Balada del amor tardío

Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?

Amor que me has buscado sin buscarte,
no sé qué vale más:
la palabra que vas a decirme
o la que yo no digo ya…

Amor… ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana… —No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar…

Amor que llegas tarde, no me viste
ayer cuando cantaba en el trigal…
Amor de mi silencio y mi cansancio,
hoy no me hagas llorar.

Dulce María Loynaz

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Espejismo

Tú eres un espejismo en mi vía.
Tú eres una mentira de agua
y sombra en el desierto. Te miran
mis ojos y no creen en ti.
No estás en mi horizonte, no brillas
aunque brilles con una luz de agua…
¡No amarras aunque amarres la vida!…
No llegas aunque llegues, no besas
aunque beses… Reflejo, mentira
de agua tus ojos. Ciudad
de plata que me miente el prisma,
tus ojos… El verde que no existe,
la frescura de ninguna brisa,
la palabra de fuego que nadie
escribió sobre el muro… ¡Yo misma
proyectada en la noche por mi
ensueño, eso tú eres!… No brillas
aunque brilles… No besa tu beso…
¡Quien te amó sólo amaba cenizas!…

Dulce María Loynaz

El amor indeciso

Un amor indeciso se ha acercado a mi puerta…
Y no pasa; y se queda frente a la puerta abierta.

Yo le digo al amor: -¿Que te trae a mi casa?
Y el amor no responde, no saluda, no pasa…

Es un amor pequeño que perdió su camino:
Venía ya la noche… Y con la noche vino.

¡Qué amor tan pequeñito para andar con la sombra!…
¿Qué palabra no dice, qué nombre no me nombra?…

¿Qué deja ir o espera? ¿Qué paisaje apretado
se le quedó en el fondo de los ojos cerrado?

Este amor nada dice… Este amor nada sabe:
Es del color del viento, de la huella que un ave

deja en el viento… -Amor semi-despierto, tienes
los ojos neblinosos aun de Lázaro… Vienes

de una sombra a otra sombra con los pasos trocados
de los ebrios, los locos… ¡Y los resucitados!

Extraño amor sin rumbo que me gana y me pierde,
que huele las naranjas y que las rosas muerde…,

Que todo lo confunde, lo deja… ¡Y no lo deja!
Que esconde estrellas nuevas en la ceniza vieja…

Y no sabe morir ni vivir: Y no sabe
que el mañana es tan sólo el hoy muerto… El cadáver

futuro de este hoy claro, de esta hora cierta…
Un amor indeciso se ha dormido a mi puerta…

Dulce María Loynaz

La mujer de humo

Hombre que me besas,
hay humo en tus labios.
Hombre que me ciñes,
viento hay en tus brazos.

Cerraste el camino,
yo seguí de largo;
alzaste una torre,
yo seguí cantando…

Cavaste la tierra,
yo pasé despacio…

Levantaste un muro
¡Yo me fui volando!…

Tu tienes la flecha:
yo tengo el espacio;
tu mano es de acero
y mi pie es de raso…

Mano que sujeta,
pie que escapa blando…
¡Flecha que se tira!…
(El espacio es ancho…)

Soy lo que no queda
ni vuelve. Soy algo
que disuelto en todo
no está en ningún lado…

Me pierdo en lo oscuro,
me pierdo en lo claro,
en cada minuto
que pasa… En tus manos.

Humo que se crece,
humo fino y largo,
crecido y ya roto
sobre un cielo pálido…

Hombre que me besas,
tu beso es en vano…
Hombre que me cines:
¡Nada hay en tus brazos!

Dulce María Loynaz

La canción del amor olvidado

Para el amor más olvidado
cantaré esta canción:
No para el que humedece los ojos todavía…
Ni para el que hace ya
sonreír con un poco de emoción…
Canto para el amor sin llanto
y sin risa;
el que no tiene una rosa seca
ni unas cartas atadas con una cinta.
Sería algún amor de niño acaso…
Una plaza gris… Una nube… No sé…
Para el amor más olvidado cantaré.
Cantaré una canción
sin llamar, sin llorar, sin saber…
El nombre que no se recuerda
pudo tener dulzura:
Canción sin nombres
quiero cantarte
mientras la noche dura…
Cantar para el amor que ya no evocan
las flores con su olor
ni algún vals familiar…
Para el que no se esconde entre cada crepúsculo,
ni atisba ni persigue ni vuelve nunca más…
Para el amor más olvidado
-el más dulce…-,
el que no estoy segura de haber amado.

Dulce María Loynaz

Canto a la mujer esteril

La flecha que se tira en el desierto,
la flecha sin combate, sin blanco y sin destino,
no hiende el aire como tú lo hiendes,
mujer ingrávida, alargada… Su
aire azul no es tan fino
como tu aire… ¡Y tú
andas por un camino
sin trazar en el aire! ¡Y tú te enciendes
como flecha que pasa al sol y que
no deja huellas!… ¡Y no hay mano
de vivo que la agarre, ni ojo humano
que la siga, ni pecho que se le
abra… ¡Tú eres la flecha
sola en el aire!… Tienes un camino
que tiembla y que se mueve por delante
de ti y por el que tú irás derecha.

Nada vendrá de ti: Ni nada vino
de la Montaña, y la Montaña es bella.
Tú no serás camino de un instante
para que venga más tristeza al mundo;
tú no pondrás tu mano sobre un mundo
que no amas… Tú dejarás
que el fango siga fango y que la estrella
siga estrella…
Y reinarás
en tu Reino. Y serás
la Unidad
perfecta que no necesita
reproducirse, como no
se reproduce el cielo,
ni el viento,
ni el mar…

A veces una sombra, un sueño agita
la ternura que se quedó
estancada –sin cauce… –en el subsuelo
de tu alma… ¡El revuelto sedimento
de esa ternura sorda que te pasa
entonces en una oleada
de sangre por el rostro y vuelve luego
a remontar el río
de tu sangre hasta la raíz del río…!
¡Y es un polvo de soles cernido por la masa
de nervios y de sangre!… ¡Una alborada
íntima y fugitiva!… ¡Un fuego
de adentro que ilumina y sella
tu carne inaccesible!… Madre que no podrías
aun serlo de una rosa,
hilo que rompería
el peso de una estrella…
Mas ¿no eres tú misma la estrella que repliega
sus puntas y la rosa
que no va más allá de su perfume…?
(Estrella que en la estrella se consume,
flor que en la flor se queda…)

(Fragmento)

Dulce  María Loynaz