Carta a Jesús Arellano

Desde hace años, Jesús,
el corazón me rebota loco entre las sienes
y ando por los rincones escondiendo al sollozo.
Estreno una sonrisa cada mañana
y pido limosna en todas las esquinas,
porque ¿quién va a prestarme su vida,
su amor, o su Dios?
Tengo que comprármelos yo misma, y no me alcanza.
Y todo esto que escondo y espero y que no llega,
es la razón que me desangra dentro.
A veces ocurre que de tan hambrientos
inventamos el sueño, la esperanza…
y mortalmente heridos, agonizamos por todos los hijos
que se nos quedaron dentro,
y por las palabras desquebrajadas,

presas entre los molares apretados del miedo;
las que luchan por sobrevivir
y a veces se nos caen de la boca
como un aborto ciego y doloroso.
Algo se rompe acá dentro y pienso,
me estoy vaciando viva.
Todos los adioses se agolpan y me miran
a mitad de la noche.
Tomo mi cobija de silencio, entonces,
y camino arrastrándola por los pasillos de la locura
y no me muero, Jesús,
y me siento a la orilla,
pidiendo se me ayude a balancear mi vida,
antes de irme
y tiemblo y nadie escucha, huyen con espanto,
mientras yo juego a la pelota con la muerte,
lanzándola como pequeña brasa de una mano a otra.
Y no me muero, Jesús, y no se muere una,
hace sólo el ridículo con su pequeña muerte
que es sólo una niña azorada,
llorando por todos los que de veras mueren sin
derecho.

Enriqueta Ochoa

Padre

Para Macedonio y Teresa

Al montón de polvo que te cobija
bajé esta tarde;
la sal de la llanura ardía
bajo el árido resplandor del silencio
y un tifón de soledad golpeaba
contra la flor caliza de los cerros.
Yo te hablé con esa ternura indómita
que rompe dignidades,
y me quebré de bruces en la tierra;
allí donde ningún extraño enjugaría
las pupilas ajadas de desvelo.
Lejos,
en muchedumbre hambrienta palpitaba la vida
ajena de tu muerte y de la mía…
¿Es que pronto no habrá una lágrima
para mojar tu ausencia,
una antorcha vehemente que te salve de tanta
nieve oscura?

Enriqueta Ochoa

Retorno de Electra

I

Para poderte hablar
así, de frente,
tuve que echarme toda una vida
a llorar sobre tus huesos.
Tuve que desandar lo caminado
desnudando la piel de mi conciencia.
Para poderte hablar
tuve que volver a llenarme de aire
los pulmones.
Y cuidar que no se me encogieran las palabras,
el corazón, los ojos,
porque aún se me deshacen de agua
si te nombro.
Ya me creció la voz. padre, patriarca,
viejo de barba azul y ojos de plomo.
Ya te puedo contar lo que ha pasado
desde que te fuiste.
Con tu muerte se quebrantaron todos los cimientos.
No me atreví a buscar
porque no habría
un roble con tu sombra y tu medida
que me cubriera de la llaga de sol en mi verano.
Uní la sangre que me diste a otra sangre.
Malherida,
borré la sombra del sexo entre los hombres
y me quedé vacía, a la intemperie.
Y no pude decir
hasta que se hizo carne de mi carne el amor
lo que era hallar la propia sombra, entregándose.
Después quise ubicarte en mí, te pesé,
te ultrajé, te lloré, medí tus actos,
di vuelta atrás,
y volví a caminar lo desandado.
Por eso puedo hablarte ahora, así,
porque entendí tu medida de gigante.

II

No podemos hacer nada con un muerto, padre.
Se suda sangre,
se retuerce el aullido tirado sobre las tumbas
en un charco de culpa.
Padre,
yo soy Pedro y Santiago,
el sable que doblado de sueño castró su espíritu
en tu oración del huerto.
Yo soy el viscoso miedo de Pedro que se escurrió
en la sombra a la hora de tus merecimientos.
Soy el martillo cayendo sobre tus clavos,
el aire que no asistió al pulmón en agonía.
Soy la que no compartió
el dolor anticipado que se enclaustró
a devorar su miedo,
la hendidura irresponsable,
la desbandada de apóstoles.
Soy este pozo de noche en que se hunde la conciencia.
Di, ¿qué se hace con un muerto, padre?
Di, ¿cómo lavo estas llagas
si todo queda inscrito en el tiempo
y todo tiempo es memoria?

III

Colgábamos de ti
como del racimo la uva.
Cuando la muerte
reblandeció el cogollo de tu fuerza,
presentimos el vértigo de altura y la caída.
Uno a uno,
en relación directa a la pesantez de tu esencia,
descendimos.
Bajo anónimas pisadas me vi saltar la pulpa,
sorprendida.
Y no era orgía de vendimia
ni enervación de culto.
Fue ser la sangre a la sed de todos los caminos,
dejar la piel desprendida
entre un enjambre de alambradas.
Ahora,
para afirmar la talla
con que tu amor me hizo
sólo queda una espina:
la palabra.

IV

Perdón, hermanos,
porque no alcanzo a verlos
ahogada como estoy en mi hoyo
de pequeñas miserias.
¡Mentira que deseo morir!
Antes quisiera conocerlos
sin mi lente deforme.
Quizá los amaría tanto
o más de lo que estoy amando
a mi lastre de lágrimas
en este viaje de niebla.

V

Padre,
no puedo amar a nadie.
A nada que no sea este fuego
de sucia conmiseración
en que se consume mi lengua.
Quiero otro aire.
Otro paisaje que no sean los muros de mi cuerpo.
Emparedada, desconozco el resplandor del centro
y la desnudez de la periferia.
Voy a abrir brecha hacia los dos caminos
y quizá quede atrás
la trampa de la vieja noria.

Enriqueta Ochoa

Elegía

I
Supe que me esperaban las cadenas
para encarcelarme en la estancia del silencio,
la honda huella del frío que tiene la soledad,
los túneles y túneles del miedo,
el empuñar mi nombre sin bandera,
la espera, el trabajo, la paciencia,
el tálamo vacío,
el costado herido de nostalgia.
Porque el amor es duro,
es tierno y duro.
Sin embargo,
hombre de todos mis días desde siempre,
te amé, te he amado sin tenerte jamás,
siempre en silencio.

II
Yo fui, quizá, la espuma de mirada limpia
que nunca abandonó tu costa.
Tenía la distancia un color de tristeza.
Fui la ternura joven
para quien nunca envejeció tu imagen;
de ti me hablaban el sol, la lluvia,
las praderas corriendo en el camino
en dirección contraria
al ómnibus que me volvía a casa.
Siempre esperaba verte al dar vuelta a una esquina,
en un café, al azar,
y estabas tan cerca de mi mano,
acá, en el yo más íntimo del ser.

III
Te están llorando los tuyos,
los de tu sangre;
te llora el entrañable amigo
y este dolor en mí que no descansa.
Acaso habrá, me digo,
otro paisaje que no sea la sal
de estos caminos.
Cuesta abajo
como una gota de lumbre
va resbalando el duelo.
Moribundo, sediento, consumido en sí mismo,
el corazón te busca.

IV
Contigo hubiera querido compartir cosas tan simples
como atarte las cintas de un zapato,
remendar el talón de un calcetín;
tostar castañas
echada al pie de tu sillón de cuero
en las veladas de invierno,
en que leías junto al fuego.
Hacer el nudo a tu corbata,
aderezarte un puchero apetitoso,
acomodarte un almohadón,
escuchar ese rasgar de tu pluma
navegando en el mar enervante
de la alta belleza.
Y sobre todo,
salvarte del terror del cuarto oscuro
cuando sentiste caer sobre el pasto dulce de tus ojos
la noche,
esa noche final que deshace de llanto
mi garganta.

V
Estos vientos de marzo y febrero,
¡ay, estos vientos!,
estos vientos espesos de vida que fecundan
el vientre de la primavera,
me han traído noticias
que derrumbaron con seco trueno
los muros de mi vida.

VI
Se me desnuda el alma tercamente
y no puedo evitar que ahí te vean
pulcro y entero en alta mar,
bogando siempre mar adentro,
sí, mar adentro en mi pecho.

VII
Para mí no te alcanza ni te daña
el estrépito mustio de la muerte.
Estás como una espiga en ascuas,
como cuando se despliega un mar dorado,
tú, sin tiempo,
vivo y resplandeciente.

VIII
Entre nuestras dos vidas
la anchura del espacio,
algo que nos apartó ciegos e impedidos;
algo que nos empujó
a recoger la vida en pedazos,
a hurtadillas, como dos niños robando manzanas
en el huerto vecino,
siempre con el aliento suspenso y encogido.

IX
De nuevo hoy nos hemos encontrado
en otra dimensión.
Algo, un crujido,
una pisada que se avecina
y emprendemos el vuelo.

X
Amábamos el cristal lila
que florecía en las jacarandas,
la sazón encendida del otoño,
el talle de luz mojada
con que asomaba algún día de lluvia.
Amábamos a Tchaikovski y a Vivaldi;
al septiembre azul de Milosz, a Proust y a Rilke.
Venerados días antiguos…
Días de vida clara
en que se sentaba la provincia en el patio de mi casa
a encastillae la aurora.
Cómo se agolpa su albura
al cristal de mi ventana.
Siento un misterioso idioma
crecer dentro de mí,
un rumor de vientos melancólicos
que desmelenan la memoria y me iluminan.

XI
Nos dolía despedirnos.
Europa fue un dolor hasta los nervios;
hacia falta tu bordón de sol
junto a mis pasos.
Lo recuerdo…
Suiza tenía ese resplandor diáfano y puro
con que despiertan los ojos de los ángeles,
al amanecer.
Sobre las montañas enraizaban los pinares
una vejez azul
sombreada y fresca
y las colinas en flor mecían su color silvestre
de apacible humildad.
Te busqué siempre
entre las transparentes lejanías.

XII
Sobre la memoria como sobre un campo de mies
duermen meciéndose las tardes;
tardes en que veíamos caer el crepúsculo
hasta el filo justo de la noche.
Tardes cargadas de cristal tranquilo
en donde hoy, a menudo se guarecen
los años azotados por el látigo
de un clamor general:
el hambre empujándose en todas las esquinas;
los tigres del miedo de la humanidad
escondiéndose en la boca del sexo,
consumidos hasta el fondo en sus excesos;
sacudiendo el nervio del mundo,
pudriendo ávido sus frutos.
Y la violencia apostada en todos los rincones,
en acecho del minuto oportuno.
Es entonces
cuando yo vuelvo de vez en vez
a respirar un poco
de aquellas tardes hechas luz
donde habitaban el amor y la prudencia.

XIII
Para nosotros fue siempre época de veda,
atendimos al principio elemental:
no lastimar al prójimo;
nos ovillamos en la crisálida de un sueño
a la orilla del mundo.
desterrados en ese confín lejano
brindamos por la abstinencia,
por un encuentro furtivo de miradas,
por la discreta ansiedad,
por todo lo que no poseímos siendo nuestro.

XIV
Muchos años huí.
Sin ti no quise nada;
lo que grabé en la cinta de mi vida
fueron máscaras
y me marché al azar
con los días saqueados
y un invencible llanto.

XV
Tenía tu voz ese toque profundo
de la expresión iluminada
que descubre el significado oculto de las cosas;
ágil y limpia tu palabra
tan pronto era agua que arde,
o viento tierno, transparente.
Ni tu silencio,
largo silencio inexplicable,
pudo menguar el esplendor del verso
grabado ya en esa línea recta de infinito
que apunta sólo en el amanecer,
donde se hospeda el tiempo
de los que nunca mueren.

XVI
No existe el tiempo,
no la distancia,
no la muerte;
existe la vibración,
el movimiento,
el incesante cambio:
ser, dejar de ser para volver a ser.
Un segundo trae ya la carga de su muerte
y el embrión de su vida.
La yerba que pisamos,
aquel sofá de mimbre,
tu explicación de Bergson,
la dulce calma,
todo tiene esa dimensión remota
de una isla escondida
en el centro mismo del devenir
para evadir la muerte
y ser pura vibración, puro presente.

Enriqueta Ochoa

Lo que más amo, lástimo

Dejo caer el látigo duro de mi voz
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer la ola súbita de mi ira
en cada palpitación
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer mi dignidad herida,
como bolsa de hiel que se revienta
y lo que más amo, lastimo.
Saco la frazada de mi amor
-a mordiscos, a puntapiés despedazada-
y te quiero cubrir,
se te clavan sus puntas de hielo desdentado,
aúllas de dolor
y yo te amo,
te quiero cubrir, ponerte a salvo
de los colmillos negros de la vida.

Enriqueta Ochoa