Júbilo

Cuando por fin hable no dejes que me calle
porque habré muerto y yo soy un excelente vivo.
Mi voz (in)existente, dice, no puede
ser oída por los que hablan
sino por los que ven.
Hablando
la ausencia me dijo una vez
que le parecía la mejor de las compañías.
Hablando, la lámina de zinc, cuando
se sentó a descansar, me confirmó
que hace más de dos años que nadie pasa por acá.
La olla donde se hacía el arroz, tanteando dónde
esconderse dice
que le encantaría la usaran para hacer pasta
pero que ni eso.
De tanto darle vueltas al asunto
la licuadora concluyó:
que lo mejor sería irse rodando
mudarse a una cabellera
porque
aquí no hay presente
que tanto el tenedor como el cuchillo al igual que la cuchara
viven empolvados de nostalgia
manoseando un fecundo pasado
que infertiliza el presente, que
no es tal, insiste ella.
La silla se quedó tiesa mientras contaba monedas
cuando le pregunté si podía sentarme
¿acaso que para eso estoy?, me dijo.
Un chorro de luz salió del fregadero
cuando fui a preguntarle si podía lavarme las manos en su agua
¿agua?, yo solo doy luz, me dijo, luz sucia.
Seguro la puerta le soluciona, señaló. Yo estoy aquí para bailar.
A esta la encontré durmiendo detrás del cielo y la dejé estar.
A diferencia de lo que creíamos
cuando esto empezó, me dice la sábana;
nos hacemos más distantes
y no más cercanos mientras menos quedamos.
Que se digne alguien en poner el ojo en los que se quedan.
Que alguna gota incolora y salubre se (des)escale de él por los que se quedaron.
Que algún dedo acusador nos señale legitimándonos.
y que alguna palabra nos enuncie fijándonos, soterrándonos finalmente
al aire al que estamos sembrados
en el silencio que nació conmigo.

Daniel C. Aro

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