No saldré viva de mí

yo que supe que era imposible y amé

que enfrenté la soledad y la incertidumbre amando

que no me importó la distancia

ni esperé el momento justo

que tuve el mundo en contra de mi amor y amé

que aprendí a sufrir sin dejar de amar

que me entregué en la primera mirada

sin pensarlo y sin remedio para siempre

que me pierdo de tanto amar y temo

ya no volver a encontrarme más allá de este amor

porque a veces desespero y me maldigo

por amar así tan constante e inútilmente

yo no tengo cura ni perdón ni consuelo mi amor

si no puedo ya nada darte nada seré

sin ti de mí no saldré viva

Rocío Wittib

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Día veintidós, Tu nombre poesía

Y saber luego que eres tú
barca de brisa contra mis peñascos;
y saber luego que eres tú
viento de hielo sobre mis trigales humillados e írritos:
frágil contra la altura de mi frente,
mortal para mis ojos,
inflexible a mi oído y esclava de mi lengua.

Nadie me dijo el nombre de la rosa, lo supe con olerte,
enamorada virgen que hoy me dueles a flor en amor dada.

Trepar, trepar sin pausa de una espina a la otra
y ser ésta la espina cuadragésima,
y estar siempre tan cerca tu enigma de mi mano,
pero siempre una brasa más arriba,
siempre esa larga espera entre mirar la hora
y volver a mirarla un instante después. 

Y hallar al fin, exangüe y desolado,
descubrir que es en mí donde tú estabas,
porque tú estás en todas partes
y no sólo en el cielo donde yo te he buscado,
que eres tú, que no yo, tuya y no mía,
la voz que se desangra por mis llagas.

Gilberto Owen

Día veintiuno, Rescoldos de gozar

Ni pretendió empañarlo con decirlo
esa cuchillada infamante
que me dejaron en el rostro
oraciones hipócritas y lujurias bilingües
que merodeaban por todos los muelles.

Ni ese belfo colgado a ella por la gula
en la kermesse flamenca de los siete regresos.

Ni esos diez cómplices impunes
tan lentos en tejer mis apetitos
y en destejerlos por la noche.
Y mi sed verdadera
sin esperanza de llegar a Ítaca.

Gilberto Owen

Cómo escribir un poema a las tres de la madrugada

Cuando el dolor acucia
cuando el reloj se para
cuando el gato procrea
cuando todo es feliz -menos tú-;
cuando son las tres de la madrugada
y no sabes nada
(si viajarás en taxi o ataúd…)

Te sientas en la cama,
rezas lo que recuerdas
concentrado en quien amas,
y recitas su nombre
entre las sábanas…

Así está hecho el poema
(pero sólo el poema).

Gloria Fuertes

Cuento de invierno

Nadie me desmintió la primavera, ni el ardor de las ascuas, ni el oro de la fiesta.
Pero hace muchos años que habito en esta choza en el medio del bosque,
donde las ramas hablan sin motivo, los silencios son crueles
y en los sueños más bellos se cobijan los lobos.
Tal vez sea la casa de la bruja, o quizás la posada de las ánimas.
No lo sé; lo he olvidado
como se olvida uno las luces y las sombras de costumbre,
o acaso me confunda con el rincón para las penitencias o con el apeadero de los vientos.
Aquí los días tiemblan, tormentosos, porque les temen a las noches;
nunca se asoma el sol, siempre acosado por los largos colmillos del invierno,
y todo cuanto amé se disolvió en las nubes
o me fue arrebatado por unas alas pálidas que llegan y se van
y en cuyas duras plumas se guarece tal vez la eternidad.
¿Cómo llegué a esta cueva sin calor y sin misericordia?
No he dejado guijarros ni migajas de pan como señales de luz para el regreso.
¿Y hacia dónde volver, si todos los caminos me devuelven aquí,
como en los laberintos de los niños perdidos?
Aunque quizás no vuelva de nuevo a este lugar sólo porque algún vértigo me aspire
sino porque lo llevo adherido a mis pies, a mi propia condena.
Lo anticipó la niebla girando con mi paso en el jardín;
lo anunciaba el reflejo de esta casa todavía remota en el estanque;
lo confirma el chirrido de tu llave en la puerta del oxidado amanecer,
cuando ya te aproximas, cuando ya me olfateas, cuando llegas.
Sí, tú, la enemiga invisible con corazón de perro,
sombra de cuervo, rastro de serpiente;
la voraz que consume un poco cada día esta mano que asomo a través de la jaula,
a través de mi cuento, hasta el otro final.

Olga Orozco

El resto era silencio

Yo esperaba el dictado del silencio;
acechaba en las sombras el vuelo sorprenden:e del azar, una chispa del sol,
así como quien consulta las arenas en el desierto blanco.
Él no me respondía, tercamente abismado en su opaca distancia,
su desmesura helada.
Calculaba tal vez si hacer hablar al polvo que fue columna y fue fulgor dorado
no era erigir dos veces el poder de la muerte,
o si nombrar enigmas al acecho y visiones que llevan a otros cielos
no era fundar dos veces lo improbable, como en la vida misma.
Quizás siguiera el juego de unos dados que no terminan nunca de caer,
que giran como mundos extraviados en el vacío inmenso.
Yo aventuraba voces de llamada en la bruma,
sílabas que volvían tal como la paloma del diluvio volvió por primera vez al Arca,
balbuceos deshabitados hasta nadie, hasta salir de mí.
Él crecía entre tanto a costa mía y a expensas de. la Historia,
amordazando al tiempo, devorando migaja por migaja la creación.
Era todos los nombres y era el tigre,
el color del crepúsculo, los mares, el templo de Segesta, las tormentas.
Denso como la noche, contra la noche muda me acosaba.
Y ya no había más. Éramos él y yo.
¿No fue entonces extraño que de pronto lo viera casi como al Escriba
remoto, ensimismado, frente al papel desnudo,
con los ojos abiertos hacia su propio fuego sofocado
y la oreja tendida hacia el sermón del viento y el salmo de la nieve?
Había una sentencia en su página blanca,
un áspero dictado caído de lo alto hasta su mano
“Y haz que sólo el silencio sea su palabra”.

Olga Orozco

Había una vez

Había una vez una casa (no) Había en un tiempo una casa (no) Había en varios tiempos varias casas que eran una sola casa. ¿Era realmente una casa o era un espejo fraguado por los tres tiempos, de modo que cada uno era la consecuencia y el motivo del otro? Sí, como en los caleidoscopios o como en un yo circular a manera de cuarto de vestir, donde la que va a ser con máscara de anciana se probara la máscara de la que fue con máscara de niña, y viceversa y sucesivamente. La máscara de la que es, también, y que sólo se ve desde adentro, desde el revés de todas las máscaras confundidas en una, hasta que se devore eso que habitualmente llamamos rostro y se pueda ver quién es quien lo devora, y entonces supongo que comprobaré lo que sospecho: que no se es uno sino todos.

Pero ahora el tiempo es y aparentemente soy yo sola. En este momento en que voy a nacer, en que voy a regresar, el tiempo y la persona son yo soy. Y la casa está allí, semejante a una piedra de la luna donde el vapor se enrarece para hervir,
se condensa en burbujas que me aspiran hasta el centro de una brasa sepultada en la que voy a entrar para que la eternidad no se interrumpa, para que continúe con este balanceo con que parto no sé desde dónde y me arrojo de cara en el vacío contra los cristales de la oscuridad.

Llegué. Frente al umbral hay un médano que debe pasar por el ojo de una aguja, y detrás un jardín donde comienzan las raíces de la muerte. Todavía no sé hablar; cuando aprenda, habré olvidado el camino por donde vine.

La verja se abre hacia ese interior que desde ahora será afuera. Hay caras en las ventanas, esperándome. Hay figuras que velan: una parte coagulada en la escarcha con que aún me retienen; otra parte, encendida en las luminarias con que nos iremos. La abuela, papá, mamá, tía Adelaida y mis hermanos: Alejandro, María de las Nieves, Laura. Sólo me quedan dos de tantas como había. Tal vez me queden hasta que me vaya.

“¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?”, dicen con voz aguda los pájaros de metal desde lo alto de los paraísos.

“Yo, Lía. Nada más que Lía que vuelve desde el porvenir.”

“No hay nadie, no hay nadie, no hay nadie”, contesta la torcaza de pecho dorado desde el palomar que me corta el camino. Lo disuelvo con un soplo. Detrás está la puerta. No necesito llave para entrar. No perdí la inocencia. Lo he visto escrito sobre las tablas de otra ley. Empujo. Aparece un gran muro que me mira con mirada ciega.

“El mapa, el mapa de humedad y de moho ceniciento donde descifraré en muchas paredes mi destino.”

No puedo quedarme aquí. Debo buscar la puerta. Un paso hacia atrás y da al vacío en el que ruedo cada noche asida a un trozo de fe que me sobrepasa, como una sábana en la que me enredo, o arrastrando las naves de una catedral convertida en un cielo derribado.

“En el fondo hay un jardín”, repito mientras caigo.

“Mamá, madre”, grito. Y ella me arrastra hasta el salón de las recepciones y los duelos. “¿Por qué estoy?” “Porque los niños nacen.” “Nacen, ¿cómo?” “Un hombre y una mujer se unen.” “¿Para siempre?” “Sí, para siempre, porque siempre es una eternidad, generación tras generación.” Y me enseña un abecedario cuya clave está encerrada en un lugar que ignora, y la abuela también, y la madre de la abuela, y la madre. Nadie lo heredará de mí. Yo seré la primera en desconfiar de la trampa de mi condición. Se disolverá en mi sangre: a roja, b bermellón, c rubí, d granate, e púrpura, f escarlata, y así hasta el final.

“Papá, padre”, grito. Y él me arrastra hacia las escaleras en forma de caracol, hacia el corredor de muchas puertas que se abren y se vuelven a cerrar. “¿Por qué estoy?” “No lo sé; nadie te esperaba.” “Y entonces, ¿por qué?” “Un hombre y una mujer se unen.” “¿Para siempre?” “No, siempre es un momento de nunca, generación tras generación.” Y me enseña un cálculo que no significa nada más allá, ni para el abuelo tampoco, ni para el padre del abuelo, ni para el padre. Nadie lo heredará de
mí. Yo seré la primera en confiar en la libertad de su condición. Se resolverá en mi sangre: 1 + 1 igual a 2, 2 – 1 igual a 1, I + 1 igual a 2. 2 – 1 igual a 1, y así hasta el final.

Y en el final después de cada corredor está otra vez la puerta que deja pasar una nervadura de resplandor de abajo arriba a lo largo de toda la hoja que tiembla en medio de la tormenta nocturna mientras tiemblo pero adentro hay un calor que en vano buscaré en otra parte cuando me acerco para reclinar la cabeza junto a las siete cabezas inclinadas sobre un libro de estampas que ya comienza a ser un álbum de fotografías desteñidas o una bola de cristal donde se podría consultar el porvenir porque la niñita encapuchada de azul se ha quedado a solas con el azoramiento y el temor bajo los copos de nieve que se agitan junto al gran muñeco que durará hasta la primavera hasta el amarillo viejo de las partidas de nacimiento que nadie se llevó cuando se fue en el coche confundido con la volanta que avanza cubierta de flores en el Día de los Muertos por el damero vertiginoso de la galería y se une a la otra volanta en la que parto al encuentro de lo desconocido irremediable hacia la irremediable soledad que hay detrás de cada cara a la que llamo con su último nombre para que se vaya cuando ya no está con la misma desesperación apasionada de tener que partir dos minutos después con el mismo hambre de loba con que disputo la porción de desdicha que me corresponde en lugar de costumbre en lugar de piedad para acariciar mi cabeza en el espejo de la primera comunión enemigo del milagro o milagro al revés en el que creo frente a este campo de girasoles que habrá que abandonar en el fondo del sótano aunque a veces me despierte de manera corpórea la mano de mamá que se quedó para siempre bajo las raíces de un rosal después de haberme balanceado en un balanceo que todavía continúo en un adiós mientras parto en el tren vestida de viajera hacia la felicidad que se desliza por la trampa hasta estas cuatro paredes que huelen a pino y dan a un mar con manchas de tigre encerrado en la jaula donde vuelvo a hacer el recuento de mi invulnerable anatomía la misma a través de tantas edades cubiertas con la misma piel debajo de otras manos una mano para ganar la otra para perder y el resultado será el mismo aunque haya apostado el porvenir a un juego que se llama para siempre jamás entre las piedrecitas que guardo como único premio en el cajón de la cómoda donde arde inextinguible adentro de su caja aterciopelada el farol de las luciérnagas recogidas en el parque bajo los eucaliptos en medio de un olor que me arroja a las sábanas rugosas de una cama donde en medio de la fiebre puedo ver la cara de papá llorando sobre la cara desaparecida de Alejandro que se marcha en el carro de Elias y me deja esta cara que robé sin ninguna intención tal vez en el momento en que yo misma regreso de la muerte cuatro años atrás pasando de una tina de agua helada para el cielo a una tina de mostaza que hierve para el infierno no una palangana donde mojo mis pies para morir después del primer castigo reflejado en la tetera de plata donde uno se alarga en una llama que se consume en sí misma rodeada por el empapelado rojo y el roble de un comedor que conozco desde que nací y en el que estoy sentada en medio de la isla para festejar este año nuevo en el que nadie me dice Lía toma tus doce uvas agrias y verdes una por cada mes del año a lo largo de treinta y dos años para que las desgrane como la abuela desgrana su rosario debajo de la carpa de oxígeno y hace señas que nadie comprende sin duda porque no son para acá para este costado de la tapia donde todavía hay un círculo alrededor de unas letras leprosas “DTG” que quizás quieran decir Dios Te Guarde bajo la boiserie con olor a polvo y a gasa y a tartalán de carnaval tan parecido de una lentejuela a la otra de unos ojos a otros ojos cuando uno se mira para encontrarlos de verdad y no para quedarse porque sí y se lleva la polvareda de los años de sequía para esconderlos avergonzada debajo de la cama con hierros y bronces a los que se aferra mientras llora porque se es enana desde la cabeza hasta los pies y porque cada paraíso recuperado de manera particular es un paraíso vuelto a perder entre los nombres propios de los cuadernos siempre asida a los barrotes de madera aferrada al talismán de la fe para izarme hasta el borde de las pesadillas y salir del desván donde se guardan las cabezas cortadas de todas las edades junto al maniquí con las medidas que no sirven para nadie salvo tal vez para esos seres transparentes que aprovechan que ha dado la una y descienden hasta la sala dorada donde las polillas han convertido en momias habitables los sillones en los que debo sentarme de cara a la pared hasta ahogarme en el agua de las mayólicas para expiar mi caída que es la caída de todos la caída de Dios en cada uno que no puede juzgarlo porque es el mismo Dios en tránsito hasta rehacer el cielo por encima de la disconformidad de su primera perfección pues de lo contrario no habría motivo para tenerlo dentro anulando el mal ni para haber venido ni tener que repetir la historia hasta el juicio final que es su propio juicio es decir el de todos reincorporados a la unidad de tiempos y personas de verbos transitivos intransitivos intransitados por la anestesia de la memoria perdida entre la arena donde Laura sepultó su anillo de siete hilos para recordar que es mejor olvidar y yo mi medalla de bautismo con Nuestra Señora del Perpetuo Socorro para saber definitivamente que desde entonces sólo acude cuando se llega al límite de la división de las aguas profundas porque hay que atravesar capas de orgullo hasta la carencia total de la mano izquierda despellejada por la mano derecha a la que busca o de la que huye debajo de la almohada como si fuera otra tabla de salvación o de naufragio y tal vez sea otra en uno mismo como otra mano puede ser y es la continuidad de nuestra propia mano sin nombre que diga mía ni siquiera en el momento en que uno se lanza hacia otra costa para alcanzar al que ama desde este rincón del cuarto al que volvemos inexplicablemente envueltos en piel de dos con la evidencia de la separación aunque hayamos creado este monstruo que nos devora bajo la luz de esta lámpara con flecos de mostacillas verdes y rosadas que se prolongan como un reguero de hormigas hasta un farol de barco carcomido que se apaga cuando se enciende un globo de opalina blanca y el resplandor de los tres corre como una nube desde la ciega revelación hasta la ciega ignorancia reflejada en las tazas para el chocolate de todos los cumpleaños en la porcelana celeste amanecer con la rosa en el fondo entre el vapor de invierno que se pega a los vidrios donde surge vestida de fantasma María de las Nieves con su mejor aullido para atormentarme mejor sin saber que ahora que no está daría los ojos que no querían verla con tal de que volviera con el mismo traje que abandonó entonces por el de treinta años después cualquiera sea el momento en que vuelva a decirme que los niños se forman por las emanaciones de dos frascos destapados para disolverse de la misma manera y pudiéramos hablar de todos estos objetos que están confundidos en los cajones de una cómoda y terminan en precisas reparticiones del corazón esperando una voz que los despierte para decir amén y alzarse presionados en el resorte de su vida secreta o caer disgregados con un ruido atroz de crustáceo que se resquebraja contra el piso ya sin temor de asfixiarse bajo las cascadas de encajes que la abuela teje con una paciencia comparable a la del ángel dé la guardia desvelado al borde de todos los insomnios en que estoy a punto de caer por cortar una flor azul en que veo crecer los herméticos organismos que me acechan sin duda desde lo que puedo ser desde lo que espero no ser porque de pronto me asalta el terror de que aún vivo para trasgredirme en lo que soy para cometer mi crimen y tal vez sea eso lo que me impida juzgar en lugar de la compasión que es pasión compartida sobre todo cuando observo cuidadosamente estas manos tan ajenas aun cuando tengan el dominio de una voluntad que a lo mejor ni siquiera es la mía extendidas blandamente sobre los tatuajes del pupitre que continúa en esta mesa de caoba donde yacen con las palmas hacia arriba a la espera de que alguien me diga nunca más cortando así el círculo de las repeticiones y de las equivocaciones o de que me diga encontrarás eso por lo que excavas sabiendo entonces que no tiene cara de persona ni de evasión sino de Dios último y de todos modos hemos excavado tanto bajo las maderas de uno a otro piso ranura por ranura en busca de una aguja que nos uniera aunque más no fuese en el mismo hilván hasta seguir la línea de un horizonte invisible y comprobar que el suelo podía ser el techo sobre todo cuando uno rueda boca arriba boca abajo por las chapas acanaladas del granero porque hay que alcanzar magistralmente la canaleta de desagüe sin caer al otro lado en una carrera que gana siempre Laura mientras yo soy siempre la niñita rezagada por el vértigo hacia arriba derribada por el vértigo hacia abajo y por el horror al vacío no a la soledad que elegí para no conciliar paciencia y aventura para no ser tú y yo en tibios encuentros sobre el tablón que atraviesa el estanque lado a lado desde un frente de casa a otro frente de casa que se unen y forman varios cuartos debajo de mi frente para guardar la intemperie por la que transito tomada de la mano de tía Adelaida que era un junco y me va a llevar al parque de diversiones con un novio distinto que acaba por morir y habrá que guardarlo con su traje de gala en la vitrina y raspar las iniciales de las alianzas pero aún no lo saben y me permitirán tomar cerveza hasta que empiece a ver girar las luces de Bengala encendidas por el alcohol que alimenta todas las nostalgias con el cielo que va desde el anochecer hasta la madrugada y las proyecta en esta pared donde las sombras chinescas se confunden con las cabezas de los animales que se me contagian cada vez que Alejandro me lleva al jardín zoológico y no consigo recortarlos de los límites de mi propia cabeza con corona de angelito en el día de la procesión o tocado de plumas negras rozando esta otra pared que no me resguarda de las apariciones y permite en cambio todas las desapariciones y contra la que podré llorar siglos aprendiendo a combinar las intenciones perversas y reveladoras de cada imagen sabiendo al final que cada vez creo menos en lo que veo sin que nadie me interrumpa hasta que comprenda que ya es demasiado tarde para volver a colgar un par de pantalones de hombre y una falda mía repetidos hasta la eternidad en la misma percha dentro de este ropero que debe de estar lleno de pañuelitos húmedos estrujados por muchas desesperaciones en el mismo monograma que no significa nada que es una impostura desde el comienzo hasta el final y comienza sin embargo con la letra primera de un nombre que se fundirá sin duda con todo el alfabeto para tener algún sentido pero que hasta ahora es el mismo nombre con el que me llaman para ir a columpiarme al jardín o para anunciarme las grandes desgracias o para amenazarme con los duendes a la hora de la siesta o para que sea yo quien diga nunca más por tres veces antes de que cante el gallo rechazando todo simulacro de adhesión a la felicidad porque aún creo en la conjunción desesperada del sol y la luna sobre la tierra sobre la terraza donde extiendo el tarot y aparece la carta del ahorcado descifrada tantas veces para otros que sin duda son otros tantos yo con la precisión de un despertador que me arroja cada mañana a la misma condena de abrir inevitablemente cuando llaman aun cuando sienta que no hay nadie a menos que todos estemos cayendo hacia el abismo del mismo cielo.

“Mamá, papá”, grito mientras caigo. Veo los dos rostros asomados al borde de la total oscuridad.

Uno avanza como una proa, a prueba de todo lo que se va, envuelto por el halo de lo irrecuperable, labrado por cuchillos que están hechos para tallar la fe, borroso tras las partículas de sombra en que se rompe la luna a los veinticuatro, a los veintiocho, a los treinta y seis años. Pero mamá no es mamá. Es la semilla ignorante de mí misma.

El otro huye como una nave que se va, a prueba de todo lo que queda, envuelto por el halo de lo inalcanzable, labrado por cuchillos que están hechos para quebrar la fe, borroso tras las partículas de luz en que se rompe el sol a los veinticuatro, a los veintiocho, a los treinta y seis años. Pero papá no es papá. Es la semilla ignorante de otros hombres.

Giro como la tierra adentro de este pozo. Algo me aspira. Subo. Mamá, papá, yo: un espléndido eclipse sobre la esperanza de una raza.

Olga Orozco