Clitemnestra

Los lazos de la sangre se entrelazan y tuercen como la red, como la serpiente.Y todo es confusión. Una maraña donde los sentimientos se entreveran y el odio es la imagen del amor que el azogue devuelve mal. Quizá se nazca con una certeza que el tiempo termina por destruir antes de acabar ahogado en esa trama. Las leyes de los hombres y de los dioses no contemplan sitio para la tolerancia. Las leyes deben ser tomadas por el puño, de la misma manera como se empuña el cuchillo mientras el corazón se endurece.
Clitemnestra, hija de Leda y del rey Tíndaro, debió recorrer el camino inicuo en que se debatió su alma desgarrada. Qué fácil juzgar las acciones terribles que la rodearon. Qué fácil parece desechar su dolor. No hay espacio para la indulgencia. El poder prevalece, bien debió aprenderlo ella a quien nadie advirtiera que la vida está sujeta a los horrores de la sangre. De la sangre confundida, de esos lazos de familia que se cercenan por la fuerza. Una rodela de hierro la res-guarda por dentro.
¿Por qué los asuntos de Estado en los que se apo-yan las sinrazones de los hombres son en una mujer repudiados sin piedad? ¿Es que sólo queda acatar, obedecer ciegamente, y luego, cerrar los ojos del co-razón atribulado? Clitemnestra va a tender la vista en otra dirección. Va a aferrarse al poder, para así con-servar la vida. ¿Es esto tan reprobable?
El amor acaba por transformarse en odio. No se vislumbra alternativa que reconstruya en los escom-bros. La fuerza se impone más allá de las razones. Y con la sangre fresca del esposo, del hijo sacrificados en aras de la ambición, la joven viuda, reina de Argos, debe compartir el lecho con el vencedor, con aquel que la despojó de la trama inocente de sus sueños. Sí, hay que creerlo. Clitemnestra tiene derecho a guardar rencores en su alma, mientras su cuerpo recibe al vencedor que usurpa el sitio tomado por la fuerza. Pero el pueblo olvida y rinde pleitesía al nuevo sobe-rano. La memoria de los pueblos es tan breve, tan inconsecuente, tan dispuesta al olvido, y tal vez no sea sencillo borrar las acciones en el corazón que las sufre.
Las mujeres no tienen otro mandato que permane-cer sujetas a sus deberes de hembras, a hilar y tejer. ¿Qué de extraño tiene, pues, que la reina haya urdido una red, ella enredada en esos cabos? Y sin embar-go… El pueblo está siempre del lado de quien detenta el cetro, de quien da la voz de mando. ¿Se puede juz-gar sin misericordia a quien se acoge a la voz que insta a la permanencia, cuando nada permanece?
El hijo de la hija de Tíndaro fue sacrificado, y de-bió serlo igualmente la primogénita de Agamemnón, sin piedad alguna por su joven vida, por el corazón torturado de la madre. Porque la muerte de un hijo no cicatriza las heridas de la muerte de otros. Se sufre de nuevo. Acaso no sufra más cuando una pena se junta a su hermana. Las vidas segadas carecen de impor-tancia y la salvación sólo se alcanza desde el poder. ¿Es esto acaso contrario a las leyes de la sangre tan-tas veces violentada? El sino de la mujer es cerrar los ojos, cerrar el alma al dolor, a la rabia que se retuerce como sierpe en sus entrañas. Las hebras de la red reptan, como repta la serpiente, entre sus dedos, pero ella no es menor mujer en los furores de la lucha.
El aire está lleno de avisos, claros después, cuando en ellos se medita. En aquel otro tiempo feliz, mien-tras su aya la recriminara tantas veces por su pereza en el aprendizaje de las labores del hogar, jamás su-puso que este conocimiento iba a ser empleado sí, en el hogar, pero con aviesas intenciones. Pero, ¿cuál es el hogar de Clitemnestra? ¿Aquel primer hogar al que fue conducida por su padre, donde su vientre alojó esa primera semilla germinada? ¿El otro, acaso, don-de ingresó contra su voluntad y por la fuerza? Castigo infinito el de la fertilidad, que ajena a otras reflexio-nes, se prodiga.
Clitemnestra se hizo pagar muy caro la deuda y no existe comprensión para su conducta. Es ahora ella quien está en deuda, atrapada en la urdimbre oscura de sus acciones, igual que Agamemnón quedó atra-pado en la red que ella afanosamente había tramado. El destino se impone. La voz de Nauplio instando a las mujeres a protestar por las infidelidades de sus maridos resuena, mientras cae, en sus oídos. Tal vez, pese a todo, su corazón aloja un grano de inocencia, porque no hay ley que condene los deseos de los hombres. No hay ley que les exija continencia; pero Nauplio es hombre.
El horror de sus actos se cierne sobre ella. No hay sitio para buscar disculpas. La sierpe de sus sueños así lo anuncia. Ha sido condenada por sus hijos, ciegos ante sus ocultas razones. Razones que se retuercen dentro de su alma ennegrecida, negra como su sangre que ahora ellos vierten buscando acallar la sed de jus-ticia filial, el deber irrenunciable de la sangre.

Aline Pettersson

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