El amor

Entre tu cuerpo y tu nombre
está la noche.

Entre tu cuerpo y tu nombre
ladran los perros.

Entre tu cuerpo y tu nombre
caigo al vacío.

Isabel Ezkieta

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Escondite

No sé cuánto tiempo llevo escondida
en el ojo ciego de la escalera. Se han cubierto
las horas de una telilla irisada y triste
como el plato de cocido que me esperaba
en la mesa. La abuela ha dejado de llamarme
y todos comienzan a cenar sin mí.
Algunas noches, las cucharas se detienen
un instante en el aire, como si hubieran
perdido un recuerdo que les fuera necesario,
pero enseguida recobran el movimiento
y solícitas esparcen
calidez y olvido
a partes iguales.

Como un cetáceo cansado de vivir
también la escalera cerrará un día
su inmenso ojo azulado
y ya no estaré a tiempo
de entrar en el comedor
riendo
y gritando
que no era más que un juego.

Gemma Gorga

Clausura

Estoy encerrada en la cuna, no sé
cuántos años tengo. Estoy encerrada en este
despacho, no sé qué hora es. Encerrada
en un somnífero, ya sin preguntas.
Encerrada en un nombre propio -¿quién me invoca,
quién me convoca?-. Encerrada en un planeta
invisible a la lente del telescopio.
Encerrada en un árbol genealógico,
las raíces podridas por un exceso de agua
en los ojos. Encerrada en las cuarenta y cinco
velas del pastel. Encerrada en un saco,
el oxígeno siempre insuficiente,
escaso como las respuestas con sentido.
Encerrada en una caja de zapatos
-de cuando en cuando, una mano piadosa
deja caer cuatro hojas de morera
para hacerme feliz-. Encerrada en mi propio
encierro, en las piedras con las que levanto
la sombra del muro, en la boca y la saliva
que no doy, en esta voz que rueda
paladar adentro, menguando sin prisa,
concentrada, concéntrica, constante.
Como un universo en regresión.

Gemma Gorga

De Senectute

Y nada temí más que mis cuidados
Góngora

No es el mío, este tiempo.

Y aunque tan mío sea ese latir de pájaros
afuera en el jardín,
su profusión en hojas pequeñas, removiéndome
igual que intimaciones,
no dice ya lo mismo.
Me despierto
como quien oye una respiración
obscena. Es que amanece.

Amanece otro día en que no estaré invitado
ni a un instante feliz. Ni a un arrepentimiento
que, por no ser antiguo,
-ah, Seigneur, donnez-moi la force et le courage!-
invite de verdad a arrepentirme
con algún resto de sinceridad.
Y a nada temo más que mis cuidados.

De la vida me acuerdo, pero dónde está.

Jaime Gil de Biedma

Te supe frágil y desnudo…

Te supe frágil y desnudo,
tan frágil eras, tan desnudo
que se quebró tu sombra al respirar.
Abrí la puerta y las voces del agua
adoptaron la forma de tu cuerpo.
Tan leve parecías, tan al borde
de ti
que la noche aprendió
el modo de dormirse sobre el rio.

Chantal Maillard

Deja que suene,

eso que late no es una canción

pero necesito que sigas bailando.

Es tic tac,

pero no es reloj.

Es timón,

es acantilado,

es billete directo al pasado.

Con razón

el corazón

suena a muro taladrado.

Creo que a estas alturas,

he de ser honesta conmigo

y reconocer

que la primera vez que dudé de lo que estaba sintiendo

fue cuando pensé al mirarte:
no te vayas,

o al menos no lo hagas,

todavía.

Qué manera más extraña

de decir “te quiero”

tenemos

aquellos que venimos

lamiéndonos

agotados

las heridas.

 

Loreto Sesma

Poemas kurdos tristes

Leo un triste poema kurdo
Ayer vi un pájaro
muerto en la calzada
Lo llevé suavemente en mi palma
que enrollé con la mano en forma de nido
Lo traje al cementerio
Lo enterré en una tumba pequeña
Hoy vi una rosa aplastada
Llevé sus pétalos arrancados suavemente
Los puse en la tumba del pájaro.
Probablemente, continuaré
leyendo los poemas tristes.

Hussein Habasch