XXXVII

Una entereza rota,
una armonía torcida,
sigue vagando inexplicablemente por el mundo.
Se adhiere a las paredes,
mide el ángulo de los rincones,
cala la noche como si fuera el día
y cuando alguien pretende identificarla
no está ya en el sitio.

La visten poco más que un pasado
y el recuerdo de un nombre
que alguna vez lo nombró todo.
Ciertas muertes que no pueden concluir
que se cuelgan a veces de algo menos que un hombro
y cuando caen la siguen
como si entonces entendiera que ella no puede sostener a nadie
ni siquiera a una muerte,
pero que es también lo único que es posible seguir.

Una forma furtiva, herida, casi ausente,
donde la luz se pierde como si se encontrara,
mientras el blanco comprende
que al burlar a la flecha se ha burlado de si mismo.

Roberto Juarroz

XXVI

La campana está llena de viento,
aunque no suene.
El pájaro está lleno de vuelo,
aunque esté quieto.
El cielo está lleno de nubes,
aunque esté solo.
La palabra está llena de voz,
aunque nadie la diga.
Toda cosa está llena de fugas,
aunque no haya caminos.

Todas las cosas huyen
hacia su presencia.

(Séptima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

XXII

Una soledad adentro
y otra soledad afuera.

Hay momentos
en que ambas soledades
no pueden tocarse.
Queda entonces el hombre en el medio
como una puerta
inesperadamente cerrada.

Una soledad adentro.
Otra soledad afuera.
Y en la puerta retumban los llamados.

La mayor soledad
está en la puerta.

(Décima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

III

Una escritura que soporte la intemperie,
que se pueda leer bajo el sol o la lluvia,
bajo el grito o la noche,
bajo el tiempo desnudo.

Una escritura que soporte lo infinito,
las grietas que se reparten como el polen,
la lectura sin piedad de los dioses,
la lectura iletrada del desierto.

Una escritura que resista
la intemperie total.
Una escritura que se pueda leer
hasta en la muerte.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz

I

para Jean Paul Neveu

No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.

¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos lo nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen?

¿Cómo hacer señas a quien muere,
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos imprevisto,
las proximidades se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como la lanzadera
de un telar descompuesto?

¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de ser mundo?

Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
la imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.

O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia
que sólo allí promulgan
la equivalencia última
del abandono y el encuentro.

(Undécima Poesía Vertical)

Roberto Juarroz