Nada serán mis palabras
si no encuentran otra boca
que las cante y las olvide
y las devuelva a la sombra.

Allí quizás amanezcan,
vagas ciudades ruinosas,
y a otros solos lleve el aire
la nostalgia de su aroma.

Nada será lo que soy
si en los otros no se apoya:
mi presencia en otro hombro,
mi esperanza en su congoja.

¡No me dejes amarrado,
demente, al ánima sola!
¡Mira que voy a mi infierno
si no hay pecho que me acoja!

El que pasa me sostenga,
la voz pueril sea mi roca,
en ellos soy, y con ellos
pediré misericordia.

Cintio Vitier

De todos los seres humanos que Dios creó y que Shaitan pervirtió, solo unos pocos descubrieron el centro del universo, donde no existen ni el bien ni el mal, ni el pasado ni el futuro, ni «yo» ni «tú», ni la guerra ni motivos para una guerra, solo un infinito mar de calma. Tan grande era la belleza de lo que allí encontraron que perdieron el habla.
Los ángeles, compadeciéndose de ellos, les dieron dos opciones. Si deseaban recuperar la voz, tendrían que olvidar todo cuanto habían contemplado, pero en su corazón persistiría una profunda sensación de ausencia. Por el contrario, si optaban por recordar la belleza, tendrían la mente tan confusa que no serían capaces de distinguir la realidad del espejismo. Así, los pocos que dieran tumbos en ese secreto lugar que no aparecía cartografiado en ningún mapa volverían con un anhelo de algo, no sabrían con exactitud de qué, o bien con un sinfín de interrogantes. A quienes hubieran optado por la sensación de plenitud se los conocería como «los que aman», y a quienes aspiraran a adquirir conocimientos, como «los que aprenden».

El arquitecto del universo (fragmento)

Elif Shafak

Yo soy

¿mis alas?
dos pétalos podridos

¿mi razón?
copitas de vino agrio

¿mi vida?
vacío bien pensado

¿mi cuerpo?
un tajo en la silla

¿mi vaivén?
un gong infantil

¿mi rostro?
un cero disimulado

¿mis ojos?
¡ah! trozos de infinito

Alejandra Pizarnik

La sombra

Voy recorriendo calles con mi sombra
delante de los ojos; no es posible
que esta sombra me huela ya a difunto
a cuatro cirios y un adiós rotundo.
Voy tras mi sombra que se agita, tiembla
un instante después de yo agitarme
y me pregunto entonces: ¿es posible
que este “nada de tiempo” entre mi sombra
y mi sentir sea espectro de la muerte,
el último peldaño que aún me queda?

Julio Mariscal Montes

El comedor

Aquí, junto a la puerta, se sentaba mi padre;
mi madre, enfrente, taciturna, lejos
y nosotros, los cinco hermanos, éramos
un de acá para allá, un disputarnos
el sitio más cercano o más distante…

Aquí, para el cocido de los jueves,
para el pan y el sosiego de toda la semana,
mi padre hablaba poco, un esbozar apenas
una media palabra que mi madre
solícita y distante completaba.
Y nosotros, un loco gorgear de jilgueros
comentando las clases, los paseos, el cine,
y la naranja viva, meridional y roja
como un punto y aparte a nuestras discusiones.

Ahora soy yo quien tiene
un sitio señalado, ya desaparecidas
las arrugas, las canas de mis padres,
bajo un lomo de piedra mis hermanos
o hacia otro comedor con nuevas luces.

Soy yo quien dice a medias las palabras
sin encontrar un dejo maternal que las clame,
soy yo quien lejos de todo lentamente
me anudo al corazón la servilleta,
esperando que un día, de un hachazo
ya la vida del todo se me vaya
como un punto y aparte a nuestras discusiones
de este comedor donde clavo mis recuerdos ahora.

Julio Mariscal Montes

así luego también detrás, donde el dolor
donde está la mujer que ya es mujer
abriendo las ciudades como las medicinas
sin pensar demasiado en lo que hace
en esa silla en esa manta en cuando se paró todo
y la lámpara iluminaba sombras de cuerpos que dolían en las paredes
el cuarto se hacía cada vez más pequeño
nada nos ayudaba a respirar mejor
ahí, detrás de la puerta, abriendo el día como una carta que hubiéramos querido que no llegara nunca
un nombre de mujer viaja en un avión lejos
muy lejos de este ahora

Isabel García Mellado

Verano

Aún quedan varios años
de este contradictorio siglo XX
y estamos en verano.

Tú no has llegado aún.
Vienes de un punto azul que se llama futuro.
Herbert George Wells me dice que antes de acariciarte
haré parada en cientos de estaciones.

Pero sé que vendrás. Será una noche larga e impaciente
igual que son las venas de un suicida.
Por eso me recuesto para esperarte al borde del verano
y este instante será desde hoy y para siempre
el territorio virgen donde poder volver
cada vez que el tedio y el olvido
vayan ganando juntos la partida.

Raquel Lanseros

Canción II

Si nada de mí queréis,
¿por qué os acercáis a mí?
Y si así me enloquecéis,
¿por qué me miráis así?
Si nada de mí queréis,
¿por qué os acercáis a mí?

Si nada intentáis decir,
¿por qué mi mano apretáis?
Del hermoso porvenir,
de la dicha en que soñáis,
si nada intentáis decir,
¿por qué mi mano apretáis?

Si queréis que aquí no esté,
¿por qué pasáis por aquí?
Sois mi afán y sois mi fe;
tiemblo al veros ¡ay de mí!
Si queréis que aquí no esté,
¿por qué pasáis por aquí?

 

Víctor Hugo

Las siete preguntas

Al igual que ustedes, yo tuve un abuelo. Este viejecillo, de piel morena y ojos vivaces, vivía en la choza de una huerta donde abundaban los árboles de mango, chicozapote, aguacate, mamey, caimito, zaramullo y otros frutales, que gustoso nos ofrecía en nuestras frecuentes visitas.

Yo, que estaba muy apegado a él, solía quedarme a su lado para ayudarlo en los trabajos de la huerta.

Durante el día, el abuelo se dedicaba al riego y al cultivo del maíz, del frijol y de algunas flores de distintos tamaños, colores y aromas.

Al anochecer, desde su hamaca, situada en el centro de la casa y alumbrada por la débil luz de un viejo quinqué, mi abuelo contaba narraciones fantásticas y respondía dudas y preguntas.

Una noche, cuando los otros nietos dormían y él comenzaba a bostezar, yo le pregunté:

—Abuelo, ¿qué son las flores?

Entonces, envolviendo la mitad de su cuerpo con una sábana blanca, respondió:

—Las flores son los ojos de las plantas, como tus ojos son las flores en el jardín de tu rostro. Por esas flores, ojos de colores con aromas, las plantas miran, atraen, alegran y curan el alma de los hombres.

Comprendí que mi abuelo tendría respuestas para todas mis preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las nubes?

Él contestó:

—Las nubes son ramas de los árboles frondosos cargadas de agua que gustan de pasearse por los caminos del cielo. Blancas, grises o de colores, vuelan sobre el azul de infinito en busca del viento para jugar con el sol a las escondidas. ¡Ah!, si supieras ¡cómo se divierten en cubrirle la carita amarilla al sol que sonriente las contempla!

Luego de prender un cigarrilo y hacer bolitas con el humo, añadió:

—Las nubes blancas, pequeñas o grandes, y a veces en forma de borreguitas, son niñas traviesas a las que les agrada estar cerca del sol; con él también juegan a las lluvias cuando cambian sus vestidos blancos por enormes faldas de color gris.

Tras breve pausa, que aprovechó para bajar sus pies al suelo y mecerse en su hamaca, explicó:

—En verano, época de abundante calor y de aguaceros, las nubes siempre andan vestidas de gris. En este tiempo, generalmente de días lluviosos, las nubes grises se cargan de viento caliente y, al encontrarse en las alturas con otras nubes cargadas de viento frío, chocan y se golpean entre sí, produciendo truenos y expandiendo hilos y raíces gigantescas de luz color plata y azul eléctrico; entonces bajan a la tierra transformadas en cristalinas hileras de agua, la cual se convierte en arroyos y charcos que corren y saltan surcos y bordos cantando alegremente por las calles del pueblo y por los caminos del monte… Sin que te des cuenta, te he visto jugar con tus primos a los viajes de aventuras, imaginando que se transportan en barquitos de papel que acaban hundidos en las orillas de las cercas de piedra.

Quise interrumpir, pero él agregó entusiasmado:

—Cuando cesa la lluvia, el cielo vuelve a ser azul y el sol brilla de content y le sonríe a las flores, que reciben alegres la visita de las avispas, las libélulas y las cigarras chillonas. Si te fijas bien, los sapos y las ranas croan cerca de los tallos de las plantas y brincan de gusto sobre las hierbas inundadas por el agua.

Fue entonces cuando entusiasmado ante las respuestas de mi abuelo, empecé a plantearle mis dudas a través de preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las avispas?

Él, complaciente, me explicó:

—Las avispas son insectos parecidos a las hormigas grandes de tierra; están dotadas de alas transparentes y tienen la costumbre de colgar sus casas, hechas de una pasta seca de papel en forma de globos, en los tallos de los árboles grandes. Gracias a las avispas el hombre conoció el papel, y con este material pudo hacer las hojas de los libros y cuadernos donde tú escribes cuando vas a la escuela y haces la tarea.

—Abuelo, ¿qué son las cigarras? —pregunté.

—También son insectos voladores, parecidos a las cucarachas pero más grandes. Tienen la costumbre de pegarse en los tallos de los árboles. Los machos emiten u sonido parecido al de las ambulancias. Cuando lo oigas no debes espantarte, porque a través de ese sonido los machos llaman a las hembras. Algunas personas creen que ese chillido se debe a que las cigarras avisan que algo grave ha ocurrido, pero eso no es cierto.

Al ver que mi abuelo había olvidado el sueño, continué interrogando:

—Abuelo, ¿qué son las libélulas?

—Las libélulas son como palillos de colores que vuelan y gustan de posarse sobre el agua de los charcos y en los pétalos de las flores. El poder de vuelo que tienen se debe a que poseen unas alas transparentes muy fuertes, que les sirven de impulso. Hay quienes piensan que el hombre, al observar detenidamente a las libélulas, se sirvió de los complicados y veloces movimientos de estas hábiles voladoras para inventar esos ruidosos aparatos de metal que conocemos como helicópteros.

A cada respuesta de mi abuelo, yo hacía otra pregunta:

—Abuelo, ¿qué son los sapos?

Él, divertido e interesado, respondía pacientemente:

—Los sapos son los eternos enamorados de la Luna, al igual que los grillos y las luciérnagas lo son de la noche.

Como a la Luna y a las estrellas les gusta el chocolate, bajan a beberlo reflejándose en el agua de los charcos, sitio favorito en donde habitan los sapos. Por las noches, cuando la Luna está completamente desnuda y su imagen luminosa se agiganta sobre el agua tranquila de los charcos, los sapos le piden a la Luna que los bese. Y luego de recibir esa tierna caricia, proveniente de los rayos plateados de la moneda nocturna, los sapos emocionados tomándose de sus manitas, forman un círculo mágico y aplaudiendo con alegría emiten ese sonido: lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek…

Fue entonces cuando, suspirando profundamente, pregunté:

—Abuelo, ¿y yo quién soy?

Él dijo a secas:

—Al igual que todos los hombres que hemos habitado la tierra desde hace muchísimos años, “… tú eres una pregunta viviente… tú eres una traviesa interrogación ambulante…” en busca de respuestas sin fin…

Jorge Miguel Cocom Pech

Siempre

Cansada del estruendo mágico de las vocales
Cansada de inquirir con los ojos elevados
Cansada de la espera del yo de paso
Cansada de aquel amor que no sucedió
Cansada de mis pies que sólo saben caminar
Cansada de la insidiosa fuga de preguntas
Cansada de dormir y de no poder mirarme
Cansada de abrir la boca y beber el viento
Cansada de sostener las mismas vísceras
Cansada del mar indiferente a mis angustias
¡Cansada de Dios! ¡Cansada de Dios!
Cansada por fin de las muertes de turno
a la espera de la hermana mayor
la otra la gran muerte
dulce morada para tanto cansancio.

Alejandra Pizarnik

El forastero

Renuncia este hombre opaco y extraviado
al juego de los otros, a la unánime empresa
de probar el sabor del mundo cierto,
como si el tiempo que iracundo arroja
el hueso del presente codicioso
a la despierta voluntad de todos,
nunca lo hubiera visto,
como si la hermandad innumerable
que rueda hacia el dolor y la delicia
no pudiese rendirlo a sus verdades claras.

Renuncia este hombre al don de la hora vívida,
al esplendor del día donde caben
las venturas concretas, los adioses,
la parcial efusión que arde y resurge,
los trofeos del odio y la batalla,
las zozobras que el alma quiere en secreto, y todo
cuanto pide, no signos, sino real llamarada.

Quién sabe cuantas noches lo asociaron al quieto
reino de las personas ilusorias,
donde el castigo es tenue y es vaga la delicia,
y así en mansa demora miró correr los años,
pues quiso confundirse con mentidas criaturas
para que fuera leve también, y no de hierro,
el plazo de los días cardinales
que son nuestros sepulcros sucesivos.

Como quien se libera en el exilio,
vive oculto en comarca de signos y de fábulas,
donde las almas pueden desandar sus jornadas
y rehacerse a despecho de los hados,
pues lo domina el insensato empeño
de volverse un tramposo del destino.

Desoye –¿los vivientes podrán creerlo?–
el férvido llamado de las horas
que no le traen el hijo ni los viajes,
ni la curiosidad por otros seres,
porque el desierto es su jardín luciente
y, como ajeno al orden natural de las cosas
–ya tranquilo en su mundo menor y vaporoso–,
todo lo sacrifica a unas imágenes.

Ni siquiera el sonido del mar sobre la playa
donde juegan los cuerpos; tampoco el rostro nuevo
que se anima en la fiesta,
porque indirectos cielos lo aprisionan,
y su alma distraída solo goza
los bienes negativos de la calma y la ausencia.

Y semejante al párvulo, que en su candor se pierde,
deslumbrado en los reinos
que fundan con engaño las palabras,
vive prestada vida y aventura refleja.
Y las criaturas que en sí mismo engendra,
hijas de su delirio cuidadoso,
en vano salen a probar fortuna,
al azar ofrecidas, a lo incierto,
al capricho y la música de algún hombre recóndito.
Así, en ese desvelo para nadie,
en un país de símbolos humosos,
pierde su vida el lento forastero
que oscuro persevera,
esclavo de unas sombras.

Carlos Mastronardi

En la brisa, un momento

 

a Valerio

Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
y hasta que volvamos a encontramos
que Dios te sostenga en la palma de su mano.
(Oración irlandesa)

¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas, miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube dice “No”, el viento dice “No”, las ramas dicen “No”,
y hasta la tierra entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no son las que nos vieron
sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame, amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las ciénagas y los tembladerales
delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida, de caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora, cuando podrás mirar tan “fijamente el sol como la muerte” ,
no querrás apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: “Tú hiciste que la luz fuera visible”,
y otra vez descubrimos que la muerte se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos, debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de la eternidad.

Olga Orozco

Yo sabía que tú no me ibas a perder, que amarte era prolongar el dolor, llevar la boca muerta y las manos arriba. Sabía que los helechos en mi camino estaban secos, que existe para condenarme, para que pueda caminar, poner la boca de este presente, del agua en mi pecho, de lo poco en lo que creo y me basta. Yo sabía que no me ibas a perder, porque la sangre no era tuya, porque el pasillo a oscuras no daba a tu puerta, porque no fuiste tú quien llegó tarde, querido, a amor.

Gabriela Rosas

hoy todo son ordenadores y más ordenadores

y pronto todo el mundo tendrá uno,

los niños de tres años tendrán ordenadores

y todo el mundo conocerá todo

lo relacionado con los demás

mucho antes de que lleguen a conocerse

y por eso nadie querrá conocerse.

Nadie querrá conocer a nadie

nunca jamás

y todos serán

unos solitarios

como lo soy yo hoy

Charles Bukowski

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

Ángel González

estuve mirando
en las fotos
que nos habíamos hecho durante todos estos años

hay una conclusión en la repisa pero yo no quiero alcanzarla

sólo quiero reposar aquí, contigo
con nuestro dolor bien a mano
y nuestra hija muy viva
en el lugar que ella haya elegido

las lágrimas son parte de mí
el bosque es parte de mí
el viento siempre ha conocido mi alma, por eso soy así
y no necesito que me digas
lo que crees que quiero oír

por eso he crecido tanto
que las montañas son mis hermanas y los pájaros se alegran
tanto de verme

y tú estás aquí
tan cerca mío como mis ganas de llorar

y los besos han pasado
por diferentes fases de cocción y todos eran buenos,
mi amor,
mi amor de arcilla

eres un tronco negro de árbol, un tronco fuerte como
mi vida
tú me agarrabas y me sorbías

y me colgabas luces en el pelo, en el pecho y la garganta tú me convertiste en sangre
tú amor mío

eres mis lágrimas
yo he parido a tu hija

yo te amo
como a un país
como a un dueño
como al líder del movimiento obrero

amor, amor mío
amar tu historia me hizo rica

escucharé cómo se te caen los dientes y cuando llore a tu lado:
recuerda

tú eres el árbol viejo que en mi espalda creó vida

 

Isabel García Mellado

El deseo

¿Te acuerdas de cuando pediste un deseo?

Yo pido muchos deseos.

Cuando te mentí
sobre lo de la mariposa. Siempre me pregunté
qué pediste.

¿Qué crees que pedí yo?

No sé. Que volvería,
que al final de alguna manera estaríamos juntos.

Pedí lo que siempre pido.
Pedí otro poema.

Louise Glück

la calle se enciende como un fósforo
y huele a flores blancas
las mujeres son crines salvajes
y los hombres humo,
el mundo está firme en sus dudas
se oye una carcajada que lo rompe todo a la mitad y sin embargo sé
que hay un lugar para sentirse a salvo

Isabel García Mellado

Camino por el pasillo del supermercado
mi mirada se detiene en el refrigerador de lácteos.
Un niño va en el asiento
y mira de frente a su madre
empujar el carrito
Desde el pasillo perpendicular
escucho a la mía
pedirle consejo a mi hermana mayor
sobre una marca de mostaza.

Entre las botellas de yogurt cuidadosamente
ordenadas como un mosaico
en el reflejo del vidrio
encuentro la mirada de mi hermana mayor.

Nos miramos apenas una fracción de segundo
escucho a mi madre aún llamándola

Yo me pregunto
en qué refrigerador
habrían de colocarme
qué clase de persona soy
la que dice qué
la que jamás haría qué
es decir
textualmente qué soy
qué talento tengo
qué bondades profeso

Mi hermana escucha el nombre de su madre
que es también el suyo
y separa nuestras miradas
para acercarse a ella.
Ese es su lugar.

Atrás de mí, una chica
ordena las mantequillas
del refrigerador contiguo
basándose en algún criterio
color, ausencia o presencia de sal.

No tengo evidencia alguna sobre mi intelecto
cuánto es
qué potencias tiene
en qué lugar me coloca haber tenido
un cálculo renal en mis veinte
cuánta gente siente cuánto dolor
y cuál es parecido al mío.

Si mi hermana tiene un marido
está en ese grupo de personas
es decir, ¿es una esposa realizada?
si un día tiene una hija
¿será una madre igual que lo es nuestra madre?
¿será la otra una niña así como lo fuimos nosotras?
yo estuve en el lugar de las niñas asustadas
de las que tienen pesadillas.

En qué lugar me coloca
el gusto por hornear pasteles
en qué estadística se cuenta
mi incapacidad para andar en bici
cómo me salgo del conteo
de quienes no tienden su cama en la mañana
pero tienen un método para hacer café.

No sé si mi hermana y yo compartiremos espacio
igual que botellitas de yogurt de sabores idénticos
o si nos separará un abismo de diferencias

pensándolo bien
mi hermana pertenece al grupo de mujeres
con brazos largos
que saben distinguir un aguacate maduro
yo estoy en el de las pelvis asimétricas.

Su figura a lo lejos me recuerda que
estamos en el conteo de las hijas de Judith

Qué tanto altera mi identidad
ese hecho previo a mi existencia
qué permanece si cambia el nombre de mi madre.
Qué permanece si cambia lo que sea.

El niño que iba en el asiento del carrito
representante oficial del
grupo que requiere vigilancia
la vida vulnerable
los comienzos.

La madre
figura entre el grupo
que tiene responsabilidades.

Un día al niño le aterrará la idea de hacerse adulto.
Pero quizás nunca experimente
el compromiso de cuidar a alguien.

Yo, tal vez, tengo más en común
con las personas que deben ir a terapia
las que usan copa menstrual
y tienen carnosidades en el cuello.
Por ejemplo,
personifico muy bien al grupo
de los insomnes.

Alcanzo a mi hermana en el pasillo de los cereales
nuestras manos tocan al mismo tiempo
la caja café
Somos parte de la cifra de amantes de los chokokrispis
le digo
ella se ríe y contesta:
Es que tú y yo somos iguales.

Montserrat Acuña

El amor que calla

Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres, tan oscuro.

Tú lo quisieras vuelto en alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.

Estoy lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que el entrar en la muerte!

Gabriela Mistral

Porque ya no eres un ángel sino un hombre solo sobre dos
pies cansados sobre esta tierra que gira y es terriblemente
joven todas las mañanas.
Porque sólo tú sabes que hay música, jadeos, incendios,
máquinas que escupen verdades y mentiras a los cuatro
vientos, vientos que te empujan al otro lado, a tu hueco
en el vacío, a la informe felicidad del ojo ciego, del oído
sordo, de la muda lengua, del muñón angélico.
Porque tú gusano, ave, simio, viajero, lo único que no sabes
es morir ni creer en la muerte, ni aceptar que eres tú
mismo tu vientre turbio y caliente, tu lengua colorada,
tus lágrimas y esa música loca que se escapa de tu oreja
desgarrada.

Blanca Varela

Acelerando

Aquí, en este momento, termina todo,
se detiene la vida. Han florecido luces amarillas
a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa
cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.
Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia
en la noche, jadeando en la hierba,
trayendo en hilos aroma de las nubes,
poniendo en nuestra carne su dentadura fresca.
Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro
porque eran miles de kilómetros
los que nos separaban de las olas,
y lo peor, miles de días pasados y futuros nos separaban.
Descendían en la sombra las escaleras.
Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. «Ya es hora
-dije yo-, ya es hora de volver a tu casa.»
Ya es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó
vestida de otro modo, con flores en el pelo.
Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te doy.» Bajamos
las gradas del altar. El armonio sonaba.
Y un violín que rizaba su melodía empalagosa.
Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido
tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso.
Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad.
«¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer…?», preguntábamos
al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía
con su poco de sombra con estrellas,
su agua de luces navegantes,
sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios
una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.
Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme
lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida,
y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor
gris que giraba en torno vertiginosa.
Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.
Los niños -quiénes son, que hace un instante
no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa:
«Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije
con ira y pena. Silencio. Yo besé
la frente de ella, los ojos con arrugas
cada vez más profundas. ¿Dónde la noche aquella,
en qué lugar del universo se halla? «Has sido duro
con los niños.» Abrí la habitación de los pequeños,
volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose.
Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon
los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor,
con sus noches de estrellas, con sus mares azules,
con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar
bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella,
dónde el mar… Qué ridículo todo: este momento detenido,
este disco que gira y gira en el silencio,
consumida su música…

José Hierro

Por eso me volví poeta
porque pasa lento el tiempo en soledad.
¿No es apenas un peligroso instante
lo que sostiene nuestra cordura?
¿No depende la locura
de nuestra única, frágil, cuerda?
¿No pende ella de un solo término,
del preciso término
aquel que nos salva
o nos condena?

Martha Kornblith

Busco una enfermedad que no me acabe
sino el dolor constante de la vida:
algo para fingir que estoy dormida
detrás de este temblor de escarcha grave.

Busco un agua cósmica que lave
la lágrima terrible que me oxida;
busco el morir distinto, y voy herida
por la pena vulgar que nadie sabe.

Y así me marcho, sonriendo a todos,
luminosa de gracia y desventura,
con el secreto horror hasta los codos;

callándome en el verso y en la prosa,
para que escriban en mi tierra dura:
esta mujer ha muerto de dichosa.

Carilda Oliver Labra

aterrizo en tu entrada una vez más
yo tan oscura, animal asustado
y quebradizo
un pedazo de luna en mi forma de amar y en las pisadas, doblando los papeles para que sean barcos en que fugarnos juntos sintiendo tu calor cada vez que no existo
y queriendo gritar
que algo tan hermoso nunca requerirá redes
tú me alisas la piel
y entras dentro de todo lo que quise esconderme,
lo iluminas y nombras,
me quieres animal, azul, ola, real
hasta amapola me quieres
siempre fuiste capaz de abrazar mis suicidios
y devolverme al mundo
yo vuelvo a aterrizar donde tú una vez más
con esta flor tronchada

que es todo lo que tengo, y te la ofrezco

Isabel García Mellado

Ahora te sé, pues te recuerdo.
—Saber es recordar según el griego—.
Ahora sé más de ti que cuando estabas.
Ahora puedo medir lo que me deshabitas.
Ahora sé más de ti por lo que falta.
Te digo más, porque el silencio impera.
-Más resuena la bóveda
cuando más solitaria está la nave-.
Tus gestos sin soporte son tus gestos,
sin cejilla que ajuste los sonidos
suenas mejor a ti. Ahora te siento.
Desanudo el cordón del embalaje
a ver si hay algo más que nada dentro.
Las cosas distraían; las ideas,
los mundos, el sonido. Interferían
sombras que te alejaban, me alejaban.
Ellas sobrevolaban, tú me sobreentendías.
Quizás no como entonces, así estamos:
tú en mi memoria, acaso yo en la tuya.

Ahora te sé, por cuanto te recuerdo.

Pilar Paz Pasamar

ayer rompí a llorar
estaba vestida de rojo enfrente de un colegio
y veía miles de niños correr

con todos sus corazoncitos latiendo a la vez
y yo empecé a llorar
y nada podía detenerme lloraba y lloraba hipando

y mis ojos tenían churretes negros bajando por mis mejillas
y mi boca rojísima

me tragaba las lágrimas
y yo, agarrada a
un pañuelo blanco, diminuto, retorciéndolo entre mis manos blancas y escuálidas

sin poder apartar la vista
de todos aquellos corazones

cada risa de niño
me hacía llorar más y más

y se me inundaron los zapatos

una niña descalza
se me acercó con su cara de 10 años
y me dijo
“no te preocupes, no vas a necesitarlos” y yo quise acunarla
para que pudiera jugar
en lugar de cuidar de
extraños que lloran
enfrente de un colegio
pero sólo pude
seguir llorando
y darle, lentamente,
dulcemente, como si el mundo fuera azul y su cara oliera a pan recién hecho,
las gracias

Isabel García Mellado

 

Puerto deportivo

Mi corazón era un muro de piedra
que tú de todas formas traspasaste.

Mi corazón era un jardín isleño
a punto de ser pisoteado por ti.

Tú no querías mi corazón;
tú ibas de camino a mi cuerpo.

Nada de eso fue mi culpa.
Lo eras todo para mí,
no sólo belleza y dinero.
Cuando hacíamos el amor
el gato se iba a otro cuarto.

Entonces me olvidaste.

No en vano
las piedras
se estremecían alrededor del jardín enmurallado:

no hay nada allí ahora
excepto ese salvajismo que la gente llama naturaleza,
el caos que se hace con todo.

Me llevaste a un lugar
donde llegué a ver la maldad en mi carácter
y me dejaste ahí.

El gato abandonado
gimotea en el dormitorio vacío.

 

Louise Glück

Estréchame las manos,
la única luz que nos queda,
no me dejes olvidada
en la cima de una ola.

Aléjate

Aparten ese frío paisaje de cipreses,
escombren esos náufragos que ocultan el horizonte.

La vida es una noticia conmovedora.

Atravieso el desierto,
la terrible fiesta en el centro de un cielo derribado.
Estoy casi olvidando.

Blanca Varela

Canción última

Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

Miguel Hernández

Brooklyn está muy frío esta noche
y todos mis amigos están a tres años de distancia.
Mi madre dijo que podría ser cualquier cosa
que quisiera –pero yo escogí vivir.
En las escaleras de un viejo edificio
brilla un cigarro, luego se desvanece.
Camino hacia él: una navaja
afilada de silencio.
Su mentón dibujado por el humo.
La boca por donde vuelvo
a la ciudad. Extraño, palpable
eco, he aquí mi mano, llena de sangre delgada
como las lágrimas de una viuda. Estoy listo.
Estoy listo para ser todos los animales
a los que abandonas.

Ocean Vuong

El hombre se desnuda por toda la casa. Se mece, prepara el café, enciende la televisión, bebe un poco de agua. No me ama lo sé, sigo viva. La cena no siempre es en la boca, me cuenta su parte de la historia, se arrodilla, lo levanto, el mentón, nos mentimos. Pasan dos años. El hombre llora, como un niño llora. Me niega, tres veces me niega, luego me acaricia. Vuelve con girasoles en una bolsa roja, me planta su ternura en la cocina. Lo miro, trae un caballo, sin montura, trae un caballo.

El hombre sabe que el abrazo pequeño me conmueve, me entrega un temblor. Viene a decir que el mar, sus altas olas, sus orillas, no son imaginaciones nuestras. El hombre se duerme sin dar la batalla, la noche se quiebra junto al pecho, el pecho queda solo. No hay nada más triste que la soledad de un pecho que pueda ser amado. La noche sobrevive, el hombre no, el hombre se muere en las caricias.

A oscuras, todo es tan claro.

Gabriela Rosas

Canción de la distancia

Mirarás un país turbio entre mis ojos,
mirarás mis pobres manos rudas,
mirarás la sangre oscura de mis labios:
todo es en mí una desnudez tuya.

Venía por arbolados la voz dulce
como acercando un bosque húmedo y fresco,
y una estrella caía duramente,
fija, la antigua cicatriz de un beso.

De arena parecían los cielos, y volvía
poseso del rumor que cual dos alas
me ciñó en una ronda inacabable,
me ciñó al fin la flor de tu palabra.

¿Qué rojea en la noche sino el puro
labio tuyo? y corazón, estrella y sueño,
mueve un solo vaivén que lejos fluye,
turbio como distancia y como ruego.

Tu desnudez verás en mis ojos absortos,
mirarás mi horizonte que roe una fogata,
tú, que no serás nunca sino masa de llamas,
en mi honda noche de árboles, callada.

Desnudo en mi fervor y tú en tu sangre,
es más que seda suave este silencio,
en esta noche ancha en que germina
todo y palpita todo, aromas y luceros.

Volver cuando anoche en canto y frondas
y rumia el viento que lo aleja todo:
ya no veré sino una palma muda
y el cielo, un áureo torbellino, en torno.

Volver, los cielos parecían de arena,
ha mucho, hace un instante, ha mucho tiempo;
y nadie ha de quitarme esta noche en que fuiste
larga y desnuda carne vestida de mi aliento.

Volver la senda turbia oyendo al viento
rumiar lejos, muy lejos, de los días.
Por mi canción conocerás mi valle,
su hondura en mi sollozo has de medirla.

Aurelio Arturo

a

A veces, en octubre, es lo que pasa

Cuando nada sucede,
y el verano se ha ido,
y las hojas comienzan a caer de los árboles,
y el frío oxida el borde de los ríos
y hace más lento el curso de las aguas;

cuando el cielo parece un mar violento,
y los pájaros cambian el paisaje,
y las palabras se oyen cada vez más lejanas,
como los susurros que dispersa el viento;

entonces,
ya se sabe,
es lo que pasa:

esas hojas, los pájaros, las nubes,
las palabras dispersas y los ríos,
nos llenan de inquietud súbitamente
y de desesperanza.

No busquéis el motivo en vuestros corazones.
tan sólo es lo que dije:
lo que pasa.

Ángel González

Balada del amor tardío

Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?

Amor que me has buscado sin buscarte,
no sé qué vale más:
la palabra que vas a decirme
o la que yo no digo ya…

Amor… ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana… —No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar…

Amor que llegas tarde, no me viste
ayer cuando cantaba en el trigal…
Amor de mi silencio y mi cansancio,
hoy no me hagas llorar.

Dulce María Loynaz

necesito más mujeres, todas,
con sus gritos con su inmensidad de ola la historia a lomos de una bestia roja, que vengan
enteras, vacías, manchadas de barro
y enciendan estrellas

y yo
sepa encontrar al fin algo de calma apaciguar montañas, cicatrices, que sean
que crezca la yerba
y yo
pueda reconocerme al fin en ellas

Isabel García Mellado

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

Alfonsina Storni

Historia

puedes contarme cualquier cosa
creer no es importante
lo que importa es que al aire mueva tus labios
o que tus labios muevan el aire
que fabules tu historia tu cuerpo
a toda hora sin tregua
como una llama que a nada se parece
sino a una llama

Blanca Varela

Miedo

Todos me piden que dé saltos,
que tonifique y que futbole,
que corra, que nade y que vuele.
Muy bien.

Todos me aconsejan reposo,
todos me destinan doctores,
mirándome de cierta manera.
Qué pasa?

Todos me aconsejan que viaje,
que entre y que salga, que no viaje,
que me muera y que no me muera.
No importa.

Todos ven las dificultades
de mis vísceras sorprendidas
por radioterribles retratos.
No estoy de acuerdo.

Todos pican mi poesía
con invencibles tenedores
buscando, sin duda, una mosca,
Tengo miedo.

Tengo miedo de todo el mundo,
del agua fría, de la muerte.
Soy como todos los mortales,
inaplazable.

Por eso en estos cortos días
no voy a tomarlos en cuenta,
voy a abrirme y voy a encerrarme
con mi más pérfido enemigo,
Pablo Neruda.

Pablo Neruda

Mi vida

Te vas sin mí, vida mía.
Ruedas,
y yo que aún espero dar un paso.
A otra parte te llevas la batalla.
Es tu manera de dejarme.
Yo nunca te seguí.

No veo claro en tus ofrecimientos.
Lo poco y nada que yo quiero, tú no lo traes nunca,
debido a esa carencia, aspiro a tanto.
A tantas cosas, casi al infinito…
Debido a ese poco que falta, que nunca traes.

Henri Michaux

Lo veo dormir Nos tocan las palabras hondo. Nos sembramos para siempre uno en el otro.

Nadie nos salvará. Nadie puede borrarnos el mordido, el olor a coco, los labios, los domingos.

No puedo ser.

Toda la sal del mundo cayó sobre la mesa.

Gabriela Rosas