ratos, después de suplicar que no se le molestara; lo encontraron muerto sobre una alfombra polvosa que era una obra de arte hace veinticinco años. Murió muy en carácter, solo, sin comentario alguno por su parte, entre sus objetos preferidos guardados en un cuarto que no se limpiaba porque era suyo y él no lo permitía.
Mi padre dejó una fuerte herencia que será, con el tiempo, para los hijos de mi hermana y para mi hija mayor, quien, según supe, se ha convertido en una bella niña de trece años, delgada, alta, culta para su edad… ¡es tan extraño! No quise verla porque tuve miedo de descubrirla demasiado diferente a mí mismo o demasiado perdida en los vericuetos del Loire.
La impresión de la muerte de mi padre fue curiosa. Recibí un telegrama de mi madre en Holanda y cuando llegué, al día siguiente por la noche, la encontré en un gran estado de depresión. Mientras mi hermana recibía visitas y condolencias, ella, retirada en su cuarto, hacía planes, si es que así puede llamárseles. Lo primero que dijo, antes de saludarnos, fue:
—Ya soy demasiado vieja para vivir en París. He perdido mis amistades y la costumbre del trato social. Tampoco quiero que me vean, no quiero ser observada ni comentada; ahora yo también voy a morirme en el Loire y me enterrarán en ese asqueroso cementerio de la aldea, en medio de gente desconocida que no significa nada para mí.
—Y seguramente mal vestida —le respondí sin poder evitarlo.
—Seguramente —siguió sin advertir la impertinencia—. ¿Pero entiendes? ¿Entiendes que París me ha traicionado y que ahora no tengo ninguna ilusión?
Lloraba desesperadamente y el énfasis de sus lamentos estaba en que la vida es demasiado larga porque Dios no tiene el menor sentido de las dimensiones de lo que puede soportar el cuerpo humano.
—¿Por qué no se lo llevó antes? Se ha pasado años en la biblioteca, sin hacer nada… Claro que él no pensaba lo mismo. Llegó a decirme que cuando estaba solo sentía la presencia de Dios. ¿Tú lo crees? Contéstame.
—¿Por qué no?
—Porque a Dios no le gusta esta casa.
—Está usted diciendo incoherencias.
No hizo caso, en otro momento me hubiera saltado al cuello.
—Tu padre pretendía hablar con Dios. Murmuraba días enteros y sonreía a solas.
—Tal vez rezaba.
—Pero Dios no le oía porque Dios no es estéril y la vida de tu padre era inútil… Era nefasta para todos nosotros. Hasta el padre Jean murió en pecado por causa suya.
—¿Cómo?
—Por consejo suyo no volvió a dirigirme la palabra y murió sin perdonarme cuando sabía bien que sólo él podía reconciliarme con Dios.
—¿Usted se lo dijo así al padre Jean?
—No, ¿cómo había de decírselo? Se lo hice saber a tu padre y no prestó atención. Respondió que Dios estaba en todas partes y que si no me reconciliaba por mi parte era porque no tenía la sensatez suficiente para darme cuenta de lo sencillo que era eso.
—¿Por qué no se toma usted una pastilla calmante?
—No quiero. Además, no me hacen efecto. Hace años que tomo entre cinco y seis diarias —se detuvo y caminó hacia la ventana, desde allí se volvió a mirarme—. No sabes el esfuerzo que me ha costado no convertirme en una alcohólica —su voz sonaba seca—. ¿Tú crees que vale la pena?
—No lo sé. Conviértase usted en alcohólica si eso la hará sentirse mejor.
Lo pensó un rato largo. Sin duda era la primera vez que alguien le daba un mal consejo no carente de ciertas ventajas.
—No —dijo al fin, muy firme—. Por Elène, por los hijos de Eléne, por tu adorable Elise.
Se sentó en un sillón y empezó a llorar suavemente, sin sollozos. Nunca antes se había privado de algo por no hacer sufrir a otros y esto la hacía sonreír de júbilo entre las lágrimas. Tuve ternura por ella y casi no pude mostrársela; me senté a su lado y le tomé una mano. Así estuvimos un rato largo, hasta que noté que estaba dormitando. La dejé y bajé a ver a Elène.
Mi hermana es una mujer dulce, demasiado influenciable, poco inteligente y muy sentimental.
—Pobre papá —suspiró mientras me servía un coñac—. Debo contarte algo que pasó hace tres meses.
—¿Sí?
—Vino a verlo una señora alemana, ya de cierta edad y tuvieron una larga entrevista. Mamá estaba hecha una loca, subió a su cuarto y se puso a romper cartas y libros. Luego, la alemana se fue. Papá entró en un estado curioso, como si fuera feliz. Hacía años que no escribía nada y en dos meses preparó un ensayo que está a punto de ser publicado… dicen que es excelente. Trabajar de nuevo, escribir otra vez, fue demasiado para él; prácticamente dejó de descansar, apenas dormía.
—¿Cómo se llama el ensayo?
—Sobre las Ruinas de una Ciudad Oculta.
—¿Quién era ella?
—Según mamá, la que tuvo la culpa de este retiro. Una mujer que papá amó mucho… que le quitó la vida, según mamá. Y que causó su muerte.
Me sorprendo sufriendo con un sentimiento casi catártico. Ella tal vez le había arruinado la vida, pero se la devolvió en el momento justo, para que no muriera en vano.
Señora, a mí no me da miedo el romanticismo y ésta es una terrible historia de amor. Al escribírtela padezco una especie de espejismo de oasis: ¿será cierto que esas palmeras que se ven a lo lejos son en efecto el fruto de las fuentes ocultas que nacen en medio de la arena?
Mi madre, la siempre joven Laura, se ha reconciliado con Dios sin darse cuenta y papá murió envuelto en luz de amor y de fuerza creadora. ¿Es cierto entonces que las historias absurdas tienen un buen final?
Tu paciencia dirá que sí, eso lo sé. Y tu vida, ¿qué te dice? ¿También tú tienes miedo de volverte dipsómana? Tú no tienes miedo, te embriagas con un libro de lectura y luego me escribes una carta exaltada. Me pregunto si sabes lo exaltadas que son tus cartas, parece que no vives con otras personas sino en un mundo satélite todo tuyo donde recibes ideas y emociones nada más para ti.
Dejé el Loire sin ver a la pequeña Elise. Vino dos veces a la casa. El día del entierro me dio tiempo de ver, entre telas negras, unos zapatitos muy lustrados que se alejaron a toda prisa cuando yo abrí una puerta. Tal vez ella… tampoco, ¿verdad? Es justo y no me da nostalgia. Tengo la seguridad de que en alguna parte, independiente de mí, existe algo mío. Basta con eso. A ti te basta con eso. Porque en tu satélite no está ese niño que amas tanto y a quien no acosas ni persigues.
Estoy en América, ¿no me sientes cerca? Debieras tener un sentido especial para saber que no estoy en Europa, ni en una isla, ni en el polo, sino sobre la misma tierra que tú pisas y si echara a caminar, no importa en qué vehículo, llegaría a tu casa sin despegarme del suelo. Son locuras, no pongas atención.
Señora, no puedo escribir tu nombre, como nunca pude decirlo, tal vez porque no me conformo con ninguno. Algún día te bautizaré y asunto terminado.
Debo explicarte que durante muchos años no he podido hablar de mis padres y ahora lo hago. ¿Por qué? Hay razones. Una de ellas reside en el hecho de que ellos son las únicas personas «rebeldes» que he conocido y he conocido muchas. Rebeldes entre comillas porque su vida fue un fracaso desde un punto de vista general, pero ya no lo es ¿me entiendes? Sí, por supuesto. Mis amigos, mis amigas, esa multitud que invariablemente me ha acompañado a lo largo del tiempo, aceptaban su vida por instinto, por indolencia. Mis padres no. Ahora, ha ocurrido algo que me permite decirlo, contártelo, decirte algunas cosas más… Hay sucesos que son el círculo de un compás que se cierra. Dime ¿estoy dentro o fuera?
Tú también aceptas, pero de una manera… ¿Por qué eres como yo y te gusta hacer decisiones a plena conciencia? Es duro, duele, y las haces.
He conseguido, por obra de un amigo, una casita en los confines del Valle de México, más allá está un campo cultivado y luego las montañas; hay vacas. Cuando no duermo miro un amanecer amarillo pálido sobre un campo verde esmeralda que humea. Nunca antes había hecho la reflexión de que la alfalfa es bella.
¿Qué hago aquí? Pensarás que lo mismo de siempre, pero no, esta vez alimento mi cobardía de varias fuentes escondidas. ¿Habías pensado en lo cobarde que puede ser tu amigo René? ¿Sí? ¿No?
Lo soy. No puedo ir a un lugar relativamente cercano que se llama Ixtapan de la Sal porque temo descubrir la muerte de una amiga. Una señora anciana cuyo retrato me acompaña y que me dijo la verdad alguna vez, igual que tú, no como muchos otros. Viví en su casa hace años, en un viaje de huida a raíz de un suceso que no está hecho para que tú lo sepas. ¿Ves que también soy tímido?
Tu última carta, como tantas otras, era muy bella. Me gusta que ilustres tu vida con citas de Faulkner y el monólogo de Hamlet. Es verdad, encanto, no hay ser o no ser, se es en sueños, en insomnios y en espíritu, eternamente.
La eternidad es una sensación difícil; indignante ruando todavía es una palabra, temible cuando se cree en ella sin comprenderla. Tu eternidad, en cambio, es la paz, el alejamiento de las cosas perecederas; el cuerpo, por ejemplo. Quién sabe dónde pones tu cuerpo por las noches. Debes de sumergirte en un estanque o dormir en el hueco de un árbol, como las ardillas y las bacantes.
Yo no pongo mi cuerpo en ninguna parte tangible porque se resiste al descanso tanto como se resiste mi alma a tomar un somnífero. A veces, te lo confieso, me duermo en medio de inhalaciones alcohólicas que me producen calma al tiempo que un descanso ilegítimo y tramposo.
Yo no quería hacer trampas, no entumecerme, no mentir, ir a las cosas en un tono directo. Di tú si lo he logrado. No lo dirás porque no es cierto, porque esta carta es la prueba escrita de que no me atrevo a ir a Ixtapan de la Sal ni tampoco a otras partes del mundo y me conformo con mirar los campos de alfalfa antes de que el sueño me venza y suba el sol reseco y deslumbrante. Me quedaré un tiempo más bien corto; seis meses, tal vez. Eso dije cuando me entregaron la casa.
Te advierto que si alguna vez pasó por tus ojos el escándalo cuando viste mi cuarto en el hotel cubano, eso no quiere decir nada comparado con esta casa, que es el descuido vivo. No puedo arreglármelas para tenerla limpia, ni para tirar la basura, ni siquiera para comer a horas fijas. Pero tú no la ves, tú estarás poniendo la castidad de tus ojos en armarios llenos de sábanas dobladas a la perfección, o en tu pequeña biblioteca sacudida escrupulosamente, donde según me dices los libreros son blancos, tu mesa está pintada de negro y el suelo de mosaico reluce y zigzaguea.
Pensaba enviarte una buena reproducción de Modigliani que compré en Amsterdam; luego recordé que nunca hago regalos y no quise romper viejas costumbres. La tengo conmigo y tal vez me decida a hacer una excepción por vez primera. También un libro de reproducciones menores que… ¿me quieres hacer el favor de explicarme por qué digo todo esto? No, seguramente.
¿Cómo hará la mayor parte de la gente para cultivar la desfachatez de hacer preguntas vulgares? A mí me gusta hacerlas peculiares, pero no por carta; no me privaría del gusto de mirarte a la cara cuando te resulto impertinente. ¿Qué es lo primero que ves cuando despiertas? Estoy en un estado de ánimo contradictorio, lo habrás notado.
Seguramente no me atreveré a ir a Ixtapan de la Sal. Cuando estuve allí mis relaciones más íntimas las tuve con una vaca: la ayudé a parir. Son las más íntimas que he tenido en mi vida… salvo las que tengo contigo. La vaca y tú son hasta ahora mis mejores amigas, ¿te ofende?
¿Te ha dicho alguien que eres una mujer espantosamente severa? Pero no dura, eso lo sé. Además, pudorosa; cuando se te caía el escote en forma de ojal de tu blusa aquella, te lo componías inmediatamente, hasta que un día noté que lo habías asegurado sobre tus hombros con unos alfileres, parecía que lo traías clavado. No te gusta que te miren las piernas… quién sabe por qué, no las tienes feas. Estoy abusando de tu paciencia, ¿verdad? Tacha lo de las piernas con la tinta verde que usas para escribirme y si te molesta, también lo del parto de la vaca. A mí me da pereza.
Encanto, pienso que ésta será una carta muy larga y desearía, si te es posible, que la tuya no lo fuera tanto para que llegue más rápido, porque estas cartas largas se escriben a ratos y tal vez te lleve algunos días. Conmigo no es igual, ya que no cuento los días ni las noches desde que estoy aquí. Trato, eso sí de no ver la mañana: el humo del valle se vuelve polvo, el sol repiquetea, todo me deprime.
¿Sabes que las palomas se encantan comiendo estiércol? Pues sí, lo hacen, las he visto. Una buena lección para los poetas y los que las ponen de ejemplo para proclamar la felicidad conyugal. También las tórtolas hacen eso. He acabado por pensar que lo singular y atractivo en estos animales es el gusto por la mierda. Perdonen tus oídos colombianos y tus ojos también.
Me he tragado tres botellas de ron y no me he convertido en dipsómano, cuando mucho, con el tiempo, vendré a ser un hombre que duerme, ¿no te parece? Mí madre, durante un año, se bebió quinientos dólares de oporto y no tomó la costumbre. Evidentemente sabía que el alcoholismo requiere, por lo menos, un gasto tres veces mayor.
Un día me atreví a ir al centro de la ciudad, como a las seis de la tarde; mecánicamente pasé por el llamado Zócalo, una de las plazas más grandiosas del mundo, y fui a dar a los barrios pobres. Esto, por algún motivo, me sucede en todas partes… además, hace años, alguien me habló de ellos; tenía razón. No es posible conmoverse, es necesario odiar. Tú no evitas hablar de la miseria, de la ignorancia, de la corrupción y del desperdicio; yo lo hago con mi cámara. Lo difícil es la actitud, porque todo cuanto se diga o se haga resulta poco, durante quién sabe cuántos años resultará poco. Se pasará el tiempo en planes, en arreglos, tal vez hasta en mentiras porque ante una situación así, con gobiernos como éste, no hay rapidez posible. Los fotógrafos, los periodistas, los que se interesen por esto según sus medios de expresión harán el papel de plañideras durante medio siglo, tal vez. Ése es nuestro oficio, gemir y lamentar. Vergüenza.
Yo, a la inversa de la señora Laura, no pienso en Dios cuando veo estas cosas, pienso en el hombre y lo odio. Lo odio cuando comprende y no actúa, cuando aprovecha para sacar ventaja, cuando no entiende y dice que es feliz. Un mexicano no tiene derecho a ser feliz, tenga lo que tenga y haya hecho lo que haya hecho, las dichas de los sobrevivientes son oscuras y sus triunfos no cuentan.
El que suscribe es un sobreviviente y habla con conocimiento de causa. He abandonado y tratado de olvidar la miseria humana particular que se puso en mis manos para no dejarme ahogar, hundir por ella. Ahora no bastan los documentales, ni los artículos incisivos e indignados; ahora no sería suficiente el tiempo que me queda de vida para justificarme.
Por eso, antes de abrir los ojos, siento que soy un pez abandonado sobre una tabla, un pedazo de carne, lo contrario de hombre, lo contrario de todo.
La clave es, pues, el antagonismo. René por su lado y el mundo repleto de alfalfa por el suyo. Tus cartas, el puente que los une, un puente donde no se camina, se le admira de lejos.
Desde muy lejos, señora colombiana. ¿Cuánto tiempo hace que no oyes una palabra de amor? Eso no me lo has dicho. Yo nunca he pronunciado una palabra de amor ni he sentido necesidad de ello. Yo soy un caballero andante, con la espada un poco en desuso, capaz de participar en alguna batalla y de portarse con la nobleza de rigor, pero no tengo dama a quien pudiera hacerle largos discursos.
Y tú… tú vas a terminar hablando a solas, teniendo visiones coloridas de cuadros famosos y consumada maestra en el arte epistolar. Nunca lo dices y sé que estás muy sola, pero estaba previsto. La noche que me regalaste el barco de papel (no te diré si lo conservo), sabías que en adelante te comunicarías sólo a larga distancia con cuanto te rodea, no nada más conmigo. Lo aceptaste.
El otro día, me escribiste algo sobre el perfil de una Madonna de piel blanca y lechosa que a mí me es antipática. ¿Por qué te gusta? ¿Porque no te pareces a ella? ¿Te comunicas ahora también por comparación y tu aislamiento te lleva a comportarte como si fueras una esencia universal? Cuando me escribas de nuevo, háblame de esto; te anticipo que no son preguntas indignadas, sino impacientes. No te olvides.
A mí me gustaría que no fueras sensata ni modesta y confesaras ser la llave cósmica con la que se abren todas las puertas; yo lo creería y entonces… No te ofendas, encanto. No estoy tratando de herirte, sino expresándome en forma burda pero cierta, es todo.
¿No te has preguntado a estas alturas lo que hago cuando no te escribo? Era una sorpresa pero tengo necesidad de que lo sepas sin mayor dilación: estoy escribiendo una novela. Ya llevo lo suficiente como para estar seguro de que en efecto es así. Hay un cerco de magia que me impide decirte de qué se trata como antes lo hubo para impedirme hacerla. Aquí, sobre una mesa de cocina que he conservado limpia para poner las hojas, escribo diariamente, mucho, sin detenerme, porque ha llegado el momento. Como si la novela estuviera hecha en un sitio lejano e imposible y me llegara en ondas para que yo, con mis pobres instintos, la reciba. Por supuesto no se trata de Troya pero sí de las ruinas de una ciudad oculta, aunque no ha de llamarse de ese modo, porque el ensayo de mi padre, como te dije, lleva ese título. Los dos, al fin de algo, de un tiempo o del tiempo, hemos escrito sobre las ruinas de una ciudad que no se deja ver, que no se alcanza. Esa que cada uno llevaba en la cabeza sin caer en ello.
No más de mi novela porque muchas, interminables veces te hablaré de ella hasta que por fin te llegue envuelta en papel celofán y con un lazo de seda, como si fuera una caja de chocolates para mi dama. ¡Lo dicho! Y qué poco es.
Mujer estudiosa, ¿qué haces cuando estás cansada y te divagas? No me digas que vas al cine. Te ríes, lo sé. Claro que vas al cine, y ¿cuándo regresas? ¿Tienes insomnios? No, tú no eres así. Además, te gusta la costura, qué asco. Nunca me lo dijiste, pero descubrí que tienes marcado por el dedal el dedo tercero de la mano derecha. Es evidente que en La Habana también bordabas, de noche o de mañana, cuando me decías que estabas preparando tu clase, mentirosa.
Lo entiendo, yo en cambio sé hacer muchas cosas que jamás hago cuando vivo solo, sino en casa de otros. Por ejemplo, limpiar y cocinar. Es una coquetería y no se me oculta, es uno de mis múltiples artes de seducción, tanto como el epistolar. Esto no es riguroso porque no acostumbro escribir, pero lo demás, es cierto. ¡Si vieras la cantidad de platos que he lavado en casas ajenas! Siempre me quieren mucho y se sorprenden; también hago eso porque no los quiero igual y nada me sorprende.
Soy seductor por pura alevosía, por pura culpa de sentirme carente de atractivos reales, no soy abnegado, ni afectuoso, ni amable, ni me gusta entregarme y jamás me he puesto en manos de nadie. La prueba es que tú, encanto, estás absolutamente seducida aunque tal vez ahora se te haya ocurrido lo contrario y estés con el ceño arrugado, muy dubitativa, mirando la pata de una mesa. Estás seducida porque a pesar de tus precauciones, en esta larga correspondencia, me has entregado tu alma… y sí, tal vez la mía. Bueno es saber que tú eres su guardiana.
Sé lo que dirá tu próxima carta. Aparte de lo previsto, me aconsejarás que duerma, coma y trabaje con un horario: las novelas son como pájaros y llegan a una misma hora; me advertirás en tono irónico que no es sano guardar la basura no vivir en medio del polvo y hasta me enviarás a cortarme el pelo.
Te ganaré la partida de cualquier modo; haré todo inmediatamente y cuando tu carta llegue, podré pensarte con aire de superioridad. Trampas, trampas, trampas. Desde luego, no admitiré que me digas que estás seducida a medias, no lo intentes.
Mi novela será el primer regalo serio que le hago a alguien, luego, ya en el desorden más absoluto, te enviaré la reproducción y el otro libro con la sensación desagradable de haber roto mis principios.
La novela habla de una ciudad espléndida que se presupone, ya que está perdida, pero no para siempre; habrá una intuición maravillosa que la descubra y la describa en un estado alucinatorio y de revelación. Así se darán a conocer sus calles, sus sitios de reunión, el tono de sus luces. Sabemos que existe porque desde el principio de la mitología hubo un hombre que salió en busca de aventuras, atado a su camino, pasó pruebas y alcanzó su meta. ¿Qué cosa es el destierro sino la aventura? Cuando Adán y Eva fueron entregados a su sendero y a sus pruebas, al recorrido extraordinario que debía trasponer el esfuerzo del trabajo y el dolor del parto, su meta era el Paraíso, lo recordaban confusamente y sabían que esa meta era el vago recuerdo de su origen. Todo viajero va en pos del Paraíso y todo contratiempo está medido para que sus fuerzas puedan superarlo si lo asiste la verdadera nostalgia, la auténtica aflicción por la ausencia.
No mires así, no te llenes los ojos de lágrimas porque tú también estás de viaje, sueña con tu destino y sonríe.
Si puedo (podré) escribir este libro no será necesario ir a Ixtapan en busca de la señora Mac Dowall: habré cumplido con ella para siempre.
Sin embargo, la novela me la regaló otra persona. Fue cerca de una aldea indígena más allá de Ixtapan, un día de excursión y de desaliento. Iba por un camino y me encontré un muchacho ataviado en la forma más adecuada para hacer un viaje. Estaba sentado en el suelo y descansaba; me acerqué y no se sobresaltó. Con mi mal español le pregunté adónde se dirigía y él con el suyo no menos malo me explicó que simplemente se iba.
—¿Adónde?
—Lejos.
—¿Por qué? —dije esperando escuchar la historia usual de las dificultades económicas o familiares.
—Así es.
—¿Cuándo regresas?
—A su tiempo.
—¿O piensas irte para no volver?
Se alarmó; esta idea le parecía cruel o monstruosamente antifilosófica, algo.
—No, me voy para volver luego del tiempo.
No hablamos más, pero yo entendí. Le ofrecí dinero y no lo aceptó, luego mi morral y le pareció ridículo; re chazaba con la sonrisa del que sabe cómo son las necesi dades del viajero: visuales y emotivas. Cuando se fue me vinieron a la cabeza mil asociaciones de índole religiosa. Ese muchacho iba a ser calcinado en un monte y reviviría, las montañas se abrirían a su paso y brotarían manantiales para apagar su sed.
Ahora sí tiene sentido el retiro de la señora Laura, mi destierro, la soledad, el hambre, el espanto y la renuncia. Tiene sentido que estés sola en Colombia envuelta en perfiles de madonna y terciopelos eternos, al lado del que más quieres sin ser correspondida. Tu hijo es tu prueba y yo te juro que tu ciudad existe. Porque es así, así se cruzan los senderos y vienen los encuentros que no son en vano con sus palabras iluminatorias.
¡Y yo que no quería hablar de mi novela! Debo decirte que el significado de las palabras del muchacho vino a mí en un momento relativamente reciente. Fue en el Loire, cuando ya me iba. Una mañana salí muy temprano a caballo, fui a dar a la orilla del río y pensé en toda el agua encajonada que está repartida por el mundo, en la ironía de que vemos pasar la misma y no otra nueva, en que todo tiene un solo centro donde giramos… eternamente es la palabra. Volví a casa enloquecido de vergüenza por haber sido tan romo y no haber caído en la cuenta antes; recordé cuántas personas, cuántas cosas, cuántos sucesos me lo habían dicho sin que yo comprendiera. Apresuré mi viaje. El gran desastre de la especie humana es la falta de sabiduría, es la falta de…
No estoy desesperado, pero, sí lo estuve. Me calmé al escribir la primera línea; esta novela se terminará para que la calma me presida y para que algún día alcance la tierra prometida.
Algún día, tú y yo caminaremos por los campos de Troya y repetiremos las últimas estrofas del suicidio de Ayax, el estulto que no supo encontrar la vuelta a Salamina. El día que tu hijo entienda que debe volver a su lugar de origen y lo descubra en esa isla colmada de peces y mariscos que es su madre.
Pero encanto, ¿te es absolutamente necesario? Ya hice la pregunta que hace vacilar las ilusiones, la mala pregunta. Yo también tengo un hijo y en el esquema anterior no tiene sitio. Su madre sí, en cambio. ¿Conoces las leyendas irlandesas en que el hombre de corazón gentil besa una bruja y la convierte en hada? Pues bien, a esa señora se la puede besar sin que ocurra absolutamente riada; no sabes qué persistente es su naturaleza brujeril. Mi hijo debe de ser un duende… o un ángel, no se sabe. No sé por qué lo he escrito.
El tuyo, en cambio, es un abogado en ciernes; pero también los abogados, con su toga y su bonete, hacen excursiones benéficas.
No te hieras. Ocurre que no puedo reconciliarme con eme estés allí, quieta, en actitud de espera. Para todo hay razones, por supuesto, pero yo soy un hombre de esencia contradictoria y hay cosas que sublevan mi sentido de la justicia. Te pareces a México, siempre esperando el momento feliz en que sus hijos adquieran una conciencia. Ocurrirá, la fe logra el milagro.
Lo digo con indignación, con rebeldía: ¿qué quiero que hagas? Quiero que vuelva el año pasado para encontrarte en Cuba y que todo suceda exactamente como fue. Decirte lo que ya te dije, que tú seas como fuiste sin cambiar una sílaba, una mirada o un movimiento. No otra estancia allá, no otra secuencia de vida, sino la misma. Eso deseo que hagas… y debe poder lograrse porque es la primera vez que tengo envidia del pasado. ¿Me entiendes? Antes no había más que una peregrina sensación de alivio, de poder respirar mejor porque alguien se había ido o yo me había ido. He descubierto el antes y el después; desde entonces, todo es después.
Te ruego no contradecirme y tampoco me contestes este párrafo que escribo con mano sudorosa: ¿verdad que tus palabras de amor son el silencio?, ¿verdad que quien viva el amor contigo se verá sumergido en una calma sin nombre y sin límites?
Si yo fuera tú no hubiera contestado ninguna de mis cartas impertinentes y cegatonas. Por fortuna tú las contestas en abundancia y hasta te sientes en libertad de hacerlo cuando te viene en gana, aunque sean tres renglones. Conservo tus cartas, hay una, muy parca, que casi me sé de memoria:
«Hoy, un momento de felicidad como un rayo de sol. Extraño en un día no hecho para la felicidad. Gratuito, en la calle, sin saber por qué. Tan extraño que te lo comunico inmediatamente.»
¿De qué se trata? ¿Ahora yo te mando tus cartas? Esto se debe, sin dar lugar a duda, a la fascinación que ejerce sobre mí Las Mil y Una Noches. A los cinco años de correspondencia, me dirás:
—Lo siento mucho, pero hoy te escribo la historia de la mujer que escribió la primera carta…
Añadiré un detalle picaresco para aterrorizarte, porque apostaría que ese libro lo has leído en las versiones para niños: cuando Scherezada le dijo al sultán algo parecido ya tenían varios hijos y él no estaba enterado. Eso ocurre a los hombres difíciles de contentar. Algún día me enviarás las fotografías de nuestra prole epistolar. Qué escándalo.
Ahora debo cambiar de tema a toda prisa, eres capaz de no seguir leyendo: conservo el barco de papel y tengo conciencia de haberte regalado una semilla negra. ¿Dónde la guardas? Esta pregunta ya no es tan discreta porque supone, en primer lugar, que la guardas, en segundo una capacidad insondable de meterme en tus asuntos, y en tercero una conclusión atrevida: me meto en tus asuntos en tanto que los considero míos. La culpa es tuya, por haberme dicho que eras como yo, pero querías vivir del lado opuesto. ¿Me lo dijiste o lo soñé?
Si Hilda, mi amiga pintora, se expresara en palabras y no en formas, ustedes dos serían muy parecidas aun cuando son distintas. Voy a explicártelo. Hilda vive en un estudio inmundo lleno de harapos manchados donde limpia sus pinceles; cuando vas de visita sientes el olor a pintura desde el primer descanso de la escalera. Viste unos pantalones negros, siempre los mismos, salpicados de todos colores y uno o dos sacos descosidos debajo de los brazos. El desorden es total; una vez, por poco me siento en un plato con dos huevos fritos. Nunca sale a la calle, en Ottawa, se la conoce más en retrato que en persona; siempre se manda sacar fotografías artísticas donde se ve atildada, sobrecargada y bella, como si fuera una actriz. Y pinta sin parar. Su último cuadro, en azules, era un conjunto de formas añoradas que producía sobrecogimiento; una Troya azul, para decirlo sin rodeos.
Ya te habrá parecido repelente. Tú te cambias ropa dos o tres veces al día, tus vestidos son impecables y tu cuarto de trabajo es una maravilla de limpieza y buen gusto. Comes con finura, te lavas como una auténtica hispanoamericana y hueles a jabón a tres metros de distancia… pero también tienes una Troya azul. La compartes conmigo y con Hilda, ya lo sabes, no es tuya sola. También con un anciano que ahora descansa en olor de antigüedad y perfume de flores disecadas.
Mi padre se retiró al campo cuando yo era un niño de seis años. El último recuerdo vital que tengo de él está en el Foro Romano: yo sentado sobre una piedra y él diciendo un discurso de Cicerón. Es bastante tal vez ese padre de cabellos blancos y rostro iluminado diciendo las palabras de la historia con emoción, para declararle su asiduidad; entonces y durante muchos años, yo pensé que mi padre estaba perdidamente enamorado de Roma. Ahora sé que no, Roma nunca lo hubiera convertido en el anciano del Loire.
Cuando tenía catorce años y gracias a una de mis expulsiones del internado, pasé unos días en el Loire. Una noche me salí de la casa entre otras razones porque había adquirido la costumbre de no dormir y empecé a caminar al azar. Era una noche clara de primavera. Antes de llegar al río me detuve no sé por qué, por instinto; casi en seguida escuché pasos y murmullos. Era mi padre recitando el principio de un poema de Catulo.
—Oh, Lesbia mía…
Tuve un sentimiento de terror mezclado con otro de fascinación. Iba despeinado, sin corbata, con la camisa abierta, el rostro angustiado y profético parecía el de un buen actor en un drama romántico. Al grado que después de haber visto que llevaba las manos vacías siempre recordé el incidente relacionándolo con una rosa roja. No me atreví a seguirlo y volví a la casa antes que él… ¿De manera que papá se paseaba entre la maleza recitando poemas amorosos? Tenía una inmensa vergüenza de haberlo descubierto. ¿Quién era yo, después de todo, para saber aquello? Después del paseo estuvo dos días sin salir de la biblioteca, por cansancio o por fiebre de amor.
Ésa fue mi primera impresión del amor, un espectáculo que se admira en silencio y del que uno está naturalmente excluido. El amor era el teatro, la ópera, los títeres y el mundo. Por supuesto es una distorsión, una distorsión que me deja completamente indiferente. No es el amor frotarse el hocico y la piel como los perros, usted disculpe, señora colombiana; ni cazarse los unos a los otros para convertir la vida en un nudo ciego y posesivo, ni refugiarse en una cueva cómoda a espulgarse los piojos, como los monos. Es… otra cosa.
Una vez me dijiste que la mayor prueba de amor es la aceptación de las peculiaridades y yo te pregunto: ¿me amas acaso? Pero tienes razón (haz caso omiso de la monstruosidad que acabo de formular) y no es sólo la aceptación, sino la admiración de las peculiaridades. Yo, por ejemplo, he empezado a amar esta ciudad rodeada por los cuatro lados de la más espantosa podredumbre humana y como ha ocurrido eso no me espanto ni me parece podredumbre. Ahora es amor.
¿Recuerdas que un día llegué a tu cuarto del hotel, toqué desesperado y cuando me abriste entré como un relámpago y empecé a quitarme los pantalones mientras te explicaba que tenías exactamente dos minutos para componerlos porque me estaban esperando para un programa de televisión? Ni siquiera parpadeaste; sacaste la aguja, el hilo y el dedal y te sentaste en tu cama a coserlos mientras yo daba vueltas como un tigre enjaulado. En una de tantas, me miré al espejo: tenía los calcetines caídos, las faldas de la camisa flotando por encima de unos calzoncillos extremadamente cortos que me parecieron comodísimos cuando los compré y mucho menos después de la primera puesta.
Terminaste y al entregarme los pantalones caí en la cuenta de que estabas muerta de risa. De no amarme un poco te hubieras enojado, ¿no es así?
Acabo de descubrir que he escrito la palabra amor y conjugado el maldito verbo por lo menos cincuenta veces en las dos últimas páginas. Me siento confuso y desmoralizado, sirena mía verde, hija de Troya.
Amemos pues la peculiaridad de los paisajes, de los rostros humanos, de los cuerpos maltrechos y las manías de los caballeros que andan con el caballo herido y el espadín en mal estado; eso en nada afecta la nobleza de sus intenciones ni la bravura de su corazón.
Lo del internado era muy especial. A las nueve de la noche todos debíamos estar dormidos. Yo pensaba que sí, esa noche sí. Pero a las once nada había ocurrido, estaba harto de los suspiros y de las palabras entrecortadas que escuchaba en boca de mis compañeros y necesitaba aire. Entonces, con toda facilidad, me saltaba por una ventana, salía a la calle después de hacer lo mismo con una reja y caminaba. Veía cosas malas, ¿sabes? Borrachos, prostitutas y hasta actos sexuales en algún rincón oscuro y no puedo decir que me gustara pero sabía que valía la pena. Entonces conceptuaba la vida del colegio como lo tedioso, lo mismo, lo no importante. Nunca hice nada que hubiera resultado terrible para el buen nombre de la escuela o el mío, pero descubrían mi ausencia, me hacían interrogatorios para saber si había tomado, me olían la boca, decían que era un pésimo elemento para la colectividad y me mandaban al diablo, o sea a la casa del Loire.
Hasta que di con el señor Clement. Este hombre había tenido, según se contaba, una juventud despreocupada y feliz que le duró muchos años, hasta que su familia perdió todo su dinero. Parece que después de eso desapareció varios años, para luego, con no poco trabajo, conseguir ser aceptado como maestro de latín en esa escuela de varones. Cuando conocí al señor Clement había hecho algunos votos religiosos, tenía como cincuenta años y estaba calvo. Gracias a él aprendí latín. Una noche, cuando él estaba de guardia, me descubrió colgado de la ventana a punto de saltar.
—¿Adónde vas, René? No te sobresaltes.
Acabé de dar el brinco y ya en tierra, le contesté.
—A la calle, señor Clement.
—¿Lo haces a menudo?
—Casi todas las noches, señor Clement.
—Y… ¿no te agotas? ¿Puedes trabajar bien al día siguiente?
—Sí, señor Clement, perfectamente, nunca dormito en clase.
—Es verdad, jamás te he visto hacerlo —meditó un momento—. Y ¿te es absolutamente necesario salir?
—Sí, señor Clement —me sentí tímido—. Perdone usted.
Me miró con atención y con algo que no era precisamente lástima, pero se le acercaba.
—Muy bien, René. Buenas noches. Procura volver alrededor de las doce.
Me quedé pasmado y regresé a tiempo. Esta situación se prolongó a lo largo de dos años y el señor Clement nunca me preguntó qué hacía en la calle; si me pidió que regresara a las doce fue porque a esa hora terminaba su guardia. Supe, por la señora Laura, quien pedía informes bimestrales de mi conducta, que se expresaba de mí en forma elogiosa. Al irme de ese colegio no pude despedirme de él porque estaba enfermo y le dejé una nota con muchas frases de agradecimiento y ninguna explicación. No las necesitaba, su mentalidad renacentista se basaba en la imaginación para comprender al prójimo y le daba excelentes resultados.
¿Te has dado cuenta, maestra, del prodigio de imaginación que es el Renacimiento? Eso demuestra que cuando el hombre fantasea siempre está en lo cierto: el descubrimiento de América me da la razón.
Así haré un viaje yo, un día de éstos. Y descubriré un continente o una ciudad purpúrea, perdida y encontrada, Troya. Todo nos lleva a Troya, ya que de ninguna manera puede conducirnos directamente al año pasado, pero el año pasado podrá recuperarse una vez allá.
¿Te dije alguna vez que estás en mi documental? Al editarlo te conservé dentro de él y en varios cortes para uso especial mío. Fue el día aquel de los pinares, cuando melancólica y discretamente te alejabas de mí para que trabajara. ¿No se te ocurrió nunca lo rápido que se toma un pinar, una cabaña o una estatua? Yo me pasé el día entero… espiándote. Te saqué de perfil en un fastuoso fondo de bambú, bajo un ave negra que voló cuando tú te acercaste, cuando distraídamente te tocabas el codo porque tenías un agujero en el sweater, cuando te quitaste un zapato para sacudirlo porque se había metido una piedra… tienes un pie muy bonito. Ahora mismo te veo, aquí estás en una tira negra con tu zapato, tu pie y tu sweater viejo. Esto no lo sabías porque no se puede escribir en Ottawa, ni en Holanda, ni en el Loire. Sólo aquí, a unos kilómetros de Ixtapan de la Sal, donde uno no se atreve.
Sé que ella ha muerto porque a los ancianos no podemos abandonarlos durante seis años y regresar como si el tiempo fuera nada. El tiempo es algo, esto, la muerte de algunos. No puedo enfrentarme a Micaela abandonada, vuelta a su origen lejano y religioso, a la alfombra, ahora sí, desaparecida para siempre, al sillón, a que nadie coma mantequilla y paté ni lea a Dickens.
No puedo permitir que pase el tiempo, encanto, escribo cartas largas, no duermo y no cuento los días. No quiero volver al Loire para enterrar a la señora Laura en gracia de Dios, ni viajar para dejar en cualquier lado, al azar, un trozo de mí mismo.
Aquí tu René, sumergido en alfalfa, escribe su novela para detener el tiempo y los movimientos estelares. Más bien para adelantarle al tiempo cinco pasos y dejarlo extasiado hablándole de la ruina futura y deslumbrante.
No me ha sido posible tirar la basura y la he enterrado para mortificación de las palomas.
Aquí termino, amor. Colombia está muy lejos y no sé todavía si seré capaz de alcanzarla, pero si no ocurriera, nos veremos en Troya.

Nostalgia de Troya (fragmento)

Luisa Josefina Hernández

Viaje inútil 

¿Para qué el mar?
¿Para qué el sol?
¿Para qué el cielo?
Estoy de viaje hoy día
en viaje de retorno
hacia aquella palabra sin orillas
que es el mar de mi misma
y de tu olvido.
Después de que te he dado mar y cielo
me quedo con la tierra de mi vida
que es dulce como arcilla
mojada en sangre y leche.
Ahora me sobra todo lo que tuve
porque soy como acuario y como roca.
Por mi sangre navegan peces ágiles
y en mi cuerpo se enredan las raíces
de unas plantas violetas y amarillas.
Tengo en la espalda herida
cicatrices de alas inservibles,
y un poquito en mis ojos todavía
hay humedad inútil de recuerdos.
Pero, que importa todo esto ahora?
cuanto estiro los brazos y no hay nada
que no sea yo misma repetida.
¿Acaso no soy mar y no soy roca?
Misterios de colores en mi vida
suben y bajan en mareas altas
y extraños animales y demonios
se fingen ángeles y helechos en mis grutas.
Están además el mar, el sol, la tierra.
Ahora que he vuelto de un amor inmenso,
tengo ya en la palabra sin orillas
lo que pudo caber entre sus manos.

Yolanda Bedregal

Otra vez los días…

Otra vez los días se van
haciendo más cortos
Así como el silencio, más largo, aunque no más bello.
Como si, poco a poco, algo se hubiera terminado.
Algo que no se le puede pedir al vecino.
Falta algo importante, y falta que uno se atreva a hacer ruido.
Incluso con otras palabras esto no sería una canción que
alguien cantara para ti y contra su propio silencio.
Qué se podría decir del polvo sobre los párpados
del despilfarro de la nada, de las costas de la luz
sobre los techos oscuros. Sentados debajo,
preguntamos a las tejas por sus junturas y las tormentas
y la quietud que viene después. Por lo que
está en el aire. Tenemos que aprender este asunto
de estar solos. Como se aprende del sol, o
la lluvia, cuando la luz se refracta en las gotas como
una esperanza, balas alas de los gallos de las veletas.

Lidia Daher

Hoy te podría decir

Hoy te podría decir que soy un vaso
de leche tibia para el insomne
o tal vez que llueve mucho.
Me pasaría la tarde hablando
de cosas triviales
como decir arroz o harina
o qué bien huelen tus cabellos.
Si estuvieras aquí
tal vez, hasta me atrevería
a decir que te amo.

Thelma Nava