Yo sabía que tú no me ibas a perder, que amarte era prolongar el dolor, llevar la boca muerta y las manos arriba. Sabía que los helechos en mi camino estaban secos, que existe para condenarme, para que pueda caminar, poner la boca de este presente, del agua en mi pecho, de lo poco en lo que creo y me basta. Yo sabía que no me ibas a perder, porque la sangre no era tuya, porque el pasillo a oscuras no daba a tu puerta, porque no fuiste tú quien llegó tarde, querido, a amor.

Gabriela Rosas

Sin manos

sin piedritas calientes

contra la pared

con la boca cerrada

en las almendras que me dieron la noche

descalza

en la furia

a pecho abierto

sin sonrojo

con todo lo que era tuyo en los labios

en el tallo

yo te amaba

Gabriela Rosas

El hombre se desnuda por toda la casa. Se mece, prepara el café, enciende la televisión, bebe un poco de agua. No me ama lo sé, sigo viva. La cena no siempre es en la boca, me cuenta su parte de la historia, se arrodilla, lo levanto, el mentón, nos mentimos. Pasan dos años. El hombre llora, como un niño llora. Me niega, tres veces me niega, luego me acaricia. Vuelve con girasoles en una bolsa roja, me planta su ternura en la cocina. Lo miro, trae un caballo, sin montura, trae un caballo.

El hombre sabe que el abrazo pequeño me conmueve, me entrega un temblor. Viene a decir que el mar, sus altas olas, sus orillas, no son imaginaciones nuestras. El hombre se duerme sin dar la batalla, la noche se quiebra junto al pecho, el pecho queda solo. No hay nada más triste que la soledad de un pecho que pueda ser amado. La noche sobrevive, el hombre no, el hombre se muere en las caricias.

A oscuras, todo es tan claro.

Gabriela Rosas