Magia

Soy Selena Opal Hame, y esto es lo que quiero decirte.
Sé lo que están haciendo. Lo sé desde hace mucho tiempo. Sí, lo sé. Puedo ver lo que es. Esto es lo que sé.
Sé que sus bocas se mueven y producen ruidos porque comparten lo que hay dentro de sus cabezas. Pueden hacerlo entre sí, o pueden hacerlo cuando no hay ninguna otra persona. (No comprendo esa parte, no. ¿Por qué querrían mostrar a sus propios yoes lo que hay dentro de sus cabezas? Pero cuando hay más de una persona, entonces comprendo lo que están haciendo.)
También sé que a veces, cuando sus cuerpos se mueven, es una forma de mostrar lo que hay dentro de sus cabezas. No siempre. Me resulta muy difícil saber qué movimiento es la cosa verdadera en la cabeza y qué movimiento sólo es hacer. Cortar es hacer. Coser es hacer. Cavar es hacer. Comer es hacer. Pero no siempre puedo decirlo.
Y he visto otra cosa. He visto a personas que dan forma a sus manos y brazos y los mueven de una manera que es un hacer especial. Esas personas mueven sus manos y brazos y caras de la forma en que otras personas mueven sus bocas, para mostrar lo que hay dentro de sus cabezas.
Todo esto es magia, y yo no tengo ninguna magia, ¿sabes? Nunca la he tenido. Sólo preguntas. ¿Cómo lo hacen? Creo que sé lo que debe ser el qué de ellos. Creo que primero está la silla real, dentro de la cabeza…, esa silla es lo que es real dentro de sus cabezas. Y luego, por alguna magia, hay un ruido que enganchan y hacen con la boca y les dice a otra persona que lo que es real en la cabeza de la primera es una silla. ¡Y luego las dos lo saben! Y eso debe ser divertido. Compartir lo que hay en tu cabeza. Eso es lo que no sé hacer.
Tardé mucho tiempo en aprender todo esto. No siempre comprendo el qué. Cuando era una persona pequeña, veía mover sus bocas y sus manos y me preguntaba mucho y nada más que eso. Durante mucho tiempo, cuando los tiempos fríos y los tiempos calientes iban y venían y se iban otra vez.
Recuerdo bien cuando era una de las personas pequeñas, pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora soy una persona grande, que tiene líneas grises en el pelo. Ninguna persona pequeña tiene nunca líneas grises en el pelo. Y, ahora que soy una persona grande, lo comprendo…, pero no comprendo el cómo. No comprendo cómo una persona decide qué ruido será para cada cosa real, o qué forma de los dedos y las manos será para cada cosa real. ¿Quién decide? ¿Cómo sabe uno de ellos que el ruido que el otro ha escogido es la cosa real? ¿Cómo pueden recordar qué ruido era, cuando todos los ruidos son tan diferentes y ninguno de ellos va junto en el aire? No, no comprendo eso, excepto que es magia.
No soy la única rota que hay. Donde vivía antes, había otros pequeños casi como yo que tampoco podían hacer magia. Casi como yo, pero no exactamente como yo. Porque ahora soy una persona con gris en el pelo, sabes, y todos esos pequeños eran sólo como muchos tiempos calientes y muchos tiempos fríos tengo yo de dedos, o tal vez unos cuantos más, y luego crecían blancos y delgados. Y luego se iban, al sueño que no tiene despertar. Así que me quedé sola en ese lugar entre los otros que saben cómo hacer los ruidos y las formas y engancharlas a las cosas reales. Sola. Estaba sola.
Esos otros pequeños que estaban rotos como yo estoy rota… trataron de mostrarme lo que había dentro de sus cabezas. Lo intentaron. Sus bocas no se movían, sus cuerpos no se movían, pero hacían un ruido en mis oídos. Pero yo no podía comprender sus ruidos. Lo sentía mucho, pero no podía comprender. Ellos hacían un ruido como el que hace un perro. Un ruido como el ruido cuando un vaso cae y se rompe. Un ruido como cuando las personas andan sobre muchas rocas pequeñas. Un ruido como el ruido cuando sale mucha agua de la pared. O sólo ruido-ruido, que nada más hace… Tampoco tenían magia, y su propia magia no funcionaba conmigo. No sé si alguna vez funcionaba entre dos de ellos, pero creo que probablemente no. Si no, ¿por qué se fueron tan rápido?
Muchas veces venían personas grandes y miraban en nuestros oídos, miraban en nuestras bocas, ponían cables en nuestras cabezas. Siempre pensé que me traían la magia, y a los otros pequeños, y que cuando se acabara me volvería y miraría a las bocas y a los dedos, y pensaba tal vez ahora comprenderé. Pero no sucedió nunca.
No sé dónde está mi parte rota. Mis oídos funcionan; mis ojos funcionan; mi cabeza funciona. Mis dedos no están rotos; puedo cortar y coser y cavar y remover y cocinar. Todos los haceres. Puedo ir donde van las otras personas, sé que no está en mis piernas. Mi boca se abre como sus bocas, pero no hace ningún ruido…, tal vez sea mi boca mi parte rota.
Y cuando estaba sola en aquel otro sitio, donde todos los pequeños están juntos con sólo unas pocas personas grandes para cuidarlos, vino una persona y me trajo a este nuevo lugar. Donde al principio fue lo mismo; comprendía el qué, pero no comprendía el cómo.
¡Pero ahora hay una cosa nueva! Esto es lo que quería contarte. Fue un día, durante un tiempo frío. Yo frotaba la mesa larga de la habitación de comer con una tela suave y una especie de materia como la manteca, que huele a limones. Para hacer que la mesa brille con la luz, ya sabes. Sé cómo hacerlo. Una de las personas de aquí me enseñó, el primer día que vine. Esta persona se puso detrás de mí y me sostuvo las manos y las movió. Esta persona me ayudó a coger la tela y poner la materia de limones sobre la madera. Movió mis brazos haciendo círculos en la madera, para que brillara, hasta que supe cómo tenía que ser el hacer y lo hice. Todos los días hago algo en la madera de esta casa, para que brille con la luz. Soy muy fuerte; esto lo hago muy bien.
Y ese día era la mesa grande para comer lo que estaba haciendo brillar, cuando de repente una de ellas vino con una cajita pequeña en la mano. Tan pequeña que podía esconderla en la mano. Me tocó para que mirara. Me cogió la mano y la puso sobre la cajita pequeña. Para que sintiera que había botones en ella. ¡Y la caja hizo ruidos! ¡Ruidos! ¡Pero fue la otra clase de ruidos, la que siempre es igual y hace una cosa real en el aire! Como un trocito pequeño de lo que viene de una caja mucho más grande que hay en una de las otras habitaciones…, hace largas cadenas de ruidos que son reales. Cada vez que esa caja hace los ruidos, yo me paro siempre y espero hasta que se para, si me dejan. Me han visto hacerlo, y casi siempre me dejan, a menos que siga durante mucho tiempo. Es maravilloso, hace ruidos que se aguantan juntos y no se van como los ruidos que hacen las personas, como se va el agua que corre por el suelo.
Cuando la persona me mostró que la cajita pequeña hacía ruidos como la caja grande, dejé de frotar la mesa y contuve la respiración, queriendo. Esa persona, que tiene gris en el pelo como yo, me cogió el dedo y tocó con él tres botones de la cajita pequeña. ¡Y otra vez el ruido fue real, y tenía todas sus partes juntas! Y cuando el ruido estaba allí, aquella persona alzó una mano suya y golpeó la mesa.
Yo retrocedí, muy rápido, por si yo fuera la siguiente cosa que iba a golpear. Pero la persona se quedó mirándome, y haciendo lo mismo una y otra vez. Tocaba los tres botones de la cajita pequeña, para hacer el ruido real en el aire. Golpeaba la mesa, mientras el ruido se hacía. Una y otra vez.
Supe que era importante. Pude sentirlo. No soy estúpida. Supe que tenía que mirar y esperar y pensar. ¿Era una nueva clase de trabajo que me estaba enseñando a hacer?
La persona grande se quedó inmóvil un tiempo pequeño, y movió la cara, y luego me cogió la mano y me guió a una silla. Se puso de rodillas en el suelo desnudo junto a la silla. Colocó la cajita pequeña sobre la silla. Tocó tres botones…, pero no los mismos tres botones. Hizo un ruido real completamente diferente en el aire. Y mientras el ruido estaba allí, golpeó la silla suavemente con la mano.
Oh, me dolía la cabeza. ¡No podía respirar! ¿Qué era esto? No podía quedarme allí de pie, tenía que intentar, tenía que hacer. ¡Extendí las manos, solté la tela que uso para hacer que toda la madera brille a la luz, y froté las manos de esa persona con mis manos para hacerlas brillar, para así poder ver!
Nos miramos. Y entonces esa persona empezó a hacer una cosa. Me sentó en la silla y puso las manos una a cada lado de mi cara y me miró con fuerza. Tocó su frente con mi frente, suavemente. Hizo que la cajita pequeña hiciera el ruido con sus tres partes, y tocó la silla con su dedo, fuerte. Se fue a la mesa, llevando la cajita, e hizo que hiciera el otro ruido con sus tres partes, y tocó la mesa, fuerte. Fue de un lado a otro, haciendo que yo me quedara donde estaba. El ruido; la silla. El otro ruido; la mesa. Una y otra vez.
¡Cuando vino la magia, fue como lo que hace el rayo en el cielo en el tiempo caliente! ¡Fue un gran rugido dentro de mi cabeza, y una gran luz que me rodeaba! ¡Comprendí, oh, comprendí, no pude quedarme quieta, corrí! Fui a la mesa. ¡Cogí la cajita pequeña, pulsé los tres botones que hacían mesa, corrí a la silla, hice que la cajita hiciera silla! ¡Y luego me volví hacia esa persona, y estaba haciendo chocar las manos juntas y su boca se movía y salían ruidos y otras personas vinieron corriendo a la habitación todas juntas con gran prisa!
Esa persona me cogió entonces los hombros, y me miró de nuevo con fuerza, y tomó aire (estábamos junto a la mesa), y no movió la boca, pero hizo silla de alguna manera con la boca cerrada, igual que la cajita pequeña. Y me miró, con fuerza.
Supe lo que había que hacer. ¡Conocía la magia! Corrí a la silla, cogí la cajita pequeña. Hice silla con los botones de la cajita pequeña. ¡Y todas las personas de la habitación, todas, empezaron a hacer chocar las manos juntas!
Oh, es auténtica magia, y la comprendo. Esto es lo que comprendo.
En la cajita pequeña que puedo sostener en mi mano hay botones para pulsar. Uno para cada uno de los dedos que tengo y luego uno más para otro dedo de mi mano. Cuando tocas los botones, sale un ruido real. Y si pulsas tres botones, o cuatro botones, uno tras otro, es una cadena de ruidos que se aguantan y es una cosa real en el aire. Y entonces tienes una cadena de ruidos para cada cosa en tu cabeza que quieres mostrar a una persona. Esto es lo que quiero decirte.
Aprendí muy rápido. Hay una cadena de tres que es mesa. Una cadena de tres que es silla. Que es manzana. Que es flor. Que es cabeza. Que es ojo. Que es mano. ¡Hay una cadena de tres partes que es persona-grande, y luego si pulsas un botón más para convertirla en una cadena de cuatro partes es persona-pequeña!
¿Ves? ¿Oyes, comprendes? ¿O estás roto?
Puedo saber en mi cabeza lo que es ventana, puedo pulsar los botones para hacer ventana, y la persona que está conmigo sabrá lo que había en mi cabeza, irá a la ventana y la tocará para mostrarme que lo estamos compartiendo.
Pero es difícil para ellas. No sé por qué. Tal vez están rotas de alguna forma. Cuando hago que la cajita haga una palabra (eso significa una cadena de ruidos que es una cosa real y se aguanta junta), a menudo esa persona mira en un papel que tiene marcas. ¿Les dice el papel lo que es la palabra? No sé cómo puede ser, pero si no, ¿por qué miran? Y a menudo cometen errores. Pero soy muy paciente. Esperaré y haré mi palabra tantas veces como haga falta, hasta que comprendan. Porque la estamos compartiendo. ¡Oh, magia; oh, magia, y más y más magia!
Pero ahora estoy llorando. Porque me pregunto…, los otros pequeños rotos, en el lugar donde antes estaba, todos los pequeños que duraron sólo un puñado de tiempos fríos y tiempos calientes, que intentaban hacer palabras y sólo podían hacer ruidos vacíos… ¿Y si hubieran venido aquí? ¿Y si hubieran tenido una de las cajitas pequeñas, como yo tengo? ¿Podrían haber compartido palabras con otras personas, como yo las comparto ahora? Tal vez sólo estaban rotos del mismo modo en que yo estoy rota. Tal vez no se habrían ido a dormir para siempre mientras eran aún tan pequeños.
Ellas lamentan que llore. Quieren que comparta el porqué. Pero no puedo. No hay palabras en la cajita pequeña para lo que quieren que les diga. Lo lamentan mucho.
Y yo lo lamento mucho. Lo lamento porque todos los pobres pequeños se han ido, antes que pudiera mostrarles cómo funciona la magia. Es una cosa triste, junto con las cosas nuevas y felices. Esto es lo que quería decirte.

La Rosa de Judas (fragmento)

Suzette Haden Elgin

Láadan

Considera esto, por favor: hacer «aparecer» algo se llama magia, ¿no? Bien…, cuando miras a otra persona, ¿qué ves? Dos brazos, dos piernas, una cara, un acopio de partes. ¿Tengo razón? Hay una superficie continua del cuerpo, un espacio que comienza con la carne interior de los dedos y continúa por la palma de la mano y por el interior del brazo hasta la curva del codo. Todo el mundo tiene esa superficie; de hecho, todo el mundo tiene dos.
Llamaré a eso el «athad» de la persona. Imagina el athad, por favor. Velo claramente en tu mente…, percibe, aquí están mis dos athads, el de la izquierda y el de la derecha. Y ahí están tus athads, muy bonitos.
Donde antes nunca hubo ningún athad, ahora siempre habrá uno, porque percibirás el athad de cada persona a la que mires, como percibes su nariz y su cabello. De ahora en adelante. He hecho aparecer el athad…, ahora existe.
Percibirás que la magia no es algo misterioso, patrimonio de las brujas y los hechicheros…, la magia es bastante ordinaria y simple. Es sencillamente lenguaje.
Y ahora te miro y puedo decir, como no podía decir hace tres minutos: «¡Abuelita, qué athads más grandes tienes!».
(de El Discurso de las Tres Marías, autora
desconocida)

Nazareth fue a la Casa Estéril magullada, como había visto Michaela que estaba, y aturdida. La noticia de que iba a divorciarse apenas penetró aquel aturdimiento, de modo que cuando se dio cuenta de ella cualquier posibilidad de que pudiera causarle incomodidad quedó superada. Pero, después de una temporada, bajo las competentes manos de las mujeres, empezó a abandonar aquel aturdimiento, y advirtió que era como alguien que vuelve a casa después de toda una vida de exilio.
No más Aaron; él la evitaba, y cuando no podía evitarla era abrumadoramente amable. No más estar a solas con él, donde no se sentía obligado a ser amable. Sus hijos se hallaban sólo a unos pocos metros de distancia, y en cualquier caso las niñas estaban rutinariamente en la Casa Estéril. Y la libertad. Nunca tendría que soportar los ojos de un hombre sobre su cuerpo maltrecho. Sanaría, y añadiría a sus ropas habituales la pieza con el pecho falso y engañoso, y saldría a trabajar como siempre había hecho; y ningún hombre la vería jamás desnuda, ni tocaría su cuerpo. Ni siquiera un médico, mientras estuviera consciente. Nunca.
Al principio deambuló por la Casa Estéril, absorbiéndola como nunca la había absorbido antes, regocijándose en las voces de las mujeres, deleitándose en la cama de la que podía disponer por completo, sin la masa roncante de hombre que siempre la despertaba, empujándola siempre hacia la pared. Era un lujo; no había previsto que lo fuera, porque nunca había sabido de qué carecía.
Finalmente, cuando Michaela admitió que ya estaba recuperada, las mujeres le hablaron del lenguaje llamado láadan, y le explicaron la tontería llamada langlés. Nazareth permaneció sentada, escuchándolas con sorpresa, sin decir ni una palabra hasta que terminaron.
– Mujeres -dijo entonces-. ¡Vosotras y vuestros cuentos de hadas!
– Es cierto -protestaron-. De veras, Nazareth…, es cierto.
– Toda la vida me habéis dicho que el langlés era verdad.
– Era necesario -respondió Aquina-. Somos mejores que tú para juzgar lo que hacía falta.
– Y ahora, después de toda una vida de mentiras, ¿esperáis que crea que de repente me decís la verdad? -Nazareth agitó la cabeza-. Marchaos con vuestras historias para dormir -retó-, contádselas a las niñas pequeñas, junto con el unicornio y el hombre del saco y Helga Dik. Dejadme en paz.
– Nazareth -reprendió Susannah-. Tendrías que avergonzarte de ti misma.
– ¿De veras?
– Sabes que sí. Hemos esperado muchos años para mostrártelo…, me he vuelto una anciana sólo capaz de cacarear y sisear mientras esperaba. Y ahora no quieres dejarnos que te lo mostremos.
– Mostrádmelo entonces -dijo Nazareth, que amaba tiernamente a Susannah. Pero no pudo dejar de punzar a Aquina-. Aquina -preguntó-, ¿tiene cien vocales separadas ese láadan?
– ¡Oh, eres imposible!
Nazareth se rió de Aquina mientras ésta se marchaba, ofendida, y Susannah volvió a decirle que tendría que estar avergonzada.
– Lo estoy -dijo Nazareth, con gran satisfacción-. Estoy tan avergonzada que apenas puedo levantar la cabeza. Ahora mostrádmelo.
– Está abajo, en el sótano -la advirtieron.
– Naturalmente. Con la tina de légamo verde que utilizáis para sacrificar una virgen todos los lunes por la mañana. ¿Dónde si no podría estar? Puedo bajar al sótano, no estoy lisiada…, guiadme, por favor.
Las siguió, riéndose de nuevo mientras sacaban los fragmentos de papel del fondo de los cajones y el centro de los recetarios y otros escondrijos y hendiduras. Pero se sentó y miró los materiales reunidos cuando se los tendieron, y dejó de reírse mientras leía.
– ¡Sería tan fácil que se perdiera todo esto! -dijo una vez-. Y tan horrible.
– No -contestó Faye-. Sería una molestia, pero no una tragedia. Todo está en nuestra memoria. Hasta el último punto y coma.
Nazareth no dijo nada más. Había empezado riendo y dudando, pero divirtiéndose; ahora, mientras examinaba los materiales, empezó a tensarse más y más, y las otras mujeres se preguntaron si la habían molestado con esto demasiado pronto. Pese a lo que decía Michaela, todavía no estaba bien del todo.
– Nazareth -pregunto Susannah con cautela-, ¿te encuentras bien, chiquilla? ¿Estás complacida?
– ¿Complacida? -Nazareth les tendió el fajo de papeles como si fueran un pescado podrido-. ¡Estoy disgustada!
El silencio se extendió; se miraron unas a otras, asombradas. ¿Disgustada? Conocían a Nazareth; no había ninguna otra mujer en las Líneas tan buena en los lenguajes como ella. Pero, ¿estaban realmente tan lejos de lo que era necesario en un lenguaje como para que el láadan la disgustara?
Nazareth se levantó, tambaleándose un poco, pero las apartó cuando se dispusieron a ayudarla y subió las escaleras por delante del resto.
– No hay excusa para esto -anunció, dándoles la espalda-. ¡Ninguna!
– Pero es un buen lenguaje -gimió Aquina, diciendo lo que las otras vacilaban en decir-. ¡No tienes derecho a juzgarlo así, a los diez minutos de un examen casual! ¡No me importa lo que digan las puntuaciones de tus malditos tests, o lo distinguido que sea tu maldito lenguaje alienígena, no tienes derecho!
– Aquina -desaprobó Grace-. Por favor.
– No es eso -dijo Nazareth, con los labios tensos-. No es que haya nada malo en ese lenguaje.
– Entonces, ¿qué es, por el amor del cielo? -inquirió Aquina.
Nazareth se volvió hacia ellas, hacia donde se encontraban, vigilando intranquilas la cocina, no fuera a ser que apareciese una niña errabunda que pudiera oír lo que no debía.
– Lo que es inexcusable es que el lenguaje no se esté utilizando ya -dijo.
– ¡Pero no puede utilizarse hasta que no esté terminado!
– ¡Qué tontería! ¡Ningún lenguaje vivo está «terminado» nunca!
– Nazareth, ya sabes lo que queremos decir.
– No. No sé lo que queréis decir.
Caroline llegó entonces, corriendo, dando gritos por el alboroto que estaban haciendo y por la estupidez de mantener a Nazareth de pie de aquella manera, y las guió a todas hasta uno de los dormitorios privados como si fueran un gallinero desordenado, con lo que las comparó exactamente. Cuando cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, dijo con voz fiera:
– ¡Bien! ¿Qué es lo que pasa?
Se lo contaron, y ella se relajó contra la puerta y dejó que sus manos cayeran a sus lados.
– ¡Santo cielo! Pensaba que como mínimo sería un terremoto… ¿Todo este jaleo porque a Nazareth no le convence el láadan? ¡Por favor!
– Pero sí me convence, Caroline -insistió Nazareth-. No es que tuviera importancia si no lo hiciera…, pero me convence.
– No está terminado, lo sabes. Tienen razón.
– Están equivocadas.
– ¡Oh, vamos, Naza!
– Te aseguro que ese lenguaje que acaban de mostrarme está lo suficientemente «terminado» como para ser utilizado. Resulta claro que hace años que lo está, mientras jugabais con él y os entreteníais… ¡Cuando pienso que hay niñas pequeñas de las Líneas de seis o siete años que podrían estar ya hablándolo con fluidez y que no saben ni una palabra de él! Podría mataros a todas, os lo juro.
– Tonterías.
– ¿Sabes qué es lo que sois todas? -preguntó Nazareth-. ¡Sois como esos artistas idiotas que nunca dejan que sus pinturas se cuelguen porque siempre tienen que añadir una pincelada más! Como esos novelistas que nunca están dispuestos a dejar sus libros, que mueren sin verlos publicados porque siempre hay una línea más que quieren añadir. Criaturas estúpidas…, ¡los hombres tienen razón, aquí lo único que hay es un hatajo de ignorantes idiotas! Y obviamente en todas las demás Casas Estériles, ya que todas estáis igualmente confundidas. ¡Santo Dios, casi me entran ganas de regresar a la Casa Chornyak para no tener que miraros!
– Nazareth…
– ¡Callaos! -ordenó, sin importarle lo arrogante o desagradable que pudiera ser-. ¡Por favor, marchaos y dejadme pensar en esto! Ahora estoy demasiado trastornada incluso para hablar…, ¡marchaos!
Estaba temblando, y si no hubiera sido quien sabían que era se habría echado a llorar, y les molestó dejarla así. Por otro lado, estaba claro que su presencia no le suponía ningún consuelo, así que hicieron lo que les pedía.
– Te esperaremos en el saloncito -dijo Susannah en voz baja mientras salía por la puerta-. Es el lugar más seguro para hablar de esto…, cuando estés dispuesta a hacerlo, niña.
No tardó mucho, y cuando se unió a ellas estaba nuevamente calmada. Le tendieron una estola para que trabajara porque no requería ninguna atención particular y la dejaría libre para trabajar y escuchar. Y enviaron a alguien a vigilar la puerta y distraer a las niñas pequeñas que venían al sótano para «ayudar con el inventario» si no parecían dispuestas a volver simplemente a la Casa Chornyak, porque todo el mundo estaba demasiado ocupado para hacerles compañía.
– Ahora bien -empezó a decir Caroline, acometiendo el muestrario que decía: «No existe ningún lenguaje primitivo» en elaborados bordados-, si lo que dices es cierto, éste es el día más importante de mi vida, de muchas de nuestras vidas. Pero nos parece muy improbable, Nazareth… Piensa: Llevas aquí sólo unas pocas semanas, y no te has recuperado hasta hace un par de días. Algunas de nosotras llevamos aquí más de veinte años. Y hemos estado trabajando en el lenguaje todo ese tiempo, en todos los momentos libres que hemos podido robar. ¿No crees que, si hubiera llegado el momento de poner fin al Proyecto Codificador y empezar a enseñar el lenguaje, lo habríamos notado? ¿Sin que tuvieras que decírnoslo?
– No -declaró Nazareth-. Yo lo habría pensado así si alguien me hubiera descrito esta absurda situación. Pero me habría equivocado. Tiene que ser que estáis tan cerca de todo el asunto que no podéis verlo…, hace falta alguien con percepciones más frescas para ver más allá.
– Y por eso el buen Dios nos ha bendecido contigo, Nazareth Joanna Chornyak Adiness… Qué afortunadas somos al tener el beneficio de tus «frescas percepciones».
– Caroline -insistió Nazareth-. Nunca he podido llevarme bien con nadie. Lo sé. No sé qué es lo que pasa conmigo, pero sí sé que apenas puedo acabar un párrafo sin ofender a dos personas y herir a otras tres. Y lo siento… Siempre lo he sentido. Siempre he deseado que alguien pudiera decirme cómo ser mejor. Pero, por horrible que os suene, expresado en el único lenguaje en que sé cómo expresarlo, ese lenguaje está listo…, «terminado», si lo preferís. Y el que no esté siendo utilizado es una vergüenza y un escándalo.
– ¡Nazareth! -Caroline estaba molesta ahora, y molesta por estarlo-. Eres muy buena, por supuesto…, pero nosotras no somos tan malas. No necesitamos que nos instruyas en lingüística.
– Pero lo necesitáis. -Nazareth se mantuvo firme como una piedra.
– Presumes -dijo Grace, envarada-. Todas hemos estado intentando ser indulgentes, pero has ido demasiado lejos.
– Muy bien -dijo Nazareth-. Presumo. Pero decidme de qué carece el lenguaje, y os escucharé con mente abierta. ¿Qué no tiene? ¿Qué creéis que necesita antes de que digáis que está terminado?
Bueno… Mencionaron un poco de aquí y de allá, y Nazareth se echó a reír. Les dijo que no había nada de lo que habían mencionado que no pudiera ser suplido por los mecanismos ya existentes del lenguaje. O añadiendo un morfema unificador…, un final, una pequeña pieza extra en algún lugar de la palabra. Las demás mujeres pusieron objeciones, hasta que se quedaron sin argumentos y Nazareth contradijo hasta la última.
– Nazareth… -dijo finalmente Caroline-. El vocabulario es tan limitado.
– ¿Es eso? -Nazareth la miró-. ¿Es el tamaño del vocabulario lo que os molesta a todas?
– Bueno, sabemos qué es lo que tiene que tener un lenguaje. Hicimos todas esas cosas hace mucho tiempo, y tienes razón en los puntos que hemos estado discutiendo. Pero no podemos empezar a hablar láadan a las bebés hasta que haya un vocabulario lo suficientemente grande, lo suficientemente flexible…
– ¿Para qué?
– ¿Qué?
– ¿Lo suficientemente grande y lo flexible para hacer qué, Caroline? ¿Para escribir la Enciclopedia Galáctica? ¿A qué estáis esperando? ¿Los léxicos especializados de las ciencias? ¿El léxico completo de los catadores de vinos? ¿Qué, exactamente?
Ahora se pusieron verdaderamente furiosas, y sus agujas volaron.
– ¡Desde luego que no! ¡Simplemente queremos que sea posible hablarlo con gracia y facilidad en los asuntos de la vida ordinaria!
– Bien -declaró Nazareth-, está listo para eso.
– ¡No lo está!
– ¿Cuántas palabras tenéis? ¿Cuántas palabras completas, sin contar las que se crearían añadiendo los afijos?
– Unas tres mil -dijo Susannah-. Solamente.
– ¡Bueno, por el amor de María! -chilló Nazareth, y todas la mandaron callar a la vez-. Lo siento -dijo-, ¡pero de verdad, tres mil palabras! La forma en que os comportáis…, pensaba que tal vez sólo teníais unos pocos cientos de términos léxicos.
– Nazareth -dijo Susannah-. El inglés tiene cientos de miles de palabras. Piensa…, y no grites, por favor.
– Y el inglés básico, en el que está adecuadamente escrito todo el Nuevo Testamento, tiene menos de mil. Como todas sabéis muy bien.
– Pero no podemos hacer que el lenguaje comience en un estado que requiera paráfrasis constantes -objetó Caroline-. Ya es bastante malo que tenga que empezar como una variante de un lenguaje franco…, ¡al menos que tenga un vocabulario adecuado!
Nazareth inspiró lentamente y depositó el ovillo de lana sobre su regazo.
– Queridas -dijo, todo lo seria y paciente que pudo, la voz firme y los ojos sosteniendo los de ellas-. Os digo que el lenguaje está listo. Dispuesto para ser utilizado. Y, lo que es más, vosotras lo sabéis. Todas vosotras, hasta la última, conocéis lenguajes que no tienen más términos léxicos que este láadan vuestro. Os estáis contando cuentos de hadas, y no comprendo por qué. Si empezáramos hoy, si las que atendéis a las bebés de la casa principal empezáis hoy mismo a murmurar en láadan en vez de en inglés, no será hasta que se conviertan en mujeres adultas y hagan lo mismo para la siguiente generación (o tal vez la generación que la sigue, porque ningún lenguaje, que sepamos, ha empezado nunca de esta manera), como mínimo pasará una generación antes de que el láadan sea una lengua criolla. Y pasará otra más antes de que pueda ser llamado una lengua viva, con el status de otras lenguas vivas.
Le mostraron sus rostros desafiantes, y Nazareth pudo oír trabajar sus mentes, tejiendo las excusas; las detuvo antes de que pudieran encontrar otra nueva.
– ¡Esperad! -dijo-. Sé tan bien como vosotras que, en los días en que toda persona educada aprendía el latín como segunda lengua para usarlo en el lenguaje erudito y legal, la gente se las apañaba. Debía ser un latín bárbaro, pero se las apañaban. ¡No me pongáis más pegas para retrasarlo más! Harán falta cinco generaciones, o diez, antes de que el láadan deje de ser un bárbaro lenguaje auxiliar y se convierta en una lengua materna, ¡ésa es razón más que suficiente para empezar de inmediato! Por supuesto, será terrible al principio, no puede ser de otro modo…, ¡pero, queridas, estamos hablando de al menos dentro de cien años si empezamos hoy mismo! Y estáis aquí sentadas, diciéndome que esperemos hasta que tengamos…, ¿qué? ¿Cinco mil palabras? ¿Diez mil palabras? ¿Diez mil palabras y diez mil Codificaciones? ¿Qué número arbitrario habéis establecido como objetivo?
– No lo sabemos. No exactamente. Sólo que lo que tenemos no es bastante.
Nazareth frunció el ceño y se mordió los labios, y Susannah extendió la mano para volver a colocar entre las suyas la estola rechazada.
– Haz ganchillo, Naza -ordenó-. Eso es lo que hacemos las mujeres…, pregúntale a los hombres y te lo dirán. Cada vez que vienen aquí nos encuentran charlando y cosiendo. Perdiendo el tiempo. Usa el ganchillo, por favor, chiquilla, y no pongas esa cara tan seria. Te produce arrugas.
Nazareth obedeció, insertando de forma ausente la aguja en los huecos, pero no cambió de expresión.
– Hay algo más -dijo llanamente-. Algo que estáis ocultando. Esa excusa del «vocabulario limitado» es tan falsa como las «Codificaciones insuficientes» que me disteis cuando era una niña pequeña. La usáis para tranquilizar a las niñas, y yo ya no soy una niña…, no me aplacará. Quiero saber la verdad. No más mentiras.
– ¡Tonterías!
– ¡No paráis de decir lo mismo! -protestó Nazareth-. Podríais ahorraros un montón de molestias si comprarais un loro para que dijera «tonterías» a lo largo de todo el día. Y no conseguiréis nada…, hay algo más. Algo que no veo porque soy demasiado estúpida. Algo que no es sólo cuestión de que el lenguaje esté «terminado» o no. ¡Y sé exactamente a quién preguntárselo! Aquina Chornyak…, ¿cuál es el problema real aquí, oculto bajo estúpidas palabras?
Como Aquina no respondió, Nazareth extendió la mano y la cogió por el pelo.
– ¡Aquina! ¡Dímelo! ¿Qué clase de radical eres entonces?
– Muy bien -dijo Aquina-. Te lo diré…, pero no les va a gustar.
– No importa.
– El verdadero problema es que hay que tomar decisiones, y estas… personas… no quieren tomarlas.
– ¿Qué decisiones son ésas?
– Piensas que el láadan está terminado, ¿no?
– En el sentido en que todo lenguaje está terminado. Su vocabulario crecerá, como crece el vocabulario de cualquier otro lenguaje.
– Muy bien. Supón que empezamos a usarlo, como dices que debiéramos hacer. Y luego, a medida que más y más niñas utilizan el láadan y empiezan a hablar un lenguaje que expresa las percepciones de la mujer en vez de las de los hombres, la realidad empieza a cambiar. ¿No es cierto?
– Cierto como el agua -dijo Nazareth-. Como la luz.
– Bien; entonces, señora…, debemos estar preparadas para cuando ese cambio empiece a hacerse realidad. ¡Preparadas para actuar en respuesta a ese cambio! Una vez comience, ya no podremos quedarnos aquí sentadas charlando y discutiendo y jugando a las revolucionarias. ¡No podremos pasarnos la vida como ganado plácido, pensando en los lejanos tiempos, siglos atrás, en que alguien tenía que hacer algo! Y es ahí donde está el problema, Nazareth…, no hay ni una sola mujer en esta casa, ni en ninguna de las otras Casas Estériles, con las agallas suficientes como para tomar la decisión sobre lo que vamos a tener que hacer entonces. Eso es lo que les hace, como tú dices, añadir una pincelada más y una línea más y decir: «¡Oh, todavía no!», y: «¡Tonterías!», y: «¡Dios nos valga!».
– Oh -jadeó Nazareth-. Comprendo. Sí.
– ¿Comprendes, Nazareth? ¿De verdad? -la voz de Caroline era amarga y furiosa-. ¡Considera, por ejemplo, lo que Aquina nos haría hacer! ¡Empezaríamos a acumular raciones y suministros de emergencia, si por ella fuera, y los meteríamos en bolsas que cargaríamos a nuestras espaldas cuando huyéramos al desierto, todas nosotras con una niña secuestrada a la cadera, corriendo un paso por delante de las hordas de hombres decididos a matarnos a todas!
– Caroline, exageras -rió Aquina.
– No demasiado. Te he oído muy a menudo.
– No se atreverían a matarnos. Encarcelarían a todas aquellas que supiéramos láadan; y nos drogarían hasta que olvidáramos la última palabra. Destruirían nuestros archivos, castigarían a las niñas que emplearan una sola sílaba, y lo prohibirían para siempre…, pero no nos matarían. Nunca he dicho que fueran a matarnos, Caroline; matarían al láadan. Y tendríamos que huir antes de que pudieran inventar una nueva y horrenda «esquizofrenia epidémica incurable» traída de un planeta fronterizo en una bolsa de grano…, pero no nos matarían.
– ¿La oyes? -desafió Caroline a Nazareth-. Eso es lo que oímos nosotras, interminablemente.
– La oigo -dijo Nazareth-. Veo tu punto de vista, Caroline. Y también veo el de Aquina. Y hay muchas otras posibilidades.
– Sí que las hay -accedió Caroline-. Es tan absurdo pensar que los hombres se contentarían con encerrarnos a todas en instituciones como pensar que podrían matarnos. Y, si a Aquina no le encantara tanto irse a los extremos, lo sabría. Tendrían que moverse contra nosotras poco a poco, aunque tuvieran que inventar una docena de epidemias del espacio que fueran convenientemente contagiosas sólo para las mujeres. Pero los hombres conocen el poder del lenguaje tan bien como nosotras…, y lo detendrían, Nazareth. El día en que empecemos a utilizar el láadan, el día en que lo saquemos del sótano, ese día nuestra propia existencia correrá peligro. Tenías razón en lo de la tina de légamo verde que burbujea ahí abajo, Nazareth…, pero no tenemos ninguna virgen que sacrificar.
– Tenéis miedo.
– ¡Por supuesto que tenemos miedo!
– Lo que pienso que harán -dijo Faye-, lo único que pueden hacer, es disolver las Casas Estériles. Aislarnos a unas de otras. Apartarnos del resto de las mujeres, con toda seguridad no dejar que nos acerquemos a ninguna niña pequeña. No les resultará difícil enseñarles a todos los bebés que las mujeres mayores y las mujeres estériles son brujas, horribles depósitos de maldad a los que hay que temer y evitar…, ¡se ha hecho antes, y siempre con gran éxito! Encerrarán a algunas…, y aislarán a otras en las Casas. ¿No os imagináis la campaña publicitaria mientras «deciden» que han estado equivocados todos estos años en que nos han mantenido en edificios separados y nos dan la «bienvenida al seno de la familia»? Al público le encantará…, y acabarán con los últimos vestigios del láadan, para que a nadie se le ocurra repetirlo algún día. Y el láadan morirá, como deben de haber muerto todos los lenguajes de las mujeres desde el principio de los tiempos.
– A menos que huyamos antes de que se den cuenta de lo que está sucediendo -siseó Aquina-. Es la única oportunidad que tenemos.
Nazareth se levantó y se acercó a la ventana. Contempló el verde césped entre los árboles, silenciosa y preocupada.
– Nazareth -suplicó Grace tras ella-, si Aquina tiene razón…, pasando por alto sus exageraciones, por supuesto…, ¿te das cuenta ahora de lo que significa?
– Sí.
– Y no pueden acumular el valor -dijo Aquina con desdén-, para decidir qué hay que hacer y hacerlo.
– Porque no sabemos qué hay que hacer -dijeron las otras-. Hemos hablado y hablado y hablado al respecto…, y no lo sabemos.
– Debemos elegir una Casa Estéril -dijo Aquina firmemente-, la más aislada y la más fácil de defender, y debemos de prepararnos para ir allí con tantas niñas como podamos a los primeros indicios de que los hombres sepan lo que pasa. No es una decisión difícil. Y debemos de estar preparadas para marcharnos de allí, si tenemos que hacerlo.
– ¡Significaría dejar a nuestros hijos!
– Y no volver a ver a nuestras familias.
– Y la publicidad…, ¡pensad en las mentiras que dirán los hombres a los medios de comunicación!
– Todas las ancianas de arriba…, ¡tendríamos que abandonarlas!
– No me extraña que hayáis estado retrasando la decisión -dijo Nazareth, volviéndose de nuevo-. Haciendo tiempo. No me extraña.
– ¡Oh, no, tú también! -gimió Aquina-. No puedo soportarlo.
Nazareth volvió y se sentó, y cogió de nuevo la estúpida estola.
– Tened en cuenta esto -dijo, con absoluta seguridad en la voz-. No importa lo que signifique…, o no creemos realmente en el Proyecto Codificador, en cuyo caso los hombres tienen razón y sólo somos mujeres tontas jugando a juegos estúpidos para pasar el tiempo…, o debemos empezar.
– ¡Tiene razón! -dijo Aquina.
– Tenéis que recordar -continuó Nazareth, mirando a Aquina-, que pasarán muchos años antes de que los hombres se den cuenta. Están acostumbrados a oír a las niñas pequeñas practicar lenguajes alienígenas que nunca han oído antes y que nunca volverán a oír de nuevo, por no mencionar los lenguajes terrestres que les son completamente desconocidos. Mientras convenzamos a las niñas de que es un secreto que hay que mantener al margen de los hombres (como tantos otros secretos que les hemos enseñado, queridas), pasarán diez años, tal vez más, antes de que los hombres se den cuenta de pronto de que las niñas pequeñas están haciendo los mismos sonidos desconocidos. ¡Santo cielo, están tan convencidos de que el Proyecto es sólo langlés, y de que apenas podemos encontrar el camino al cuarto de baño sin un mapa! Pueden pasar décadas antes de que haga realmente falta hacer algo en el sentido que implica Aquina. Por favor, tenedlo en cuenta.
– Pero…
Nazareth cortó a Aquina, alzando la mano en el antiguo gesto de los maestros.
– Pero estoy de acuerdo con Aquina en que las decisiones tienen que tomarse y en que hay que tomarlas ahora mismo, en caso de que algún día sean necesarias. Tiene toda la razón. Si necesitáramos hacer algún tipo de movimiento, no habría tiempo de decidir cuál habría de ser, y cualquier cosa que hiciéramos llevadas por el pánico sería seguramente una equivocación. Debemos hacer planes, por improbable que sea que tengamos que usarlos alguna vez, y acabar con ese tema.
– ¡Gracias a Dios que hay alguien con sentido!
– Gracias a ti, Aquina -dijo Nazareth-. Ahora, las demás, ¿podemos proseguir con esto?
Proseguir. De un Proyecto interminable, generación tras generación, a: «¿Podemos proseguir?». Era demasiado, y se sintieron aturdidas por la perspectiva.
– No es complicado -les aseguró Nazareth-. Hay que transmitir la noticia a todas las Casas Estériles con toda la rapidez posible, usando los códigos de recetas. En todas las Casas Estériles, aquellas mujeres que mejor hablen láadan deben de empezar a practicarlo entre sí, sin importar lo mal que lo hagan, hasta que tengan la facilidad necesaria para servir como modelos adecuados. Y, luego, deben de empezar a usar el láadan y sólo el láadan con las niñas de las Líneas cada vez que no haya hombres cerca.
– O con las mujeres que aún vivan en las Casas.
– O con las mujeres que aún vivan entre hombres, sí -accedió Nazareth-. Sólo donde sea seguro. Mientras tanto, aquellas que no sepan casi nada tendrán que empezar a aprender. Sin llamar la atención de los hombres, y sin descuidar nuestros otros deberes.
– ¿Y la planificación? -preguntó Aquina.
– La planificación debe comenzar -dijo Nazareth-. En todas las Casas Estériles deben de haber reuniones para discutir las alternativas. Por toda acción que penséis que los hombres puedan emprender cuando sepan que han sido engañados, hará falta una acción correspondiente en la que todas las mujeres estén de acuerdo, dispuestas para ejecutarla en un instante. Los resultados deben de ser intercambiados entre las Casas Estériles hasta que se produzca un consenso…, hasta que todas comprendamos qué se espera que hagamos en cada una de las crisis posibles. Y haremos lo que sea necesario para prepararnos.
– ¿Sólo eso, Nazareth?
– Sólo eso. Ya lo habéis retrasado demasiado.
– Bien -dijo Susannah-. ¡Bien! Alguien debe subir y decírselo a las otras. Tienen derecho a saberlo.
– Y alguien debe poner las mesas y llamar a los centinelas antes de que piensen que nos hemos muerto aquí dentro -señaló Caroline.
Recogieron su labor y la guardaron en los costureros llenos de ovillos, retales y fragmentos que escondían los útiles botones falsos. Y trataron de decidir si debían de regocijarse o llorar.
– ¿Creéis que es un momento de celebración? -aventuró Grace.
– ¿Quién lo sabe? Es un momento de terror. Eso es seguro.
– Es un salto en el vacío -dijo Susannah solemnemente.
– Y todo es culpa de Nazareth -dijo Nazareth.
En medio del silencio absoluto, añadió:
– Todo principio es también un final. No puede haber una cosa sin la otra.

Lengua materna (fragmento)

Suzette Haden Elgin

​- De acuerdo -dijo Showard-. De acuerdo. Primer principio: La realidad no existe. La construimos percibiendo estímulos del entorno, externo o interno, y haciendo valoraciones sobre el mismo. Todo el mundo percibe la materia, todo el mundo hace valoraciones, todo el mundo, por lo que sabemos, comprende lo suficiente para ir tirando, de manera que cuando digo «Pásame el café» sabéis qué es lo que tenéis que pasarme. Y eso es la realidad. Segundo principio: La gente se acostumbra a un cierto tipo de realidad y llega a esperarla, y, si lo que perciben no encaja en el grupo de valoraciones en las que todo el mundo está de acuerdo, entonces la cultura tiene que examinarla hasta que encaja… o la descarta.

– Duendes… -murmuró Beau St. Clair-. Ángeles.

– Sí. No están en el marco de valoraciones de la realidad de esta cultura, así que si son «reales» no los vemos, no los oímos, no los olemos, no los sentimos…, no los saboreamos. Si podéis soportar la idea de no-saborear a un ángel -se echó hacia atrás y cruzó las manos tras la cabeza, dejando que la navajita se bambolease-. Ahora, el tercer principio: Los seres humanos están formados para esperar ciertas clases de percepciones…, ahí es donde empiezan los problemas. Los científicos cognitivos nos dicen que, sea cual sea esa formación en los terrestres, está razonablemente cerca de como sea en los alienígenas humanoides, porque los cerebros y sistemas sensores son bastante similares, aunque algunos humanoides tengan tentáculos brotando de sus orejas y otros no. Y los lingüistas nos dicen que, como la formación es bastante parecida, se puede coger un sistema cerebro-más-sentidos que no esté aún fijado, digamos el de un bebé, y éste sí puede hacer manifestaciones sobre lo que percibe, aunque no esté en las reglas consensuadas. Los bebés no saben qué se les viene encima, y tienen que aprender. Y, si no es demasiado diferente de lo que están preparados para percibir, pueden conseguirlo. Pueden incluirlo en su realidad.

– Hasta ahora, nada -dijo Lanky-. Como dije.

– Cuarto principio -continuó Showard-: Incluso un bebé, aunque sea todavía nuevo a estas percepciones, no puede conseguirlo cuando se enfrenta a una percepción tan completamente diferente de la humanoide que no puede ser procesada, y mucho menos declararlo.

– Los bebés no hacen declaraciones -dijo Lanky, disgustado-. Mierda. Todo lo que pueden hacer es…

– Lanky -dijo Beau St. Clair-, te equivocas. No pueden expresar las palabras que tú expresarías, no pueden pronunciar las valoraciones… pero las hacen. Como: «Lo que veo es algo que he visto antes, así que miraré otra cosa que no he visto antes». Como: «Ese ruido es mi madre». Cosas así.

– Mierda -repitió Lanky-. Duendes y ángeles. Mierda de duendes y mierda de ángeles.

Estaban acostumbrados a Lanky Pugh. Continuaron a su pesar.

– Así que eso es lo que sabemos -dijo Showard-. Hay algo sobre la manera en que los alienígenas no humanoides perciben las cosas, algo sobre la «realidad» que componen de los estímulos, tan imposible que destroza a los bebés y destruye su sistema nervioso central permanentemente.

Lengua Materna (fragmento)

Suzette Haden Elgin