Escondite

No sé cuánto tiempo llevo escondida
en el ojo ciego de la escalera. Se han cubierto
las horas de una telilla irisada y triste
como el plato de cocido que me esperaba
en la mesa. La abuela ha dejado de llamarme
y todos comienzan a cenar sin mí.
Algunas noches, las cucharas se detienen
un instante en el aire, como si hubieran
perdido un recuerdo que les fuera necesario,
pero enseguida recobran el movimiento
y solícitas esparcen
calidez y olvido
a partes iguales.

Como un cetáceo cansado de vivir
también la escalera cerrará un día
su inmenso ojo azulado
y ya no estaré a tiempo
de entrar en el comedor
riendo
y gritando
que no era más que un juego.

Gemma Gorga

Clausura

Estoy encerrada en la cuna, no sé
cuántos años tengo. Estoy encerrada en este
despacho, no sé qué hora es. Encerrada
en un somnífero, ya sin preguntas.
Encerrada en un nombre propio -¿quién me invoca,
quién me convoca?-. Encerrada en un planeta
invisible a la lente del telescopio.
Encerrada en un árbol genealógico,
las raíces podridas por un exceso de agua
en los ojos. Encerrada en las cuarenta y cinco
velas del pastel. Encerrada en un saco,
el oxígeno siempre insuficiente,
escaso como las respuestas con sentido.
Encerrada en una caja de zapatos
-de cuando en cuando, una mano piadosa
deja caer cuatro hojas de morera
para hacerme feliz-. Encerrada en mi propio
encierro, en las piedras con las que levanto
la sombra del muro, en la boca y la saliva
que no doy, en esta voz que rueda
paladar adentro, menguando sin prisa,
concentrada, concéntrica, constante.
Como un universo en regresión.

Gemma Gorga

De Senectute

Y nada temí más que mis cuidados
Góngora

No es el mío, este tiempo.

Y aunque tan mío sea ese latir de pájaros
afuera en el jardín,
su profusión en hojas pequeñas, removiéndome
igual que intimaciones,
no dice ya lo mismo.
Me despierto
como quien oye una respiración
obscena. Es que amanece.

Amanece otro día en que no estaré invitado
ni a un instante feliz. Ni a un arrepentimiento
que, por no ser antiguo,
-ah, Seigneur, donnez-moi la force et le courage!-
invite de verdad a arrepentirme
con algún resto de sinceridad.
Y a nada temo más que mis cuidados.

De la vida me acuerdo, pero dónde está.

Jaime Gil de Biedma

Te supe frágil y desnudo…

Te supe frágil y desnudo,
tan frágil eras, tan desnudo
que se quebró tu sombra al respirar.
Abrí la puerta y las voces del agua
adoptaron la forma de tu cuerpo.
Tan leve parecías, tan al borde
de ti
que la noche aprendió
el modo de dormirse sobre el rio.

Chantal Maillard

Deja que suene,

eso que late no es una canción

pero necesito que sigas bailando.

Es tic tac,

pero no es reloj.

Es timón,

es acantilado,

es billete directo al pasado.

Con razón

el corazón

suena a muro taladrado.

Creo que a estas alturas,

he de ser honesta conmigo

y reconocer

que la primera vez que dudé de lo que estaba sintiendo

fue cuando pensé al mirarte:
no te vayas,

o al menos no lo hagas,

todavía.

Qué manera más extraña

de decir “te quiero”

tenemos

aquellos que venimos

lamiéndonos

agotados

las heridas.

 

Loreto Sesma

Poemas kurdos tristes

Leo un triste poema kurdo
Ayer vi un pájaro
muerto en la calzada
Lo llevé suavemente en mi palma
que enrollé con la mano en forma de nido
Lo traje al cementerio
Lo enterré en una tumba pequeña
Hoy vi una rosa aplastada
Llevé sus pétalos arrancados suavemente
Los puse en la tumba del pájaro.
Probablemente, continuaré
leyendo los poemas tristes.

Hussein Habasch

Análisis de sangre

Me falta hierro. Me sobra música y potasio.

Nadie me entiende yo me visto con la falda de la montaña
lloro por cualquier cosa
espero una caricia como un milagro de pan de oro y vitaminas.

Como carne de yegua. Escucho pasos en mis venas
y me invade la alegría de un nuevo amor como una tropa bárbara.

Ésta soy yo.

Mitad árbol
mitad escalera de caracol

mitad cuenco
mitad callejón de una vida al borde del Adriático

mitad bóveda mitad sombra
mitad contemplación mitad auspicio

mitad moho mitad pureza

mitad fuente mitad balcón
mitad horizonte mitad estructura mecánica

mitad flor de cerezo
memoria cortada por la mitad
mitad monte mitad yo
mitad madonna mitad nieve.

A mí nadie me entiende.
Me dejo sacar sangre y manzanas
tormenta mía
dejo que me ausculten voces del otro mundo
dirijo mi tensión como si fuera una orquesta
sacan agua de mí como de un pozo cardíaco
a veces
oscuramente
incluso sé lo que digo.

Dicen que me falta hierro a mí
pero esta garganta mía
es un metal de transición entre la palabra y el pecho.

Y al contacto con la ternura puedo adquirir un leve timbre oxidado.

En mi sueño ando pastando entre vacas en medio de un campo magnético.
En mi vida real
soy la hija pequeña de un pastor del fin del mundo
mitad bóveda mitad sombra
mitad contemplación mitad auspicio

mitad moho mitad pureza

mitad fuente mitad balcón
mitad horizonte mitad estructura mecánica

mitad flor de cerezo
memoria cortada por la mitad
mitad monte mitad yo
mitad madonna mitad nieve.

Me sacan sangre
me sacan
a mí
nadie me entiende.

Olga Novo

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el
tormento.

Allá donde termine este afán que exige un dueño a
imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda

Tu sonrisa

leés

ese mapa

dentro de mí

el mundo duele

veo cómo

debajo de tu piel debajo de tu músculo

querés alcanzarme

reparar

eso que no rompiste

pero fuiste viendo

poco a poco

cómo me partía

no te gustaba y no te gusta

sentirme rota

y no sabés qué hacer

con ese dolor

me sonreís

esta vez quisiera

sin palabras decirte

me alcanza con que sepas

que todavía

duelo.

Laura Ramírez

Si el hombre pudiera decir

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
Como una nube en la luz;
Si como muros que se derrumban,
Para saludar la verdad erguida en medio,
Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad
de su amor,
La verdad de sí mismo,
Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
Sino amor o deseo,
Yo sería aquel que imaginaba;
Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
Proclama ante los hombres la verdad ignorada,
La verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en
alguien
Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
Alguien por quien me olvido de esta existencia
mezquina,
Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
Como leños perdidos que el mar anega o levanta
Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta,
La única libertad porque muero.

Tú justificas mi existencia:
Si no te conozco, no he vivido;
Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

Luis Cernuda

Desde los cimientos de mi propio yo, yo surjo
desde las cenizas de mi propio yo, yo surjo
Vengo caminando a través de las edades
sin reconocerme y siempre soy yo
He hecho un largo camino hasta encontrarme,
he hecho un largo camino y me encontré.
Soy la que siempre ha sido y será.

Desde el fondo de mí misma, me estaba esperando.
Soy la que siempre fui, pero no me veía.
Soy la que siempre fui, pero no me oía.
La vida en mí brotaba silenciosamente
y yo la desconocía.
Yo estaba ahí desde siempre, esperando.
Desde el fondo de mí misma, surjo.

¿Cómo pretendo sentir si no me creo?
¿Cómo pretendo creer si no me amo?
¿Y cómo pretendo amar si no me siento?

Desde los cimientos de mi propio yo, yo surjo.
Desde la eternidad vengo,
tanto tiempo estuve inventándome
y siempre estaba ahí
desde el fondo de mí misma, surjo.

María Adela Palcos

No decía palabras

No decía palabras,
Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
Porque ignoraba que el deseo es una pregunta
Cuya respuesta no existe,
Una hoja cuya rama no existe,
Un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
Remonta por las venas
Hasta abrirse en la piel,
Surtidores de sueño
Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
Una mirada fugaz entre las sombras,
Bastan para que el cuerpo se abra en dos,
Ávido de recibir en sí mismo
Otro cuerpo que sueñe;
Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
Iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,
Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie
sabe.

Luis Cernuda

Principio de incertidumbre

Por el Principio de Incertidumbre
es imposible determinar
a la vez
la posición y la velocidad de un objeto.

Un paradigma dudoso.
Así como el colibrí en vuelo
a cada instante
pierde un colibrí,
en un mismo acto
se elimina lo que aparece.

Somos
de segundo en segundo
un relámpago
y después otro
y ese espacio no vuelve.

Una sucesión de invisibles.

Vamos detrás de nuestra semejanza
tocándola apenas,

como la nieve.

La unidad y el trayecto son ilusorios.

El principio sería acertado
si no hubieran medido

la ausencia de los cuerpos.

Leopoldo Castilla

una vez conocí un hombre
y luego se murieron todos los hombres
años después llegaste
luego de desandar todo el camino
para reconocer que tenía miedo
un miedo superior a las ciudades
así fue como supe
que ya solo me sirven los jerseys de tu número que sólo me conozco en tu olor en mi hija
que este miedo de ahora
a tu lado es bellísimo

Isabel García Mellado

Estoy cansado

Estar cansado tiene plumas,
Tiene plumas graciosas como un loro,
Plumas que desde luego nunca vuelan,
Mas balbucean igual que loro.

Estoy cansado de las casas,
Prontamente en ruinas sin un gesto;
Estoy cansado de las cosas,
Con un latir de seda vueltas luego de espaldas.

Estoy cansado de estar vivo,
Aunque más cansado sería el estar muerto;
Estoy cansado del estar cansado
Entre plumas ligeras sagazmente,
Plumas del loro aquel tan familiar o triste,
El loro aquel del siempre estar cansado.

Luis Cernuda

No entres al ataúd

Carga tu ataúd siempre
No pienses nunca en la muerte
Pero si de repente te ataca
Pon tu ataúd en el suelo
Engaña a la muerte
Si tu muerte fue inevitable
ve en busca de tu tumba
acuesta tu espalda
no te encierres
duérmete todo el día
y en la noche
fija bien tu estrella.

Hussein Habasch

Otro tiempo vendrá distinto a éste.
Y alguien dirá:
“Hablaste mal. Debiste haber contado
otras historias:
violines estirándose indolentes
en una noche densa de perfumes,
bellas palabras calificativas
para expresar amor ilimitado,
amor al fin sobre las cosas
todas”.

Pero hoy,
cuando es la luz del alba
como la espuma sucia
de un día anticipadamente inútil,
estoy aquí,
insomne, fatigado, velando
mis armas derrotadas,
y canto
todo lo que perdí: por lo que muero.

Ángel González

Debajo de mi voz

FOTOGRAFÍA I

El pájaro muere en cada desplazamiento igual que la LUZ. Cuando decide tomar tierra y cae, las plumas se desprenden de su cuerpo de forma simétrica. Plumas, plumas y más plumas. Sus huesecillos desaparecen con pudor. Sus patas, corruptas, rancias, podridas, hacen que lo sublime muera como en el último trazo de un dibujo infantil. La LUZ, nuevamente reaparece para atravesar su cuerpo de golpes secos. Mayor profundidad de campo. Alas rotas.

FOTOGRAFÍA II

Somos los restos de la mugre. Seres desorientados. “Mamá, tu pequeña hija está sangrando. ¿No lo ves? También tiene vergüenza. También llora por lo perdido, por la chiquilla que tenía infectada el alma”. Nada aparece en movimiento. Las moscas rodean a la carne. La atrapan en un círculo. “¿No ves mi sangre?”La luz del diafragma ha cambiado. Un miedo estéril. Negro. Tal vez violeta. Mi voz habla, habla del autocanibalismo. De la sangre que rodea mis brazos en un ataque de pánico.

FOTOGRAFÍA III
ella – es – más – hermosa – que – las – demás – y – lo – admites. El obturador permanece abierto muy poco tiempo dejando pasar menos luz. Reduces-el-movimiento. Todos tenemos una historia, dices, pero solo-la-quieres-a-ella. Delante de la cámara. Detrás. En el agujero azul donde surgen los bosques de chatarra biológica.

FOTOGRAFÍA IV

Recuerdo aquella vez que desperté y no estabas allí. Recuerdo aquella vez que me encontraste cubierta de sangre. La fotografía bicolor. Recuerdo aquella vez que me sentí tan vacía que decidí que debía romper las cosas más bonitas. El poema habla. Se comunica. Recuerdo aquella vez que aprendí que no hay segundas oportunidades. Todo está muerto, destruido, cuando la casa arde en llamas. La Luz. Recuerdo aquella vez que TÚ, No, no recuerdo aquella vez que TÚ, recuerdo aquella vez que YO, aquella vez que ya no recuerdo. No recuerdo nada y eso está bien. Está bien no recordar. No recordar.

Begoña Callejón

suben los pájaros
están desvencijados
alguien ha reprimido sus dolores durante demasiado tiempo

y hay un lazo azul
que une varias de las situaciones a las que quisiste renunciar

y hay una mesa
con una niña pálida y huesuda que pone todo su empeño de bebé en aprender
a sonreír

Isabel García Mellado

Cumpleaños

Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

Ángel González

Aquí estudias el silencio

como si fuera una lengua extranjera.

Y si practicas bien

sabrás distinguir el dialecto

del día frente al marcado acento

de la noche.

Te aprendes los pájaros de memoria

y también la luz que trastoca

el sentido de la nada.

No podrás nunca expresarte

con naturalidad en esta lengua.

Pero te sorprenderá siempre su verdad.

Lees los árboles, las montañas en el original

Preguntas: “¿qué tengo yo que decir en esta lengua?”

El animal herido en lo más profundo de ti no contesta.

Guarda silencio.

Katerina Angelaki-Rooke

Aquí, Madrid, mil novecientos
cincuenta y cuatro: un hombre solo.

Un hombre lleno de febrero,
ávido de domingos luminosos,
caminando hacia marzo paso a paso,
hacia el marzo del viento y de los rojos
horizontes ­y la reciente primavera
ya en la frontera del abril lluvioso…­

Aquí, Madrid, entre tranvías
y reflejos, un hombre: un hombre solo.

­Más tarde vendrá mayo y luego junio,
y después julio y, al final, agosto­.

Un hombre con un año para nada
delante de su hastío para todo.

Ángel González

«Cuando trato de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único; que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándolos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los goces del arte y de la vida, sus tareas siempre pesadas, jamás fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por sí mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos. Hospes Comesque.»

Marguerite Yourcenar

El fantasma

Blancas y finas, y en el manto apenas
visibles, y con aire de azucenas,
las manos –que no rompen mis cadenas.

Azules y con oro enarenados,
como las noches limpias de nublados,
los ojos –que contemplan mis pecados.

Como albo pecho de paloma el cuello,
y como crin de sol barba y cabello,
y como plata el pie descalzo y bello.

Dulce y triste la faz, la veste zarca…
Así, del mal sobre la inmensa charca
Jesús vino a mi unción como a la barca.

Y abrillantó a mi espíritu la cumbre
con fugaz cuanto rica certidumbre,
como con tintas de refleja lumbre.

Y suele retornar y me reintegra
la fe que salva y la ilusión que alegra,
y un relámpago enciende mi alma negra.

Salvador Díaz Mirón

Rimbaud

Las noches, los puentes del ferrocarril, el mal cielo,
sus horribles compañeros no lo supieron,
pero en aquel niño la mentira de la retórica
reventó como una cañería: el frío había hecho un poeta.

Bebidas que le pagaba su débil y lírico amigo
sus cinco sentidos sistemáticamente desarreglados,
a todo el habitual absurdo pusieron fin;
hasta que de la lira y la debilidad se separó.

El verso era una dolencia especial del oído,
la honestidad no era suficiente; aquello parecía
el infierno de la infancia: debía probar otra vez.

Ahora, galopando a través de África, soñaba
con un nuevo yo, un hijo, un ingeniero,
su verdad aceptable para los mentirosos.

Wystan Hugh Auden

Saga de la familia

En todas las casas
siempre habitará un poeta
con una hermana (que no es poeta)
que le dirá
que escriba una biografía
sobre su familia.
En todas las casas
habitará una poeta
—loca además—
como aquellas que sostienen
a duras penas
sus propias biografías desdeñables:
Ellas avizoran pasados autistas
mujeres que dicen palabras soeces
dan tumbos a medianoche.
En todas las casas
habitará un primo lejano
—que vive en otro país—
y que busca (en inglés)
la génesis de la familia.
Conoció, hace años,
a esta pariente esquizoide
(tan callada, tan lejana —dijo—)
(«So quiet, So withdraw»).
No la reconoció en su última foto.
(«lucía tan diferente»)
(«She looked so different,
so atractive, so outlocket»)

En todas las casa
habitará una hermana poeta
—loca además—
que busca su propia desdeñable
génesis
(aquella que ya conocemos).
En todas las casas
habitará una hermana
que le pedirá a su hermana poeta
que escriba la historia
de la familia.
Esta poeta (loca de la casa)
pasará a formar parte de esta saga
el día en que deje el teléfono desconectado
en el filo de la madrugada.

Martha Kornblith

La ilusión de la llegada

Serán los bienaventurados, quienes no llegan a nada, serán los bienaventurados, los perdidos siempre

Ellos dejaron sus patrias,
se llevaron sus ilusiones,
sus recuerdos dolorosos como una carga pesada.
Agitaron sus pañuelos a la ausencia que se derritió.
Engañaron a la muerte y se arriesgaron en la
inatención
En sus hombros levantaron lo que quedó de las gacelas de esperanza
Voltearon sus cabezas hacia países donde nunca
llegaron.
Caminaron mucho,
Caminaron hasta que la barba se extendió bajo
sus pies.
Nadie dijo, nos cansamos, tomemos un tiempo de contemplación.
Se perdieron en el camino, se dieron cuenta que no hay solución ni esperanza, ni un guía que les
proteja de la pérdida.
Se sentaron en el temor, relataron sus cuentos
tristes a las montañas que se estremecieron.
Se durmieron por cansancio, no despertaron. Pero a través de las pesadillas seguían las esperanzas del camino.
El camino que devoró sus sueños, que defraudó y humilló sus rodillas.
Murieron dejando en sus pechos perforados, las fotografías asustadas de sus niños
y el resto de sueños viejos que inspiraba su imaginación como una ilusión eterna.

Hussein Habasch

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit.

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit. La naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia, un dios mira las cosas desde lo alto. Atormentaba con los dedos el engarce de un anillo en el cual, cierto día de amargura, había hecho grabar aquellas tristes palabras. Iba aún más allá en el desencanto y quizás en la blasfemia, y terminaba por encontrar natural, si no justo, que tuviéramos que perecer. Nuestra literatura se agota, nuestras artes se adormecen; Pancratés no es Homero, Arriano no es Jenofonte; cuando quise inmortalizar en la piedra la forma de Antínoo, no pude encontrar un Praxiteles. Nuestras ciencias están detenidas desde los días de Aristóteles y Arquímedes; los progresos técnicos no resistirían el desgaste de una guerra prolongada; hasta los más voluptuosos de entre nosotros sienten el hartazgo de la felicidad. Las costumbres menos rudas, el adelanto de las ideas durante el último siglo, son obra de una íntima minoría de gentes sensatas; la masa sigue siendo ignara, feroz cada vez que puede, en todo caso egoísta y limitada; bien se puede apostar a que lo seguirá siendo siempre. Demasiados procuradores y publicanos ávidos, senadores desconfiados y centuriones brutales han comprometido por adelantado nuestra obra; los imperios no tienen más tiempo que los hombres para instruirse a la luz de sus faltas. Allí donde un sastre remendaría su tela, donde un calculista hábil corregiría sus errores, donde el artista retocaría su obra maestra todavía imperfecta, la naturaleza prefiere volver a empezar desde la arcilla, desde el caos, y ese derroche es lo que llamamos el orden de las cosas.

Memorias de Adriano (fragmento)

Marguerite Yourcenar

Toque

¿Dó está la enredadera que no tiende
como un penacho su verdor oscuro
sobre la tapia gris? La yedra prende
su triste harapo al ulcerado muro.

¿Dó está el césped gentil que no tapiza
la tierra en torno del desierto albergue?
Cual ralo vello que el pavor eriza
salvaje esparto en derredor se yergue.

¿Dó está el árbol simbólico y risueño
que un tiempo fue para el lacerto jira,
para el ave palacio, para el sueño
canción de arrullo y para el viento lira?

Tronco desnudo, bajo el doble azote
de la lluvia y del ábrego, se eleva:
aguarda aún que de su costra brote
arrollada y derecha la hoja nueva.

Y abierto en cruz como en señal de duelo,
semeja en medio de la hierba lacia
un esqueleto que levanta al cielo
sus secos brazos, implorando gracia.

¡Oh linfas gratas al saúz doliente!
¡Cuán lentas, cuán mermadas, cuán distintas,
cuán lánguidas os miro al sol poniente
de cuyas luces reflejáis las tintas!

¡Cuál se arrastra en el fondo del barranco
vuestra corriente por las piedras rota,
bajo el vapor que como el humo blanco
del perfumero en el santuario, flota!

¡Oh infausta soledad que eres ejemplo
de mudanza y dolor! ¡Con qué sombrío,
con qué punzante júbilo contemplo,
ay, que tu cambio corresponde al mío!

Salvador Díaz Mirón

La noche como harapo asfixiando mi cuerpo

Me intranquiliza la negrura de cielos y océanos
la mudez de estas paredes durmientes.

Intento tocar el error de mi sangre.
Qué peligrosa, la noche. Cuánta infinitud.

La noche, qué desértica. Cuánto espacio para caer.

¿Cómo se elimina lo errado? ¿Cómo se dirige
esta orquesta de violines violas y violonchelos
desafinados que me dañan? ¿Cómo se abandona?

Sandra Martínez

Imaginar los sitios posibles donde estabas…

…en un rincón del año..

V. Huidobro

Imaginar los sitios posibles donde estabas,
verte llegar sin noche a La Tertulia,
reconocer tu voz apresurada
al contar una anécdota
o preguntar por mí,
saber que nos mirábamos antes de conocernos,
son capítulos largos de mi vida.

Supongo que también te dejarán a ti
este mismo vacío,
esta impaciencia por estar sin nadie
mientras se nos olvida
todo el calor que duele de olvidado.

El naufragio es un don afín al hombre.
Después de que sucede
suelen tener las huellas
esa incomodidad que tienen las mentiras,
el recuerdo es un dogma,
la soledad el pecho que tú me acariciaste.

Pero cambiando de conversación
el tiempo -buen amigo
que deforma el pasado como el amor a un cuerpo-
hará que cada día no parezca un disparo,
que volvamos a vernos una tarde cualquiera,
en un rincón del año y sin sentir
demasiada impotencia.

Será seguramente
como volver a estar,
como vivir de nuevo en una edad difícil
o emborracharnos juntos
para pasar a solas la resaca.

Igual que quemaduras debajo de los dedos,
en un segundo plano
seguiremos presentes y esperando
ese momento exacto del náufrago en la orilla,
cuando al salir del mar
me escribas en la arena:
«Sé que el amor existe,
pero no sé dónde lo aprendí»

Luis García Montero

Desde hace algunos años se supone que gozo de una extraña clarividencia, que conozco sublimes secretos. Es un error, pues nada sé. Pero no es menos cierto que en aquellas noches de Bethar vi pasar ante mis ojos inquietantes fantasmas. Las perspectivas que se abrían al espíritu en lo alto de las colinas desnudas eran menos majestuosas que las del Janículo, menos doradas que las del Sunión; eran su reverso, su nadir. Me repetía que era vano esperar para Atenas y para Roma esa eternidad que no ha sido acordada a los hombres ni a las cosas, y que los más sabios de entre nosotros niegan incluso a los dioses. Esas formas sapientes y complicadas de la vida, esas civilizaciones satisfechas de sus refinamientos del arte y la felicidad, esa libertad espiritual que se informa y que juzga, dependen de probabilidades tan innumerables como raras, de condiciones casi imposibles de reunir y cuya duración no cabe esperar. Destruiríamos a Simeón; Arriano sabría proteger a Armenia de las invasiones alanas. Pero otras hordas vendrían después, y otros falsos profetas. Nuestros débiles esfuerzos por mejorar la condición humana serían proseguidos sin mayor entusiasmo por nuestros sucesores; la semilla del error y la ruina, contenida hasta en el bien, crecería en cambio monstruosamente a lo largo de los siglos. Cansado de nosotros, el mundo se buscaría otros amos; lo que nos había parecido sensato resultaría insípido, y abominable lo que considerábamos hermoso. Como el iniciado en el culto de Mitra, la raza humana necesita quizás el baño de sangre y el paisaje periódico por la fosa fúnebre. Veía volver los códigos salvajes, los dioses implacables, el despotismo incontestado de los príncipes bárbaros, el mundo fragmentado en naciones enemigas, eternamente inseguras. Otros centinelas amenazados por las flechas irían y vendrían por los caminos de ronda de las ciudades futuras; continuaría el juego estúpido, obsceno y cruel, y la especie, envejecida, le incorporaría sin duda nuevos refinamientos de horror. Nuestra época, cuyas insuficiencias y taras conocía quizá mejor que nadie, llegaría a ser considerada por contraste como una de las edades de oro de la humanidad.

Memorias de Adriano (fragmento)

Marguerite Yourcenar

La muerte del poeta

Como un siglo vestido,

la oquedad hondea mis razones,

tiempo de gloria y ocaso.

Las otras tres, aquellas lejanas,

danzan un sueño

en el suelo ovillado.

Dime, poesía:

¿cuántas razones te bastan para tu piel descalza?

Lengua titubeante y celosa,

muerde la abadía y el polvo: ¡Danza!

Rasgada con tu sed,

haz de mi sueño un retorno a paraísos

(escrutinio de abriles consumados):

en mi tarde de invierno

la boca en flor.

Jasmín Cacheux

En vez de lágrima

I
Hugo Ania Mercier: yo te quería.
A tu cuerpo de hombre agonizante
que irradiaba dolor como un diamante,
a tu paso que insiste todavía,

a tu lengua -clavel de la ironía-
que aún esconde callada sed punzante;
a tu mano, nerviosa, azul, de amante
cuya noche del tiempo siempre es mía;

a tu verso que llora aunque me cante,
a tu pila de huesos, insultante,
a tu alma cayéndose de fría

que compuso la muerte en un instante:
¿qué les puedo decir, cicatrizante
de esa augusta verdad que te envolvía?

II
Entre libros te guardo casi seco,
mi animal luminoso, mi demente,
y tu voz que está viva sigue ausente,
mi juguete sin cuerda, mi tareco.

En la paz misteriosa de unos nichos
sin querer ya zafarme de tu frente,
alelada de amor pero impotente,
te he dejado otra vez entre los bichos.

Ah, mi niño de trapo, lis siniestro,
no te puedo rezar ni el padrenuestro.
Ah, ternura que el diablo siempre arranca,

si tenías la luz que maravilla:
¿por qué huiste de nuevo a la semilla,
por qué mataste esa paloma blanca?

III
Nos veremos -dijiste- y tu recado
de poeta infeliz, tonto profundo,
me condena a buscar en otro mundo
ese sueño de ayer que no ha pasado.

¿Fue una cita final o fue un aroma
que me sigue cuidando las entrañas?
¿Fue este poco de fe con que me bañas;
fue, mi hermano de todo, alguna broma?

Ya no tienes la fístula terrible,
ya no tienes soriasis ni enfisema
ni neurosis ni polio ni agonía.

Ya eres lejos, memoria, no, imposible.
estás sano en la gloria del poema.
Hugo Ania Mercier: yo te quería.

Carilda Oliver Labra

Desintegration

Una mano rompió en trozos diminutos este instante
volaron los pedazos
sin que pudiera impedirlo
en todas direcciones

Me repito el presente es lo único que existe
hasta el hastío
porque el hastío de vivir
déjame decirte
nos alcanza en algún punto del camino
cuando vuelve a sentir hambre
…….de nosotros

Violeta Villalba

Contigo bailaría una pieza lenta

Contigo bailaría una pieza lenta

Daría un paso

Una habilidad de mundo con recortes y alientos que se

noten.

Daría la vuelta, la visita al frío de un ventanal

donde se huye otra vez de aquella música

que me colocaste a la mañana.

Con la pieza lenta que recorta el espacio, la edad de uno

Y el tiempo perdido.

Y bailaría lo lento con su forma: al giro dado,

al paso de dos, la vida corta.

Bailaría lento contigo la pieza que se oblicua,

que se inclina hacia el paso, al pasadizo, a los hoteles,

los pasillos, los pasados.

No iría con mis pasos hacia ninguna parte, iría hacia la ida

que provoca la vuelta.

Ya no hay tiempo para olvidar pasillos sobre los pasos

cortos que van hacia la pieza.

Bailaría lento como decir: se escucha la música de calle,

la visita y el humo que florece.

Entraría como se dice juntos sobre la misma pieza,

en el mismo piso que se baila,

en la misma sala, en la misma madera que se pisa.

Lo contigo, lo lento es un decir.

Se canta con el cuerpo

Se ama con la ronda baja.

Juano Villafaño

El deseo

Ella en el río Esmeraldas, año 1976.

Un caballito de fuego sobre el río

y la blusa de su cuerpo en una sombra que indica el sentido

del sol

invadida de arenas y situaciones anónimas

sobre la fiesta en que el jinete se enciende para quebrar

los vidrios

y corren en tus piernas

esos caballos que saltaban el agua.

Sobre el río que la tarde inventa

los cascos y los dueños azules

el dolor de la máscara y tu boca tendida

en un rouge rojo suspendido en el aire

al aliento que despedía la isla y marcaba los espejos.

Te devoraban encima

pequeños animales

en la quietud del espanto y la humedad del deseo.

No es inoportuno ahora terminar

iniciar otra historia llena de caballos

de otro tiempo de tarde

de arenas

de tu cuerpo armado de fuego sobre el río.

Juano Villafañe

tiene que haber un lazo rojo en algún sitio
entre los hospitales inmensos fantasmas
se ve un anciano tremendamente sólo
que se pregunta cómo ha llegado hasta aquel sitio
yo busco desesperada el lazo rojo y no lo encuentro sé que tenía un color muy intenso
y me da miedo que pierda algo de brillo
el anciano arranca a llorar como una locomotora
y no entiendo por qué no quedan nubes y él está triste mi sombra se encoge al recordar algo
del cielo cuelgan frases como ropa tendida

“rompimos los relojes”
y tú al final de un túnel del que salí reptando con tu mirada limpia me devuelves la imagen: soy yo, tengo tres años, bailo muy torpemente mi pelo está enredado en un lazo muy rojo beso una foto antigua que contiene tu rostro
el viejo en la ventana me observa atentamente y se sonríe

Isabel García Mellado

Parque de los periodistas

Ella le llevaba sus almuerzos al parque

-debe ser hermoso para los pájaros que ella vaya

le lleve sus asuntos

su pollera.

Él debe almorzar sobre su falda

hacer las lágrimas de un trabajo duro

porque ella sabe que el amor es difícil

y hay que almorzar para dolerse.

Yo sólo paso y la miro tenue

-también tendré un almuerzo sobre el parque

a todos nos toca un amor debajo de los pájaros

a todos nos toca

el combate arriba de la tierra.

Juano Villafañe

Ella

Ella podía enamorarse a las tres de la tarde

salir con su blusa al mundo

o mirarse al espejo.

Ella era esbelta

difícilmente esbelta

más próxima al amor que a los objetos.

Ella podía abandonar el dolor

salir una mañana

terminar agotada

y agotarme.

Ella podía darse vuelta sobre sí

abrir la puerta

contemplarme.

Por eso es preciso beber, olvidar, dormirme,

alcanzar de nuevo este silencio.

Juano Villafañe

Vengo de una rutina de silencios,

de miedos tintineantes,

de complejos que acabaron convirtiendo el oro en barro.

Me dijeron que el futuro se labraba,

y yo por mucho que miro

sólo encuentro temor

y ningún motivo

para seguir contando mis pasos.

¿Por qué el camino

para que cuente como vida

se ha de hacer llorando?

Loreto Sesma

se espera
que un pájaro sediento
reniegue
de la abstracción del canto

que el corazón dé un salto
y de pronto sepa
estrictamente
nada

que algún dolor encuentre
formulación ninguna

tiempo hace que no hace
más que un vacío atronador

el mundo sin su mundo
en franjas de infinito

y es tanto
tan poquísimamente
lo que el pájaro escrito

sabe traducir

tan muda
su líquida visión
atada a la prosodia

se espera siempre
lo que no puede
esperarse

se va de medio cielo
a gracia plena
……….a plena plaza humana

y allí se busca
corregir los discursos
del anhelo y la falta

se espera que el círculo
coincida con el centro
y el centro
con los intervalos

que las piedras se afilen
con cada fracaso

que las notas del pájaro
hagan de la herida

herida necesaria

María Negroni

Sai Baba

Una cobra
en las sábanas del niño
entre los campos de palmeras y arrozales
la quieta cobra que en su cuello tiene al cosmos
el rey de las serpientes
está en la cuna de Sathya Narayana Rayu
hijo de campesinos
en una aldea de piedra y paja en Puttaparthi

habla a los animales
a los cebúes y a los cerdos a las ratas y los perros del campo
en una acequia cae desmayado un día qué lo picó
cuando despierta es otro
ahora canta en sánscrito a veces ríe o llora de la nada
habla de árboles frutales que no conoce nadie
y pide que hagan ceremonias porque los dioses dice
están pasando ahora por el cielo

un exorcista
mata a un cordero y a un faisán
lo sienta en la mitad del campo traza un círculo de sangre
le rapa la cabeza le hace tajos
lava las heridas
con jugo de limón y ajo pero Rayu no habla
ahora su padre tiene miedo agarra un palo grita sos un loco
sos un dios o un fantasma

una mañana
se levanta y llama a su familia
les da flores y frutas que saca de la nada y dice
soy la reencarnación
del santo faquir musulmán
mi linaje y mi clan son sagrados yo soy
Sai Baba
divino padre divina madre

Daniel Lipara

Cuando, dormida tú, me echo en tu alma
y escucho, con mi oído
en tu pecho desnudo,
tu corazón tranquilo, me parece
que, en su latir hondo, sorprendo
el secreto del centro
del mundo. Me parece
que legiones de ángeles,
en caballos celestes
-como cuando, en la alta
noche escuchamos, sin aliento
y el oído en la tierra,
trotes distantes que no llegan nunca-,
que legiones de ángeles,
vienen por ti, de lejos
-como los Reyes Magos
al nacimiento eterno
de nuestro amor-,
vienen por ti, de lejos,
a traerme, en tu ensueño,
el secreto del centro
del cielo.

Juan Ramón Jiménez

Puertas

Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias
Álvaro de Campos

Vuelve

aunque duela, vuelve.

A buscar los restos de lo que dejaste

infancia,

raíces,

hojas de algún árbol,

pedazos de espejos de adolescencia.

No vuelvas ¿a qué?

¿Qué parte de tu alma acompaña a tu ser?

¿La triste, la alegre, la que naufragó

en el mar profundo de la desmesura?

Mientras vos deambules

y flaqueen tus piernas

¿qué brazos cargarán tu morral de dolor?

Vuelve, no importa.

Con tu vida transcurrida

en paisajes ajenos,

en mares subterráneos

vuelve a lo conocido

a las fotos de la memoria,

puertas abiertas a los recuerdos.

¿Para qué el viaje?

Hallarás fantasmas

verás reflejados

surcos de vida en tu piel

y en tu alma

¿Si la brújula del tiempo se perdiera

de qué hablarás con esos extraños?

Buscarás las calles

tendrán otro nombre.

Buscarás tu casa

y no existirá.

Ya no habrá vecinos que te reconozcan

ventanas y zaguanes

estarán cerrados.

¿Qué sería mejor?

¿Que encontrara el refugio del pasado intacto

y ella en mil pedazos sin saber quién es?

Arma el rompecabezas de tu presente,

aunque falten piezas y no encuentres puertas

habla con el tiempo

y vuelve.

Liliana Barrenechea

cuando llegué a la montaña ya era vieja
y no sabía correr

pero esas flores
tan brillantes
me dijeron:
“tu vida ha sido así,
tú has sido feliz a través de todas las cosas”

pensé en la diferencia entre “a pesar” y “a través”

las flores
sabían demasiado

Isabel García Mellado