Después del paraíso, la sombra

Supe que se trataba de un día inusual desde que vi el globo azul posarse ante mis pies como una caricia del viento. Redondo y pleno era la manifestación de un símbolo o una señal. Sentí la tentación de inclinarme a recogerlo pero entonces, la fracción de segundo que dura una duda, el globo siguió su camino, su flotación ligera, y se posó frente a la cochera de mi vecina. Ella salía a dejar a su hijo a la escuela y sin miramiento alguno lo enfrentó. El globo azul cedió a la violencia del ataque y reventó bajo una llanta. Mi vecina se alejó mientras yo me acercaba al agonizante. Lo tomé entre las manos como el despojo de un deseo y, triste, lo arrojé a una alcantarilla.

No quise pensar más en el asunto pero el globo volvía a infl arse en mi memoria negándose a morir. Me imaginaba camino al trabajo con el globo azul en las manos, la cara del vigilante para embromarme al decir que aquel no era el Día del Niño, la expresión burlona de Marita y de mi jefe: “¿Dónde fue la kermés?”

(En realidad, no habría habido ninguna expresión de mi jefe, quien sólo me habría mirado con un gesto de obtuso desdén.)

Subida al metro no cesaba de suponer las difi cultades para mantener la integridad del globo azul entre toda aquella gente, pero por más razones que esgrimiera una parte de mí sabía que todo aquello eran excusas: me había negado a levantar el globo, a recoger su ilusión perfecta y correr el riesgo de que cambiara mi vida.

Todo mundo sabe que la vida está llena de trivialidades, hechos menudos y rutinarios. Un polvo que se acumula a diario sobre nuestros corazones. También, de alguna manera, todo mundo espera que entre ese mar de situaciones que llamamos “vida diaria”, estén las oportunidades del azar, la suerte, esa lotería instantánea que no es otra cosa que el momento de intersección donde nuestros actos encuentran su correspondencia con la circunstancia. Entonces se desencadena una maquinaria invisible: el cambio que podría llevarnos a otra vida, el puente para dejar atrás lo que fuimos y transportarnos a una inalcanzable felicidad.

Mi jefe me ha sorprendido revolviendo irrefl exivamente su café. He percibido una brizna de odio en su mirada: con cada vuelta de cuchara su café ha terminado por entibiarse. Me ordenó que le sirviera de nueva cuenta uno, pero en sus palabras (“Felisa, tráigame otro café… y no lo revuelva tanto”) han surgido feroces los colmillos de la posesión: “Mientras trabaja, usted y sus pensamientos, usted y cada una de sus secreciones, todo lo que salga de usted, me pertenece solamente a mí”.

¿Cómo decirle que soy yo la que lo tiene aprisionado en el globo azul, como un genio malhumorado que tal vez sueña con un anuncio espectacular don-de un hombre joven y vigoroso se vuelca incontenible sobre una mujer que reposa en una playa paradisíaca?

No ha terminado de transcurrir la mañana —apenas el segundo café de mi jefe y la junta de programación semanal de los gerentes— y el globo azul vuelve a dar señales de vida. Desde el conmutador de nuestro piso, Marita me hace señas para que tome una llamada.

—Qué voz más sexy… Cómo se nota que ya tenemos nuevo galán —me dice antes de enlazarme con el desconocido.

Se trata de Miguel. Mi primo. A quien he visto muy escasamente en los últimos años. Sólo alguna fiesta familiar o un fugaz encuentro en casa de sus hermanas cuando tanto él como yo, sin proponérnoslo, estamos de visita en la vieja casa de la Condesa. Me ha pedido vernos. Va a vivir en el extranjero. De la empresa de telefonía donde trabaja, lo envían a la matriz de Barcelona.

—O sea que Mariana y los niños estarán dando de brincos…

Su voz se torna más grave:

—No, ellos no van conmigo. Mariana y yo nos estamos divorciando.

¿En qué momento nos apartamos de la gente realmente importante de nuestras vidas? Como si una puerta se clausurara y después ya no supiéramos ni siquiera que esa puerta existía y que conducía a un lugar. Un lugar amado por cierto: la parte inferior de mi cama adonde Miguel y yo nos escondíamos a jugar, cómplices y ajenos a la mirada de mis hermanos y de sus hermanas. Al principio se trataba de juegos inofensivos (contarnos historias de terror, pegar estampas en el álbum de estrellas de la televisión que coleccionábamos); después, esos otros juegos de la piel tan comunes en las historias privadas de las familias, que más allá de los tabúes y las prohibiciones tienen su origen en la pureza: dos cuerpos nuevos que se tocan y se descubren y se reconocen. Es que desde el principio de los tiempos, el placer siempre ha comenzado por el tacto. La piel que se incendia y cuyo goce es el más profundo de los saberes. Un saber que no nos abandonará jamás: aún puede quitarme el aliento el recuerdo de su verga erecta sonriendo en la comisura de mis nalgas.

Nunca supe cómo nos descubrieron pero a veces he pensado que los celos de mis hermanos o la envidia de mis primas tuvo que ver con la acusación. Sí, así fue como se clausuró la puerta. Avergonzados ante el resto de la familia, salimos expulsados de ese paraíso de debajo de la cama para ya no reencontrarnos jamás.

Apenas he tenido tiempo de pasar al súper para ofrecerle algo de cenar a Miguel. Fue como si mi jefe hubiera percibido la inquietud con que miraba el reloj que cuelga a espaldas del escritorio de Marita. El caso es que, cinco minutos antes de la hora de salida, me ha pedido un inusual reporte de ventas por correo que ni siquiera es de nuestra área.

—Felisa… —me dijo entrecerrando los párpados como si apuntara con una escopeta en el tiro al blanco de una feria—. El reporte lo quiero mañana mismo por la mañana.

El tiro al blanco por supuesto no es una diana común y corriente, sino un círculo de globos blancos en cuyo centro luce pleno, perfecto, aún intocado, un globo azul.

Y he acometido la tarea asignada a sabiendas de que no podría terminarla a menos que cancelara la cita con Miguel. Pero entonces, el tiempo justo para pasar corriendo al súper y llegar al departamento antes que mi primo, he abandonado el reporte a medias. Mañana y la oficina y el remedo de Jehová de mi jefe resultan universos tan lejanos y prescindibles como todo aquello que, de súbito —un pinchazo que libera la presión del globo—, deja de tener importancia.

¿Cómo atreverse a desear cuando se ha arrojado la lámpara mágica en algún lugar del camino? ¿Cómo arriesgarse a hacer realidad ese deseo cuando se está sitiado en el interior del miedo, la respiración tan silenciosa para que los demás no se percaten que aún permanecemos vivos, el cuerpo rígido como un sarcófago de uno mismo?

Pero ha bastado la ilusión del globo azul para salir de la caverna, saber que si no lo tomo entre mis manos volverá a perderse esta vez irrevocablemente. Miguel se ha mostrado sorprendido al escucharme decir sin mayores preámbulos una vez que ha traspasado el umbral de mi departamento:

—Vamos a la recámara. De pequeña no me dejaron decidir. Pero ahora te digo: terminemos lo que nos quedó pendiente.

Confieso que no fue la Felisa de los últimos años la que dijo esas palabras. Tampoco la que ha tomado la mano de Miguel para guiarlo hasta el fi nal del pasillo. Con esa otra yo, con sus palabras en mi boca, podría bromear:

—¿Prefieres encima o nos metemos debajo de la cama?

Ahora todo es incierto. Apenas amanezca sabré si es posible sobrevivir al paraíso

Ana Clavel

Finlandia

El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana,
haciendo marchatrás con el auto.
Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable.
Yo vivía en Buenos Aires y había viajado a Mercedes para festejar el cumpleaños número ochenta de mi abuela paterna
(por eso recuerdo la fecha exacta: porque en unos días mi abuela cumplirá noventa,
porque en unos días se cumplirán diez años de esto que ahora narro y que me marcó como ninguna otra cosa, ni buena ni mala, en la vida).
Festejábamos el aniversario de mi abuela con un asado en la quinta; ya estábamos en la sobremesa familiar. A las tres de la tarde le pido prestado el auto a Roberto para ir hasta el diario a entregar un reportaje. Me subo al coche, vigilo por el espejo retrovisor que no haya chicos rondando y hago marchatrás para encarar la tranquera y salir a la calle.
Entonces siento el golpe, seco contra la parte de atrás del auto, y se detiene el mundo para siempre.
A cuarenta metros, en la mesa donde todos conversan, mi hermana se levanta aterrada y grita el nombre de su hija. Mi madre,
o mi abuela, alguien, también grita:
—¡La agarró!
Entonces me doy cuenta de que mi vida, tal y como estaba transcurriendo, había llegado al final. Mi vida ya no era.
Lo supe inmediatamente. Supe que mi sobrina, de tres años, estaba detrás del auto; supe que, a causa de su altura, yo no habría podido verla por el espejo antes de hacer marchatrás; supe, por fin, que efectivamente acababa de matarla.
Diez segundos es lo que tardan todos en correr desde la mesa hasta el auto.
Los veo levantarse, con el gesto desencajado, veo un vaso de vino interminable cayendo al suelo. Los veo a ellos, de frente, venir hasta mí.
Yo no hago nada; ni me bajo del coche,
ni miro a nadie: no tengo ojos que dedicarle al mundo real, porque ya ha empezado mi viaje fatal en el tiempo, mi larguísimo viaje que en la superficie duraría diez segundos pero que, dentro mío, se convertirá en una eternidad pegajosa.
En ese momento (no sé por qué es tan grande la certeza) no tengo dudas sobre lo que acabo de hacer. No pienso en la posibilidad de que sea un tronco lo que he embestido, ni pienso que mi sobrina está durmiendo la siesta dentro de la casa. Lo veo todo tan claro, tan real,
que solamente me queda pensar por última vez en mí antes de dejarme matar.
“Ojalá el Negro me mate” —pienso—, “ojalá sea tan grande su enajenación de padre salvaje, tan grande su rabia, que me pegue hasta matarme y no me dé la opción de tener que suicidarme yo mismo, esta noche, con mis propias manos, porque soy cobarde y no podría hacerlo, porque cometería la peor de todas las bajezas: me iría a Finlandia”.
Utilizo esos diez segundos, los últimos de calma que tendré en toda mi vida, para pensar en quien ya no seré nunca más.
Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera,
vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pinpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar.
En esos diez segundos, en donde el tiempo real se ha roto literalmente, en donde el cerebro trabaja durante horas para instalarse en un recipiente de diez segundos,
descubro con nitidez que mis únicas opciones —si mi cuñado no me hace el favor de matarme allí mismo— son las de huir
(huir de inmediato, sobornar a alguien y escapar del país) o suicidarme. Lo que más me duele, tal como están las cosas, es que no podré volver a escribir literatura, ni a reír.
Durante mucho tiempo, durante años enteros, me siguió sorprendiendo la frialdad con que asumí la catástrofe en esos diez segundos en que había matado a mi sobrina.
No fue exactamente frialdad, sino algo peor: fue un desdoblamiento del alma,
una objetividad inhumana. Me dolía saber que ya no podría escribir, que en el suicidio o en la huida —aún no había optado con qué quedarme— no existiría esa opción: la de los placeres.
Podía irme a Finlandia, sí, a cualquier país lejano y frío, podía no llamar nunca más a mi familia ni a los amigos, podía convertirme en fiambrero en un supermercado de Hämeenlinna, pero ya no podría volver a escribir, ni amar a una mujer, ni pescar.
Me daría vergüenza la felicidad, me daría vergüenza el olvido y la distracción.
La culpa estaría allí involuntariamente,
pero cuando comenzara la falsa calma o el olvido momentáneo, yo mismo regresaría a la culpa para seguir sufriendo. La vida había terminado. Yo debía desaparecer.
Pero si desaparecía, qué. Qué importancia podía tener darles a ellos la serenidad de no ver nunca más al asesino. Ellos, mi familia, los que ahora corrían lentamente desde la mesa al coche para matarme o para ver el cadáver de un niño, podrían creerme exiliado, lleno de dolor y de miedo, temeroso y ruin,
o agorafóbico; o podrían sospecharme loco, como esas personas que pierden el rumbo y la memoria después de los terremotos; alucinado, mendigo, enfermo; podrían hasta perdonarme pues me creerían fuera de toda felicidad, fuera de todo placer. Matarían a quien blasfemara mi memoria diciendo que se me ha visto reír en una ciudad finlandesa, a quien dijera que se me ha visto beber en un bar de putas, o escribir un cuento, ganar dinero, seducir a una mujer, acariciar un gato,
pescar bogas o dar limosna a un marroquí en el metro. No creerían que alguien (ya no yo en particular, sino que nadie) fuese capaz de semejante flaqueza, de tan penoso olvido,
de matar y no llorar, de escapar y no seguir pensando en la tarde de verano en que una niña de tu sangre ha muerto bajo las ruedas del coche.
Diez segundos eternos hasta que alguien ve el tronco y todos olvidan la situación.
Nadie, ninguna de todas las personas que almorzaban aquella tarde de hace diez años en Mercedes, recuerda ahora esta anécdota. Nadie ha tenido pesadillas con estas imágenes: sólo yo me he despertado transpirado durante años enteros, cuando esos diez segundos regresan por la noche sin el final feliz del tronco; para ellos no ocurrió más que la abolladura de un guardabarros al final de la primavera.
Nada malo pasó aquella tarde, ni nada malo ocurrió, antes o después, en mi vida.
Han pasado diez años desde entonces y todo ha sido un remanso en el que nunca lo irreversible se ha metido conmigo.
¿Por qué entonces, en estos días, siento que he cumplido sólo diez, y no treinta y cinco años? ¿Por qué le doy más importancia a esta fecha en que no maté a nadie, que a aquella otra fecha anterior en que salí de mi madre dando un grito eufórico de vida?
¿Por qué algunas noches me despierto y descubro que me falta el aire, y recuerdo como real el frío de una cabaña en Finlandia,
y me encuentro con las hilachas de la angustia y el exilio, y me ahoga la cobardía de no haber tenido la voluntad de suicidarme?
Es la fragilidad de la paz la que nos devuelve al escalofrío y a la incertidumbre. Es la velocidad infernal de la desgracia, que acecha como un águila en la noche, la que sigue allí escondida para quitarnos todo y dejarnos aferrados a un volante y pensando que la única opción es morir solos en Finlandia, con los ojos secos de no llorar.
Por suerte, casi siempre es un tronco y vivimos en paz. Pero todos sabemos, por debajo de la risa y del amor y del sexo y de las noches con amigos y de los libros y los discos, que no siempre es un tronco.
A veces es Finlandia.

Hernán Casciari

Armisticio

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: Se alquila paraíso, en ruinas.

Juan José Arreola

Presentimiento de la locura

«Y a pesar de todo
su corazón no ha de confesar jamás que lo desgarra
esa oseara enfermedad que pone sitio a su vida.»
Shakespeare

Aunque, como alguien dijo, no hay nadie que logre, a lo largo de su vida, saber quién es, puedo decir de mí un nombre, Arístides Briant, y mis tentativas infructuosas por hacer que este tuviera algún sentido, dos libros de poemas enredados y amargos, ; ritos al dictado de la Philosophy of Composition de Poe, y un pequeño volumen de ensayos al que titulé Los lobos devoran al rey muerto, entendiendo que ese «rey muerto» era la cultura y también yo mismo. Ninguno de ellos recibió el favor de una crítica o de un comentario, y no conozco el rostro de aquellos que los leyeron. Aquellos escritos fueron mi único esfuerzo, porque tenía necesidad de trabajar, dado que había heredado de mi padre una pequeña fortuna, suficiente, sin embargo, para mantener una antigua y enorme casa también procedente de mi familia, en las afueras de la ciudad, e incluso un pequeño y gracioso automóvil Hispano-Suiza que, aunque frecuentemente averiado, como solía ocurrirles entonces a todos los automóviles, me permitía algunas pequeñas excursiones en compañía de mi mujer. Porque debo también hacer mención de otro fracaso, mi matrimonio.
Cuando una vida fracasa y el matrimonio, que se quiso la reemplazara, fracasa también, entonces se necesitan hijos. Pero lo supe tarde, cuando el alcohol un alcohol que en principio no fue desesperado, sino alegre, ni pensativo, sino sin conciencia- había vuelto aquello imposible. No fue esa naturalmente la primera ni la única catástrofe que la bebida invitó a mi existencia –porque hubo de ser lo que me hiciera perder a mi mujer. Hasta que la perdí, la amé como a la medicina de un vacío o de una falta; cuando ya la hube perdido, y dejó de amarme, y co­menzó a desear lo que no podía ofrecerle -un hijo-, entonces yo también dejé de quererla -porque el amor es un negocio, un pac­to- y comencé también a desear al hijo imposible. A no ser que como Cristina -tal era el nombre de mi esposa- me pedía, me desintoxicara en un sanatorio, posibilidad aborrecible, dejando aparte el hecho de que ahora, cuando más me lo exigían las cir­cunstancias, me sentía totalmente incapaz de dejar de beber (mi mujer decía a este propósito que el término «imposible» era siempre demasiado fácil en mi boca).
¿Por qué, y con tanto cuidado, nos destruimos? Al principio uno no se lo pregunta, pero cuando llega realmente la hora de hacerlo, es porque no hay respuesta.

De cualquier modo mi esposa había decidido asistir hasta el final a mi desastre, haciendo gala de tanta paciencia en contem­plarlo como yo empleaba en buscarlo. La única posibilidad de escapar a aquel infierno, a aquella relación que pedía no proxi­midad, sino un poco, al menos, de distancia, era, como he dicho, un hijo. Mi mujer lo sabía, aunque no se había atrevido a for­mular su deseo en palabras, como tampoco lo hacía con su do­lor. Y, aunque yo no la amaba, detestaba verla sufrir -y digo «verla» porque, como ya he dicho, su dolor no se oía, sino que se expresaba en gestos cansados que no apelaban a una respues­ta, como habría hecho una palabra. Y eso era lo peor. Por eso, como era «imposible» que yo dejara de beber, le propuse que adoptáramos a un niño, y pude ver cómo su rostro se incendia­ba. Entonces no eran necesarias para ello tantas y tan minucio­sas investigaciones como ahora lo son, de modo que, a pesar de ser yo quien era, pensé que aquello sería perfectamente factible.
A los pocos días visitamos con esa intención, un sucio orfe­linato, y, como yo había previsto, bastó la bondad brutal de Cris­tina para convencerles. Nos dieron a escoger entre un abigarrado repertorio, como si se tratara de pequeños animales. Pero fue mi esposa quien escogió y, desde el principio, no me gustó el objeto de su elección. Pero no dije nada: pensé que aquel pequeño animal era más bien para ella que para mí.
El lugar en que había recaído su elección era un muchacho de siete años, al que, según nos informaron, una desconocida –o unos desconocidos- habían abandonado, sin permitirse siquiera la molestia de una nota o una frase, en el pequeño ascensor que desempeñaba la humillante función de recoger lo innominado. El niño cojeaba visiblemente, aunque no llegué a saber la causa hasta el final, ya que, al parecer, tanto los empleados del hospicio horrible como luego mi mujer, que habría de ser más tarde quien conociera el secreto de su desnudo, se esforzaron porque yo nada supiera.
Pero, aparte de su cojera, que a juicio de Cristina lo hacía más atractivo, fue algo indefinible lo que desde el principio me hizo odiarlo: aunque no llegué a ser por completo consciente de que realmente lo aborrecía hasta mucho después, cuando ya era demasiado tarde.
Sin embargo, la «realidad», es decir la apariencia, es que la visión de aquel niño disipaba toda posible aprensión. Era -debo decir— en verdad un muchacho muy guapo; extraordinariamente rubio y de ojos azules que, si no brillaban para mí con la luz de la infancia, de cualquier modo brillaban con alguna luz. No era pues extraño que desde el comienzo se convirtiese en un símbolo de la esperanza exhausta de mi mujer.
¿Qué era pues lo que en él me repelía? Nada más difícil de explicar, es sabido, que la repugnancia; sin embargo, en este ca­so se trató tal vez de su mirada insultante, de viejo y no de niño; o fue acaso una suerte de sonrisa burlona -aunque esta era para Cristina otro de sus encantos, juzgándola simplemente «infan­til»-; pero, reflexiono ahora, se trató sobre todo de algo así co­mo una repugnante feminidad.
No obstante, en el hospicio nada sabían, o nada nos dijeron, de una conducta irregular, tal como la que luego el niño habría de observar. Y, en consecuencia, atribuí todos mis recelos a mi imaginación, y aquella malignidad que presentí en él, a la mal­dad que es propia de la infancia.
Le habían puesto el divertido nombre de Dionisio y, a esa edad, no era ya posible cambiarlo por otro -ese tipo de nombres banales y algo grotescos son los que marcan en los orfelinatos el rostro de quienes no son nadie.
Así pues, como nada de lo que forma parte de la apariencia estaba en su contra, sino que más bien todo conspiraba en su favor, Cristina insistió en que nos lo lleváramos; y eso fue lo que hicimos. Después de firmar todos los documentos tediosos y necesarios. Al salir de allí, la directora nos arrojó un amable saludo recomendándonos que lo supiéramos cuidar y educar en el sentido de Dios.
Una vez en casa, el niño permaneció silencioso, tal como lo había estado durante nuestra visita al hospicio, sin decir más pa­labras que las necesarias, y fue tal vez ese rasgo de su carácter uno de los que más agradaron a mi mujer en aquel chico, que tenía a sus ojos todo el atractivo de la catástrofe.

Durante los tres primeros meses, Dionisio se ocupó en con­tradecir ampliamente mis fantasías, comportándose con perfecta normalidad: al principio desorientado, llorando muchas veces, como si echara de menos la humedad del orfelinato, pero luego empezando a cobrar cariño por nosotros, y a llamarnos con nombres que no merecíamos: recuerdo que fue grande la alegría de mi mujer cuando por primera vez la nombró como «mamá», y no quise estropeársela diciendo que había creído advertir, en el tono de voz de Dionisio al pronunciar esa palabra, un cierto matiz de desprecio. No lo hice sólo por amor -o ansia de amor-a mi esposa, sino sobre todo por cuanto no podía ni quería creer que un niño pudiera padecer esa emoción difícil que se llama desprecio.
Sin embargo, aparte de en vagos matices, durante los prime­ros meses, como digo, mi repugnancia instintiva no tuvo en qué fundarse: la conducta de Dionisio fue -casi- totalmente correcta. Su único rasgo que implicase una cierta irregularidad era el ya mencionado de hablar poco o nada; era como si no tuviese interés alguno en comunicar con nadie, como si de antemano hu­biera juzgado esto irrealizable. De modo que a los quince días de su estancia entre nosotros le buscamos un colegio -que trata­mos que se hallara lo más cerca posible de nuestro hogar y que además de tener un aspecto agradable poseyera un nivel edu­cacional satisfactorio. Dionisio no acogió la idea de ir a la es­cuela, como era de esperar en un niño de esa edad, con desagrado, sino que integró la perspectiva sin una mueca de disgusto: parecía considerarlo lodo, incluso sus juegos, como formando parte de una vasta obligación y, por consiguiente, se resignó a aquello fácilmente, como a todo. Una vez que hubo ingresado en la escuela, sus progresos comenzaron a ser rápidamente notorios. Causó enseguida el asombro de sus maestros y el odio de sus condiscípulos, cuya amistad, por lo demás, no intentó ni siquiera frecuentar lo más mínimo, en ningún momento. Y ese último detalle fue, durante aquel tiempo brillante del comienzo, una de mis primeras causas de inquietud: Dionisio tardaba en hacer amigos -en la escuela o en la vecindad-: jugaba siempre solo, cuando lo hacía, que era muy pocas veces, y pareciendo, como ya he insinuado, considerarlo como una obligación más de que tenía que cumplir. A decir verdad, y por poco justificada a nivel de los hechos materiales que estuviese, Dionisio me producía inequívocamente una difícil sensación, relativamente clara aunque ardua de argumentar, por ser de lo más extravagante: me parecía como si Dionisio no fuera realmente un niño, como si sólo aceptara desempeñar ese papel debido a las exigencias del público, que no le permitía, cruel, salirse del marco de lo que su rostro o su estatura parecían anunciar. Para reforzar esa extraña sensación, pude observar también en varias ocasiones que no sólo no tenía como otros niños miedo alguno a la oscuridad, sino que incluso la perseguía como una religión.
Aquellos pequeños, pero sorprendentes detalles -su desinterés por toda conversación, su tardanza en hacerse amigos, su lesión por la oscuridad- me hicieron pensar en alguna clase di desequilibrio mental, y así se lo hice saber a mi esposa, si bien usando de todo tipo de precauciones, pues no quería por nada del mundo estrangular su nueva alegría. Pero Cristina, no sé si por efecto de la vaguedad de mis insinuaciones, o por una muy excusable mala fe, no quiso saber absolutamente nada de ello: era evidente que cada día que pasaba tomaba más cariño al pequeño Dionisio.
Por otra parte, he de reconocer que durante ese primer periodo la mayoría de los detalles, como creo ya haber afirmado, con la salvedad de un «casi», podían pasar por perfectamente normales en un niño de esa edad: uno de estos, por ejemplo, era su amor ir los animales, especialmente por los perros y por… los peces.
Por lo que concierne a los primeros, no tardó en encariñarse con el perro de un vecino amigo nuestro, llamado Jorge, del que tendré ocasión de hablar más tarde; se trataba de un pastor alemán gigantesco y bondadoso y blanco, al que nuestro pe­queño atosigaba con toda clase de caricias y de mimos, lleván­dole con frecuencia trozos de pastel o huesos coleccionados en la cocina o que habían sido previamente solicitados a mi espo­sa. El dueño del pastor, que como he dicho era buen amigo nues­tro, no sólo no se molestó por ello, sino que pareció encantado por el capricho de nuestro hijo adoptivo, de tal manera que en alguna de las frecuentes visitas que nos prodigaba hubo de venir acompañado de Tristón -tal era el nombre del perro blanco- con el evidente propósito de hacer feliz así a Dionisio, a quien no tardó en cobrarle, tal como le había sucedido a mi esposa, un profundo afecto. En cuanto a los peces, parece que todo su in­terés por ellos empezó a raíz de una visita que hicimos, yo y él, al acuario de la ciudad; el caso es que desde aquel día no dejó de apasionarse por ellos e incluso por la ciencia que los disec­cionaba, la ictiología, apoderándose de los pocos libros que so­bre el tema yo guardaba en mi biblioteca, o bien instándonos a que le comprásemos otros muchos más. Como premio a su afi­ción, mi esposa adquirió para él una pequeña esfera de cristal con una abertura circular en la parte superior, llena de agua, den­tro de la cual nadaban unos pocos peces rojos, cuyas circunvo­luciones él observó pasmado desde entonces. Llevó el objeto a su dormitorio y, una vez que entré en él, de noche, sin avisar, con la intención de saber si dormía, le encontré mirando la pe­cera, en la oscuridad, con sus grandes ojos abiertos de par en par.
Un día en que, montados en nuestro Hispano-Suiza, había­mos hecho una excursión a las costas de un pueblo cercano, tu­vimos ocasión de presenciar un incidente levemente extraño. Se trataba de unas playas muy solitarias, lo cual era el motivo prin­cipal de que yo las prefiriera, no para bañarme en ellas, sino pa­ra contemplar desde la orilla, tal vez abrazado a mi mujer, el crepúsculo, que asumía allí con frecuencia el color que Nerón despreciaba y que incluso -tal como nos cuenta Suetonio en la Vida de los doce cesares mandó prohibir: el obsceno violeta. Pues bien, el hecho es que aquellas playas estaban rodeadas por todas partes de rocas muy altas; y, en un momento en que mi mujer había cerrado los ojos y se había recostado indolentemente sobre la arena fría, mientras yo leía, Dionisio, aprove­chando nuestra momentánea distracción, escaló uno de aquellos acantilados y, de repente, le vimos asomado al mar desde lo al­to de uno de ellos, contemplando, como fascinado, el nacimien­to y la muerte de las olas. Mi esposa, que se había incorporado, al creerle en peligro, y tan fuera de nuestro alcance, no pudo con­tenerse y lanzó esa expresión de lo absoluto de una impotencia que es el grito. Y acaso fue este lo que hizo que el pequeño, sobresaltándose al oír algo para lo cual creía no había motivo, tropezara y cayera, ante nuestra desesperación y nuestro espanto que dieron plenitud a esos dos pares de ojos ahora abiertos sin remedio, y como para siempre: enseguida el mar cerró sobre él su boca caníbal y lo negó, como si aquel cuerpo no hubiera nunca existido, sin acordarse de que un minuto antes él lo había mi­rado, Ya me disponía a arrojarme al agua cuando… pude ver, lo mismo que Cristina, cómo Dionisio emergía de nuevo, nadando con una soltura y una perfección indignas de un muchacho de esa edad. Por fin, llegó a la orilla, completamente neutro, como si nada hubiera ocurrido -no ya en el mar, donde nada ocurre, si­no tampoco en él, y ni siquiera en nosotros-: por primera vez Cristina le reprendió con cierta severidad, mientras yo permanecía en silencio.
En el camino de vuelta a casa, y en medio de la mudez general, arriesgué una pregunta: quise saber dónde diablos había aprendido a nadar tan bien; el niño tardó unos instantes en contestarme y había empezado a hacerlo cuando mi esposa, sin darse cuenta -dado que no había prestado atención alguna a aquel intento de diálogo entre él y yo-, se lo impidió bruscamente, diciendo: «En cuanto lleguemos a casa, te quitas la ropa mojada y te vas a acostar».
Y, una vez más, la banalidad aparente de la existencia cotidiana clausuró toda apertura al misterio.

Pero pronto este había de manifestarse sin timideces: fue di aquellos tres meses de permanencias del niño en nuestro hogar cuando empezaron a suceder los primeros incidentes cuya extrañeza e insulto, nada ni nadie podría paliar, y que yo, sin saber al principio por qué indefectiblemente atribuí a Dionisio, quien tal vez se atrevía ahora a dar curso solapado a su verdadera naturaleza porque sabía que ya no podríamos de­volverlo al asilo, pasado todo ese tiempo, durante el cual había esperado.
La primera vez mi escritorio apareció cubierto de cadáveres de moscas: en los primeros instantes, casi ni lo advertí, tan inaudito era el hecho; tuvo que pasar algún tiempo para que la rea­lidad de aquello se impusiera, intolerable. Y entonces, como he dicho, y sin siquiera reflexionar, supe que él lo había hecho: aunque mal podía acusarle de algo que no sólo a un niño, sino que ni siquiera a un hombre se le hubiera ocurrido ejecutar, se lo relaté, temblando, a mi esposa, quien, pasada la primera extrañeza, declaró que él no podía haber sido el autor del hecho. En­tonces, ¿quién? Sabía lo que ella sospechaba: que había sido yo mismo; no obstante, fue algo muy distinto lo que me dijo: dijo que la nueva criada le parecía algo extraña, que tenía gestos y mirada de enferma, por todo lo cual no era muy improbable que hubiera sido ella; y debo confesar que aquello tenía una tenue lógica, porque siempre es más fácil sospechar de lo viejo que de una criatura cuyo cabello, sin lugar a dudas, resplandece.
Pero más tarde las moscas muertas habían de abundar: mos­cas muertas en la taza de té que mi mujer me había preparado pa­ra el desayuno, moscas muertas en mi cama… y todo era tan in­sensato que no me aventuré a hablarle a Cristina -quien dormía en un cuarto aparte, desde hacía algunos años- después del fra­caso de la primera intentona, por miedo a que me creyera loco, y que atribuyera todo a los efectos de su enemigo, el alcohol; por­que aquella maldad era sutil, no era terrena. Y pensé que había si­do yo mismo quien lo había hecho, o quien lo había construido en la oscura fábrica de mi alma, y quise dejar de beber.
Para apartarme de la pesadilla, seguía teniendo, aparte de una lectura que frecuentaba cada vez con más indolencia, las apari­ciones escasas de los pocos amigos que aún me quedaban. Y tampoco a ellos les relaté nada de aquellas primeras apariciones de lo inaudito, pensando en que cesarían tan rápida y súbitamente como habían surgido de las tinieblas. De esos pocos amigos que aún me eran adictos el único que mantenía una relativa asiduidad en sus visitas era ese vecino del que ya he hablado de nombre Jorge, Este era un ser afectuoso y Mando como su perro, y tan insignificante que su presencia o su ausencia apenas eran diferentes. Solía venir a cenar algunas veces y se quedaba en Ocasiones después de la cena a jugar a las cartas con nosotros. Cuando hablaba, acostumbraba a fatigarnos con historias que la mayoría de las veces se referían a la tortura que para él fue su mujer, cuyo nombre, Marta, repetía en sus monólogos hasta la saciedad: al parecer, había sido ella quien lo había reducido a su actual insignificancia, al obligarle a dudar un tan enorme número de veces de sí mismo y al reducirlo mediante la injuria a la mera banalidad que es la existencia humana si privada de la palabra, o del reconocimiento, o del sueño. Y he hablado de esta nula amistad por cuanto, para Jorge, al contrario que para mí, y como ya creo haber declarado, la presencia de Dionisio no estaba revestida de ningún brillo -que no fuera el emanado de un limpie afecto-, pero tampoco de ninguna maldición. Lo que forzaba a quedarme aún más a solas con mi propio asombro.
Dos o tres días más tarde, después de la última visita de Jorge, una mañana en que había amanecido como siempre, sin piedad, el espanto volvió a invitarme a la mudez: abrí, nada más despertarme, el libro que creía estar leyendo, con avidez de escapar a la mordedura de los recuerdos rápidos y estruendosos que había hecho la borrachera de la noche anterior, transcurrida en la ciudad en medio de individuos semidesconocidos: recuerdos de impertinencias, de interminables torpezas, de húmedos errores, sin la mirada de otro -de mi mujer, por ejemplo- a mi lado para calmar su hambre. Abrí pues el libro y lo encontré, con un sobresalto, lleno de una especie de filamentos viscosos que se pegaban a las manos: pensando, quizás, o delirando, descubrí que eran decenas de telas de arañas aplicadas con sumo cuidado a las páginas del libro ruinoso. Quise gritar, pero habría despertado a mi mujer, quien, como ya he dicho, dormía en la habitación vecina a la mía. Tal vez, volví a pensar, la criada estaba, como sospechaba Cristina, efectivamente loca. Sin embargo, decidí de antemano no solicitarle a mi esposa que la despidiera, porque en el fondo sabía que no había .sido ella. Pero, de no ser así, alguien por fuerza debía estar loco en aquella enorme casa. Y, de repente, me asaltó un previsible temor: ¿eran aquellas tal vez las apariciones repugnantes que suscita ese destino de quien bebe siempre llamado delirium tremens? Y quise hablarle de ello a mi mujer, pero tuve miedo de su mirada, De manera que me limité a arrojar el libro al amanecer y al jardín, y luego me eché a llo­rar. Finalmente, pensando que acaso Cristina pudiera encontrar esa pesadilla, salí afuera y la enterré cuidadosamente bajo la grava del jardín, como a un sueño. En otro tiempo hubiera lamentado la pérdida de aquel ejemplar -se trataba de De postu­mo die de Basílides- pero ahora sólo sentía un inmenso terror.

A pesar de lo ocurrido, los siguientes días transcurrieron nor­malmente, así que traté de olvidar aquellos hechos -o lo que ya había creído que eran hechos-. No obstante, un día, borracho co­mo casi todos ellos, pensé que amaba de nuevo a Cristina como antes, y quise hablarle, no como lo hacía, como un amigo, sino como su marido, o como su amante. Fue un monólogo vehe­mente, y puesto que ella me escuchó y llegó incluso a abrazar­me en silencio, me atreví a relatarle lo del libro y los tejidos de araña; y entonces ella calló, y se quedó mirándome con ojos en los que demasiado gritaba la sospecha, una sospecha que me era de sobra conocida.
De modo que me retiré a mi despacho en silencio, porque aún me gustaba sentarme frente a mi escritorio -el mismo en que habían aparecido las moscas- pensando que iba a escribir, lo que, sin embargo, ya no hacía nunca.

En todo caso no era propio de un niño rígidamente educado -aun cuando hubiera sido en un orfelinato- lo que Dionisio hi­zo conmigo el día de su cumpleaños. Yo me había molestado en buscar, en uno de mis cada vez más escasos intervalos de luci­dez, un juguete para él: algo, a ser posible, que agradara a un tiempo a Dionisio y a su madre adoptiva. Consulté a Jorge y a algún que otro residuo de mis amistades y al final opté, guiado por sus consejos, por un enorme muñeco de trapo de figura extravagante, casi parecido por su tamaño al animal que bacía humano, y que no existía: se trataba en efecto de algo semejante a una cabra, pero con cola de pez o de sirena, y que estaba adornado de una sonrisa triste, como la que suele animar el rostro de esta clase de muñecos, que le prestaba un encanto indefinible; sin saber por qué me pareció lo más adecuado para el pequeño y, por otra parte, como me gustaba a mí (quizá por recordarme algún lejano horóscopo sumero-acádico), pensé que también le gustaría a la que él llamaba madre. Pero, cuando se lo entregué al niño -en un instante en que Cristina no estaba delante, habiendo salido para traerle su propio regalo- este se echó a reír con aquella risa suya tan parecida a ese misterium iniquitatis que es la risa en sí misma, uno de los sinónimos del mal. Y enseguida me escupió a mí levemente, y escupió también sobre la cabra o la sirena. Iba a regañarle y a compartir luego mi indignación con mi mujer, cuando esta entró y pude ver cómo el pequeño diablo se abalanzaba rápidamente hacia ella para abrazarla: y la sonrisa que entonces le dirigió Cristina -la mujer que ya no amaba, pero a la que deseaba infinitamente amar- heló en mí todo proyecto de represalia.
Al día siguiente fue mi periódico lo que encontré hecho pedazos: y eso hizo, menos por el hecho en sí que por lo que significaba con respecto a mí, que no pudiera ya contenerme por más tiempo -como el grado de más que transforma el agua en vapor-me decidiera a enseñárselo a Cristina: ella se quedó entonces mirándolo, como estúpida, y supe otra vez por sus ojos que dudaba si no lo había hecho yo mismo. De todos modos no desfallecí y le relaté a continuación el breve episodio del cumpleaños: «hora ella se quedó pensando y al final murmuró, dubitativamente, porque sabía que iba a herirme, pero murmuró: «No era un regalo propio para un niño» -aunque al final accedió a hablarle. Y e pedí perdón por el crimen de haberle dicho la verdad.
Esa misma tarde sostuvo una larga conversación con el niño, a la que me pidió que, por favor, no asistiera yo: y, al volver de ella, supe de nuevo, sin la ayuda de palabras, por sus pasos lentos, por su cabeza baja, y, lo mismo que otras veces, por ese acuario transparente de sus ojos, que la había convencido, y que me tenía ahora por el único culpable -a mí, o al alcohol que casi no era ya otra cosa que yo, o a mi imaginación-Y me di cuenta de que aquel chiquillo se había convertido en mi enemigo, en el más inteligente y peligroso y bello de mis enemigos.

Sin embargo, las apariciones de lo incomprensible, de lo in­tolerable, dejaban entre sí algunas pausas, como un verso. De manera que luego de aquellos incidentes que parecieron, pese a su volumen, insignificantes, pero debido quizás a su extrema densidad, poner al menos para mí en peligro la subsistencia mis­ma de la realidad, hubo de nuevo paz en mi hogar, o en mi men­te, durante algún tiempo. Como si la esperanza formase parte del tormento, tuviese en él un lugar insustituible. Y después de unos días de aquella renovada paz y de que la vida se hubiese otra vez vuelto insípida, incolora, y por tanto imperceptible como era su costumbre, llegué a pensar, poniéndome así de acuerdo con el rostro sin fisuras del otro, desierto en el que sólo los rasgos de mi mujer obraban a modo de un poco de vegetación o de agua, llegué así a pensar, al igual que ellos, que todo había sido una alucinación mía -quizás incluso aquel niño, y mi esposa, y yo, que me soñaba, quién sabe dónde, y para qué.
Nuestro buen vecino Jorge era un buen emblema de aquella paz sin sabor y de aquel murmullo tenue de la realidad que se re­anudaba. Este, desde que Dionisio se añadiera a nuestras vidas quizás como la incógnita de una ecuación insoluble, o como la «x» que representa el resultado desconocido de un álgebra en la que también los otros términos se ignoran, Jorge, digo, había desde esa suma menudeado sus visitas, atraído por la curiosidad del acontecimiento nuevo, y en esta última semana de relativa man­sedumbre de los hechos habíamos tenido ocasión de cenar con él bastantes veces: una de ellas mantuvimos una acalorada dis­cusión sobre temas más abstractos que el nombre de Marta, que tan viscosamente abundaba en sus labios. El tema principal de nuestra confrontación de discursos fue introducido directamen­te por el bueno de Jorge, quien se sentía particularmente inte­resado por las recientes investigaciones de un psiquiatra vienes llamado Sigmund Freud, las cuales parecían probar inequívoca­mente unas relaciones de causa a efecto entre las manifes­taciones mórbidas de la mente y la sexualidad, especialmente aquella considerada como «perversa». Esa noche nuestro vecino había comenzado a explicarnos una de las últimas tesis de este oscuro individuo, al parecer judío, como buen aficionado a los argumentos insólitos: se trataba de su análisis de las memorias de un delirante, presidente del senado prusiano, según creo (cargo que, nos aclaró Jorge, mantuvo hasta en las manifestaciones
más atroces de su delirio), y cuyo nombre, si mal no recuerdo, ira algo así como «Schreber»; pues bien, dicho análisis mostraba a las claras (al menos era esta la opinión de Jorge), por medio de brillantes deducciones, que existía una conexión profunda entre esa enfermedad que era la de Schreber, esa enfermedad tan parecida a la tela de araña que se nombra como «paranoia», y la homosexualidad. Yo, en contra de lo que decía Jorge, me sentía inclinado a considerar demasiado simple esa explicación a la que, por otra parte, faltaba explicar; sin embargo, mi mujer sin­tió desde el principio un vivo interés por la hipótesis y pidió a Jorge más aclaraciones sobre ella.
«Esta hipótesis está, como ya os he dicho, deducida de los escritos de un paranoico que, como todos los enfermos de esta ín­dole, no perdió nunca la razón, y que incluso aducía los más resplandecientes argumentos para envolver la oscuridad de su delirio, porque, mi querida Cristina, no sé si ya sabrás que se trata aquí de una curiosa enfermedad, en la que la palabra no se abandona como en otras, y que es incluso capaz de convencer. Pero el punto nuevo en la consideración de la paranoia, dado no sin escándalo por este médico vienés, es el siguiente: para el paranoico, todas las relaciones humanas están en peligro porque han sido subconscientemente desimbolizadas, “desublimadas” -te acordarás que ya te hablé de lo que este judío entendía por “sublimación”- y se encuentran por ello en todo momento a punto de volver a lo que, para Freud, fue la primitiva realidad de los lazos sociales, es decir, la homosexualidad: la relación social directa, no simbolizada. De ahí el peligro en que pone a los demás y a sí mismo, y de ahí el miedo y la sensación de persecución que, como el peligro es real si bien impronunciable para todos, a menudo no es sólo un delirio, sino, como dice el mismo Freud, una realidad que el paranoico percibe subconscientemente.»
Debo decir que a duras penas escuché sin interrumpirla esta larga perorata, con el mismo estado de ánimo que, sospecho, durante toda su vida debió sentir Marta ante la insoportable pedantería de Jorge,
cuyo estilo altisonante he tratado de reproducir por escrito, Por lo demás la «explicación» me pareció, reducida a su esqueleto de verdad y sin estar ya arropada por el lujo de las palabras superfluas, ridícula e inverosímil en especial la parte de ella que postulaba una primitiva homosexualidad general, y, repito, demasiado simple: y así se lo hice saber a Jor­ge, es decir, naturalmente de una forma mucho más suave que aquella en la que lo pensé.
«Querido Jorge», le dije, «ninguna medicina, ninguna teoría, ninguna ciencia puede dar cuenta del dolor de la locura.»
Instantes después de mi última frase nuestro vecino se mar­chó, y Cristina, pensativa, me dejó también para irse a dormir. Me quedé entonces sin saber qué sentir ni qué pensar, con mi espíritu en un estado de abominable vacío y suspensión; de ma­nera que, tratando de sentir algo a toda costa, de dar alguna pre­sencia a mi alma, alargué una vez más mi mano hacia la botella de whisky -que no había aparecido en toda la noche, dado que Jorge no bebía- y bebí largamente. Tuve inmediatamente que es­cupir todo el inmenso trago, porque sentí que había ingerido al­go asqueroso: y, en efecto, había ahora en el suelo mezcladas con la saliva y la humedad del alcohol, unas cuantas manchas negras que pronto algo me dijo que eran… moscas.
Esta vez no podía haber sido la vieja sirvienta, porque había comprado yo mismo la botella esa tarde después de las seis, que era la hora a la que ella se marchaba (arreglo al que habíamos llegado con ella no por motivos de un innecesario ahorro, sino por cuanto no deseábamos en casa ninguna presencia excesiva, y excesivamente próxima: el jardinero dormía también en su ca­sa). En cuanto a Jorge y mi mujer, la más elemental cordura los descartaba de antemano, especialmente, pensé irónicamente, al primero, por cuanto alguien que sentía un tan delirante interés por la psiquiatría difícilmente podría haber sido capaz de aque­lla tenaz locura. Tenía pues a la fuerza que haber sido Dionisio: y su nombre me pareció, al pronunciarlo en mi mente, cada vez más ridículo, y más irritante. Pero ya no podía decirle nada a mi mujer, era inútil, y peor. De manera que al día siguiente hice lo único que estaba en mi mano hacer: le hablé a él directamente, mostrándole la botella con miedo y con cólera: y él entonces volvió a reírse, a reírse con una risa ronca, como si quisiera evi­tar que Cristina le oyera, como si quisiera por todos los medios aislarme de todo y de todos, para mejor destruir así mi cabeza.
Y pensé que mi cerebro explotaría y que él lo sabía y lo esperaba.
A todo esto, mi esposa, quizás porque veía que yo iba cayen­do víctima de mí mismo (o más bien de esa fuerza oscura que habita en nosotros y quiere destruirnos, de esta fuerza que hace el destino y que tal vez se parezca a lo que las recientes infor­maciones de Jorge acerca del «psicoanálisis», daban el maligno nombre de «ello» o «inconsciente»), pareció volver a amarme. Me cuidaba como sólo lo hizo al principio de nuestro pacto arrugado por el tiempo, limpiaba y ordenaba ahora con extrema paciencia mis libros, borraba mis vómitos, llegaba incluso a comprarme ella misma el veneno que sabía que yo necesitaba: las botellas de vodka, o de ron, o de whisky. Pensé que aquel cam­bín podía también deberse, lo mismo que el pasado horror, a la influencia polivalente de aquel niño o de su símbolo, y volví a amarlos a ambos, y a creer que el único que merecía odio era yo mismo, o el alcohol, o esa fuerza oscura. Finalmente, un día, me sorprendió que hubiéramos cambiado de criada: sin duda aque1lo se debía igualmente al nuevo amor de mi esposa, que quería a toda costa agradarme y agradar incluso a mi enfermedad, o a mi imaginación, o a mis pesadillas.
Y entonces quise, por primera vez con algo de gravedad y un asomo de decisión -andrajo de mi voluntad cuarteada, que mendigaba en una esquina de mí mismo- ir a un sanatorio, y volverme otro. Pero no dejé ni siquiera aquella tarde de beber.

Por fin un día me desperté y repetí aquel gesto que me condenaba al Infierno: el de asir con la torpeza de la mano la botella de ron, o de whisky: esa botella a la que atribuí en uno de mis versos primeros el carácter de residencia del diablo. Y debí de verle allí, aquella mañana al menos, porque la miré de súbito con horror, como si no fuera mía ni de nadie que vive, se vuelve estúpido o loco, y muere. Y acto seguido la arrojé al jardín, volviendo los ojos para no verla siquiera desaparecer; y quise que aquello fuera definitivo, aunque el gesto no era tampoco único, ni primero: es más, el jardín debería estar lleno de botellas llenas, o vacías, o semivacías, o de cristal verdoso o, transparente, si el jardinero no las hubiera recogido con una probable sonrisa, o sin ella. Pero pensé, o quise pensar, que aquella sería la última vez, o la primera.
Y, cuando se levantó Cristina, aún me duraba aquella volun­tad y aquel esfuerzo que su nuevo amor me había sugerido, y le dije con un tímido incendio en mi mirada que iría por fin a aquel sanatorio, que imaginaba sólo tan blanco como el color de los al­fileres que, en el vudú, significan muerte. Ella se limitó a son­reír tristemente, ya que no me creyó.
Sin embargo, lo cierto es que no bebí durante aquel día ente­ro, aunque todo él estuve pensando en hacerlo, salvo los breves minutos en que me ocupé, ya avanzado el crepúsculo, en arre­glar mi maleta como quien prepara su ataúd, para el día si­guiente.
Y, efectivamente, al otro día partí: y, durante toda mi penosa estancia en aquel sanatorio que era tan blanco como la imagina­ción lo nombró, y espantoso y en silencio casi siempre, pensé en mi mujer, que venía a verme muy a menudo -si bien sin el niño (dijo que estaba resfriado, una vez, otra que se preparaba para los exámenes, otra que no quería que viera nunca aquel lugar, pero lo que yo pensé es que Cristina tenía miedo de aquel en­cuentro con lo que yo había creído era la causa de mis pesadi­llas, y que esperaba para él a verme completamente curado)- y pensé también en Dionisio, renovadamente, con fe en que podría amarlo a mi vuelta y verlo otro, porque a partir de ahora -a par­tir de mi sufrimiento infinito en aquel sanatorio- desaparecerían para siempre aquellas moscas tragadas por el mismo agujero del que habían surgido, el agujero que hay detrás de nuestra alma, y que nos espera.
Por fin, después de varios e interminables meses, regresé a casa feliz, y volví a vivir. Mi mujer me había ido a buscar al sanatorio, y me acompañó a nuestro hogar sin dejar de hablar, rompiendo el silencio de muchos años. Dionisio nos esperaba en la puerta y corrió a abrazarme, primero, a mí, y después a ella. Mi alma se había vuelto clara y limpia de amenazas, y su­pe que había dejado de morir. Quise entonces desenterrar, co­mo si me desenterrara a mí mismo, aquel viejo libro, que había soñado recubierto de telarañas, pero ya no estaba, esto es, sin duda no recordaba el lugar donde lo había sepultado.
Esa tarde quise que lleváramos al chico a algún teatro dedicado a los niños, y así lo hicimos, contemplando sin dejar dé mirarnos a nosotros mismos, con el deseo constante de compartirlo todo, una representación de las fábulas de La Fonlaine, pese a que nos parecían aburridas y absurdas, a todos nosotros incluido Dionisio, pero pensando sin duda que era mejor así, por­que ello nos daba la ocasión de estar separados de la obra y cerca de nosotros mismos, y de nuestra felicidad que comparé, en una frase destinada a Cristina, a un agua que crecía y crecía hasta tomar la forma de una gigantesca ola para anegarnos, o -dijo ella- para arrojarnos desnudos a una playa en que podría­mos vivir.

De manera que, por fin, aquel tópico que se denomina «nueva vida», habitual en las canciones y en los folletines, parecía igual a la realidad arisca a ser novelada, reacia a asumir la forma de una fácil melodía. Comencé, como también se suele decir, a «ver todo de otra manera», y esto no sólo a nivel de mi pensamiento, sino incluso al de mi percepción: las paredes y los cuadros y la hierba del jardín y los dos crepúsculos -especialmente el primero, antes tan aterrador- se presentaban a mis ojos lavados de la angustia que antes los encogía y del frío que los obligaba a una forzada rigidez: todo se desplegaba, y era como si la fatigosa perfección de mi biblioteca se hubiera vuelto un cuerpo, o un color, o una vida; como si aquello que se derramó sin que yo jamás pudiera tocarlo en todos los libros que había leído se hubiera transformado en un tacto milagroso, como si aquella agua final se hubiera coagulado milagrosamente en la maravilla de un Lago Total.
De cualquier manera, es sabido que nadie es capaz de describir o adjetivar lo nuevo, porque la palabra no sabe de singularidades: por ello nadie habla de su nacimiento, ni la primera y dolorosa percepción de la luz consta en los anales de la memoria; perdóneseme, pues, esta falta de conceptos y este derroche de metáforas para, designar mi segundo nacimiento, en el que la realidad era más perfecta que yo mismo, en el que incluso yo mismo era superior a mi idea.
No necesito decir que, al proclamarse la noticia de que era yo otro, todos aquellos, que creían más en la libertad que en la identidad inmutable de una persona consigo misma, volvieron a acudir, si bien ron cierta lentitud, a nuestra casa, y esta dejó de estar habitada por los pasos resonantes de la soledad y, acaso, por la invencible y monótona charla de Jorge, para volver al ruido de la vida y a su pluralidad sin ecos, a su opacidad dichosa. En mi casa no se volvió a jugar a las cartas, ni a hablar de «psico­análisis», sino que se vertieron las fiestas, y la bebida -que aho­ra yo no probaba y por la que no sentía ni siquiera la menor en­vidia- y la música de algún fonógrafo sustituyeron por un momento a la palabra. Y ello, pese a que algunos no creyeron no ya en mí, sino ni siquiera en la salvaje blancura del sanatorio, y prosiguieron hablando, como aquel, el lenguaje «claro» de lo in­humano, sin acudir a la cita con un hombre de distinta piel y de distintos ojos y de distintos pasos por la grava. Pero baste decir que volvieron los mejores y que, gracias a su contacto reanuda­do, supe de nuevo lo que era un sabor más denso de esa varie­dad, que puede ser infinita, de procesos, y a la que se miente co­mo una unidad al llamarla «vida». Y también- los ojos de mi mujer dejaron de ser dos cenizas para volver a arder, y su alma volvió a decir.
No será preciso aclarar que, además de mi yo recién estre­nado, Dionisio fue la estrella de aquellas fiestas que, como to­do lo que verdaderamente representa placer, no dejaron huella alguna en el alma. Se derramó -por parte de todos, menos, co­mo ya he dicho, de la mía- mucho alcohol y muchas fáciles bromas en homenaje a aquel insecto al que yo ahora empezaba a ver unas brillantes alas. Y fueron también muchos los regalos que mis amigos idearon para el niño y que este almacenó con cuidado, sin, empero, jugar apenas con ello, lo mismo que había hecho siempre, pero con una diferencia en esta ocasión: ya que ahora se le veía jugar con más frecuencia, pero para esos juegos contaba casi únicamente con el juguete absurdo que yo le había obsequiado hace tiempo y al que dotaba, en sus ahora más numerosos juegos -a los que a menudo me invitaba-, de una riqueza de sentidos que yo no hubiera sido nunca capaz de pre­ver: y parecía a veces mostrarme aquel trasto como un desafío, aquella inutilidad como una extraña amenaza, insinuación que, si bien se hizo presente en un cerebro que luchó contra ella con todas las armas del buen sentido, y quizá por esto mismo, yo no alcancé entonces a comprender siquiera remotamente. De cualquier modo así pasó casi un mes, como un día, que bastó para definir la dicha, como antes se necesitaron tantos años para con concretar el gusto del desastre.

Transcurrido ese mes, una mañana que apenas recuerdo, me despertó un grito desesperado y atronador, proveniente de la es­calera: y, al incorporarme vi mi cama, en la que había vuelto a dormir mi mujer, vacía como antes lo estuvo. Me levanté aprisa: sabía que Cristina acostumbraba a bajar velozmente las escale­ras, pese a que yo la había prevenido en contra de ello con fre­cuencia, y temí que se hubiera golpeado al hacerlo. Corrí pues persiguiendo en el aire los jirones del eco que aún quedaba del estruendo: y pronto, desde lo alto de la escalera, vi a una mujer en ropa de cama tendida en el suelo al pie del último escalón, con el cráneo sangrando visiblemente. La nueva criada, que había acudido antes que yo, estaba inclinada sobre ella y, al verme, se enderezó dirigiéndome una mirada de horror. Me lancé hacia abajo, pues, corriendo y, al hacerlo, estuve a punto de tropezar con el juguete de trapo que le había regalado a Dionisio para su cumpleaños, semioculto bajo un escalón: y en ese momento -pe­se a saber a esa mujer que era la mía moribunda o quizá muerta-, me detuve para contemplar aquel objeto, con la certidumbre que volvió a mi alma como una enfermedad, o un dolor, de que había sido Dionisio quien lo colocara allí, con el deliberado propósito de hacer caer a mi mujer -una caída que él no podía sino saber que desde esa altura significaría sin remedio la muerte, o al me­nos, una herida grave-. Y creí comprender entonces el porqué de su reciente preferencia por aquel juguete grotesco, y lo que me pretendía insinuar con sus pasados juegos. Luego bajé para estar cierto de lo que, por la sangre, pero sobre todo por la actitud im­potente de la sirvienta, ya sabía: para estar seguro de la muerte. Y, ¿quién sino él -me repetía- podía haber colocado allí aquel ju­guete, aquella ingenua, pero eficaz, trampa mortal?
De modo que, tras comprobar que Cristina había muerto, me abalancé sin perder tiempo hacia el cuarto del niño y lo encontré a oscuras, con los postigos echados y, sin embargo, creí ver, co­mo luego resultó ser, cuando abrí las ventanas, ¡un libro en sus manos! Cuando abrí con violencia las ventanas, él apartó ense­guida su rostro de la luz, como de una enorme molestia. Al ha­cerlo, dejó indolentemente el libro sobre su mesa de noche; el li­bro que, al parecer, leía en la oscuridad, o que al menos había abierto estando todavía el cuarto a oscuras, no era un libro para niños, ni tenía dibujo o ilustración alguna que distrajera de su gravedad: porque, en efecto, se trataba de un libro de mi biblioteca, y que nunca habría juzgado adecuado para la moral de un niño; el libro en cuestión era El Océano de Andreiev. Pero todos estos detalles que ya de por sí habrían, en otro momento, des­pertado mi alarma, en esta ocasión pasaron casi desapercibidos y sólo puede decirse que los «vi», que aumentaron mi inquietud, cuando los recordé más tarde: porque en aquel momento nada podía incrementar una angustia que estaba ya de antemano colo­cada en su punto máximo; la muerte de mi mujer, estúpida co­mo suele ser lo irrevocable, no había dejado al principio lugar en mi alma para otro concepto, ni otra sensación. Agarré violenta­mente a Dionisio con la misma fuerza y desesperación con que hace unos meses había asido la botella para arrojarla al jardín y le pregunté con un grito si había sido él quien colocara en la escalera la cabra, o la sirena. Y quise pegarle, destrozarle, pero él no respondió: se quedó mudo, mirándome con ojos asustados.
Salí de la habitación sin más; y, cuando me dirigía sin saber­lo todavía -porque en mi cabeza no había pensamientos- hacia una botella de alcohol, creí escuchar detrás de mí, proveniente de la habitación del niño, una especie de silbido que no era hu­mano, pero que tampoco podía atribuirse a los muebles, ni al viento, ni al azar.
Pasé todas las espantosas y lentas diligencias que acompa­ñaron a la muerte de mi esposa -el funeral, el entierro, las visi­tas de amigos, a algunos de los cuales no había visto hasta ese día- completamente ebrio desde el amanecer hasta cuando caí dormido, por segunda o tercera vez, al anochecer sobre mi ca­ma. Sin embargo, hice todo lo posible para que nadie notara mi estado ni ese vértigo de alcohol, porque no quería que nadie me arrebatara la custodia de aquel niño, que encerraba un misterio, o una culpa, que era ahora mi único tesoro, que era ahora mi úni­ca razón para sobrevivir, mi única vida.
Al cabo de algún tiempo, como el mar cierra pesadamente La herida que ha abierto en él la espuma de algún barco, la desesperación y el horror volvieron a ser normales. Ninguno de los amigos renovados tan súbitamente, quiso oírme lamentar duran te demasiado tiempo: porque no ya el amor, sino ni siquiera el dolor más sublime y profundo son tolerados cuando se reiteran día tras día, con las mismas palabras y con los mismos gestos. De manera que al cabo de cierto tiempo volvió a ser Jorge el úni­co en ayudarme la tristeza, como también hacía el sonido de los tranvías a lo lejos, y en reforzar mi desolación con su inevitable presencia. Me hablaba ahora de Marta como de un paralelo con mi catástrofe, pese a que yo en ningún momento lo podía reco­nocer como tal. Venía, hablaba, cenaba -una cena interminable­mente más pobre y exhausta que aquellas con las que Cristina le obsequiaba en otros días ¡tan cercanos a pesar de todo!- y final­mente se despedía cuando era demasiado evidente, hasta para él, que nadie allí le escuchaba, a no ser las paredes, o la superficie húmeda de sudor de mi piel, o mis cabellos negros. En definiti­va, el silencio reanudó su certidumbre y volvió a hacer más vas­tas las habitaciones, molestado apenas por la palabra cansada de Jorge.
Durante todo ese tiempo -los primeros dos meses-, apenas dirigí la palabra o miré al pequeño Dionisio, pese a que secreta­mente lo deseaba, y contaba como he dicho sólo en él para una difícil e improbable supervivencia. Pero, cuando hubo transcu­rrido esta porción de eternidad, comencé poco a poco a pensar con serenidad sobre lo que ocurrió en la escalera y empecé a dis­currir que aquella estúpida muerte había sido sólo el producto de un accidente del que la atroz necedad del azar era el único cul­pable. Así pues, una tarde, cuando volvía de visitar la tumba de Cristina -ese agujero para mis lágrimas-, me acerqué al pe­queño y, no sin algo de esfuerzo, le acaricié la cabeza rubia en señal de perdón. Pero ¿por qué entonces hubo de saltar sobre mis rodillas y besarme, besarme? Besarme ¡en la boca! Y luego hacer un mohín femenino y guiñarme el ojo como una prostitu­ta, diciéndome «Sólo te amo a ti». «¿Y a tu madre, entonces?» y él sólo «También, pero está muerta». ¿Cómo podía yo amar, ni nadie, a un niño así? Sin embargo, decidí hacerlo, costase lo que costase, en recuerdo de aquella escasa superficie de mármol blanco, sobre la que me arrodillaba pese a no creer en Dios ni en la inmortalidad.
Fue poco después de aquello cuando descubrí que Dionisio llevaba un diario, lo cual no era extraño en un ser humano de esa edad, en que se cree tener tantas cosas que relatar con tor­peza. El niño se comportaba ahora cariñosamente conmigo, aunque eso, como he dicho, era quizás lo peor: dado que su cariño se convertía fácilmente en viscosidad. Sin embargo, sus in­tenciones eran buenas, y todo por tanto me invitaba a amarle de nuevo, y mi voluntad, como he dicho también, quería hacerlo, pese a que algo dentro de mí me lo impedía silenciosamente. Aun cuando creía haberle perdonado, no podía olvidar a Cris­tina, y seguí bebiendo -extraño homenaje a su memoria- cada vez más, a escondidas del pequeño y de todos, incluyendo el re­cuerdo de aquella mujer, que me quemaba a veces. No obstan­te, por las mañanas atroces, los días que Dionisio no tenía que ir al colegio, reservaba algún pequeño intervalo de lucidez ator­mentada y difícil para tratar de jugar con él, pero, como es ló­gico, sin aquel doble animal de trapo que me había preocupado el primero, o acaso el segundo, día que siguió a la muerte de mi esposa por quemar deliciosamente en el jardín trasero.
A pesar de mi tentativa de amor y de juego con Dionisio, en una ocasión en que este se hallaba en la escuela, decidí traicio­nar su intimidad. Me había emborrachado aquel día demasiado prematuramente y, llevado de esa necesidad de no estar solo o al menos de hablar que nos acomete en ese estado que nunca es só­lo cosa nuestra, quise dialogar con alguien aunque fuera un au­sente y me propuse arriesgarme a ir al cuarto del niño, para es­piar su diario que él nunca me había enseñado, pese a que lo había sorprendido en sus manos más de una vez. Subí pues a su habitación, con cuidado, como si la improbabilidad de una pre­sencia pudiera sorprenderme. El cuarto estaba, como siempre, oscuro, pero tras de apartar los postigos busqué por todos lados, sin hallar en ninguno de ellos lo que buscaba. Volví a bajar para que la bebida me hiciera recobrar la decisión que aquella difi­cultad había hecho evaporarse en mi alma tan resbaladiza, subí de nuevo tras de ingerir rápidamente uno o dos tragos y, cuando me proponía registrar otra vez minuciosamente el espacio situa­do entre aquellas cuatro paredes, tropecé con una baldosa que estaba al parecer suelta y, animado por aquella voluntad insignificante o de insignificancia, o de juego, o de azar, la levanté de pronto y ¡allí debajo estaba su diario! Aquella minuciosidad en ocultarlo ya de por sí me extrañó, y comencé, ávido, a leerle, interrumpiendo a veces mi lectura -que tropezó primero con detalles insignificantes para cerrar los ojos tendido como estaba en
el pequeño lecho de mi falso hijo, o levantarme para mirar por la ventanal o temer el chirrido de la puerta de la calle.

De repente, me detuve a considerar algo que al principio me pasó inadvertido, pero cuya conciencia fue a partir de ahora lo primero en inquietarme seriamente: se trataba de la letra de Dio­nisio. En efecto, aquellos trazos no eran como los que uno espe­ra de un niño: eran trazos nada desmañados, de hechura perfec­ta y grandes; y ni siquiera la sintaxis, comprobé luego, era la propia de un niño de esa edad, sino la de un adulto, la mía. Pensé enseguida cómo era posible que aquel detalle no hubiera sor­prendido ni inquietado a nadie en la escuela: pero, como no había sido así de hecho, ya me sentía inclinado a retirar a aquel factor su relevancia cuando encontré la página fechada el día en que se mató mi mujer, y allí se decía, literalmente, escrito como lo anterior con letra clara y grande: «Hoy es el día perfecto pa­ra matarla…» (había escrito aquello, por tanto, si ella murió de mañana, por la noche; ¡lo había planeado todo desde el insom­nio!)… «hoy la mataré sin que nadie, sino él, lo sepa o lo sospe­che (sic), porque él, su horrible marido, ha vuelto curado, y pue­den ser felices…». Al leer aquello, casi grité: no podía creer ahora en la prueba de lo que tanto me había deleitado en sos­pechar confusamente, no pude creer, pese a que lo deseaba, has­ta haberlo leído varias veces. Entonces, ¡todo era cierto! Pero ¿cómo podía serlo? ¿Cómo? Y, para averiguar ese cómo inex­plicable, seguí leyendo, casi sin fuerzas. Al cabo de unos ins­tantes creo que me desmayé, pero recuerdo, creo recordar, que lo último que leí fue un párrafo tan abominable como incapaz de ser creído algo así como: «Ellos creen que soy humano, y nun­ca sospecharán que pertenezco al altivo pueblo que habita des­de hace milenios el fondo del mar -a ese pueblo cuyo orgullo le costó permanecer hasta que se cumpla el Plazo, en las tinieblas marinas, sin salir jamás, por voluntad de Adonai y de aquellos que moran en las estrellas, y que obedecen su palabra… Desde el día en que nos fue impuesto ese castigo -habitar las regiones inferiores, lo que los mortales llaman el “Infierno”- nuestra ra­za, infinitamente alta y noble, cultivó el Mal, en el que descu­brió un arte, y una riqueza… Ellos no sabrán jamás que mis se­mejantes me condenaron a lo humano por un horrible delito que cometió mi padre… que me abandonaron un día en medio de lo humano…».
No sé si he transcrito con exactitud las palabras que me des­lumbraron, pero ese era más o menos el increíble contenido del párrafo que, una vez que lo hube leído, me hizo, como he dicho, caer y desmayarme. Al despertar no hallé, sin embargo, el es­pantoso «diario»: había sido él, sin duda, él, o eso, eso que era peor que un animal, aquella horrible cosa, la que me lo había arrebatado de entre mis manos para tal vez volver a esconder, o quizás destruir aquella prueba, que lo hubiera condenado entre los hombres, si estos hubieran sido capaces de creer.
Busqué al niño como un loco por la casa, confiando en que no hubiera huido al saber que yo sabía: debía estar, ya que, en efecto, hace tiempo que era la hora en que regresaba de la es­cuela. Lo hallé por fin oculto en el viejo torreón -una habitación en una pequeña torre a la que llevaba una angosta escalera, ninguna de las cuales usábamos, pero que constaban, como una ex­travagancia arquitectónica más en aquella casa, de construcción antigua.
Le dije entonces -casi sin atreverme a pronunciar en voz al­ta lo que, como creo recordar que alguien dijo, era, al igual que toda verdad, increíble- lo que yo ya sabía, inútilmente porque, si me había despojado de su singular «diario», debía, como ya he dicho, saber que yo sabía. Le dije que era un monstruo, un monstruo asesino que no merecía la vida. Y por qué, ¿por qué, entonces, hubo de mirarme con aquella mirada desvalida y llena de terror, él que era un dios? ¿Por qué esa inútil hipocresía en un dios? Jamás le había pegado a nadie: pero creo que fue aquella mirada hipócrita, aquella cobarde negativa a confesar lo que había hecho y quién era, aquel propósito que leía en él clara­mente de volverme loco, lo que me movió a hacerlo por vez pri­mera. Creo que le golpeé salvajemente, con toda la violencia que puede un hombre cuando sabe, al pegar, que lo ha perdido todo. Al terminar, su boca, su nariz, todo en él sangraba: me miraba como un animal acorralado; y no pude soportar que me mi­rara, de modo que me di bruscamente la vuelta, como si acaba­ra de defecar y dejara allí mis excrementos, y me marché, no sin antes cerrar con doble llave la puerta, dejándole allí, en aquella habitación sin ventanas, a solas con su amada oscuridad. Pensé) mientras bajaba las escaleras, por un instante, que podría grita) pero las paredes de aquel torreón eran sólidas y, como he dicho sin ventanas sólo la terraza cuya única apertura me había preocupado también por cerrar con su llave v su voz, por el contrario, era débil, si aún le quedaba. Y además, lo único que oí, o ncreí oír a mis espaldas, mientras descendía rápidamente la es­trecha escalera fue, otra vez, aquel misterioso zumbido que había tenido ocasión de sorprender en una ocasión anterior proveniendo de su cuarto, y supe por él que me había equivocado.
Acto seguido, y como medida prudencial para evitar inespe­radas y ahora totalmente incómodas visitas de Jorge, me dirigí a su casa mientras cavilaba por el camino en algún pretexto para que me olvidase al menos por cierto tiempo. Ya próximo a la puerta de entrada de su casa, no se me había ocurrido nada más convincente para decirle que el siguiente y frágil pretexto, que fue finalmente el que aduje: le advertí que necesitaba estar solo, como mínimo durante una semana, con objeto de acometer la empresa de un libro con el que soñaba desde hacía tiempo, y cu­ya ejecución me distraería ahora de los aspectos más horribles de mi realidad. Jorge me contestó con una de sus acostumbradas pedanterías acerca de la necesidad ineludible de estar solo y mo­rir para poder escribir, y a continuación me despedí velozmente de él y me encaminé con pasos lentos hacia mi casa, con la sen­sación vaga entre los posos de mi alma de haber matado a un in­secto, hace poco tiempo.
Esa misma tarde, despedí a la nueva sirvienta y al viejo jar­dinero, y la casa se quedó a solas con el ruido de mis pasos, y con aquel zumbido, hasta que este se dejara de oír. E, instantes después, me emborraché como nunca antes creía haberlo hecho, deglutiendo una copa tras otra, como si se tratara de una especie de mimo hecho con copas vacías o simuladas. Pero, pese a ello, no logré sentirme ebrio, dado el estado tan intenso en que me en­contraba, hasta que hube bebido la segunda o la tercera botella de ron. Luego caí dormido en mi cama, como un animal.

Cuando desperté al día siguiente, muy temprano, apenas había amanecido me horrorizó profundamente lo que había hecho el día anterior, lo que recordaba con vaguedad. Pensé con esa cobardía o debilidad que es la cordura que, después de todo, aquello que había leído en el diario, muy bien podía ser el fragmento de al­guna novela, copiado por el niño en esas páginas, tal vez un fragmento que yo no recordaba de El Océano de Andreiev. Pero, a pesar de estas reflexiones, lo primero que hice nada más levantarme fue llamar por teléfono al colegio avisando que el niño es­taba enfermo, y que no podría asistir a sus clases durante algunos días. Además, continué pensando, El Océano no era una novela fantástica ni muchísimo menos hablaba de seres que habitan el fondo del mar y, además, si no había en aquellas páginas ningún secreto aterrador, ¿por qué había escondido tan cuidadosamente el diario que ellas componían y por qué luego se había preocupa­do de robármelo mientras estaba desmayado y, probablemente, de destruir aquella prueba? Sin embargo, mi pensamiento oscilaba de uno a otro extremo, se tambaleaba entre ambas como un navio que naufraga y así, al instante siguiente, se me ocurrió que de­bería llamar al médico para que le curase los golpes, pero ¿qué habría dicho el médico? Probablemente me habrían encerrado de resultas de aquello, y eso era con toda seguridad lo que aquel de­monio deseaba. Y no sabiendo, por tanto, qué hacer ni qué pen­sar, sin atreverme siquiera a subir y a mirarle, opté por mojar de nuevo en alcohol mi impotencia, después de obligarme a comer algo, a pesar de mi asco por hacerlo, con objeto de que el ron no abrasara mi estómago vacío, y me hiciera vomitar.
A medida que me emborrachaba, fui recordando todo lo su­cedido en mi casa desde la llegada de aquel a quien los demás llamaron «niño»: las moscas, las telas de araña, la risa y la muer­te, finalmente, debo decir, el asesinato de mi esposa, tal como aquellas palabras que -estas en modo alguno- no podían pertenecer a ninguna novela y se veía claramente que no pertenecían, confesaban abiertamente en unas páginas abiertas al azar. En­tonces surgieron memorias que el presente hacía atroces de los primeros días de mi matrimonio, cuando yo no era aún un alcohólico, y amaba a mi esposa tanto como ella a mí. En ese momento, loco de furia, me decidí a subir de nuevo al torreón, aun que sin saber todavía muy bien para qué.
Encontré, para mi sorpresa a Dionisio con un aire vivo y despierto, pese a que no había comido nada en el intervalo, ni bebido, y a que por todo su cuerpo había aún rastros de sangre seca. El segundo estupor fue ver cómo me sonreía con renovado desprecio, como si nada le importara lo que hiciera con él. Me dijo entonces, con una voz que no era la de un niño ni quizás tampoco la de un ser humano: «Voy a pagar de nuevo tu borrachera, ¿no es así?», y me hizo sentirme avergonzado, por unos breves instantes: enseguida me tragué la vergüenza como un salivazo.
Y, tratando de justificarme, le repliqué con vehemencia: «Ensé­ñame tu diario, monstruo, quiero terminar de leerlo, enséñame­lo si te atreves, especie de monstruo cobarde. ¡Enséñamelo otra vez para estar seguro!». Y entonces volvió a sonreír, con aque­lla sonrisa de anciano, llena de una mezcla de amargura, de per­versidad y de desprecio hacia mí -o hacia todo- y, en silencio, di­bujó con una tiza de colores (de las muchas que había esparcidas por el suelo, junto con trozos de cuerda y otros objetos sin valor que el tiempo había depositado allí) en la sucia pared apenas ilu­minada por la luz de la escalera, la silueta de un pez. Entonces pensé de nuevo que aquel siniestro enano quería volverme loco y le agarré otra vez fuertemente entre mis brazos y, sacudiéndo­lo con violencia, le espeté: «Sabes que nadie me creería si qui­siera revelar tu secreto, pero te encerraré aquí hasta que logre te­ner pruebas convincentes de su realidad y, si es preciso, te volveré a golpear para que hables…». Y en ese momento se es­currió de mis brazos y corrió hacia la puerta, pero lo atrapé en­seguida antes de que pudiera escapar. «Estáte quieto o te tendré que atar» -y él, sin contestarme ahora, miró de nuevo a aquel di­bujo, parecido a un delfín, en la pared, y sonrió otra vez con aquella misma sonrisa que me volvía loco. Sin embargo, tratan­do de no preocuparme por ello, le dije que le traería algo de co­mida y de agua, por si acaso sentía esas emociones humanas que son el hambre y la sed, y bajé enseguida con ese objeto, tras de volver a manipular la llave escrupulosamente, como quien ma­neja la cerradura de un tesoro.
Aproveché aquella pausa para beber más y elevar así mi áni­mo a la altura descomunal de las circunstancias. De repente, cuando ya había bebido bastante, recordé aquel símbolo horrible que el demonio había trazado en la pared, con una tiza de colo­res, aquel símbolo horrible parecido a un delfín, como el que adorna la firma de Lucifer en el supuesto pacto con los demo­nios de Urbano Grandier, que algunos atribuyen sólo a las ma­quinaciones de la Inquisición o de sus enemigos, pero que, sin embargo, está ahí y aún se conserva, extraño, inquietante, trastornador como el día en que fue descubierto, o trazado. Sí, recor­dé aquel delfín súbitamente y recordé también quién era Dioni­sio y que quería perderme, como ellos perdieron a Urbano Grandier, que quería a toda costa que me consumiera en la lo­cura como en una más espantosa hoguera. Y me decidí a impedírselo. De manera que, en lugar de llevarle comida como había pensado al principio, subí otra vez dispuesto a propinarle otra horrible paliza, y quizás a matarle. Cuando me vio subir sin llevarle nada, adivinó mis intenciones y ya no sonrió -con aque­lla sonrisa que alguien que no estuviera en el secreto, como mi mujer por ejemplo, habría considerado simple e «infantil»-. Por el contrario, se echó a temblar, como un papel en el viento. Pe­ro yo sólo veía el delfín dibujado en la pared, y le pegué en la cara con el puño cerrado, luego en el vientre y por todo su as­queroso cuerpo, mientras le pedía a gritos que confesase haber matado a mi mujer. ¿Acaso no había querido recordármelo, re­cordarme que lo había hecho, con aquel juguete de cola de pez, al dibujar en la pared aquello? Lo dejé atontado en el suelo, quejándose sordamente, sin poder siquiera llorar y sin que el muy cobarde hubiera arriesgado una sola palabra. Y por un se­gundo pensé que todo aquello era insensato, pero me negué a pensar que yo estaba loco, porque sabía que era eso lo que él quería.
Tras de volver a cerrar con doble llave y bajar lentamente la escalera, decidí no llevarle ningún alimento hasta mañana y re­anudé mi ebriedad tensando mi espíritu al máximo, como un ar­co que pronto habría de, definitivamente, dispararse. Y, mientras me emborrachaba, una voz decía en mi cerebro, riéndose de él: «Desde entonces nuestra Raza, infinitamente alta y noble, cul­tivó el Mal y descubrió en él un arte, una riqueza, una vida». Sí, pero a pesar de todo, tenía aún en mis manos a aquella larva mi­serable, y no podría escapar. Y él era todo lo que me quedaba, toda mi espantosa vida.

A la mañana siguiente, cuando a duras penas me levanté, pensé de nuevo -sabía que tendría que pensarlo, lo sabía incluso antes de dormirme borracho- que yo era el monstruo, que debía liberarlo y entregarme yo mismo a las autoridades, parí que me aniquilaran -pero rechacé, no sin esfuerzo ni sin la eficaz y providencial ayuda del alcohol, aquel pensamiento, aquí la imperdonable debilidad . De manera que, para endurecer el ánimo, bebí ya desde por la mañana, como digo, y, ya bastante borracho, subí al torreón para observar a mi juguete; pero habría de llevarme esta vez una amarga sorpresa, que acabó con mi única diversión: porque, en efecto, pude ver con horror su pe­queña figura, ensangrentada, magullada infinitamente y con el vestido desgarrado como la bandera de un ejército destruido, su pequeña figura balanceándose en la oscuridad, colgada de uno de los numerosos trozos de cuerda que había en el suelo y que, con la ayuda de una banqueta, había atado a un gancho del te­cho. La oscuridad, como digo, del torreón sin ventanas rodeaba al cadáver como había abrazado al niño durante toda su breve vida. Pero decidí interrumpirla abriendo -con gran cuidado de que na­die pudiera por azar contemplar el espectáculo, o parte de él- la puerta de la terraza y, entonces, a la luz reciente, descubrí que sus pantalones estaban todos manchados de orina y heces, que de­bieron escapar cuando sus músculos no estuvieron ya goberna­dos por voluntad alguna, cuando se liberó de la cadena del yo.
Le quité enseguida los pantalones para limpiar su cuerpo y, entonces, averigüé algo que me llenó de un espanto aún más profundo que el que me había producido aquel suicidio: su mus­lo derecho, húmedo todavía de orina, brillaba con los rayos del sol… su muslo era… ¡de metal! Lo toqué entonces con cuidado sin atreverme aún a creerlo y pude ver que, efectivamente, era así: se trataba al parecer de ¡oro! o, si no, al menos de un metal parecido y que era a todas luces un metal precioso, aunque aca­so desconocido. ¡A aquello se debía pues su extraña cojera!

Y acaricié entonces lascivamente, por espacio de unos minu­tos, aquel trozo de oro o tal vez de un metal aún más precioso, y mis manos se cubrieron de orina y de excrementos. Y luego pensé que guardaría aquel muslo de oro como recuerdo, porque naturalmente tendría que descuartizar a mi hijo, si quería ence­rrarlo en alguna maleta para llevarlo así a Insmouth, y arrojar allí, en una de sus playas, sus mínimos restos al mar.

Leopoldo María Panero

Algo muy grave va a suceder en este pueblo

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

—No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

—Te apuesto un peso a que no la haces.

Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:

—Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:

—Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.

—¿Y por qué es un tonto?

—Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Entonces le dice su madre:

—No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.

La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:

—Véndame una libra de carne —y en el momento que se la están cortando, agrega—: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:

—Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.

Entonces la vieja responde:

—Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.

Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:

—¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?

—¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)

—Sin embargo —dice uno—, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.

—Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.

—Sí, pero no tanto calor como ahora.

Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:

—Hay un pajarito en la plaza.

Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.

—Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.

—Sí, pero nunca a esta hora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

—Yo sí soy muy macho —grita uno—. Yo me voy.

Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:

—Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos.

Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:

—Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa —y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:

—Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.

Gabriel García Márquez

Lo que ella sabía

La gente no sabía lo que ella sabía, que en realidad no era una mujer sino un hombre, con frecuencia un hombre gordo, y aún con más frecuencia, probablemente, un hombre viejo. El hecho de que fuera un hombre viejo le dificultaba ser una mujer joven. Le resultaba difícil hablar con un hombre joven, por ejemplo, aunque el hombre joven claramente mostrara un interés por ella. Tenía que preguntarse a sí misma, ¿Por qué este hombre joven está coqueteando con este viejo?

Lydia Davis

Un pequeño error de cálculo

Regresa el Cazador de su jornada de caza, magullado y exhausto, y arroja el cadáver del tigre a los pies de la Recolectora, que está sentada en la boca de la caverna separando las bayas comestibles de las venenosas. La mujer contempla cómo el hombre muestra su trofeo con ufanía pero sin perder esa vaga actitud de respeto con que siempre la trata; frente al poder de muerte del Cazador, la Recolectora posee un poder de vida que a él le sobrecoge. El rostro del Cazador está atirantado por la fatiga y orlado por una espuma de sangre seca; mirándole, la Recolectora recuerda al hijo que parió en la pasada luna, también todo él sangre y esfuerzo. Se enternece la mujer, acaricia los ásperos cabellos del hombre y decide hacerle un pequeño regalo: durante el resto del día, piensa ella, y hasta que el sol se oculte por los montes, le dejaré creer que es el amo del mundo.

Rosa Montero

José Manuel Castañón había sido capitán en la guerra española. Peleando por Franco habÌa perdido una mano y había ganado algunas medallas.

Una noche, poco después de la guerra, el capitán descubrió, por casualidad, un libro prohibido. Se asomó, leyó un verso, leyó dos versos, y ya no pudo desprenderse. El capitán Castañón, héroe del ejército vencedor, pasó toda la noche en vela, atrapado, leyendo y releyendo a César Vallejo, poeta de los vencidos. Y al amanecer de esa noche, renunció al ejército y se negó a cobrar ni una peseta más del gobierno de Franco.

Después, lo metieron preso; y se fue al exilio.

Eduardo Galeano

Una mujer muy especial

Greta mira el conducto del ventilador porque le recuerda a las hélices del barco donde trabajó de 1962 a 1965. Fue cocinera en un barco de vela que se dedicaba a trasportar productos ilegales escondidos en zapatos por todo el Atlántico. Dice que le gustaba la sensación de estar en medio del mar y saber que su vida valía lo mismo que la de un pez. La sensación de ser nada. No te des demasiada importancia. Dice que todos los tripulantes de ese barco de vela estaban total y absolutamente pinzados y locos y se mataban los unos a los otros y tiraban los cuerpos al mar. Dice que cantaban fados portugueses y la alababan por la comida que cocinaba. Dice que dormía abrazada a un perro que era igual que el de La Sirenita y también dice que está segura de que las sirenas existen. Dice que mi cara es igual que la de uno de los tipos que trabajaba con ella que era tuerto y no tenía dientes y tenía una cicatriz que iba desde la nariz hasta la sien. Dice que en realidad no sabe muy bien si lo que cuenta es real porque ha distorsionado sus recuerdos y su cabeza ha inventado cosas y ha terminado creyéndoselas. Greta la pirata. Greta la zombi. Greta la economista. Greta la esquinera. Greta la cajera de supermercado. Greta la vampira. Greta la stripper. Greta la locutora de radio. Greta que mira hipnotizada el movimiento automático y perenne del conducto de ventilador porque le recuerda al de las hélices o los delfines. Greta la que ya no cree en nada porque pasó demasiado tiempo creyendo en mentiras. Greta Böfög, nacida bajo el erróneo nombre de Marco Böfög. Una mujer muy especial.

Laura Chivite

Transformación

No era posible, pero pasó; y no de una manera repentina, sino con gran lentitud, no fue un milagro, sino algo muy natural, a pesar de ser imposible. Una chica de nuestra ciudad se convirtió en piedra. Pero es cierto que tampoco había sido una chica normal antes de eso: había sido un árbol. Sabemos que a los árboles los mueve el viento. Pero en algún momento a finales de septiembre comenzó a dejar de moverse con el viento. Pasaron varias semanas y cada vez se movía menos. Después, nunca se movió. Cuando sus hojas caían lo hacían repentinamente y con sonidos terribles. Caían sobre las piedras y a veces se partían en pedazos y a veces permanecían intactas. Salían chispas donde caían y un poco de polvo blanco alrededor. La gente, aclaro que yo no, recogía las hojas y las ponían sobre manteles. Nunca existió una ciudad como ésa, con hojas de piedra sobre cada mantel. Luego comenzó a cambiar de color: primero pensamos que era por la luz. Algo frustrados, a veces algunos rodeábamos el árbol abriendo y cerrando los ojos, boquiabierto –y tan pocos dientes había entre nosotros que también era algo para verse– y decíamos que era la hora del día o el cambio de estación lo que la hacía verse gris. Pero pronto fue claro que ahora simplemente era gris, así nomás, así como hace unos años tuvimos que aceptar que ahora simplemente era árbol y no una chica. Pero un árbol es una cosa y una piedra es otra. Hay límites en lo que puedes aceptar, incluso cuando se trata de cosas imposibles.

Lydia Davis

Fragmento de un diario

[JULIO Y AGOSTO]

lunes 7 de julio

Mi vecino el señor Rojas pareció sorprendido al encontrarme sentado en la escalera. Seguramente lo que llamó su atención fue la mirada, notoriamente triste. Me di cuenta del vivo interés que de pronto le desperté. Siempre me han gustado las escaleras, con su gente que sube arrastrando el aliento, y la que baja como masa informe que cae sordamente. Tal vez por eso escogí la escalera para ir a sufrir.

jueves 10

Hoy puse gran empeño en terminar pronto mis diarias tareas domésticas: arreglar el departamento, lavar la ropa interior, preparar la comida, limpiar la pipa… Quería disponer de más tiempo para elaborar los programas y escoger los temas para mi ejercicio. Es bastante arduo el aprendizaje del dolor, gradual y sistematizado como una disciplina o como un oficio. Mi vecino estuvo observándome largo rato. Bajo la luz amarillenta del foco, debo parecer transparente y desleído. El diario ejercicio del dolor da la mirada del perro abandonado, y el color de los aparecidos.

sábado 12

De nuevo cayó sobre mí la mirada insistente y surgió la temida pregunta del señor Rojas. Inútil decirle algo. Dejé que siguiera bajando entre la duda. Yo continué con mi ejercicio. Cuando oí pasos que subían, un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Los conocía bien. Las manos y las sienes comenzaron a sudarme. El corazón daba tumbos desesperados y la lengua parecía un pedazo de papel. Si hubiera estado en pie me habría desplomado como un títere. Sonrió al pasar… Yo fingí que no la veía. Y seguí con mi práctica.

jueves 17

Estaba justamente en el 7.º grado de la escala del dolor, cuando fui interrumpido cruelmente por mi constante vecino que subía acompañado por una mujer. Pasaron tan cerca de mí que sus ropas me rozaron. Quedé impregnado del perfume de la mujer, mezcla de almizcle y benjuí, viscoso, oscuro, húmedo, salvaje. Llevaba un vestido rojo muy entallado. La miré hasta que se perdieron tras la puerta del departamento. Hablaban y reían al subir la escalera. Reían con los ojos y con las manos. Eran pasión en movimiento. Cerrados en sí mismos ni siquiera me vieron. Y mi dolor tan puro, tan intelectual, quedó interrumpido y contaminado en su limpia esencia por una sorda comezón. Sensaciones pesadas y sombrías descendieron sobre mí. Aquella dolorosa meditación, producto de una larga y difícil disciplina, quedó frustrada y convertida en miserable vehemencia. ¡Malditos! Golpeé con mis lágrimas las huellas de sus pasos.

domingo 20

Fue un verdadero acierto graduar el dolor, darle categoría y límite. Aun cuando hay quienes aseguran que el dolor es interminable y que nunca se agota, yo opino que después del 10.º grado de mi escala, sólo queda la memoria de las cosas, doliendo ya no en acción sino en recuerdo. Al principio de mi aprendizaje creí que era oportuno ir en ascenso, en práctica gradual. Bien pronto comprobé que resultaba muy pobre una experiencia así. El conocimiento y perfección del dolor requiere elasticidad, sabio manejo de sus categorías y matices, y caprichoso ensayo de los grados. Pasar sin dificultad del 3.º al 8.º grado, del 4.º al 1.º, del 2.º al 7.º y, después, recorrerlos por riguroso orden ascendente y descendente… Me apena interrumpir esta interesante explicación, pero hay agua bajo mis pies.

lunes 21

A primera hora llegó el dueño del edificio. Yo aún no acababa de secar el departamento. Gritó, manoteó, dijo cosas tremendas. Acostumbrado como estoy a sufrir injusticias, necedades y mal trato, su actitud fue sólo un reflejo de otras muchas. Se necesitaría de un artista auténtico para conmoverme, no de un simple aprendiz de monstruo. No le di la menor importancia. Mientras gritaba, me dediqué a cortarme las uñas con cuidado y sin prisa. Cuando terminé, el hombre lloraba. Tampoco me conmovió. Lloraba como lloran todos cuando tienen que llorar. ¡Si hubiera llorado como yo, cuando llego a aquellas meditaciones del 7.º grado de mi método, que dicen…!

sábado 26

Con toda humildad confesaré que soy un virtuoso del dolor. Esta noche, mientras sufría hecho un nudo en la escalera, salieron a mirarme los gatos de mis vecinos. Estaban asombrados de que el hombre tuviera tal capacidad para el dolor. Apenas noté su presencia. Sus ojos eran como teas que se encendían y se apagaban. Debo haber llegado con toda seguridad al 10.º grado. Perdí la cuenta, porque el paroxismo del dolor, así como el del placer, envuelve y obnubila los sentidos.

miércoles 30

Estoy tan sombrío, tan flaco y macilento, que a veces cuando algún desconocido sube la escalera, enloquece al verme. Yo estoy satisfecho con el aspecto logrado. Es fiel testimonio de mi arte, de su casi perfección.

domingo 3 de agosto

No sé cómo, ni con qué palabras describir lo que hoy pasó. Aún tiemblo al recordarlo. Fue hace unas horas y no salgo de la sorpresa. El remordimiento que tanto practico ahora cobra novedad y me ha convertido en su presa. Es como si lo hubieran creado justamente cuando yo dominaba la escala completa. Cuando era todo un artista. He caído en un error imperdonable, fuera de oficio, inaudito y funesto. Si una sola vez hubiera dejado de practicar las disciplinas que este arte exige, diría que era la consecuencia lógica, pero he sido observante, fiel…

jueves 7

No sé si podré salir de esta funesta prueba. Hoy trabajé tres horas seguidas (lo cual es agotante y excesivo) en el 6.º grado de mi escala, el más indicado para casos como éste. Sufrí como nunca, tanto que los vecinos me recogieron desmayado al pie de la escalera. Aquí, bajo los vendajes, está la sangre coagulada. Las carnes abiertas. Tendré que aumentar o incluir como variedad del 5.º grado, éste de las heridas reales. No se me había ocurrido antes, quizá fue una inspiración divina esta caída de la escalera. Un abrir los ojos a nuevas disciplinas.

martes 12

No he podido olvidar. Quizá sea castigo a mi soberbia, pues empezaba a sentirme seguro, a soñar que manejaba el oficio con maestría. Lo escribí el sábado 26 de julio. ¡Fatal confesión, las palabras traicionan siempre y se vuelven contra uno mismo! ¡Si sólo lo hubiera pensado! He tenido que practicar hasta el agotamiento los grados 6.º y 9.º, dos horas cada uno. Después tuve que huir precipitadamente a mi departamento, por temor de que aquello volviera a suceder.

viernes 15

¡Otra vez sucedió! Cuando el último sol de la tarde bañaba los peldaños de la escalera. Siento su mano aún entre mis manos que le huían. Su mano tibia y suave. Dijo algo, yo no la oía. Sus palabras eran como bálsamo sobre mis llagas. No quise saber nada. Me estaba prohibido. Pronunciaba mi nombre. Yo no la escuchaba. Mis esfuerzos, mis propósitos y todo mi arte se estrellarían ante su mirada de ciervo, de animal dócil. El arte es sacrificio, renuncia, la vocación es vital, marca de fuego, sombra que se apodera del cuerpo que la proyecta y lo esclaviza y consume… ¡Ni siquiera una vez volví la cabeza para mirarla!

lunes 18

Me arranqué las vendas y la sangre dejó su huella en la alfombra. También sangro interiormente. Recuerdo la tibieza de sus manos. Esas manos que quizás ahora mismo acarician otro rostro. Por primera vez en mucho tiempo no salí a sentarme en la escalera, temía que llegara en cualquier momento. Temía que dispersara mi dolor con su sola presencia.

sábado 23

En la mañana vino el señor Rojas. Pensó que algo me había sucedido al no verme en mi acostumbrado rincón de la escalera. Me trajo unas frutas y un poco de tabaco; sin embargo sospecho que no es sincero en su preocupación. Hay algo secreto y sombrío en su actitud. Quizás intenta comprar mi silencio, yo he visto a las mujeres que mete en su departamento. Quizás quiere…

martes 26

Junto a la puerta cerrada, para sentirme más cerca de la escalera, practiqué el 4.º y el 7.º grados. Oí sus pasos que se detenían varias veces, del otro lado. Sentí el calor de su cuerpo a través de la puerta. Su perfume penetró hasta mi triste habitación. Desde afuera turbaba mi soledad violentando mis defensas. Comprendí entre sollozos que la amaba.

viernes 29

La amo, sí, y es mi peor enemiga. La que puede terminar con lo que constituye mi razón de ser. La amo desde que sentí su mano entre mis manos. Si yo fuera un individuo común y corriente, como el señor Rojas o como el dueño del edificio, me acostaría con ella y sería el náufrago de su ternura. Pero yo me debo al dolor. Al dolor que ejercito día tras día hasta lograr su perfección. Al dolor de amarla y verla desde lejos, a través de una cerradura. La amo, sí, porque se desliza suavemente por la escalera como una sombra o como un sueño. Porque no exige que la ame y sólo de vez en cuando se asoma a mi soledad.

domingo 31

Si solamente fuera el dolor de renunciar a ella sería terrible, ¡pero magnífico! Esta clase de sufrimiento constituye una rama del 8.º grado. Lo ejercitaría diariamente hasta llegar a dominarlo. Pero no es sólo eso, le temo. Son más fuertes que mis propósitos su sonrisa y su voz. Sería tan feliz viéndola ir y venir por mi departamento mientras el sol resbalaba por sus cabellos… ¡Eso sería mi ruina, mi fracaso absoluto! Con ella terminarían mis ilusiones y mi ambición. Si desapareciera… Su dulce recuerdo me roería las entrañas toda la vida… ¡oh inefable tortura, perfección de mi arte…! ¡Sí! Si mañana leyera en los periódicos: «Bella joven muere al caer accidentalmente de una alta escalera…»

Amparo Dávila

Ratones

Hay ratones que viven en nuestras paredes pero nunca entran a nuestra cocina. Estamos contentos pero no podemos entender por qué no vienen a nuestra cocina donde tenemos trampas puestas, y sí van a las cocinas de nuestros vecinos. Aunque estamos contentos, también estamos un poco tristes, porque los ratones se comportan como si hubiera algo malo con nuestra cocina. Lo que hace esto todavía más misterioso es que nuestra casa es mucho menos ordenada que las casas de nuestros vecinos. Hay más restos de comida en nuestra cocina, más migajas en la barra y restos sucios de cebolla pateados por debajo de la alacena. De hecho, hay tanta comida suelta en la cocina que solo se me ocurre pensar que los ratones mismos se sienten intimidados por ella. En una cocina limpia, es un reto para los ratones encontrar suficiente comida noche tras noche para sobrevivir hasta la primavera. Pacientemente cazan y mordisquean hora tras hora hasta quedar satisfechos. Pero en nuestra cocina se encuentran frente a algo tan fuera de su experiencia habitual que no pueden contra ello. Pueden aventurarse y dar algunos pasos, pero al enfrentarse a los abrumadores monumentos y olores, vuelven resignado a sus hoyos, incómodos y apenados de no poder husmear como deberían.

Lydia Davis

La treceava mujer

En una ciudad de doce mujeres vivía una treceava. Nadie aceptaba que vivía ahí, no llegaba ninguna correspondencia para ella, nadie hablaba de ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie devolvía su mirada, nadie tocaba su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el sol nunca brillaba sobre ella, el día nunca atardecía para ella, la noche nunca llegaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín estaba descuidado, su camino no era caminado, nadie dormía en su cama, su comida no se comía, su ropa no se usaba; y aun así, a pesar de todo esto, seguía viviendo en la ciudad sin ningún resentimiento.

Lydia Davis

Toda la vida

“… ¿Y qué con que yo esté todavía chico…? Ustedes son los que dicen que estoy chico… ¿Qué quiere decir estar chico…? Ustedes han hecho la división entre grandes y chicos, porque les conviene… Ustedes se han adueñado de todas las cosas del mundo, y nos las esconden, porque tienen miedo de que nos las llevemos… Sin ninguna precisa razón, como dicen… Sólo por el gusto de quitárnoslas, porque podemos servirnos de ellas mejor que ustedes… ¿Creen que no lo sé…? Y por eso ponen caras severas… ¿No saben que ya descubrí por qué andan siempre con caras largas…? Ustedes dicen que los grandes son personas serias. Nunca ríen. Sus pensamientos son graves, con graves preocupaciones. Se sientan agachados, con la barbilla en la mano y la frente fruncida, como las estatuas de los cementerios. Pero yo sé que no es cierto… Lo hacen para que entre ustedes y nosotros no haya ninguna confianza, para crearse una defensa, para impedir que descubramos su truco… Yo lo sé… ¡Nada de seriedad…! Un día los vi. Los vi por el ojo de la cerradura… ¡No, no me castiguen, no me peguen…! No me pueden castigar, ustedes mismos lo dijeron, antier; yo los oí, cuando no quería tomar el polvito amargo; dijeron que no me podían castigar, porque ahora estoy enfermo… Vi por el ojo de la cerradura… los vi… Los descubrí… Y no estaban tan serios mientras los veía, sin que ustedes lo supieran… Reían, bromeaban, jugaban como nosotros jugamos… Más que nosotros… Igual a muchas otras veces, cuando entro de repente a la recámara de ustedes, cuando todavía no me han visto. Pero luego me ven y cambian inmediatamente de cara, se ponen de nuevo la cara de Padres… ¿Por qué…? ¿Por qué siempre una barrera entre ustedes y nosotros…? ¿Por qué siempre esta barrera que no se ve, pero que nadie puede atravesar…? ¿Por qué siempre este vacío entre ustedes y nosotros, este temor, esta amenaza que nunca se acaba…?
Ustedes nos ven como a enemigos, y nosotros también… Tal vez ya saben que queremos derrocarlos… Que queremos descubrir todo lo que nos esconde… Que queremos convertirnos en los amos… Y cuando sienten que somos cada vez más fuertes, entonces, para detenernos, dicen que estamos enfermos y nos meten a la cama, nos purgan, nos obligan a tomar ese polvito amargo, no nos dejan jugar… Yo sé que los grandes son malos… Y todos los que ustedes llaman chicos, lo sabemos… ¿Pero cuánto tiempo más van a impedirme que salga? ¿Por cuánto tiempo más podrán obligarme a estar en cama…? Otra vez me han tomado el pelo… Mi mamá me dijo durante muchos días que iba a levantarme al día siguiente. .. Me lo decía a diario… Y yo se lo creí porque ustedes dicen las cosas con tanta seguridad, que a uno no le queda más remedio que creerles… Los días siguen pasando, y nada… Por eso comprendí que su promesa era igual a las otras, a las promesas que nos hacen los grandes, las que jamás nos cumplen, porque sólo las hacen para que dejemos de dar lata, cuando sienten que los metemos en apuros y ustedes no saben qué responder… ¿O no es cierto…? Y para que vean que digo la verdad, hace días que mi mamá ya no me dice que me voy a levantar al día siguiente… Ella sabe que yo sé que no me dice la verdad y ya le da vergüenza decir esa mentira… Pero yo voy a levantarme, a como dé lugar… Ya no puedo esperar. Al fin y al cabo, yo sé que no puedo esperar nada de ustedes… Me levantaré, tengo que levantarme… Tengo unos trabajos sin acabar… que no puedo “diferir”, como dice papá… No puedo “diferirlos”… Sí, se trata de trabajos muy serios, muy importantes… ¿Acaso creen que sólo ustedes tienen trabajos muy serios, trabajos muy importantes…? Eso es lo que ustedes andan diciendo para mantenerse aparte, detrás de la barrera que han puesto entre ustedes y nosotros… Ustedes le llaman trabajo a lo que hacen; a lo que nosotros hacemos, le llaman juego… Pero ustedes saben bien que nuestros trabajos son muy serios, mucho más importantes que los suyos, que los nuestros transformarán el mundo, que lo revolucionarán, y tienen miedo… Sí, me levantaré; no podrán impedírmelo… No por las malas, porque ahora estoy enfermo… Y me levantaré aunque me lo prohíban. Me levantaré cuando nadie me vea, cuando nadie me vigile… Debo levantarme, para ir al jardín. Debo ver en qué quedó el castillo y el laberinto que comencé a construir y que ustedes me obligaron a dejarlos a la mitad, porque me metieron a la cama… Si no voy a cuidarlos, otros pasarán por el jardín y los pisarán, los destruirán… Porque los grandes no respetan nuestros trabajos y se entercan en no tomarlos en serio… Y dicen que no son cosa seria, adrede, para poder destruirlos sin sentir ningún remordimiento… Me voy a levantar ahora mismo… No… Mejor mañana… Mañana será otro día y yo estaré más grande… Estaré más grande, más fuerte… Hoy no… Esta mañana, cuando papá se fue a la oficina y mamá le estaba hablando por teléfono al doctor, mientras estaba conmigo la enfermera… Ustedes confían en la enfermera, están seguros de que ella me vigila como lo hacen ustedes… Pero la verdad es que ella no me vigila, y se pone a dormir cuando no están ustedes… Ustedes no lo saben, y ojos que no ven, corazón que no siente… No se dan cuenta de nada… Las cosas no marchan como ustedes quieren, no son como creen, sino todo lo contrario… Pero como no lo saben, poco les importa… La enfermera estaba durmiendo, y quise levantarme de la cama… No, sólo quise sentarme un poco sobre la cama, y saqué una pierna para apoyarla en el suelo… Parecía que me faltaba la pierna… Sentí una especie de vacío a mi alrededor… El viejo de la pared, el que está dentro del marco y fuma su pipa tirolesa, se cubrió de niebla, ya no podía ver su cara… Todo el cuarto parecía estar patas arriba, y empezó a dar vueltas… Y me recosté otra vez sobre la almohada… Creo que la enfermera se despertó, pues sentí que volvía a poner mi pierna sobre la cama… Pero no me morí… Me han dicho otra mentira… ¿No me dijeron que caería muerto si intentaba levantarme? En cambio… Sólo que el cuarto empezó a dar vueltas… Pero mañana estaré más grande… Más grande y más fuerte… Y me levantaré…
Iré al jardín… Iré a ver mis trabajos, que por su culpa dejé a medio terminar… Debo terminar esos trabajos… La fortaleza, el laberinto… Todavía falta mucho, sobre todo en el laberinto: es algo difícil… Es necesario poder entrar en él y no poder salir… Nunca jamás… Cuando termine el laberinto volveré a casa, sólo entonces… Pero quizá no vuelva… Es más: nunca volveré… Al fin y al cabo nunca podré hacer todas las cosas que tengo en la cabeza mientras esté con ustedes… Siempre querrán tenerme sometido, con el pretexto de que todavía estoy chico, de que no tengo juicio, como dicen ustedes con su gusto de pronunciar sentencias, para prohibirme que haga lo que quiero hacer y que nunca haré mientras viva aquí, sometido a ustedes, obstaculizado, envidiado y odiado por ustedes… Debo irme… Lo sé… Ya sé a donde… Si se los digo, me dirán que no… Que son locuras, tonterías… Claro, porque creen que sólo ustedes hacen cosas serias… Si les pidiera permiso para irme, nunca me lo darían… ¿Y para qué pedirles permiso…? ¿Por qué pedir permiso…? ¿Porque son mis padres y debo obedecerlos…? Así dicen ustedes, ¿pero quién inventó estas leyes? Ustedes, por su propia conveniencia… Pero yo sé que es una ley que inventaron ustedes, una ley que les conviene, y yo ya no creo en ella… Me iré sin su permiso, me iré a como dé lugar… Y si en realidad son tan buenos como ustedes dicen, si en verdad me quieren tanto como dicen, entonces no podrán sino aprobarme cuando sepan, cuando vean lo que haré cuando me halle lejos de ustedes… Me aprobarán y admirarán… Sólo entonces comprenderán quién era realmente este hijo, lo que valía… Me iré hasta el otro lado de esa montaña… Cruzaré por ella, por esa cosa oscura que se ve en la cima de la montaña, un bosque pequeño, según la enfermera… ¿Pero qué puede saber la enfermera…? Y detrás de esa montaña hay una ciudad grandísima, totalmente blanca… Llegaré allá y seré grande… Todos me esperan. Y lucharé contra todos, solo… Realizaré trabajos colosales… Seré alto, rubio… Todos me verán, todos me aplaudirán. Y junto a mí estará Matildita…
Me amará mucho y yo la protegeré… Y toda la vida será así… Magnífica… Toda la vida…”
—¿Por qué ha dejado de hablar?
—Ha muerto.

Alberto Savinio

Una respuesta sin pregunta

Iba de camino a tomar el autobús para volver a casa, estaban las calles congeladas y resbalé. Me gusta el invierno y el frío por la mañana, cuando se dejar ver entre los rayos del sol. Caminaba pensando en él y en la noche. Hacía menos de doce horas había tomado un taxi para ir a su casa. No tenía pensado hacerlo. Estaba en mi cama, por dormir, pero me vestí, salí a la calle y busqué un taxi. No sé si fue instinto, deseo o desesperación. La necesidad de aliviar lo que no se puede convertir en palabras suele tomar muchos nombres. En mi caso no hizo falta el lenguaje, me bastó con tomar un taxi. Llegué a su casa y le sonreí. Lo quise como lo he querido desde el primer día; para siempre, sin límites, sin remedio. Pero querer no alcanza nunca, ni siquiera cuando es para siempre. Eso parecía decirme sin querer y con cierta culpa mirándome a los ojos. Yo le devolví la mirada sabiendo que quererlo era una respuesta a todas las cosas. La única respuesta y la más inútil de mi vida. Una respuesta sin pregunta, el amor incontenible. Después amaneció. Preparé el desayuno. Tomamos café y reímos, pero dolía, siempre duele. Todo es breve cuando no puede ser. Dura, pero sobre todo termina. Recogí mis cosas gritando en silencio palabras rotas, pero fui incapaz de romper el silencio. Si no alcanza querer, ninguna palabra alcanza. Pero si vivir no alcanza, ay. No sé despedirme pero me fui. Tenía que irme porque siempre todo sigue ahí, la vida cada día sigue ahí. Al pisar la calle suspiré. Enseguida el desconsuelo volvió a morderme el corazón, pero me concentré en el frío. Sentir el frío es repetir un mantra. Crucé la calle y fue entonces, en mitad del paso de cebra, cuando resbalé. Ningún intento de estabilidad me permitió encontrar equilibrio y caí hacia atrás. El abrigo amortiguó el golpe, una triunfal caída de culo. A falta de dolor, lo primero en llegar fue la risa. Me dio pena no encontrar a nadie a mi alrededor con quien compartirla. A pesar de la soledad me sentí ridícula. Primero por la caída, luego por algo más. No estoy segura de qué. Pero el verdadero golpe no lo recibí al caer sino cuando la sensación de ridiculez me sacudió por dentro. Lo sigo queriendo para siempre, y si eso no alcanza, tendrá que alcanzarme con vivir. Ay

Rocío Wittib

Las siete preguntas

Al igual que ustedes, yo tuve un abuelo. Este viejecillo, de piel morena y ojos vivaces, vivía en la choza de una huerta donde abundaban los árboles de mango, chicozapote, aguacate, mamey, caimito, zaramullo y otros frutales, que gustoso nos ofrecía en nuestras frecuentes visitas.

Yo, que estaba muy apegado a él, solía quedarme a su lado para ayudarlo en los trabajos de la huerta.

Durante el día, el abuelo se dedicaba al riego y al cultivo del maíz, del frijol y de algunas flores de distintos tamaños, colores y aromas.

Al anochecer, desde su hamaca, situada en el centro de la casa y alumbrada por la débil luz de un viejo quinqué, mi abuelo contaba narraciones fantásticas y respondía dudas y preguntas.

Una noche, cuando los otros nietos dormían y él comenzaba a bostezar, yo le pregunté:

—Abuelo, ¿qué son las flores?

Entonces, envolviendo la mitad de su cuerpo con una sábana blanca, respondió:

—Las flores son los ojos de las plantas, como tus ojos son las flores en el jardín de tu rostro. Por esas flores, ojos de colores con aromas, las plantas miran, atraen, alegran y curan el alma de los hombres.

Comprendí que mi abuelo tendría respuestas para todas mis preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las nubes?

Él contestó:

—Las nubes son ramas de los árboles frondosos cargadas de agua que gustan de pasearse por los caminos del cielo. Blancas, grises o de colores, vuelan sobre el azul de infinito en busca del viento para jugar con el sol a las escondidas. ¡Ah!, si supieras ¡cómo se divierten en cubrirle la carita amarilla al sol que sonriente las contempla!

Luego de prender un cigarrilo y hacer bolitas con el humo, añadió:

—Las nubes blancas, pequeñas o grandes, y a veces en forma de borreguitas, son niñas traviesas a las que les agrada estar cerca del sol; con él también juegan a las lluvias cuando cambian sus vestidos blancos por enormes faldas de color gris.

Tras breve pausa, que aprovechó para bajar sus pies al suelo y mecerse en su hamaca, explicó:

—En verano, época de abundante calor y de aguaceros, las nubes siempre andan vestidas de gris. En este tiempo, generalmente de días lluviosos, las nubes grises se cargan de viento caliente y, al encontrarse en las alturas con otras nubes cargadas de viento frío, chocan y se golpean entre sí, produciendo truenos y expandiendo hilos y raíces gigantescas de luz color plata y azul eléctrico; entonces bajan a la tierra transformadas en cristalinas hileras de agua, la cual se convierte en arroyos y charcos que corren y saltan surcos y bordos cantando alegremente por las calles del pueblo y por los caminos del monte… Sin que te des cuenta, te he visto jugar con tus primos a los viajes de aventuras, imaginando que se transportan en barquitos de papel que acaban hundidos en las orillas de las cercas de piedra.

Quise interrumpir, pero él agregó entusiasmado:

—Cuando cesa la lluvia, el cielo vuelve a ser azul y el sol brilla de content y le sonríe a las flores, que reciben alegres la visita de las avispas, las libélulas y las cigarras chillonas. Si te fijas bien, los sapos y las ranas croan cerca de los tallos de las plantas y brincan de gusto sobre las hierbas inundadas por el agua.

Fue entonces cuando entusiasmado ante las respuestas de mi abuelo, empecé a plantearle mis dudas a través de preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las avispas?

Él, complaciente, me explicó:

—Las avispas son insectos parecidos a las hormigas grandes de tierra; están dotadas de alas transparentes y tienen la costumbre de colgar sus casas, hechas de una pasta seca de papel en forma de globos, en los tallos de los árboles grandes. Gracias a las avispas el hombre conoció el papel, y con este material pudo hacer las hojas de los libros y cuadernos donde tú escribes cuando vas a la escuela y haces la tarea.

—Abuelo, ¿qué son las cigarras? —pregunté.

—También son insectos voladores, parecidos a las cucarachas pero más grandes. Tienen la costumbre de pegarse en los tallos de los árboles. Los machos emiten u sonido parecido al de las ambulancias. Cuando lo oigas no debes espantarte, porque a través de ese sonido los machos llaman a las hembras. Algunas personas creen que ese chillido se debe a que las cigarras avisan que algo grave ha ocurrido, pero eso no es cierto.

Al ver que mi abuelo había olvidado el sueño, continué interrogando:

—Abuelo, ¿qué son las libélulas?

—Las libélulas son como palillos de colores que vuelan y gustan de posarse sobre el agua de los charcos y en los pétalos de las flores. El poder de vuelo que tienen se debe a que poseen unas alas transparentes muy fuertes, que les sirven de impulso. Hay quienes piensan que el hombre, al observar detenidamente a las libélulas, se sirvió de los complicados y veloces movimientos de estas hábiles voladoras para inventar esos ruidosos aparatos de metal que conocemos como helicópteros.

A cada respuesta de mi abuelo, yo hacía otra pregunta:

—Abuelo, ¿qué son los sapos?

Él, divertido e interesado, respondía pacientemente:

—Los sapos son los eternos enamorados de la Luna, al igual que los grillos y las luciérnagas lo son de la noche.

Como a la Luna y a las estrellas les gusta el chocolate, bajan a beberlo reflejándose en el agua de los charcos, sitio favorito en donde habitan los sapos. Por las noches, cuando la Luna está completamente desnuda y su imagen luminosa se agiganta sobre el agua tranquila de los charcos, los sapos le piden a la Luna que los bese. Y luego de recibir esa tierna caricia, proveniente de los rayos plateados de la moneda nocturna, los sapos emocionados tomándose de sus manitas, forman un círculo mágico y aplaudiendo con alegría emiten ese sonido: lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek…

Fue entonces cuando, suspirando profundamente, pregunté:

—Abuelo, ¿y yo quién soy?

Él dijo a secas:

—Al igual que todos los hombres que hemos habitado la tierra desde hace muchísimos años, “… tú eres una pregunta viviente… tú eres una traviesa interrogación ambulante…” en busca de respuestas sin fin…

Jorge Miguel Cocom Pech

El hogar

La niña solo tenía cuatro años. Sus recuerdos, probablemente, ya se habían desvanecido, y su madre, para concienciarle del cambio que las esperaría, la llevó a la cerca de alambre de espino; desde allí, de lejos, le enseñó el tren.

-¿No estás contenta? Ese tren nos llevará a casa.

-Y entonces ¿qué pasará?

-Entonces ya estaremos en casa.

-¿Qué significa estar en casa? -preguntó la niña.

-El lugar donde vivíamos antes.

-¿Y qué hay allí?

-¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás encontremos también tus muñecas.

-Mamá, ¿en casa también hay centinelas?

-No, allí no hay.

-Entonces, de allá ¿se podrá escapar?

István Örkény

Matar al cerdito

Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre sí quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.

—¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? —le dijo a mi madre—. No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.

Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, ¿cuándo voy a hacerlo? Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un maleante.

Lo que tengo que hacer a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de cacao, aunque lo odio. El cacao con nata es un shekel; sin nata, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en patineta. Porque como dice mi padre, eso sí que es educar.

El caso es que el cerdito es muy lindo, tiene el hocico frío cuando uno se lo toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes que nosotros, un buzón del que mi padre no consiguió arrancar la etiqueta. Pesajson no es como mis otros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le derramen su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa.

—¡Pesajson, cuidado, que eres de cerámica! —le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje.

Me encanta cuando sonríe; es sólo por él que me tomo el cacao con la nata todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver que su sonrisa no cambia ni una pizca.

—Te quiero, Pesajson —le digo después—, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además, siempre te querré, pase lo que pase, aunque robes tiendas. ¡Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!

Ayer vino mi padre, agarró a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente boca abajo.

—Cuidado, papá —le dije—, a Pesajson le va a doler la panza. —Pero mi padre siguió como si nada.

—No hace ruido, ¿sabes lo que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en patineta.

—¡Qué bien, papá! —le dije—. Un Bart Simpson en patineta, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal.

Papá dejó a Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y agarrando un martillo con la otra.

—¿Ves cómo yo tenía razón? —le dijo a mi madre—, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?

—Pues claro —le respondí—, claro que sí, pero ¿por qué un martillo?

—Es para ti —dijo mi padre mientras me lo entregaba—, pero ten cuidado.

—Pues claro que lo voy a tener —le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:

—¡Venga, rompe el cerdito de una vez!

—¿Qué? —exclamé yo—. ¿Romper a Pesajson?

—Sí, sí, a Pesajson —insistió mi padre—. Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, te lo has ganado a pulso.

Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado su fin. Al diablo con el Bart Simpson, ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?

—No quiero un Simpson —dije, y le devolví el martillo a mi padre—, me basta con Pesajson.

—No lo has entendido —me aclaró entonces mi padre—, no pasa nada, así es como se aprende, ven, lo voy a romper yo. —Alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mí, que si no hacía algo, Pesajson iba a morir.

—Papá —le dije sujetándolo de la pernera.

—¿Qué pasa, Yoavi? —me respondió con el martillo todavía en alto.

—Quiero un shekel más, por favor —le supliqué—, deja que le eche otro shekel, mañana, después del cacao, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo.

—¿Otro shekel? —sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa—. ¿Ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia.

—Eso, sí, conciencia —le dije—, mañana. — Y eso que las lágrimas ya me ahogaban la garganta.

Cuando ellos ya habían salido de la habitación abracé con mucha fuerza a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto.

Pesajson no decía nada, sino que muy calladito temblaba entre mis brazos.

—No te preocupes —le susurré al oído—, te voy a salvar.

Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en la sala y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí con Pesajson por la galería.

Caminamos juntos muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas.

—A los cerdos les encantan los campos —le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo—, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí.

Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el hocico como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme.

Etgar Keret

La sirena

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn.

-Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

-Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar ginebra.

-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

-En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

-Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa en qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

-Oh, hay tantas cosas en el mar -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

-Sí, es un mundo viejo.

-Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-, algo viene a visitar el faro.

-¿Los cardúmenes de peces?

-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: “Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida”.

La sirena llamó.

-Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene…

-Pero… -interrumpí.

-Chist… -ordenó McDunn-. ¡Allí!

-Señaló los abismos.

-Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego… no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

-Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn.

-¡Es imposible! -exclamé.

-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

-¡Parece un dinosaurio!

-Sí, uno de la tribu.

-¡Pero murieron todos!

-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda la frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

-¿Qué haremos?

-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

-¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

-¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo… lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

-El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.

-Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

-Veamos qué ocurre -dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

-¡McDunn! -grité-. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

-¡Abajo! -gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

-¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

-Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido, debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

-Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

-Por si acaso -dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

-Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

Ray Bradbury

A la luz del día

Me hallaba una noche después de cenar en el Casino de San Esteban, en Ramleh. Mi amigo Alejandro A., que vivía en el Casino, nos había invitado a cenar con él a otro joven, muy cercano a nosotros, y a mí. Como no era una velada con música había venido muy poca gente, de manera que mis amigos y yo teníamos todo el local para nosotros.
Estuvimos hablando de diversas cosas y, como ninguno de nosotros era rico, la conversación derivó naturalmente sobre el dinero y sobre la independencia que da y los placeres que le acompañan.
Uno de mis amigos decía que le gustaría tener 3000000 de francos y empezó a contar lo que haría y, sobre todo, qué dejaría de hacer si estuviera en posesión de esa enorme cantidad.
Yo, más comedido, me contentaba con unos ingresos de 20000 francos al año.
Alejandro A. dijo:
«Si hubiera querido ahora sería no sé cuántas veces millonario, pero no me atreví».
Estas palabras nos resultaron extrañas. Conocíamos bien la vida de nuestro amigo A. y no recordábamos que jamás se le hubiera presentado la ocasión de hacerse multimillonario, conque supusimos que no hablaba en serio y que vendría después una broma. Pero la cara de nuestro amigo estaba muy seria y le pedimos que nos explicara su enigmática frase.
Vaciló por un instante y luego dijo:
«Si estuviese en otra compañía, por ejemplo entre la llamada ‘gente avanzada’ no daría explicaciones, porque se reirían de mí. Pero nosotros estamos un poco por encima de la ‘gente avanzada’, o sea que el perfecto desarrollo espiritual nos ha vuelto otra vez sencillos, pero sencillos sin ignorancia. Hemos realizado un giro completo. Por eso, naturalmente, hemos vuelto al punto de partida. Los demás se han quedado a la mitad. No saben, ni siquiera imaginan, dónde termina el camino».
Estas palabras no nos asombraron en absoluto. Cada uno teníamos una extrema consideración para uno mismo y para los otros dos.
«Sí», repitió Alejandro, «si me hubiera atrevido sería multimillonario, pero me dio miedo.
»Es una historia que se remonta a hace diez años. No tenía entonces mucho dinero, como ahora, o mejor no tenía ninguno, pero de una u otra forma iba tirando y vivía pasablemente bien. Estaba en una casa de la calle Cherif Pachá que era de una viuda italiana. Tenía tres habitaciones bien amuebladas y un criado personal, además del servicio de la patrona que también estaba a mi disposición.
»Una noche había ido al “Rossini” y después de escuchar muchas sandeces decidí salirme a la mitad e irme a dormir, porque al día siguiente tenía que madrugar para ir de excursión a Abukir a donde me habían invitado.
»Al llegar a mi cuarto empecé, como tenía por costumbre, a dar vueltas arriba y abajo pensando en todo lo del día. Pero como no había habido nada de interesante me entró sueño y me puse a dormir.
»Debí de estar durmiendo hora y media o dos horas sin soñar, porque recuerdo que sobre la una de la madrugada me despertó un ruido de la calle y no me acordaba de ningún sueño. Debí quedarme otra vez dormido sobre la una y media, y entonces me pareció que en mi cuarto entraba una persona de mediana estatura, de unos cuarenta años. Llevaba un traje negro, bastante raído, y un sombrero de paja. En la mano izquierda llevaba una sortija con una gran esmeralda. Esto me llamó la atención porque contrastaba con su ropa. Tenía una barba negra muy canosa y una expresión extraña en sus ojos, una mirada entre burlona y melancólica. En general era un tipo bastante corriente; de esa gente que encuentras a menudo. Le pregunté qué quería de mí. No me respondió de repente, sino que me estuvo mirando unos minutos como sospechando de mí o como si estuviera examinándome para asegurarse de que no se había equivocado. Luego me dijo —el tono de su voz era humilde y servil—:
»“Eres pobre, lo sé. He venido para decirte un modo de hacerte rico. Por donde la columna de Pompeyo, conozco un sitio donde está escondido un gran tesoro. Yo no quiero nada de este tesoro —sólo me quedaré con un cofrecito de hierro que encontrarás en el fondo. Todo lo demás será tuyo”.
»“¿Y en qué consiste este gran tesoro?” pregunté.
»“En monedas de oro” me dijo, “pero sobre todo en piedras preciosas. Hay diez o doce cofres de oro llenos de diamantes, de perlas y, creo,” —como si se esforzara en recordar— “que de zafiros”.
»Pensé entonces por qué no iba él solo a coger lo que quería y qué necesidad tenía de mí. No me dejó explicarme. “Comprendo qué estás pensando. Por qué, dices, no voy a cogerlo yo mismo. Hay un motivo que me lo impide y que no puedo decirte. Hay algunas cosas que ni siquiera yo puedo hacer”. Cuando dijo “ni siquiera yo” brilló como un destello de sus ojos y una temible grandeza lo transformó por un segundo. Sin embargo, de pronto, recuperó sus modales humildes. “Por eso me darás una alegría si vienes conmigo. Necesito ineludiblemente a alguien y te estoy eligiendo a ti porque quiero tu bien. Ven a buscarme mañana. Te esperaré desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde en la Plaza Chica, en el café que hay al lado de las ferreterías”.
»Dicho esto desapareció.
»A la mañana siguiente, cuando me desperté, al principio no me acordaba para nada del sueño. Pero después de lavarme y cuando me senté a desayunar, me vino a la memoria y me pareció bastante raro. “Ojalá fuera verdad” me dije, y enseguida lo olvidé.
»Me fui a la jira campestre y me divertí mucho. Éramos muchos —unos treinta, entre hombres y mujeres. Nuestro buen humor era extraordinario; pero no os lo cuento con pelos y señales porque nos salimos del tema».
En este punto mi amigo D. observó: «Y está de más. Porque yo, por lo menos, ya lo sé. Yo también, si no recuerdo mal, estaba en esa excursión».
«¿No es la excursión que hizo Marco G. antes de salir para Inglaterra?».
«Sí, efectivamente. Te acordarás de lo bien que lo pasamos. Buenos tiempos. O, mejor, tiempos pasados. Es lo mismo. Pero volviendo a la historia —regresé de la fiesta bastante cansado y muy tarde. Apenas tuve tiempo para cambiarme de ropa y de cenar y luego fui a casa de una familia amiga mía donde había una especie de timba de cartas y en la que estuve jugando hasta las dos y media de la madrugada. Gané 150 francos y volví a casa más que contento. Me acosté y me quedé traspuesto durmiéndome enseguida gracias al cansancio del día.
»Nada más conciliar el sueño me sucedió algo extraño. Vi que había luz en la habitación, y no sabía por qué no la había apagado antes de acostarme, cuando veo venir desde el fondo de la habitación, del lado de la puerta —mi cuarto era bastante grande— a un hombre que reconocí inmediatamente. Llevaba el mismo traje negro y el mismo viejo sombrero de paja. Pero parecía contrariado, y me dijo: “Te he estado esperando hoy desde el mediodía hasta las cuatro en el café. ¿Por qué no has venido? Te ofrezco hacer tu suerte ¿y no acudes corriendo? Te esperaré otra vez en el café hoy por la tarde, desde el mediodía hasta las cuatro. Y ven sin falta”. Luego desapareció como la otra vez.
»Pero ahora me desperté aterrorizado. La habitación estaba a oscuras. Encendí la luz. El sueño había sido tan real, tan vivo que me que dé aturdido y confuso. Tuve la incertidumbre de ir a ver si la puerta estaba cerrada. Estaba cerrada, como siempre. Miré el reloj: eran las tres y media. Me había acostado a las tres.
»No os oculto ni me avergüenzo en absoluto de deciros de que estaba muy asustado. Me daba miedo cerrar los ojos y dormirme otra vez y volver a ver a mi fantasmagórico visitante. Me senté en una silla muy nervioso. Sobre las cinco empezó a clarear. Abrí la ventana y vi la calle despertarse poco a poco. Algunas puertas se habían abierto y pasaban algunos lecheros madrugadores y los primeros carros del pan. La luz me tranquilizó un poco y me eché de nuevo quedándome dormido hasta las nueve.
»A las nueve, cuando me desperté, me acordé del trajín de la noche y la impresión empezó a perder intensidad. No sabía por qué me había agitado tanto. Cauchemars tiene todo el mundo y yo he tenido muchas en mi vida. Por otra parte esto no era un cauchemar. Es cierto que había tenido dos veces el mismo sueño. Pero ¿por qué con éste? Y ante todo ¿era verdad que lo había tenido dos veces? ¿Es que acaso no había soñado que había visto antes a este mismo hombre? Pero después de mucho recordar, deseché esta idea. Estaba seguro de que había tenido el sueño dos noches antes. Pero ¿qué tenía entonces de raro? El primer sueño parecía haber sido muy vivo y me había causado una fuerte impresión, por eso lo había vuelto a tener. Sin embargo aquí mi lógica fallaba un poco. Pues no recordaba que el primer sueño me hubiera impresionado. Durante todo el día siguiente no había pensado un instante en él. Durante la excursión y en la reunión de por la noche había pensado en todo menos en el sueño. ¿Y qué? ¿Es que no soñamos a menudo con personas que hace muchos años que no vemos? Parece que su recuerdo se nos queda en cierto modo grabado en la memoria y de repente se reaparece en sueños. De manera que ¿qué había de extraño en tener el mismo sueño después de veinticuatro horas, aunque durante el transcurso del día no me hubiera acordado en absoluto? Luego me dije que quizá hubiera leído algo sobre un tesoro escondido y que, sin darme cuenta, hubiera influido en mi mente, pero por más que pensaba no conseguía recordar semejante lectura.
»Al final me aburrí de estos pensamientos y empecé a vestirme. Tenía que ir a una boda y enseguida, con las prisas y con escoger la ropa, el sueño se borró enteramente de mi recuerdo. Después, fui a comer y, para pasar un poco el rato, me puse a leer una revista publicada en Alemania —el Ésperos, creo.
»Me fui a la boda, donde se había reunido toda la buena sociedad de la ciudad. Yo tenía entonces muchas relaciones, con lo que, después de la ceremonia, estuve repitiendo infinidad de veces, lo guapísima que estaba la novia, sólo que un poco pálida, lo majo y joven que era el novio, además de ser rico, y cosas así. La boda terminó hacia las once y media de la mañana, y luego me fui a la estación de Bulkeley a ver una casa de la que me habían hablado y que tenía que alquilar por encargo de una familia alemana de El Cairo que quería pasar el verano en Alejandría. La casa era realmente fresca y bien distribuida pero no tan grande como me habían dicho. Con todo, prometí a la dueña que yo recomendaría su casa como la más adecuada. La dueña se deshizo en agrade cimientos y para conmoverme me contó todas sus desdichas, cómo y cuando había muerto el marido, que había visitado también Europa, que no era mujer para poner en alquiler su casa, que su padre había sido el médico de no sé qué pachá, etc. Una vez cumplido este encargo, volví a la ciudad. Llegué a casa hacia la una de la tarde y comí con gran apetito. Cuando terminé el almuerzo y me tomé un café, salí para ir a casa de un amigo mío que vivía en un hotel cerca del café “Paraíso” para organizar algo para por la tarde. Era el mes de agosto y el sol abrasaba. Bajé despacio por la calle Cherif Pachá para no sudar. La calle a esa hora estaba, como siempre, desierta. Sólo me encontré con un abogado con el que tenía que preparar unos documentos para la venta de un pequeño terreno en Moharrem Bey. Era la última parcela de una finca bastante grande que había ido vendiendo poco a poco para cubrir así una parte de mis gastos. El abogado era una persona honrada y por eso lo había elegido. Pero era un pesado. Hubiera preferido que me robase un poco y que no me aturdiera la cabeza con sus palizas. A la menor, empezaba una perorata interminable —me hablaba de derecho mercantil, traía a colación a Justiniano, recordaba viejos procesos en que había tomado parte en Esmirna, hacía el elogio de sí mismo, me explicaba mil cosas sin venir a cuento para nada y me agarraba de la chaqueta, cosa que odio. Tenía que soportar la tabarra de ese estúpido porque cuando se le agotaba el carrete de su sermón yo intentaba saber algo de la venta que para mi tenía un interés vital. Estos esfuerzos míos me desviaron de camino y seguí con él. Atravesamos, por la Plaza de los Cónsules, la acera de la Bolsa, pasamos por el callejón que une la Plaza Mayor con la Plaza Chica y, por fin, cuando llegamos al centro de la Plaza Chica, había conseguido todas las informaciones que yo quería y mi abogado me dejó al acordarse que tenía que visitar a un cliente que vivía por allí. Me detuve un momento y lo vi alejarse mientras maldecía su cotorrería que en medio de semejante calor y semejante sol me había hecho desviarme de mi camino.
»Me disponía a volver sobre mis pasos para ira a la calle del café del Paraíso, cuando de pronto me chocó la idea de encontrarme en la Plaza Chica. Me pregunté a mi mismo el por qué y me acordé del sueño. “Es aquí donde me ha citado el famoso dueño del tesoro”, dije para mí mientras sonreía, y mecánicamente volví la cabeza hacia el sitio donde estaban unas ferreterías.
»¡Horror! ¡Allí había un cafetín y allí estaba él sentado! Mi primera impresión fue como de vértigo y creí que me caía. Me apoyé en una caseta y volví a mirarlo. El mismo traje negro, el mismo sombrero de paja, el mismo aspecto, la misma mirada. Además me estaba observando sin pestañear. Mis nervios estaban tan tensos como si me hubieran echado por dentro hierro fundido. Sólo pensar que era pleno mediodía, que la gente pasaba indiferente como si no estuviese pasando nada extraordinario y que yo, solamente yo, supiera que estaba sucediendo la cosa más horrible, que ahí estaba sentado un fantasma que quizá tenía poderes y quizá venía de alguna esfera de lo desconocido —¿de qué Infierno, de qué Érebo?— me tenía paralizado y me eché a temblar. El fantasma no me quitaba los ojos de encima. Entonces me embargó el terror de que pudiera levantarse y acercarse a mi, de que pudiese hablarme y de que me llevara consigo; en este caso ¿qué fuerza humana habría podido ayudarme? Me subí a un coche y le dije al cochero una dirección, muy lejos, no recuerdo donde.
»Cuando me recuperé un poco vi que casi había llegado a Sidi Gabir. Había recuperado un poco mi sangre fría y empecé a pensar en el asunto. Mandé al cochero que volviera a la ciudad. “Estoy loco”, pensaba, “indudablemente me he confundido. Sería alguien que se parecía al hombre del sueño. Tengo que volver para asegurarme. Lo más seguro es que se haya ido y eso demostraría que no era él, porque me había dicho que me esperaría hasta las cuatro”.
»Mientras pensaba en todo esto había llegado hasta el teatro Zizinia; y allí, apelando a todo mi valor, mandé al cochero que me llevara a la Plaza Chica. Mi corazón, cuando llegué al café, palpitaba de tal manera que creía que me iba a estallar. Hice que el cochero se detuviera a cierta distancia. Le tiré del brazo con tanta fuerza que poco faltó para que se cayera del pescante porque veía que se acercaba demasiado al café y porque allí, porque allí estaba todavía el fantasma.
»Entonces me puse a mirarlo fijamente intentando encontrar alguna diferencia con el hombre del sueño, como si no fuera suficiente para convencerme de que era él, el hecho es que yo estaba dentro de un coche mirándolo con toda atención, cosa de la que cualquier otro se habría asombrado y me habría pedido una explicación. Al contrario, él respondía a mi mirada con una mirada igual de escrutadora y con una expresión llena de intranquilidad por la decisión que yo estuviera dispuesto a tomar. Parecía adivinar mis pensamientos, como los había adivinado en el sueño, y para deshacer cualquier duda sobre su identidad volvió hacia mi su mano izquierda y me enseñó —con tal claridad me la enseñó que temí que el cochero se diera cuenta— la sortija de la esmeralda que tanta impresión me había causado en mi primer sueño.
»Pegué un grito de terror y dije al cochero, que ya empezaba a inquietarse por la salud de su cliente, que fuera al Boulevard Ramleh. Mi único objetivo era alejarme. Cuando llegué al Boulevard Ramleh le dije que se dirigiera a San Esteban, pero como vi que el cochero dudaba y murmuraba algo me bajé y le pagué. Paré otro coche y le mandé que fuera a San Esteban.
»Llegué aquí fatal. Entré en el Salón del Casino y me asusté al verme en el espejo. Estaba pálido como un cadáver. Afortunadamente el salón estaba vacío. Me tiré en un diván y empecé a pensar qué hacer. Volver a mi casa era imposible. Volver otra vez a aquella habitación donde había entrado de noche, como una Sombra sobrenatural, aquél a quien acababa de ver sentado en un café corriente bajo el aspecto de una persona de carne y hueso, estaba fuera de discusión. Era algo absurdo, porque estaba claro que tenía capacidad para llegar a encontrarme en cualquier sitio. Pero hacía ya bastante tiempo que mis pensamientos eran incoherentes.
»Por fin tomé una decisión. Y fue recurrir a mi amigo G. V. que vivía entonces en Moharrem Bey».
«¿Qué G. V.?», pregunté, «¿Aquel chalado apasionado por los estudios de magia?».
«Él precisamente —eso es lo que me decidió a elegirlo. Tengo un recuerdo vago y confuso de cómo tomé el tren, de cómo llegué a Moharrem Bey, de qué manera iba yo mirando a derecha e izquierda, como un loco, temiendo que el fantasma pudiese aparecer de nuevo a mi lado, y de cómo acabé en el cuarto de G. V. Sólo recuerdo con claridad que cuando me encontré a su lado empecé a llorar como un histérico y a temblar todo y a contarle mi horrible aventura. G. V. me tranquilizó y, medio en serio, medio en broma, me dijo que no tuviera miedo; que el fantasma no se atrevería a ir a su casa y que aunque fuera lo echaría inmediatamente. Me dijo que él conocía este tipo de apariciones sobrenaturales y que sabía la manera de conjurarlas. Por otra parte, me pedía que me convenciera de que no había motivo alguno de miedo, porque el espectro había venido a mí con un objetivo preciso: hacerse con el ‘cofre de hierro’ que él no podía coger, claro está, sin la ayuda de un ser humano. Este objetivo no lo había conseguido; y con mi terror él ya se habría dado cuenta de que no tenía esperanzas de conseguirlo. Sin duda se habría ido a convencer a cualquier otro. V. sólo lamentaba que no le hubiera informado a tiempo para ir él en persona a ver al fantasma y hablar con él porque en la Historia de los Fantasmas, añadía, la aparición de estos espíritus o démones a la luz del día es muy rara. Sin embargo, todo esto no bastaba para tranquilizarme. Pasé una noche muy agitada y al día siguiente me desperté con fiebre. El desconocimiento por parte del médico y el estado de tensión de mi sistema nervioso me provocaron una fiebre cerebral de la que por poco me muero. Cuando me recuperé un poco, quise saber qué día era. Había caído enfermo un 3 de agosto y yo creía que sería el 7 o el 8. Era el 2 de septiembre.
»Un corto viaje a una isla del Egeo aceleró y completó mi curación. Durante toda la enfermedad estuve en casa de mi amigo V., que me cuidó con todo el buen corazón que conocéis. Sin embargo, él estaba intranquilo consigo mismo porque no había tenido suficiente coraje para echar al médico y haberme curado por medios mágicos, cosa que, como yo mismo creo, al menos en este caso, me habría curado tan de prisa como el médico.
»Ésta ha sido, amigos míos, la ocasión que tuve de ser multimillonario —pero no tuve valor. No tuve valor y no me arrepiento».
Aquí se detuvo Alejandro. Fue tanta la convicción y tanta la sencillez con la que había hecho su relato que nos impidió hacer el menor comentario. Además habían pasado veintisiete minutos de la medianoche. Y como el último tren para la ciudad salía a las doce y media, nos vimos obligados a despedirnos y marcharnos apresuradamente.

Constantino Cavafis

El desvalido Roger

Arrebujada en la manta eléctrica, Eleanore Wharton ignoró el primer timbrazo del despertador. El segundo sonaría dentro de un cuarto de hora, más enérgico, más cargado de reproches en nombre de la disciplina, y si continuaba durmiendo tendría que padecer cada cinco minutos un chillido insidiosamente calculado para transmitirle hasta el fondo el sueño un sentimiento de culpa. Odiaba el despertador, pero lo consideraba una buena inversión. Sin duda los japoneses hacían bien las cosas. El vicio de quedarse aletargada entre las sábanas le había costado varios descuentos de salario. Ahora, con el auxilio de la alarma repetitiva, se había vuelto casi puntual. Ya no la regañaban tan a menudo en Robinson & Fullbright, la empresa donde trabajaba como secretaria ejecutiva desde hacía veinte años. Arrastraba, sin embargo, una injusta fama de dormilona que no quería desmentir. Sus jefes eran hombres y los hombres no tenían menopausia. ¿Cómo explicarles que a veces amanecía deprimida, sin ganas de trabajar, enfadada consigo misma por haber cruzado la noche con su cadáver a cuestas?

Hoy estaba recayendo en la indolencia. No se levantó con el segundo timbrazo: los japoneses podían irse al infierno. Lo malo era que habían logrado su propósito. Estaba despierta ya, tan despierta que reflexionó sobre la función cívica del sopor. Dios lo había inventado para que los hombres despertaran aturdidos y no pudieran oponerse al mecanismo inexorable de los días hábiles. P ero ella se había levantado sin lagañas en el cerebro, absurdamente lúcida, y nada le impedía pensar que su indolencia era tan acogedora y tibia como la cama. Sacó una mano del cobertor y buscó a tientas el vaso de agua que había puesto sobre la mesita de noche. Por equivocación tomó el que contenía su dentadura postiza y bebió el amargo liquido verde (Polident, for free-odor dentures) que la preservaba de impurezas. ¡Qué asco tener cuarenta y nueve años! ¡Qué asco levantarse lúcida y decrépita!

Pensó en su colgante papada, en la repulsiva obligación de “embellecerse”. Otro motivo más para faltar al trabajo: una vieja como ella no tenía por qué hacer presentable su fealdad. Al diablo con los cosméticos y las pinturas. Que la hierba y el moho crecieran sobre sus ruinas; de todos modos, nadie las miraría. Se había divorciado a los treinta, sin hijos, y desde entonces evitaba el trato con los hombres. A sus amigas las veía una vez al año, por lo general el día de Thanksgiving. Nunca las buscaba porque a la media hora de hablar con ellas tenía ganas de que la dejaran sola. Su individualismo lindaba con la misantropía. Se guarecía de la vida tras una coraza inexpugnable y rechazaba cualquier demostración de afecto que pudiese resquebrajarla. Odiaba ser así, pero ¿cómo remediarlo? ¿Tomando un curso de meditación trascendental? Corría el peligro de encontrarse a sí misma, cuando lo que más deseaba era perderse de vista. No, la meditación y el psicoanálisis eran supercherías, trucos de maquillaje para tapar las arrugas del alma (un sorbo de agua pura le quitó el amargo sabor de boca) y ella necesitaba una restauración completa, un cambio de piel. Eleanore Wharton era un costal de fobias. ¿Por qué tenía que oír su voz dentro y fuera del espejo? Si al menos variara el tema de sus monólogos podría soportarla, pero siempre hablaba de lo mismo: la comida grasosa era mala para la circulación, Michael Jackson debería estar preso por corromper a los jóvenes, en este mundo de machos las mujeres de su clase no podían sobresalir, los hombres querían sexo, no eficiencia, la prueba eran los ejecutivos de la oficina, tan severos con las viejas y tan comprensivos con las jovencitas, pero nunca más permitiría que le descontaran dinero por sus retardos, eso no, por algo había comprado el despertador japonés con alarma repetitiva que ahora le ordenaba salir de la cama con chillidos atroces: wake up fuckin’ lazy, ¿estás triste, puerca? Pues muérete de amargura, pero después de checar tarjeta.

Desconectó el reloj en franca rebelión contra Robinson & Fullbright. Llegaría tarde a propósito. No iba a desperdiciar una buena crisis existencial por complacer a sus jefes. Prendió el televisor desde la cama. La noche anterior había grabado un programa especial de Bob Hope y quería cerciorarse de que su casetera no le había jugado una mala pasada. El aparato, como de costumbre, había hecho uno de sus chistes. Lo tenía programado para grabar a partir de las doce y ahora veía en la pantalla el noticiero de las 11:30. Maldita Panasonic. Lo más latoso de sus descomposturas era tener que lidiar con el técnico de la empresa. Si mantenía las distancias y cruzaba con él unas cuantas palabras, las indispensables para explicarle cuál era la falla, se creaba una situación tensa, insoportablemente formal, pero cuando le ofrecía café y trataba de romper el hielo sentía como si expusiera su intimidad en una vitrina. ¿Por qué no inventaban aparatos que arreglaran otros aparatos?

El noticiario exhibía imágenes frescas del terremoto de México: edificios en ruinas, campamentos en las calles, mujeres que recorrían largas distancias para llenar baldes de agua. Pobre país. ¿Dónde quedaba México exactamente? ¿Junto a Perú? El hombre de la NBC hablaba de veinte mil muertos. Había sobrevivientes entre los escombros, pero faltaba maquinaria para rescatarlos. También escaseaban la ropa y los víveres. Toma de la marquesina de un hotel con un reloj detenido a las 7:19. “Los mexicanos nunca podrán olvidar esta hora, la hora en que la tierra quiso borrar del mapa la ciudad más populosa del mundo”. Corte a un edificio desplomándose. Corte al Presidente agradeciendo la ayuda internacional. Se veía muy blanco para ser mexicano. Corte a gente del pueblo arrodillada en una iglesia. “En este escenario de dolor y tragedia los niños que han quedado sin familia y sin hogar son las principales víctimas”. La cámara tomó a un niño semidesnudo que lloraba junto a las ruinas de una vecindad. “Niños como éste buscan desesperadamente a sus padres —el locutor fingió tener un nudo en la garganta— sin sospechar que nunca volverán a encontrarlos”.

Eleanore sintió una punzada en el corazón. ¿El niño lloraba lágrimas negras o las teñía de negro el polvo de sus mejillas? Llevaba un suéter agujereado que a juzgar por el temblor de su cuerpo no lo protegía del frío. Tendría dos o tres años y sin embargo su cara convulsa, hinchada por el llanto, expresaba la desolación de un anciano que hubiera visto cien guerras. Tras él se levantaba, recortada contra un horizonte plomizo, una montaña de cascajo por la que trepaban bomberos y rescatistas con tapabocas. La información sobre el terremoto finalizó con un close up del niño.

Regresó el caset para verlo de nuevo. Ese pobre ángel vivía en México, pero ¿dónde estaba México? Era el país de los mariachis que cantaban tango, de eso estaba segura, pero no podía ubicarlo geográficamente. Congeló la imagen para estudiar al niño con detenimiento. Parecía desnutrido. Ella tenía la nevera llena de t.v. dinners (dietéticos, por supuesto) y se regodeaba contemplando a una criatura que lloraba por un mendrugo de pan. Egoísta. ¿Con qué derecho permanecía en la cama lamiéndose las heridas mientras había en el mundo tantos niños infelices y dignos de compasión? Alguien tendría que llevarlo a un orfanatorio, si acaso quedaban orfanatorios en pie. Increíble pero cierto: estaba enternecida. El pequeño damnificado le había devuelto las ganas de luchar. Hubiera querido meterse al televisor para consolarlo, para decirle que no estaba solo en el mundo. Saltó de la cama con el amor propio revitalizado. Eso era lo que necesitaba para sentirse viva: una emoción pura. Desde la oficina llamaría al técnico de la Panasonic y hablaría con él como una cotorra.

Ocupada en escribir contratos de propiedad inmobiliaria y hacer llamadas al registro catastral, no tuvo tiempo de pensar en su nueva ilusión hasta pasadas las doce, cuando escuchó un comentario del señor Fullbright sobre el terremoto de México. Lo que vio por televisión le había parecido tan pavoroso, tan impresionante, que nunca más iría de vacaciones a Acapulco. Miserable. ¿Cómo se atrevía a invadir un territorio sentimental que le pertenecía por derecho propio? Apostaba cien dólares a que había cambiado de canal para no ver la telenovela de los huérfanos mexicanos.

Después del lunch, aprovechando la ausencia de su jefe, consultó la enciclopedia que tapizaba la sala de juntas. México limitaba al norte con Estados Unidos y al sur con Guatemala. Costaba trabajo creer que Sudamérica estuviera tan cerca de Estados Unidos, pero el mapa no dejaba lugar a dudas: había menos de tres pulgadas entre su pueblo, Green Valley, y la ciudad malherida donde lloraba una criatura sin hogar, sin familia, sin amor.

Al regresar a casa volvió a encender la videocasetera. Nuevos y más intensos pálpitos de misericordia le cimbraron el pecho. Rompiendo su costumbre de no comer después del dinner hizo una cazuela de palomitas, puso a todo volumen el Himno a la alegría en versión de Ray Coniff y se arrellanó en la cama para ver la carita convulsa y adorable del niño mexicano que sentimentalmente ya le pertenecía. Dios lo había puesto en su televisor cuando faltaban cuatro días para que saliera de vacaciones. La orden celestial no podía ser más clara: corre a buscarlo, sálvate amando a ese pedacito de carne. Se llamaría Roger, no importaba cómo lo hubiera bautizado su madre. El mejor homenaje para la difunta sería criar al huérfano en un ambiente sano que le hiciera olvidar el trauma del terremoto. El boleto de avión a México no podía ser muy caro. Y aunque lo fuera: estaba dispuesta a hacer sacrificios desde ahora.

El hotel que le recomendaron en la agencia de viajes tenía la ventaja de estar pegado a la embajada estadounidense, adonde se dirigió en primer lugar para saber cuáles eran los trámites de adopción en el país. El joven que atendía la ventanilla de información le dijo que adoptar un niño en México era bastante complicado. El gobierno pedía muchos requisitos a los extranjeros, pero en las circunstancias que atravesaba el país quizá hubiera la consigna de agilizar el papeleo. No quería desanimada, pero el trámite podía tardar más de un año.

Salió de la embajada con una sonrisa de optimismo. Bienvenidas las dificultades: ella demostraría que el amor las vence todas. Tenía el propósito de buscar al niño científicamente. Antes que nada, enseñaría el videocaset a la gente de la NBC para que le dijeran dónde habían encontrado al huerfanito. En la recepción del hotel obtuvo la dirección de la oficina de corresponsales extranjeros. La deletreó con serias dificultades a un taxista enemigo del turismo que no puso empeño en descifrar su balbuceante español y acabó arrebatándole la tarjeta de mala manera. El recorrido por las calles de México fue una sucesión de sorpresas, la mayoría desagradables. La ciudad era mucho más imponente de lo que suponía. Más imponente y más fea. Vio tantos perros callejeros que se preguntó si no serían sagrados, como las vacas en la India. ¿Por qué nadie se ocupaba de ellos? Los gigantescos charcos podían ser efecto del terremoto, concediendo que hubiera dañado el drenaje, pero ninguna catástrofe natural justificaba la proliferación de puestos de fritangas, el rugido ensordecedor de los autobuses, la insana costumbre de colgar prendas íntimas en los balcones de los edificios. El paisaje no mejoraba en el interior del taxi. El conductor tenía cara de asesino, pero llevaba el tablero del coche abarrotado de imágenes religiosas. ¿A quién podía rezarle un troglodita como él, que arriesgaba la vida de sus pasajeros con tal de ganar un metro de terreno y gritaba horribles interjecciones a otros automovilistas igualmente inciviles?

En la oficina de corresponsales extranjeros esperó más de dos horas al camarógrafo Abraham Goldberg, única persona que a juicio de la recepcionista podía ayudarla. No le gustaba nada tener que hablar con un judío. Tampoco la conducta de los reporteros y las telefonistas que pasaban a su lado insultándola con la mirada. ¿Creían que había ido a vender una grabación? Malditos chacales. Como ellos ganaban buenos dólares con el espectáculo del terremoto, no comprendían que alguien perdiera tiempo y dinero por una causa noble. Abrazando el videocaset permaneció en su puesto. Era como abrazar a Roger, como protegerlo de aquella turba inhumana. Tenía sed, pero no tanta como para tomar agua del bebedero que había frente al sillón de visitas. El agua de México era veneno puro, lo había leído en un artículo de Selecciones. Incluso los refrescos embotellados tenían amibas. No señor, ella no iba a caer en la trampa. Sólo bebería su agua, el agua cristalina y pasteurizada que había traído de Green Valley en higiénicas botellas de plástico.

Abraham Goldberg resultó ser tal y como lo había imaginado: narigón, antipático, de pelo crespo y especialmente hostil con la gente que le quitaba el tiempo. No entendía o fingía no entender su petición. “¿Pero usted quiere adoptar a ese niño en especial? ¿Cree que podrá encontrarlo entre 18 millones de habitantes? ” A Eleanore le sobraban ganas de hacerlo jabón, pero mantuvo la calma y respondió con su mejor sonrisa que no deseaba molestarlo, sólo quería un poco de ayuda para localizar al niño. Goldberg le prometió hacer algo y fue a cambiar impresiones con un reportero que estaba escribiendo a máquina. Desde lejos Eleanore los oyó reír. La tomaban por loca. Claro, para ellos tenía que estar loca cualquier persona de buenos sentimientos. El compañero de Goldberg, más amable o más hipócrita, la llevó a un cuarto donde había una videocasetera. Vieron la escena del noticiero. Del niño se acordaba, pero no del nombre de la calle. ¿Por qué tanto interés en adoptar a ese niño si había muchos otros huérfanos en la ciudad? Eleanore se sintió herida. Por lo visto, la gente de la televisión era de piedra. ¿No comprendían que ese niño, ése en particular, había despertado su instinto maternal, y los instintos maternales eran intransferibles? Haciendo un esfuerzo por serenarse pidió al reportero que tuviera la gentileza de llamar a un colega mexicano.

El hombre de la NBC hizo un gesto de fastidio.

—Se lo suplico. A una persona de la ciudad no le costará trabajo identificar la calle. Vine desde Oklahoma por este niño. Si usted no me ayuda estoy perdida —sollozó.

Minutos después llegó al cuarto un mexicano bilingüe. Aseguró sin titubeos que el niño estaba en la calle Carpintería, una de las más devastadas de la colonia Morelos. Eleanore memorizó los nombres al primer golpe de oreja. Dio efusivamente las gracias al mexicano y con menos calidez al reportero de la NBC. Ya de salida, cuando esperaba el ascensor, creyó escuchar que la despedían con risas.

Al día siguiente contrató en el vestíbulo del hotel a un guía de turistas que le ofreció sus servicios de intérprete por diez dólares diarios. Se llamaba Efraín Alcántara. De joven había conocido en San Miguel Allende a una profesora tejana (you know, a very close friend, fanfarroneó al presentarse) que le dio clases de inglés. Tenía el pelo envaselinado, el bigote canoso y los modales de un galán otoñal.

A Eleanore le pareció un abuso de confianza que la tomara de la cintura para cruzar Paseo de la Reforma y repitiera la cortesía cuando bajaron del taxi en la zona acordonada por el ejército. Efraín sostuvo una larga conversación con el soldado que impedía el acceso a la calle. “Estoy diciéndole que somos parientes de unos damnificados, a ver si nos deja pasar”, le informó en inglés. El militar no daba señales de ablandarse. Vencido por su intransigencia, Efraín volvió con ella y le susurró al oído “Este quiere dinero. Deme cinco mil pesos”. Eleanore dudó un momento. No le gustaba prestarse a corruptelas. Lo correcto sería denunciar al soldado y obtener un permiso para entrar a la calle legalmente. Pero nada en ese país era correcto, y si quería encontrar a Roger tenía que seguir las reglas del juego. Sintiéndose criminal entregó el dinero a Efraín. El soldado los dejó pasar por debajo del cordón sin hacer un gesto que denotara vergüenza o turbación. Seguramente le parecía muy justo recibir sobornos.

Al incursionar en la zona de derrumbes, Eleanore percibió un lúgubre olor a carne descompuesta. Efraín había vuelto a tomarla de la cintura. Apartó su brazo con brusquedad (lo sentía obsceno, impertinente, lúbrico) y se tapó la nariz con un pañuelo. Había edificios totalmente pulverizados. Otros, retorcidos como acordeones, sólo esperaban un soplo de viento para venirse abajo. Sus antiguos habitantes, amontonados en casas de campaña, los vigilaban desde la calle ansiosos de recuperar muebles y pertenencias. ¿Cómo podían respirar ese aire de muerte y mantenerse tan joviales, como si asistieran a un picnic? Donde sólo quedaban escombros trabajaban las grúas, removiendo los bloques de concreto con extremada cautela. Efraín explicó a Eleanore —otra vez la oprimía con su pegajosa manita— que si trabajaban más aprisa corrían el riesgo de aplastar a posibles sobrevivientes. Ella asintió con desgana. No había venido a México a tomar cursos de salvamento. Examinaba con minuciosidad todas las ruinas en busca del escenario donde había visto a Roger. Tenía la corazonada, tan absurda como intensa, de que lo encontraría en el mismo sitio donde lo retrató la NBC.

Tras dos horas de búsqueda infructuosa, Efraín le pidió que fuera razonable. Nada ganarían buscando la vecindad en ruinas del noticiero. Quizá la hubiesen demolido ya. Sería más conveniente mostrar a los vecinos la foto del niño y preguntar si alguien lo conocía. Eleanore aceptó por cansancio, no por convencimiento, el sensato consejo de su intérprete. Más que de Roger se había prendado de su conmovedora imagen, y temía que su naciente amor no resistiera la desilusión de hallarlo con otro pasaje de fondo. Recorrieron casa por casa, incluyendo las de campaña, con la esperanza de que alguien lo identificara. La borrosa foto de Roger, producto imperfecto y deforme del coito visual entre su Polaroid y la pantalla televisiva, era un pésimo auxiliar en la investigación. Algunas personas la miraban con curiosidad, otras apenas la veían, pero al final todos negaban con la cabeza en una reacción que, vista cuarenta veces, acabó con la paciencia de Eleanore. ¿No estarían escondiendo al niño? ¿Querrían dinero a cambio de la información?

Llegaron al final de la calle sin haber obtenido una sola pista. Cuando iba saliendo, vencida y rabiosa, de la zona acordonada por el ejército, una mujer que había visto la foto la interceptó para darle una excelente noticia. El martes habían llevado a los huérfanos de la colonia a una clínica del Seguro Social. La camioneta recogió por error a uno de sus hijos y tuvo que ir a buscarlo. Había retehartos niños en esa clínica, tal vez ahí estuviera el que buscaban. Efraín apuntó la dirección y Eleanore musitó un “mouchas gratzias” que le salió del alma, del mismo rincón del alma donde tenía grabada la imagen de Roger.

A primera hora de la mañana se presentó en la clínica, después de haber dormido poco y mal por culpa de un mosquito. Había ya más de cincuenta personas en la cola para ver a los huérfanos. Efraín sacó una ficha de visita en la recepción. Dijo a la empleada que eran marido y mujer y luego contó su chiste a Eleanore con el regocijo de un adolescente pícaro. “Usted se cree muy gracioso ¿verdad? “, respondió ella, irónica y despectiva. Efraín ya estaba cansándola con sus galanterías y sus manoseos de latin lover: sabía perfectamente bien que había venido a México en busca de un niño, pero la trataba como a una mujerzuela en busca de aventuras. ¿P ensaría el estúpido que le pagaba los diez dólares diarios para llevárselo a la cama? El desaseo de la clínica era tan irritante como sus insinuaciones. Entendía que en una situación de emergencia hubiera enfermos en los pasillos, pero eso no disculpaba a las negligentes afanadoras que dejaban al descubierto las bandejas de comida y echaban algodones sanguinolentos en las tazas de café.

Avanzando con desesperante lentitud llegó a una sección del pasillo donde la cola se cortaba abruptamente. La causa: un esplendoroso vómito desparramado en el suelo. “¿Pero cómo es posible que nadie venga a limpiarlo? “, reclamó a Efraín, convirtiéndolo en embajador de México ante su náusea. El intérprete se encogió de hombros, avergonzado. Eleanore lo aborreció más que nunca. Muy hombre para los coqueteos, pero a la hora de protestar se acobardaba. Con el olor del vómito pegado a la nariz abandonó su lugar en la fila y tomó asiento en una banca desvencijada. Empezaba a tranquilizarse cuando sintió en el hombro la repugnante mano de Efraín. —¡Keep your place in the row! —le ordenó, librándose de sus garras con un violento giro—. And please, if you want your money don’ t touch me any more. A modo de disculpa, Efraín murmuró que sólo había querido preguntarle si quería un café. Retornó su lugar en la cola y desde ahí le dirigió una mirada rencorosa. ¿Se había enojado? Pues que renunciara. Sobraban pajarracos como él en todos los hoteles.

La sala de los huérfanos era una bodega improvisada como guardería. Los grandecitos, ojerosos de tanto llorar, miraban a los visitantes pegando las caras a un ventanal. Muy bien: aquí sí había una atmósfera de dolor humano como la del noticiero. Con el rostro de Roger en el pensamiento, Eleanore examinó a todos los niños de su edad. Por simple arbitrariedad sentimental descartó a los risueños: forzosamente Roger tenía que llorar, pues las lágrimas eran la mitad de su encanto. Se concentró en los llorones. No estaba entre los de la primera fila y en la segunda reinaba una incomprensible alegría. Más atrás había un chiquitín que se le parecía un poco. Pero no, la cabeza de Roger era redonda y ese niño la tenía alargada como un pepino. Por lo visto había hecho la cola en balde. Únicamente le faltaba examinar a un pequeño, el más llorón de los llorones, que hasta entonces le había dado la espalda. No llevaba calzoncito: buena señal, tampoco lo tenía su pedazo de cielo. De pronto el niño volteó y fue como si en su mente cayera un relámpago: ¡Ahí estaba Roger, angelical, triste, desvalido, llorando como en el reportaje del terremoto!

—¡Es el mío, ese de atrás es hijo mío! —gritó en ese momento una señora mexicana, señalando al mismísimo Roger.

Eleanore adivinó lo que se proponía la mujer, y olvidando la barrera del idioma gritó en inglés que aquel niño era huérfano y ella venía desde Oklahoma para adoptarlo. Efraín tradujo sus alaridos a la trabajadora social que cuidaba la guardería. Tanto Eleanore como su rival querían tocar al niño, que ahora, con los jalones de las dos mujeres, tenía sobrados motivos para desgañitarse.

—¡Sáquese a la chingada, gringa apestosa! Este es hijo mío, se llama Gonzalo —la mujer se volvió hacia Efraín—. Dígale que lo suelte o les doy a los dos en toda su madre.

Un médico llegó a pedir compostura y a tratar de resolver el enredo. Que las señoras mostraran documentos o fotografías del niño para saber quién era la verdadera madre. Eleanore se apresuró a sacar la foto de su bolso. La otra mujer no llevaba foto, pero sí un acta de nacimiento.

—No le haga caso a esta vieja loca, doctor. Yo soy la mamá de a de veras, quítele la camiseta al escuincle y verá que tiene un lunar arribita de su ombligo.

Ahí estaba el lunar, en efecto. Eleanore enmudeció. Habría podido seguir con la disputa, pero ya no estaba tan segura de haber encontrado a Roger. Aquel niño tenía los ojos rasgados, parecía un japonesito, y ella, que tanto apreciaba los aparatos japoneses, odiaba visceralmente a sus fabricantes. Pidió a Efraín que la disculpara con el doctor y con la madre del pequeño samurai. Estaba muy apenada, todo había sido un lamentable malentendido…

Corrió hacia la calle, procurando mantener la cabeza en alto por si acaso la vomitada seguía en el suelo. Mientras aguardaba el taxi, con Efraín escoltándola a prudente distancia, el aguijón de la duda volvió a trastornarla. ¿Y si a pesar de todo el niño fuera Roger? Quizá la televisión había cambiado un poco sus facciones. La mujer que lo reclamaba podía ser una explotadora de niños que aprovechaba el terremoto para conseguir carne fresca. Y ella lo había dejado en sus manos, lo había condenado a la desnutrición, a la delincuencia, a malvivir en una de esas horrendas chozas donde se hacinaban diez o doce personas en un ambiente insalubre y promiscuo. Dio media vuelta y caminó rumbo a la clínica. Tenía que rescatarlo. Efraín fue tras ella y se le interpuso antes de que atravesara la puerta.

—Espérese. ¿ Adónde va?

—Por el niño. Es mío. Lo he pensado mejor y creo que esa tipa es una ladrona.

—Pues lo hubiera pensado antes de hacerme pedir disculpas. Ahora no podemos hacer otro escándalo.

—Si no quiere acompañarme, quítese —Eleanore intentó sacudírselo de un empujón y Efraín la metió en cintura con una bofetada.

—Óigame bien, señora. Ya me cansé de aguantar sus idioteces. Tome su dinero, yo hasta aquí llego. Nomás quiero advertirle una cosa: más vale que se calme o va a terminar en la cárcel. No está en su país ¿entiende? Si es verdad que tiene tan buen corazón adopte a otro niño. ¿Por qué a fuerza quiere adoptar a ése?

—Le digo que se haga a un lado. No acepto consejos de cobardes que golpean a las mujeres. Déjeme entrar o llamo a la policía.

—¿Sabe una cosa? Usted está loca. Métase, ándele, haga su escenita y ojalá de una vez le pongan camisa de fuerza.

Dando zapatazos en la banqueta, Efraín se alejó hacia la parada de las combis. Eleanore guardó en su monedero los diez dólares. La bofetada le había devuelto la cordura y antes de volver a la sala de los huérfanos hizo una pausa reflexiva. Pensó en los ojos rasgados del niño, en el coraje de su presunta madre. A Roger lo defendería con alma, vida y corazón, pero sería estúpido luchar con esa víbora por un impostor.

Regresó al hotel acalorada y deprimida. Media botella de agua purificada le quitó la sed, mas no el desasosiego. Efraín había dado en el clavo: estaba loca. El capricho de buscar específicamente al niño del noticiero sólo podía echar raíces en un cerebro enfermo. A las personas normales que adoptaban niños las animaba la generosidad. Lo suyo era vil y sórdido. Roger no le importaba, eso tenía que admitirlo. Simplemente se gustaba en el papel de madre adoptiva. Y creyendo ingenuamente que prolongaría ese idilio consigo misma si encontraba al niño, había venido a México sin tomar en cuenta que la NBC pudo mentir acerca de su orfandad, o incluso, a falta de imágenes amarillistas, mostrar a una víctima de otro terremoto, el de Managua o el de Guatemala, para engañar a su indefenso auditorio de robots. Eran capaces de eso y más. Había visto ya cómo se comportaban. Sin duda le habían dado una dirección cualquiera para quitársela de encima. Bien hecho, muy bien hecho. No merecía mejor trato una vieja cursi como ella. Lo justo era tenerla dando vueltas en una ciudad de 18 millones de habitantes hasta que se cansara de hacer el ridículo. Pero no les daría el gusto de regresar con las manos vacías. Aunque su misericordia tuviera un fondo egoísta y aunque ya no soportara un minuto más en México, seguiría buscando a Roger. Era una cuestión de autoestima. No se imaginaba de vuelta en Oklahoma sin el niño en quien vería encarnado lo más noble y lo más tierno de su neurosis.

Buscó tres días más en hospitales, albergues y delegaciones de policía. Consiguió que anunciaran su causa en la radio. Aprendió a colarse en las zonas bajo control del ejército y husmeó cuanto pudo entre las ruinas del sismo. Fue inútil. A Roger se lo había tragado la tierra. Como no le gustaban las mentiras, decía sin rodeos que no era pariente del niño, que lo buscaba por simple amor al prójimo, y entonces invariablemente venía la sugerencia, cordial a veces, a veces impaciente y grosera, de que adoptara cualquier otro niño. Los mexicanos no sabían decir otra cosa. Iba muy de acuerdo con su carácter ese prejuicio contra los afectos unipersonales y exclusivos. P aseando por la ciudad había notado que sólo eran felices en grupo y más aún cuando el grupo se volvía muchedumbre. Separados no existían, por eso buscaban las aglomeraciones. En las peloteras del Metro la gente reía en vez de lanzar maldiciones. Todo tenían que hacerlo en familia: si se trataba de visitar a un amigo enfermo iban al sanatorio el papá, la mamá, los ocho hijos y los treinta y cuatro nietos. No eran personas: eran partículas de un pestilente ser colectivo. Si algo la motivaba a llegar hasta el final en su misión filantrópica era demostrarle a ese país de borregos, a esa colmena sin individuos, que Eleanore Wharton tenía ideas propias, que sus extravagancias eran muy suyas, y que si jamás había renunciado a su independencia de criterio mucho menos cambiaría a Roger por un huerfanito cualquiera. Pero un contratiempo le impedía seguir adelante: sólo tenía reservas de agua para un día más. Era el momento de actuar con decisión, de jugárselo todo a una sola carta.

Para el último día de búsqueda rentó un automóvil en la casa Hertz. Prefería lidiar con el tráfico a lidiar con taxistas. Le habían recomendado que llevara la foto del niño a la oficina de personas extraviadas. Era un paso lógico, pero de nada servía la lógica en un país irracional. Confiaba más en la suerte. Tomó una avenida ancha y congestionada, sin importarle que la condujera o no a una zona de desastre. Los autobuses de pasajeros la sacaban de carril, echándosele encima como en las road movies. Conducir por el arroyo lateral era un calvario: cada minuto se detenía una combi a descargar pasaje y los autos de atrás tocaban el claxon como si ella se hubiera detenido por gusto. Roger tendría que adorarla para corresponder a su heroísmo. De pronto, sin previo aviso, apareció una valla que cerraba la avenida. Estupendo. Entraría en el embudo de la desviación y seguiría por donde buenamente quisiera llevarla el azar… Alto total: diez minutos para ver el paisaje. A la derecha un puesto de verduras. El dependiente “lavaba” sus mercancías con agua negra. Viva la higiene. A la izquierda un vagabundo agonizante acostado en la puerta de una cantina. Cuando Roger la hiciera enojar le recordaría que por su culpa había presenciado estos espectáculos. P ero quizás no valiera la pena sufrir tanto por un mocoso que se largaría de la casa cuando cumpliera 18 años. A vuelta de rueda llegó a un punto donde la calle se bifurcaba. Tomó a la izquierda. Tropezaría con Roger precisamente porque no iba en su busca. Vio una escuela junto a una fábrica. Excelente planeación urbana. Los niños terminarían la Primaria con cáncer pulmonar y de ese modo quedaba resuelto el problema del desempleo. Estaba sudando sangre para salvar a Roger de ese destino y tal vez Roger resultara un patán incapaz de amarla. El plomo suspendido en el aire le produjo escozor en los ojos. P ara colmo, entraba por la ventana un olorcillo a excremento. ¿Cuántos perros harían sus necesidades al aire libre? ¿Cien mil? ¿Medio millón? Y ella, la imbécil, que hubiera podido gozar sus vacaciones en un hotel de Grand Canyon o en una playa de Miami, estaba desperdiciándolas en esa gigantesca letrina. Era tan estúpida, tan absurda, que se merecía la nacionalidad mexicana. Maldita ocurrencia la de venir aquí para adoptar a un pigmeo que además de llorón era horrible. P ero ya tenía suficiente. Volvería de inmediato al hotel y tomaría el primer avión a Oklahoma.

Dobló a la derecha en busca de una calle que la llevara en sentido contrario. Estaba en un barrio donde las casas eran de hojalata y cartón. Aquí el desastre ocurría siempre, con o sin terremoto. Abundaban los jóvenes de cabellos erizados, punks del subdesarrollo, que tomaban cerveza en las banquetas. Roger sería igual a ellos cuando fuera grande. Había sido muy ingenua creyendo que podría convertirlo en un hombre de bien. Iba pensando que el problema de los mexicanos no era económico, sino racial, cuando un niño apareció en el centro de la calle, como vomitado por una coladera. Oyó un golpe seco, un gemido, un crujir de huesos contra la defensa del coche. Bonito final para una benefactora de la niñez mexicana. Ahora vendría la madre a reclamarle y tendría que indemnizarla como si el niño fuera sueco. Una multitud armada con botellas, cadenas y tubos venía corriendo hacia el coche. Apretó el acelerador a fondo y en un santiamén los perdió de vista. No tenía remordimientos, pero había sufrido una decepción. La de no haber atropellado al inocente, al tierno, al adorable y desvalido Roger.

Enrique Serna

El ser más poderoso del mundo*

Un mago de la India pasaba cierta hermosa tarde por la orilla del río Ganges, el gran río sagrado de los brahmanistas y budistas. De repente oyó fuerte aleteo sobre su cabeza y, movido por la curiosidad, alzó la mirada y vio un búho que llevaba un ratoncito en el pico.

El mago prorrumpió en grandes gritos y agitó los brazos para asustar al búho; éste dejó caer, en efecto, al ratoncito, que quedó en el suelo como muerto. El mago lo recogió, lo curó, y después, usando su poder mágico lo convirtió en una lindísima jovencita. La contempló con agrado y le habló de esta suerte:

-Vamos, mi linda niña, ¿a quién desearías como esposo? Dime tu pensamiento, pues mi poder es grande y no hay duda de que alcanzaré a satisfacer tus aspiraciones. La joven, que ya no se acordaba de su humilde estado anterior, exclamó:

-Quiero por marido al ser más poderoso del universo.

Esta respuesta no satisfizo mucho al mago, que era hombre sencillo y de apacibles sentimientos; pero como también era fiel a su palabra, se dispuso a cumplir los deseos de su ahijada.

-El sol -dijo-, es el ser más poderoso del universo. Es la luz del mundo y el calor de la vida. Será tu esposo.

Y volviéndose hacia el astro bienhechor, que en aquel momento resplandecía en medio de los cielos, le suplicó que aceptara la mano de la joven. Mas he aquí que el sol, que había escuchado toda la plática, respondió:

-Con gusto me casaría con la joven, pues es muy bonita, pero no soy el más poderoso. ¿Cómo puedo serlo, si una nube ligera puede eclipsarme y dejarme en la sombra?

Y pronto quedó probado, porque en aquel instante pasó una nube y oscureció al sol.

Entonces el mago pidió a la nube que se casara con su ahijada, pero la nube respondió:

-Con mucho gusto lo haría, pues es muy bonita; mas tampoco soy el ser más poderoso de mundo. El viento me arrastra y me lleva de un lado a otro, sin que yo pueda resistir a su voluntad.

Iba el mago a ofrecer al viento la mano de la muchacha, cuando observó que se estrellaba contra una poderosa montaña, rugiendo furiosamente, y no la movía ni una pulgada; por lo cual ofreció su ahijada a la montaña, recibiendo esta sorprendente respuesta:

-¿Dónde está mi poder? Sólo tengo resistencia inerte. Las tormentas se disipan en su golpe violento contra mí, pero soy incapaz de obrar; no puedo moverme; nada puedo hacer.

Aquel ratoncito que excavó su madriguera a mis pies es más fuerte que yo, puesto que no puedo impedirle que roa mis entrañas para hacer en ellas su vivienda.

El mago se maravilló del resultado de su búsqueda; pero luego comprendió que cada ser tiene una fuerza superior, que es la fuerza de su propia naturaleza. Entonces devolvió a la joven su condición natural, y como vio que era un ratoncito hembra, llamó al ratón que había labrado su casa en la montaña, para que ambos formaron un matrimonio feliz, que al fin y al cabo era lo que él deseaba.

*Cuento hindú

Cinco años de vida

Miró con disimulo el reloj y confirmó sus temores. Las doce y cinco. Si no empezaba inmediatamente a despedirse, perdería el último métro. Siempre le sucedía lo mismo. Cuando alguien, empujado por la nostalgia, propia o ajena, o por el alcohol, o por cierta reprimida vocación de vedette, se lanzaba por fin a la confidencia, o alguna de las mujeres presentes se ponía de pronto más bonita o más accesible o más tierna o más interesante que de costumbre, o alguno de los más veteranos contertulios, generalmente algún anarquista de la vieja hornada, empezaba a relatar su versión personal y colorida de la lucha casa por casa en el Madrid de la guerra civil, es decir, cuando la reunión por fin se rescataba a sí misma de las bromas de mal gusto y los chismes de rutina, precisamente en ese instante decisivo él tenía que hacer de aguafiesta y privar a su antebrazo del efectivo estímulo de alguna mano femenina, suave y emprendedora, y ponerse de pie y decir, con incómoda sonrisa: «Bueno, llegó mi hora fatal», y despedirse, besando a las muchachas, y palmeando a los hombres, nada más que para no perder el último métro. Los demás podían quedarse, sencillamente porque vivían cerca o —los menos— tenían auto, pero Raúl no podía permitirse el lujo de un taxi y tampoco le hacía gracia (aunque en dos ocasiones lo había hecho) la perspectiva de irse a pie desde Corentin Celton hasta Bonne Nouvelle, anodina hazaña que equivalía a atravesar medio París.

De modo que, ya decidido, tomó uno por uno los dedos finos de Claudia Freire, que en la última hora habían reposado solidariamente en su rodilla derecha, y los fue besando, en actitud compensadora, antes de dejarlos sobre la pana verde del respaldo. Luego dijo, como siempre: «Bueno, llegó mi hora fatal», aguantó a pie firme los discretos silbidos reprobatorios y el comentario de Agustín: «Guardemos un minuto de silencio en homenaje a Cenicienta, que debe retirarse a su lejano hogar. No vayas a olvidarte el zapatito número cuarenta y dos». Raúl aprovechó las carcajadas de rigor para besar las mejillas calientes de María Inés, Nathalie (única francesa) y Claudia, y las inesperadamente frescas de Raquel, pronunciar un audible «chau a todos», cumplir el rito de agradecer la invitación a los muy bolivianos dueños de la casa, y largarse.

Hacía bastante más frío que cuatro horas antes, así que levantó el cuello del impermeable. Casi corrió por la rue Renan, no sólo para quitarse el frío, sino también porque eran las doce y cuarto. En recompensa alcanzó el último tren en dirección Porte de la Chapelle, tuvo el raro disfrute de ser el único pasajero del último vagón, y se encogió en el asiento, dispuesto a ver el vacío desfile de las dieciséis estaciones que le faltaban para la correspondance en Saint Lazare. Cuando iba por Falguière, se puso a pensar en las dificultades que un escritor como él, no francés (le pareció, para el caso, una categoría más importante que la de uruguayo), estaba condenado a enfrentar si quería escribir sobre este ambiente, esta ciudad, esta gente, este subterráneo. Precisamente, advertía que «el último métro» era un tema que estaba a su disposición. Por ejemplo: que alguien, por una circunstancia imprevista, quedara toda la noche (solo, o mejor, acompañado; o mejor aún, bien acompañado) encerrado en una estación hasta la mañana siguiente. Faltaba hallar el resorte anecdótico, pero era evidente que allí había un tema aprovechable. Para otros, claro; nunca para él. Le faltaban los detalles, la menudencia, el mecanismo de esta rutina. Escribir sin ellos, escribir ignorándolos, era la manera más segura de garantizar su propio ridículo. ¿Cómo sería el procedimiento del cierre? ¿Quedarían las luces encendidas? ¿Habría sereno? ¿Alguien revisaría previamente los andenes para comprobar que no quedaba nadie? Comparó estas dudas con la seguridad que habría tenido si el eventual relato se relacionara, por ejemplo, con el último viaje del ómnibus 173, que en Montevideo iba de Plaza Independencia a Avenida Italia y Peñón. No es que supiera todos los detalles, pero sí sabía cómo decir lo esencial y cómo insertar lo accesorio.

Todavía estaba en esas cavilaciones, cuando llegó a Saint Lazare y tuvo que correr de nuevo para alcanzar el último tren a Porte de Lilas. Esta vez corrieron con él otras siete personas, pero se repartieron en los cinco vagones. Previsoramente volvió a subir en el último, calculando que así, en Bonne Nouvelle, quedaría más cerca de la salida. Pero ahora no iba solo. Una muchacha se ubicó en el otro extremo, de pie, pese a que todos los asientos estaban libres. Raúl la miró detenidamente, pero ella parecía hipnotizada por un sobrio aviso que recomendaba a los franceses regularizar con la debida anticipación sus documentos si es que proyectaban viajar al exterior en las próximas vacances. Él tenía el hábito de mirar a las mujeres (especialmente si eran tan aceptables como ésta) con cierto espíritu inventariante. Por las dudas. Así que inmediatamente comprobó que la chica tenía frío como él (pese a su abriguito claro, demasiado claro para la estación, y a la bufanda de lana), sueño como él, ganas de llegar como él. Almas gemelas, en fin. Siempre se estaba prometiendo entablar una relación más o menos estable con alguna francesa, como un medio insustituible de incorporarse definitivamente al idioma, pero, llegado el caso, sus amistades, tanto femeninas como masculinas, se limitaban al clan latinoamericano. A veces no era una ventaja sino un fastidio, pero la verdad era que se buscaban unos a otros para hablar de Cuernavaca o Antofagasta o Paysandú o Barranquilla, y quejarse de paso de lo difícil que resultaba incorporarse a la vida francesa, como si ellos hicieran en verdad algún esfuerzo para comprender algo más que los editoriales de Le Monde y la nómina de platos en el self service.

Por fin Bonne Nouvelle. La muchacha y él salieron del vagón por distintas puertas. Otros diez pasajeros bajaron del tren, pero se dirigieron a la salida de la rue du Faubourg Poissonière; él y la muchacha hacia la de rue Mazagran. Los tacos de ella producían un extraño eco; los de él en cambio eran de goma y la seguían siempre a la misma y silenciosa distancia. Toda la carrera se convirtió de pronto en algo risible, cuando, al llegar a la puerta de salida, advirtieron que la reja corrediza estaba cerrada con candado. Raúl escuchó que la muchacha decía «Dios mío», así, en español, y se volvió hacia él con cara de espanto. Del lado exterior llegaban los espléndidos ronquidos de un clochard, ya instalado en su grasiento confort junto a la reja. «No se ponga nerviosa —dijo Raúl—, la otra puerta tiene que estar abierta». Ella, al oír hablar en español, no hizo ningún comentario pero pareció animarse. «Vamos rápido», dijo, y empezó a correr, desandando el camino. Pasaron nuevamente por el andén, que ahora estaba desierto y a media luz. Desde el andén de enfrente un hombre de overall les gritó que se apuraran porque ya iban a cerrar la otra puerta. Mientras seguían corriendo juntos, Raúl recordó sus dudas de un rato antes. Ahora podré hacer el cuento, pensó. Ya tenía los detalles. La muchacha parecía a punto de llorar, pero no se detenía. En un primer momento, él pensó adelantarse para ver si la puerta de Poissonière estaba abierta, pero le pareció que sería poco amable dejarla sola en aquellos corredores desiertos y ya casi sin luz. Así que llegaron juntos. Estaba cerrada. Ella se asió a la reja con las dos manos, y gritó: «¡Monsieur! ¡Monsieur!». Pero aquí ni siquiera había clochard, cuanto menos monsieur. Desierto total. «No hay remedio», dijo Raúl. En el fondo no le desagradaba la idea de pasar la noche allí, con la muchacha. Se limitó a pensar, de puro desconforme, que era una lástima que no fuese francesa. Qué larga y agradable clase práctica podía haber sido.

«¿Y el hombre que estaba en el otro andén?», dijo ella. «Tiene razón. Vamos a buscarlo», dijo él, con escaso entusiasmo, y agregó: «¿Quiere esperar aquí mientras yo trato de encontrarlo?». Muerta de miedo, ella suplicó: «No, por favor, voy con usted». Otra vez corredores y escaleras. La muchacha ya no corría. Parecía casi resignada. Por supuesto, en el otro andén no había nadie; igual gritaron, pero ni siquiera contestó el eco. «Hay que resignarse», insistió Raúl, que aparentemente había jugado todas sus cartas a la resignación. «Acomodémonos lo mejor posible. Después de todo, si el clochard puede dormir afuera, nosotros podemos dormir adentro.» «¿Dormir?», exclamó ella, como si él le hubiese propuesto algo monstruoso. «Claro.» «Duerma usted, si quiere. Yo no podría.» «Ah no, si usted va a quedarse despierta, yo también. No faltaba más. Conversaremos.»

En un extremo del andén había quedado una lucecita encendida. Hacia allí caminaron. Él se quitó el impermeable y se lo ofreció. «No, de ninguna manera. ¿Y usted?» Él mintió: «Yo no soy friolento». Depositó el impermeable junto a la muchacha, pero ella no hizo ningún ademán para tomarlo. Se sentaron en el largo banco de madera. Él la miró y la vio tan temerosa, y a la vez tan suspicaz, que no pudo menos que sonreír. «¿Le complica mucho la vida este contratiempo?», preguntó, nada más que por decir algo. «Imagínese.» Estuvieron unos minutos sin habla. Él se daba cuenta de que la situación tenía un lado absurdo. Había que irse acostumbrando de a poco. «¿Y si empezáramos por presentarnos?» «Mirta Cisneros», dijo ella, pero no le tendió la mano. «Raúl Morales», dijo él, y agregó: «Uruguayo. ¿Usted es argentina?». «Sí, de Mendoza.» «¿Y qué hace en París? ¿Una beca?» «No. Pinto. Es decir: pintaba. Pero no vine con ninguna beca.» «¿Y no pinta más?» «Trabajé mucho para juntar plata y venir. Pero aquí tengo que trabajar tanto para vivir, que se acabó la pintura. Fracaso total, porque además no tengo dinero para el pasaje de vuelta. Sin contar con que el regreso sería una horrible confesión de derrota.» Él no hizo comentarios. Simplemente dijo: «Yo escribo», y antes de que ella formulara alguna pregunta: «Cuentos». «Ah. ¿Y tiene libros publicados?» «No, sólo en revistas.» «¿Y aquí puede escribir?» «Sí, puedo.» «¿Beca?» «No, tampoco. Vine hace dos años, porque gané un concurso periodístico. Y me quedé. Hago traducciones, copias a máquina, cualquier cosa. Yo tampoco tengo plata para la vuelta. Yo tampoco quiero confesar el fracaso.» Ella tuvo un escalofrío y eso pareció decidirla a colocarse el impermeable de él sobre los hombros.

A las dos, ya habían hablado de los respectivos problemas económicos, de las dificultades de adaptación, de la sinuosa avaricia de los franceses, de los defectos y virtudes de las respectivas y lejanas patrias. A las dos y cuarto, él le propuso que se tutearan. Ella vaciló un momento; luego aceptó. Él dijo: «A falta de ajedrez, y de naipes, y de intenciones aviesas, propongo que me cuentes tu historia y que yo te cuente la mía. ¿Qué te parece?». «La mía es muy aburrida.» «La mía también. Las historias entretenidas pasaron hace mucho o las inventaron hace poco.» Ella iba a decir algo, pero le vino un estornudo y se le fue la inspiración. «Mirá —dijo él—, para que veas que soy comprensivo y poco exigente, voy a empezar yo. Cuando termine, si no te dormiste, decís vos tu cuento. Y conste que si te dormís, no me ofendo. ¿Trato hecho?». Fue consciente de que su última intervención había sido una buena maniobra de simpatía. «Trato hecho», dijo ella, sonriendo francamente y tendiéndole, ahora sí, la mano.

«Dato primero: nací un quince de diciembre, de noche. Según cuenta mi viejo, en pleno temporal. Sin embargo, ya ves, no salí demasiado tempestuoso. ¿Año? Mil novecientos treinta y cinco. ¿Sitio? No sé si sabés que en la generación anterior, regía una ley casi infalible: todos los montevideanos habían nacido en el Interior. Ahora no, cosa rara, nacen en Montevideo. Yo soy de la calle Solano García. No la conocés, claro. Punta Carretas. Tampoco te dice nada. La costa, digamos. De chico fui una desgracia. No sólo por ser hijo único, sino porque además era enclenque. Siempre enfermo. Tuve tres veces el sarampión, con eso te digo todo. Y escarlatina. Y tos convulsa. Y rubéola. Y paperas. Cuando no estaba enfermo, estaba convaleciente. Incluso cuando los demás decían que estaba sano, yo me la pasaba sonándome la nariz.»

Habló un poco más de la etapa infantil (colegio, maestra linda, primas burlonas, tía melosa, indigestión de merengues con olor a nafta, impenetrabilidad del mundo adulto, etcétera), pero cuando quiso pasar a la próxima secuencia cronológica, advirtió claramente, y por primera vez, que lo único medianamente interesante de su vida había sucedido en su infancia. Decidió jugar la carta de la sinceridad e hizo precisamente esa confesión.

Mirta lo ayudó: «No querrás creerme, pero la verdad es que no tengo anécdotas para contar. Casi te diría que no tengo recuerdos. Porque no puedo llevar a esa prestigiosa categoría las vulgares palizas (confieso que tampoco eran demasiado crueles) que recibí de mi madrastra; ni la rutina de los estudios, en los que nunca conseguí (ni quise) destacarme; ni las opacas amistades del barrio; ni mi época detrás de un mostrador, en Buenos Aires, como vendedora de lapiceras y bolígrafos en un comercio de la calle Corrientes. Con decirte que esta temporada en París, aun con las escaseces que paso y el sentimiento de frustración y soledad que a veces me invade, debe ser sin embargo mi periodo más brillante».

Mientras hablaba, miraba hacia el otro andén. Pese a la poca luz, Raúl advirtió que la muchacha tenía los ojos llorosos. Entonces tuvo un gesto espontáneo; tan espontáneo que cuando quiso frenarlo, ya era tarde. Extendió la mano hacia ella, y le acarició la mejilla. Lo inesperado fue que la muchacha no pareció sorprenderse; más aún, Raúl tuvo la casi imperceptible sensación de que ella apoyaba por un instante la mejilla en su palma. Era como si las extrañas circunstancias hubieran instaurado un nuevo patrón de relaciones. Después él retiró la mano y se quedaron un rato inmóviles, callados. Sobre sus cabezas sonaba a veces algún tableteo, algún rumor, algún golpe, que revelaba la presencia lejana y amorfa de la calle, que allá arriba seguía existiendo.

De pronto él dijo: «En Montevideo tengo una novia. Buena chica. Pero hace dos años que no la veo, y, cómo te diré, la imagen se va volviendo cada vez más confusa, más incongruente, menos concreta. Si te digo que me acuerdo de sus ojos, pero no de sus orejas ni de sus labios. Si hago caso de la memoria visual, tengo que concluir que tiene labios finos, pero si recurro a la memoria táctil, tengo la impresión de que eran gruesos. Qué lío, ¿verdad?». Ella no dijo nada. Él volvió a la carga: «¿Vos tenés novio, o marido, o amigos?». «No», dijo ella. «¿Ni aquí ni en Mendoza ni en Buenos Aires?» «En ninguna parte.»

Él bajó la cabeza. En el piso había una moneda de un franco. Se agachó y la recogió. Se la pasó a Mirta. «Guardala como recuerdo de esta Stille Nacht.» Ella la metió en el bolsillo del impermeable, sin acordarse de que no era el suyo. Él se pasó las manos por la cara. «En realidad, ¿para qué voy a mentirte? No es mi novia, sino mi mujer. Lo demás es cierto, sin embargo. Estoy aburrido de esta situación, pero no me animo a romper. Cuando se lo insinúo por carta, me escribe unas largas tiradas histéricas, anunciándome que si la dejo se mata, y, claro, yo comprendo que es un chantaje, pero ¿y si se mata? Soy más cobarde de lo que parezco. ¿O acaso parezco cobarde?» «No —dijo ella—, parecés bastante valiente, aquí, bajo tierra y sobre todo comparándote conmigo, que estoy temblando de miedo».

La próxima vez que él miró el reloj, eran las cuatro y veinte. En la última media hora no habían hablado prácticamente nada, pero él se había acostado en el enorme banco, y su cabeza se apoyaba en la mullida cartera negra de Mirta. A veces ella le pasaba la mano por el pelo. «Cuántos remolinos», dijo. Nada más. Raúl tenía la sensación de hallarse en el centro de un delicioso disparate. Sabía que así estaba bien, pero también sabía que si quería ir más allá, si intentaba aprovechar esta noche de inesperada excepción para tener una aventura trivial, todo se vendría irremediablemente abajo. A las cinco menos cuarto se incorporó y caminó algunos pasos para desentumecer las piernas. De pronto la miró y fue algo así como una revelación. Si hubiera estado escribiendo uno de sus pulcros cuentos, inexorablemente anticursis, no se habría resignado a mencionar que esa muchacha era su destino. Pero afortunadamente no estaba escribiendo sino pensando, así que no tuvo problema en decirse a sí mismo que esa muchacha era su destino. Después de eso, suspiró; podía ser interpretado como un suspiro de inauguración. La emoción subsiguiente fue algo más que un estado de ánimo; realmente fue una exaltación orgánica que abarcó orejas, garganta, pulmones, corazón, estómago, sexo, rodillas.

La excitación y el enternecimiento lo llevaron a romper el silencio: «¿Sabés una cosa? Daría cinco años de vida porque todo empezara aquí. Quiero decir: que yo ya estuviera divorciado y mi mujer hubiera aceptado el hecho y no se hubiera matado, y que yo tuviera un buen trabajo en París, y que al abrirse las puertas saliéramos de aquí como lo que ya somos: una pareja». Desde el banco, ella hizo con la mano un vago ademán, apenas como si quisiera espantar alguna sombra, y dijo: «Yo también daría cinco años —y luego agregó—: No importa, ya nos arreglaremos».

El primer síntoma de que la estación reanudaba su rutina fue una corriente de aire. Ambos estornudaron. Luego se encendieron todas las luces. Raúl sostuvo el espejito mientras ella se ponía presentable. Él mismo se peinó un poco. Cuando subían lentamente las escaleras, se cruzaron con la primera avalancha de madrugadores. Él iba pensando en que ni siquiera la había besado y se preguntaba si no se habría pasado de discreto. Afuera no hacía tanto frío como la víspera.

Sin consultas previas, empezaron a caminar por el boulevard Bonne Nouvelle, en dirección a la sucursal de Correos. «¿Y ahora?», dijo Mirta. Raúl sintió que le había quitado la pregunta de los labios. Pero no tuvo oportunidad de responder. Desde la acera de enfrente, otra muchacha, de pantalones negros y buzo verde, les hacía señas para que la esperaran. Raúl pensó que sería una amiga de Mirta. Mirta pensó que sería una conocida de Raúl. Al fin la chica pudo cruzar y los abordó con gran dinamismo y acento mexicano: «Al fin los encuentro, cretinos. Toda la noche llamándolos al apartamento, y nada. ¿Dónde se habían metido? Necesito que Raúl me preste el Appleton. ¿Puedes? ¿O acaso es de Mirta?».

Quedaron mudos e inmóviles. Pero la otra arremetió. «Vamos, no sean malos. De veras lo preciso. Me encargaron una traducción. ¿Qué les parece? No se queden así, como dos estatuas, por no decir como dos idiotas. ¿Van al apartamento? Los acompaño.» Y arrancó por Mazagran hacia la rue de l’Echiquier, acompañando su apuro con un bien acompasado movimiento de trasero. Raúl y Mirta caminaron tras ella, sin hablarse ni tocarse, cada uno metido en su propia expectativa. La chica nueva dobló la esquina y se detuvo frente al número 28. Los tres subieron por la escalera (no había ascensor) hasta el cuarto piso. Frente al apartamento 7, la muchacha dijo: «Bueno, abran». Con un movimiento particularmente cauteloso, Raúl descolgó del cinto su viejo llavero, y vio que había, como siempre, tres llaves. Probó con la primera; no funcionó. Probó con la segunda y pudo abrir la puerta. La chica atropelló hacia el estante de libros que estaba junto a la ventana, casi arrebató el Appleton, besó en ambas mejillas a Raúl, luego a Mirta, y dijo: «Espero que cuando venga esta noche hayan recuperado el habla. ¿Se acuerdan de que hoy quedamos en ir a lo de Emilia? Lleven discos, please». Y salió disparada, dando un portazo.

Mirta se dejó caer sobre el sillón de esterilla. Raúl, sin pronunciar palabra, con el ceño fruncido y los ojos entornados, comenzó a revisar el apartamento. En el estante encontró sus libros, señalados y anotados con su inconfundible trazo rojo; pero había otros nuevos, con las hojas a medio abrir. En la pared del fondo estaba su querida reproducción de Miró; pero además había una de Klee que siempre había codiciado. Sobre la mesa había tres fotos: una, de sus padres; otra, de un señor sospechosamente parecido a Mirta; en la tercera estaban Mirta y él, abrazados sobre la nieve, al parecer muy divertidos.

Desde que apareciera la chica del Appleton, no se había atrevido a mirar de frente a Mirta. Ahora sí la miró. Ella retribuyó su interés con una mirada sin sombras, un poco fatigada tal vez, pero serena. No la ayudó mucho, sin embargo, ya que en ese instante Raúl tuvo la certeza, no sólo de que había hecho mal en divorciarse de su esposa montevideana, histérica pero inteligente, malhumorada pero buena hembra, sino también de que su segundo matrimonio empezaba a deteriorarse. No se trataba de que ya no quisiera a esa delgada, friolenta, casi indefensa mujer que lo miraba desde el sillón de esterilla, pero para él estaba claro que en sus actuales sentimientos hacia Mirta quedaba muy poco del ingenuo, repentino, prodigioso, invasor enamoramiento de cinco años atrás, cuando la había conocido en cierta noche increíble, cada vez más lejana, cada vez más borrosa, en que, por una trampa del azar, quedaron encerrados en la estación Bonne Nouvelle.

Mario Benedetti

Hoja de Niggle

Había una vez un pobre hombre llamado Niggle, que tenía que hacer un largo viaje. El no quería; en realidad, todo aquel asunto le resultaba enojoso, pero no estaba en su mano evitarlo. Sabía que en cualquier momento tendría que ponerse en camino, y sin embargo no apresuraba los preparativos.

Niggle era pintor. No muy famoso, en parte porque tenía otras cosas que atender, la mayoría de las cuales se le antojaban un engorro; pero cuando no podía evitarlas (lo que en su opinión ocurría con excesiva frecuencia) ponía en ellas todo su empeño. Las leyes del país eran bastante estrictas. Y existían además otros obstáculos. Algunas veces se sentía un tanto perezoso y no hacía nada. Por otro lado, era en cierta forma un buenazo. Ya conocen esa clase de bondad. Con más frecuencia lo hacía sentirse incómodo que obligado a realizar algo. E incluso cuando pasaba a la acción, ello no era óbice para que gruñese, perdiera la paciencia y maldijese (la mayor parte de las veces por lo bajo)

En cualquier caso lo llevaba a hacer un montón de chapuzas para su vecino el señor Parish, que era cojo. A veces incluso echaba una mano a gente más distantes si acudían a él en busca de ayuda. Al mismo tiempo, y de cuando en cuando, recordaba su viaje y comenzaba sin mucha convicción a empaquetar algunas cosillas. en estas ocasiones no pintaba mucho. Tenía unos cuantos cuadros comenzados, casi todos demasiado grandes y ambiciosos para su capacidad. Era de esa clase de pintores que hacen mejor las hojas que los árboles. Solía pasarse infinidad de tiempo con una sola hoja, intentando captar su forma, su brillo y los reflejos del rocío en sus bordes. Pero su afán era pintar un árbol completo, con todas las hojas de un mismo estilo y todas distintas.

Había un cuadro en especial que le preocupaba. Había comenzado como una hoja arrastrada por el viento y se había convertido en un árbol. Y el árbol creció, dando numerosas ramas y echando las más fantásticas raíces. Llegaron extraños pájaros que se posaron en las ramitas, y hubo que atenderlos. Después, todo alrededor del árbol y detrás de él, en los espacios que dejaban las hojas y las ramas, comenzó a crecer un paisaje. Y aparecieron atisbos de un bosque que avanzaba sobre las tierras de labor y montañas coronadas de nieve. Niggle dejó de interesarse por sus otras pinturas. O si lo hizo fue para intentar adosarlas a los extremos de su gran obra. Pronto el lienzo se había ampliado tanto que tuvo que echar mano de una escalera; y corría, arriba y abajo, dejando una pincelada aquí, borrando allá unos trazos. Cuando llegaban visitas se portaba con la cortesía exigida, aunque no dejaba de jugar con el lápiz sobre la mesa. Escuchaba lo que le decían, sí, pero seguía pensando en su gran lienzo, para el que había levantado un enorme cobertizo en el huerto, sobre una parcela en la que en otro tiempo cultivara patatas.

No podía evitar ser amable. “Me gustaría tener más carácter”, se decía algunas veces, queriendo expresar su deseo de que los problemas de otras personas no le afectasen. Pasó algún tiempo sin que le molestaran mucho. “Cueste lo que cueste”, solía decir, “acabaré este cuadro, mi obra maestra, antes de que me vea obligado a emprender ese maldito viaje”. Pero comenzaba a darse cuenta de que no podría posponerlo indefinidamente. El cuadro tenía que dejar de crecer y había que terminarlo. Un día Niggle se plantó delante de su obra, un poco alejado, y la contempló con especial atención y desapasionamiento. No tenía sobre ella una opinión muy definida, y habría deseado tener algún amigo que le orientase. En realidad no le satisfacía en absoluto, y sin embargo la encontraba muy hermosa, el único cuadro verdaderamente hermoso del mundo. En aquellos momentos le hubiera gustado verse a sí mismo entrar en el cobertizo, darse unas palmaditas en la espalda y decir (con absoluta sinceridad): “¡Realmente magnífico! para mí está muy claro lo que te propones por nada más. Te conseguiremos una subvención oficial para que no tengas problemas.”

Sin embargo, no había subvención. Y él era muy consciente de que necesitaba concentrarse, trabajar, un trabajo serio e ininterrumpido, si quería terminar el cuadro, incluso aunque no lo ampliase más. Se arremangó y comenzó a concentrarse. Durante varios días intentó no preocuparse en otros temas. Pero se vio interrumpido de forma casi continua. En casa las cosas se torcieron; tuvo que ir a la ciudad a formar parte de un jurado; un conocido cayó enfermo; el señor Parish sufrió un ataque de lumbago y no cesaron de llegar visitas. Era primavera y les apetecía un té gratis en el campo. Niggle vivía en una casita agradable, a varias millas de la ciudad. En su interior los maldecía, pero no podía negar que él mismo los había invitado tiempo atrás, en el invierno, cuando a él no le había parecido una interrupción ir de tiendas, y tomar el té en la ciudad con sus amistades. Trató de endurecer su corazón, pero sin resultado. Había muchas cosas a las que tenía que hacer cara para negarse, las considerase obligaciones o no; y había ciertas cosas que se veía obligado a hacer, pensase lo que pensase. Algunas de las visitas dieron a entender que el huerto parecía bastante descuidado y que podría recibir la visita de un inspector. desde luego, pocos tenían la noticia de su cuadro; pero aunque lo hubiesen sabido, tampoco habría mucha diferencia. Dudo que hubiesen pensado que era muy importante. Me atrevería a decir que no era muy bueno, aunque tuviera algunas partes logradas. El árbol, sobre todo, era curioso. En cierto modo, muy original. Igual que Niggle, aunque él era también un hombrecillo de lo más común, y bastante simple.

Llegó por fin el momento en que el tiempo de Niggle se volvió sumamente precioso. Sus amistades, allá lejos en la ciudad, comenzaron a recordar que el pobre hombre debía hacer un penoso viaje, y algunos calculaban ya cuánto tiempo, como máximo, podría posponerlo. Se preguntaban quién se quedaría con la casa y el huerto presentaría un aspecto más cuidado.

Había llegado el otoño, muy húmedo y ventoso. El hombre se encontraba en el cobertizo. Estaba subido en la escalera tratando de plasmar el reverbero del sol poniente sobre la nevada cumbre de una montaña que había visualizado justo a la izquierda y al extremo de una rama cargada de hojas. Sabía que se vería obligado a marcharse pronto; quizá al comienzo del nuevo año. Sólo tenía tiempo de terminar el cuadro, y aún así no de modo definitivo: había algunos puntos donde sólo tendría tiempo para esbozar lo que pretendía.

Llamaron a la puerta. “¡Adelante!”, dijo con brusquedad, y bajó de la escalera. Era su vecino Parish: el único cercano, pues el resto vivía a bastante distancia. No sentía, sin embargo, un aprecio especial por él, porque a menudo se veía en apuros y precisaba ayuda, y en parte también porque no le interesaba nada la pintura, al tiempo que no cesaba de criticarle el huerto. Cuando Parish lo contemplaba (lo que ocurría con frecuencia) veía sobre todo las malas hierbas; y cuando miraba los cuadros de Niggle (rara vez) sólo veía manchas verdes y grises, y líneas negras que se le antojaban completamente sin sentido. No le importaba hablar de las hierbas (era su deber de vecino), pero se abstenía de dar cualquier opinión sobre los cuadros. Pensaba que era una postura muy agradable, y no se daba cuenta de que aún sintiéndolo, no resultaba suficiente. Un poco de ayuda con las hierbas (y quizá alguna alabanza para los cuadros) habría sido mejor.

“Bien, Parish, ¿qué hay?”, dijo Niggle.

“Ya sé que no debería interrumpirle”, dijo Parish, sin echar una sola mirada al cuadro. “Estará usted ocupadísimo, estoy seguro.” Niggle había pensado decir algo por el estilo, pero perdió la oportunidad. todo lo que dijo fue: “Sí.”

“Pero no tengo ningún otro a quién acudir”, añadió Parish.

“Así es”, dijo Niggle con un suspiro: uno de esos suspiros que son un comentario personal, pero que en parte dejamos aflorar. “¿En qué puedo ayudarle?”.

“Mi mujer lleva ya algunos días enferma y estoy empezando a preocuparme”, dijo Parish. “Y el viento se ha llevado la mitad de las tejas de mi casa y me entra la lluvia en el dormitorio. Creo que debería llamar al doctor y a los albañiles, pero ¡tardan tanto en acudir!. Pensaba si no tendría usted algunas maderas y lienzos que no le hagan falta, aunque sólo sea para poner un parche y poder tirar un día o dos más.” Fue entonces cuando dirigió la mirada al cuadro.

“¡Vaya, vaya!”, dijo Niggle. “Sí que tiene mala suerte. Espero que lo de su esposa sólo sea un constipado. En seguida voy y le ayudo a trasladarla al piso bajo.”

“Muchas gracias”, dijo Parish con notable frialdad, “pero no es un constipado, es una calentura. No le hubiera molestado por un simple catarro. Y mi mujer ya guarda cama en piso bajo: con esta pierna no puedo andar subiendo y bajando bandejas. Pero ya veo que está ocupado. Lamento de veras la molestia. Tenía esperanzas de que pudiese perder el tiempo para ir a avisar al médico, viendo la situación en que me hallo; y al albañil también, si de verdad no le sobran lienzos”.

“No faltaba más”, dijo Niggle, aunque otras palabras se le agolpaban en el ánimo, donde en aquel momento había más debilidad que amabilidad. “Podría ir; iré, si está tan ocupado.”

“Lo estoy, y mucho. ¡Ojalá no padeciera esta cojera!”, dijo Parish.

Así que Niggle fue. Ya veis, aquello resultaba de lo más curioso. Parish era su vecino más cercano; los demás quedaban bastante lejos. Niggle tenía un bicicleta, y Parish no; ni siquiera podía montar: era cojo de una pierna, una cojera seria que le causaba muchos dolores; merecía la pena tenerlo en cuenta, igual que su expresión desabrida y su voz quejumbrosa. A su vez Niggle tenía un cuadro y apenas tiempo para terminarlo: Parecía lógico que fuese Parish el que tuviese aquello en cuenta, no Niggle. Parish, sin embargo, no se tomaba en serio la pintura, y Niggle no podía cambiar aquel hecho.

“¡Maldita sea!”, rezongó para sí mientras sacaba la bicicleta.

Había humedad y viento, y la luz del día estaba ya desvaneciéndose.

“Hoy se acabó el trabajo para mí”, pensó Niggle. Y mientras pedaleaba, no cesó de echar pestes para sus adentros ni de ver pinceladas en la montaña y en la vegetación inmediata, que, en un principio, había imaginado primaveral. Sus dedos se crispaban sobre el manillar. Ahora que ya no estaba en el cobertizo intuyó perfectamente la forma de tratar aquella brillante línea de hojas que enmarcaba la lejana silueta de la montaña. Pero pesaba en su corazón una congoja, una espacio de temor de que nunca tendría ya la oportunidad de intentarlo.

Niggle encontró al médico, y dejó una nota donde el albañil, que ya había cerrado para irse a descansar junto al fuego de su chimenea. Niggle se empapó hasta los huesos, y cogió él también un resfriado. El médico no se dio tanta prisa como Niggle. Llegó el día siguiente, lo que le resultó mucho más cómodo, pues para entonces ya había en casas vecinas, dos pacientes a los que atender. Niggle estaba en cama con fiebre alta, y en su cabeza y en el techo tomaba forma maravillosos entramados de hojas y ramas. No le fue de ningún consuelo saber que la señora Parish sólo tenía catarro, y que ya lo estaba superando. Volvió la cara hacia la pared, y buscó refugio en las hojas.

Permaneció en cama algún tiempo. El viento seguía soplando y se llevó otro buen número de tejas en casa de Parish, y también algunas en la de Niggle. En el tejado aparecieron goteras. El albañil seguía sin presentarse. Niggle no se preocupó; al menos, durante un día o dos. Luego se arrastró fuera de la cama para buscar algo de comer (Niggle no tenía mujer). Parish no volvió. La humedad se le había metido en la pierna que le dolía, y su mujer estaba muy ocupada recogiendo el agua y preguntándose si “ ese señor Niggle” no se habría olvidado de avisar al albañil. Si ella hubiera entrevisto la más mínima posibilidad de pedirle prestado algo que les fuese útil, habría enviado allí a Parish, le doliese o no la pierna; pero no se le ocurrió nada, de modo que se olvidaron del vecino.

Al cabo de unos siete días Niggle volvió con pasos inseguros hasta el cobertizo. Intentó subirse a la escalera, pero la cabeza se le iba. Se sentó y contempló el cuadro; aquel día no había hojas en su imaginación ni vislumbres de montañas. Podía haber pintado un desierto arenoso que se perdía allá a lo lejos, pero le faltaron energías.

Al día siguiente se sintió mucho mejor. Se subió a la escalera y comenzó a pintar. Había justo empezado de nuevo cuando sonó un golpe a la puerta.

“¡Maldita sea!”, dijo Niggle; aunque le hubiera dado igual responder con educación: “¡Adelante!”, porque de todas maneras la puerta se abrió. En esta ocasión encontró un hombre de buena estatura, un perfecto desconocido.

“Esto es un estudio privado”, dijo Niggle. “Estoy ocupado, ¡váyase!”.

“Soy inspector de inmuebles”, dijo el hombre, manteniendo en alto sus credenciales de forma que Niggle las pudiera ver desde la escalera.

“¡Oh!”, dijo.

“La casa de su vecino está muy descuidada”, dijo el Inspector.

“Ya lo sé”, dijo Niggle. “Les dejé una nota a los albañiles hace bastante tiempo, pero no han venido. Luego yo caí enfermo”.

“Ya”, dijo el Inspector. “Pero ahora no está enfermo”.

“Pero yo no soy albañil. Parish debió presentar una reclamación al Ayuntamiento y conseguir ayuda del Servicio de Urgencias.”

“Están ocupados con daños más importantes que cualquiera de éstos”, dijo el Inspector. “Ha habido inundaciones en el valle y numerosas familias se han quedado sin hogar. Usted debía haber ayudado a su vecino a hacer unos arreglos provisionales y evitar así perjuicios cuya reparación fuese más costosa. Lo dicta la Ley. Tiene aquí cantidad de materiales: lienzo, madera, pintura impermeable.”

“¿Dónde?”, preguntó Niggle indignado.

“Ahí”, dijo el Inspector señalando el cuadro.

“¡Mi cuadro!”, exclamó Niggle.

“Me temo que sí”, dijo el Inspector, “pero primero son las casas: La ley es la ley”.

“Pero no puedo…”. Niggle no dijo más, porque en aquel momento entró otro hombre. Se parecía mucho al Inspector, casi como un doble, alto, todo vestido de negro.

“Vamos”, dijo. “Soy el chófer.”

Niggle bajó la escalera tambaleándose. Parecía haberle vuelto la fiebre y la cabeza se le iba. Sintió frío en todo el cuerpo.

“¿Chófer? ¿Chófer?”, murmuró. “¿Chófer de qué?”.

“Suyo y de su coche”, dijo el hombre. “Hace tiempo que el vehículo estaba pedido. Por fin ha llegado. Le está esperando. Ya sabe usted que hoy sale de viaje.”

“Eso es”, dijo el Inspector. “Tiene que marcharse.. Mal comienzo para un viaje dejar las cosas sin terminar. Pero, en fin, al menos ahora podremos dar alguna utilidad a este lienzo.”

“¡Dios mío!”, dijo el pobre Niggle, echándose a llorar. “Ni siquiera está terminado.”

“¿No lo ha acabado?”, dijo el chofer. “Bueno, de cualquier forma, y por lo que a usted respecta, ya está todo hecho. ¡Vámonos!”.

Niggle salió en completo silencio. El chófer no le dio tiempo a hacer las maletas, pues según él las debía haber preparado antes e iban a perder el tren. Niggle se sentía cansado y adormecido; a duras pena fue consciente de lo que pasaba cuando lo empujaron dentro de un compartimiento. No le importaba mucho; había olvidado para qué o hacia dónde se suponía que iba. El tren penetró casi en seguida en un negro túnel.

Niggle despertó en una amplia estación, débilmente iluminada. Un maletero iba gritando por el andén; pero no voceaba el nombre de la estación, sino ¡Niggle!.

Niggle bajó a toda prisa y se dio cuenta de que había olvidado el maletín. Dio media vuelta, pero el tren ya se alejaba.

“¡Ah!”, dijo el maletero. “Es usted. ¡Sígame! ¡Cómo! ¿No tiene equipaje? Tendrá que ir al asilo.”

Niggle se sintió enfermo y cayó desmayado en el andén. Le subieron a una ambulancia y se lo llevaron a la enfermería del asilo. No le gustó nada el tratamiento. La medicación que le daban era amarga. Los enfermeros y celadores eran fríos, silenciosos y estrictos; y nunca veía a otras personas, salvo a un medico muy severo que le visitaba de cuando en cuando. Más parecía en una cárcel que en un hospital. Tenía que realizar un trabajo pesado, de acuerdo con un horario establecido: cavar, carpintería, y pintar de un solo color simples tableros. Nunca se le permitió salir, y todas las ventanas daban al interior. Le mantenían a oscuras durante horas y horas, “para que pueda meditar”, decían. Perdió la noción del tiempo. Y no parecía que empezase a mejorar, al menos si por mejorar entendemos encontrar algún placer en realizar las cosas. Ni siquiera ir a dormir se lo proporcionaba.

Al principio, durante el primer siglo o así (yo me limito simplemente a exponer sus impresiones) solía preocuparse sin sentido por el pasado. Mientras permanecía echado en la oscuridad, se repetía una y otra vez lo mismo: “¡Ojalá hubiera visitado a Parish durante la mañana que siguió al ventarrón! era mi intención. Hubiera sido fácil volver a colocar las primeras tejas sueltas. Seguro que entonces la señora Parish no habría cogido aquel catarro. Y yo tampoco me habría resfriado. Habría dispuesto de una semana más.” Pero con el tiempo fue olvidando para qué había deseado aquellos siete días. A partir de entonces, si se preocupó de algo fue de sus tareas en el hospital. Las planeaba con antelación, pensando cuanto tiempo le llevaría evitar que se resquebrajase aquel tablero, ajustar una puerta o arreglar la pata de la mesa. Parece fuera de duda que llegó a ser bastante servicial, si bien nadie se lo dijo nunca. Aunque, claro, no era ésta la razón por la que retuvieron tanto tiempo al pobrecillo. Debían haber estado esperando a que mejorase, y juzgaban la “mejoría” de acuerdo con un extraño y peculiar sistema médico.

De todas formas, el pobre Niggle no obtenía ningún placer de aquella vida. Ni siquiera los que él había aprendido a llamar placeres. No se divertía, desde luego; pero tampoco podía negarse que comenzaba a experimentar un sentimiento de, digamos, satisfacción: a falta de pan…Se había acostumbrado a iniciar su trabajo tan pronto como sonaba una campana y dejarlo al sonar la siguiente todo recogido y listo para poderlo continuar cuando fuera preciso. había muchas cosas al cabo del día. Terminaba sus trabajillos con todo primor. No tenía tiempo libre (excepto cuando se encontraba solo en su celda) y, sin embargo, comenzaba a ser dueño del tiempo; comenzaba a saber qué hacer con él. Allí no existía ninguna sensación de prisa. Disfrutaba ahora de mayor paz interior, y en los momentos de descanso podía descansar de verdad.

Entonces, de improviso, le cambiaron todo el horario; casi no le permitían ir a la cama. Lo apartaron totalmente de la carpintería y lo mantuvieron cavando una jornada tras otra. Lo aceptó bastante bien: pasó mucho tiempo antes de que intentase rebuscar en el fondo de su espíritu las maldiciones que casi había olvidado. Estuvo cavando hasta que le dio la impresión de tener rota la espalda, las manos se le quedaron en carne viva y comprendió que era incapaz de levantar una palada más de tierra. Nadie le dio las gracias. Pero el médico se acercó y echó una ojeada.

“¡Basta!”, dijo. “Descanso absoluto. A oscuras.”

Niggle yacía en la oscuridad, completamente relajado, y como no había sentido ni pensado en absoluto, no podía asegurar si llevaba allí horas o años. Fue entonces cuando oyó voces que nunca había oído antes. Parecía tratarse de un consejo de médicos, o quizá de un jurado reunido allí al lado, en una habitación inmediata y seguramente con la puerta abierta, aunque no percibía ninguna luz.

“Ahora el caso Niggle”, dijo una Voz severa, más severa que la del doctor.

“¿De qué se trata?”, dijo una Segunda Voz, que se podía calificar de amable, aunque no era suave; era una voz que destilaba autoridad y sonaba a un tiempo esperanzadora y triste. “¿Qué le pasa a Niggle? Tenía el corazón en su sitio.”

“Sí, pero no funcionaba bien”, dijo la Primera Voz. Y no tenía la cabeza bien encajada; pocas veces se detenía a pensar. Fíjese en el tiempo que perdía, y sin siquiera divertirse. Nunca terminó de prepararse para el viaje. Vivía con cierto desahogo y, sin embargo, llegó aquí con lo puesto, y hubo que ponerle en el ala de beneficencia. Me temo que es un caso difícil. Creo que debería quedarse algún tiempo más.”

“Puede que le sentara mal”, dijo la Segunda Voz. Pero no hay que olvidar que es un pobre hombre. Jamás se pretendió que llegase a ser alguien. Y nunca fue muy fuerte. Vamos a ver los registros… Sí. Hay algunos puntos a su favor, en efecto.”

“Quizá”, dijo la Voz Primera. “Pero pocos de ellos resistirían un análisis exhaustivo.”

“Bueno”, contestó la Voz Segunda, “tenemos esto: era pintor por vocación; de segunda fila, desde luego. Con todo, una hoja pintada por Niggle posee un encanto propio. Se tomó muchísimo trabajo con las hojas, y sólo por cariño. Nunca creyó que aquello fuera a hacerle importante. Tampoco aparece en los registros que pretendiese, ni siquiera ante sí mismo, excusar con esto su olvido de las leyes.”

“Entonces no habría olvidado tantas”, dijo la Primera Voz.

“De cualquier modo Niggle respondió a muchísimas llamadas.”

“A un pequeño porcentaje, la mayoría muy fáciles; y las calificaba de “interrupciones”. Esa palabra aparece por todas partes por los Registros, junto con un montón de quejas e imprecaciones estúpidas.”

“Cierto. Pero a él, pobre hombre, le parecieron sin duda interrupciones.” Por otro lado, jamás esperaba ninguna recompensa, como tantos de su clase lo llaman. Tenemos el caso de Parish, por ejemplo, que ingresó después. Era el vecino de Niggle. Nunca movió un dedo por él, y en rarísimas ocasiones llegó a mostrar alguna gratitud. Sin embargo, nada en los Registros indica que Niggle esperara la gratitud de Parish. No parece haber pensado en ello.”

“Sí, eso es algo”, dijo la Primera Voz, “aunque bastante poco. Lo que ocurre, como podrá comprobar, es que muchas veces Niggle simplemente lo olvidaba. Borraba de su mente, como una pesadilla ya pasada, todo lo que había hecho por Parish.”

“Nos queda aún el último informe”, dijo la Segunda Voz. “El viaje en bicicleta bajo al lluvia. Quisiera destacarlo. Parece evidente que fue un autentico sacrificio: Niggle sospechaba que estaba echando por la borda su última oportunidad con el cuadro, y sospechaba, también, que no había razones de peso para la preocupación de Parish”.

“Creo que le da mas valor del que tiene”, dijo la voz Primera. “Pero usted tiene la ultima palabra. Tarea suya es, desde luego, presentar la mejor interpretación de los hechos. A veces la tienen. ¿Cual es su promesa?”.

“Creo que el caso está ahora listo para un tratamiento mas amable”, dijo la Segunda Voz.

Niggle pensó que nunca había oído nada tan generoso. Lo de “tratamiento amable” hacia pensar en un cúmulo de espléndidos regalos y en la invitación a un festín regio. En aquel momento Niggle se sintió avergonzado. Oír que se le consideraba digno de un tratamiento bondadoso le abrumaba y le hizo enrojecer en la oscuridad. Era como ser galardonado en publico, cuando el interesado y todos los presentes saben que el premio es inmerecido. Niggle oculto su sonrojo bajo la burda manta.

Hubo un silencio. Luego la Voz Primera, muy cercana, se dirigió a él. “Ha estado escuchando”, dijo.

“Sí”, respondió.

“Bueno, ¿alguna observación?”.

“¿Puede darme noticias de Parish?”, dijo Niggle. “Me gustaría volverle a ver. Espero que no se encuentre muy mal. ¿Pueden curarle la pierna? Le hacía pasar malos ratos. Y, por favor, no se preocupen por nosotros dos. era un buen vecino y me proporcionaba patatas excelentes a muy buen precio, ahorrándome mucho tiempo”.

“¿Sí?”, dijo la Primera Voz. “Me alegra oírlo”.

Hubo otro silencio. Niggle se dio cuenta de que las voces se alejaban. “Bien, de acuerdo”, oyó que respondía en la distancia la Primera Voz. “Que comience la segunda fase. Mañana mismo, si usted quiere.”

Al despertar Niggle encontró que las persianas estaban levantadas y su pequeña celda inundada de sol. Se levanto, y comprobó que le habían proporcionado ropas cómodas, no el uniforme del hospital. Después del desayuno el doctor le atendió las manos doloridas, dándole un ungüento que en seguida se las mejoró. Le dio además unos cuantos consejos y un frasco de tónico, por si le hacía falta. A media mañana le entregaron una galleta y un vaso de vino; y luego un billete.

“Ya puede ir a la estación”, dijo el medico. “Le acompañara el maletero. Adiós”.

Niggle se escabullo por la puerta principal y parpadeo algo sorprendido. Había un sol radiante. Además había esperado salir a una gran ciudad, a juzgar por el tamaño de la estación. Pero no fue así. Se encontró en la cima de una colina, verde, desnuda, barrida por un viento vigorizante. No había nadie más por allí. Lejos, al pie de la colina, vio brillar el tejado de la estación.

Caminó hacia ella colina abajo con paso rápido, pero sin prisa. El maletero lo descubrió en seguida.

“Por aquí”, dijo, y condujo a Niggle a un andén donde se encontraba, listo ya, un tren de cercanías muy coquetón: un solo coche y una pequeña locomotora, muy relucientes los dos, limpios y recién pintados. Parecían a punto para un viaje inaugural. Incluso el carril que se veía ante la locomotora parecía nuevo: brillaban los raíles, los cojines estaban pintados de verde, y las traviesas, al cálido sol, dejaban escapar un delicioso olor a brea fresca. El coche estaba vacío.

“¿Adonde va este tren, mozo?”, pregunto Niggle.

“Creo que no han colocado aun el cartel del destino”, dijo el mozo. “Pero lo encontrara satisfactorio”. Y cerro la puerta.

El tren arranco al punto. Niggle se recostó en el asiento. La pequeña locomotora avanzaba entre borbotones de humo por el fondo de un cañón de altas paredes verdes al que un cielo azul servía de dosel. No parecía haber pasado mucho tiempo, cuando la locomotora dio un silbido; entraron en acción los frenos y el tren se detuvo. No había estación ni cartel indicador, solo un tramo de peldaños que subía por el verde talud. Al final de la escalera se abría un postigo en un seto muy cuidado. Junto a él estaba una bicicleta: por lo menos parecía la suya y llevaba un etiqueta amarilla atada al manillar, con la palabra NIGGLE escrita en grandes letras negras.

Abrió la puerta de la barrera, salto a la bicicleta y se lanzo colina abajo, acariciado por el sol primaveral. Pronto comprobó que desaparecía el camino que había venido siguiendo y que la bicicleta rodaba sobre un césped maravilloso. Era verde y tupido; podía apreciar, sin embargo, cada brizna de hierba. Le parecía recordar que en algún lugar había visto o soñado este prado. Las ondulaciones del terreno le resultaban en cierta forma familiares. Sí, el terreno se nivelaba, coincidiendo con sus recuerdos, y después, claro esta, comenzaba a ascender de nuevo. Una gran sombra verde se interpuso entre él y el sol. Niggle levanto la vista y se cayo de la bicicleta. Ante él se encontraba el Árbol, su Árbol, ya terminado, si tal cosa puede afirmarse de un árbol que esta vivo, cuyas hojas nacen y cuyas ramas crecen y se mecen en aquel aire que Niggle tantas veces había imaginado y que tantas veces había intentado en vano captar. Miro el Árbol, lentamente levanto y extendió los brazos.

“Es un don”, dijo. Se refería a su arte, y también a la obra pictórica; pero estaba usando la palabra en su sentido mas literal.

Siguió mirando el Árbol. Todas las hojas sobre las que él había trabajado estaban allí, mas como el las había intuido que como había logrado plasmarlas. Y había otras que solo fueron brotes en su imaginación y muchas mas que hubieran brotado de haber tenido tiempo. No había nada escrito en ellas; eran solo hojas exquisitas; pero todas llevaban un fecha; nítidas como las de un calendario. Se veía que algunas de las mas hermosas y características, las que mejor reflejaban el estilo de Niggle, habían sido realizadas en colaboración con el señor Parish: no hay otra forma de decirlo.

Los pájaros hacia sus nido en el Árbol. Pájaros sorprendentes: ¡que forma de trinar!. Se apareaban, incubaban, echaban plumas y se internaban gorjeando en el Bosque, incluso mientras los contemplaba. Entonces se dio cuenta de que el Bosque también estaba allí, abriéndose a ambos lados y extendiéndose a la distancia. A lo lejos reverberaban los montes.

Después de algún tiempo Niggle se dirigió hacia la espesura. No es que se hubiese cansado ya del Árbol, pero ahora parecía tenerlo todo claro en su mente, y lo comprendía, y era consciente de su crecimiento aunque no estuviese contemplándolo. Mientras caminaba descubrió algo curioso: el Bosque era, por supuesto, un bosque lejano, y sin embargo el podía aproximarse, incluso entrar en él, sin que por ello perdiese su peculiar encanto. Antes no había conseguido nunca entrar en la distancia sin que esta se convirtiese en meros alrededores. Se añadía así un considerable atractivo al hecho de pasear por el campo, porque al andar se desplegaban ante el nuevas distancias; de modo que se lograban perspectivas dobles, triples, e incluso cuádruples, y ello con doblado, triplicado o cuadriplicado encanto. Podías seguir andando hasta lograr reunir todo un horizonte en un jardín, o en un cuadro (si uno prefería llamarlo así). Podías seguir andando, pero acaso no indefinidamente. Al fondo estaban las Montañas. Se iban aproximando, muy despacio. No parecían formar parte del cuadro, o en todo caso solo como nexo de unión con algo más, algo distinto entrevisto tras los árboles, una dimensión más, otro paisaje.

Niggle paseaba, pero no se limitaba a vagar. Observaba con detalle el entorno. El Árbol estaba completo, aunque no terminado. (“Justo todo lo contrario de lo que antes ocurría”, pensó). Pero en el Bosque había unas cuantas parcelas por concluir, que todavía necesitaban ideas y trabajo. Ya no era necesario hacer modificaciones, todo estaba bien, pero había que proseguir hasta lograr el toque definitivo. Y en cada momento Niggle veía la pincelada precisa.

Se sentó bajo un árbol distante y muy hermoso: una variedad del Gran Árbol, pero con su propia identidad o a punto de alcanzarla, si recibía un poco más de atención. Y se puso a hacer cábalas sobre dónde empezar el trabajo y dónde terminarlo y cuánto tiempo le llevaría. No pudo concluir todo el esquema.

“¡Claro!”, dijo. “¡Necesito a Parish! Hay muchas cosas de la tierra, las plantas y los árboles que él entiende y yo no. No puedo concebir este lugar como mi coto privado. Necesito ayuda y consejo. ¡Tenía que haberlos pedido antes!”.

Se levantó y caminó hasta el lugar en que había decidido comenzar el trabajo. Se quitó la chaqueta. En aquel momento, medio escondido en una hondonada que le protegía de otras miradas, vio a un hombre que, con cierto asombro, paseaba la vista en derredor. Se apoyaba en una pala, pero estaba claro que no sabía qué hacer. Niggle le saludó: “¡Parish!”, gritó.

Parish se echó la pala al hombro y vino hacia él. Aún cojeaba un poco. Ninguno habló; simplemente se saludaron con un movimiento de cabeza, como solían hacer cuando se cruzaban en el camino; sólo que ahora se pusieron a caminar juntos, tomados del brazo. Sin una sola palabra Niggle y Parish se pusieron de acuerdo sobre el lugar exacto donde levantar la casita y jardín que se les antojaban necesarios.

Mientras trabajaban al unísono, se hizo evidente que Niggle era el más capacitado de los dos a la hora de distribuirse el tiempo y llevar a buen término la tarea. Aunque parezca extraño fue Niggle el que más se absorbió en la construcción y jardinería, mientras que Parish se extasiaba en la contemplación de los árboles y especialmente del Árbol.

Un día Niggle estaba atareado plantando un seto; Parish se encontraba muy cerca, echado sobre la hierba y observando con atención una bella y delicada flor amarilla que crecía entre el verde césped. Niggle había sembrado hacía algún tiempo un buen número entre las raíces de su Árbol. De pronto Parish levantó la vista. Su cara resplandecía bajo el sol mientras sonreía.

“¡Esto es extraordinario!”, dijo. “En realidad yo no debía estar aquí: gracias por hablar en mi favor”.

“¡Bah, tonterías!”, dijo Niggle. “No recuerdo lo que dije, pero, de todas formas no tuvo importancia”.

“¡Oh, sí!”, dijo Parish, “la tiene. Me rescató mucho antes. La Segunda Voz, ya sabes, hizo que me enviaran aquí. Dijo que tu habías pedido verme. Esto te lo debo a ti.”

“No. Se lo debemos a la Segunda Voz”, dijo Niggle. “Los dos”.

Siguieron viviendo y trabajando juntos. No sé por cuánto tiempo. No sirve de nada negar que al comienzo había ocasiones en que no se entendían, sobre todo cuando estaban cansados. Porque en un principio, de cuando en cuando, se cansaban. Comprobaron que a ambos les habían entregado un reconstituyente. Los dos frascos llevaban la misma indicación: “Tomar unas pocas gotas diluidas en el agua Manantial, antes de descansar”.

Encontraron el Manantial en el corazón del Bosque; sólo una vez, hacía muchísimo tiempo, había pensado Niggle en él; pero no llegó nunca a dibujarlo. Ahora comprendió que era el origen del lago que brillaba a lo lejos y la razón de cuanto crecía en los contornos. Aquellas pocas gotas convertían el agua en un astringente, que, aunque bastante amargo, era reconfortante y despejaba la cabeza. Después de beber descansaban a solas; luego se levantaban y las cosas marchaban de maravilla. En tales ocasiones Niggle soñaba con nuevas y espléndidas flores y plantas, y Parish sabía siempre cómo colocarlas y dónde habían de quedar mejor. Bastante antes de que se les terminase el tónico, habían dejado de necesitarlo. También desapareció la cojera de Parish.

A medida que el trabajo progresaba se permitían más y más tiempo para pasear por los alrededores, contemplando los árboles y las flores, las luces, las sombras y la condición de los campos. En ocasiones cantaban a una. Pero Niggle se dio cuenta de que comenzaba a volver los ojos, cada vez con mayor frecuencia, hacia las Montañas.

Pronto tuvieron casi todo terminado: la casa de la hondonada, el césped del bosque, el lago y todo el paisaje, cada uno en su propio estilo. El Gran Árbol estaba en plena floración.

“Terminaremos al atardecer”, dijo Parish un día. “Luego nos iremos a dar un paseo que esta vez será realmente largo”.

Partieron al día siguiente y cruzaron la distancia hasta llegar al confín. Este no era visible, por supuesto: no había ninguna línea, valla o muro; pero supieron que habían llegado al extremo de aquella región. Vieron a un hombre con pinta de pastor. Se dirigía a ellos por los declives tapizados de hierba que llevaban hacia las Montañas.

“¿Necesitan un guía?”, pregunto. “¿Van a seguir adelante?”.

Durante unos momentos se extendió una sombra entre Parish y Niggle, porque este sabía ahora que sí quería continuar y (en cierto sentido) tenía que hacerlo. Pero Parish no quería seguir ni estaba aún preparado.

“Tengo que esperar a mi mujer”, le dijo a Niggle. “Se sentía sola. Creí oírles que la enviarían después de mi en cualquier momento, cuando estuviese lista y yo lo tuviera todo preparado. La casa ya esta terminada, e hicimos lo que estaba en nuestras manos. Pero me gustaría enseñársela. Espero que ella pueda mejorarla, hacerla mas hogareña. Y confío que también le gustase el sitio.” Se volvió hacia el pastor. “¿Es usted guía?”, pregunto. “¿Puede decirme como se llama este lugar?”.

“¿No lo sabe?”, dijo el hombre. “Es la Comarca de Niggle. Es el paisaje que Niggle pintó, o una buena parte de él. El resto se llama ahora el Jardín de Parish.”

“¡El paisaje de Niggle!”, dijo Parish asombrado. “¿Imaginaste tu todo esto?. Nunca pensé que fueras tan listo. ¿Por que no me dijiste nada?”.

“Intentó hacerlo hace tiempo”, dijo el hombre, “pero usted no prestaba atención. En aquellos días solo tenía el lienzo y los colores, y usted pretendía arreglar el tejado con ellos. Esto es lo que usted y su mujer solían llamar “el disparate de Niggle”, o “ese Mamarracho”.”

“¡Pero entonces no tenia este aspecto; no parecía real!”, dijo Parish.

“No, entonces era solo un vislumbre”, dijo el hombre; “pero usted podía haberlo captado si hubiera creído que merecía la pena intentarlo”.

“Nunca te di muchas facilidades”, dijo Niggle. “Jamás intente darte una explicación. Solía llamarte Viejo Destripadores. Pero, ¿que importa eso ahora!. Hemos vivido y trabajado juntos últimamente. Las cosas podían haber sido diferentes, pero no mejores. En cualquier caso, me temo que yo he de seguir adelante. Espero que volvamos a vernos: debe haber muchas mas cosas que podamos hacer juntos. Adiós.”

Estrecho con calor la mano de Parish: una mano que dejaba traslucir bondad, firmeza y sinceridad. Se volvió y miro un momento hacia atrás. Las flores del Gran Árbol brillaban como una llama. Los pájaros cruzaban el aire entre trinos. Sonrió, al tiempo que se despedía de Parish con una inclinación de cabeza, y siguió al pastor.

Iba a aprender a cuidar ovejas y a saber de los pastos altos y a contemplar un cielo mas amplio y caminar siempre más y más en permanente ascensión hacia las Montañas: No alcanzo a imaginar que fue de él al haberlas cruzado. Incluso el infeliz de Niggle podía en su antiguo hogar vislumbrar las lejanas Montañas, y estas encontraron un lugar en su cuadro; pero como sean en realidad, o que pueda haber al otro lado, solo lo saben quienes han ascendido a su cima.

* * *

“Creo que era un pobre estúpido”, dijo el Concejal Tompkins. “Desde luego, un inútil. Sin ningún valor para la sociedad.”

“Bueno, no sé”, dijo Atkins que solo era un maestro, alguien sin mayor importancia. “No estoy muy seguro. Depende de lo que entienda por valor.”

“Sin utilidad practica o económica”, dijo Tompkins. “Me atrevería a decir que se podría haber hecho de él un ser de alguna utilidad si ustedes los maestros supiesen cual es su obligación. Pero no lo saben. Y así nos encontramos con inútiles como éste. Si yo mandase en este país, les pondría a él y a los de su clase a trabajar en algo apropiado para ellos, lavando platos en la cocina comunal o algo por el estilo, y me preocuparía de que lo hiciesen bien. O los pondría en la calle. Hace tiempo que debí haberlo echado.”

“¿Echarlo? ¿Quiere decir que lo habría obligado a salir de viaje antes de cumplirse el tiempo?”.

“Sí, si usted se empeña en usar esa expresión vacía y anticuada. Empujarlo a través del túnel al Gran Vertedero: eso era lo que yo quería decir.”

“Entonces no cree que la pintura valga nada, que no hay porque conservarla, mejorarla, o aun utilizarla.”

“Claro, la pintura es útil”, dijo Tompkins. “Pero no se podía usar la suya. Hay cantidad de oportunidades para los jóvenes agresivos que no teman las ideas ni los métodos nuevos. Ninguna para esta vieja morralla. Solo son ensueños personales. No hubiese sido capaz de diseñar un buen póster ni aunque lo matasen. Siempre jugueteando con hojas y flores. En cierta ocasión le pregunte la causa. ¡Me contesto que las encontraba hermosas! ¿Puede creerlo? ¡Dijo hermosas! ¿Qué?, le pregunte yo, ¿los órganos digestivos y genitales de las plantas? Y no encontró contestación. Pobre majadero.”

“¡Majadero!”, suspiro Atkins. “Si, pobre hombre, nunca termino nada. Bueno, sus telas han quedado para “mejores usos” desde que él se marcho. Pero yo no estoy muy seguro, Tompkins. ¿Recuerda aquella grande que emplearon para reparar la casa vecina después del ventarrón y las inundaciones?. Encontré tirada en el campo una de las escenas. Estaba estropeada, pero se podía distinguir el dibujo: la cima de un monte y un grupo de hojas. No puedo quitármelo de la mente”.

“¿De donde?”, dijo Tompkins.

“¿De que estáis hablando?”, tercio Perkins, intentando evitar la discusión. Atkins se había puesto completamente colorado.

“No merece la pena repetir la palabra”, dijo Tompkins. “no sé por qué perdemos el tiempo hablando de esto. El no vivió en la ciudad.”

“No”, dijo Atkins. “Pero usted de todas formas ya le había echado el ojo a su casa. Por esa razón solía visitarlo y burlarse de el mientras se tomaba su té. Bueno, ahora ya ha conseguido la casa, además de la que tiene en la ciudad. Así que ya no necesita envidiarle. Hablábamos de Niggle, si le interesa, Perkins.”

“¡Oh, pobrecillo Niggle”, comento Perkins. “No sabia que pintase”.

Aquella fue seguramente la última vez que el nombre de Niggle surgió en una conversación. A pesar de todo, Atkins conservo aquel único retazo de lienzo. La mayor parte de el se echó a perder, aunque una preciosa hoja permaneció intacta. Atkins la hizo enmarcar. Mas tarde la donó al Museo Municipal, y durante algún tiempo el cuadro titulado “Hoja, de Niggle” estuvo colgado en un lugar apartado y solo unos pocos ojos lo contemplaron. Pero luego el Museo radio, y el país se olvido por completo de la hoja y de Niggle.

* * *

“Desde luego, está resultando muy útil”, dijo la Segunda Voz. “Como lugar de vacaciones y de descanso. Es magnífico para los convalecientes; Y no sólo por eso: a muchos les resulta la mejor preparación para las Montañas. En algunos casos logra maravillas. Cada vez envío más gente allí. Rara vez tiene que regresar.”

“Si, es cierto”, dijo la Primera Voz. “Creo que deberíamos dar un nombre a esa comarca. ¿Cual sugiere?”.

“El Maletero se encargo de ello hace ya algún tiempo”, dijo la Segunda Voz. “El tren de Niggle-Parish esta a punto de salir: eso es lo que ha venido gritando durante años. Niggle-Parish. Les envié un mensaje a los dos para comunicárselo.”

“¿Y que opinaron?”.

“Se rieron. Se rieron, y las Montañas resonaron con su risa.”

J. R. R. Tolkien

El planeta Cloralex

Entre los investigadores del FBI que desaparecieron en la década de los setenta, una de las figuras más enigmáticas es la de Cormac McCormick (1928-1978). El legendario detective se dirigía a la ciudad de Reno, Nevada, donde planeaba ofrecer una rueda de prensa a la que nunca asistió. Su coche se encontró abandonado cerca de un basurero en el desierto de Chihuahua, sin señales de violencia, –.y lo que es más extraño– se encontraron sus ropas y las tarjetas de crédito intactas.
Como se sabe, el FBI dirige investigaciones muy diversas de manera simultánea. Mientras que sus colegas trataban de averiguar la identidad de un asesino en serie o los contactos del tercer tipo reportados en Milwaukee, McCormick vivió obsesionado por desentrañar un misterio más acuciante.
Creció en Brownsville, Texas. Su hermana de tres años murió al ingerir el contenido de una vistosa botella que encontró tirada en el patio. Como se supo después, la botella de Cloralex fue arrojada allí por un grupo de mexicanos que se dirigían a la Isla del Padre. Este hecho decisivo marcó como un hierro ardiente la personalidad de McCormick.
Nunca fue un estudiante modelo, sino más bien retraído. Sin duda el más taciturno de su generación, el joven Cormac acostumbraba vigilar a sus compañeros y tomar notas en abultados cuadernos. En lugar de bailar prefería pasear con una bolsa y un gancho, y recoger muestras de basura que después analizaba. Reñía constantemente con sus padres, que nunca respetaron sus aficiones, y más de una vez se deshicieron de su colección personal. Al terminar la high school abandonó los estudios y se dedicó a viajar de manera obsesiva por la frontera norte de México, sólo por la frontera, sin avanzar más allá, como un bañista que no se decide a penetrar en el agua. Recorrió toda la franja fronteriza, de Tijuana a Matamoros, sin adentrarse nunca más de un kilómetro, apenas lo suficiente para comprobar que el lado mexicano era un enorme basurero. Los mexicanos, apuntó en sus cuadernos, tienen gran capacidad de adaptación, y si bien dejan de tirar basura mientras visitan un país extranjero, retoman la costumbre con más bríos al regresar a su tierra. El resultado de esta expedición fue un libro de viajes, que permaneció inédito hasta el día de su muerte. En él se intentaba explicar qué llevaba a los mexicanos a ensuciar su hábitat natural. Cuando cumplía 25 años entregó el borrador a la editorial City Lights, el mismo día que un joven que acababa de conocer, un tal Jack Kerouack, entregaba el suyo. Dos meses más tarde, la editorial decidió publicar On the Road, el libro de Kerouack, y no On the Border, el que pergeñó Cormac, pues el libro de Kerouack exploraba toda la Unión Americana y el de Cormac sólo echaba un vistazo por el sur del país –y del lado más sucio–. Antes de que McCormick pudiera descorazonarse, un hecho insólito estaba por cambiar su existencia. Entre los lectores de City Lights se encontraba el profesor Johnson, un agente encubierto al servicio del FBI. Johnson, que leyó el manuscrito, reconoció la capacidad de observación y el talento del joven Cormac: “Necesitamos gente como tú”, le dijo, y lo invitó a sumarse a La Agencia. Cormac no lo dudó ni un instante.
Le asignaron una oficina en Arkansas, presupuesto para viajar y comprar libros, y la obligación de presentar resultados anuales. El día que le entregaron su placa, el mismo J. Edgar Hoover, director del FBI, lo llamó a su oficina: “Su investigación es de vital importancia para nosotros”, y a continuación le tomó las huellas digitales. En su primera hipótesis, McCormick sugirió que los mexicanos tiran basura como una manera de criticar la corrupción del gobierno, pero la idea no tuvo mucha aceptación entre sus colegas: “Un pueblo que soporta a un mismo partido en el poder durante tantos decenios no tiene conciencia política”. La segunda hipótesis que exploró fue que ciertos mexicanos tiran basura porque están deprimidos. Si ingirieran los fármacos adecuados, dijo, tendrían el optimismo suficiente para caminar hasta los botes de basura. Empero, las estadísticas demostraron que no había suficientes botes de basura per capita en la República Mexicana, por lo que abandonó esta línea de reflexión. “Libérese, suelte la imaginación”, le sugirió Edgar Hoover. Con el apoyo de Johnson, su verdadero benefactor, Cormac desarrolló su tercera teoría, quizá más extravagante, según la cual los mexicanos ensucian todo porque viven de espaldas a la idea de la reencarnación, “Por ahora”, señaló, “Se diría que los mexicanos están convencidos de que van a desaparecer de manera definitiva. Si creyeran que van a volver reencarnados al mismo sitio, se preocuparían por las generaciones venideras y dejarían de ensuciar su territorio”. Pero como el orientalismo no estaba de moda –y Edgar Hoover pensaba que Buda era un alien–, McCormick tuvo que abandonar esta idea promisoria.
Así empezó la famosa crisis de McCormick. Decepcionado, pidió un año de permiso y se dio al alcohol y a los excesos. En una de sus borracheras terribles cruzó la frontera de México sin darse cuenta, y tardó nueve meses en regresar. Durante sus incursiones en Durango, cuando nadaba en el corazón de la reserva ecológica, una botella de Cloralex llegó flotando hasta el detective y en vista de que sólo una inteligencia superior podía conseguir tal efecto, McCormick tuvo una revelación: los mexicanos ensucian todo porque son extraterrestres. Vienen de una galaxia muy remota y están convencidos de que su paso por la República Mexicana es apenas una estación momentánea en su vida: ¿Para qué limpio el entorno, se preguntan, si al rato llega por mí la nave nodriza? Por descabellado que pueda sonar, esta teoría no sólo no provocó escepticismo en el FBI, sino que le aumentaron el presupuesto y le asignaron dos auxiliares.
Fue así como empezó su etapa más productiva. En los siguientes veinte años convenció a sus jefes de que lo instalaran en México, le compraran un auto y se dedicó a explorar cada rincón del país. Del más urbano al más extraño, del más chic al más menesteroso; Monterrey, Zacatecas, Polanco, la colonia Doctores, el desierto de Sonora, Real de catorce, el bolsón de Mapimí no tenían secretos para él. En sus memorias inéditas en castellano, Basura o Nuestro patio trasero es un campo de aterrizaje , McCormick cuenta cómo, al explorar las profundidades del cenote sagrado de los mayas, sabía que estaba alcanzando un nuevo nivel de profundidad gracias a la antigüedad de las botellas de Cloralex que iba encontrando en su camino. “En México, decía el explorador, los basureros son el alfa y el omega. Uno sale a la calle y encuentra basura, sube a un camión y encuentra basura, viaja al extremo del país, al sitio más apartado del mundo, y cuando cree haber llegado a un sitio virgen, siempre encontrará más basura, porque un mexicano ya estuvo allí. Bolsas de fritangas y de Pan Bimbo parecen seguirlos por doquier, como si fueran más necesarios que el aire o el agua. El punto más accesible y el más recóndito que uno puede imaginar siempre serán basureros. Los mexicanos no pueden vivir sin basura, su organismo no se los permitiría. A esto se debe que, “lo único que ha tenido continuidad en la identidad mexicana es su pasmosa facilidad para ensuciarlo todo” .
Con esta idea en mente, McCormick encontró cada vez más indicios de la vida en otros planetas. En uno de sus famosos experimentos, el detective siguió a una familia de chilangos durante dos meses, sólo para comprobar el placer con que los González dejaban rastros de su paso por la tierra. Hasta el bebé de dos años arrojaba sus pañales con tenacidad asombrosa, casi de manera instintiva. Cuando los González se dirigían de vacaciones a las playas de Acapulco, el norteamericano tuvo un presentimiento en verdad importante, se detuvo a mitad del camino y comprobó que toda la carretera entre Cuernavaca y Caletilla estaba sembrada de evidencias. Una larga capa de basura señalaba la actividad de los mexicanos, y esto le pareció muy alarmante, aunque entonces no supo explicarse porqué. Presa de un sudor frío, McCormick se puso en contacto con el coronel Aldrich, de la NASA, el cual le confirmó que, vista desde el espacio, la república mexicana tiene la forma de un cuerno de la abundancia, que resplandece debido a los millones de botellas de Cloralex, esparcidos a lo ancho y lo largo de su vasto territorio. Fue allí cuando comprendió todo: el complot era tan sutil que podía pasar inadvertido. Del Suchiate al Río Bravo, pronto cada centímetro cuadrado estaría cubierto de basura, porque de esta manera los mexicanos llaman a la nave nodriza. Lo gigantesco es una forma de lo abstracto, concluyó el detective, cada vez más aterrado; hay cosas tan grandes que se vuelven invisibles.
Contra lo que esperaba, la dirección del FBI no estuvo interesada en sus hallazgos y lo reubicó en las oficinas de Arkansas. Entonces vivió lo que se conoce como “su periodo negro”. A finales de los sesenta, McCormick decidió abandonar las filas de La Agencia, alegando un complot en su contra. Aunque vaciaba minuciosamente su bote de basura todas las noches, el bote siempre estaba repleto la mañana siguiente, tenía que haber un mexicano entre el personal. Tras presentar su renuncia vivió como un fugitivo y publicó el resultado de sus investigaciones en editoriales de amplio criterio, sobre todo en el sur de la Unión Americana.
Poco antes de desaparecer, McCormick anunció que haría revelaciones sensacionales sobre el planeta Cloralex. Vino a despedirse de mí, que fui su asistente en Chihuahua, cuando fotografiamos los basureros, y se fue manejando hacia la garita aduanal. Iba vestido con un traje huichol y repetía con insistencia “Ya van a venir”. Como es bien sabido, una botella olorosa a desinfectante fue encontrada bajo la llanta delantera de su auto.
La vida de McCormick ha tenido grandes detractores, pero ningún seguidor. A mí me parece que su figura no ha hecho más que agrandarse. Me digo esto mientras miro a mis compatriotas y me parece que el tiempo, que hace justicia, le dará la razón.

Martín Solares

Ha muerto un santo

La dueña de casa se acercó a la ventana siguiendo el capricho de algún latido de su corazón, y la alarma le lavó la cara. Lavada de rasgos y expresiones, quedó sólo la alarma, miel que atrae a las abejas de las catástrofes: nosotros. Nos precipitamos hacia donde ella estaba, y vimos lo que veía: un grupo de camareros dementes, allá abajo, en la azotea de un hotel, dando vueltas como animales acorralados. En ese momento, desde uno de los cuartos del hotel subió un gemido largo y enseguida el llanto de un niño torturado. Los camareros se enloquecieron intensamente, el que parecía más trastornado se tiró a otra azotea sin salida, pocos metros más abajo, algunos consiguieron huir. Ya se oían los gritos por todas partes, tan ininterrumpidos que parecíamos circundados por un solo grito romo. Entre el alarido y la queja se parecía más a la queja. Una queja de espanto.
Desde donde estábamos se distinguía algo de calle, y esa calle era de olas.
Marejadas de gente y de gritos.
Los que hasta hacía poco se divertían en la fiesta, allá arriba, empezaron a
contaminarse del miedo. Yo también. De un momento a otro íbamos a dejar de ser un islote en la queja. Ya cabalgábamos la curiosidad, ya teníamos ansia de enterarnos del mal que se acercaba. Repetimos las escenas de la azotea. Con más
moderación, lentitud o buenos modales. Algunos daban vueltas alrededor del cuarto, las manos cruzadas en la espalda, como para hacer creer que hurgaban en un pensamiento profundo y estaban a punto de lanzarlo. Otros se acercaban
a la puerta, conversando animadamente, fingiendo que nada pasaba. Ninguno se tiró por la ventana. Estábamos en el minuto del hormigueo de la angustia,cuando el descubrimiento es inminente. Ninguno pensó tampoco en adularme.
En esas circunstancias la costumbre quedaba rota. Sólo uno me encaró para preguntarme sin delicadeza qué pensaba hacer. Pero antes de recibir mi contestación me mostró la espalda y se fue.
Después me fui yo. Allí arriba no estaba segura. Me encontré en la calle entre muchedumbres que salían de la ciudad llevándose sus cosas. No se parecían quizás a las del Antiguo Testamento, pero por su aspecto de maldecidas, el mismo Dios de cataclismo las amenazaba. Los hombres, en largas camisas sueltas, arrastraban los objetos más pesados, vehículos y animales se desesperaban por avanzar, algunas mujeres, quizá bellas en calma, pero ahora con los ojos como cráteres y el pelo espantado, iban gritando: ¡Ha muerto un santo! ¡Ha muerto un santo! Y
sus palabras se atropellaban como queriendo desembocar al mismo tiempo en el aire transmisor de ayes.
Me dio rabia. Cierto, no todos los días muere un santo, pero si ya no había a quién mostrar que huían por amor a él o por miedo de él, ¿por qué ese pánico general?
Esa era mi opinión y no la de los demás. La oculté, casi me puse a saludar. Una sola opinión contradictoria tiene que ser cortés con la multitud que arrastra.
Huían distintos unos de otros. Desprevenidamente espantados, a regañadientes, o en franca rebelión contra su miedo. Y yo ¿huía o me protegía entre ellos? La cabeza se me llenó de repente con un pensamiento: los soldados saquearían mi casa. El tiranosanto había sido asesinado y ya el libertador o el nuevo tirano estaba dando la orden de destruir todos sus rastros. Santo o tirano, ahora estaba con su muerte a cuestas, despojado de lo que lo hacía igual a cualquier hombre: la pobrecita vida.
¡Ha muerto un santo! Estribillo en bocas cada vez más espantadas, incomprensible exageración, insoportable. Los gritos de esa gente eran como por la muerte del padre absoluto. Un padre inconfesablemente dulce.
De todas partes me empujaban y tironeaban sin reconocerme. Dentro del cuerpo los latidos se me volvían dolorosos pero yo no tenía miedo. Yo supe, la primera, que el tiranosanto estaba en su cama adornado de puñaladas y me quedé tranquila. Yo me quedé tranquila desde que lo vi muerto, ellos se pusieron a gritar desde que se enteraron. Sus gritos hacían subir la temperatura de mi
rabia, hasta que me vinieron como sacudones eléctricos. Yo era de aquellos para los que el tiranosanto había sido abominación, existencia nauseabunda, alma en estado de llanto. El santo festejado cada día no había ido a la fiesta de aquella tarde, aniversario de su santidad. En cambio, un niño había llorado en un cuarto de hotel. ¿Torturado por una madre que tenía asco del padre? ¿Por esa causa se aborrece a un niño?
Me escurrí hasta el umbral de una puerta. Las eléctricas descargas no me
dejaban seguir. Desde allí vi pasar a nuestros individuos hechos multitud, tal como ellos son: sin razones, con frenesí, frutos, prepotentes, incompletos y hasta buenos. Esos que eligieron su santo y se pusieron a amarlo por extraños motivos. El de ser macho, por ejemplo. ¡Como si fuera tan difícil! O a lo mejor es tan difícil. Pero si los ciudadanos se adoraban en él, ¿qué le adoraban las
ciudadanas? Pasaron todos, se fueron hacia otras calles, hacia las afueras. Entonces volví atrás por la ciudad desierta. Había negocios con los vidrios rotos y gente adentro que se entregaba a melancólicas borracheras en la penumbra. Anduve mucho. La ciudad era maravillosa. Por primera vez. Sus habitantes habían dejado de rezarle a la VIRGEN de las COSAS al REVÉS. Se habían ido los pobrecitos siempre acostumbrados a tomar el mal por bien hasta creerlo bien.
Eso desde hace mucho tiempo, cuando todavía no estaba el tiranosanto pero ya había tirano que los acostumbrara a tomar el revés por el derecho. Hasta que se coagularon las equivocaciones. Un tiranosanto, una VIRGEN de las COSAS al REVÉS, ¿qué más quiere un pueblo? La divinidad hecha noticia y viviendo en casa.
Pasé frente a un edificio con las puertas abiertas de par en par y lo único que vi fueron árboles gruesos y retorcidos que no necesitaban de hojas para ocultar. Pero de repente, salidas de atrás de los árboles, bajaron unas víboras tan gruesas y tan retorcidas como ellos. ¡Alguien había roto las jaulas de vidrio del zoológico! Me alejé casi corriendo con cólera, con aflicción, con náuseas. Y atravesé una plaza sin un solo árbol, como las que nos gustan aquí, con vereditas simétricas, granza y un monumento blanco en el centro. De un pilar
del alumbrado colgaba todavía mi retrato. Salí de la plaza y de repente encontré la casa en que viví con mi madre hasta que me sacaron de allí por un único motivo: haberme vuelto mujer. El lugar donde ella murió quizá porque la obligaron a separarse de mí. O por la forma en que la obligaron.
Digo que encontré la casa y es mentira. No la buscaba, nos encontramos natural o antinaturalmente. Ya nadie me impediría tirarme por fin en mi cama
simple, ya nadie me obligaría a usar la del palacio presidencial, con columnas retorcidas como serpientes asquerosas, porque sobre esa cama está ahora el hombre santo reluciente de puñaladas.
No tuve tiempo de admirar la casa de mi madre, la mía, tan clara y tan de
acuerdo con un barrio de suboficiales, porque desde hacía rato los latidos
dolorosos dentro de mí se estaban volviendo pesadez caliente y suave. No tuve tiempo de alegrarme con la casa de mi madre. Solo tuve tiempo para mirar desde el balcón unas figuras lejanas en la esquina de la plaza, para echarme en la cama y para recibir en mis propias manos a mi hijo recién nacido. Sin ninguna
ayuda y sabiendo de quién es. Yo no soy como esas mujeres donde él sembró su santidad, tantas y tan robadas a otros que muchas murieron sin conocer la filiación de sus engendros, sospechándola apenas. Mi madre entre ellas. Pero yo soy soltera y no hay confusión posible sobre el padre de este hijo. Y ahora ¡qué venga la felicidad! Felicidad de estar de nuevo en mi casa, de que se haya
muerto el santo y de que los pobrecitos, con su error petrificado, ya no me sigan celebrando como a la Virgen protectora de las COSAS al REVÉS. Ya no soy más la antorcha del santo, la que a él se le antojó imponer justamente para que las cosas fueran más al revés, tan al revés que cada glóbulo de su sangre y cada tramo de sus venas pudiera saltarle de borrachera y de poder.
Mañana no habrá en las calles ni uno solo de mis retratos venerados, y quizás el error se les ablande a los pobrecitos. Lo que sé es que si el santo estuviera aquí, se acercaría a mí, apenas más viejo que yo de aspecto, orgulloso de no parecer mi padre sino el HOMBRE, tomaría en brazos al niño, rubio como él, doblemente semejante a él por la misma doble corriente de sangre, y lo acariciaría. Lo acariciaría como al hijo que los hombres tienen de la mujer que
aman… ¡Qué venga la felicidad!… ¡Oh, no! No puede venir. ¿Qué he hecho
por mi padre, ese hombre inconfesablemente dulce? ¿Qué he hecho yo, por muy santo o muy tirano que él haya sido?

Elvira Orphée

De cómo Guadalupe bajó a La Montaña y todo lo demás

A Miguel Donoso Pareja

En la esquina de General Arteaga y la calle de la Constitución hay una cantina que se llama La Montaña. El cantinero es Don Pepecalvotieneunahernia. Mejor conocido por Pepé Bolas. En La Montaña o porahí se reúne la flota del barrio de San Sebastián. Los güevones como dice Doña Florita.
Ay póngale un tostón a la mierdola para que cante Pedro Infante. Sale mula de seises. Ay güey, Paso. A que no saben a quién vi en casa de Pata Peludas. A tú mamá- Bofo. Saquen la de cincos que se orca. A la hermana de Lupe. No mames. En serio pero me dio chivia decirle que nos metiéramos al cuarto. Pendejo. Lo cierto a blancas. Tejones porque no hay ardillas.
En las tardes los vagos como dice don Camerino se dedican a mirar: nalga / culito / molote/ pedorro como dicen ellos. Chiquita. Ya viste qué calzonzotes. Mamacita. Quien fuera mosquita para pararse en tu caquita. Mua. O como dice don Pepe Bolas nomás hacerla de pedo.
Así hasta que los murciélagos salen del campanario. Entonces el día se va hecho la mocha y se prenden todos los focos en los postes. Para que los parroquianos no se tropiecen con los adoquines.
Hora de hacerle al galón y los que tienen ruca a darle al cachondeo. Verdá mi Revlon. Segurolas mi trompitas. Sentados en la banqueta los solteros le llevan gallo a sus novias invisibles “Dicen que la distancia es el olvido. Pero yo no conozco esa razón. Porque yo seguiré” TRÍO LOS PANCHOS. Y el Pifas platica de cuando la bisabuela Juana le decía que tomara caldo de tlacuache blanco. Mueles los huesos. Cuando haya luna llena te los bebes. Verás como se te quita lo prieto. No seas hablador. Me cái. Y el Caguamo de todas las artistas que me voy a coger cuando sea campeón mundial de lucha libre.
Era un domingo del mes de enero con todas las calles llenas de tiras de papel crepé. Y banderitas de papel de china. De muchos colores. De lado a lado de la calle. De esquina a esquina. Los adornos ocultan el cielo. Mejor dicho hacen un cielo más cerca de la Es la fiesta del patrono del barrio. Un santo con cara de mujer. Y taparrabo. Y todo lleno de flechazos. En la doctrina le cuentan a los niños que los romanos fueron los que se oo ajusticiaron.
El jardín está lleno de gente. Vamos a los juegos dijo el Pifas. Y se van los de siempre. El Revlon decía que eran los tres mosqueteros y el Caguamo que no güey si somos cuatro. Los tres mosqueteros eran cuatro. Lo dijeron en la equisedobleú. Ah. Al Trompas no le interesa la discusión. Quería llegar al jardín. Los juegos. Las luces. Las canciones. Traía algunos antojos.
Anduvieron dando la vuelta. Haciendo bola. Metiendo mano. Culito hermoso. Quinceañero. Suavecito como pétalo de flor. Manzanitas perfectas. Manzanotas. Bajo el vestido de charmés color de rosa. Mmmm.
Se subieronal martillo y el mundo comenzó a dar de vueltas más aprosa. El día abajo la noche arriba. Los cuatro estómagos se dejaban caer desde las nubes y cuando se iban a estrellar contra las luces se volvían a subir. El Pifas mitad miedo mitad broma se sacó la de hacer niños y se mió. Ya empezó a llover decía la gente abajo. Qué gacho.
Luego fueron a la carpa VENUS. Sí pa ver la variedá. Mientras veían a la Susuki el Trompas moviendo el dedo por entre la ropa así así se hizo una puñetachaquetamanuelapaja vulgo masturbación. Fue de a bolsita de pantalón. Pendejo la bailarina era un puto disfrazado. Que se me hace que le gusta la sinhueso. El camote. El mastiache. La peluda. Me agarras cansado. Hablador. De todas maneras estaba re bueno.
En la carpa de la Señorita Araña el Revlon se chingó una cartera. A ver Señorita Araña dígale al público presente por qué se quedó usted así. Por desobedecer a mis padres. El índice-y-el-medio. De qué se alimenta Usted. De carne Humana. De-la-pura-esquinita. Qué consejo le da Usted a la juventud. Que no desobedezcan a sus mayores. Pero-jalando-rapidito. Se acaba esta tanda y sigue la otra. En la cartera había como doscientos pesos.
Ya con la lana se chingaron unos jóquéis con miel. Y unas enchiladas con café. Y unos tacos con refrescos. Y churritos. Bien a toda madre. Me cái.
Con dinero baila el pedo. Dijo sonriente el caguamo tirándose un perro. Y ya picados que se meten al Castillo de los Espantos. Entraron en fila india. El Revlon le soltó un madrazo al Mostro de la Laguna Negra. Me agarró los huevos el jotazo. Y se salieron.
Todo iba tranquilo hasta que llegaron al tiro al blanco. TIRO SPORT AMERICA. Pasaban desfilando los soldaditos. Los patos. Los conejos. Los changuitos de plomo. Puto el que no tumbe un sorcho. Da a negra el que falle. El que pierde paga. Y el Trompas alardeando de su buena puntería disparaba cada vez de más lejos. Que pa que vean güeyes. Cada vez más retirado. Pa demostrar la chingonez. Más lejos. Más. Hasta que se perdió con todo y rifle. Nomás dijo ya se acabaron las municiones y se fue. La gente al mirarlo venir con el arma rápido lo dejaba pasar. Fácil huyó. No mames regrésate. Ya vente güey. Pinche Trompas. Y policía policía unos ladrones. Auxilio. Agárenlos. Policía. Deténgalos. Y a correr y la ley atrás. Y tanto que habíamos comido.
Que los traigan. Este es Federico Pérez alias el Revlon. Vago y malviviente. Soltero. Veinticuatro años. Lo capturamos en el local de la de Sedy Marky la Dama de las Serpientes. A cumplir con nuestro deber pisamos dos tarántulas y tuvimos que matar una boa que nos atacó. Firma aquí. Pásale.
Este es José de Jesús Martínez alias el Pifas. Sin ocupación. Divorciado. Veintiocho años. El hijo de la chingada se disfrazó de vendedor de tacos y por poco se nos escapa. Fírmale y pásale. Rápido.
Y este otro es Manuel Orta Gómez alias el Caguamo. Vendedor de periódicos. Soltero. Veintiún años. A éste con riesgo de nuestras vidas lo tuvimos que bajar de la Rueda de la Fortuna. Fírmale cabrón. A pa letrita.
Al cuarto malhechor de nombre Juan Sánchez alias el Trompas que según declaraciones de testigos fue quien inició el asalto no pudimos capturarlo. Huyó del lugar de los hechos amenazando a la gente con un rifle. Es todo jefe.
A ver hijos de puta. Orita nos dicen dónde vamos a encontrar al otro güey. Plaf.
A esas horas el jardín de San Sebas está muy silencioso. El desmadre se ha quedado quieto adentro de los puestos o entre las hojas de los árboles. El campanario abre un ojo porque al rato le toca llamar a la primera hora del día. La misa llega como a las seis. De negro. En las calles el papel de colores está húmedo. En las celdas hace un chingo de frío.
Jefe. Anoche nos cansamos de madriarlos y no dijeron nada. Está bien. Que los turnen al juez a ver si no se les quita lo padrote.
Ese don Pe-pito tráiganos las oxtras. Ya peló gallo esa mulita de cincos. Pasaportes. Iguanas. Tragos de cerveza Superior. Pinche Trompas. Que ni se aparezca por aquí el ojete. Trago de cerveza Carta Blanca. Seis meses en el bote por su culpa. Silencio. Tragos. Pero me sirvió para darme cuenta que las viejas valen madre. Por qué mi Revlon. De todos mis amores ninguno fue a llevarme siquiera unos cigarros. Pos será el sereno pero yo a ese güey lo voy a madriar. Hijo de la chingada. Trago prolongado de cerveza fría. Cálmese mi Cagämito. El Trompas se portó gacho pero es cuate. Que no ve que el niño dios nunca le trajo nada ninguna navidad. Traía ganas de su riflecito. Neta.
Miren. Y el medio día se puso enserio porque el Pifas está hablando en serio. En serio ora que estuvimos entambados estuve pensando muchas cosas. POEMA: Nos metieron al pinche bote / porque no tuvimos una pinche lana / para darle una pinche mordida / a la pinche justicia / o a poco vieron un pinche curro adentro / CORO: me cái que no. Por eso en lugar de pensar en darle sus madrazos al Trompas hay que pensar en cómo tener harta lana. Harta. Siéntese bien no se vaya a caer. NOTA:
En todo el cuento nunca llegan a entender que el problema es el puto sistema capitalista.
Yo tengo un plan a ver qué les parece. Vamos a aventarnos un secuestro. Paletas. Paletas. Frente a la cantina el paletero y su sombra se desgañitan muertos de sed. Paletas de leche y agua. Moretones de viento en el pecho los gritos. De la sombra también. Tragos de cerveza. Está cabrón. Más tragos. Con tanto secuestro que hay ningún ricachón anda solo. Ya lo sé si no me creas tan güey. Estuve pensando en alguien que no traga guardanalgas. A poco piensas secuestrar a uno del barrio y pedirle de rescate la hija más buena. Me gusta la idea mi Revlon. Luego vendemos a laruca y nos venimos a poner bien pedos con don Bolas. Soplas. No marchen estoy hablando en serio. Era verdad. Todas las moscas de La Montaña estaban quietas.
Tragos de cerveza. Bueno mi Pifas dinos a quién. Ustedes nomás ténganme confianza. Yo ya lo pensé y lo repensé. Lo planié todas las noches en la celda. Antes de dormirme. Cuando sentía más frío. A ver cómo la ven ustedes. Vamos a secuestrar a la Virgen de Guadalupe. A la reina de México. Sí. A la de la basílica allá en la capital.
Las moscas huyeron. En los caracoles de las ventanas del barrio el mar se silenció. Las flores de las macetas cercanas a la Montaña se estremecieron. Las hormigas estaban nerviosas.
Calma tu pedo Pifas. Ni madre yo no me quiero condenar. Chale no sean putos. Va a ser fácil. Échenle cabeza y verán cómo en un dos por tres nos aventamos. Orale. Vámonos a la capirucha. Allála hacemos y nos retachamos de volón.
Eran como las tres de la tarde Ya vas.
El día señalado. Jueves veintitrés de abril. La mañana tiene canas. Quiere decir que amaneció gris. Pendejo. Todos los pájaros de la ciudad despertaron mojados. No eran orines. No era el rocío. Eran las lágimas de los árboles. Güey.
El Revlon apareció antes de la primera misa. Traía puesta la sotana robada en la sacristía de San Sebas. Tic-tac. Tic-tac. El reloj principal de la basílica se detuvo. Tic-ta. Quien lo viera no lo creyera. El Revlon estaba igualito que un cura.
Llegó al altar mayor acompañado por dos trabajadores del templo. El Pifas y el Caguamo con bata y casco y botas y la boca seca. Reseca. El miedo es cabrón. Resequísima. Con solemnidad y siempre bajo las indicaciones del padre Revlon. Los ayudantes hicieron su trabajo. Las manos. El pulso. Los latidos. Fríos. Sudados. Temblorosos. Laboraron.
Afuera el auto robado fumaba con impaciencia.
Lentamente la virgen comenzó a bajar del altar mayor a la Montaña. “Miembros de la liga comunista Comandos del Pueblo secuestran a la reina de México”: EXCELSIOR. Los tres con un estilo impecable iniciaron la procesión. Pero no podían salir. La puerta se iba cada vez más lejos. Caminaban y caminaban. En el pasillo sobre la alfombra conocieron la eternidad. Mientras las bancas a los lados quietecitas les decían adiós. Adiós Caguamo ganas de llorar. Adiós Revlon ganasdemiarse. Adiós Pifas ganasdecagarse. Pie derecho pie izquierdo. Pie derecho pie izquierdo. Adiós. Bena suerte. “A empujones fue subida en una auto la virgen de Guadalupe”: LA PRENSA. Los escasos fieles de esa hora se arrodillaban al paso de la comitiva. Con cuidado hijos no vayan a estropear la imagen. Los óganos de todas la iglesias tocaban una nota al mismo tiempo. “Adoradores de la hoz y el martillo sin madre dejan a la patria”: ALARMA. Luego de cinco mil aves marías llegaron alcarro. Nadie sospechó nada. Un limosnero ciego presintió algo cuando al pasar las imagen las nubes de los ojos se le cayeron. Pudo ver. Al instante la morenita lo volvió a cegar. EL sol salió para mirar el auto que arrancaba. Todos iban felices. También la virgen en los brazos del Revlon.
LA VERSIÓN DE UN TESTIGO: cerca-de-las-cinco-de-la-mañana-una-docena-de-homvres-armados-hasta-los-dientes-entraron- de-improviso- al-templo-y- ordenaron-a- los-que-ahí-estábamos- que-nos-pusiéramos- en-el-piso- arriesgando-mi-vida- quise-impedir-el-sacrilegio-pero-las- fuerzas-me-fallaron- los-criminales- eran-altos-y-barbados- y-hablaban-un-lenguaje-extraño. El ciego sabía que no era cierto.
En la carretera los postes pasaban hechos la chingada.
Detente. Detente. No. No me detendré. Ese hogar es mío. Sólo mío. Pi. Pi. Pip. Se interrumpe la novela. Desde la redacción de noticieros llega una noticia. Hoy a las cuatro cincuenta de la madrugada la virgen de Guadalupe fue secuestrada. La reina de México. Sí. La de la basílica en la capital del país. En una nota que los plagiarios dejaron junto al altar mayor exigen la suma de cinco pesos. Cinco pesos por cada mexicano católico apostólico y romano. Cantidad que será entregada al Comité Pro Construcción de la Nueva Basílica. Organismo con quien los malhechores se comunicarán para fijar el sitio de la entrega del rescate y la devolución de la Patrona de América. Luego se sigue oyendo “El hogar que me robé”.
Misióncumplida. Ya la guardé y don Pepe ni se las olió. Misión cumplida. El carro ya está en la presa. Se hundió a toda madre. Vamos a echarnos una fría. Misión cumplida. Hasta dos.
“La Historia de la Moneda de a Cinco Pesos” CUENTO: Había Una Vez UnaSeñora QueSeLlamaba DoñaJerónima QueLavaba RopaEnLaCasa DeLaSeñora LópezLaCual PagóLaLavadaConUnaMonedaDeCincoPesos QueElSeñorLópezObtuvoAlCobrarLaRenta DeLasVecindades DeSuPropiedadEnUnaDeLasCualesViveDoñaJerónimaQuePagóLaRentaConUnaMoneda DeCincoPesosQue HabíaGanadoPor BarrerEnElRestaurante LopitosDelCualEs PropietarioElSeñorLópez. FIN.
Esta moneda es pal rescate de la virgencita. Y doña Jerónima se fue a formar a la cola de los apostólicos católicos y romanos. Y mexicanos. Colona serpiente. Quetzalcóatl múltiple. No mames. Que se viene arrastrando sobre su panza de suela de zpato. Colísima que repta desde el centro de la ciudad hasta el cerro del Tepeyac. Que ahí fue donde se puso el Comité. A los costados del colonón se venden: “voy a pasar lista niños”: Tamal-presente. Atole-presente. Estampita de la Virgen-presente. Chicle-presente. Rosario-presente. Escapulario-presente. Chocolate-presente. Vela Bendita-presente. Tacos-presente. Pulque-presente. Naranja con Chile-presente.
En la cola todos compran. Mientras el Comité llena y llena y llena costales y costales y costales de monedas y monedas y monedas comolas de doña Jerónima. Jerónima.
COMUNICADO CONJUNTO DE AUTORIDADES CIVILES MILITARES Y RELIGIOSAS: “De ninguna manera se transará con los secuetradores”.
Ta ra ta ta ra ta ra ra ran. Ta ta ra ra ra ra ran. Pedro Infante en La Montaña. “Te vi sin que me vieras. Te hablé sin uqe me oyeras. Tus.” Ya ves pinche Piafas. No quieren darnos la lana. No se me asuste. Así dicen siempre. O a poco creen que van a dejar que hagamos chicharrón de virgen. Porque si no nos dan lo que pedimos la quemamos. Pos sí. Sirve que se va al cielo y ya deja de sufrir con nosotros. Mira mira. Oye güey andan agarrando a un chingo de gente. Cuicos y sardos se meten a las casas. Todo por nuestra culpa. Train unas ganas de agarrarnos. Hay que hacer algo. Pobre gente. Silencio. Fumadas de cigarro. En la oscuridad de la preocupación se prende un foco. El cerebro del Pifas de setenta y conco watts. Ya sé.
Noticia de último momento. Hoy a las diecinueve treinta horas se recibió un comunicado. Los secustradores comunican que ante las injusticias que las autoridades están cometiendo. Según los maleantes acalara el locutor. Al capturar gentes inocentes con el pretexto de salvar a la virgen. Nos vemos obligados a revelar nuestra identidad. Qué buena idea pinche pifas. Somos miembros del grupo Banco Nacional de México. Que mentira más absurda aclara el cabrón locutor. Que ante los problemas de nuestra cadena de bancos nos hemos visto obligados a salvar nuestra situación con la ayuda del pueblo de México. De la que se está perdiendo el Trompas. Seguiremos informando. Entra música.
Clap clap clap. Pisadas. Clap clap. Los pies desnudos del niño que vende periódicos. Clap. Sobre las calles las plantas descalzas. Extra extra. Clap clap. La extra. Clap. “Son arrasadas y quemadas todas las instituciones bancarias del país”. Clap clap clap. A quemar el dinero que es del diablo. Ytanto fuego hubo que hasta las monedas ardieron. MORALEJA: El dinero lo tienen los ricos. No sirve.
El Trompas ya había conseguido municiones. Aunque todavía andaba escondiéndose extrañaba un chingo a sus cuates. Carajo. Mis cuatitos. Un suspiro azul se le escapó. Olió a perfume.
Clap clap. Pisadas. Ya sabes. Clap la extra. “Suicidios colectivos”. San Luis Potosí, 26 de abril de 1976. Reuter Latin. AP y EFE. La congregación de adoradores de la vela perpetua voluntariamente decidieron incinerarse como desagravio por lo ocurrido a la reina de México. Una espesa columna de humo negro y maloliente oscureció el cielo de la ciudad. Las mujeres morían entonando el himno guadalupano. Se temen brotes de solidaridad con las adoradoras. ACLARACIÓN: Ellas aún no sabían que tres potosinos eran autores del secuestro.
TELEGRAMA DEL VATICANO: Decreto excomunión plagiarios Patrona de América Punto Pido respeto para banqueros Punto Unome dolor pueblo mexicano Punto Firmado Paulo Sexto.
Que el papa vaya y chingue a su madre. Gritó feliz don Goyo el talabartero. Después de muchos años estaba eufórico el viejito. Salud. Ya terminó de arreglar mi tinita preguntó doña Petra. Ora no trabajo.
MENSAJE DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA: “Hoy la nación sufre el ataque de fuerzas pro imperialistas e intereses extraños. Enemigos del progreso del país”. “Hoy somos blanco de una conjura internacional contra la democracia y la libertad.” Yo exhorto al pueblo de México a mantener la cordura. Y a la vez pido un voto de confianza en sus instituciones”. Y sigue más discurso en cadena nacional.
Tranquilamente miaba un borracho. Filosofando mientras el chorro de orines gorgoreaba en los agujeritos del mingitorio de La Montaña. De pronto en la esquina del baño. De atrás de unos botes se apareció la virgen de Guadalupe. El ebrio salió corriendo y jurando a gritos que no volvería a tomar. Se fue sin pagar por supuesto. El agente judicial asignado a vigilar en esa zona oyó el escándalo. Rodrigo Madariaga mejor conocido entre sus compañeros con el sobrenombre del Perro. Ante los gritos del alcohólico anónimo el Perro se dirigió al lugar de los hechos. Y oh sorpresa la del agente al descubrir a los malhechores con las manos en la masa. El Caguamo y el Pifas tratando de ocultar a la reina de México en el excusado. Dueño de la situación el Caguamo se dispone a detener a los secuestradores. En eso CRACK. El Revlon por atrás con una silla. La cortada en la cabeza va de oreja a oreja. El judicial cae. Perro alcancía. Aún atarantado por el golpe sabe que esta es la oportunidad de su vida. El triunfo que toda la fuerza policiaca del país quiere lograr. Y él puede hacerlo realidad. El. Un humilde agente judicial de la provincia.
En el piso las escupidas y las colillas de los cigarros están llenas de sangre. Asustadas. Tengo- – -que- – -lograrlo- – -ayúdame- – -virgencita- – -de- – -Guadalupe- – -. Instintivamente el Perro dirige la mano hacia la pistola. Don Pepe Bolas incapaz de resistir el espectáculo se desploma. Nunca se imaginó que ahí en su cantina la virgen y luego la pelea. Es demasiado. Ni siquiera una veladora le había puesto. Ya no lo hará. Su corazón sin gasolina dejó de funcionar.
Repuestos de la sorpresa se lanzan sobre el Perro. El Caguamo le pone la bota en la mano. Se la hace caca. La treinta y ocho super se quedó quieta entre los dedos rotos. Ora qué hacemos con este güey. Pos por lo pronto dale una patada en los güevos. No se vaya a parar. El Perro en lo más hondo de su conciencia sabe que esa es su oportunidad. Tiene que agarrarlos. Ayúdame- – -virgencita- – -de Gua PAF. Los güevos. Ten-go- – -que- – -ha- – -cer- – -lo. El Perro aterrorizado al ver que el Perro quiere levantarse le suelta un puñetazo que le rebota la cabeza entre las fichas de Carta Balanca y Superior. Rojas. Cálmate Caguamo lo vas a lastimar. Dice el Revlon sin darse cuenta de lo inútil de su preocupación. Asombrada en la rocola la voz de Pedro. “Por las tardes iba enamorado y cariñoso a verla.”
La confusión y el miedo dando aletazos chocan contra paredes y puertas. Amarás a dios sobre todas las cosas. Se oyen los aletazos. No matarás. La respiración contenida hincha las venas. Los ojos asustados no saben qué hacer. Pobres. No fornicarás. Los músculos a punto de estañar en una carrera sin fin. Parece que al momento saldrán huyendo todos. Hasta don Pepe Muerto con su hernia y su corazón.
El Pifas rompe el maleficio. La Montaña deja de temblar. Este todavía se mueve. No podemos dejarlo vivo. Al rato tendríamos encima todo el ejército. Qué hacemos le preguntó el Revlon. A poco quieres que lo matemos dijo el Caguamo. Las palabras se quedaron en el aire. Lo primero que hay que hacer es calmarnos. Si nos apendejamos nos lleva la chingada a todos.
Cierra las puertas Revlon. Tú quítale la pistola. No mames. Está toda llena de sangre. Y míralo se está moviendo. Tengo- – -que- – – hacerl- – -un- – -humilde- – – jud- – -ayúdame- – -virg- -. Que le quites la pistola pendejo. Ante la inutilidad del Caguamo el Pifas de un brinco agarra la pistola. La limpia en su pantalón y se la da. Apúntalo. Mientras yo guardo la virgen y nos vamos. Un Caguamo pálido y tembloroso vigila. Hace como que vigila. De lo más profundo de su conciencia el Perro empieza a levantarse. El Caguamo se ha quedado paralítico. Y mudo. Y sordo. Y absolutamente pendejo. Udicial- – -d- – -provi- – -ercit- – -e- – -Gua- – – josdelachingada. El Perro está parándose. Perdida la noción del tiempo. Perdido el cuerpo. Perdido. Lleno de furia al darse cuenta que se le está saliendo la oportunidad por las heridas. U- – -humil- – -uadulu- – -josdesurrepinchema. Se ha puesto de pie. Tambalaeante. Levanta los brazos. El Caguamo lo mira todo en cámara lenta. Y como muy lejos. Lejos. Lejos. Cia- – -de- – -pro- – -itá- – -d- – -chingadísimama CRACK. El Revlon. Vuela una botella de Ron Potosí. Truena la región occipital del Perro. Toda la Montaña se estremece. Aparece el Pifas con la virgen. Le quita la treinta y ocho al Caguamo atónito. Apunta sobre la tetilla izquierda. Y perforando la placa oculta bajo el saco BANG. Lo mira un momento. Se guarda la pistola. Luego recoge la botella de Ron Potosí. No está rota. La limpia. L destapa. Le da un trago. Se la pasa al Caguamo. El Perro se quedó con los ojos abiertos.

Está feo el pedo dice el Revlon y toma la botella. Silencio. Bebe. La pasa. Silencio. La sangre del Perro comienza a coagularse. La Montaña está triste porque se murió don Pepe.

El Pifas habla despacio. Yo creo que para asegurarnos de que no haya mñas bronca pasamos a la casa de Chiucho el cuetero y le bajamos un costal de pólvora y cuetes y todo lo que tenga. Se frota la acara con las manos. Y ora qué quieres hacer. Como ya no tenemos dónde escondernos pos ya no nos escondemos. Toma un trago. Vamos a ponetrnos en la plaza de armas. Enfrente de Catedral. Está loco güey. Qué te pasa Pifas. Por pura seguridad pendejos. Ahí ponemos a la virgen encima de la pólvora. Nos acomodamos. Y nos quedamos a esperar. Silencio. Tragos. Pensamientos. Si no hacen lo que les pdimos le prendemos los cuetes a la virgen, Sale.
Y abandonaron La Montaña.
Los costales y costales llenos de monedas y monedas están rezando con su voz metálica en las bodegas de la basílica. Clín clín. El helicóptero no tiene la menor idea de ponerse a volar.
Hay que cnseguir cigarros y cerillos. Hartos por si los necesitamos. También latas de sardinas y galletas. Chale si no vamos de día de campo. Es por si hay que esperar güey. O a poco piensas tragar aire. Acuérdese de lo que le enseñaron en la escuela “hombre prevenido nunca es vencido”. Así aguantamos hasta que llegue la nave para que nos recoa. Y luego que nos leve a otro país para gastar nuestra lanita. Seguro.
Son las cinco de la tarde. En la calle los niños juegan con sus gritos. Suena lejos un tren. Las campanas de las iglesias llaman al rosario.Bicicletas. Una niña en una ventana canta junto a un caracol. Huele a pan. Cláxones. Todo parece igual que siempre. Perono es cierto.
Pásame el costal. Los cuetes y los cerillos. Tú carga los cigarros y la tragazón. La virgen va con el Caguamo que trai las bolsas llenas de palomas de pólvora. Oye Revlon. Siento como que a la virgen le palpita el corazón. No mames.
Gánese usted un viaje de ida y vuelta. Dice un radio. Con hospedaje y alimentación hasta el viejo continente. Dice otro radio. Si recuerda de quién es esta famosa frase: “A mí que chingaos me importa que Beethoven fuera sordo”. Dice otro radio. Mientras lo piensa no olvide seco él y seco usted. Desodorante y antitranspirante osart.
Llegaron y pintaron su raya. Una rueda.
Interrumpimos nuestro concurso para dar una noticia de última hora. Los secuestradores dan la cara. Tres delincuentes. Todos con antecedentes penales. Los maleantes se han instalado en el centro de la ciudad de San Luis Potosí. De donde son originarios.
San Luis
Al norte el río Santiago:
Pútrido.
Al sur el río Espanta:
Seco.
Amenazan con dinamitar a la reina de México si sus promesas no son cumplidas. Una gran multitud se halla congregada en torno a ellos. Seguiremos informando.
Atrás de la raya por favor. Atrasito de la raya que hay pólvora. Atrás de la raya. Señora. Apague su veladora. No la chingue.
La televisión de todo el país interrumpe su programación ordinaria. En vivo. Cadena nacional. El cielo potosino. Patrocina una marca de cigarros. Las torres de catedral. En blanco y negro. Y una marca de tequila. Los árboles. Unas palomas. El horizonte. A todo color. En los televisores de todo el país.
Vista general de la muchedumbre. Al centro un pequeño círculo. Atrasito de la raya. En todas las pantallas un costal sucio. La virgen. Dos cajas de galletas saladas. Un manojo de cuetes de vara. Paquetes de cigarros. Latas de sardinas. Un sujeto delgado y moreno que fuma sin parar. El Pifas. Clos op al Revlon. Se ve carita. Al Caguamo lo describe el locutor como grande y gordo. Todos mal vestidos. Si son mis cuates dice el Trompas.
La ciudad está inundada. Ríos de hombres y mujeres. Jóvenes. Ancianos. Niños. Cascadas de seres humanos. Qué Niagara Fols ni qué la chingada. Piernas. Espaldas. Pechos. Zapataos. Manos. Nalgas. Brazos. Camisas. Ombligos. Vergas. Pantalones. Vientres. Rodillas. Chiches. Pegol. Pegajoso. Pegoteado. Sudores nunca vistos. Calores nunca sentidos. Los primeros en caer bajo los pies del aplastamiento son los chaparros y los niños. Los que mueren dolor dolorcísismo. Después negro negrísimo. Luego nada. Nadísima. A veces un grito muy ronco pero no más. En fin. Es un aplastamiento de gente cabroncísimo.
Abran paso que viene el cardenal con los obispos. Los gordos avanzan entre nubes de incienso. Lentos púrpuras y morados. Luego llegan cientos de procesiones. Y camarón que se duerme sirve de alfombra. Compañías. Órdenes. Hermandades cofradías. Congregaciones. La del sagrado corazón. La del santo niño de Atocha.
Atrás de la raya por favor. Atrasito de la raya.
Asociaciones. Clubes. Partidos Políticos. Logias masónicas. Deportistas. Estudiantes. Putas. Los viejitos del asilo. Vendedores ambulantes. Niños de escuela. Pandillas. Cada contingente con su bandera. Escudos. Estandartes. Mantas. Banderolas. Pancartas. Banderines. Insignias. Azul. Rojo. Amarillo. Verde. Magenta. Violeta. Ocre. Blanco. Solferino. Gris. Etcétera.
Bandas. Conjuntos. Tambores. Platillos. Mariachis. Clarines. Orquestas. Violines. Coros. Tríos. Tenores. Guitarras. Maracas. El himno nacional. La marcha Zacatecas. Barras y estrellas. Cantos greogorianos. Jesusita en Chihuahua.
Mudos que hablan. Niñas que menstruan. Paralíticos que andan. Ciegos que ven. Mujeres que dan a luz. Sordos que oyen. Estériles que fecundan. Frígidas que se erotizan. Muertos que resucitan no.
Los presos. Los locos. Los cancerosos. Los tuberculosos. Los sifilíticos. Los leprosos. Los epilépticos. Los sonámbulos. Los sanos. Los putos. Las lesbianas. Y los que ocurran.
Miles de gentes saliendo de todos los lugares. De cualquier parte. De ningún lado. De aquí. De allá. De donde se les pega la gana. Como si hubieran estado escondidos hasta hoy. Esperándose. (Como va a ser el día de los chingadazos.)
Y háganse a un lado que ahí viene el ejército. Un dos. Un dos. Con las botas lustrosas aplastando gente. Un dos. Un dos.
En el horizonte ladridos. Todos los perros de la ciudad. Las hormigas asustadas en su hormiguero. Los pájaros vuelan sin poder detenerse. Las cucarachas en sus agujeros con las antenas quietas. Los gatos en las azoteas no dejan de mirar. Tranquilos.
Ay ojete qué desmadre. Cuánta gente. Y las cámaras de cine. Y las de televisión. Ora sí somos famosos. Tengo miedo. Yo también mi Revlon pero hazte pendejo porque se van a dar cuenta los de las cámaras. Prenden un cigarro con la colilla de otro. Mira qué asustado anda el Caguamo. Qué pasó no tiemble.
Los comerciantes y los hoteleros felices.
De repente el Caguamo sale corriendo. Derechito a un militar. Perdóneme general. Perdóneme. Ya no lo vuelvo a hacer. Una bala arribita de la nariz fue la respuesta. Quiso volverse con sus cuates. La muerte le puso zancadilla. Otros disparos le estallaron las palomas que traían las bolsas. Los truenos lo hicieron brincar ya difunto. Cabrones.
Las carreteras están bloqueadas. Cada minuo hay más gente. Un rumor gigantesco. Sabe cómo estará el suelo. En la televisión las entrevistas. El general. El cardenal. La patria con un rebozo blanco. Los banqueros. Todos opinan. Una delegación de mexicanos residentes en el Vaticano. Acaban de llegar.
Atrasito de la raya. Atrás. No se empujen que hay pólvora. Carajo que se hagan para atrás. Ahí van los cuetes.
La desesperación se va apoderando del Pifas. Ya le ha desesperado los pies. Las rodillas. Que no se avienten. El estómago. Que se hagan para atrás. Le llega hasta el cuello la desesperación. Suena el mar humano. El Pifas voltea para todos lados. Agarra aire y se pone las manos de bocina. Con toda el alma anuncia “si en cinco minutos no llega un helicóptero con el dinero le prendemos la pólvora a la virgen”. Como ola un murmullo. Con una chingada atrás de la raya. Grita el Revlon.
Fuman. Un trueno pone el cielo oscuro. Huele a lluvia. El aire dice agua. Los relámpagos sacan fotografías. En la madre.
No se desespere mi Revlon. Nomás que llegue el helicóptero con la lana nos pelamos. Pos que no se tarde porque la pólvora se va a mojar. Fuman.
Se miran a los ojos. Mucho tiempo. No dejan de fumar. El viento con sus dedos largos mueve el cabello de la multitud. En cada trueno se acerca la noche. Cargada de lluvia.
De pronto en el centro del círculo. En el centro del viento. En el centro del relámpago. En el centro del costal. El tiempo se abre como flor. Maravilla. Asombro. Oh. Y la virgen comienza a elevarse. Mujer. Viva. Super hermosa. Buenísima. Flotando con su manto de estrellas. Opacando la luz de los relámpagos. Serena en su sonrisa la morena. Chula entre las chulas. Federico Pérez y José de Jesús Martínez dejan de respirar. Se petrifican con el cigarro en los labios. Pero se quedan en pie. La reina de México asciende. Exhala fragancias. Jazmines. Magnolias. Tunas. Garambullos. Hasta el espectador más alejado siente la belleza. Ah.
La multitud postrada. Ruega por nosotros. Crece la devoción. Ruega por nosotros. Nadie se mueve. Ruega por nosotros. Sólo se escucha el coro gigantesco. Ruega por nosotros. Refugio de los desamparados. Ruega por nosotros.
Pinche vieja. No los dejes. Ruega por nosotros. En una esqina anónima el Trompas se lleva el rifle a la cara. Ruega por nosotros. Una lágrima azul se le rueda. Por sus cuates. Ruega por nosotros. Magnífica la virgen sube. Ruega por nosotros. Llena de luz. Como virgen. Ruega por nosotros. Pero antes de llegar al cielo: PUM. La revienta una munición.
Luego empieza a llover.

Ignacio Betancourt

El cerco de tamariscos

Una llave abre un panel del muro. Es la misma llave que abre de par en par las puertas del insomnio, y entonces aparecen lejanas ciudades, viajeros desconocidos, carruajes, epidemias y naufragios que invaden el recinto donde estoy. Pero quienes me visitan con mayor frecuencia son personas y mapas que se asemejan a un trozo de mi destino.

Ahora se cuela el viento por una gran rendija de este apostadero. Ahora entra la desolación en forma de llanura, replegando su árida piel como una bestia que debe calcular las extensiones para acomodarse mejor. Porque yo he crecido, pero ella ha crecido conmigo, día tras día, a costa de mis huesos, a expensas de las paredes del presente. Nunca fue relegada, entre los trastos, al último rincón. Nunca le fue negado su más tierno holocausto: el jardín sombreado con hierbas húmedas, el cerco de tamariscos cerrado para siempre alrededor de una fortaleza derruida, disputada palmo a palmo por la ortiga y el alacrán; la única nevada y su torcaza de humo susurrando el perdón a las alturas; los santos de la abuela en su caja de cristales azules; la bóveda de mis hermanas, donde zumban las abejas en un doble arco iris de dulzura y paciencia. Insaciable, inextinguible la llanura. Ella me acunó en cambio con terrores, misterios y leyendas y me dejó una sed cuya medida es mayor que la copa que pudiera colmar toda esa lejanía.

Una mano de arena acaricia lentamente esa distancia sin fin hasta mi almohada. Una mano empalidecida por la media luna muerta en el regazo de los médanos, siempre dispuestos a cambiar de lugar. Si lloviera, cada gota sería devorada con avidez, correría hacia algún depósito subterráneo donde yacen mis talismanes hechos de piedrecitas, de huesos de pájaro, de semillas, en los que hay grabadas cifras enigmáticas que trato de interpretar con mi biografía. ¡Qué tesoro incalculable para los arqueólogos del porvenir!

Pero no llueve. No pasa Santa Rosa con su gran nube de elegida flotando sobre la frente, ni Santa Bárbara arroja las centellas y los rayos en el aljibe. Tampoco septiembre arrastra su capa de mariposas amarillas ni noviembre nos cubre con su sombrío manto de langostas hasta la sofocación.

Sólo el viento, el dios alucinado que entreteje sus coronas con ramas herrumbradas y con hojas sedientas, avanza con su cortejo de sobrevivientes entre los matorrales. Es un dios excesivo, del que ni siquiera se reniega. Lo he visto arrastrando fatales migraciones, colonias enteras que parecían representar la caída, no hacia abajo, sino hacia el este. Los rostros de esa gente estaban labrados en un material de resistencia obstinada, y su expresión y hasta sus ropas tenían un aspecto definitivo, como si fueran pasajeros dispuestos a permanecer durante años en una sala de espera hasta oír el llamado de un tren que los depositaría, sin duda, en otra sala exactamente igual. Veo el reguero de carros por el camino, con paraguas inútiles, palanganas azules y roperos cuyos espejos arrojan un resplandor de adiós, un relampagueo desesperado sobre las paredes de las casas que aún no tienen vecinos. Les arrojo girasoles cuando pasan, y los miro, los miro mientras desaparecen por el ojo de la aguja, del lado del revés.

En este otro costado todavía es la hora de la siesta y hay que bajar del árbol de la fruta verde, del árbol del conocimiento donde estamos escondidos como los animalitos de las tapicerías, y huir de la Solapa, la cruel mujer del Sol, que se viste de iguana y sale a perseguir a los niños vagabundos, a los niñosminsomnes. Si los atrapa los convierte en enanos con enormes sombreros de paja y trajes de harapienta vegetación. Al hijo de la Lora, la mendiga de la cueva, le permitió crecer, pero lo guardó en un estuche de bicho canasto. La Lora plañe de puerta en puerta: “¡Moneda grande para la Lora!”, y se refugia en su madriguera, debajo de la tierra, con paso de comadreja. Sospecho que comparte su vivienda con la Solapa. Tienen sombreros iguales.

Nuestra asociación de espías lo averiguará algún día. Mi chapa de espía dice “DTG”, que significa Dios Te Guarde, y mi grado es sólo 4. Los otros chicos son mayores y tienen otra categoría. Algunos no temen inspeccionar cualquier cosa y a cualquier hora. Ni siquiera a la muerte, que puede caer a medianoche desde un tren en marcha y perseguir a quien la vio. Sí, como los cardos rusos, esas moles errantes que crecen a medida que ruedan hasta formar el áspero fantasma que devora una a una las hogueras del atardecer, que devora la tormenta y a mí con el abuelo Damián sobre el caballo en la noche de toda la penuria, cuando regresamos de Telén y mi hermano Alejandro ya no está, y en su lugar todo es sollozo y hielo que se quiebra entre los trapos negros, y ese es un precipicio que no me han dejado atravesar con los demás desde la misma casa.

La veo. Veo la casa que siempre por las noches comienza a andar, lenta y majestuosa, arrastrando el jardín, las quintas y el molino, trasladando a los moradores que han conquistado con mi sangre el billete para viajar. Mamá, papá, la abuela, tía Adelaida, Alejandro y mis hermanas —Laura y María de las Nieves— juegan a ser los pasajeros de la eternidad, cada uno en su silla de oro, cada uno en su papel marcado por la providencia, por el poder, por la misericordia, por el aturdimiento, por la ausencia, por la complicidad, por la aventura.

Se bambolea la casa, oscila, se inclina, ya escorada, como si quisiera arrojar a todos los viajeros, con muebles y baúles, por la borda. No temo, porque de mí depende. Fui la última en llegar y me quedaré para apagar las lámparas cuando no quede nadie, cuando todos sean como el rey y las reinas en las barajas de sacar solitarios.

Aun después, esta casa errante, con la que siempre tropiezo en todas partes, seguirá apareciendo, convocada por cada verano, por cada luna llena, porque la soledad es memoriosa y clama por aparecidos y desaparecidos y los hace visibles. La soledad es prolija y exhibe sus pertenencias bajo el sol de la total oscuridad. Se detiene en un hombre, en una rueda, en una sombra, en unos huesos que encenderán sus luces buenas en la noche, y los aisla y los muestra y los levanta hasta el cielo como a ángeles de su propia anunciación. La soledad de la llanura está situada en el centro del mundo. Se ve desde todas partes.

Allí se alza ahora la criatura que fui, esa que se probaba entre otras máscaras el rostro que ahora tengo. Ella no me ha podido legar todas sus posesiones. Muchas luciérnagas se han apagado, muchos trozos de escarcha de aquellos que envolvían los racimos de flores en el amanecer se han disuelto en un agua en la que ya no puedo contemplarme. Pero los emisarios celestiales, esos que componían su lenguaje con signos extraídos del misterio, extraídos de la nostalgia de otro paraíso, depositan en medio de este cuarto un arcón en llamas donde yace intacto el cadáver de la inocencia.

Adelante, guardianes. Encarnación, la hechicera blanca con manos de gallina y medias de lana azul, encarnada en el águila de los conjuros, vuelca sobre un trozo de mármol las vetas de mi fiebre y detiene a la muerte. La Reina Genoveva viene descalza, envuelta en jirones de sedas y de encajes, con un collar de abalorios que se alarga de pueblo en pueblo y un abanico que no abre porque está cubierto de firmas que testimonian su locura. Sopla sobre mis ojos para que nunca llore. Nanni, el cantor frustrado, con guantes blancos y levita raída verde rata, verde último color, traza con una cuchara el círculo que lo separa de la tierra y sube con sus gorriones las escaleras del granero que conducen al Juicio Final. Los tres tienen un ala en mitad de la espalda, un ala quebradiza que se disgrega en polvo. Cae sobre mi rostro en un remolino lento que me aspira hacia arriba, desde allá, desde siempre, donde la oscuridad es otro sol, y me trae hasta acá, hasta ahora, donde también la luz es un abismo.

La Reina Genoveva sopló sobre mis ojos para que no llorara. “No llores, nunca llores, Josefina”, dijo. La Reina Genoveva me ha mentido.

Olga Orozco

Mujeres desesperadas

Parada en el medio de la ruta Felicidad ha creído ver, en el horizonte, el débil reflejo de las luces traseras del auto. Ahora, en la oscuridad cerrada del campo, sólo se distinguen la luna y su vestido de novia. Sentada sobre una piedra junto a la puerta del baño concluye que no tendría que haber tardado tanto. Desprende del tul algunos granos de arroz. Apenas puede adivinar el paisaje: el campo, la ruta y el baño.

Quiere llorar, pero todavía no puede. Corrige los pliegues del vestido, se mira las uñas, y contempla, cada tanto, la ruta por la que él se ha ido. Entonces algo sucede:

—No vuelven —dice una mujer.

Felicidad se asusta y grita. Por un segundo cree encontrarse frente a un fantasma. Intenta controlarse, pero el cuerpo no deja de temblarle. Mira a la mujer: nada parece sobresaltarla, tiene una expresión vieja y amarga, aunque conserva entre las arrugas grandes ojos claros y labios de perfectas dimensiones.

—La ruta es una mierda —dice la mujer. Saca de su bolsillo un cigarrillo, lo enciende y se lo lleva a la boca—. Una mierda. Lo peor…

Una luz blanca aparece en la ruta, las ilumina al pasar, y se esfuma con su tono rojizo.

—¿Y qué? ¿Vas a esperarlo? —dice la mujer.

Ella mira el lado de la ruta por el que, de volver su marido, vería aparecer el auto, y no se anima a responder.

—Nené —dice la mujer, y le ofrece la mano.

Ella extiende con duda la suya y se saludan. Los movimientos de Nené son firmes y fuertes.

—Mirá —dice Nené; se sienta junto a Felicidad— voy a hacértela corta —pisa el cigarrillo apenas empezado, enfatiza las palabras—, se cansan de esperar y te dejan. Eso es todo. Parece que esperar es algo que no toleran. Entonces ellas lloran y los esperan… Y los esperan… Y sobre todo, y durante mucho tiempo: lloran, lloran y lloran todavía más.

Aunque lo intenta, Felicidad no logra entenderla. Está triste, y cuando más necesita del apoyo fraternal, cuando sólo otra mujer podría comprender lo que se siente tras haber sido abandonada junto a un baño de ruta, ella sólo cuenta con esa vieja hostil que antes le hablaba y ahora le grita.

—¡Y siguen llorando y llorando durante cada minuto, cada hora de todas las malditas noches!

Felicidad respira profundamente, sus ojos se llenan de lágrimas.

—Y meta llorar y llorar… Y te digo algo: esto se acaba. Estoy cansada, agotada de escuchar a tantas estúpidas desgraciadas. Y una cosa más te digo… —se interrumpe, parece dudar, y pregunta— ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Ella quiere decir Felicidad, pero se traga el llanto, hipando.

—Hola… ¿Te llamabas…?

—Fe, li…—trata de controlarse. No lo logra, pero resuelve la frase— cidad.

—No, no, no. Ni se te ocurra. Por lo menos aguantá algo más que las demás.

Felicidad empieza a llorar.

—No. No voy a seguir soportando esto. No puedo. ¡Felicidad!

Ella fuerza una respiración ruidosa y retiene el llanto, pero enseguida la situación le es insostenible y todo vuelve a empezar.

—No puedo creer, que él… —respira—, que me haya…

Nené se incorpora, mira a Felicidad con desprecio y se aleja furiosa, campo adentro. Ella intenta contenerse, pero al fin se descarga:

—¡Desconsiderada! —le grita, pero después se incorpora y la alcanza—, espere… No se vaya, entienda…

Nené camina ignorándola.

—Espere —Felicidad vuelve a llorar.

Nené se detiene.

—Callate —dice—. ¡Callate tarada!

Entonces Felicidad deja de llorar y Nené le señala la oscuridad del campo.

—Callate y escuchá.

Ella traga saliva. Se concentra en no llorar.

—Bueno, ¿y? ¿Lo sentís? —mira hacia el campo.

Felicidad la imita, intenta concentrarse.

—Lloraste demasiado, ahora hay que esperar a que se te acostumbre el oído.

Felicidad hace un esfuerzo, tuerce un poco la cabeza. Nené espera impaciente a que ella al fin comprenda.

—Lloran…—dice Felicidad, en voz baja, casi con vergüenza.

—Sí. Lloran. ¡Sí, lloran! ¡Lloran toda la maldita noche! ¿No me vez la cara? ¿Cuándo duermo? ¡Nunca! Lo único que hago es oírlas todas las malditas noches. Y no voy a soportarlo más, ¿se entiende?

Felicidad la mira asustada. En el campo, voces y llantos de mujeres quejumbrosas repiten a gritos los nombres de sus maridos.

—¿Y a todas las dejan?

—¡Y todas lloran!— dice Nené.

Entonces gritan:

—¡Psicótica!

—¡Desgraciada, insensible!

Y otras voces se suman:

—¡Dejános llorar, histérica!

Nené mira hacia todos lados. Grita al campo:

—¿Y que hay de mí…? ¿Qué hay de las que hace más de cuarenta años que estamos acá, también abandonadas, y tenemos que oír sus estúpidas penitas todas las malditas noches? ¿Eh? ¿Qué hay?

—¡Tomate un calmante! ¡Loca!

Felicidad mira a Nené y comprende cuánto más grande es la tristeza de aquella mujer comparada con la suya. Nené se muerde los labios y niega. En el campo los gritos son cada vez más violentos.

—¡Vení, turrita!; ¡vení y da la cara!

—Vení, dale. A ver cuanto te dura esta nueva amiguita…

—¡Dónde estás vieja! ¡Hablá infeliz!

—¡Cuando vos ya estabas acá llorando nosotras todavía salíamos con ellos desgraciada!

Algunas voces dejan de gritar para reírse.

Nené se deja caer y se sienta resignada.

—¡Déjenla en paz! —dice Felicidad. Se acerca a Nené y la abraza como se abraza a una niña.

—Hay… Qué miedo…—dice una de las voces—, así que ahora tenés compañerita…

—Yo no soy compañerita de nadie —dice Felicidad— sólo trato de ayudar…

—Ay… Sólo trata de ayudar…

—¿Saben por qué la dejaron en la ruta?

—¡Porque es una morsa flaca!

—No, la dejaron porque… —se ríen— …porque mientras ella se probaba su vestido de novia, nosotras ya nos acostábamos con su maridito… —vuelven a reírse.

Las voces se escuchan cada vez más cerca. Es un griterío donde es difícil separar a las que lloran de las que se ríen.

—¡Por qué no se callan, cotorras! —grita Nené.

—¡Ya te vamos a agarrar, turra!

Felicidad siente bajo los pies el temblor de un campo por el que avanzan cientos de mujeres desesperadas. Nené comienza a retroceder hacia la ruta. Felicidad la sigue.

—¿Cuántas son…? —pregunta.

—Muchas —dice Nené—, demasiadas.

Pero Felicidad no puede escucharla, los insultos son tantos y están ya tan cerca que es inútil responder o tratar de llegar a un acuerdo.

—¿Qué hacemos? —insiste Felicidad.

Entonces Nené adivina en ella los signos contenidos del llanto.

—No se te ocurra llorar —le dice.

Retroceden cada vez más rápido. Ya casi están sobre la ruta. A lo lejos, un punto blanco crece como una nueva luz de esperanza. Felicidad piensa ahora, por última vez, en el amor. Piensa para sí misma: que no la deje, que no la abandone.

—Si para nos subimos —grita Nené.

—¿Qué?

Ya están cerca del baño.

—Que si el auto para…

El murmullo las sigue y ya parece estar sobre ellas. No alcanzan a verlas, pero saben que están ahí, a pocos metros. El coche se detiene frente al baño. Nené se vuelve hacia Felicidad y le ordena que avance, y sin acercarse demasiado, oculta aún en la oscuridad, espera a que la mujer se baje para sentarse ella y obligar al hombre a conducir. Pero el que se baja es él. Con las luces recortando el camino aún no ha visto a las mujeres y baja apurado agarrándose la bragueta. Entonces el barullo aumenta. Las risas y las burlas se olvidan de Nené y se dirigen exclusivamente a él. Se detiene pero ya es tarde; en sus ojos el espanto de un conejo frente a las fieras. Mientras, Nené rodea el auto para subir del lado del conductor, pero cuando intenta abrir la puerta se encuentra con que la mujer ha puesto las trabas de seguridad.

—¡Abra, vamos! ¡Tenemos que subir! —dice Nené mientras forcejéa la puerta.

—Si se quiere bajar dejála —dice Felicidad—, por ahí ellos sí se quieren.

Desde el interior del coche la mujer grita qué quieren, de dónde vienen, una pregunta tras otra. Nené grita y golpea desesperada los vidrios:

—¡Abrí, nena! ¡Abrí!

La mujer se cambia de asiento y enciende el motor. El hombre escucha el automóvil pero no se vuelve para mirar. Está absorto y parece adivinar, en la oscuridad, la masa descomunal de mujeres que corren hacia él.

—¡Abrí, tarada! —Nené golpea los vidrios con los puños, forcejea la manija de la puerta.

Detrás, Felicidad mira al hombre y a Nené, al hombre y a Nené. La mujer acelera nerviosa haciendo patinar las ruedas. Nené y Felicidad retroceden. Parte del auto cae a la banquina y las salpica de barro. Al fin las ruedas vuelven a morder el asfalto y el auto se aleja.

Aunque tras ellas los gritos de las mujeres continúan, el reflejo anaranjado de las luces traseras alejándose parece sumirlas en una silenciosa tristeza. A Felicidad le hubiese gustado abrazar a Nené, apoyarse en su hombro al menos. Es entonces cuando pequeños pares de luces blancas comienzan a iluminar el horizonte.

—¡Vuelven! —dice Felicidad.

Pero Nené no responde. Enciende un cigarrillo y contempla en la ruta los primeros pares de luces que ya están casi sobre ellas.

—¡Son ellos! —dice Felicidad—, se arrepintieron y vuelven a buscarnos…

—No —dice Nené, y suelta una bocanada de humo—, son ellos, sí; pero vuelven por él.
Samanta Schweblin

Había una vez

Había una vez una casa (no) Había en un tiempo una casa (no) Había en varios tiempos varias casas que eran una sola casa. ¿Era realmente una casa o era un espejo fraguado por los tres tiempos, de modo que cada uno era la consecuencia y el motivo del otro? Sí, como en los caleidoscopios o como en un yo circular a manera de cuarto de vestir, donde la que va a ser con máscara de anciana se probara la máscara de la que fue con máscara de niña, y viceversa y sucesivamente. La máscara de la que es, también, y que sólo se ve desde adentro, desde el revés de todas las máscaras confundidas en una, hasta que se devore eso que habitualmente llamamos rostro y se pueda ver quién es quien lo devora, y entonces supongo que comprobaré lo que sospecho: que no se es uno sino todos.

Pero ahora el tiempo es y aparentemente soy yo sola. En este momento en que voy a nacer, en que voy a regresar, el tiempo y la persona son yo soy. Y la casa está allí, semejante a una piedra de la luna donde el vapor se enrarece para hervir,
se condensa en burbujas que me aspiran hasta el centro de una brasa sepultada en la que voy a entrar para que la eternidad no se interrumpa, para que continúe con este balanceo con que parto no sé desde dónde y me arrojo de cara en el vacío contra los cristales de la oscuridad.

Llegué. Frente al umbral hay un médano que debe pasar por el ojo de una aguja, y detrás un jardín donde comienzan las raíces de la muerte. Todavía no sé hablar; cuando aprenda, habré olvidado el camino por donde vine.

La verja se abre hacia ese interior que desde ahora será afuera. Hay caras en las ventanas, esperándome. Hay figuras que velan: una parte coagulada en la escarcha con que aún me retienen; otra parte, encendida en las luminarias con que nos iremos. La abuela, papá, mamá, tía Adelaida y mis hermanos: Alejandro, María de las Nieves, Laura. Sólo me quedan dos de tantas como había. Tal vez me queden hasta que me vaya.

“¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?”, dicen con voz aguda los pájaros de metal desde lo alto de los paraísos.

“Yo, Lía. Nada más que Lía que vuelve desde el porvenir.”

“No hay nadie, no hay nadie, no hay nadie”, contesta la torcaza de pecho dorado desde el palomar que me corta el camino. Lo disuelvo con un soplo. Detrás está la puerta. No necesito llave para entrar. No perdí la inocencia. Lo he visto escrito sobre las tablas de otra ley. Empujo. Aparece un gran muro que me mira con mirada ciega.

“El mapa, el mapa de humedad y de moho ceniciento donde descifraré en muchas paredes mi destino.”

No puedo quedarme aquí. Debo buscar la puerta. Un paso hacia atrás y da al vacío en el que ruedo cada noche asida a un trozo de fe que me sobrepasa, como una sábana en la que me enredo, o arrastrando las naves de una catedral convertida en un cielo derribado.

“En el fondo hay un jardín”, repito mientras caigo.

“Mamá, madre”, grito. Y ella me arrastra hasta el salón de las recepciones y los duelos. “¿Por qué estoy?” “Porque los niños nacen.” “Nacen, ¿cómo?” “Un hombre y una mujer se unen.” “¿Para siempre?” “Sí, para siempre, porque siempre es una eternidad, generación tras generación.” Y me enseña un abecedario cuya clave está encerrada en un lugar que ignora, y la abuela también, y la madre de la abuela, y la madre. Nadie lo heredará de mí. Yo seré la primera en desconfiar de la trampa de mi condición. Se disolverá en mi sangre: a roja, b bermellón, c rubí, d granate, e púrpura, f escarlata, y así hasta el final.

“Papá, padre”, grito. Y él me arrastra hacia las escaleras en forma de caracol, hacia el corredor de muchas puertas que se abren y se vuelven a cerrar. “¿Por qué estoy?” “No lo sé; nadie te esperaba.” “Y entonces, ¿por qué?” “Un hombre y una mujer se unen.” “¿Para siempre?” “No, siempre es un momento de nunca, generación tras generación.” Y me enseña un cálculo que no significa nada más allá, ni para el abuelo tampoco, ni para el padre del abuelo, ni para el padre. Nadie lo heredará de
mí. Yo seré la primera en confiar en la libertad de su condición. Se resolverá en mi sangre: 1 + 1 igual a 2, 2 – 1 igual a 1, I + 1 igual a 2. 2 – 1 igual a 1, y así hasta el final.

Y en el final después de cada corredor está otra vez la puerta que deja pasar una nervadura de resplandor de abajo arriba a lo largo de toda la hoja que tiembla en medio de la tormenta nocturna mientras tiemblo pero adentro hay un calor que en vano buscaré en otra parte cuando me acerco para reclinar la cabeza junto a las siete cabezas inclinadas sobre un libro de estampas que ya comienza a ser un álbum de fotografías desteñidas o una bola de cristal donde se podría consultar el porvenir porque la niñita encapuchada de azul se ha quedado a solas con el azoramiento y el temor bajo los copos de nieve que se agitan junto al gran muñeco que durará hasta la primavera hasta el amarillo viejo de las partidas de nacimiento que nadie se llevó cuando se fue en el coche confundido con la volanta que avanza cubierta de flores en el Día de los Muertos por el damero vertiginoso de la galería y se une a la otra volanta en la que parto al encuentro de lo desconocido irremediable hacia la irremediable soledad que hay detrás de cada cara a la que llamo con su último nombre para que se vaya cuando ya no está con la misma desesperación apasionada de tener que partir dos minutos después con el mismo hambre de loba con que disputo la porción de desdicha que me corresponde en lugar de costumbre en lugar de piedad para acariciar mi cabeza en el espejo de la primera comunión enemigo del milagro o milagro al revés en el que creo frente a este campo de girasoles que habrá que abandonar en el fondo del sótano aunque a veces me despierte de manera corpórea la mano de mamá que se quedó para siempre bajo las raíces de un rosal después de haberme balanceado en un balanceo que todavía continúo en un adiós mientras parto en el tren vestida de viajera hacia la felicidad que se desliza por la trampa hasta estas cuatro paredes que huelen a pino y dan a un mar con manchas de tigre encerrado en la jaula donde vuelvo a hacer el recuento de mi invulnerable anatomía la misma a través de tantas edades cubiertas con la misma piel debajo de otras manos una mano para ganar la otra para perder y el resultado será el mismo aunque haya apostado el porvenir a un juego que se llama para siempre jamás entre las piedrecitas que guardo como único premio en el cajón de la cómoda donde arde inextinguible adentro de su caja aterciopelada el farol de las luciérnagas recogidas en el parque bajo los eucaliptos en medio de un olor que me arroja a las sábanas rugosas de una cama donde en medio de la fiebre puedo ver la cara de papá llorando sobre la cara desaparecida de Alejandro que se marcha en el carro de Elias y me deja esta cara que robé sin ninguna intención tal vez en el momento en que yo misma regreso de la muerte cuatro años atrás pasando de una tina de agua helada para el cielo a una tina de mostaza que hierve para el infierno no una palangana donde mojo mis pies para morir después del primer castigo reflejado en la tetera de plata donde uno se alarga en una llama que se consume en sí misma rodeada por el empapelado rojo y el roble de un comedor que conozco desde que nací y en el que estoy sentada en medio de la isla para festejar este año nuevo en el que nadie me dice Lía toma tus doce uvas agrias y verdes una por cada mes del año a lo largo de treinta y dos años para que las desgrane como la abuela desgrana su rosario debajo de la carpa de oxígeno y hace señas que nadie comprende sin duda porque no son para acá para este costado de la tapia donde todavía hay un círculo alrededor de unas letras leprosas “DTG” que quizás quieran decir Dios Te Guarde bajo la boiserie con olor a polvo y a gasa y a tartalán de carnaval tan parecido de una lentejuela a la otra de unos ojos a otros ojos cuando uno se mira para encontrarlos de verdad y no para quedarse porque sí y se lleva la polvareda de los años de sequía para esconderlos avergonzada debajo de la cama con hierros y bronces a los que se aferra mientras llora porque se es enana desde la cabeza hasta los pies y porque cada paraíso recuperado de manera particular es un paraíso vuelto a perder entre los nombres propios de los cuadernos siempre asida a los barrotes de madera aferrada al talismán de la fe para izarme hasta el borde de las pesadillas y salir del desván donde se guardan las cabezas cortadas de todas las edades junto al maniquí con las medidas que no sirven para nadie salvo tal vez para esos seres transparentes que aprovechan que ha dado la una y descienden hasta la sala dorada donde las polillas han convertido en momias habitables los sillones en los que debo sentarme de cara a la pared hasta ahogarme en el agua de las mayólicas para expiar mi caída que es la caída de todos la caída de Dios en cada uno que no puede juzgarlo porque es el mismo Dios en tránsito hasta rehacer el cielo por encima de la disconformidad de su primera perfección pues de lo contrario no habría motivo para tenerlo dentro anulando el mal ni para haber venido ni tener que repetir la historia hasta el juicio final que es su propio juicio es decir el de todos reincorporados a la unidad de tiempos y personas de verbos transitivos intransitivos intransitados por la anestesia de la memoria perdida entre la arena donde Laura sepultó su anillo de siete hilos para recordar que es mejor olvidar y yo mi medalla de bautismo con Nuestra Señora del Perpetuo Socorro para saber definitivamente que desde entonces sólo acude cuando se llega al límite de la división de las aguas profundas porque hay que atravesar capas de orgullo hasta la carencia total de la mano izquierda despellejada por la mano derecha a la que busca o de la que huye debajo de la almohada como si fuera otra tabla de salvación o de naufragio y tal vez sea otra en uno mismo como otra mano puede ser y es la continuidad de nuestra propia mano sin nombre que diga mía ni siquiera en el momento en que uno se lanza hacia otra costa para alcanzar al que ama desde este rincón del cuarto al que volvemos inexplicablemente envueltos en piel de dos con la evidencia de la separación aunque hayamos creado este monstruo que nos devora bajo la luz de esta lámpara con flecos de mostacillas verdes y rosadas que se prolongan como un reguero de hormigas hasta un farol de barco carcomido que se apaga cuando se enciende un globo de opalina blanca y el resplandor de los tres corre como una nube desde la ciega revelación hasta la ciega ignorancia reflejada en las tazas para el chocolate de todos los cumpleaños en la porcelana celeste amanecer con la rosa en el fondo entre el vapor de invierno que se pega a los vidrios donde surge vestida de fantasma María de las Nieves con su mejor aullido para atormentarme mejor sin saber que ahora que no está daría los ojos que no querían verla con tal de que volviera con el mismo traje que abandonó entonces por el de treinta años después cualquiera sea el momento en que vuelva a decirme que los niños se forman por las emanaciones de dos frascos destapados para disolverse de la misma manera y pudiéramos hablar de todos estos objetos que están confundidos en los cajones de una cómoda y terminan en precisas reparticiones del corazón esperando una voz que los despierte para decir amén y alzarse presionados en el resorte de su vida secreta o caer disgregados con un ruido atroz de crustáceo que se resquebraja contra el piso ya sin temor de asfixiarse bajo las cascadas de encajes que la abuela teje con una paciencia comparable a la del ángel dé la guardia desvelado al borde de todos los insomnios en que estoy a punto de caer por cortar una flor azul en que veo crecer los herméticos organismos que me acechan sin duda desde lo que puedo ser desde lo que espero no ser porque de pronto me asalta el terror de que aún vivo para trasgredirme en lo que soy para cometer mi crimen y tal vez sea eso lo que me impida juzgar en lugar de la compasión que es pasión compartida sobre todo cuando observo cuidadosamente estas manos tan ajenas aun cuando tengan el dominio de una voluntad que a lo mejor ni siquiera es la mía extendidas blandamente sobre los tatuajes del pupitre que continúa en esta mesa de caoba donde yacen con las palmas hacia arriba a la espera de que alguien me diga nunca más cortando así el círculo de las repeticiones y de las equivocaciones o de que me diga encontrarás eso por lo que excavas sabiendo entonces que no tiene cara de persona ni de evasión sino de Dios último y de todos modos hemos excavado tanto bajo las maderas de uno a otro piso ranura por ranura en busca de una aguja que nos uniera aunque más no fuese en el mismo hilván hasta seguir la línea de un horizonte invisible y comprobar que el suelo podía ser el techo sobre todo cuando uno rueda boca arriba boca abajo por las chapas acanaladas del granero porque hay que alcanzar magistralmente la canaleta de desagüe sin caer al otro lado en una carrera que gana siempre Laura mientras yo soy siempre la niñita rezagada por el vértigo hacia arriba derribada por el vértigo hacia abajo y por el horror al vacío no a la soledad que elegí para no conciliar paciencia y aventura para no ser tú y yo en tibios encuentros sobre el tablón que atraviesa el estanque lado a lado desde un frente de casa a otro frente de casa que se unen y forman varios cuartos debajo de mi frente para guardar la intemperie por la que transito tomada de la mano de tía Adelaida que era un junco y me va a llevar al parque de diversiones con un novio distinto que acaba por morir y habrá que guardarlo con su traje de gala en la vitrina y raspar las iniciales de las alianzas pero aún no lo saben y me permitirán tomar cerveza hasta que empiece a ver girar las luces de Bengala encendidas por el alcohol que alimenta todas las nostalgias con el cielo que va desde el anochecer hasta la madrugada y las proyecta en esta pared donde las sombras chinescas se confunden con las cabezas de los animales que se me contagian cada vez que Alejandro me lleva al jardín zoológico y no consigo recortarlos de los límites de mi propia cabeza con corona de angelito en el día de la procesión o tocado de plumas negras rozando esta otra pared que no me resguarda de las apariciones y permite en cambio todas las desapariciones y contra la que podré llorar siglos aprendiendo a combinar las intenciones perversas y reveladoras de cada imagen sabiendo al final que cada vez creo menos en lo que veo sin que nadie me interrumpa hasta que comprenda que ya es demasiado tarde para volver a colgar un par de pantalones de hombre y una falda mía repetidos hasta la eternidad en la misma percha dentro de este ropero que debe de estar lleno de pañuelitos húmedos estrujados por muchas desesperaciones en el mismo monograma que no significa nada que es una impostura desde el comienzo hasta el final y comienza sin embargo con la letra primera de un nombre que se fundirá sin duda con todo el alfabeto para tener algún sentido pero que hasta ahora es el mismo nombre con el que me llaman para ir a columpiarme al jardín o para anunciarme las grandes desgracias o para amenazarme con los duendes a la hora de la siesta o para que sea yo quien diga nunca más por tres veces antes de que cante el gallo rechazando todo simulacro de adhesión a la felicidad porque aún creo en la conjunción desesperada del sol y la luna sobre la tierra sobre la terraza donde extiendo el tarot y aparece la carta del ahorcado descifrada tantas veces para otros que sin duda son otros tantos yo con la precisión de un despertador que me arroja cada mañana a la misma condena de abrir inevitablemente cuando llaman aun cuando sienta que no hay nadie a menos que todos estemos cayendo hacia el abismo del mismo cielo.

“Mamá, papá”, grito mientras caigo. Veo los dos rostros asomados al borde de la total oscuridad.

Uno avanza como una proa, a prueba de todo lo que se va, envuelto por el halo de lo irrecuperable, labrado por cuchillos que están hechos para tallar la fe, borroso tras las partículas de sombra en que se rompe la luna a los veinticuatro, a los veintiocho, a los treinta y seis años. Pero mamá no es mamá. Es la semilla ignorante de mí misma.

El otro huye como una nave que se va, a prueba de todo lo que queda, envuelto por el halo de lo inalcanzable, labrado por cuchillos que están hechos para quebrar la fe, borroso tras las partículas de luz en que se rompe el sol a los veinticuatro, a los veintiocho, a los treinta y seis años. Pero papá no es papá. Es la semilla ignorante de otros hombres.

Giro como la tierra adentro de este pozo. Algo me aspira. Subo. Mamá, papá, yo: un espléndido eclipse sobre la esperanza de una raza.

Olga Orozco

La nostalgia de mi coronel

Lo encontré en Celaya, al pie de la “Bola del agua”, cuando estaba saliendo la gente de la misa de San Francisco. Su pierna de palo, su pujante barriga y su máscara de cartón lo hacían inconfundible.
—¡Mi coronel!
Volvió bruscamente la cara, le brillaron los ojos y se le acentuó su estereotipada sonrisa, muy contento, creo yo, más que por el encuentro por el gradomilitar que le refrendaba. Me parece que ni siquiera supo con quién hablaba.
Nos dimos un abrazo y, sin más, me invitó a que los acompañara a la estación adonde tenía un asunto urgente, para platicarme mucho.
Tomamos un auto.
—Ahora me ocupo en la introducción de ganado.
—¡Mucho dinero, mi coronel!
Encogió los hombros y forzó su sonrisa de falsa modestia, habitual en los ricachones muy codos.
—Así… así…
—Pero de todos modos se vive.
—¡Vaya si se vive! Voy a recoger la documentación de los ferrocarriles de un tren de bueyes gordos que acabo de embarcar.
Prorrumpió en improperios, cuando al bajar del coche vió ocupada la vía por un tren militar y sus carros de ganado allá muy lejos, cerca del panteón, en un escape.
Hasta a la pierna de palo le alcanzaron las maldiciones. Afortunadamente algo lo distrajo y le refrescó el coraje.
—Espere, venga, vamos a ver. Una escena violenta entre un soldado y una veintena de agraristas inermes que le hacían ascos al embarque en el tren de soldados.
El señor diputado había dicho:
—Muchachos, el Gobierno lo único que les exige es que defiendan las tierras que les vamos a repartir y de las que quieren apoderarse esos maldecidos curas.
Daba gana de preguntar al señor diputado en dónde diablos estaban ahora los curas y de pedirle la receta con que el presidente Calles los había enseñado a no comer.
Uno de los más avezados, de los que habían preferido “las mazorcas” de Calles a la “gloria celestial”, de los totaches, eructando de satisfacción pensó: “¿Y si en vez de tierras lo que van a repartirnos son balas?” Lo pensó, pero no le dijo, porque es muy feo que lo tengan a uno por poco hombre y, sobre todo, porque nunca se imaginó que sus diecinueve camaradas estuvieran pensando lo mismo.
El señor diputado, viéndolos indecisos, acudió al argumento que no falla nunca.
El aguardiente alegra el alma y vigoriza los músculos.
Por eso caminaban por la polvorienta carretera, cantando alegres y confiados, conducidos sólo por dos soldados.
Su proximidad al tren cargado de tropa les dio la corazonada definitiva.
Y los soldados dejaron de llamarles camaradas y con malas maneras les mandaron subieran a un carro.
El más bruto de la veintena, el que todavía creía que el monte es de puro orégano, preguntó:
—¿Por qué el presidente Calles necesita nomás para él y su familia un tren de a un millón de dólares y a nosotros, que vamos a defenderlo, nos llevan en una jaula de puercos?
La respuesta la recibió en el trasero, lo que le facilitó la entrada en el carro.
Sorprendido por proceder tan extraño, dio media vuelta girando sobre los talones y de un certero revés puso al camarada soldado de hocico sobre los barrotes del piso.
—¿Sabes lo que estás haciendo, desgraciado?
—No te enojes, compa… No te enchiles, que si es cosa de broma, tú fuiste el que comenzaste.
Pero el camarada soldado sabe que las dos cintas rojas que lleva en la manga de su uniforme y en el quepí por algo se las habrán puesto. Y piensa que es la mejor oportunidad para dar comienzo a la instrucción militar.
De un salto cae dentro de la jaula, ya con las piernas abiertas en ángulo de acero y el brazo derecho tendido y tenso como un resorte.
—¡Toma para que me lo creas!… Uno… dos… tres…
—¿Cómo? ¿Es cosa de veras en serio? —pregunta el camarada limpiándose la sangre que le mana de la boca y la nariz.
—¿Todavía me lo preguntas, maje?
El camarada soldado no es gente de mala entraña. Sólo quiere terminar bien su cátedra. Sin darle tiempo a que se reponga le atiza una serie de puntapiés y bofetadas hasta que lo deja en el extremo de la jaula.
¡Ya déjalo! —rumora con indolencia, su teniente. —¿Qué no miras que viene muy pedo?
Mientras el camarada campesino ronca sobre la boñiga seca de cerdo, los demás candidatos a soldados asoman sus cabezas prietas y mechudas tras los barrotes del carro, abriendo tamaños ojos, como si quisieran escapar por los angostos claros.
Mi coronel, ex ciudadano armado de los días felices de los Carranzas y los Obregones, suspira con melancolía.
—Es triste observo con mi atolondramiento normal, creyendo adivinar su pensamiento.
—Es triste, sí… ¡Se siente tan bonito!
Fijo en él mis ojos sorprendidos.
—Haga usted la cuenta de que tiene una tremenda jaqueca y de que se toma una cafiaspirina con una limonada caliente…
Ante mi gesto de incomprensión, insiste:
—Ni más ni menos. Amanecía uno entonces de mal humor, cogía a cintarazos a cualquier pelado de éstos, con cualquier pretexto y… ¡santo remedio!…
Y sus ojos soñadores se perdieron en la melancólica memoria de sus buenos tiempos idos.

Mariano Azuela

Crónica del Gran Reformador

Nota a la primera edición completa:
La circulación clandestina del epílogo de la obra de Ehécatl. Lo que no fue, publicada bajo el título Lo que sí fue, dio lugar -en el pasado- a polémicas amargas. Sea o no verdad lo que en ella se dice, importa poco en la actualidad; nuestra identidad de raza está muy por encima de sucesos tan antiguos como los que se relatan, por lo que no existe razón para clandestinidad alguna. Esta publicación se hace directamente de los originales del autor contenidos en la Biblioteca Nacional del Gran Teocalli y se complementa con un fragmento de la conferencia dictada por Ahui Xocoyotzin, máximo catedrático de Historia y Leyenda de la Universidad de Anáhuac, 500 años atrás, titulada “Vida y Obra del Gran Reformador”.

El Editor
* * *

Eran cuatro.
El médico que se odiaba a sí mismo por haber sido incapaz de salvar al paciente que más le importaba en el mundo.
El escritor, frustrado por no poder hallar las palabras adecuadas para narrar sus sueños.
El ingeniero que soñaba con el diseño perfecto a sabiendas de que no lograría realizarlo.
El socorrista que no había podido salvar la vida de su mejor amigo.
Estaban en el Popocatépetl, atados a la misma cuerda y en la ruta central. Descendían cuando los golpeó el rayo.
Quizá no fue un rayo, pero los derribó hacia la negrura después del blanco deslumbrante. Sin aviso previo, sin advertencia de tormenta eléctrica. Un rayo seco. Pero… ¿fue un rayo?
Cayeron desde el arranque de la grieta hacia las rampas, golpearon el hielo y luego una capa de nieve compacta. En la fracción de segundo que siguió pasando de la oscuridad absoluta a la claridad normal, los cuatro lograron frenar su caída usando los piolets como anclas. Cuando cesó el tintineo del equipo zarandeado, sólo hubo silencio.
El primero en reaccionar fue el médico, quizás el más neurótico de los cuatro. De un manotazo se limpió la nieve de la cara y miró a su alrededor, mascullando maldiciones a través de su barba rubia. Un poco más abajo le contestaron las palabrotas del escritor. Los otros guardaban silencio. El médico, alto y musculoso, y el escritor, pequeño y delgado, se incorporaron y miraron perplejos a su alrededor. La montaña, por alguna razón, se veía sutilmente diferente: Más llena de nieve, más luminosa…; las piedras de Nexpayantla, extrañas. Los dos, a pesar de ser parlanchines, se quedaron callados, aferrados a sus piolets, mirando hacia el mismo sitio.
—¿Dónde está Tlamacas? —exclamó el escritor.
—¡Esto no es el Popocatépetl! —gritó el médico como si maldijera.
Todos miraron hacia abajo y guardaron silencio. No había instalaciones alpinas; en vez del albergue, casetas y estacionamiento, sólo se veían pinos y una leve neblina.
—Siempre ocurren cosas raras cuando cuatro se amarran a una sola cuerda —comentó el ingeniero mientras se ajustaba la mochila.
Los otros tres le lanzaron miradas homicidas.
—¡Imbécil! —aulló el médico.
—¿Estás ciego, tarado? —gruñó el escritor.
—Mejor lo discutimos en sitio seguro —recomendó el socorrista.
—Pero vamos en dos cordadas —insistió el ingeniero—. No quiero caerme otra vez.
Media hora después, confundidos aún más, habían comprobado la inexistencia de refugios de alta montaña, huellas de personas o grupos de montañistas a lo lejos. Tampoco había huellas del refugio de Texcalco. La montaña estaba limpia salvo el persistente olor a azufre; por ninguna parte se veían señales de contaminación. El ingeniero no había dejado de hablar acerca de la pureza del aire, la ausencia de polución y expresiones similares. Solía ponerse así cuando estaba nervioso. Instintivamente, los cuatro miraban hacia el noroeste, donde grandes cúmulos ocultaban el Valle de México.
—Hace 15 días estuve aquí y todo era normal —dijo uno.
—Yo también —respondió otro, pero después del rayo nada parecía igual.
—¡Se me ocurre una idea! —intervino el ingeniero.
Pero, entonces, las nubes se apartaron un poco y limpiaron el cielo sobre el valle. Los cuatro se quedaron helados confirmando algo que ya sospechaban, pero que ninguno deseaba aceptar. Alguien gimió y hubo maldiciones masculladas más que expresiones de sorpresa.
Limpia, esplendorosa en medio del gran lago, brillaba al sol Tenochtitlán.

* * *

Tres días más tarde, cansados, hambrientos y desalentados, permanecían agazapados entre las rocas de la cumbre. Ignoraban a ciencia cierta la fecha en la que estaban; sólo sabían que Tenochtitlán –y eso era una suposición– aún no era una ruina desierta y que estaba resistiendo un asedio que sólo podía provenir de Cortés y sus aliados. Habían vuelto a trepar, aunque lo correcto hubiera sido lo contrario, porque sentían que en la cumbre estaban más cerca del mundo que conocían, aislados en una pequeña cápsula del siglo XX junto a sus tiendas isotérmicas. Poco más arriba de Tlamacas, se movía una hilera de hombres y los cuatro se turnaban en los binoculares para examinarlos. La columna parecía tratar de encontrar una ruta de acceso al cráter.
—Son españoles y macehuales, no es una procesión religiosa —dijo el escritor.
—Pero, ¿a qué vienen? —dijo el médico— ¿Observación militar?, ¿reconocimiento? No creo que estén paseando.
—Quizá buscan azufre, con él pueden fabricar pólvora —intervino el ingeniero.
—La historia —argumentó el socorrista— dice que lo hicieron, pero fue después de la caída de Tenochtitlan. Subieron dos capitanes o soldados de Cortés. Diego de Ordaz y Montaño.
—La historia es muy vaga al respecto —dijo el escritor—. Quizá los españoles no quisieron admitir que necesitaron pólvora antes. En todo caso no podemos bajar a preguntarles.
—Pero, tarde o temprano —dijo el socorrista—, tendremos que bajar; no podemos quedarnos aquí para siempre. Si vamos a hablar con alguien será mejor con los españoles. Por lo menos ellos podrán entendernos.
—Sí —gruñó el escritor—. También pueden invitarnos a ser parte de una hoguera, no olvides cómo pensaban. Prefiero a los tenochcas.
—Lo que ocurre es que tú estás enamorado de las causas perdidas —intervino el ingeniero—. Los aztecas perdieron la guerra y su mundo se derrumbó. Lo sabemos todos.
—¡Eso importa poco hoy! —gritó el escritor— ¡Soy mexicano y si tuviera que pelear lo haría de parte de mis antepasados y no de unos invasores!
—Recuerda que los españoles también son nuestros antepasados…
—¿Te das cuenta de lo que propones? —intervino el médico con los ojos súbitamente brillantes, aunque su voz era tranquila— Si intervenimos del lado mexica cambiaríamos la historia, ¿o no?…
—Perderíamos nuestro mundo —musitó el socorrista.
—¿No lo hemos perdido ya? —inquirió el médico.
El escritor miró a sus compañeros uno por uno, fijamente; también sus ojos tenían un brillo especial. Cuando habló lo hizo con voz profunda, serio, sin atisbos de la burla tan habitual en él.
—Ustedes, ¿no han soñado alguna vez ser dioses? ¿No se les ha ocurrido que los pueblos de América merecían mejor suerte?
Volvió a tomar los binoculares mientras sus compañeros discutían acaloradamente. Estaba momentáneamente tranquilo después de decir lo que pensaba. Fue una discusión violenta.
Cuando cayó la noche, los hombres en la montaña se refugiaron para esperar el nuevo día, pero los que estaban arriba sabían ahora algo nuevo: que no podían seguir donde estaban, que tendrían que bajar o morir arriba, que seguramente jamás regresarían a su tiempo, que estaban en la encrucijada de dos mundos y que su presencia podría hacer oscilar la balanza a favor de uno. También habían tomado una determinación. Ignoraban el precio.
El escritor dedicó pensamientos a la gente que amaba, ahora tan lejana, a sus libros y a su obra inconclusa. Pulió sus esquíes cortos y pensó en la cuesta que bajaría al día siguiente. Renunció al tormento que era pensar.
El socorrista permaneció largo tiempo fuera de la tienda, contemplando su montaña y pensando en su familia.
El ingeniero se exprimió el cerebro buscando soluciones mientras limpiaba el revólver 44 que siempre le acompañaba en la montaña.
El médico estaba seguro de encontrarse en el sitio adecuado y en el momento preciso. Usó la luz menguante de su linterna de pilas para revisar la automática 45 y pensó sin amargura –como soltero y aventurero que era–, que podía mandar al diablo un mundo sin temor. Con ligeros matices era muy parecido al escritor. Se metió en su bolsa de dormir y descansó sin sueños.

* * *

Los ocho españoles abandonaron la seguridad de la arena con las primeras luces y comenzaron a trepar trabajosamente por la nieve. Tenían miedo, pues las montañas eran sitios donde moraba el maligno y aquélla, con su persistente olor a azufre, parecía ser una de sus predilectas. Si su capitán general no les hubiera ordenado ir, no estarían ahí, pero necesitaban la pólvora para sostener el asedio y triunfar. Tenían miedo, pero eran soldados y cumplían órdenes.
El escritor, muy a su pesar, tuvo que admitir que tenía miedo. Una cosa es decidirse a luchar y otra hacerlo. Tenía la boca seca y el estómago acalambrado. Ni hablar, dado que él era quien mejor esquiaba, se había sacado el premio gordo… El montañista también calzaba esquíes y estaba a 150 metros de ahí.
Miedo, miedo sordo y constante. Ninguno de los cuatro había combatido cuerpo a cuerpo, él y el médico eran aficionados al karate, pero ahora las cosas iban en serio. Por contra, el escritor estaba seguro de que los españoles sí eran buenos en combate. Era una cosa enloquecedora y en aquel momento la habría abandonado de no ser ya inevitable. Su arma más confiable era la sorpresa, el miedo y superstición de aquéllos. Quizá…
Tenían que paralizar a los otros con su presencia, de lo contrario serían hombres muertos. El escritor tomó una bocanada de aire helado y raquítico, y sopló con fuerza el silbato mientras saltaba hacia la pendiente con movimientos fluidos. El descenso lo llevó rápidamente en una fulgurante diagonal hasta que, haciendo una cristianía, cambió de dirección. Esperaba que los de abajo no fueran muy buenos con los arcabuces…
El socorrista saltó tras él lanzando un grito. Dos figuras fuera de época vestidas con ropas brillantes, multicolores.

* * *

Los españoles se sobresaltaron por el ruido del silbato, jamás oído antes; pero lo que siguió fue peor. Unos instantes antes, la montaña estaba desierta; de pronto, surgió una figura de pesadilla acercándose a ellos. Con aterrada fascinación miraron aquello que no correspondía a sus marcos de conocimiento. Otro similar apareció tras el primero. Ambos bajaban a velocidades imposibles para ser personas. En vez de piel tenían unas envolturas brillantes y holgadas; sus ojos eran enormes y oscuros, y la parte superior de sus cabezas era de color brillante y sin pelo. Tenían grandes pies que les permitían resbalar sobre la nieve y sus brazos estaban terminados en puntas metálicas. El primero emitía silbidos terribles. ¡Eran demonios de las nieves, siervos de Satán!
Pero, demonios o no, los españoles prepararon sus armas. Un arcabuz fue disparado, pero la mano que lo sostenía no estaba firme. Tras los europeos se incorporaron inadvertidas, otras dos figuras igualmente extrañas. Empuñaban armas de fuego y sus manos sí estaban firmes.
La descarga rápida y a corta distancia hizo saltar a los europeos como muñecos rotos. Antes de que pudieran reaccionar llegó hasta ellos la primera figura deslizante.
El escritor soltó los bastones y empuñó el corto martillo piolet como hacha de combate. Ante él estaba un español de cara rubicunda y ojos desorbitados… Tenía un espadón de aspecto maligno parcialmente levantado y… no hubo tiempo de más, con un grito el escritor lo embistió. Estrelló la maza del martillo en aquella cara y perdió el equilibrio para estrellarse, esquíes por delante, contra las piernas de un arcabucero. El socorrista embistió al desconcertado grupo con los bastones como lanzas.
Con una mueca de ferocidad, el médico metió otro cargador en la 45 y corrió a participar en la matanza…
Hubo algunas detonaciones, gritos y la nieve se tiñó de escarlata. El ingeniero miró la carnicería e hizo un esfuerzo para no vomitar, pero fracasó.
El silencio que siguió fue peor. Un cuervo graznó arriba, alguien emitió un quejido lastimero. El médico rebasó a un español acuclillado con un balazo en el vientre y con una maldición, estrelló su bota armada de crampones en su nuca. El quejido cesó.
El escritor se desprendió del único esquí que conservaba y se apoyó en el piolet para subir; su mano se llenó de sangre y de masa encefálica. Con una mueca de disgusto fue hacia los otros.
—¿Están todos bien? —interrogó una voz.
El socorrista trató de hablar con uno de los heridos; mientras éste ponía los ojos en blanco, el médico se lo arrebató y le fracturó el cuello con un golpe de pistola.
—¡Viva Anáhuac! —rugió.
—¡Viva Anáhuac! —respondió el escritor sin entonación. Era grotesco –pensó– estar en el siglo XV mirando a hombres que él, sólo él, había asesinado. Había sido su idea. Se sintió vacío.

* * *

Los macehuales que permanecían abajo vieron huir al resto de os españoles ante las brillantes figuras que descendían. Uno que no fue muy rápido cayó fulminado por el trueno que surgió de la mano de uno de aquellos dioses de la montaña.
Los nativos examinaron a quienes bajaban con una mezcla de temor y reverencia. Vestían con colores más brillantes que las pinturas sacerdotales y refulgían al Sol como encarnaciones de dioses poderosos. ¿Serían los verdaderos? Aquéllos que parecían haber abandonado a su raza a favor de los hombres blancos y barbados. ¿Serían la respuesta a las ocultas plegarias de muchos? Una cosa era clara: Aunque un tanto similares a los teules no estaban con ellos: Los mataban.
Se inclinaron ante los cuatro cuando estuvieron a su lado y después, tímidamente, preguntaron quiénes eran. El más alto, el que vestía enteramente de azul, color del sacrificio, se adelantó y, abarcando con un ademán a los demás y a él mismo, pronunció una sola palabra, fuerte, como una promesa de resurgimiento:
—¡Quetzalcóatl!
Los macehuales emitieron murmullos de veneración y se inclinaron nuevamente, honrándolos. Fue por eso que no captaron las sonrisas de triunfo del médico y del escritor. Faltaba un largo e incierto camino hacia el triunfo, pero era un buen comienzo. Ninguno de los dos se sentía particularmente molesto por el hecho de ser considerados dioses. De hecho, les encantaba…

* * *

VIDA Y OBRA DEL GRAN REFORMADOR
(Fragmento)

Es muy obvio para todos los interesados seriamente en la Historia que la personalidad del Gran Reformador no tenía nada de divina. Que, aunque se dio el título de dios, lo hizo para alcanzar mejor sus fines. Es obvio también que su intervención resultó definitiva en el curso de la guerra; aunque no faltan quienes se empeñan en atribuir a Anáhuac fuerzas suficientes para derrotar a Cortés, nuestros ejércitos habían llegado al límite de su resistencia y sólo la carencia de pólvora hizo retroceder a nuestros enemigos.
Ese detalle crucial fue obra de ellos, del Gran Reformador y los suyos. Sorprendente, porque cuatro hombres mucho lograron por sí solos. Y eran hombres, no dioses. Todos ellos llegaron a edades avanzadas, pero murieron igual que cualquier otro, envejecieron y tuvieron achaques a pesar de su vigor.
Sin embargo, sus actos consignados por la historia no están a discusión; el enigma lo conforma su origen. Ninguno llegó con los invasores, simplemente aparecieron de la nada. Bajaron de la montaña sagrada como dioses de otro mundo. Se dijo que lo eran, pero los estudios realizados por nuestras sondas demuestran que no existe vida inteligente en este sistema planetario. Bajaron de la montaña, eso dice la leyenda. Poseían vastos conocimientos y los aplicaron en nuestro favor. Tenían el don de adivinar el futuro, o por lo menos se les atribuye, y un indiscutible genio militar, técnico y de improvisación.
Muchas de las cosas que hicieron siguen siendo enigma, pero con su ciencia, sus costumbres y su personalidad influyeron definitivamente en la formación de nuestra cultura y civilización. Parecían ser ajenos a nosotros, pero extrañamente ligados a nuestro destino; sólo así puede explicarse que asumieran las responsabilidades del mando supremo. Emprendieron brillantes campañas que parecían descabelladas, pero jamás fueron derrotados. Supieron ganarse la confianza de nuestra gente y preparar buenos asistentes y guerreros osados casi hasta la locura. Esos guerreros, empuñando armas diseñadas por los cuatro misteriosos, pusieron de rodillas a ejércitos muy superiores en número. La conquista de los reinos bárbaros de Europa es el ejemplo más claro. Sólo diez años para vencer… No cabe duda que inventaron armas terribles: cohetes, psicología, virus.
Nos dejaron como herencia sus postulados técnicos, científicos, filosóficos y su literatura. Mucho de todo esto aún está sujeto a polémica entre las ramas laicas y teológicas de investigación. ¡Qué tesoro de material!
Mucho de lo anterior, especialmente lo técnico, ha sido ampliamente superado; otras cosas resultaron inútiles y otras imposibles de aplicar. El enigma sigue vigente: ¿Cómo cuatro hombres pudieron reunir semejante volumen de información?
Entre lo comprensible, aplicable y superador están las consideraciones filosóficas y las matemáticas, los manuales de guerra, la medicina y la higiene. La obra literaria es capaz de volver loco a cualquiera.
Esto nos lleva al análisis de dos de ellos: Aquél que tomó para sí el nombre de Ehécatl y el propio Gran Reformador. Ellos fueron los últimos en partir hacia el Mictlán que llamaban la gran negrura, los indiscutibles líderes del equipo, como se llamaban entre ellos. Fueron compañeros inseparables, mucho más mundanos y alegres que los otros dos; por igual bravos en la guerra y en las emociones. De los dos fue Ehécatl el que pareció dominado, en los últimos años de su vida, por el afán de aclarar el origen de los cuatro. ¡Cómo escribió ese hombre! Su pluma sólo podía compararse con su lengua.
El y el Gran Reformador se pasaban horas discutiendo sobre los más variados temas, para pesadilla de sus oyentes. Se quejaban, insultaban y se burlaban de todo. Se dice que aquello era parte de la enseñanza que deseaban transmitirnos, pero algunos irreverentes afirman que sólo lo hacían por divertirse.
Ehécatl -sirva como ejemplo- dejó constancia de cosas tan nimias como recetas de cocina, apuntes para manuales de sexología y chistes -incomprensibles todos-, apuntes más serios sobre estrategia, artes marciales, la ley del amparo y la legislación del divorcio. Su estilo en broma -tenía una imaginación tremenda- está salpicado de barbaridades inexplicables como Coca-Cola, pizza, sistema de transporte colectivo, circuito interior, etcétera.
Él fue, con mucho, el más fascinante de los cuatro. Protagonizó tremendos escándalos a causa de sus muchas mujeres, tuvo montones de hijos, hay quien dice que centenares -teológicamente esto es blasfemo-, tuvo pleitos cotidianos con los sacerdotes y ordenó o tomó en sus manos la aniquilación de muchos. Junto con el Gran Reformador y para horror de los teólogos actuales, organizó fenomenales borracheras con un bebestrijo de su invención llamado ron. Algunos seguidores místicos actuales han tomado estas costumbres como ritual para entrar en contacto con los dioses.
Las motivaciones de su obra literaria oscilan entre el desencanto y aguda nostalgia de oscuros motivos y la alegría desenfrenada por un triunfo. Abunda en afirmaciones, casi arengas, a la justicia de la gran obra, aunque a veces parece haber tristeza en sus aseveraciones.
La última aportación a la literatura de este ser fascinante fue una obra polémica, fruto, según algunos, de senilidad y deterioro mental y, según otros, de un último chispazo de genio. Escribió una novela con la que creó un género al que llamó ciencia-ficción –el significado de ésto aún arranca gemidos a los lingüista–, a la que tituló Lo que no fue.
Con su peculiar estilo chispeante e irreverente. Ehécatl creó la historia caótica de un mundo imposible, una visión demencial con una lógica interna característica desde entonces del género. La acción se desarrolla en parte del actual territorio de Anáhuac, en un país que a ratos se antoja un paraíso y en otros un infierno. Un sitio progresista y atrasado a la vez, contradictorio; lleno de riquezas mal aprovechadas y de personas creativas, ambiciosas, torpes, ingeniosas y soeces. Un país de cuento de horror, o de hadas, lleno de peligros y emociones, frustraciones y placeres. Un sitio llamado México.
Obra enorme y compleja, Lo que no fue tiene una estructura clara, como desarrollo de una extrapolación monumental, pero está incompleta pues la acción, poco antes de lo que debió ser el desenlace, termina súbitamente en un renglón único que reza: “Eran cuatro”.
¿No terminó Ehécatl? En todo caso, la obra sólo fue conocida años después de su muerte; antes de eso había sido celosamente guardada… Se dice, sin que pueda demostrarse, que fue descubierta y publicada por error. Esto, como tantas otras cosas relacionadas con la vida y la obra de los reformadores, oscila entre la verdad y la leyenda.
Hay un último misterio. Algunos eruditos respetables afirman que sí terminó la obra y que el faltante es de apenas unas páginas. Que estas páginas son guardadas –bajo pena de muerte– en la biblioteca del Gran Teocalli para evitar un colapso en nuestra identidad de raza. Se dice que en esas pocas páginas originales se encuentra la solución al enigma más grande de nuestra historia. Con evidente humor negro, se insiste en que la razón del secreto es que en ellas se dice… ¡la verdad!
¿Existe tal epílogo? Se ha tratado de relacionar con este oscuro texto mítico las últimas palabras de Ehécatl en su lecho de muerte. Las palabras son conocidas hasta por los niños de pre-calpulli: “¿Ustedes, no han soñado alguna vez ser dioses? ¿No se les ha ocurrido que los pueblos de América merecían mejor suerte?”
La historia consigna que Ehécatl, antes de morir, lanzó una carcajada…

Héctor Chavarría

Procreación

Es la noche. Una noche castellana de mediados de agosto en el año 1040. El calor sofocante del día ha calmado un poco, gracias a un viento sin sol que sopla infatigable desde hace tres horas cargado de olor a campo y de rumores de chopos.
Durante el día el cielo se había dejado caer con todo su sol sobre la tierra, la pobre tierra sedienta, sofocada, tratando de sacar la cabeza y poder respirar brisas verdes.
La noche ha traído una tregua y todo duerme pesadamente, como embotado, como embrutecido.
La casa de Diego Laínez, una inmensa casona de piedra en el pueblo de Vivar, medio fortaleza, medio casa de campo, tratando de mantenerse fría a fuerza de piedra, levanta sus líneas duras y precisas, su adusta majestad en medio de un sueño de piedra.
Piedra. Piedra. Piedra. He aquí la casa de Diego Laínez. Casa de silencios de piedra, de sueños de piedra, de palabras de piedra, de honradez de piedra, de sentimientos de piedra (¿quién ha dicho que las piedras no tienen sentimientos?; ¡oh error!), de energías de piedra, de hombres de piedra.
¡Casa señalada por el dedo de piedra del Destino!
Diego Laínez, gran guerrero, ganador de batallas, sostén del trono de sus reyes, heredero de la sangre de Laín Calvo; Diego Laínez, que peleó en la batalla en que el conde Fernán González venció a Almanzor, ha vuelto de una consulta a que le llamara el rey y no puede conciliar el sueño.
Mil preocupaciones le asaltan. Desnudo sobre el lecho, en vano se revuelve de un lado a otro. La respiración inquieta de su pecho fuerte retumba en las paredes como golpes de encarcelado.
Las imágenes del insomnio se cruzan en su cabeza, pasan, repasan; se precipitan unas sobre otras y dilatan su cerebro en fiebre.
España se le aparece como una olla de grillos, despedazada, diseminada, deshecha en mil trozos separados e incongruentes. Provincias, ciudades, fortalezas independientes. Un reyezuelo por aquí, un condado por allá, un general moro proclamándose amo de un terruño conquistado. Cristianos luchando contra cristianos, moros contra moros. Alianzas de moros y cristianos para luchar contra otros cristianos u otros moros. Rotos los pactos al día siguiente, los efímeros aliados se destrozan entre sí. En el momento de calarse las armaduras de combate no se sabe contra quién se va a pelear.
Este es el cuadro que aparece a Díego Laínez. Hace ya más de trescientos años los musulmanes invadieron España, y el imperio visigodo cayó con el rey Rodrigo en las aguas del Guadalete y se deshizo en ondas hasta el mar.
El gran imperio musulmán, después de llegar a su cenit y de haber sometido a toda España a excepción de don Pelayo, empezaba también a disgregarse en guerras intestinas y deshacerse en molicies de apogeo. Del califato de Córdoba, que había sido de una magnificencia de cuento oriental, quedaban como restos dispersos, como trozos de un planeta que ha estallado, los reinos moros de Granada, de Sevilla, de Murcia, de Denia, de Valencia, de Badajoz, de Toledo, de Zaragoza.
Don Pelayo, ese solo trozo independiente de la península, desprendiéndose de roca en roca desde la cueva de Covadonga había empezado la reconquista. Don Pelayo no es un hombre, es un aluvión, es una bola de nieve.
¡Cómo admira a don Pelayo Diego Laínez! Se le aparece como el dragón de las grutas del destino, lanzando fuego por los ojos, triturando moros entre los dientes, aplastando fortalezas bajo las garras.
Debido a don Pelayo, los cristianos poseen ahora, en medio de esos reinos moros, los condados de Barcelona, de Aragón y de Castilla; los reinos de Navarra, de Galicia y de León.
Diego Laínez adora a Castilla. Piensa en las hazañas de sus condes, vasallos del reino de León; las proezas de esos condes castellanos que han dado a sus tierras un olor a poema y a sangre de eternidad, desfilan en su memoria. Castilla presenta ya una fuerza hecha, una personalidad; tiene sabor a patria. Diego Laínez no puede contenerse y exclama en voz alta:
– Es preciso que nazca otro don Pelayo, es preciso que salte una voluntad unificadora, otra fuerza invencible, otro destino.
Al ruido de las palabras de Diego Laínez, su mujer, que duerme junto a él, se despierta sobresaltada.
-¿Qué te pasa, Diego Laínez? ¿Estás enfermo? -pregunta-. ¿Por qué no duermes?
-Pienso -responde el hombre.
-¿Qué piensas?
-No es cosa de mujeres lo que pienso.
-Política o guerras; comprendo.
-Salvar a España.
La mujer guarda silencio y siente un orgullo que le recorre toda la piel, orgullo del hombre a quien pertenece.
Los pensamientos de Diego Laínez son elevados y nobles. Nunca ella ha sentido en sus pensamientos los pasos de terciopelo de la traición, con ese oído que tienen las mujeres para los pensamientos de quienes las rodean.
Ella ama la integridad de ese hombre, porque ella es hija de otro varón semejante. Ella, Teresa Alvarez, es hija de Rodrigo Álvarez de Asturias, gran guerrero, conquistador del castillo de Ubierna, noble hacendado, poderoso por su influencia y su fortuna.
-Hace calor -dice ella-; sería bueno abrir las ventanas.
-Duerme.
Diego Laínez se levanta y abre las ventanas. Vuelve el silencio y vuelve el insomnio.
Ese simple gesto, abrir una ventana, que parece tan nimio, tan sin importancia, es una cosa grave. Abrir una ventana es como abrir el alma, es como abrir el cuerpo.
Por la ventana abierta entra la noche, detrás de la noche entra Castilla y detrás de Castilla entra España.
Millones de estrellas se precipitan por esa ventana como el rebaño que aguarda que abran las puertas del corral; miles de fuerzas dispersas corren como atraídas por un imán y se atropellan entre los gruesos batientes, todo el calor y las savias descarriadas de la naturaleza se sienten impulsadas hacia el sumidero abierto en el muro de aquel aposento que se hace la arista de todas las energías, de todos los anhelos.
Innumerables corrientes eléctricas convergen hacía esa habitación, único punto interesante del mapa en aquella noche.
Diego Laínez siente todo ese enjambre de alientos profundos y substanciases llegar hasta él. Un vigor inmenso se apodera de su cuerpo, su pecho se hincha, se dilata y desborda en la noche. El mundo es tina usina de energías, un acumulador de fuerzas ebrias, una fábrica de hidrógeno.
Y él traga, traga, aspira por todos sus poros esa riqueza que afluye hacia él y viene a ofrecérsele como el manjar del mundo.
¿Qué transmutación, qué destino va buscando esa aglomeración de irradiaciones?
Diego Laínez siente una vaga inquietud. La carne se rebela y un cosquilleo le agita las arterias.
Afuera la noche se pone lánguida, blanda. Una ancha brisa nacida en quién sabe qué jardines recónditos trae caricias de flor, suavidad de hierba. Un ruiseñor silba a su hembra en castellano y la noche se hace envolvente como una cabellera de mujer.
Diego Laínez contempla a la que duerme a su sombra. Hermosa, regordeta, Teresa Alvarez es la hija del campo, del hacendado noble, de sangre bien nutrida. Hermosa, regordete, frutal. Carne apetitosa, apta a la caricia, pronta al amor. Sus senos potentes, con perfumes de huerta como grandes melones, palpitan con un ritmo sereno de corazón y de mar.
Mirar esa mujer rejuvenece, dulcifica, aclara los problemas del mundo. Todo junto a ella se hace natural, primario, alegre. No se comprenden el vicio, ni las complicaciones, ni los retorcimientos de falsos placeres. El amor directo, lógico, el acto sexual rotundo de un hombre y de una mujer enlazados cumpliendo una función orgánica imperiosa y suprema.
Diego Laínez la coge entre, sus brazos, le acaricia todas las blanduras. Ella le ofrece los labios carnudos y pletóricos. El se crispa en cada roce. Ella se muere en cada beso.
Es un instante solemne, ese instante en que el mundo parece hacerse silencioso para escuchar, recogerse para dar un gran salto. Se prepara una fiesta.
El hombre ahora es el macho, y el macho no resiste más sus impulsos; la mujer es la hembra, y la hembra se abre como una rosa de pie.
Diego Laínez, fogoso, rudo, infantil, se precipita sobre su mujer y entra en su carne, se hunde debajo de su piel con energías de guerrero descansado, ansioso de batallas, impaciente de victorias.
La tierra toma el ritmo de esos cuerpos resollantes y suspira como una montaña. El infinito se vacía, el universo vacila y durante un minuto el sistema planetario se detiene.
Dios, mirando por el ojo de la cerradura del cielo, sonríe.
-¡Ah! Diego, esposo mío, nunca he sentido un estremecimiento semejante, creí perder la razón.
-Teresa mía, es curioso; se me figura hacer el amor por primera vez.
Y Diego Laínez lloraba de alegría anunciadora y cósmica.
-No sé, no sé qué tengo, mujer; pero se me figura que no soy yo el que ha realizado el simple acto de amor, sino todo el universo el que lo ha realizado en mí. Se me figura que he cumplido un designio.
-Esta noche tiene gusto a milagro.
Y otra vez la obsesión de don Pelayo se apodera de] alma de Laínez. Don Pelayo, don Pelayo, la obra inacabada, trunca, cortada a mitad del camino.
La sombra del guerrero gigante se pasea en los sueños de Diego Laínez y la noche se hace fuerte, heroica. La noche es don Pelayo y afuera el ruiseñor sigue cantando a don Pelayo.
-Sí, efectivamente, esta noche tiene sabor a milagro.

Vicente Huidobro

El huésped

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.

Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.

Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.

No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.

Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.

Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.

La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las buganvilias.

En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.

Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre. Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”, gritaba desesperada.

Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…

Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.

Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…

Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.

Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado. Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando
cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y
a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.

Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”

Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.

Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.

—Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.

—Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó.

— ¿Pero qué podemos hacer las dos solas?

—Solas, es verdad, pero con un odio…

Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.

La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.

No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.

Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…

Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.

Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.

Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…

Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.

Amparo Dávila

Galatea en Brighton

Me tomó algunos meses comprender que Siobhan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto durante cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que éste comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras perturban cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que el anonimato, tanto o más que la fama, es uno de los deseos velados de cualquier existencia.

Escribo esto y descubro con vergüenza que a la segunda Siobhan Kearney le fue negado precisamente su derecho a no ser nadie. Puedo apostar que ella, hacia el final de sus días, hubiera dado lo que fuese por que su nombre no importase a nadie, al menos no para quienes la honramos hasta matarla. La imagino antes de todo, cuando era niña o adolescente, quién sabe si feliz, pero sin duda poco preocupada por llamarse como se llamaba. Su nombre, hasta el momento atroz en que lo descubrió mi padre en los registros de su oficina bancaria, debió de ser como cualquier otro, resonante sólo para quienes la amaron o aborrecieron antes que nosotros: su madre viuda, un hermano que sólo alcanzó a escribirle dos cartas desde las trincheras del Somme, un novio acaso despechado que habría repetido aquellas sílabas de amor desde el fondo de la calle que conducía a su modesto apartamento en Cockfosters. Un nombre para ella dulce o neutro, un nombre que, sin embargo y sin que ella lo supiese, se iría cargando de fatalidad en las sesiones espiritistas que por años ofició madame Doucelin en nuestra casa solariega de Brighton.

Los devotos de la madame llegaban siempre a las cinco: anchos, atildados, diestros como nadie en la elegancia de quienes llevan mucho tiempo compartiendo mezquinas transgresiones. Ahogaban su espera con la repostería de mi madre y se embarcaban en charlas banales que sólo hacían más enervante la impuntualidad de madame Doucelin. Siempre parecía intolerablemente tarde cuando la figura inmensa de la médium ensombrecía el umbral de la casa. Su sola presencia, sin embargo, bastaba para que los miembros de su conventillo le perdonasen todo: su informalidad, la perfumada grosería de sus modales, sus cien kilos de ser escandalosamente francesa. Daba pena verles tan sumisos a la fuerza espiritual de aquella mujer enorme, tan dispuestos a celebrar sus desaires y cumplir sus más leves caprichos como si se tratara de una deidad telúrica, providente y terrible al mismo tiempo. Ella, por su parte, se dejaba querer y temer, jugueteaba un rato con la ansiedad del conventillo y sólo se avenía a iniciar la sesión cuando era noche cerrada y la vehemencia de sus devotos comenzaba ya a volverse insostenible. Aquella postergación era tan frecuente y estudiada como las propias sesiones, y no me extrañaría que la madame la juzgase parte de su ritual ultramundano, un necesario desgaste para quebrantar las defensas de los comensales y disponerles para creer ciegamente en las cosas que ella, transfigurada y solemne a la luz de las velas, les decía luego desde la frágil frontera que nos separa de los muertos.

Ignoro cómo o cuántas veces fui testigo presencial de los prodigios espiritistas de madame Doucelin. Seguramente fueron muchas, pues sus visitas a Brighton nunca fueron en mi casa motivo de secreto, ni siquiera de discreción. Mi padre hablaba de las sesiones como quien comenta un partido de cricket, y mi madre las preparaba siempre con el mismo esmero con que habría administrado las raciones para un almuerzo dominical. Cuando aludían a los espectros que la noche previa habían acudido a sus invocaciones, los hacían como si se tratara de un político en desgracia o de una soprano que ha cantado bien un aria en Covent Garden.

Naturalmente, mis padres y los demás miembros del conventillo tenían sus preferencias en lo que hace a sus visitantes del más allá: ciertos nombres podían repetirse en nuestras sobremesas hasta volverse cotidianos, otros podían apasionarles, causar trifulcas entre ellos, caer en desgracia o incluso merecer que nadie volviese a nombrarles, no se diga a invocarles. Y aunque nunca tuve claro qué etiqueta podía ganarle a un alma en pena el afecto o el desprecio de los vivos, muy pronto me acostumbré a convivir con ellos y tolerarlos en mi infancia como otros deben hacer con parientes que se resisten a ser lejanos o con la prole invasiva de extraños que fueron al colegio en las mismas aulas que nuestros padres.

Mentiría si dijese que la primera Siobhan Kearney fue desde el comienzo una muerta de excepción para los seguidores de madame Doucelin. Sus primeras apariciones en la casa de Brighton apenas debieron de sembrar en ellos cierta curiosidad por su vida desastrada o por las minucias de un suicidio con barbitúricos que, en realidad, no difería gran cosa de la de muchos otros espectros invocados por la voz ventral de la médium. Después de todo, no era inusual que los suicidas pululasen en las sesiones para narrar a los vivos los mórbidos detalles de sus últimos instantes en el mundo. Ciertamente esos casos sembraban algún interés en el conventillo, pero el entusiasmo o el morbo que generaban se extinguían tan pronto como habían venido, casi siempre desplazados por las confesiones de algún suicida más elocuente, más audaz o, por lo menos, más lúbrico.

No es entonces improbable que el fantasma de la suicida Siobhan estuviese cerca de pasar al olvido cuando mi padre descubrió a la joven que, para su mal, llevaba sin saberlo ese mismo nombre. Culpar de esto sólo a la casualidad me parece hoy tan absurdo como creer a ojos cerrados que la primera Siobhan lo dispuso todo para que así ocurriera desde el fondo mismo del infierno. Antes que el azar o los designios de ultratumba, los verdaderos responsables de esa escaramuza fuimos los vivos, seres de carne y hueso cuyo guía no fue otro que mi padre. A fin de cuentas fue él quien cierto día reconoció el nombre de Siobhan Kearney en la lista de pequeños clientes proletarios de su banco en Londres. Y fue él quien esa misma tarde celebró el hallazgo entre los devotos de madame Doucelin, inocente al principio, entusiasta luego, delirante al fin cuando notó que también ellos, sus contertulios y amigos, veían en el hecho como algo más que una curiosa coincidencia, quizá más bien como una señal una invitación inestimable a refrescar un poco aquel juego espiritista que a esas alturas había comenzado ya a aburrirles.

No dudo que al principio lo hayan concebido así, como un juego, un simple juego más o menos inocente, algo similar a una especulación bursátil en la que algunos cientos de libras, audazmente administrados por mi padre, enriquecerían por fuerza el anecdotario de su conventillo en Brighton. Nada de esto, sin embargo, les absuelve de haber seguido con su macabro pasatiempo cuando advirtieron hasta dónde tendrían que llevarlo para sentir que su inversión había valido la pena. Por lo que hace a madame Doucelin, su parte en esa industria me resulta hoy extrañamente difusa: a veces la concibo como artífice última de la debacle de la segunda Siobhan, algunas la veo reacia a participar en ella, y otras, las más, la pierdo entre los rostros de sus devotos como si, en efecto, la médium hubiera sido un mero instrumento, un amasijo de carne blanca y resonante sometido por entero a los designios de la primera Siobhan, la muerta.

De este vórtice inestable de memorias apenas puedo rescatar con claridad la noche en que mi padre relató a sus cómplices los pormenores de su primer encuentro con la nueva Siobhan Kearney. Lo veo ensanchado en el sillón que preside la sala, sonriente, orgulloso como un patriarca que se dispone a contarnos sus desmanes de juventud. Junto a él, erguida en un pequeño taburete, mi madre también sonríe, casi puedo asegurar que aplaudiría si no la contuviese su estricto sentido del recato. De cualquier modo, mi madre no deja de exigir a mi padre que les diga de una vez lo que todos ansían oír: quieren saber qué aspecto tiene la muchacha, si se sintió inhibida por la célebre opulencia de la oficina bancaria, si aceptó de buenas a primeras el generoso trato que al cabo le hizo mi padre o si mostró algún interés por la muerta cuya fortuna estaba a punto de usurpar sin saber que con ello asumía también su turbulento destino.

Así apremiado por sus cómplices y amigos, mi padre al fin narra y retrata. En dos trazos describe a la rústica muchacha que esa mañana entró en su oficina manoseando la carta que él mismo había redactado sugiriéndole invertir parte de sus ahorros en el mercado del hierro. Imita luego la voz tímida de Siobhan Kearney cuando ésta le dijo que seguramente se trataba de un error, pues ella nunca ha visto junta tal cantidad de dinero. Mi padre, entonces, exagera su propia sorpresa cuando revisó con simulada atención los registros bancarios y juró despedir al empleado imbécil que no supo distinguir entre las cuentas de ambas mujeres. Finalmente, abusando del silencio en que han caído sus oyentes, vuelve a fruncir el ceño, contempla a la muchacha, finge meditar y le dice con un guiño de complicidad que sin duda ese dinero estará mejor en sus manos, pues es evidente que su dueña original hace tiempo que dejó de necesitarlo y sería una pena, señorita Kearney, que esa pequeña fortuna pasara sin más a las arcas del banco.

Al oír esto la concurrencia celebra por todo lo alto la actuación de mi padre. Ya no hay para qué preguntarle qué ocurrió enseguida. El conventillo de Brighton sabe que la muchacha, con reparos o sin ellos, ha aceptado aquel súbito giro de su suerte. ¿Quién no lo haría en su situación? Ya imaginan a la muchacha soñando con vestidos nuevos, tomando ese taxi que necesitó tantas veces cuando la lluvia la sorprendía en los descampados de Southgate, aplaudiendo en la fila cero del Strand esa obra de teatro a la que nunca creyó poder asistir. A esas alturas los presentes, en especial mi madre, han comenzado ya a concebir mil maneras de sacar el mayor provecho posible de la ilusión que mi padre sembró esa mañana en las ansias de Siobhan Kearney. Ahora que la saben al alcance de sus manos, quieren poseerla por completo, adueñarse de ella, cortejarla, redimirla de su vergonzosa medianía. Buscan, en fin, la forma de controlar su suerte con la misma ilusión con la que un niño cree que podrá algún día regir la fuerza incontenible de las mareas o de los astros.

Siempre me han estremecido la energía y la eficacia con que en esos meses el conventillo de Brighton llevó a efecto sus planes para renovar la suerte de Siobhan Kearney. Era como si auténticas fuerzas del más allá se hubiesen confabulado a fin de que la impostura de aquella segunda Siobhan fuese un éxito. Invitada por mi padre, su ángel protector, la muchacha comenzó a visitarnos en Brighton, donde las damas del conventillo se consagraron enseguida a cortejarla, redimirla e instruirla para que respondiese dignamente a la supuesta generosidad de la providencia. Entre bromas y veras la felicitaron por su buena estrella, la iniciaron en las normas más elementales de la etiqueta que debía respetar si quería ser aceptada en sociedad, eligieron para ella los vestidos, el maquillaje y aun el peinado con que empezó a asistir a la ópera y al hipódromo. La muchacha, por su parte, se prestó a aquella transformación con la docilidad de una muñeca de trapo en manos de un grupo de niñas sobreexcitadas y enormes. Casi con alegría obedeció cada una de sus instrucciones y vistió cada uno de los sombreros que le asignaron, se entregó sin chistar a agotadoras sesiones donde le mejoraron el acento y hasta la educaron para que su ignorancia en materia de música y política pareciese antes una virtud de dama bien criada que un defecto de su origen modestísimo. Tal fue su docilidad, que en menos de dos meses hubiera sido imposible reconocer en ella a la humilde muchacha de Cockfosters a la que mi padre había citado alguna vez en la oficina de su banco en Londres.

Debo aclarar a todo esto que la tenaz metamorfosis de Siobhan Kearney tuvo sus límites, acaso porque ninguna de sus hadas de marras quiso nunca renunciar del todo al placer de exhibir el fondo grotesco de aquella acartonada Cenicienta. Más que hermosa o refinada, la muchacha terminó por parecer un borroso catálogo de buenas maneras, una máscara que sin embargo nunca pudo disimular el carácter híbrido y monstruoso de la condición de quien la portaba. Fruto de la indiscreción y la jactancia de los miembros del conventillo, la verdad sobre el origen de la pequeña fortuna de la señorita Kearney fue un secreto a voces en los círculos más selectos de la alta sociedad londinense, y tanto, que la muchacha no tardó en convertirse en el juguete temporario de Ascot y Covent Garden, en una suerte de prodigio circense alimentado por aplausos y falsos halagos que ella, desde su radical ingenuidad, aceptó de plácemes como si en verdad fuesen pruebas incontrovertibles de que había sido aceptada por los que antes cortejaron a la dueña original de su nombre, su dinero y su destino.

Cierta noche, no hace mucho tiempo, pregunté a mi padre si alguna vez consideró que tarde o temprano sería necesario desengañar a la muchacha. Mi padre me miró extrañado y se encogió de hombros como si esa fase ineludible de su juego nunca hubiera ocupado sus pensamientos. O peor aún, como si a esas alturas el nombre de Siobhan Kearney no le dijese absolutamente nada. Entonces me aterró descubrir que la historia de la muchacha había sido para él tan importante como un viaje de negocios a Newcastle o una cacería en Bretaña. Sin duda, el tiempo que duró el desfile de Siobhan Kearney por los salones y teatros de Londres le había dado numerosas satisfacciones, pero a la postre había sido también un descalabro que juzgó prudente olvidar tan pronto como la muchacha desapareció de nuestras vidas y del mundo.

Más que avergonzarle, el desenlace de aquel juego sólo pudo provocar en mi padre un efímero estallido de rabia, acaso lo sacó provisoriamente de sus cabales como la derrota de un caballo por el que había apostado más de lo prudente. Lo mismo vale decir por los restantes miembros del conventillo de Brighton, que en el fondo nunca perdonaron a la muchacha su exceso de credulidad. Cuando su industria dejó de parecerles novedosa, mi padre y sus cómplices comenzaron a ver en el entusiasmo de Siobhan Kearney un síntoma de su irremediable mal gusto. Les indignó que la muchacha se sintiese efectivamente a nuestra altura y, sobre todo, que creyese en la honestidad de las flores y los billetes perfumados con que de pronto se dio a cortejarla un gomoso cuarentón de Bristol. Las mujeres del conventillo tomaron por una ofensa imperdonable que la muchacha dejase de frecuentarlas para entregarse a una felicidad que ninguno de sus creadores podía brindarle o escamotearle. Todavía puedo escuchar la irritada voz de mi madre cuando comentaba el penoso espectáculo de la muchacha cogida del brazo de aquel cazafortunas, de ese patán que sólo la quiere por su dinero. Nuestro dinero, añadía como si dijese también nuestra Siobhan, nuestra criatura. Entonces las otras damas del conventillo se indignaban con ella, reprobaban la ingratitud de las mujeres ordinarias, pero qué puede una esperar, amigas mías, de ese tipo de gentuza.

El conventillo de Brighton debió de sacar de esta o semejante indignación la fuerza que le faltaba para dar fin a su juego. Tal vez un jugador más justo o piadoso habría propuesto hablar seriamente con la muchacha, advertirle de los peligros que la amenazaban si seguía juntándose con el solterón de Bristol, aconsejarla como lo habría hecho su madre: con cariño pero con firmeza. Pero ese tipo de compasión le estaba vedado a los cínicos de Brighton: Siobhan Kearney no era su hija, y ellos debían cuidarse de caer en vanos sentimentalismos. Más que sus hadas, los miembros del conventillo debían asumirse sus parcas, y estaban obligados a actuar como tales si en verdad deseaban evitar que la muchacha los despeñase definitivamente en el ridículo.

Como es de suponerse, la responsabilidad de cortar los hilos que unían a las dos Siobhan recayó nuevamente en mi padre. La operación, simple e ingrata, fue ejecutada con una limpieza casi quirúrgica. Mi padre no citó a la muchacha en Brighton, sino en la oficina bancaria donde había empezado todo. No la estrechó ni la bendijo. Ni siquiera le reclamó sus desaires al conventillo o sus coqueteos con el caballero de Bristol. Simplemente le anunció que había aparecido inopinadamente un heredero de la difunta señora Kearney y que éste, con toda justicia, reclamaba la fortuna de la cual él, con la mejor de las intenciones, se había atrevido a disponer. Desde luego, añadió, él se encargaría de asumir la significativa merma que en el caudal de la desdichada señora Kearney había ocasionado su irreflexivo acto de altruismo, pero no necesito decirle, señorita, que por desgracia ya no nos será posible seguir ayudándola como hasta ahora lo hemos hecho.

Ni esa ni ninguna otra tarde pudo el conventillo de Brighton agasajarse con un histriónico relato del nuevo encuentro entre mi padre y la infortunada muchacha. Es incluso posible que esa noche prefiriesen no reunirse, no ver la cara de mi padre cuando se sentó a cenar y anunció sin más que todo estaba hecho. Mi madre, por su parte, guardó silencio. Recuerdo ahora su mandíbula distraída en masticar un pedazo de carne ofensivamente duro, su mente acaso concentrada en imaginar el rostro pálido de la muchacha al recibir el golpe de su vuelta a la indigencia, sus manos aferradas a un suntuoso sillón de cuero negro que no basta para sostenerle, los ojos que se apagan porque ya anticipan el día en que el caballero de Bristol la dejará plantada en un banco de los jardines de Kensington hasta que llegue la noche y ella comprenda que sólo una dosis desmedida de barbitúricos le permitirá seguir siendo Siobhan Kearney, la única.

Ignacio Padilla

Clitemnestra

Los lazos de la sangre se entrelazan y tuercen como la red, como la serpiente.Y todo es confusión. Una maraña donde los sentimientos se entreveran y el odio es la imagen del amor que el azogue devuelve mal. Quizá se nazca con una certeza que el tiempo termina por destruir antes de acabar ahogado en esa trama. Las leyes de los hombres y de los dioses no contemplan sitio para la tolerancia. Las leyes deben ser tomadas por el puño, de la misma manera como se empuña el cuchillo mientras el corazón se endurece.
Clitemnestra, hija de Leda y del rey Tíndaro, debió recorrer el camino inicuo en que se debatió su alma desgarrada. Qué fácil juzgar las acciones terribles que la rodearon. Qué fácil parece desechar su dolor. No hay espacio para la indulgencia. El poder prevalece, bien debió aprenderlo ella a quien nadie advirtiera que la vida está sujeta a los horrores de la sangre. De la sangre confundida, de esos lazos de familia que se cercenan por la fuerza. Una rodela de hierro la res-guarda por dentro.
¿Por qué los asuntos de Estado en los que se apo-yan las sinrazones de los hombres son en una mujer repudiados sin piedad? ¿Es que sólo queda acatar, obedecer ciegamente, y luego, cerrar los ojos del co-razón atribulado? Clitemnestra va a tender la vista en otra dirección. Va a aferrarse al poder, para así con-servar la vida. ¿Es esto tan reprobable?
El amor acaba por transformarse en odio. No se vislumbra alternativa que reconstruya en los escom-bros. La fuerza se impone más allá de las razones. Y con la sangre fresca del esposo, del hijo sacrificados en aras de la ambición, la joven viuda, reina de Argos, debe compartir el lecho con el vencedor, con aquel que la despojó de la trama inocente de sus sueños. Sí, hay que creerlo. Clitemnestra tiene derecho a guardar rencores en su alma, mientras su cuerpo recibe al vencedor que usurpa el sitio tomado por la fuerza. Pero el pueblo olvida y rinde pleitesía al nuevo sobe-rano. La memoria de los pueblos es tan breve, tan inconsecuente, tan dispuesta al olvido, y tal vez no sea sencillo borrar las acciones en el corazón que las sufre.
Las mujeres no tienen otro mandato que permane-cer sujetas a sus deberes de hembras, a hilar y tejer. ¿Qué de extraño tiene, pues, que la reina haya urdido una red, ella enredada en esos cabos? Y sin embar-go… El pueblo está siempre del lado de quien detenta el cetro, de quien da la voz de mando. ¿Se puede juz-gar sin misericordia a quien se acoge a la voz que insta a la permanencia, cuando nada permanece?
El hijo de la hija de Tíndaro fue sacrificado, y de-bió serlo igualmente la primogénita de Agamemnón, sin piedad alguna por su joven vida, por el corazón torturado de la madre. Porque la muerte de un hijo no cicatriza las heridas de la muerte de otros. Se sufre de nuevo. Acaso no sufra más cuando una pena se junta a su hermana. Las vidas segadas carecen de impor-tancia y la salvación sólo se alcanza desde el poder. ¿Es esto acaso contrario a las leyes de la sangre tan-tas veces violentada? El sino de la mujer es cerrar los ojos, cerrar el alma al dolor, a la rabia que se retuerce como sierpe en sus entrañas. Las hebras de la red reptan, como repta la serpiente, entre sus dedos, pero ella no es menor mujer en los furores de la lucha.
El aire está lleno de avisos, claros después, cuando en ellos se medita. En aquel otro tiempo feliz, mien-tras su aya la recriminara tantas veces por su pereza en el aprendizaje de las labores del hogar, jamás su-puso que este conocimiento iba a ser empleado sí, en el hogar, pero con aviesas intenciones. Pero, ¿cuál es el hogar de Clitemnestra? ¿Aquel primer hogar al que fue conducida por su padre, donde su vientre alojó esa primera semilla germinada? ¿El otro, acaso, don-de ingresó contra su voluntad y por la fuerza? Castigo infinito el de la fertilidad, que ajena a otras reflexio-nes, se prodiga.
Clitemnestra se hizo pagar muy caro la deuda y no existe comprensión para su conducta. Es ahora ella quien está en deuda, atrapada en la urdimbre oscura de sus acciones, igual que Agamemnón quedó atra-pado en la red que ella afanosamente había tramado. El destino se impone. La voz de Nauplio instando a las mujeres a protestar por las infidelidades de sus maridos resuena, mientras cae, en sus oídos. Tal vez, pese a todo, su corazón aloja un grano de inocencia, porque no hay ley que condene los deseos de los hombres. No hay ley que les exija continencia; pero Nauplio es hombre.
El horror de sus actos se cierne sobre ella. No hay sitio para buscar disculpas. La sierpe de sus sueños así lo anuncia. Ha sido condenada por sus hijos, ciegos ante sus ocultas razones. Razones que se retuercen dentro de su alma ennegrecida, negra como su sangre que ahora ellos vierten buscando acallar la sed de jus-ticia filial, el deber irrenunciable de la sangre.

Aline Pettersson

Feliz año nuevo

Vi en la televisión que los comercios buenos estaban vendiendo como locos ropas caras para que las madames vistan en el reveillon. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas las existencias.
Pereba, voy a tener que esperar que amanezca y levantar aguardiente, gallina muerta y farofa de los macumberos*.
Pereba entró en el baño y dijo, qué hedor.
Vete a mear a otra parte, estoy sin agua.
Pereba salió y fue a mear a la escalera.
¿Dónde afanaste la TV?, preguntó Pereba.
No afané ni madres. La compré. Tiene el recibo encima. ¡Ah, Pereba!, ¿piensas que soy tan bruto como para tener algo robado en mi cuchitril?
Estoy muriéndome de hambre, dijo Pereba.
Por la mañana llenaremos la barriga con los desechos de los babalaos*, dije, sólo por joder.
No cuentes conmigo, dijo Pereba. ¿Te acuerdas de Crispín? Dio un pellizco en una macumba aquí, en la Borges Madeiros, le quedó la pierna negra, se la cortaron en el Miguel Couto y ahí está, jodidísimo, caminando con muletas.
Pereba siempre ha sido supersticioso. Yo no. Hice la secundaria, se leer, escribir y hacer raíz cuadrada. Me cago en la macumba que me da la gana.
Encendimos unos porros y nos quedamos viendo la telenovela. Mierda. Cambiamos de canal, a un bang-bang. Otra mierda.
Las madames están todas con ropa nueva, van a entrar al año nuevo bailando con los brazos en alto, ¿ya viste cómo bailan las blancuchas? Levantan los brazos en alto, creo que para enseñar el sobaco, lo que quieren enseñar realmente es el coño pero no tienen cojones y enseñan el sobaco. Todas le ponen los cuernos a los maridos. ¿Sabías que su vida está en dar el coño por ahí?
Lástima que no nos lo dan a nosotros, dijo Pereba. Hablaba despacio, tranquilo, cansado, enfermo.
Pereba, no tienes dientes, eres bizco, negro y pobre, ¿crees que las mujeres te lo van a dar? Ah, Pereba, lo mejor para ti es hacerte una puñeta. Cierra los ojos y dale.
¡Yo quería ser rico, salir de la mierda en que estaba metido! Tanta gente rica y yo jodido.
Zequinha entró en la sala, vio a Pereba masturbándose y dijo, ¿qué es eso, Pereba?
¡Se arrugó, se arrugó, así no se puede!, dijo Pereba.
¿Por qué no fuiste al baño a jalártela?, dijo Zequinha.
En el baño hay un hedor insoportable, dijo Pereba.
Estoy sin agua.
¿Las mujeres esas del conjunto ya no están jodiendo?, preguntó Zequinha.
Él estaba cortejando a una rubia excelente, con vestido de baile y llena de joyas.
Ella estaba desnuda, dijo Pereba.
Ya veo que están en la mierda, dijo Zequinha.
Quiere comer los restos de Iemanjá, dijo Pereba.
Era una broma, dije. A fin de cuentas, Zequinha y yo habíamos asaltado un supermercado en Leblon, no había dado mucha pasta, pero pasamos mucho tiempo en São Paulo en medio de la bazofia, bebiendo y jodiendo mujeres. Nos respetábamos.
A decir verdad tampoco ando con buena suerte, dijo Zequinha. La cosa está dura. Los del orden no están bromeando, ¿viste lo que hicieron con el Buen Criollo? Dieciséis tiros en la chola. Cogieron a Vevé y lo estrangularon. El Minhoca, ¡carajo! ¡El Minhoca! Crecimos juntos en Caxias, el tipo era tan miope que no veía de aquí a allí, y también medio tartamudo —lo cogieron y lo arrojaron al Guandú, todo reventado.
Fue peor con el Tripié. Lo quemaron. Lo frieron como tocino. Los del orden no están dando facilidades, dijo Pereba. Y pollo de macumba no me lo como.
Ya verán pasado mañana.
¿Qué vamos a ver?
Sólo estoy esperando que llegue el Lambreta de São Paulo.
¡Carajo!, ¿estás trabajando con el Lambreta?, dijo Zequinha.
Todas sus herramientas están aquí.
¿Aquí?, dijo Zequinha. Estás loco.
Reí.
¿Qué fierros tienes?, preguntó Zequinha.
Una Thompson lata de guayabada, una carabina doce, de cañón cortado y dos Magnum.
¡Puta madre!, dijo Zequinha. ¿Y ustedes jalándosela sentados en ese moco de pavo?
Esperando que amanezca para comer farofa de macumba, dijo Pereba. Tendría éxito en la TV hablando de aquella forma, mataría de risa a la gente.
Fumamos. Vaciamos un pitú.
¿Puedo ver el material?, dijo Zequinha.
Bajamos por la escalera, el ascensor no funcionaba y fuimos al departamento de doña Candinha. Llamamos. La vieja abrió la puerta.
¿Ya llegó el Lambreta?, dijo la vieja negra.
Ya, dije, está allá arriba.
La vieja trajo el paquete, caminando con esfuerzo. Era demasiado peso para ella. Cuidado, hijos míos, dijo.
Subimos por la escalera y volvimos a mi departamento. Abrí el paquete. Armé primero la lata de guayabada y se la pasé a Zequinha para que la sujetase. Me amarro en esta máquina, tarratátátátá, dijo Zequinha.
Es antigua pero no falla, dije.
Zequinha cogió la Magnum. Formidable, dijo. Después aseguró la Doce, colocó la culata en el hombro y dijo: aún doy un tiro con esta hermosura en el pecho de un tira, muy de cerca, ya sabes cómo, para aventar al puto de espaldas a la pared y dejarlo pegado allí.
Pusimos todo sobre la mesa y nos quedamos mirando.
Fumamos un poco más.
¿Cuándo usarán el material?, dijo Zequinha.
El día 2. Vamos a reventar un banco en la Penha. El Lambreta quiere hacer el primer golpe del año.
Es un tipo vanidoso pero vale. Ha trabajado en São Paulo, Curitiba, Florianópolis, Porto Alegre, Vitoria, Niteroi, sin contar Rio. Más de treinta bancos.
Sí, pero dicen que pone el culo, dijo Zequinha.
No sé si lo pone, ni tengo valor para preguntar. Nunca me vino a mí con frescuras.
¿Ya lo has visto con alguna mujer?, dijo Zequinha.
No, nunca. Bueno, puede ser verdad, pero ¿qué importa?
Los hombres no deben poner el culo. Menos aún un tipo importante como el Lambreta, dijo Zequinha.
Un tipo importante hace lo que quiere, dije.
Es verdad, dijo Zequinha.
Nos quedamos callados, fumando.
Los fierros en la mano y nada, dijo Zequinha.
El material es del Lambreta. ¿Y dónde lo usaríamos a estas horas?
Zequinha chupó aire, fingiendo que tenía cosas entre los dientes. Creó que él también tenía hambre.
Estaba pensando que invadiéramos una casa estupenda que esté dando una fiesta. El mujerío está lleno de joyas y tengo un tipo que compra todo lo que le llevo. Y los barbones tienen las carteras llenas de billetes. ¿Sabes que tiene un anillo que vale cinco grandes y un collar de quince, en esa covacha que conozco? Paga en el acto.
Se acabó el tabaco. También el aguardiente. Comenzó a llover.
Se fue al carajo tu farofa, dijo Pereba.
¿Qué casa? ¿Tienes alguna a la vista?
No, pero está lleno de casas de ricos por ahí. Robamos un carro y salimos a buscar.
Coloqué la lata de guayabada en una bolsa de compra, junto con la munición. Di una Magnum al Pereba, otra al Zequinha. Enfundé la carabina en el cinto, el cañón hacia abajo y me puse una gabardina. Cogí tres medias de mujer y una tijera. Vamos, dije.
Robamos un Opala. Seguimos hacia San Conrado. Pasamos varías casas que no nos interesaron, o estaban muy cerca de la calle o tenían demasiada gente. Hasta que encontramos el lugar perfecto. Tenía a la entrada un jardín grande y la casa quedaba al fondo, aislada. Oíamos barullo de música de carnaval, pero pocas voces cantando. Nos pusimos las medias en la cara. Corté con la tijera los agujeros de los ojos. Entramos por la puerta principal.
Estaban bebiendo y bailando en un salón cuando nos vieron.
Es un asalto, grité bien alto, para ahogar el sonido del tocadiscos. Si se están quietos nadie saldrá lastimado. ¡Tú. Apaga ese coñazo de tocadiscos!
Pereba y Zequinha fueron a buscar a los empleados y volvieron con tres camareros y dos cocineras. Todo el mundo tumbado, dije.
Conté. Eran veinticinco personas. Todos tumbados en silencio, quietos como si no estuvieran siendo registrados ni viendo nada.
¿Hay alguien más en la casa?, pregunté.
Mi madre. Está arriba, en el cuarto. Es una señora enferma, dijo una mujer emperifollada, con vestido rojo largo. Debía ser la dueña de la casa.
¿Niños?
Están en Cabo Frío, con los tíos.
Gonçalves, vete arriba con la gordita y trae a su madre.
¿Gonçalves?, dijo Pereba.
Eres tú mismo ¿Ya no sabes cuál es tu nombre, bruto?
Pereba cogió a la mujer y subió la escalera.
Inocencio, amarra a los barbones.
Zequinha ató a los tipos utilizando cintos, cordones de cortinas, cordones de teléfono, todo lo que encontró.
Registramos a los sujetos. Muy poca pasta. Estaban los cabrones llenos de tarjetas de crédito y talonarios de cheques. Los relojes eran buenos, de oro y platino. Arrancamos las joyas a las mujeres. Un pellizco en oro y brillantes. Pusimos todo en la bolsa.
Pereba bajó la escalera solo.
¿Dónde están las mujeres?, dije.
Se encabritaron y tuve que poner orden.
Subí. La gordita estaba en la cama, las ropas rasgadas, la lengua fuera. Muertecita. ¿Para qué se hizo la remolona y no lo dio enseguida? Pereba estaba necesitado. Además de jodida, mal pagada. Limpié las joyas. La vieja estaba en el pasillo, caída en el suelo. También había estirado la pata. Toda peinada, con aquel pelazo armado, teñido de rubio, ropa nueva, rostro arrugado, esperando el nuevo año, pero estaba ya más para allá que para acá. Creo que murió del susto. Arranqué los collares, broches y anillos. Tenía un anillo que no salía. Con asco, mojé con saliva el dedo de la vieja, pero incluso así no salía. Me encabroné y le di una dentellada, arrancándole el dedo. Metí todo dentro de un almohadón. El cuarto de la gordita tenía las paredes forradas de cuero. La bañera era un agujero cuadrado, grande de mármol blanco, encajado en el suelo. La pared toda de espejos. Todo perfumado. Volví al cuarto, empujé a la gordita para el suelo, coloqué la colcha de satén de la cama con cuidado, quedó lisa, brillando. Me bajé el pantalón y cagué sobre la colcha. Fue un alivio, muy justo. Después me limpié el culo con la colcha, me subí los pantalones y bajé.
Vamos a comer, dije, poniendo el almohadón dentro de la bolsa. Los hombres y las mujeres en el suelo estaban todos quietos y cagados, como corderitos. Para asustarlos más dije, al puto que se mueva le reviento los sesos.
Entonces, de repente, uno de ellos dijo, con calma, no se irriten, llévense lo que quieran, no haremos nada.
Me quedé mirándolo. Usaba un pañuelo de seda de colores alrededor del pescuezo.
Pueden también comer y beber a placer, dijo.
Hijo de puta. Las bebidas, las comidas, las joyas, el dinero, todo aquello eran migajas para ellos. Tenían mucho más en el banco. No pasábamos de ser tres moscas en el azucarero.
¿Cuál es su nombre?
Mauricio, dijo.
Señor Mauricio, ¿quiere levantarse, por favor?
Se levantó. Le desaté los brazos.
Muchas gracias, dijo. Se nota que es usted un hombre educado, instruido. Pueden ustedes marcharse, que no daremos parte a la policía. Dijo esto mirando a los otros, que estaban inmóviles, asustados, en el suelo, y haciendo un gesto con las manos abiertas, como quien dice, calma mi gente, ya convencí a esta mierda con mi charla.
Inocencio, ¿ya acabaste de comer? Tráeme una pierna de peru de ésas de ahí. Sobre una mesa había comida que daba para alimentar al presidio entero. Comí la pierna de peru. Cogí la carabina doce y cargué los dos cañones.
Señor Mauricio, ¿quiere hacer el favor de ponerse cerca de la pared?
Se recostó en la pared.
Recostado no, no, a unos dos metros de distancia. Un poco más para acá. Ahí. Muchas gracias.
Tiré justo en medio del pecho, vaciando los dos cañones, con aquel trueno tremendo. El impacto arrojó al tipo con fuerza contra la pared. Fue resbalando lentamente y quedó sentado en el suelo. En el pecho tenía un orificio que daba para colocar un panetone.
Viste, no se pegó a la pared, qué coño.
Tiene que ser en la madera, en una puerta. La pared no sirve, dijo Zequinha.
Los tipos tirados en el suelo tenían los ojos cerrados, ni se movían. No se oía nada, a no ser los eructos de Pereba.
Tú, levántate, dijo Zequinha. El canalla había elegido a un tipo flaco, de cabello largo.
Por favor, el sujeto dijo, muy bajito.
Ponte de espaldas a la pared, dijo Zequinha.
Cargué los dos cañones de la doce. Tira tú, la coz de ésta me lastimó el hombro. Apoya bien la culata, si no te parte la clavícula.
Verás cómo éste va a pegarse. Zequinha tiró. El tipo voló, los pies saltaron del suelo, fue bonito, como si estuviera dando un salto para atrás. Pegó con estruendo en la puerta y permaneció allí adherido. Fue poco tiempo, pero el cuerpo del tipo quedó aprisionado por el plomo grueso en la madera.
¿No lo dije? Zequinha se frotó el hombro dolorido. Este cañón es jodido.
¿No vas a tirarte a una tía buena de éstas?, preguntó Pereba.
No estoy en las últimas. Me dan asco estas mujeres. Me cago en ellas. Sólo jodo con las mujeres que me gustan.
¿Y tú… Inocencio?
Creo que voy a tirarme a aquella morenita.
La muchacha intentó impedirlo, pero Zequinha le dio unos sopapos en los cuernos, se tranquilizó y quedó quieta, con los ojos abiertos, mirando al techo, mientras era ejecutada en el sofá.
Vámonos, dije. Llenamos toallas y almohadones con comida y objetos.
Muchas gracias a todos por su cooperación, dije. Nadie respondió.
Salimos. Entramos en el Opala y volvimos a casa.
Dije al Pereba, dejas el rodante en una calle desierta de Botafogo, coges un taxi y vuelves. Zequinha y yo bajamos.
Este edificio está realmente jodido, dijo Zequinha, mientras subíamos con el material, por la escalera inmunda y destrozada.
Jodido pero es Zona Sur, cerca de la playa. ¿Quieres que vaya a vivir a Nilópolis?
Llegamos arriba cansados. Coloqué las herramientas en el paquete, las joyas y el dinero en la bolsa y lo llevé al departamento de la vieja negra.
Doña Candinha, dije, mostrando la bolsa, esto quema.
Pueden dejarlo, hijos míos. Los del orden no vienen aquí.
Subimos. Coloqué las botellas y la comida sobre una toalla en el suelo. Zequinha quiso beber y no lo dejé. Vamos a esperar a Pereba.
Cuando el Pereba llegó, llené los vasos y dije, que el próximo año sea mejor. Feliz año nuevo.

Rubem Fonseca

Cómo se salvó el mundo

En cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en necesers de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo.

–No sé de qué se trata –se justificó la máquina–. Nunca he oído esa palabra.

–¿Qué dices? ¡Pero si es sodio! Un metal, un elemento…

–Si se llama sodio, empieza con s y yo sólo sé hacer lo que empieza con n.

–Pero en latín se llama natrium.

–Amigo Trurl –dijo la máquina–, si yo supiese hacer todas las cosas que empiezan con n en todas las lenguas posibles, sería una Máquina Que Lo Sabe Hacer Todo en El Alfabeto Entero, porque no hay cosa cuyo nombre no empiece con n en alguna de las lenguas del mundo. ¡Hasta aquí podríamos llegar! ¡No puedo ser más sabia de lo que tú mismo habías programado! Del sodio, ni hablar.

–Está bien –accedió Trurl, y le mandó hacer una nebulosa. La hizo enseguida, no muy grande, pero muy nebular. Entonces Trurl invitó a su casa a Clapaucio y le mostró la máquina, cuyas extraordinarias cualidades y aptitudes alabó y ensalzó tanto, que finalmente Clapaucio se puso nervioso sin que se le notara y pidió permiso para hacer él también algún encargo a la máquina.

–Con mucho gusto –dijo Trurl–, pero la cosa tiene que empezar con n.

–¿Con n? –dijo Clapaucio–. De acuerdo. Que haga todas las Nociones Científicas.

La máquina rugió y la plaza delante de la casa de Trurl se llenó en un momento de una muchedumbre de científicos que discutían, se pegaban, escribían en unos libros gruesos, otros les quitaban esos libros y los hacían pedazos, a lo lejos se veían hogueras en las que se asaban unos mártires de Nuevas ideas, en varios sitios se oían extraños ruidos y se veían humaredas en forma de seta; todo aquel gentío hablaba a la vez, de modo que no había manera de entender una sola palabra, y componía al mismo tiempo memorias, comunicados y otros documentos, y, en medio de aquel caos, bajo los pies de los gritones, unos ancianos solitarios escribían algo sin cesar con letra menuda sobre unos jirones de papel.

–¿Qué te parece? –exclamó Trurl, lleno de orgullo–. ¡No me negarás que es la fiel imagen de las Nociones científicas!

Clapaucio, sin embargo, no se dio por satisfecho.

–¿Este gentío escandaloso tiene algo que ver con la ciencia? ¡No, la ciencia es una cosa muy diferente!

–¡Explícaselo a la máquina, y te lo hará en el acto! –gritó Trurl, enfadado. Pero, como Clapaucio no sabía qué decir, manifestó que si la máquina resolviera satisfactoriamente dos problemas más, reconocería que su funcionamiento era correcto. Trurl accedió a esto y Clapaucio dijo a la máquina que hiciera unos negativos.

–¡Unos negativos! –exclamó Trurl– ¿Qué quieres decir con eso?

–¿No lo entiendes? Es como lo contrario de las cosas –contestó con mucha calma Clapaucio–. Como si volvieras las cosas al revés. No finjas que no lo comprendes. ¡Venga, máquina, a trabajar!

Pero la máquina ya llevaba un buen rato funcionando. Primero hizo antiprotones, luego antielectrones, antineutrinos, antineutrones y no paró de trabajar hasta que hubo creado gran cantidad de antimateria, la cual empezó a formar lentamente un antimundo, parecido a una gran nube de extraño brillo.

–Pse –dijo Clapaucio displicente–, ¿eso son los negativos? Bueno, digamos que sí… para evitar discusiones… Pero ahora viene el tercer encargo. ¡Máquina! ¡Tienes que hacer Nada!

Durante un buen rato, la máquina ni se movió. Clapaucio empezó a frotarse las manos con júbilo, cuando Trurl dijo:

–¿Qué pasa? Le ordenaste no hacer nada, por lo tanto no hace nada.

–No es cierto. Yo le ordené hacer Nada, que no es lo mismo.

–Tienes cada cosa… Hacer Nada y no hacer nada viene a significar lo mismo.

–¡No, hombre, no! Ella tenía que hacer Nada y no hizo nada; de modo que gané yo. La Nada, mi sabihondo colega, no es una vulgar nada, producto de la pereza y la falta de acción, sino una Noexistencia activa, una Carencia perfecta, única, omnipresente e insuperable.

–¡Estás fastidiando a la máquina! –gritó Trurl, pero en aquel momento sonó como una campana de bronce la voz de aquélla:

–¡Olvidad vuestras rencillas en un momento como éste! Sé muy bien lo que es la Noexistencia, el Noser o la Nada, puesto que empiezan por la letra n. Haríais mejor contemplando por última vez el mundo, ya que pronto no existirá…

Las palabras se helaron en la boca de los enfurecidos constructores. La máquina estaba haciendo en verdad la Nada, eliminando sucesivamente del mundo una serie de cosas, que dejaban de existir tan definitivamente como si no hubieran existido nunca. Ya había suprimido natagüas, nupaidas, nervorias, nadolas, nelucas, nopieles y nedasas.

Hubo momentos en que se podía pensar que en vez de reducir, disminuir, echar fuera, eliminar, anular y restar, aumentaba y añadía, ya que liquidó sucesivamente los negativos de buen gusto, mediocridad, fe, saciedad, avidez y fuerza. Sin embargo, se veía alrededor de la máquina y de los dos constructores un vacío cada vez más pronunciado.

–¡Ay! –exclámó Trurl –. Ojalá no termine mal todo esto…

–¡Qué va! –dijo Clapaucio–. Date cuenta de que la máquina no está haciendo la Nada General, sino sólo la Noexistencia de todas las cosas que empiezan por n. Verás que no pasa nada, esta máquina tuya no vale gran cosa.

–Eso es lo que tú te crees –replicó la máquina–. Es cierto que he comenzado por lo que empieza por n porque estoy más familiarizada con ello, pero una cosa es hacer algo y otra, muy distinta, eliminarlo. En cuanto a eliminar, no tengo limitación por la sencilla razón de que sabiendo hacer absolutamente todo lo que empieza por n, hacer la Noexistencia de cualquier cosa es para mí coser y cantar. Dentro de muy poco no existiréis, ni vosotros dos ni todo lo demás; de modo, Clapaucio, que te pido te des prisa en reconocer que soy verdaderamente universal y cumplo las órdenes correctamente. Dilo ahora mismo porque pronto será demasiado tarde.

–Pero es que… –balbució Clapaucio, asustado, dándose cuenta de que, realmente, desaparecían no solamente las cosas que empezaban por n, que dejaron de rodearlos cambucelas, sirlentas, vitropas, grismelos, rimundas, tripecas y pimas.

–¡Para! ¡Para! ¡Anulo mi orden! ¡Ya no quiero que hagas la Nada! –gritaba a todo pulmón Clapaucio; pero, antes de que la máquina se detuviera, desaparecieron todavía grisacos, plucvas, filidrones y zamras. Luego la máquina se detuvo por fin. El mundo tenía un aspecto aterrador. Lo que más sufrió fue el cielo: apenas se veían en él unos pocos puntitos de estrellas. ¡Ni rastro de las preciosas grismacas y guadolizas que hasta entonces habían adornado el firmamento

–¡Grandes cielos! –exclamó Clapaucio–. ¿Dónde están las cambucelas? ¿Dónde mis queridísimas murquías y suaves pimas?

–No las hay y no las habrá nunca –contestó la máquina sin inmutarse–. Cumplí o, mejor dicho, empecé a cumplir tus órdenes y nada más…

–Yo te ordené hacer la Nada, y tú…, tú…

–O eres tonto, Clapaucio, o lo finges muy bien –dijo la máquina–. Si yo hiciera la Nada de un golpe, todo dejaría de existir, no sólo Trurl y el cielo y el Cosmos y tú, sino incluso yo. Entonces ¿quién podría decir, y a quién, que la orden ha sido cumplida y que soy una máquina diestra y hábil? Y si nadie se lo dijera a nadie, ¿cómo yo, que ya no existiría, podría oír las justas palabras de encomio que merezco?

–Bueno, bueno, de acuerdo, no hablemos más de ello –dijo Clapaucio–. Ya no te pido nada, máquina preciosa, sólo te ruego que vuelvas a hacer murquías, porque sin ellas la vida carece de encanto para mí…

–No puedo, no sé hacerlas porque su nombre empieza con m –dijo la máquina–. Puedo, si quieres, reproducir los negativos de gusto, saciedad, conocimiento, amor, fuerza; solidez, tranquilidad y fe, pero no cuentes conmigo para la fabricación de cosas cuyos nombres no empiecen con n.

–¡Pero yo quiero que haya murquías! –chilló Clapaucio.

–Pues no las habrá –dijo la máquina–. Y tú hazme el favor de echar una ojeada al universo. ¿Ves que está lleno de enormes agujeros negros? Es la Nada que colma los abismos sin fondo entre las estrellas, penetra todas las cosas y acecha, agazapada, cada jirón de la existencia. ¡Es obra tuya y de tu envidia! No creo que las generaciones venideras te lo agradezcan…

–Tal vez no lo sepan… Tal vez no se den cuenta… –farfulló Clapaucio, blanco como una hoja de papel, mirando espantado el vacío del cielo negro sin atreverse a soportar la mirada de su colega.

Dejó a Trurl sólo con la máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con n, volvió a hurtadillas a su casa y el mundo sigue hasta hoy día todo agujereado por la Nada, tal como quedó cuando Clapaucio detuvo la aniquilación que había encargado. Y como no se logró construir una máquina que trabajara con otras letras, es de temer que nunca más volverán a haber cosas tan maravillosas como las pimas y las murquías.

 

Stanislaw Lem