Prólogo

IX

Ya la locura levanta su ala
para cubrir la mitad de mi alma.
¡Ese sabor del vino hipnótico!
¡Tentación del oscuro valle!

Ahora todo está claro.
Admito mi derrota. El lenguaje
de mis delirios en mi oído
es el lenguaje de un extranjero.

Inútil caer de rodillas
e implorar piedad.
Nada que cuente, excepto mi vida,
es mío para llevármelo:
no los ojos terribles de mi hijo,
no la cincelada flor pétrea
del dolor, no el día de la tormenta,
no la tribulación en la hora de visita,
no la querida frialdad de sus manos,
no la sombra agitada en los árboles de lima.
no el fino canto del grillo
en la consoladora palabra de la partida.

Anna Ajmátova

La mujer de Lot

Y el hombre justo acompañó al luminoso agente de Dios
por una montaña negra, siguiendo su huella,
mientras una voz incansable acosaba a la mujer:
—No es demasiado tarde, aun puedes mirar hacia atrás.

Hacia las torres rojas de tu Sodoma nativa,
al patio donde una vez cantaste, al pabellón para hilar,
a las ventanas de la enorme casa
donde la descendencia santificó tu lecho conyugal.

Una sola mirada: súbita punzada de dolor
en sus ojos, antes de poder emitir cualquier sonido.
Su cuerpo se derritió en sal transparente
y sus ligeras piernas claváronse en la tierra.

¿Quién penará por esta mujer? ¿No le resulta
de sobra insignificante a nuestra incumbencia?
Incluso así, nunca la negaré en mi corazón,
ella que murió porque eligió volverse.

Anna Ajmátova

Ahora ya nadie querrá escuchar canciones

Ahora ya nadie querrá escuchar canciones.
Los amargos días profetizados llegan desde la colina.
Te lo digo, canción, el mundo ya no tiene maravillas;
no destroces mi corazón, aprende a estarte quieta.

No hace mucho, libre como cualquier golondrina,
luchabas; felizmente contra las mañanas, desafiando
sus peligros.
Ahora vagarás como un mendigo hambriento,
llamando desesperada a la puerta de los extraños.

Anna Ajmátova

Clitemnestra

Los lazos de la sangre se entrelazan y tuercen como la red, como la serpiente.Y todo es confusión. Una maraña donde los sentimientos se entreveran y el odio es la imagen del amor que el azogue devuelve mal. Quizá se nazca con una certeza que el tiempo termina por destruir antes de acabar ahogado en esa trama. Las leyes de los hombres y de los dioses no contemplan sitio para la tolerancia. Las leyes deben ser tomadas por el puño, de la misma manera como se empuña el cuchillo mientras el corazón se endurece.
Clitemnestra, hija de Leda y del rey Tíndaro, debió recorrer el camino inicuo en que se debatió su alma desgarrada. Qué fácil juzgar las acciones terribles que la rodearon. Qué fácil parece desechar su dolor. No hay espacio para la indulgencia. El poder prevalece, bien debió aprenderlo ella a quien nadie advirtiera que la vida está sujeta a los horrores de la sangre. De la sangre confundida, de esos lazos de familia que se cercenan por la fuerza. Una rodela de hierro la res-guarda por dentro.
¿Por qué los asuntos de Estado en los que se apo-yan las sinrazones de los hombres son en una mujer repudiados sin piedad? ¿Es que sólo queda acatar, obedecer ciegamente, y luego, cerrar los ojos del co-razón atribulado? Clitemnestra va a tender la vista en otra dirección. Va a aferrarse al poder, para así con-servar la vida. ¿Es esto tan reprobable?
El amor acaba por transformarse en odio. No se vislumbra alternativa que reconstruya en los escom-bros. La fuerza se impone más allá de las razones. Y con la sangre fresca del esposo, del hijo sacrificados en aras de la ambición, la joven viuda, reina de Argos, debe compartir el lecho con el vencedor, con aquel que la despojó de la trama inocente de sus sueños. Sí, hay que creerlo. Clitemnestra tiene derecho a guardar rencores en su alma, mientras su cuerpo recibe al vencedor que usurpa el sitio tomado por la fuerza. Pero el pueblo olvida y rinde pleitesía al nuevo sobe-rano. La memoria de los pueblos es tan breve, tan inconsecuente, tan dispuesta al olvido, y tal vez no sea sencillo borrar las acciones en el corazón que las sufre.
Las mujeres no tienen otro mandato que permane-cer sujetas a sus deberes de hembras, a hilar y tejer. ¿Qué de extraño tiene, pues, que la reina haya urdido una red, ella enredada en esos cabos? Y sin embar-go… El pueblo está siempre del lado de quien detenta el cetro, de quien da la voz de mando. ¿Se puede juz-gar sin misericordia a quien se acoge a la voz que insta a la permanencia, cuando nada permanece?
El hijo de la hija de Tíndaro fue sacrificado, y de-bió serlo igualmente la primogénita de Agamemnón, sin piedad alguna por su joven vida, por el corazón torturado de la madre. Porque la muerte de un hijo no cicatriza las heridas de la muerte de otros. Se sufre de nuevo. Acaso no sufra más cuando una pena se junta a su hermana. Las vidas segadas carecen de impor-tancia y la salvación sólo se alcanza desde el poder. ¿Es esto acaso contrario a las leyes de la sangre tan-tas veces violentada? El sino de la mujer es cerrar los ojos, cerrar el alma al dolor, a la rabia que se retuerce como sierpe en sus entrañas. Las hebras de la red reptan, como repta la serpiente, entre sus dedos, pero ella no es menor mujer en los furores de la lucha.
El aire está lleno de avisos, claros después, cuando en ellos se medita. En aquel otro tiempo feliz, mien-tras su aya la recriminara tantas veces por su pereza en el aprendizaje de las labores del hogar, jamás su-puso que este conocimiento iba a ser empleado sí, en el hogar, pero con aviesas intenciones. Pero, ¿cuál es el hogar de Clitemnestra? ¿Aquel primer hogar al que fue conducida por su padre, donde su vientre alojó esa primera semilla germinada? ¿El otro, acaso, don-de ingresó contra su voluntad y por la fuerza? Castigo infinito el de la fertilidad, que ajena a otras reflexio-nes, se prodiga.
Clitemnestra se hizo pagar muy caro la deuda y no existe comprensión para su conducta. Es ahora ella quien está en deuda, atrapada en la urdimbre oscura de sus acciones, igual que Agamemnón quedó atra-pado en la red que ella afanosamente había tramado. El destino se impone. La voz de Nauplio instando a las mujeres a protestar por las infidelidades de sus maridos resuena, mientras cae, en sus oídos. Tal vez, pese a todo, su corazón aloja un grano de inocencia, porque no hay ley que condene los deseos de los hombres. No hay ley que les exija continencia; pero Nauplio es hombre.
El horror de sus actos se cierne sobre ella. No hay sitio para buscar disculpas. La sierpe de sus sueños así lo anuncia. Ha sido condenada por sus hijos, ciegos ante sus ocultas razones. Razones que se retuercen dentro de su alma ennegrecida, negra como su sangre que ahora ellos vierten buscando acallar la sed de jus-ticia filial, el deber irrenunciable de la sangre.

Aline Pettersson

Fin y principio

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

Wislawa Szymborska

Delirio del incrédulo

Bajo la flor, la rama
sobre la flor, la estrella
bajo la estrella, el viento;
¿Y más allá?
Más allá ¿no recuerdas?, sólo la nada
la nada, óyelo bien, mi alma,
duérmete, aduérmete en la nada.
Si pudiera, pero hundirme.

Bajo la flor, la rama…

Ceniza de aquel fuego, oquedad, agua espesa
y amarga, el llanto hecho sudor
la sangre que en su huida se lleva la palabra
y la carga vacía de un corazón sin marcha.

Bajo la flor, la rama…

De verdad ¿es que no hay nada?
Hay la nada.
La nada, óyelo bien, mi alma.
duérmete, aduérmete en la nada.
Y que no lo recuerdes. Era tu gloria.

Bajo la flor, la rama…

Más allá del recuerdo, en el olvido,
escucha en el soplo de tu aliento.
Mira en tu pupila misma dentro
en ese fuego que te abrasa, luz y agua.

Bajo la flor, la rama…

Mas no puedo, no puedo.
Ojos y oídos son ventanas.
Perdido entre mí mismo
no puedo buscar nada
no llego hasta la Nada.

Bajo la flor, la rama
sobre la flor, la estrella
bajo la estrella, el viento
¿Y más allá?
Más allá ¿no recuerdas?,
sólo la nada.

María Zambrano

Cómo leer una ciudad

Aquél que no sabe caminar sin mapas
debe aprender a leer ciudades.
Sentir antes que nada,
el llamado de ciertas avenidas
la mirada fija de ciertos callejones,
el imán extraño
de ciertas esquinas escondidas.
Porque la ciudad no es una sola
no es un sitio ni una zona
la ciudad es un espacio
que no cabe en cualquier mano,
se ajusta apenas
a ciertas premoniciones
a ciertas penas, ciertas horas
atardeceres ahogados en las nubes
impreciso hundimiento de ardores,
augurios húmedos, lluvias apagadas
que sienten los que esperan
y la llevan a cuestas
(pues aquél que sabe caminar sin mapas
necesita una ciudad para extraviarse.)

Violeta Orozco