El fantasma

Blancas y finas, y en el manto apenas
visibles, y con aire de azucenas,
las manos –que no rompen mis cadenas.

Azules y con oro enarenados,
como las noches limpias de nublados,
los ojos –que contemplan mis pecados.

Como albo pecho de paloma el cuello,
y como crin de sol barba y cabello,
y como plata el pie descalzo y bello.

Dulce y triste la faz, la veste zarca…
Así, del mal sobre la inmensa charca
Jesús vino a mi unción como a la barca.

Y abrillantó a mi espíritu la cumbre
con fugaz cuanto rica certidumbre,
como con tintas de refleja lumbre.

Y suele retornar y me reintegra
la fe que salva y la ilusión que alegra,
y un relámpago enciende mi alma negra.

Salvador Díaz Mirón

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Toque

¿Dó está la enredadera que no tiende
como un penacho su verdor oscuro
sobre la tapia gris? La yedra prende
su triste harapo al ulcerado muro.

¿Dó está el césped gentil que no tapiza
la tierra en torno del desierto albergue?
Cual ralo vello que el pavor eriza
salvaje esparto en derredor se yergue.

¿Dó está el árbol simbólico y risueño
que un tiempo fue para el lacerto jira,
para el ave palacio, para el sueño
canción de arrullo y para el viento lira?

Tronco desnudo, bajo el doble azote
de la lluvia y del ábrego, se eleva:
aguarda aún que de su costra brote
arrollada y derecha la hoja nueva.

Y abierto en cruz como en señal de duelo,
semeja en medio de la hierba lacia
un esqueleto que levanta al cielo
sus secos brazos, implorando gracia.

¡Oh linfas gratas al saúz doliente!
¡Cuán lentas, cuán mermadas, cuán distintas,
cuán lánguidas os miro al sol poniente
de cuyas luces reflejáis las tintas!

¡Cuál se arrastra en el fondo del barranco
vuestra corriente por las piedras rota,
bajo el vapor que como el humo blanco
del perfumero en el santuario, flota!

¡Oh infausta soledad que eres ejemplo
de mudanza y dolor! ¡Con qué sombrío,
con qué punzante júbilo contemplo,
ay, que tu cambio corresponde al mío!

Salvador Díaz Mirón