José Manuel Castañón había sido capitán en la guerra española. Peleando por Franco habÌa perdido una mano y había ganado algunas medallas.

Una noche, poco después de la guerra, el capitán descubrió, por casualidad, un libro prohibido. Se asomó, leyó un verso, leyó dos versos, y ya no pudo desprenderse. El capitán Castañón, héroe del ejército vencedor, pasó toda la noche en vela, atrapado, leyendo y releyendo a César Vallejo, poeta de los vencidos. Y al amanecer de esa noche, renunció al ejército y se negó a cobrar ni una peseta más del gobierno de Franco.

Después, lo metieron preso; y se fue al exilio.

Eduardo Galeano

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Una mujer muy especial

Greta mira el conducto del ventilador porque le recuerda a las hélices del barco donde trabajó de 1962 a 1965. Fue cocinera en un barco de vela que se dedicaba a trasportar productos ilegales escondidos en zapatos por todo el Atlántico. Dice que le gustaba la sensación de estar en medio del mar y saber que su vida valía lo mismo que la de un pez. La sensación de ser nada. No te des demasiada importancia. Dice que todos los tripulantes de ese barco de vela estaban total y absolutamente pinzados y locos y se mataban los unos a los otros y tiraban los cuerpos al mar. Dice que cantaban fados portugueses y la alababan por la comida que cocinaba. Dice que dormía abrazada a un perro que era igual que el de La Sirenita y también dice que está segura de que las sirenas existen. Dice que mi cara es igual que la de uno de los tipos que trabajaba con ella que era tuerto y no tenía dientes y tenía una cicatriz que iba desde la nariz hasta la sien. Dice que en realidad no sabe muy bien si lo que cuenta es real porque ha distorsionado sus recuerdos y su cabeza ha inventado cosas y ha terminado creyéndoselas. Greta la pirata. Greta la zombi. Greta la economista. Greta la esquinera. Greta la cajera de supermercado. Greta la vampira. Greta la stripper. Greta la locutora de radio. Greta que mira hipnotizada el movimiento automático y perenne del conducto de ventilador porque le recuerda al de las hélices o los delfines. Greta la que ya no cree en nada porque pasó demasiado tiempo creyendo en mentiras. Greta Böfög, nacida bajo el erróneo nombre de Marco Böfög. Una mujer muy especial.

Laura Chivite

Transformación

No era posible, pero pasó; y no de una manera repentina, sino con gran lentitud, no fue un milagro, sino algo muy natural, a pesar de ser imposible. Una chica de nuestra ciudad se convirtió en piedra. Pero es cierto que tampoco había sido una chica normal antes de eso: había sido un árbol. Sabemos que a los árboles los mueve el viento. Pero en algún momento a finales de septiembre comenzó a dejar de moverse con el viento. Pasaron varias semanas y cada vez se movía menos. Después, nunca se movió. Cuando sus hojas caían lo hacían repentinamente y con sonidos terribles. Caían sobre las piedras y a veces se partían en pedazos y a veces permanecían intactas. Salían chispas donde caían y un poco de polvo blanco alrededor. La gente, aclaro que yo no, recogía las hojas y las ponían sobre manteles. Nunca existió una ciudad como ésa, con hojas de piedra sobre cada mantel. Luego comenzó a cambiar de color: primero pensamos que era por la luz. Algo frustrados, a veces algunos rodeábamos el árbol abriendo y cerrando los ojos, boquiabierto –y tan pocos dientes había entre nosotros que también era algo para verse– y decíamos que era la hora del día o el cambio de estación lo que la hacía verse gris. Pero pronto fue claro que ahora simplemente era gris, así nomás, así como hace unos años tuvimos que aceptar que ahora simplemente era árbol y no una chica. Pero un árbol es una cosa y una piedra es otra. Hay límites en lo que puedes aceptar, incluso cuando se trata de cosas imposibles.

Lydia Davis

Fragmento de un diario

[JULIO Y AGOSTO]

lunes 7 de julio

Mi vecino el señor Rojas pareció sorprendido al encontrarme sentado en la escalera. Seguramente lo que llamó su atención fue la mirada, notoriamente triste. Me di cuenta del vivo interés que de pronto le desperté. Siempre me han gustado las escaleras, con su gente que sube arrastrando el aliento, y la que baja como masa informe que cae sordamente. Tal vez por eso escogí la escalera para ir a sufrir.

jueves 10

Hoy puse gran empeño en terminar pronto mis diarias tareas domésticas: arreglar el departamento, lavar la ropa interior, preparar la comida, limpiar la pipa… Quería disponer de más tiempo para elaborar los programas y escoger los temas para mi ejercicio. Es bastante arduo el aprendizaje del dolor, gradual y sistematizado como una disciplina o como un oficio. Mi vecino estuvo observándome largo rato. Bajo la luz amarillenta del foco, debo parecer transparente y desleído. El diario ejercicio del dolor da la mirada del perro abandonado, y el color de los aparecidos.

sábado 12

De nuevo cayó sobre mí la mirada insistente y surgió la temida pregunta del señor Rojas. Inútil decirle algo. Dejé que siguiera bajando entre la duda. Yo continué con mi ejercicio. Cuando oí pasos que subían, un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Los conocía bien. Las manos y las sienes comenzaron a sudarme. El corazón daba tumbos desesperados y la lengua parecía un pedazo de papel. Si hubiera estado en pie me habría desplomado como un títere. Sonrió al pasar… Yo fingí que no la veía. Y seguí con mi práctica.

jueves 17

Estaba justamente en el 7.º grado de la escala del dolor, cuando fui interrumpido cruelmente por mi constante vecino que subía acompañado por una mujer. Pasaron tan cerca de mí que sus ropas me rozaron. Quedé impregnado del perfume de la mujer, mezcla de almizcle y benjuí, viscoso, oscuro, húmedo, salvaje. Llevaba un vestido rojo muy entallado. La miré hasta que se perdieron tras la puerta del departamento. Hablaban y reían al subir la escalera. Reían con los ojos y con las manos. Eran pasión en movimiento. Cerrados en sí mismos ni siquiera me vieron. Y mi dolor tan puro, tan intelectual, quedó interrumpido y contaminado en su limpia esencia por una sorda comezón. Sensaciones pesadas y sombrías descendieron sobre mí. Aquella dolorosa meditación, producto de una larga y difícil disciplina, quedó frustrada y convertida en miserable vehemencia. ¡Malditos! Golpeé con mis lágrimas las huellas de sus pasos.

domingo 20

Fue un verdadero acierto graduar el dolor, darle categoría y límite. Aun cuando hay quienes aseguran que el dolor es interminable y que nunca se agota, yo opino que después del 10.º grado de mi escala, sólo queda la memoria de las cosas, doliendo ya no en acción sino en recuerdo. Al principio de mi aprendizaje creí que era oportuno ir en ascenso, en práctica gradual. Bien pronto comprobé que resultaba muy pobre una experiencia así. El conocimiento y perfección del dolor requiere elasticidad, sabio manejo de sus categorías y matices, y caprichoso ensayo de los grados. Pasar sin dificultad del 3.º al 8.º grado, del 4.º al 1.º, del 2.º al 7.º y, después, recorrerlos por riguroso orden ascendente y descendente… Me apena interrumpir esta interesante explicación, pero hay agua bajo mis pies.

lunes 21

A primera hora llegó el dueño del edificio. Yo aún no acababa de secar el departamento. Gritó, manoteó, dijo cosas tremendas. Acostumbrado como estoy a sufrir injusticias, necedades y mal trato, su actitud fue sólo un reflejo de otras muchas. Se necesitaría de un artista auténtico para conmoverme, no de un simple aprendiz de monstruo. No le di la menor importancia. Mientras gritaba, me dediqué a cortarme las uñas con cuidado y sin prisa. Cuando terminé, el hombre lloraba. Tampoco me conmovió. Lloraba como lloran todos cuando tienen que llorar. ¡Si hubiera llorado como yo, cuando llego a aquellas meditaciones del 7.º grado de mi método, que dicen…!

sábado 26

Con toda humildad confesaré que soy un virtuoso del dolor. Esta noche, mientras sufría hecho un nudo en la escalera, salieron a mirarme los gatos de mis vecinos. Estaban asombrados de que el hombre tuviera tal capacidad para el dolor. Apenas noté su presencia. Sus ojos eran como teas que se encendían y se apagaban. Debo haber llegado con toda seguridad al 10.º grado. Perdí la cuenta, porque el paroxismo del dolor, así como el del placer, envuelve y obnubila los sentidos.

miércoles 30

Estoy tan sombrío, tan flaco y macilento, que a veces cuando algún desconocido sube la escalera, enloquece al verme. Yo estoy satisfecho con el aspecto logrado. Es fiel testimonio de mi arte, de su casi perfección.

domingo 3 de agosto

No sé cómo, ni con qué palabras describir lo que hoy pasó. Aún tiemblo al recordarlo. Fue hace unas horas y no salgo de la sorpresa. El remordimiento que tanto practico ahora cobra novedad y me ha convertido en su presa. Es como si lo hubieran creado justamente cuando yo dominaba la escala completa. Cuando era todo un artista. He caído en un error imperdonable, fuera de oficio, inaudito y funesto. Si una sola vez hubiera dejado de practicar las disciplinas que este arte exige, diría que era la consecuencia lógica, pero he sido observante, fiel…

jueves 7

No sé si podré salir de esta funesta prueba. Hoy trabajé tres horas seguidas (lo cual es agotante y excesivo) en el 6.º grado de mi escala, el más indicado para casos como éste. Sufrí como nunca, tanto que los vecinos me recogieron desmayado al pie de la escalera. Aquí, bajo los vendajes, está la sangre coagulada. Las carnes abiertas. Tendré que aumentar o incluir como variedad del 5.º grado, éste de las heridas reales. No se me había ocurrido antes, quizá fue una inspiración divina esta caída de la escalera. Un abrir los ojos a nuevas disciplinas.

martes 12

No he podido olvidar. Quizá sea castigo a mi soberbia, pues empezaba a sentirme seguro, a soñar que manejaba el oficio con maestría. Lo escribí el sábado 26 de julio. ¡Fatal confesión, las palabras traicionan siempre y se vuelven contra uno mismo! ¡Si sólo lo hubiera pensado! He tenido que practicar hasta el agotamiento los grados 6.º y 9.º, dos horas cada uno. Después tuve que huir precipitadamente a mi departamento, por temor de que aquello volviera a suceder.

viernes 15

¡Otra vez sucedió! Cuando el último sol de la tarde bañaba los peldaños de la escalera. Siento su mano aún entre mis manos que le huían. Su mano tibia y suave. Dijo algo, yo no la oía. Sus palabras eran como bálsamo sobre mis llagas. No quise saber nada. Me estaba prohibido. Pronunciaba mi nombre. Yo no la escuchaba. Mis esfuerzos, mis propósitos y todo mi arte se estrellarían ante su mirada de ciervo, de animal dócil. El arte es sacrificio, renuncia, la vocación es vital, marca de fuego, sombra que se apodera del cuerpo que la proyecta y lo esclaviza y consume… ¡Ni siquiera una vez volví la cabeza para mirarla!

lunes 18

Me arranqué las vendas y la sangre dejó su huella en la alfombra. También sangro interiormente. Recuerdo la tibieza de sus manos. Esas manos que quizás ahora mismo acarician otro rostro. Por primera vez en mucho tiempo no salí a sentarme en la escalera, temía que llegara en cualquier momento. Temía que dispersara mi dolor con su sola presencia.

sábado 23

En la mañana vino el señor Rojas. Pensó que algo me había sucedido al no verme en mi acostumbrado rincón de la escalera. Me trajo unas frutas y un poco de tabaco; sin embargo sospecho que no es sincero en su preocupación. Hay algo secreto y sombrío en su actitud. Quizás intenta comprar mi silencio, yo he visto a las mujeres que mete en su departamento. Quizás quiere…

martes 26

Junto a la puerta cerrada, para sentirme más cerca de la escalera, practiqué el 4.º y el 7.º grados. Oí sus pasos que se detenían varias veces, del otro lado. Sentí el calor de su cuerpo a través de la puerta. Su perfume penetró hasta mi triste habitación. Desde afuera turbaba mi soledad violentando mis defensas. Comprendí entre sollozos que la amaba.

viernes 29

La amo, sí, y es mi peor enemiga. La que puede terminar con lo que constituye mi razón de ser. La amo desde que sentí su mano entre mis manos. Si yo fuera un individuo común y corriente, como el señor Rojas o como el dueño del edificio, me acostaría con ella y sería el náufrago de su ternura. Pero yo me debo al dolor. Al dolor que ejercito día tras día hasta lograr su perfección. Al dolor de amarla y verla desde lejos, a través de una cerradura. La amo, sí, porque se desliza suavemente por la escalera como una sombra o como un sueño. Porque no exige que la ame y sólo de vez en cuando se asoma a mi soledad.

domingo 31

Si solamente fuera el dolor de renunciar a ella sería terrible, ¡pero magnífico! Esta clase de sufrimiento constituye una rama del 8.º grado. Lo ejercitaría diariamente hasta llegar a dominarlo. Pero no es sólo eso, le temo. Son más fuertes que mis propósitos su sonrisa y su voz. Sería tan feliz viéndola ir y venir por mi departamento mientras el sol resbalaba por sus cabellos… ¡Eso sería mi ruina, mi fracaso absoluto! Con ella terminarían mis ilusiones y mi ambición. Si desapareciera… Su dulce recuerdo me roería las entrañas toda la vida… ¡oh inefable tortura, perfección de mi arte…! ¡Sí! Si mañana leyera en los periódicos: «Bella joven muere al caer accidentalmente de una alta escalera…»

Amparo Dávila

Ratones

Hay ratones que viven en nuestras paredes pero nunca entran a nuestra cocina. Estamos contentos pero no podemos entender por qué no vienen a nuestra cocina donde tenemos trampas puestas, y sí van a las cocinas de nuestros vecinos. Aunque estamos contentos, también estamos un poco tristes, porque los ratones se comportan como si hubiera algo malo con nuestra cocina. Lo que hace esto todavía más misterioso es que nuestra casa es mucho menos ordenada que las casas de nuestros vecinos. Hay más restos de comida en nuestra cocina, más migajas en la barra y restos sucios de cebolla pateados por debajo de la alacena. De hecho, hay tanta comida suelta en la cocina que solo se me ocurre pensar que los ratones mismos se sienten intimidados por ella. En una cocina limpia, es un reto para los ratones encontrar suficiente comida noche tras noche para sobrevivir hasta la primavera. Pacientemente cazan y mordisquean hora tras hora hasta quedar satisfechos. Pero en nuestra cocina se encuentran frente a algo tan fuera de su experiencia habitual que no pueden contra ello. Pueden aventurarse y dar algunos pasos, pero al enfrentarse a los abrumadores monumentos y olores, vuelven resignado a sus hoyos, incómodos y apenados de no poder husmear como deberían.

Lydia Davis

La treceava mujer

En una ciudad de doce mujeres vivía una treceava. Nadie aceptaba que vivía ahí, no llegaba ninguna correspondencia para ella, nadie hablaba de ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie devolvía su mirada, nadie tocaba su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el sol nunca brillaba sobre ella, el día nunca atardecía para ella, la noche nunca llegaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín estaba descuidado, su camino no era caminado, nadie dormía en su cama, su comida no se comía, su ropa no se usaba; y aun así, a pesar de todo esto, seguía viviendo en la ciudad sin ningún resentimiento.

Lydia Davis

Toda la vida

“… ¿Y qué con que yo esté todavía chico…? Ustedes son los que dicen que estoy chico… ¿Qué quiere decir estar chico…? Ustedes han hecho la división entre grandes y chicos, porque les conviene… Ustedes se han adueñado de todas las cosas del mundo, y nos las esconden, porque tienen miedo de que nos las llevemos… Sin ninguna precisa razón, como dicen… Sólo por el gusto de quitárnoslas, porque podemos servirnos de ellas mejor que ustedes… ¿Creen que no lo sé…? Y por eso ponen caras severas… ¿No saben que ya descubrí por qué andan siempre con caras largas…? Ustedes dicen que los grandes son personas serias. Nunca ríen. Sus pensamientos son graves, con graves preocupaciones. Se sientan agachados, con la barbilla en la mano y la frente fruncida, como las estatuas de los cementerios. Pero yo sé que no es cierto… Lo hacen para que entre ustedes y nosotros no haya ninguna confianza, para crearse una defensa, para impedir que descubramos su truco… Yo lo sé… ¡Nada de seriedad…! Un día los vi. Los vi por el ojo de la cerradura… ¡No, no me castiguen, no me peguen…! No me pueden castigar, ustedes mismos lo dijeron, antier; yo los oí, cuando no quería tomar el polvito amargo; dijeron que no me podían castigar, porque ahora estoy enfermo… Vi por el ojo de la cerradura… los vi… Los descubrí… Y no estaban tan serios mientras los veía, sin que ustedes lo supieran… Reían, bromeaban, jugaban como nosotros jugamos… Más que nosotros… Igual a muchas otras veces, cuando entro de repente a la recámara de ustedes, cuando todavía no me han visto. Pero luego me ven y cambian inmediatamente de cara, se ponen de nuevo la cara de Padres… ¿Por qué…? ¿Por qué siempre una barrera entre ustedes y nosotros…? ¿Por qué siempre esta barrera que no se ve, pero que nadie puede atravesar…? ¿Por qué siempre este vacío entre ustedes y nosotros, este temor, esta amenaza que nunca se acaba…?
Ustedes nos ven como a enemigos, y nosotros también… Tal vez ya saben que queremos derrocarlos… Que queremos descubrir todo lo que nos esconde… Que queremos convertirnos en los amos… Y cuando sienten que somos cada vez más fuertes, entonces, para detenernos, dicen que estamos enfermos y nos meten a la cama, nos purgan, nos obligan a tomar ese polvito amargo, no nos dejan jugar… Yo sé que los grandes son malos… Y todos los que ustedes llaman chicos, lo sabemos… ¿Pero cuánto tiempo más van a impedirme que salga? ¿Por cuánto tiempo más podrán obligarme a estar en cama…? Otra vez me han tomado el pelo… Mi mamá me dijo durante muchos días que iba a levantarme al día siguiente. .. Me lo decía a diario… Y yo se lo creí porque ustedes dicen las cosas con tanta seguridad, que a uno no le queda más remedio que creerles… Los días siguen pasando, y nada… Por eso comprendí que su promesa era igual a las otras, a las promesas que nos hacen los grandes, las que jamás nos cumplen, porque sólo las hacen para que dejemos de dar lata, cuando sienten que los metemos en apuros y ustedes no saben qué responder… ¿O no es cierto…? Y para que vean que digo la verdad, hace días que mi mamá ya no me dice que me voy a levantar al día siguiente… Ella sabe que yo sé que no me dice la verdad y ya le da vergüenza decir esa mentira… Pero yo voy a levantarme, a como dé lugar… Ya no puedo esperar. Al fin y al cabo, yo sé que no puedo esperar nada de ustedes… Me levantaré, tengo que levantarme… Tengo unos trabajos sin acabar… que no puedo “diferir”, como dice papá… No puedo “diferirlos”… Sí, se trata de trabajos muy serios, muy importantes… ¿Acaso creen que sólo ustedes tienen trabajos muy serios, trabajos muy importantes…? Eso es lo que ustedes andan diciendo para mantenerse aparte, detrás de la barrera que han puesto entre ustedes y nosotros… Ustedes le llaman trabajo a lo que hacen; a lo que nosotros hacemos, le llaman juego… Pero ustedes saben bien que nuestros trabajos son muy serios, mucho más importantes que los suyos, que los nuestros transformarán el mundo, que lo revolucionarán, y tienen miedo… Sí, me levantaré; no podrán impedírmelo… No por las malas, porque ahora estoy enfermo… Y me levantaré aunque me lo prohíban. Me levantaré cuando nadie me vea, cuando nadie me vigile… Debo levantarme, para ir al jardín. Debo ver en qué quedó el castillo y el laberinto que comencé a construir y que ustedes me obligaron a dejarlos a la mitad, porque me metieron a la cama… Si no voy a cuidarlos, otros pasarán por el jardín y los pisarán, los destruirán… Porque los grandes no respetan nuestros trabajos y se entercan en no tomarlos en serio… Y dicen que no son cosa seria, adrede, para poder destruirlos sin sentir ningún remordimiento… Me voy a levantar ahora mismo… No… Mejor mañana… Mañana será otro día y yo estaré más grande… Estaré más grande, más fuerte… Hoy no… Esta mañana, cuando papá se fue a la oficina y mamá le estaba hablando por teléfono al doctor, mientras estaba conmigo la enfermera… Ustedes confían en la enfermera, están seguros de que ella me vigila como lo hacen ustedes… Pero la verdad es que ella no me vigila, y se pone a dormir cuando no están ustedes… Ustedes no lo saben, y ojos que no ven, corazón que no siente… No se dan cuenta de nada… Las cosas no marchan como ustedes quieren, no son como creen, sino todo lo contrario… Pero como no lo saben, poco les importa… La enfermera estaba durmiendo, y quise levantarme de la cama… No, sólo quise sentarme un poco sobre la cama, y saqué una pierna para apoyarla en el suelo… Parecía que me faltaba la pierna… Sentí una especie de vacío a mi alrededor… El viejo de la pared, el que está dentro del marco y fuma su pipa tirolesa, se cubrió de niebla, ya no podía ver su cara… Todo el cuarto parecía estar patas arriba, y empezó a dar vueltas… Y me recosté otra vez sobre la almohada… Creo que la enfermera se despertó, pues sentí que volvía a poner mi pierna sobre la cama… Pero no me morí… Me han dicho otra mentira… ¿No me dijeron que caería muerto si intentaba levantarme? En cambio… Sólo que el cuarto empezó a dar vueltas… Pero mañana estaré más grande… Más grande y más fuerte… Y me levantaré…
Iré al jardín… Iré a ver mis trabajos, que por su culpa dejé a medio terminar… Debo terminar esos trabajos… La fortaleza, el laberinto… Todavía falta mucho, sobre todo en el laberinto: es algo difícil… Es necesario poder entrar en él y no poder salir… Nunca jamás… Cuando termine el laberinto volveré a casa, sólo entonces… Pero quizá no vuelva… Es más: nunca volveré… Al fin y al cabo nunca podré hacer todas las cosas que tengo en la cabeza mientras esté con ustedes… Siempre querrán tenerme sometido, con el pretexto de que todavía estoy chico, de que no tengo juicio, como dicen ustedes con su gusto de pronunciar sentencias, para prohibirme que haga lo que quiero hacer y que nunca haré mientras viva aquí, sometido a ustedes, obstaculizado, envidiado y odiado por ustedes… Debo irme… Lo sé… Ya sé a donde… Si se los digo, me dirán que no… Que son locuras, tonterías… Claro, porque creen que sólo ustedes hacen cosas serias… Si les pidiera permiso para irme, nunca me lo darían… ¿Y para qué pedirles permiso…? ¿Por qué pedir permiso…? ¿Porque son mis padres y debo obedecerlos…? Así dicen ustedes, ¿pero quién inventó estas leyes? Ustedes, por su propia conveniencia… Pero yo sé que es una ley que inventaron ustedes, una ley que les conviene, y yo ya no creo en ella… Me iré sin su permiso, me iré a como dé lugar… Y si en realidad son tan buenos como ustedes dicen, si en verdad me quieren tanto como dicen, entonces no podrán sino aprobarme cuando sepan, cuando vean lo que haré cuando me halle lejos de ustedes… Me aprobarán y admirarán… Sólo entonces comprenderán quién era realmente este hijo, lo que valía… Me iré hasta el otro lado de esa montaña… Cruzaré por ella, por esa cosa oscura que se ve en la cima de la montaña, un bosque pequeño, según la enfermera… ¿Pero qué puede saber la enfermera…? Y detrás de esa montaña hay una ciudad grandísima, totalmente blanca… Llegaré allá y seré grande… Todos me esperan. Y lucharé contra todos, solo… Realizaré trabajos colosales… Seré alto, rubio… Todos me verán, todos me aplaudirán. Y junto a mí estará Matildita…
Me amará mucho y yo la protegeré… Y toda la vida será así… Magnífica… Toda la vida…”
—¿Por qué ha dejado de hablar?
—Ha muerto.

Alberto Savinio