Nostalgia de Troya

México, marzo de 1965

Señora colombiana:

Sí, soy el mismo René que hace seis meses estaba en Amsterdam haciendo la reseña de un museo único en el mundo, luego pasó quince días en Ottawa y ahora está en México, joya arqueológica y eterno jardín… a más de otras cosas que ahora no vienen al caso.
Aproveché el viaje a Europa para ir al Loire, esto tú no lo sabías (qué maravilla hablarte de tú en francés), ni sabes nada del Loire; especie de aprendizaje cuya carencia jamás echarás de menos.
Murió mi padre. Era un hombre de edad avanzada que acostumbraba encerrarse con llave en su biblioteca largos ratos, después de suplicar que no se le molestara; lo encontraron muerto sobre una alfombra polvosa que era una obra de arte hace veinticinco años. Murió muy en carácter, solo, sin comentario alguno por su parte, entre sus objetos preferidos guardados en un cuarto que no se limpiaba porque era suyo y él no lo permitía.
Mi padre dejó una fuerte herencia que será, con el tiempo, para los hijos de mi hermana y para mi hija mayor, quien, según supe, se ha convertido en una bella niña de trece años, delgada, alta, culta para su edad… ¡es tan extraño! No quise verla porque tuve miedo de descubrirla demasiado diferente a mí mismo o demasiado perdida en los vericuetos del Loire.
La impresión de la muerte de mi padre fue curiosa. Recibí un telegrama de mi madre en Holanda y cuando llegué, al día siguiente por la noche, la encontré en un gran estado de depresión. Mientras mi hermana recibía visitas y condolencias, ella, retirada en su cuarto, hacía planes, si es que así puede llamárseles. Lo primero que dijo, antes de saludarnos, fue:
—Ya soy demasiado vieja para vivir en París. He perdido mis amistades y la costumbre del trato social. Tampoco quiero que me vean, no quiero ser observada ni comentada; ahora yo también voy a morirme en el Loire y me enterrarán en ese asqueroso cementerio de la aldea, en medio de gente desconocida que no significa nada para mí.
—Y seguramente mal vestida —le respondí sin poder evitarlo.
—Seguramente —siguió sin advertir la impertinencia—. ¿Pero entiendes? ¿Entiendes que París me ha traicionado y que ahora no tengo ninguna ilusión?
Lloraba desesperadamente y el énfasis de sus lamentos estaba en que la vida es demasiado larga porque Dios no tiene el menor sentido de las dimensiones de lo que puede soportar el cuerpo humano.
—¿Por qué no se lo llevó antes? Se ha pasado años en la biblioteca, sin hacer nada… Claro que él no pensaba lo mismo. Llegó a decirme que cuando estaba solo sentía la presencia de Dios. ¿Tú lo crees? Contéstame.
—¿Por qué no?
—Porque a Dios no le gusta esta casa.
—Está usted diciendo incoherencias.
No hizo caso, en otro momento me hubiera saltado al cuello.
—Tu padre pretendía hablar con Dios. Murmuraba días enteros y sonreía a solas.
—Tal vez rezaba.
—Pero Dios no le oía porque Dios no es estéril y la vida de tu padre era inútil… Era nefasta para todos nosotros. Hasta el padre Jean murió en pecado por causa suya.
—¿Cómo?
—Por consejo suyo no volvió a dirigirme la palabra y murió sin perdonarme cuando sabía bien que sólo él podía reconciliarme con Dios.
—¿Usted se lo dijo así al padre Jean?
—No, ¿cómo había de decírselo? Se lo hice saber a tu padre y no prestó atención. Respondió que Dios estaba en todas partes y que si no me reconciliaba por mi parte era porque no tenía la sensatez suficiente para darme cuenta de lo sencillo que era eso.
—¿Por qué no se toma usted una pastilla calmante?
—No quiero. Además, no me hacen efecto. Hace años que tomo entre cinco y seis diarias —se detuvo y caminó hacia la ventana, desde allí se volvió a mirarme—. No sabes el esfuerzo que me ha costado no convertirme en una alcohólica —su voz sonaba seca—. ¿Tú crees que vale la pena?
—No lo sé. Conviértase usted en alcohólica si eso la hará sentirse mejor.
Lo pensó un rato largo. Sin duda era la primera vez que alguien le daba un mal consejo no carente de ciertas ventajas.
—No —dijo al fin, muy firme—. Por Elène, por los hijos de Eléne, por tu adorable Elise.
Se sentó en un sillón y empezó a llorar suavemente, sin sollozos. Nunca antes se había privado de algo por no hacer sufrir a otros y esto la hacía sonreír de júbilo entre las lágrimas. Tuve ternura por ella y casi no pude mostrársela; me senté a su lado y le tomé una mano. Así estuvimos un rato largo, hasta que noté que estaba dormitando. La dejé y bajé a ver a Elène.
Mi hermana es una mujer dulce, demasiado influenciable, poco inteligente y muy sentimental.
—Pobre papá —suspiró mientras me servía un coñac—. Debo contarte algo que pasó hace tres meses.
—¿Sí?
—Vino a verlo una señora alemana, ya de cierta edad y tuvieron una larga entrevista. Mamá estaba hecha una loca, subió a su cuarto y se puso a romper cartas y libros. Luego, la alemana se fue. Papá entró en un estado curioso, como si fuera feliz. Hacía años que no escribía nada y en dos meses preparó un ensayo que está a punto de ser publicado… dicen que es excelente. Trabajar de nuevo, escribir otra vez, fue demasiado para él; prácticamente dejó de descansar, apenas dormía.
—¿Cómo se llama el ensayo?
—Sobre las Ruinas de una Ciudad Oculta.
—¿Quién era ella?
—Según mamá, la que tuvo la culpa de este retiro. Una mujer que papá amó mucho… que le quitó la vida, según mamá. Y que causó su muerte.
Me sorprendo sufriendo con un sentimiento casi catártico. Ella tal vez le había arruinado la vida, pero se la devolvió en el momento justo, para que no muriera en vano.
Señora, a mí no me da miedo el romanticismo y ésta es una terrible historia de amor. Al escribírtela padezco una especie de espejismo de oasis: ¿será cierto que esas palmeras que se ven a lo lejos son en efecto el fruto de las fuentes ocultas que nacen en medio de la arena?
Mi madre, la siempre joven Laura, se ha reconciliado con Dios sin darse cuenta y papá murió envuelto en luz de amor y de fuerza creadora. ¿Es cierto entonces que las historias absurdas tienen un buen final?
Tu paciencia dirá que sí, eso lo sé. Y tu vida, ¿qué te dice? ¿También tú tienes miedo de volverte dipsómana? Tú no tienes miedo, te embriagas con un libro de lectura y luego me escribes una carta exaltada. Me pregunto si sabes lo exaltadas que son tus cartas, parece que no vives con otras personas sino en un mundo satélite todo tuyo donde recibes ideas y emociones nada más para ti.
Dejé el Loire sin ver a la pequeña Elise. Vino dos veces a la casa. El día del entierro me dio tiempo de ver, entre telas negras, unos zapatitos muy lustrados que se alejaron a toda prisa cuando yo abrí una puerta. Tal vez ella… tampoco, ¿verdad? Es justo y no me da nostalgia. Tengo la seguridad de que en alguna parte, independiente de mí, existe algo mío. Basta con eso. A ti te basta con eso. Porque en tu satélite no está ese niño que amas tanto y a quien no acosas ni persigues.
Estoy en América, ¿no me sientes cerca? Debieras tener un sentido especial para saber que no estoy en Europa, ni en una isla, ni en el polo, sino sobre la misma tierra que tú pisas y si echara a caminar, no importa en qué vehículo, llegaría a tu casa sin despegarme del suelo. Son locuras, no pongas atención.
Señora, no puedo escribir tu nombre, como nunca pude decirlo, tal vez porque no me conformo con ninguno. Algún día te bautizaré y asunto terminado.
Debo explicarte que durante muchos años no he podido hablar de mis padres y ahora lo hago. ¿Por qué? Hay razones. Una de ellas reside en el hecho de que ellos son las únicas personas «rebeldes» que he conocido y he conocido muchas. Rebeldes entre comillas porque su vida fue un fracaso desde un punto de vista general, pero ya no lo es ¿me entiendes? Sí, por supuesto. Mis amigos, mis amigas, esa multitud que invariablemente me ha acompañado a lo largo del tiempo, aceptaban su vida por instinto, por indolencia. Mis padres no. Ahora, ha ocurrido algo que me permite decirlo, contártelo, decirte algunas cosas más… Hay sucesos que son el círculo de un compás que se cierra. Dime ¿estoy dentro o fuera?
Tú también aceptas, pero de una manera… ¿Por qué eres como yo y te gusta hacer decisiones a plena conciencia? Es duro, duele, y las haces.
He conseguido, por obra de un amigo, una casita en los confines del Valle de México, más allá está un campo cultivado y luego las montañas; hay vacas. Cuando no duermo miro un amanecer amarillo pálido sobre un campo verde esmeralda que humea. Nunca antes había hecho la reflexión de que la alfalfa es bella.
¿Qué hago aquí? Pensarás que lo mismo de siempre, pero no, esta vez alimento mi cobardía de varias fuentes escondidas. ¿Habías pensado en lo cobarde que puede ser tu amigo René? ¿Sí? ¿No?
Lo soy. No puedo ir a un lugar relativamente cercano que se llama Ixtapan de la Sal porque temo descubrir la muerte de una amiga. Una señora anciana cuyo retrato me acompaña y que me dijo la verdad alguna vez, igual que tú, no como muchos otros. Viví en su casa hace años, en un viaje de huida a raíz de un suceso que no está hecho para que tú lo sepas. ¿Ves que también soy tímido?
Tu última carta, como tantas otras, era muy bella. Me gusta que ilustres tu vida con citas de Faulkner y el monólogo de Hamlet. Es verdad, encanto, no hay ser o no ser, se es en sueños, en insomnios y en espíritu, eternamente.
La eternidad es una sensación difícil; indignante ruando todavía es una palabra, temible cuando se cree en ella sin comprenderla. Tu eternidad, en cambio, es la paz, el alejamiento de las cosas perecederas; el cuerpo, por ejemplo. Quién sabe dónde pones tu cuerpo por las noches. Debes de sumergirte en un estanque o dormir en el hueco de un árbol, como las ardillas y las bacantes.
Yo no pongo mi cuerpo en ninguna parte tangible porque se resiste al descanso tanto como se resiste mi alma a tomar un somnífero. A veces, te lo confieso, me duermo en medio de inhalaciones alcohólicas que me producen calma al tiempo que un descanso ilegítimo y tramposo.
Yo no quería hacer trampas, no entumecerme, no mentir, ir a las cosas en un tono directo. Di tú si lo he logrado. No lo dirás porque no es cierto, porque esta carta es la prueba escrita de que no me atrevo a ir a Ixtapan de la Sal ni tampoco a otras partes del mundo y me conformo con mirar los campos de alfalfa antes de que el sueño me venza y suba el sol reseco y deslumbrante. Me quedaré un tiempo más bien corto; seis meses, tal vez. Eso dije cuando me entregaron la casa.
Te advierto que si alguna vez pasó por tus ojos el escándalo cuando viste mi cuarto en el hotel cubano, eso no quiere decir nada comparado con esta casa, que es el descuido vivo. No puedo arreglármelas para tenerla limpia, ni para tirar la basura, ni siquiera para comer a horas fijas. Pero tú no la ves, tú estarás poniendo la castidad de tus ojos en armarios llenos de sábanas dobladas a la perfección, o en tu pequeña biblioteca sacudida escrupulosamente, donde según me dices los libreros son blancos, tu mesa está pintada de negro y el suelo de mosaico reluce y zigzaguea.
Pensaba enviarte una buena reproducción de Modigliani que compré en Amsterdam; luego recordé que nunca hago regalos y no quise romper viejas costumbres. La tengo conmigo y tal vez me decida a hacer una excepción por vez primera. También un libro de reproducciones menores que… ¿me quieres hacer el favor de explicarme por qué digo todo esto? No, seguramente.
¿Cómo hará la mayor parte de la gente para cultivar la desfachatez de hacer preguntas vulgares? A mí me gusta hacerlas peculiares, pero no por carta; no me privaría del gusto de mirarte a la cara cuando te resulto impertinente. ¿Qué es lo primero que ves cuando despiertas? Estoy en un estado de ánimo contradictorio, lo habrás notado.
Seguramente no me atreveré a ir a Ixtapan de la Sal. Cuando estuve allí mis relaciones más íntimas las tuve con una vaca: la ayudé a parir. Son las más íntimas que he tenido en mi vida… salvo las que tengo contigo. La vaca y tú son hasta ahora mis mejores amigas, ¿te ofende?
¿Te ha dicho alguien que eres una mujer espantosamente severa? Pero no dura, eso lo sé. Además, pudorosa; cuando se te caía el escote en forma de ojal de tu blusa aquella, te lo componías inmediatamente, hasta que un día noté que lo habías asegurado sobre tus hombros con unos alfileres, parecía que lo traías clavado. No te gusta que te miren las piernas… quién sabe por qué, no las tienes feas. Estoy abusando de tu paciencia, ¿verdad? Tacha lo de las piernas con la tinta verde que usas para escribirme y si te molesta, también lo del parto de la vaca. A mí me da pereza.
Encanto, pienso que ésta será una carta muy larga y desearía, si te es posible, que la tuya no lo fuera tanto para que llegue más rápido, porque estas cartas largas se escriben a ratos y tal vez te lleve algunos días. Conmigo no es igual, ya que no cuento los días ni las noches desde que estoy aquí. Trato, eso sí de no ver la mañana: el humo del valle se vuelve polvo, el sol repiquetea, todo me deprime.
¿Sabes que las palomas se encantan comiendo estiércol? Pues sí, lo hacen, las he visto. Una buena lección para los poetas y los que las ponen de ejemplo para proclamar la felicidad conyugal. También las tórtolas hacen eso. He acabado por pensar que lo singular y atractivo en estos animales es el gusto por la mierda. Perdonen tus oídos colombianos y tus ojos también.
Me he tragado tres botellas de ron y no me he convertido en dipsómano, cuando mucho, con el tiempo, vendré a ser un hombre que duerme, ¿no te parece? Mí madre, durante un año, se bebió quinientos dólares de oporto y no tomó la costumbre. Evidentemente sabía que el alcoholismo requiere, por lo menos, un gasto tres veces mayor.
Un día me atreví a ir al centro de la ciudad, como a las seis de la tarde; mecánicamente pasé por el llamado Zócalo, una de las plazas más grandiosas del mundo, y fui a dar a los barrios pobres. Esto, por algún motivo, me sucede en todas partes… además, hace años, alguien me habló de ellos; tenía razón. No es posible conmoverse, es necesario odiar. Tú no evitas hablar de la miseria, de la ignorancia, de la corrupción y del desperdicio; yo lo hago con mi cámara. Lo difícil es la actitud, porque todo cuanto se diga o se haga resulta poco, durante quién sabe cuántos años resultará poco. Se pasará el tiempo en planes, en arreglos, tal vez hasta en mentiras porque ante una situación así, con gobiernos como éste, no hay rapidez posible. Los fotógrafos, los periodistas, los que se interesen por esto según sus medios de expresión harán el papel de plañideras durante medio siglo, tal vez. Ése es nuestro oficio, gemir y lamentar. Vergüenza.
Yo, a la inversa de la señora Laura, no pienso en Dios cuando veo estas cosas, pienso en el hombre y lo odio. Lo odio cuando comprende y no actúa, cuando aprovecha para sacar ventaja, cuando no entiende y dice que es feliz. Un mexicano no tiene derecho a ser feliz, tenga lo que tenga y haya hecho lo que haya hecho, las dichas de los sobrevivientes son oscuras y sus triunfos no cuentan.
El que suscribe es un sobreviviente y habla con conocimiento de causa. He abandonado y tratado de olvidar la miseria humana particular que se puso en mis manos para no dejarme ahogar, hundir por ella. Ahora no bastan los documentales, ni los artículos incisivos e indignados; ahora no sería suficiente el tiempo que me queda de vida para justificarme.
Por eso, antes de abrir los ojos, siento que soy un pez abandonado sobre una tabla, un pedazo de carne, lo contrario de hombre, lo contrario de todo.
La clave es, pues, el antagonismo. René por su lado y el mundo repleto de alfalfa por el suyo. Tus cartas, el puente que los une, un puente donde no se camina, se le admira de lejos.
Desde muy lejos, señora colombiana. ¿Cuánto tiempo hace que no oyes una palabra de amor? Eso no me lo has dicho. Yo nunca he pronunciado una palabra de amor ni he sentido necesidad de ello. Yo soy un caballero andante, con la espada un poco en desuso, capaz de participar en alguna batalla y de portarse con la nobleza de rigor, pero no tengo dama a quien pudiera hacerle largos discursos.
Y tú… tú vas a terminar hablando a solas, teniendo visiones coloridas de cuadros famosos y consumada maestra en el arte epistolar. Nunca lo dices y sé que estás muy sola, pero estaba previsto. La noche que me regalaste el barco de papel (no te diré si lo conservo), sabías que en adelante te comunicarías sólo a larga distancia con cuanto te rodea, no nada más conmigo. Lo aceptaste.
El otro día, me escribiste algo sobre el perfil de una Madonna de piel blanca y lechosa que a mí me es antipática. ¿Por qué te gusta? ¿Porque no te pareces a ella? ¿Te comunicas ahora también por comparación y tu aislamiento te lleva a comportarte como si fueras una esencia universal? Cuando me escribas de nuevo, háblame de esto; te anticipo que no son preguntas indignadas, sino impacientes. No te olvides.
A mí me gustaría que no fueras sensata ni modesta y confesaras ser la llave cósmica con la que se abren todas las puertas; yo lo creería y entonces… No te ofendas, encanto. No estoy tratando de herirte, sino expresándome en forma burda pero cierta, es todo.
¿No te has preguntado a estas alturas lo que hago cuando no te escribo? Era una sorpresa pero tengo necesidad de que lo sepas sin mayor dilación: estoy escribiendo una novela. Ya llevo lo suficiente como para estar seguro de que en efecto es así. Hay un cerco de magia que me impide decirte de qué se trata como antes lo hubo para impedirme hacerla. Aquí, sobre una mesa de cocina que he conservado limpia para poner las hojas, escribo diariamente, mucho, sin detenerme, porque ha llegado el momento. Como si la novela estuviera hecha en un sitio lejano e imposible y me llegara en ondas para que yo, con mis pobres instintos, la reciba. Por supuesto no se trata de Troya pero sí de las ruinas de una ciudad oculta, aunque no ha de llamarse de ese modo, porque el ensayo de mi padre, como te dije, lleva ese título. Los dos, al fin de algo, de un tiempo o del tiempo, hemos escrito sobre las ruinas de una ciudad que no se deja ver, que no se alcanza. Esa que cada uno llevaba en la cabeza sin caer en ello.
No más de mi novela porque muchas, interminables veces te hablaré de ella hasta que por fin te llegue envuelta en papel celofán y con un lazo de seda, como si fuera una caja de chocolates para mi dama. ¡Lo dicho! Y qué poco es.
Mujer estudiosa, ¿qué haces cuando estás cansada y te divagas? No me digas que vas al cine. Te ríes, lo sé. Claro que vas al cine, y ¿cuándo regresas? ¿Tienes insomnios? No, tú no eres así. Además, te gusta la costura, qué asco. Nunca me lo dijiste, pero descubrí que tienes marcado por el dedal el dedo tercero de la mano derecha. Es evidente que en La Habana también bordabas, de noche o de mañana, cuando me decías que estabas preparando tu clase, mentirosa.
Lo entiendo, yo en cambio sé hacer muchas cosas que jamás hago cuando vivo solo, sino en casa de otros. Por ejemplo, limpiar y cocinar. Es una coquetería y no se me oculta, es uno de mis múltiples artes de seducción, tanto como el epistolar. Esto no es riguroso porque no acostumbro escribir, pero lo demás, es cierto. ¡Si vieras la cantidad de platos que he lavado en casas ajenas! Siempre me quieren mucho y se sorprenden; también hago eso porque no los quiero igual y nada me sorprende.
Soy seductor por pura alevosía, por pura culpa de sentirme carente de atractivos reales, no soy abnegado, ni afectuoso, ni amable, ni me gusta entregarme y jamás me he puesto en manos de nadie. La prueba es que tú, encanto, estás absolutamente seducida aunque tal vez ahora se te haya ocurrido lo contrario y estés con el ceño arrugado, muy dubitativa, mirando la pata de una mesa. Estás seducida porque a pesar de tus precauciones, en esta larga correspondencia, me has entregado tu alma… y sí, tal vez la mía. Bueno es saber que tú eres su guardiana.
Sé lo que dirá tu próxima carta. Aparte de lo previsto, me aconsejarás que duerma, coma y trabaje con un horario: las novelas son como pájaros y llegan a una misma hora; me advertirás en tono irónico que no es sano guardar la basura no vivir en medio del polvo y hasta me enviarás a cortarme el pelo.
Te ganaré la partida de cualquier modo; haré todo inmediatamente y cuando tu carta llegue, podré pensarte con aire de superioridad. Trampas, trampas, trampas. Desde luego, no admitiré que me digas que estás seducida a medias, no lo intentes.
Mi novela será el primer regalo serio que le hago a alguien, luego, ya en el desorden más absoluto, te enviaré la reproducción y el otro libro con la sensación desagradable de haber roto mis principios.
La novela habla de una ciudad espléndida que se presupone, ya que está perdida, pero no para siempre; habrá una intuición maravillosa que la descubra y la describa en un estado alucinatorio y de revelación. Así se darán a conocer sus calles, sus sitios de reunión, el tono de sus luces. Sabemos que existe porque desde el principio de la mitología hubo un hombre que salió en busca de aventuras, atado a su camino, pasó pruebas y alcanzó su meta. ¿Qué cosa es el destierro sino la aventura? Cuando Adán y Eva fueron entregados a su sendero y a sus pruebas, al recorrido extraordinario que debía trasponer el esfuerzo del trabajo y el dolor del parto, su meta era el Paraíso, lo recordaban confusamente y sabían que esa meta era el vago recuerdo de su origen. Todo viajero va en pos del Paraíso y todo contratiempo está medido para que sus fuerzas puedan superarlo si lo asiste la verdadera nostalgia, la auténtica aflicción por la ausencia.
No mires así, no te llenes los ojos de lágrimas porque tú también estás de viaje, sueña con tu destino y sonríe.
Si puedo (podré) escribir este libro no será necesario ir a Ixtapan en busca de la señora Mac Dowall: habré cumplido con ella para siempre.
Sin embargo, la novela me la regaló otra persona. Fue cerca de una aldea indígena más allá de Ixtapan, un día de excursión y de desaliento. Iba por un camino y me encontré un muchacho ataviado en la forma más adecuada para hacer un viaje. Estaba sentado en el suelo y descansaba; me acerqué y no se sobresaltó. Con mi mal español le pregunté adónde se dirigía y él con el suyo no menos malo me explicó que simplemente se iba.
—¿Adónde?
—Lejos.
—¿Por qué? —dije esperando escuchar la historia usual de las dificultades económicas o familiares.
—Así es.
—¿Cuándo regresas?
—A su tiempo.
—¿O piensas irte para no volver?
Se alarmó; esta idea le parecía cruel o monstruosamente antifilosófica, algo.
—No, me voy para volver luego del tiempo.
No hablamos más, pero yo entendí. Le ofrecí dinero y no lo aceptó, luego mi morral y le pareció ridículo; re chazaba con la sonrisa del que sabe cómo son las necesi dades del viajero: visuales y emotivas. Cuando se fue me vinieron a la cabeza mil asociaciones de índole religiosa. Ese muchacho iba a ser calcinado en un monte y reviviría, las montañas se abrirían a su paso y brotarían manantiales para apagar su sed.
Ahora sí tiene sentido el retiro de la señora Laura, mi destierro, la soledad, el hambre, el espanto y la renuncia. Tiene sentido que estés sola en Colombia envuelta en perfiles de madonna y terciopelos eternos, al lado del que más quieres sin ser correspondida. Tu hijo es tu prueba y yo te juro que tu ciudad existe. Porque es así, así se cruzan los senderos y vienen los encuentros que no son en vano con sus palabras iluminatorias.
¡Y yo que no quería hablar de mi novela! Debo decirte que el significado de las palabras del muchacho vino a mí en un momento relativamente reciente. Fue en el Loire, cuando ya me iba. Una mañana salí muy temprano a caballo, fui a dar a la orilla del río y pensé en toda el agua encajonada que está repartida por el mundo, en la ironía de que vemos pasar la misma y no otra nueva, en que todo tiene un solo centro donde giramos… eternamente es la palabra. Volví a casa enloquecido de vergüenza por haber sido tan romo y no haber caído en la cuenta antes; recordé cuántas personas, cuántas cosas, cuántos sucesos me lo habían dicho sin que yo comprendiera. Apresuré mi viaje. El gran desastre de la especie humana es la falta de sabiduría, es la falta de…
No estoy desesperado, pero, sí lo estuve. Me calmé al escribir la primera línea; esta novela se terminará para que la calma me presida y para que algún día alcance la tierra prometida.
Algún día, tú y yo caminaremos por los campos de Troya y repetiremos las últimas estrofas del suicidio de Ayax, el estulto que no supo encontrar la vuelta a Salamina. El día que tu hijo entienda que debe volver a su lugar de origen y lo descubra en esa isla colmada de peces y mariscos que es su madre.
Pero encanto, ¿te es absolutamente necesario? Ya hice la pregunta que hace vacilar las ilusiones, la mala pregunta. Yo también tengo un hijo y en el esquema anterior no tiene sitio. Su madre sí, en cambio. ¿Conoces las leyendas irlandesas en que el hombre de corazón gentil besa una bruja y la convierte en hada? Pues bien, a esa señora se la puede besar sin que ocurra absolutamente riada; no sabes qué persistente es su naturaleza brujeril. Mi hijo debe de ser un duende… o un ángel, no se sabe. No sé por qué lo he escrito.
El tuyo, en cambio, es un abogado en ciernes; pero también los abogados, con su toga y su bonete, hacen excursiones benéficas.
No te hieras. Ocurre que no puedo reconciliarme con eme estés allí, quieta, en actitud de espera. Para todo hay razones, por supuesto, pero yo soy un hombre de esencia contradictoria y hay cosas que sublevan mi sentido de la justicia. Te pareces a México, siempre esperando el momento feliz en que sus hijos adquieran una conciencia. Ocurrirá, la fe logra el milagro.
Lo digo con indignación, con rebeldía: ¿qué quiero que hagas? Quiero que vuelva el año pasado para encontrarte en Cuba y que todo suceda exactamente como fue. Decirte lo que ya te dije, que tú seas como fuiste sin cambiar una sílaba, una mirada o un movimiento. No otra estancia allá, no otra secuencia de vida, sino la misma. Eso deseo que hagas… y debe poder lograrse porque es la primera vez que tengo envidia del pasado. ¿Me entiendes? Antes no había más que una peregrina sensación de alivio, de poder respirar mejor porque alguien se había ido o yo me había ido. He descubierto el antes y el después; desde entonces, todo es después.
Te ruego no contradecirme y tampoco me contestes este párrafo que escribo con mano sudorosa: ¿verdad que tus palabras de amor son el silencio?, ¿verdad que quien viva el amor contigo se verá sumergido en una calma sin nombre y sin límites?
Si yo fuera tú no hubiera contestado ninguna de mis cartas impertinentes y cegatonas. Por fortuna tú las contestas en abundancia y hasta te sientes en libertad de hacerlo cuando te viene en gana, aunque sean tres renglones. Conservo tus cartas, hay una, muy parca, que casi me sé de memoria:
«Hoy, un momento de felicidad como un rayo de sol. Extraño en un día no hecho para la felicidad. Gratuito, en la calle, sin saber por qué. Tan extraño que te lo comunico inmediatamente.»
¿De qué se trata? ¿Ahora yo te mando tus cartas? Esto se debe, sin dar lugar a duda, a la fascinación que ejerce sobre mí Las Mil y Una Noches. A los cinco años de correspondencia, me dirás:
—Lo siento mucho, pero hoy te escribo la historia de la mujer que escribió la primera carta…
Añadiré un detalle picaresco para aterrorizarte, porque apostaría que ese libro lo has leído en las versiones para niños: cuando Scherezada le dijo al sultán algo parecido ya tenían varios hijos y él no estaba enterado. Eso ocurre a los hombres difíciles de contentar. Algún día me enviarás las fotografías de nuestra prole epistolar. Qué escándalo.
Ahora debo cambiar de tema a toda prisa, eres capaz de no seguir leyendo: conservo el barco de papel y tengo conciencia de haberte regalado una semilla negra. ¿Dónde la guardas? Esta pregunta ya no es tan discreta porque supone, en primer lugar, que la guardas, en segundo una capacidad insondable de meterme en tus asuntos, y en tercero una conclusión atrevida: me meto en tus asuntos en tanto que los considero míos. La culpa es tuya, por haberme dicho que eras como yo, pero querías vivir del lado opuesto. ¿Me lo dijiste o lo soñé?
Si Hilda, mi amiga pintora, se expresara en palabras y no en formas, ustedes dos serían muy parecidas aun cuando son distintas. Voy a explicártelo. Hilda vive en un estudio inmundo lleno de harapos manchados donde limpia sus pinceles; cuando vas de visita sientes el olor a pintura desde el primer descanso de la escalera. Viste unos pantalones negros, siempre los mismos, salpicados de todos colores y uno o dos sacos descosidos debajo de los brazos. El desorden es total; una vez, por poco me siento en un plato con dos huevos fritos. Nunca sale a la calle, en Ottawa, se la conoce más en retrato que en persona; siempre se manda sacar fotografías artísticas donde se ve atildada, sobrecargada y bella, como si fuera una actriz. Y pinta sin parar. Su último cuadro, en azules, era un conjunto de formas añoradas que producía sobrecogimiento; una Troya azul, para decirlo sin rodeos.
Ya te habrá parecido repelente. Tú te cambias ropa dos o tres veces al día, tus vestidos son impecables y tu cuarto de trabajo es una maravilla de limpieza y buen gusto. Comes con finura, te lavas como una auténtica hispanoamericana y hueles a jabón a tres metros de distancia… pero también tienes una Troya azul. La compartes conmigo y con Hilda, ya lo sabes, no es tuya sola. También con un anciano que ahora descansa en olor de antigüedad y perfume de flores disecadas.
Mi padre se retiró al campo cuando yo era un niño de seis años. El último recuerdo vital que tengo de él está en el Foro Romano: yo sentado sobre una piedra y él diciendo un discurso de Cicerón. Es bastante tal vez ese padre de cabellos blancos y rostro iluminado diciendo las palabras de la historia con emoción, para declararle su asiduidad; entonces y durante muchos años, yo pensé que mi padre estaba perdidamente enamorado de Roma. Ahora sé que no, Roma nunca lo hubiera convertido en el anciano del Loire.
Cuando tenía catorce años y gracias a una de mis expulsiones del internado, pasé unos días en el Loire. Una noche me salí de la casa entre otras razones porque había adquirido la costumbre de no dormir y empecé a caminar al azar. Era una noche clara de primavera. Antes de llegar al río me detuve no sé por qué, por instinto; casi en seguida escuché pasos y murmullos. Era mi padre recitando el principio de un poema de Catulo.
—Oh, Lesbia mía…
Tuve un sentimiento de terror mezclado con otro de fascinación. Iba despeinado, sin corbata, con la camisa abierta, el rostro angustiado y profético parecía el de un buen actor en un drama romántico. Al grado que después de haber visto que llevaba las manos vacías siempre recordé el incidente relacionándolo con una rosa roja. No me atreví a seguirlo y volví a la casa antes que él… ¿De manera que papá se paseaba entre la maleza recitando poemas amorosos? Tenía una inmensa vergüenza de haberlo descubierto. ¿Quién era yo, después de todo, para saber aquello? Después del paseo estuvo dos días sin salir de la biblioteca, por cansancio o por fiebre de amor.
Ésa fue mi primera impresión del amor, un espectáculo que se admira en silencio y del que uno está naturalmente excluido. El amor era el teatro, la ópera, los títeres y el mundo. Por supuesto es una distorsión, una distorsión que me deja completamente indiferente. No es el amor frotarse el hocico y la piel como los perros, usted disculpe, señora colombiana; ni cazarse los unos a los otros para convertir la vida en un nudo ciego y posesivo, ni refugiarse en una cueva cómoda a espulgarse los piojos, como los monos. Es… otra cosa.
Una vez me dijiste que la mayor prueba de amor es la aceptación de las peculiaridades y yo te pregunto: ¿me amas acaso? Pero tienes razón (haz caso omiso de la monstruosidad que acabo de formular) y no es sólo la aceptación, sino la admiración de las peculiaridades. Yo, por ejemplo, he empezado a amar esta ciudad rodeada por los cuatro lados de la más espantosa podredumbre humana y como ha ocurrido eso no me espanto ni me parece podredumbre. Ahora es amor.
¿Recuerdas que un día llegué a tu cuarto del hotel, toqué desesperado y cuando me abriste entré como un relámpago y empecé a quitarme los pantalones mientras te explicaba que tenías exactamente dos minutos para componerlos porque me estaban esperando para un programa de televisión? Ni siquiera parpadeaste; sacaste la aguja, el hilo y el dedal y te sentaste en tu cama a coserlos mientras yo daba vueltas como un tigre enjaulado. En una de tantas, me miré al espejo: tenía los calcetines caídos, las faldas de la camisa flotando por encima de unos calzoncillos extremadamente cortos que me parecieron comodísimos cuando los compré y mucho menos después de la primera puesta.
Terminaste y al entregarme los pantalones caí en la cuenta de que estabas muerta de risa. De no amarme un poco te hubieras enojado, ¿no es así?
Acabo de descubrir que he escrito la palabra amor y conjugado el maldito verbo por lo menos cincuenta veces en las dos últimas páginas. Me siento confuso y desmoralizado, sirena mía verde, hija de Troya.
Amemos pues la peculiaridad de los paisajes, de los rostros humanos, de los cuerpos maltrechos y las manías de los caballeros que andan con el caballo herido y el espadín en mal estado; eso en nada afecta la nobleza de sus intenciones ni la bravura de su corazón.
Lo del internado era muy especial. A las nueve de la noche todos debíamos estar dormidos. Yo pensaba que sí, esa noche sí. Pero a las once nada había ocurrido, estaba harto de los suspiros y de las palabras entrecortadas que escuchaba en boca de mis compañeros y necesitaba aire. Entonces, con toda facilidad, me saltaba por una ventana, salía a la calle después de hacer lo mismo con una reja y caminaba. Veía cosas malas, ¿sabes? Borrachos, prostitutas y hasta actos sexuales en algún rincón oscuro y no puedo decir que me gustara pero sabía que valía la pena. Entonces conceptuaba la vida del colegio como lo tedioso, lo mismo, lo no importante. Nunca hice nada que hubiera resultado terrible para el buen nombre de la escuela o el mío, pero descubrían mi ausencia, me hacían interrogatorios para saber si había tomado, me olían la boca, decían que era un pésimo elemento para la colectividad y me mandaban al diablo, o sea a la casa del Loire.
Hasta que di con el señor Clement. Este hombre había tenido, según se contaba, una juventud despreocupada y feliz que le duró muchos años, hasta que su familia perdió todo su dinero. Parece que después de eso desapareció varios años, para luego, con no poco trabajo, conseguir ser aceptado como maestro de latín en esa escuela de varones. Cuando conocí al señor Clement había hecho algunos votos religiosos, tenía como cincuenta años y estaba calvo. Gracias a él aprendí latín. Una noche, cuando él estaba de guardia, me descubrió colgado de la ventana a punto de saltar.
—¿Adónde vas, René? No te sobresaltes.
Acabé de dar el brinco y ya en tierra, le contesté.
—A la calle, señor Clement.
—¿Lo haces a menudo?
—Casi todas las noches, señor Clement.
—Y… ¿no te agotas? ¿Puedes trabajar bien al día siguiente?
—Sí, señor Clement, perfectamente, nunca dormito en clase.
—Es verdad, jamás te he visto hacerlo —meditó un momento—. Y ¿te es absolutamente necesario salir?
—Sí, señor Clement —me sentí tímido—. Perdone usted.
Me miró con atención y con algo que no era precisamente lástima, pero se le acercaba.
—Muy bien, René. Buenas noches. Procura volver alrededor de las doce.
Me quedé pasmado y regresé a tiempo. Esta situación se prolongó a lo largo de dos años y el señor Clement nunca me preguntó qué hacía en la calle; si me pidió que regresara a las doce fue porque a esa hora terminaba su guardia. Supe, por la señora Laura, quien pedía informes bimestrales de mi conducta, que se expresaba de mí en forma elogiosa. Al irme de ese colegio no pude despedirme de él porque estaba enfermo y le dejé una nota con muchas frases de agradecimiento y ninguna explicación. No las necesitaba, su mentalidad renacentista se basaba en la imaginación para comprender al prójimo y le daba excelentes resultados.
¿Te has dado cuenta, maestra, del prodigio de imaginación que es el Renacimiento? Eso demuestra que cuando el hombre fantasea siempre está en lo cierto: el descubrimiento de América me da la razón.
Así haré un viaje yo, un día de éstos. Y descubriré un continente o una ciudad purpúrea, perdida y encontrada, Troya. Todo nos lleva a Troya, ya que de ninguna manera puede conducirnos directamente al año pasado, pero el año pasado podrá recuperarse una vez allá.
¿Te dije alguna vez que estás en mi documental? Al editarlo te conservé dentro de él y en varios cortes para uso especial mío. Fue el día aquel de los pinares, cuando melancólica y discretamente te alejabas de mí para que trabajara. ¿No se te ocurrió nunca lo rápido que se toma un pinar, una cabaña o una estatua? Yo me pasé el día entero… espiándote. Te saqué de perfil en un fastuoso fondo de bambú, bajo un ave negra que voló cuando tú te acercaste, cuando distraídamente te tocabas el codo porque tenías un agujero en el sweater, cuando te quitaste un zapato para sacudirlo porque se había metido una piedra… tienes un pie muy bonito. Ahora mismo te veo, aquí estás en una tira negra con tu zapato, tu pie y tu sweater viejo. Esto no lo sabías porque no se puede escribir en Ottawa, ni en Holanda, ni en el Loire. Sólo aquí, a unos kilómetros de Ixtapan de la Sal, donde uno no se atreve.
Sé que ella ha muerto porque a los ancianos no podemos abandonarlos durante seis años y regresar como si el tiempo fuera nada. El tiempo es algo, esto, la muerte de algunos. No puedo enfrentarme a Micaela abandonada, vuelta a su origen lejano y religioso, a la alfombra, ahora sí, desaparecida para siempre, al sillón, a que nadie coma mantequilla y paté ni lea a Dickens.
No puedo permitir que pase el tiempo, encanto, escribo cartas largas, no duermo y no cuento los días. No quiero volver al Loire para enterrar a la señora Laura en gracia de Dios, ni viajar para dejar en cualquier lado, al azar, un trozo de mí mismo.
Aquí tu René, sumergido en alfalfa, escribe su novela para detener el tiempo y los movimientos estelares. Más bien para adelantarle al tiempo cinco pasos y dejarlo extasiado hablándole de la ruina futura y deslumbrante.
No me ha sido posible tirar la basura y la he enterrado para mortificación de las palomas.
Aquí termino, amor. Colombia está muy lejos y no sé todavía si seré capaz de alcanzarla, pero si no ocurriera, nos veremos en Troya.

Nostalgia de Troya (fragmento)

Luisa Josefina Hernández

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