Nada serán mis palabras
si no encuentran otra boca
que las cante y las olvide
y las devuelva a la sombra.

Allí quizás amanezcan,
vagas ciudades ruinosas,
y a otros solos lleve el aire
la nostalgia de su aroma.

Nada será lo que soy
si en los otros no se apoya:
mi presencia en otro hombro,
mi esperanza en su congoja.

¡No me dejes amarrado,
demente, al ánima sola!
¡Mira que voy a mi infierno
si no hay pecho que me acoja!

El que pasa me sostenga,
la voz pueril sea mi roca,
en ellos soy, y con ellos
pediré misericordia.

Cintio Vitier

Octubre

Hay una leve luz caída
entre las hojas de la tarde.
Dame
tu mano y cruza
de puntillas conmigo
para nunca pisarla,
para no arder tan tenue
en sus dormidas brasas
y consumirte lenta
en el perfil del aire.

José Ángel Valente

De todos los seres humanos que Dios creó y que Shaitan pervirtió, solo unos pocos descubrieron el centro del universo, donde no existen ni el bien ni el mal, ni el pasado ni el futuro, ni «yo» ni «tú», ni la guerra ni motivos para una guerra, solo un infinito mar de calma. Tan grande era la belleza de lo que allí encontraron que perdieron el habla.
Los ángeles, compadeciéndose de ellos, les dieron dos opciones. Si deseaban recuperar la voz, tendrían que olvidar todo cuanto habían contemplado, pero en su corazón persistiría una profunda sensación de ausencia. Por el contrario, si optaban por recordar la belleza, tendrían la mente tan confusa que no serían capaces de distinguir la realidad del espejismo. Así, los pocos que dieran tumbos en ese secreto lugar que no aparecía cartografiado en ningún mapa volverían con un anhelo de algo, no sabrían con exactitud de qué, o bien con un sinfín de interrogantes. A quienes hubieran optado por la sensación de plenitud se los conocería como «los que aman», y a quienes aspiraran a adquirir conocimientos, como «los que aprenden».

El arquitecto del universo (fragmento)

Elif Shafak

Yo soy

¿mis alas?
dos pétalos podridos

¿mi razón?
copitas de vino agrio

¿mi vida?
vacío bien pensado

¿mi cuerpo?
un tajo en la silla

¿mi vaivén?
un gong infantil

¿mi rostro?
un cero disimulado

¿mis ojos?
¡ah! trozos de infinito

Alejandra Pizarnik

La sombra

Voy recorriendo calles con mi sombra
delante de los ojos; no es posible
que esta sombra me huela ya a difunto
a cuatro cirios y un adiós rotundo.
Voy tras mi sombra que se agita, tiembla
un instante después de yo agitarme
y me pregunto entonces: ¿es posible
que este “nada de tiempo” entre mi sombra
y mi sentir sea espectro de la muerte,
el último peldaño que aún me queda?

Julio Mariscal Montes