Pido la paz y la palabra

Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

Blas de Otero

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Gone

 

Hoy no me acordé de ti.

La vida siguió

(como siempre).

En la alameda

los árboles

temblaron sus hojas

para dejarlas morir.

Quizás en ese instante

sentí algo

parecido a tu nombre.

Me detuve.

(No era tu voz).

Miré mis zapatos

y calculé el tiempo.

Hace mucho

que no aplasto

colillas encendidas.

 

Lena Yau

Nociones elementales de jardineria

Lluvia

no intentes

reventarme

el cuerpo.

(Él se adelantó).

Usó mis manos

para arrancar

los rosales

sin herirse.

Removió la tierra

agostó las raíces

y tras una cerveza

se fue pisoteando

lo que fuimos.

(No. No miró)

Lava mis ojos

lluvia.

Borra la sangre

llévate el barro

deja el dolor.

Quiero hacer con él

un broche

que me recuerde

(cada día)

que de jardinería nada sé.

 

Lena Yau

Invenciones del viento

Pertenecer. Pertenecerse. Un lugar para estar y un lugar para morir. Sabíamos sin decirlo cuál era el lugar y la cantidad exacta
de aire que había que aspirar para llegar a él.
El viento era el amo, pero era sabio y fuerte y si nos estrujaba demasiado, aún como muñequitos tambaleantes de papel pintado cruzaríamos el río.
Pequeños dioses de viento y de papel. ¿Por qué nos abandonaron? La poesía era el lugar y sigue siéndolo aquí. Pero este llano,
este desierto… Yo no soñaba sino con pinos dorados. Yo pensaba en romper la música y dibujar con palabras el aliento
de los pinos.
Pertenecer. Pertenecerse.
Obtener agua y continuar ensombreciendo el sol con las verdades. Sobrevivir. ¿Es ésto lo que queríamos? Queríamos vivir,
no sobrevivir.
Y qué es el poema sino un puñado de pájaros muertos en la mano.
Y qué es el poema sino un disparo al sol desde detrás de un peñasco de colores.
Y qué es el poema sino sobrevivir entre piedras calcinadas y antiguas.
El laúd está roto y el viento escapó desde el agujero preciado en que lo reteníamos. Hay que inventar un viento.
Hay que inventar un agua en la garganta.
Hay que encontrar esas voces pequeñitas que deambulan por los desiertos como notas escapadas de un pentagrama enrejado, envejecido.
Pertenecer. Pertenecerse. Es esto todo al fin cuanto queríamos.
Un silencio incompleto. Un lugar de ceremonias sencillas y perfectas. Sólo falta que inventemos un viento.

Paulina Vinderman

Despedida de un paisaje

No le reprocho a la primavera

que llegue de nuevo.

No me quejo de que cumpla

como todos los años

con sus obligaciones.

Comprendo que mi tristeza

no frenará la hierba.

Si los tallos vacilan

será sólo por el viento.

No me causa dolor

que los sotos de alisos

recuperen su murmullo.

Me doy por enterada

de que, como si vivieras,

la orilla de cierto lago

es tan bella como era.

No le guardo rencor

a la vista por la vista

de una bahía deslumbrante.

Puedo incluso imaginarme

que otros, no nosotros,

estén sentados ahora mismo

sobre el abedul derribado.

Respeto su derecho

a reír, a susurrar

y a quedarse felices en silencio.

Supongo incluso

que los une el amor

y que él la abraza a ella

con brazos llenos de vida.

Algo nuevo, como un trino,

comienza a gorgotear entre los juncos.

Sinceramente les deseo

que lo escuchen.

No exijo ningún cambio

de las olas a la orilla,

ligeras o perezosas,

pero nunca obedientes.

Nada le pido

a las aguas junto al bosque,

a veces esmeralda,

a veces zafiro,

a veces negras.

Una cosa no acepto.

Volver a ese lugar.

Renuncio al privilegio

de la presencia.

Te he sobrevivido suficiente

como para recordar desde lejos.

Wislawa Szymborska