Noviazgo

Hay sangre debajo de esta piel, ¿lo recuerdas?
Una sangre directa y calurosa. Hay un muro de palabras
y un puño que toca unas rodillas que a su vez
emblanquecen la noche con un temblor agudo y sacramental.
¿Lo recuerdas? Mi boca en tus cabellos y
la mortal soledad que rodeaba.
Los dos: solos.
Amor mío,
senda impura donde hundo estos dedos homicidas,
clara mortaja de mi cuerpo desnudo, de mi cuerpo de ahorcado…
Yo recuerdo la línea de tu cuerpo, las visibles
Agrupaciones de tus dedos agarrando mi pelo, el sedoso
y rendido abrazo de tu ansia. Recuérdame, esto te pido.
Si hubiera gritado, si hubiera yo gritado un lamento,
si hubiera aullado al penetrarte, el sol habría
aparecido en tu boca besada y penetrada.
Recuérdame, te pido. No soy ningún Ronsard, fui tu amante
y al tocarte mi cuerpo se cubrió de canciones asesinas.
Hablamos muchas horas, estuvimos desnudos tantas horas
y el arrullo de la droga nos cubría los brazos de amor.
Yo dije que eras hermosa y tú dijiste que yo era hermoso. Vivimos
a la manera de los náufragos, silenciosos y rodeados
por el tumulto, por las muchedumbres que nos ignoraban.
El cuerpo ignoró toda miseria, puso a su lado las armas
e inició esta guerra dulcísima. Dije “te amo” como si en mi boca
estuvieran cocinándose razas, conquistas, ejércitos enteros.
Tú murmurabas como un sediento animal,
como una desilusión que empezara a dejar de ser desilusión. Te amé,
larva, casa de mi silencio, encendido peñasco, te amé en tu cuerpo
y en tus presagios, hasta casi morir para que lo supieras…
Estos milímetros de mí pesaron en tu pelo,
estas dimensiones mías te asediaron y cuando lo quisiste
fui tuyo hasta la molécula entintada de los minutos compartidos.
Toqué tu cuello, tus tobillos, tus dedos.
Fui tuyo, amor, camino, “turbia novia”, virgen loca,
perro de mi desdicha, nostalgia de mis lápices memoriosos.
¿Cómo te nombro, amor? Te llamo blanca piel, senos ardientes,
muslos dolientes para mi cabeza de guerrero, entero mar
donde se cumple esta caliente profecía, esta promesa…
Mi amor, esta cintura. Este vientre donde tu cabeza reposó,
estos músculos que supieron entregarte los salmos, los himnos
y la dicha de estar desnudos, juntos, abiertos, fatigados.
Novia, fui yo también tu novia. Yo fui tu compañía
y deberás guardar este negro testimonio de mi desdicha para saber
que existo, amor mío, centenar de demonios, apetecida cueva.

David Huerta

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Donde caíste

Donde caíste, ahí deja tu vara
de sonámbulos nardos;
deja tu caudalosa
forma de tenedor y de milímetro.
Pasa delante del lugar
como si, de la lumbre, viudo fueras;
de los hielos quemantes,
biznieto y heredero;
de las trémulas aguas
sobrino espeso, tartamudo, cuerdo.

Donde caíste, besa tu esqueleto.

Pasa, cierra los nudos,
aligera la nieve en las ventanas,
dobla tu cáliz rojo,
bruñe los crucifijos de tus vértebras.

Donde caíste, en fin,
deja un sabor de límite en la altura
y en el sótano el dulce
guijarro de las resurrecciones

David Huerta