Crónica del Gran Reformador

Nota a la primera edición completa:
La circulación clandestina del epílogo de la obra de Ehécatl. Lo que no fue, publicada bajo el título Lo que sí fue, dio lugar -en el pasado- a polémicas amargas. Sea o no verdad lo que en ella se dice, importa poco en la actualidad; nuestra identidad de raza está muy por encima de sucesos tan antiguos como los que se relatan, por lo que no existe razón para clandestinidad alguna. Esta publicación se hace directamente de los originales del autor contenidos en la Biblioteca Nacional del Gran Teocalli y se complementa con un fragmento de la conferencia dictada por Ahui Xocoyotzin, máximo catedrático de Historia y Leyenda de la Universidad de Anáhuac, 500 años atrás, titulada “Vida y Obra del Gran Reformador”.

El Editor
* * *

Eran cuatro.
El médico que se odiaba a sí mismo por haber sido incapaz de salvar al paciente que más le importaba en el mundo.
El escritor, frustrado por no poder hallar las palabras adecuadas para narrar sus sueños.
El ingeniero que soñaba con el diseño perfecto a sabiendas de que no lograría realizarlo.
El socorrista que no había podido salvar la vida de su mejor amigo.
Estaban en el Popocatépetl, atados a la misma cuerda y en la ruta central. Descendían cuando los golpeó el rayo.
Quizá no fue un rayo, pero los derribó hacia la negrura después del blanco deslumbrante. Sin aviso previo, sin advertencia de tormenta eléctrica. Un rayo seco. Pero… ¿fue un rayo?
Cayeron desde el arranque de la grieta hacia las rampas, golpearon el hielo y luego una capa de nieve compacta. En la fracción de segundo que siguió pasando de la oscuridad absoluta a la claridad normal, los cuatro lograron frenar su caída usando los piolets como anclas. Cuando cesó el tintineo del equipo zarandeado, sólo hubo silencio.
El primero en reaccionar fue el médico, quizás el más neurótico de los cuatro. De un manotazo se limpió la nieve de la cara y miró a su alrededor, mascullando maldiciones a través de su barba rubia. Un poco más abajo le contestaron las palabrotas del escritor. Los otros guardaban silencio. El médico, alto y musculoso, y el escritor, pequeño y delgado, se incorporaron y miraron perplejos a su alrededor. La montaña, por alguna razón, se veía sutilmente diferente: Más llena de nieve, más luminosa…; las piedras de Nexpayantla, extrañas. Los dos, a pesar de ser parlanchines, se quedaron callados, aferrados a sus piolets, mirando hacia el mismo sitio.
—¿Dónde está Tlamacas? —exclamó el escritor.
—¡Esto no es el Popocatépetl! —gritó el médico como si maldijera.
Todos miraron hacia abajo y guardaron silencio. No había instalaciones alpinas; en vez del albergue, casetas y estacionamiento, sólo se veían pinos y una leve neblina.
—Siempre ocurren cosas raras cuando cuatro se amarran a una sola cuerda —comentó el ingeniero mientras se ajustaba la mochila.
Los otros tres le lanzaron miradas homicidas.
—¡Imbécil! —aulló el médico.
—¿Estás ciego, tarado? —gruñó el escritor.
—Mejor lo discutimos en sitio seguro —recomendó el socorrista.
—Pero vamos en dos cordadas —insistió el ingeniero—. No quiero caerme otra vez.
Media hora después, confundidos aún más, habían comprobado la inexistencia de refugios de alta montaña, huellas de personas o grupos de montañistas a lo lejos. Tampoco había huellas del refugio de Texcalco. La montaña estaba limpia salvo el persistente olor a azufre; por ninguna parte se veían señales de contaminación. El ingeniero no había dejado de hablar acerca de la pureza del aire, la ausencia de polución y expresiones similares. Solía ponerse así cuando estaba nervioso. Instintivamente, los cuatro miraban hacia el noroeste, donde grandes cúmulos ocultaban el Valle de México.
—Hace 15 días estuve aquí y todo era normal —dijo uno.
—Yo también —respondió otro, pero después del rayo nada parecía igual.
—¡Se me ocurre una idea! —intervino el ingeniero.
Pero, entonces, las nubes se apartaron un poco y limpiaron el cielo sobre el valle. Los cuatro se quedaron helados confirmando algo que ya sospechaban, pero que ninguno deseaba aceptar. Alguien gimió y hubo maldiciones masculladas más que expresiones de sorpresa.
Limpia, esplendorosa en medio del gran lago, brillaba al sol Tenochtitlán.

* * *

Tres días más tarde, cansados, hambrientos y desalentados, permanecían agazapados entre las rocas de la cumbre. Ignoraban a ciencia cierta la fecha en la que estaban; sólo sabían que Tenochtitlán –y eso era una suposición– aún no era una ruina desierta y que estaba resistiendo un asedio que sólo podía provenir de Cortés y sus aliados. Habían vuelto a trepar, aunque lo correcto hubiera sido lo contrario, porque sentían que en la cumbre estaban más cerca del mundo que conocían, aislados en una pequeña cápsula del siglo XX junto a sus tiendas isotérmicas. Poco más arriba de Tlamacas, se movía una hilera de hombres y los cuatro se turnaban en los binoculares para examinarlos. La columna parecía tratar de encontrar una ruta de acceso al cráter.
—Son españoles y macehuales, no es una procesión religiosa —dijo el escritor.
—Pero, ¿a qué vienen? —dijo el médico— ¿Observación militar?, ¿reconocimiento? No creo que estén paseando.
—Quizá buscan azufre, con él pueden fabricar pólvora —intervino el ingeniero.
—La historia —argumentó el socorrista— dice que lo hicieron, pero fue después de la caída de Tenochtitlan. Subieron dos capitanes o soldados de Cortés. Diego de Ordaz y Montaño.
—La historia es muy vaga al respecto —dijo el escritor—. Quizá los españoles no quisieron admitir que necesitaron pólvora antes. En todo caso no podemos bajar a preguntarles.
—Pero, tarde o temprano —dijo el socorrista—, tendremos que bajar; no podemos quedarnos aquí para siempre. Si vamos a hablar con alguien será mejor con los españoles. Por lo menos ellos podrán entendernos.
—Sí —gruñó el escritor—. También pueden invitarnos a ser parte de una hoguera, no olvides cómo pensaban. Prefiero a los tenochcas.
—Lo que ocurre es que tú estás enamorado de las causas perdidas —intervino el ingeniero—. Los aztecas perdieron la guerra y su mundo se derrumbó. Lo sabemos todos.
—¡Eso importa poco hoy! —gritó el escritor— ¡Soy mexicano y si tuviera que pelear lo haría de parte de mis antepasados y no de unos invasores!
—Recuerda que los españoles también son nuestros antepasados…
—¿Te das cuenta de lo que propones? —intervino el médico con los ojos súbitamente brillantes, aunque su voz era tranquila— Si intervenimos del lado mexica cambiaríamos la historia, ¿o no?…
—Perderíamos nuestro mundo —musitó el socorrista.
—¿No lo hemos perdido ya? —inquirió el médico.
El escritor miró a sus compañeros uno por uno, fijamente; también sus ojos tenían un brillo especial. Cuando habló lo hizo con voz profunda, serio, sin atisbos de la burla tan habitual en él.
—Ustedes, ¿no han soñado alguna vez ser dioses? ¿No se les ha ocurrido que los pueblos de América merecían mejor suerte?
Volvió a tomar los binoculares mientras sus compañeros discutían acaloradamente. Estaba momentáneamente tranquilo después de decir lo que pensaba. Fue una discusión violenta.
Cuando cayó la noche, los hombres en la montaña se refugiaron para esperar el nuevo día, pero los que estaban arriba sabían ahora algo nuevo: que no podían seguir donde estaban, que tendrían que bajar o morir arriba, que seguramente jamás regresarían a su tiempo, que estaban en la encrucijada de dos mundos y que su presencia podría hacer oscilar la balanza a favor de uno. También habían tomado una determinación. Ignoraban el precio.
El escritor dedicó pensamientos a la gente que amaba, ahora tan lejana, a sus libros y a su obra inconclusa. Pulió sus esquíes cortos y pensó en la cuesta que bajaría al día siguiente. Renunció al tormento que era pensar.
El socorrista permaneció largo tiempo fuera de la tienda, contemplando su montaña y pensando en su familia.
El ingeniero se exprimió el cerebro buscando soluciones mientras limpiaba el revólver 44 que siempre le acompañaba en la montaña.
El médico estaba seguro de encontrarse en el sitio adecuado y en el momento preciso. Usó la luz menguante de su linterna de pilas para revisar la automática 45 y pensó sin amargura –como soltero y aventurero que era–, que podía mandar al diablo un mundo sin temor. Con ligeros matices era muy parecido al escritor. Se metió en su bolsa de dormir y descansó sin sueños.

* * *

Los ocho españoles abandonaron la seguridad de la arena con las primeras luces y comenzaron a trepar trabajosamente por la nieve. Tenían miedo, pues las montañas eran sitios donde moraba el maligno y aquélla, con su persistente olor a azufre, parecía ser una de sus predilectas. Si su capitán general no les hubiera ordenado ir, no estarían ahí, pero necesitaban la pólvora para sostener el asedio y triunfar. Tenían miedo, pero eran soldados y cumplían órdenes.
El escritor, muy a su pesar, tuvo que admitir que tenía miedo. Una cosa es decidirse a luchar y otra hacerlo. Tenía la boca seca y el estómago acalambrado. Ni hablar, dado que él era quien mejor esquiaba, se había sacado el premio gordo… El montañista también calzaba esquíes y estaba a 150 metros de ahí.
Miedo, miedo sordo y constante. Ninguno de los cuatro había combatido cuerpo a cuerpo, él y el médico eran aficionados al karate, pero ahora las cosas iban en serio. Por contra, el escritor estaba seguro de que los españoles sí eran buenos en combate. Era una cosa enloquecedora y en aquel momento la habría abandonado de no ser ya inevitable. Su arma más confiable era la sorpresa, el miedo y superstición de aquéllos. Quizá…
Tenían que paralizar a los otros con su presencia, de lo contrario serían hombres muertos. El escritor tomó una bocanada de aire helado y raquítico, y sopló con fuerza el silbato mientras saltaba hacia la pendiente con movimientos fluidos. El descenso lo llevó rápidamente en una fulgurante diagonal hasta que, haciendo una cristianía, cambió de dirección. Esperaba que los de abajo no fueran muy buenos con los arcabuces…
El socorrista saltó tras él lanzando un grito. Dos figuras fuera de época vestidas con ropas brillantes, multicolores.

* * *

Los españoles se sobresaltaron por el ruido del silbato, jamás oído antes; pero lo que siguió fue peor. Unos instantes antes, la montaña estaba desierta; de pronto, surgió una figura de pesadilla acercándose a ellos. Con aterrada fascinación miraron aquello que no correspondía a sus marcos de conocimiento. Otro similar apareció tras el primero. Ambos bajaban a velocidades imposibles para ser personas. En vez de piel tenían unas envolturas brillantes y holgadas; sus ojos eran enormes y oscuros, y la parte superior de sus cabezas era de color brillante y sin pelo. Tenían grandes pies que les permitían resbalar sobre la nieve y sus brazos estaban terminados en puntas metálicas. El primero emitía silbidos terribles. ¡Eran demonios de las nieves, siervos de Satán!
Pero, demonios o no, los españoles prepararon sus armas. Un arcabuz fue disparado, pero la mano que lo sostenía no estaba firme. Tras los europeos se incorporaron inadvertidas, otras dos figuras igualmente extrañas. Empuñaban armas de fuego y sus manos sí estaban firmes.
La descarga rápida y a corta distancia hizo saltar a los europeos como muñecos rotos. Antes de que pudieran reaccionar llegó hasta ellos la primera figura deslizante.
El escritor soltó los bastones y empuñó el corto martillo piolet como hacha de combate. Ante él estaba un español de cara rubicunda y ojos desorbitados… Tenía un espadón de aspecto maligno parcialmente levantado y… no hubo tiempo de más, con un grito el escritor lo embistió. Estrelló la maza del martillo en aquella cara y perdió el equilibrio para estrellarse, esquíes por delante, contra las piernas de un arcabucero. El socorrista embistió al desconcertado grupo con los bastones como lanzas.
Con una mueca de ferocidad, el médico metió otro cargador en la 45 y corrió a participar en la matanza…
Hubo algunas detonaciones, gritos y la nieve se tiñó de escarlata. El ingeniero miró la carnicería e hizo un esfuerzo para no vomitar, pero fracasó.
El silencio que siguió fue peor. Un cuervo graznó arriba, alguien emitió un quejido lastimero. El médico rebasó a un español acuclillado con un balazo en el vientre y con una maldición, estrelló su bota armada de crampones en su nuca. El quejido cesó.
El escritor se desprendió del único esquí que conservaba y se apoyó en el piolet para subir; su mano se llenó de sangre y de masa encefálica. Con una mueca de disgusto fue hacia los otros.
—¿Están todos bien? —interrogó una voz.
El socorrista trató de hablar con uno de los heridos; mientras éste ponía los ojos en blanco, el médico se lo arrebató y le fracturó el cuello con un golpe de pistola.
—¡Viva Anáhuac! —rugió.
—¡Viva Anáhuac! —respondió el escritor sin entonación. Era grotesco –pensó– estar en el siglo XV mirando a hombres que él, sólo él, había asesinado. Había sido su idea. Se sintió vacío.

* * *

Los macehuales que permanecían abajo vieron huir al resto de os españoles ante las brillantes figuras que descendían. Uno que no fue muy rápido cayó fulminado por el trueno que surgió de la mano de uno de aquellos dioses de la montaña.
Los nativos examinaron a quienes bajaban con una mezcla de temor y reverencia. Vestían con colores más brillantes que las pinturas sacerdotales y refulgían al Sol como encarnaciones de dioses poderosos. ¿Serían los verdaderos? Aquéllos que parecían haber abandonado a su raza a favor de los hombres blancos y barbados. ¿Serían la respuesta a las ocultas plegarias de muchos? Una cosa era clara: Aunque un tanto similares a los teules no estaban con ellos: Los mataban.
Se inclinaron ante los cuatro cuando estuvieron a su lado y después, tímidamente, preguntaron quiénes eran. El más alto, el que vestía enteramente de azul, color del sacrificio, se adelantó y, abarcando con un ademán a los demás y a él mismo, pronunció una sola palabra, fuerte, como una promesa de resurgimiento:
—¡Quetzalcóatl!
Los macehuales emitieron murmullos de veneración y se inclinaron nuevamente, honrándolos. Fue por eso que no captaron las sonrisas de triunfo del médico y del escritor. Faltaba un largo e incierto camino hacia el triunfo, pero era un buen comienzo. Ninguno de los dos se sentía particularmente molesto por el hecho de ser considerados dioses. De hecho, les encantaba…

* * *

VIDA Y OBRA DEL GRAN REFORMADOR
(Fragmento)

Es muy obvio para todos los interesados seriamente en la Historia que la personalidad del Gran Reformador no tenía nada de divina. Que, aunque se dio el título de dios, lo hizo para alcanzar mejor sus fines. Es obvio también que su intervención resultó definitiva en el curso de la guerra; aunque no faltan quienes se empeñan en atribuir a Anáhuac fuerzas suficientes para derrotar a Cortés, nuestros ejércitos habían llegado al límite de su resistencia y sólo la carencia de pólvora hizo retroceder a nuestros enemigos.
Ese detalle crucial fue obra de ellos, del Gran Reformador y los suyos. Sorprendente, porque cuatro hombres mucho lograron por sí solos. Y eran hombres, no dioses. Todos ellos llegaron a edades avanzadas, pero murieron igual que cualquier otro, envejecieron y tuvieron achaques a pesar de su vigor.
Sin embargo, sus actos consignados por la historia no están a discusión; el enigma lo conforma su origen. Ninguno llegó con los invasores, simplemente aparecieron de la nada. Bajaron de la montaña sagrada como dioses de otro mundo. Se dijo que lo eran, pero los estudios realizados por nuestras sondas demuestran que no existe vida inteligente en este sistema planetario. Bajaron de la montaña, eso dice la leyenda. Poseían vastos conocimientos y los aplicaron en nuestro favor. Tenían el don de adivinar el futuro, o por lo menos se les atribuye, y un indiscutible genio militar, técnico y de improvisación.
Muchas de las cosas que hicieron siguen siendo enigma, pero con su ciencia, sus costumbres y su personalidad influyeron definitivamente en la formación de nuestra cultura y civilización. Parecían ser ajenos a nosotros, pero extrañamente ligados a nuestro destino; sólo así puede explicarse que asumieran las responsabilidades del mando supremo. Emprendieron brillantes campañas que parecían descabelladas, pero jamás fueron derrotados. Supieron ganarse la confianza de nuestra gente y preparar buenos asistentes y guerreros osados casi hasta la locura. Esos guerreros, empuñando armas diseñadas por los cuatro misteriosos, pusieron de rodillas a ejércitos muy superiores en número. La conquista de los reinos bárbaros de Europa es el ejemplo más claro. Sólo diez años para vencer… No cabe duda que inventaron armas terribles: cohetes, psicología, virus.
Nos dejaron como herencia sus postulados técnicos, científicos, filosóficos y su literatura. Mucho de todo esto aún está sujeto a polémica entre las ramas laicas y teológicas de investigación. ¡Qué tesoro de material!
Mucho de lo anterior, especialmente lo técnico, ha sido ampliamente superado; otras cosas resultaron inútiles y otras imposibles de aplicar. El enigma sigue vigente: ¿Cómo cuatro hombres pudieron reunir semejante volumen de información?
Entre lo comprensible, aplicable y superador están las consideraciones filosóficas y las matemáticas, los manuales de guerra, la medicina y la higiene. La obra literaria es capaz de volver loco a cualquiera.
Esto nos lleva al análisis de dos de ellos: Aquél que tomó para sí el nombre de Ehécatl y el propio Gran Reformador. Ellos fueron los últimos en partir hacia el Mictlán que llamaban la gran negrura, los indiscutibles líderes del equipo, como se llamaban entre ellos. Fueron compañeros inseparables, mucho más mundanos y alegres que los otros dos; por igual bravos en la guerra y en las emociones. De los dos fue Ehécatl el que pareció dominado, en los últimos años de su vida, por el afán de aclarar el origen de los cuatro. ¡Cómo escribió ese hombre! Su pluma sólo podía compararse con su lengua.
El y el Gran Reformador se pasaban horas discutiendo sobre los más variados temas, para pesadilla de sus oyentes. Se quejaban, insultaban y se burlaban de todo. Se dice que aquello era parte de la enseñanza que deseaban transmitirnos, pero algunos irreverentes afirman que sólo lo hacían por divertirse.
Ehécatl -sirva como ejemplo- dejó constancia de cosas tan nimias como recetas de cocina, apuntes para manuales de sexología y chistes -incomprensibles todos-, apuntes más serios sobre estrategia, artes marciales, la ley del amparo y la legislación del divorcio. Su estilo en broma -tenía una imaginación tremenda- está salpicado de barbaridades inexplicables como Coca-Cola, pizza, sistema de transporte colectivo, circuito interior, etcétera.
Él fue, con mucho, el más fascinante de los cuatro. Protagonizó tremendos escándalos a causa de sus muchas mujeres, tuvo montones de hijos, hay quien dice que centenares -teológicamente esto es blasfemo-, tuvo pleitos cotidianos con los sacerdotes y ordenó o tomó en sus manos la aniquilación de muchos. Junto con el Gran Reformador y para horror de los teólogos actuales, organizó fenomenales borracheras con un bebestrijo de su invención llamado ron. Algunos seguidores místicos actuales han tomado estas costumbres como ritual para entrar en contacto con los dioses.
Las motivaciones de su obra literaria oscilan entre el desencanto y aguda nostalgia de oscuros motivos y la alegría desenfrenada por un triunfo. Abunda en afirmaciones, casi arengas, a la justicia de la gran obra, aunque a veces parece haber tristeza en sus aseveraciones.
La última aportación a la literatura de este ser fascinante fue una obra polémica, fruto, según algunos, de senilidad y deterioro mental y, según otros, de un último chispazo de genio. Escribió una novela con la que creó un género al que llamó ciencia-ficción –el significado de ésto aún arranca gemidos a los lingüista–, a la que tituló Lo que no fue.
Con su peculiar estilo chispeante e irreverente. Ehécatl creó la historia caótica de un mundo imposible, una visión demencial con una lógica interna característica desde entonces del género. La acción se desarrolla en parte del actual territorio de Anáhuac, en un país que a ratos se antoja un paraíso y en otros un infierno. Un sitio progresista y atrasado a la vez, contradictorio; lleno de riquezas mal aprovechadas y de personas creativas, ambiciosas, torpes, ingeniosas y soeces. Un país de cuento de horror, o de hadas, lleno de peligros y emociones, frustraciones y placeres. Un sitio llamado México.
Obra enorme y compleja, Lo que no fue tiene una estructura clara, como desarrollo de una extrapolación monumental, pero está incompleta pues la acción, poco antes de lo que debió ser el desenlace, termina súbitamente en un renglón único que reza: “Eran cuatro”.
¿No terminó Ehécatl? En todo caso, la obra sólo fue conocida años después de su muerte; antes de eso había sido celosamente guardada… Se dice, sin que pueda demostrarse, que fue descubierta y publicada por error. Esto, como tantas otras cosas relacionadas con la vida y la obra de los reformadores, oscila entre la verdad y la leyenda.
Hay un último misterio. Algunos eruditos respetables afirman que sí terminó la obra y que el faltante es de apenas unas páginas. Que estas páginas son guardadas –bajo pena de muerte– en la biblioteca del Gran Teocalli para evitar un colapso en nuestra identidad de raza. Se dice que en esas pocas páginas originales se encuentra la solución al enigma más grande de nuestra historia. Con evidente humor negro, se insiste en que la razón del secreto es que en ellas se dice… ¡la verdad!
¿Existe tal epílogo? Se ha tratado de relacionar con este oscuro texto mítico las últimas palabras de Ehécatl en su lecho de muerte. Las palabras son conocidas hasta por los niños de pre-calpulli: “¿Ustedes, no han soñado alguna vez ser dioses? ¿No se les ha ocurrido que los pueblos de América merecían mejor suerte?”
La historia consigna que Ehécatl, antes de morir, lanzó una carcajada…

Héctor Chavarría

Procreación

Es la noche. Una noche castellana de mediados de agosto en el año 1040. El calor sofocante del día ha calmado un poco, gracias a un viento sin sol que sopla infatigable desde hace tres horas cargado de olor a campo y de rumores de chopos.
Durante el día el cielo se había dejado caer con todo su sol sobre la tierra, la pobre tierra sedienta, sofocada, tratando de sacar la cabeza y poder respirar brisas verdes.
La noche ha traído una tregua y todo duerme pesadamente, como embotado, como embrutecido.
La casa de Diego Laínez, una inmensa casona de piedra en el pueblo de Vivar, medio fortaleza, medio casa de campo, tratando de mantenerse fría a fuerza de piedra, levanta sus líneas duras y precisas, su adusta majestad en medio de un sueño de piedra.
Piedra. Piedra. Piedra. He aquí la casa de Diego Laínez. Casa de silencios de piedra, de sueños de piedra, de palabras de piedra, de honradez de piedra, de sentimientos de piedra (¿quién ha dicho que las piedras no tienen sentimientos?; ¡oh error!), de energías de piedra, de hombres de piedra.
¡Casa señalada por el dedo de piedra del Destino!
Diego Laínez, gran guerrero, ganador de batallas, sostén del trono de sus reyes, heredero de la sangre de Laín Calvo; Diego Laínez, que peleó en la batalla en que el conde Fernán González venció a Almanzor, ha vuelto de una consulta a que le llamara el rey y no puede conciliar el sueño.
Mil preocupaciones le asaltan. Desnudo sobre el lecho, en vano se revuelve de un lado a otro. La respiración inquieta de su pecho fuerte retumba en las paredes como golpes de encarcelado.
Las imágenes del insomnio se cruzan en su cabeza, pasan, repasan; se precipitan unas sobre otras y dilatan su cerebro en fiebre.
España se le aparece como una olla de grillos, despedazada, diseminada, deshecha en mil trozos separados e incongruentes. Provincias, ciudades, fortalezas independientes. Un reyezuelo por aquí, un condado por allá, un general moro proclamándose amo de un terruño conquistado. Cristianos luchando contra cristianos, moros contra moros. Alianzas de moros y cristianos para luchar contra otros cristianos u otros moros. Rotos los pactos al día siguiente, los efímeros aliados se destrozan entre sí. En el momento de calarse las armaduras de combate no se sabe contra quién se va a pelear.
Este es el cuadro que aparece a Díego Laínez. Hace ya más de trescientos años los musulmanes invadieron España, y el imperio visigodo cayó con el rey Rodrigo en las aguas del Guadalete y se deshizo en ondas hasta el mar.
El gran imperio musulmán, después de llegar a su cenit y de haber sometido a toda España a excepción de don Pelayo, empezaba también a disgregarse en guerras intestinas y deshacerse en molicies de apogeo. Del califato de Córdoba, que había sido de una magnificencia de cuento oriental, quedaban como restos dispersos, como trozos de un planeta que ha estallado, los reinos moros de Granada, de Sevilla, de Murcia, de Denia, de Valencia, de Badajoz, de Toledo, de Zaragoza.
Don Pelayo, ese solo trozo independiente de la península, desprendiéndose de roca en roca desde la cueva de Covadonga había empezado la reconquista. Don Pelayo no es un hombre, es un aluvión, es una bola de nieve.
¡Cómo admira a don Pelayo Diego Laínez! Se le aparece como el dragón de las grutas del destino, lanzando fuego por los ojos, triturando moros entre los dientes, aplastando fortalezas bajo las garras.
Debido a don Pelayo, los cristianos poseen ahora, en medio de esos reinos moros, los condados de Barcelona, de Aragón y de Castilla; los reinos de Navarra, de Galicia y de León.
Diego Laínez adora a Castilla. Piensa en las hazañas de sus condes, vasallos del reino de León; las proezas de esos condes castellanos que han dado a sus tierras un olor a poema y a sangre de eternidad, desfilan en su memoria. Castilla presenta ya una fuerza hecha, una personalidad; tiene sabor a patria. Diego Laínez no puede contenerse y exclama en voz alta:
– Es preciso que nazca otro don Pelayo, es preciso que salte una voluntad unificadora, otra fuerza invencible, otro destino.
Al ruido de las palabras de Diego Laínez, su mujer, que duerme junto a él, se despierta sobresaltada.
-¿Qué te pasa, Diego Laínez? ¿Estás enfermo? -pregunta-. ¿Por qué no duermes?
-Pienso -responde el hombre.
-¿Qué piensas?
-No es cosa de mujeres lo que pienso.
-Política o guerras; comprendo.
-Salvar a España.
La mujer guarda silencio y siente un orgullo que le recorre toda la piel, orgullo del hombre a quien pertenece.
Los pensamientos de Diego Laínez son elevados y nobles. Nunca ella ha sentido en sus pensamientos los pasos de terciopelo de la traición, con ese oído que tienen las mujeres para los pensamientos de quienes las rodean.
Ella ama la integridad de ese hombre, porque ella es hija de otro varón semejante. Ella, Teresa Alvarez, es hija de Rodrigo Álvarez de Asturias, gran guerrero, conquistador del castillo de Ubierna, noble hacendado, poderoso por su influencia y su fortuna.
-Hace calor -dice ella-; sería bueno abrir las ventanas.
-Duerme.
Diego Laínez se levanta y abre las ventanas. Vuelve el silencio y vuelve el insomnio.
Ese simple gesto, abrir una ventana, que parece tan nimio, tan sin importancia, es una cosa grave. Abrir una ventana es como abrir el alma, es como abrir el cuerpo.
Por la ventana abierta entra la noche, detrás de la noche entra Castilla y detrás de Castilla entra España.
Millones de estrellas se precipitan por esa ventana como el rebaño que aguarda que abran las puertas del corral; miles de fuerzas dispersas corren como atraídas por un imán y se atropellan entre los gruesos batientes, todo el calor y las savias descarriadas de la naturaleza se sienten impulsadas hacia el sumidero abierto en el muro de aquel aposento que se hace la arista de todas las energías, de todos los anhelos.
Innumerables corrientes eléctricas convergen hacía esa habitación, único punto interesante del mapa en aquella noche.
Diego Laínez siente todo ese enjambre de alientos profundos y substanciases llegar hasta él. Un vigor inmenso se apodera de su cuerpo, su pecho se hincha, se dilata y desborda en la noche. El mundo es tina usina de energías, un acumulador de fuerzas ebrias, una fábrica de hidrógeno.
Y él traga, traga, aspira por todos sus poros esa riqueza que afluye hacia él y viene a ofrecérsele como el manjar del mundo.
¿Qué transmutación, qué destino va buscando esa aglomeración de irradiaciones?
Diego Laínez siente una vaga inquietud. La carne se rebela y un cosquilleo le agita las arterias.
Afuera la noche se pone lánguida, blanda. Una ancha brisa nacida en quién sabe qué jardines recónditos trae caricias de flor, suavidad de hierba. Un ruiseñor silba a su hembra en castellano y la noche se hace envolvente como una cabellera de mujer.
Diego Laínez contempla a la que duerme a su sombra. Hermosa, regordeta, Teresa Alvarez es la hija del campo, del hacendado noble, de sangre bien nutrida. Hermosa, regordete, frutal. Carne apetitosa, apta a la caricia, pronta al amor. Sus senos potentes, con perfumes de huerta como grandes melones, palpitan con un ritmo sereno de corazón y de mar.
Mirar esa mujer rejuvenece, dulcifica, aclara los problemas del mundo. Todo junto a ella se hace natural, primario, alegre. No se comprenden el vicio, ni las complicaciones, ni los retorcimientos de falsos placeres. El amor directo, lógico, el acto sexual rotundo de un hombre y de una mujer enlazados cumpliendo una función orgánica imperiosa y suprema.
Diego Laínez la coge entre, sus brazos, le acaricia todas las blanduras. Ella le ofrece los labios carnudos y pletóricos. El se crispa en cada roce. Ella se muere en cada beso.
Es un instante solemne, ese instante en que el mundo parece hacerse silencioso para escuchar, recogerse para dar un gran salto. Se prepara una fiesta.
El hombre ahora es el macho, y el macho no resiste más sus impulsos; la mujer es la hembra, y la hembra se abre como una rosa de pie.
Diego Laínez, fogoso, rudo, infantil, se precipita sobre su mujer y entra en su carne, se hunde debajo de su piel con energías de guerrero descansado, ansioso de batallas, impaciente de victorias.
La tierra toma el ritmo de esos cuerpos resollantes y suspira como una montaña. El infinito se vacía, el universo vacila y durante un minuto el sistema planetario se detiene.
Dios, mirando por el ojo de la cerradura del cielo, sonríe.
-¡Ah! Diego, esposo mío, nunca he sentido un estremecimiento semejante, creí perder la razón.
-Teresa mía, es curioso; se me figura hacer el amor por primera vez.
Y Diego Laínez lloraba de alegría anunciadora y cósmica.
-No sé, no sé qué tengo, mujer; pero se me figura que no soy yo el que ha realizado el simple acto de amor, sino todo el universo el que lo ha realizado en mí. Se me figura que he cumplido un designio.
-Esta noche tiene gusto a milagro.
Y otra vez la obsesión de don Pelayo se apodera de] alma de Laínez. Don Pelayo, don Pelayo, la obra inacabada, trunca, cortada a mitad del camino.
La sombra del guerrero gigante se pasea en los sueños de Diego Laínez y la noche se hace fuerte, heroica. La noche es don Pelayo y afuera el ruiseñor sigue cantando a don Pelayo.
-Sí, efectivamente, esta noche tiene sabor a milagro.

Vicente Huidobro

El huésped

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.

Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.

Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.

No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.

Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.

Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.

La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las buganvilias.

En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.

Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre. Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”, gritaba desesperada.

Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…

Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.

Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…

Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.

Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado. Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando
cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y
a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.

Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”

Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.

Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.

—Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.

—Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó.

— ¿Pero qué podemos hacer las dos solas?

—Solas, es verdad, pero con un odio…

Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.

La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.

No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.

Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…

Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.

Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.

Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…

Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.

Amparo Dávila

Galatea en Brighton

Me tomó algunos meses comprender que Siobhan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto durante cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que éste comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras perturban cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que el anonimato, tanto o más que la fama, es uno de los deseos velados de cualquier existencia.

Escribo esto y descubro con vergüenza que a la segunda Siobhan Kearney le fue negado precisamente su derecho a no ser nadie. Puedo apostar que ella, hacia el final de sus días, hubiera dado lo que fuese por que su nombre no importase a nadie, al menos no para quienes la honramos hasta matarla. La imagino antes de todo, cuando era niña o adolescente, quién sabe si feliz, pero sin duda poco preocupada por llamarse como se llamaba. Su nombre, hasta el momento atroz en que lo descubrió mi padre en los registros de su oficina bancaria, debió de ser como cualquier otro, resonante sólo para quienes la amaron o aborrecieron antes que nosotros: su madre viuda, un hermano que sólo alcanzó a escribirle dos cartas desde las trincheras del Somme, un novio acaso despechado que habría repetido aquellas sílabas de amor desde el fondo de la calle que conducía a su modesto apartamento en Cockfosters. Un nombre para ella dulce o neutro, un nombre que, sin embargo y sin que ella lo supiese, se iría cargando de fatalidad en las sesiones espiritistas que por años ofició madame Doucelin en nuestra casa solariega de Brighton.

Los devotos de la madame llegaban siempre a las cinco: anchos, atildados, diestros como nadie en la elegancia de quienes llevan mucho tiempo compartiendo mezquinas transgresiones. Ahogaban su espera con la repostería de mi madre y se embarcaban en charlas banales que sólo hacían más enervante la impuntualidad de madame Doucelin. Siempre parecía intolerablemente tarde cuando la figura inmensa de la médium ensombrecía el umbral de la casa. Su sola presencia, sin embargo, bastaba para que los miembros de su conventillo le perdonasen todo: su informalidad, la perfumada grosería de sus modales, sus cien kilos de ser escandalosamente francesa. Daba pena verles tan sumisos a la fuerza espiritual de aquella mujer enorme, tan dispuestos a celebrar sus desaires y cumplir sus más leves caprichos como si se tratara de una deidad telúrica, providente y terrible al mismo tiempo. Ella, por su parte, se dejaba querer y temer, jugueteaba un rato con la ansiedad del conventillo y sólo se avenía a iniciar la sesión cuando era noche cerrada y la vehemencia de sus devotos comenzaba ya a volverse insostenible. Aquella postergación era tan frecuente y estudiada como las propias sesiones, y no me extrañaría que la madame la juzgase parte de su ritual ultramundano, un necesario desgaste para quebrantar las defensas de los comensales y disponerles para creer ciegamente en las cosas que ella, transfigurada y solemne a la luz de las velas, les decía luego desde la frágil frontera que nos separa de los muertos.

Ignoro cómo o cuántas veces fui testigo presencial de los prodigios espiritistas de madame Doucelin. Seguramente fueron muchas, pues sus visitas a Brighton nunca fueron en mi casa motivo de secreto, ni siquiera de discreción. Mi padre hablaba de las sesiones como quien comenta un partido de cricket, y mi madre las preparaba siempre con el mismo esmero con que habría administrado las raciones para un almuerzo dominical. Cuando aludían a los espectros que la noche previa habían acudido a sus invocaciones, los hacían como si se tratara de un político en desgracia o de una soprano que ha cantado bien un aria en Covent Garden.

Naturalmente, mis padres y los demás miembros del conventillo tenían sus preferencias en lo que hace a sus visitantes del más allá: ciertos nombres podían repetirse en nuestras sobremesas hasta volverse cotidianos, otros podían apasionarles, causar trifulcas entre ellos, caer en desgracia o incluso merecer que nadie volviese a nombrarles, no se diga a invocarles. Y aunque nunca tuve claro qué etiqueta podía ganarle a un alma en pena el afecto o el desprecio de los vivos, muy pronto me acostumbré a convivir con ellos y tolerarlos en mi infancia como otros deben hacer con parientes que se resisten a ser lejanos o con la prole invasiva de extraños que fueron al colegio en las mismas aulas que nuestros padres.

Mentiría si dijese que la primera Siobhan Kearney fue desde el comienzo una muerta de excepción para los seguidores de madame Doucelin. Sus primeras apariciones en la casa de Brighton apenas debieron de sembrar en ellos cierta curiosidad por su vida desastrada o por las minucias de un suicidio con barbitúricos que, en realidad, no difería gran cosa de la de muchos otros espectros invocados por la voz ventral de la médium. Después de todo, no era inusual que los suicidas pululasen en las sesiones para narrar a los vivos los mórbidos detalles de sus últimos instantes en el mundo. Ciertamente esos casos sembraban algún interés en el conventillo, pero el entusiasmo o el morbo que generaban se extinguían tan pronto como habían venido, casi siempre desplazados por las confesiones de algún suicida más elocuente, más audaz o, por lo menos, más lúbrico.

No es entonces improbable que el fantasma de la suicida Siobhan estuviese cerca de pasar al olvido cuando mi padre descubrió a la joven que, para su mal, llevaba sin saberlo ese mismo nombre. Culpar de esto sólo a la casualidad me parece hoy tan absurdo como creer a ojos cerrados que la primera Siobhan lo dispuso todo para que así ocurriera desde el fondo mismo del infierno. Antes que el azar o los designios de ultratumba, los verdaderos responsables de esa escaramuza fuimos los vivos, seres de carne y hueso cuyo guía no fue otro que mi padre. A fin de cuentas fue él quien cierto día reconoció el nombre de Siobhan Kearney en la lista de pequeños clientes proletarios de su banco en Londres. Y fue él quien esa misma tarde celebró el hallazgo entre los devotos de madame Doucelin, inocente al principio, entusiasta luego, delirante al fin cuando notó que también ellos, sus contertulios y amigos, veían en el hecho como algo más que una curiosa coincidencia, quizá más bien como una señal una invitación inestimable a refrescar un poco aquel juego espiritista que a esas alturas había comenzado ya a aburrirles.

No dudo que al principio lo hayan concebido así, como un juego, un simple juego más o menos inocente, algo similar a una especulación bursátil en la que algunos cientos de libras, audazmente administrados por mi padre, enriquecerían por fuerza el anecdotario de su conventillo en Brighton. Nada de esto, sin embargo, les absuelve de haber seguido con su macabro pasatiempo cuando advirtieron hasta dónde tendrían que llevarlo para sentir que su inversión había valido la pena. Por lo que hace a madame Doucelin, su parte en esa industria me resulta hoy extrañamente difusa: a veces la concibo como artífice última de la debacle de la segunda Siobhan, algunas la veo reacia a participar en ella, y otras, las más, la pierdo entre los rostros de sus devotos como si, en efecto, la médium hubiera sido un mero instrumento, un amasijo de carne blanca y resonante sometido por entero a los designios de la primera Siobhan, la muerta.

De este vórtice inestable de memorias apenas puedo rescatar con claridad la noche en que mi padre relató a sus cómplices los pormenores de su primer encuentro con la nueva Siobhan Kearney. Lo veo ensanchado en el sillón que preside la sala, sonriente, orgulloso como un patriarca que se dispone a contarnos sus desmanes de juventud. Junto a él, erguida en un pequeño taburete, mi madre también sonríe, casi puedo asegurar que aplaudiría si no la contuviese su estricto sentido del recato. De cualquier modo, mi madre no deja de exigir a mi padre que les diga de una vez lo que todos ansían oír: quieren saber qué aspecto tiene la muchacha, si se sintió inhibida por la célebre opulencia de la oficina bancaria, si aceptó de buenas a primeras el generoso trato que al cabo le hizo mi padre o si mostró algún interés por la muerta cuya fortuna estaba a punto de usurpar sin saber que con ello asumía también su turbulento destino.

Así apremiado por sus cómplices y amigos, mi padre al fin narra y retrata. En dos trazos describe a la rústica muchacha que esa mañana entró en su oficina manoseando la carta que él mismo había redactado sugiriéndole invertir parte de sus ahorros en el mercado del hierro. Imita luego la voz tímida de Siobhan Kearney cuando ésta le dijo que seguramente se trataba de un error, pues ella nunca ha visto junta tal cantidad de dinero. Mi padre, entonces, exagera su propia sorpresa cuando revisó con simulada atención los registros bancarios y juró despedir al empleado imbécil que no supo distinguir entre las cuentas de ambas mujeres. Finalmente, abusando del silencio en que han caído sus oyentes, vuelve a fruncir el ceño, contempla a la muchacha, finge meditar y le dice con un guiño de complicidad que sin duda ese dinero estará mejor en sus manos, pues es evidente que su dueña original hace tiempo que dejó de necesitarlo y sería una pena, señorita Kearney, que esa pequeña fortuna pasara sin más a las arcas del banco.

Al oír esto la concurrencia celebra por todo lo alto la actuación de mi padre. Ya no hay para qué preguntarle qué ocurrió enseguida. El conventillo de Brighton sabe que la muchacha, con reparos o sin ellos, ha aceptado aquel súbito giro de su suerte. ¿Quién no lo haría en su situación? Ya imaginan a la muchacha soñando con vestidos nuevos, tomando ese taxi que necesitó tantas veces cuando la lluvia la sorprendía en los descampados de Southgate, aplaudiendo en la fila cero del Strand esa obra de teatro a la que nunca creyó poder asistir. A esas alturas los presentes, en especial mi madre, han comenzado ya a concebir mil maneras de sacar el mayor provecho posible de la ilusión que mi padre sembró esa mañana en las ansias de Siobhan Kearney. Ahora que la saben al alcance de sus manos, quieren poseerla por completo, adueñarse de ella, cortejarla, redimirla de su vergonzosa medianía. Buscan, en fin, la forma de controlar su suerte con la misma ilusión con la que un niño cree que podrá algún día regir la fuerza incontenible de las mareas o de los astros.

Siempre me han estremecido la energía y la eficacia con que en esos meses el conventillo de Brighton llevó a efecto sus planes para renovar la suerte de Siobhan Kearney. Era como si auténticas fuerzas del más allá se hubiesen confabulado a fin de que la impostura de aquella segunda Siobhan fuese un éxito. Invitada por mi padre, su ángel protector, la muchacha comenzó a visitarnos en Brighton, donde las damas del conventillo se consagraron enseguida a cortejarla, redimirla e instruirla para que respondiese dignamente a la supuesta generosidad de la providencia. Entre bromas y veras la felicitaron por su buena estrella, la iniciaron en las normas más elementales de la etiqueta que debía respetar si quería ser aceptada en sociedad, eligieron para ella los vestidos, el maquillaje y aun el peinado con que empezó a asistir a la ópera y al hipódromo. La muchacha, por su parte, se prestó a aquella transformación con la docilidad de una muñeca de trapo en manos de un grupo de niñas sobreexcitadas y enormes. Casi con alegría obedeció cada una de sus instrucciones y vistió cada uno de los sombreros que le asignaron, se entregó sin chistar a agotadoras sesiones donde le mejoraron el acento y hasta la educaron para que su ignorancia en materia de música y política pareciese antes una virtud de dama bien criada que un defecto de su origen modestísimo. Tal fue su docilidad, que en menos de dos meses hubiera sido imposible reconocer en ella a la humilde muchacha de Cockfosters a la que mi padre había citado alguna vez en la oficina de su banco en Londres.

Debo aclarar a todo esto que la tenaz metamorfosis de Siobhan Kearney tuvo sus límites, acaso porque ninguna de sus hadas de marras quiso nunca renunciar del todo al placer de exhibir el fondo grotesco de aquella acartonada Cenicienta. Más que hermosa o refinada, la muchacha terminó por parecer un borroso catálogo de buenas maneras, una máscara que sin embargo nunca pudo disimular el carácter híbrido y monstruoso de la condición de quien la portaba. Fruto de la indiscreción y la jactancia de los miembros del conventillo, la verdad sobre el origen de la pequeña fortuna de la señorita Kearney fue un secreto a voces en los círculos más selectos de la alta sociedad londinense, y tanto, que la muchacha no tardó en convertirse en el juguete temporario de Ascot y Covent Garden, en una suerte de prodigio circense alimentado por aplausos y falsos halagos que ella, desde su radical ingenuidad, aceptó de plácemes como si en verdad fuesen pruebas incontrovertibles de que había sido aceptada por los que antes cortejaron a la dueña original de su nombre, su dinero y su destino.

Cierta noche, no hace mucho tiempo, pregunté a mi padre si alguna vez consideró que tarde o temprano sería necesario desengañar a la muchacha. Mi padre me miró extrañado y se encogió de hombros como si esa fase ineludible de su juego nunca hubiera ocupado sus pensamientos. O peor aún, como si a esas alturas el nombre de Siobhan Kearney no le dijese absolutamente nada. Entonces me aterró descubrir que la historia de la muchacha había sido para él tan importante como un viaje de negocios a Newcastle o una cacería en Bretaña. Sin duda, el tiempo que duró el desfile de Siobhan Kearney por los salones y teatros de Londres le había dado numerosas satisfacciones, pero a la postre había sido también un descalabro que juzgó prudente olvidar tan pronto como la muchacha desapareció de nuestras vidas y del mundo.

Más que avergonzarle, el desenlace de aquel juego sólo pudo provocar en mi padre un efímero estallido de rabia, acaso lo sacó provisoriamente de sus cabales como la derrota de un caballo por el que había apostado más de lo prudente. Lo mismo vale decir por los restantes miembros del conventillo de Brighton, que en el fondo nunca perdonaron a la muchacha su exceso de credulidad. Cuando su industria dejó de parecerles novedosa, mi padre y sus cómplices comenzaron a ver en el entusiasmo de Siobhan Kearney un síntoma de su irremediable mal gusto. Les indignó que la muchacha se sintiese efectivamente a nuestra altura y, sobre todo, que creyese en la honestidad de las flores y los billetes perfumados con que de pronto se dio a cortejarla un gomoso cuarentón de Bristol. Las mujeres del conventillo tomaron por una ofensa imperdonable que la muchacha dejase de frecuentarlas para entregarse a una felicidad que ninguno de sus creadores podía brindarle o escamotearle. Todavía puedo escuchar la irritada voz de mi madre cuando comentaba el penoso espectáculo de la muchacha cogida del brazo de aquel cazafortunas, de ese patán que sólo la quiere por su dinero. Nuestro dinero, añadía como si dijese también nuestra Siobhan, nuestra criatura. Entonces las otras damas del conventillo se indignaban con ella, reprobaban la ingratitud de las mujeres ordinarias, pero qué puede una esperar, amigas mías, de ese tipo de gentuza.

El conventillo de Brighton debió de sacar de esta o semejante indignación la fuerza que le faltaba para dar fin a su juego. Tal vez un jugador más justo o piadoso habría propuesto hablar seriamente con la muchacha, advertirle de los peligros que la amenazaban si seguía juntándose con el solterón de Bristol, aconsejarla como lo habría hecho su madre: con cariño pero con firmeza. Pero ese tipo de compasión le estaba vedado a los cínicos de Brighton: Siobhan Kearney no era su hija, y ellos debían cuidarse de caer en vanos sentimentalismos. Más que sus hadas, los miembros del conventillo debían asumirse sus parcas, y estaban obligados a actuar como tales si en verdad deseaban evitar que la muchacha los despeñase definitivamente en el ridículo.

Como es de suponerse, la responsabilidad de cortar los hilos que unían a las dos Siobhan recayó nuevamente en mi padre. La operación, simple e ingrata, fue ejecutada con una limpieza casi quirúrgica. Mi padre no citó a la muchacha en Brighton, sino en la oficina bancaria donde había empezado todo. No la estrechó ni la bendijo. Ni siquiera le reclamó sus desaires al conventillo o sus coqueteos con el caballero de Bristol. Simplemente le anunció que había aparecido inopinadamente un heredero de la difunta señora Kearney y que éste, con toda justicia, reclamaba la fortuna de la cual él, con la mejor de las intenciones, se había atrevido a disponer. Desde luego, añadió, él se encargaría de asumir la significativa merma que en el caudal de la desdichada señora Kearney había ocasionado su irreflexivo acto de altruismo, pero no necesito decirle, señorita, que por desgracia ya no nos será posible seguir ayudándola como hasta ahora lo hemos hecho.

Ni esa ni ninguna otra tarde pudo el conventillo de Brighton agasajarse con un histriónico relato del nuevo encuentro entre mi padre y la infortunada muchacha. Es incluso posible que esa noche prefiriesen no reunirse, no ver la cara de mi padre cuando se sentó a cenar y anunció sin más que todo estaba hecho. Mi madre, por su parte, guardó silencio. Recuerdo ahora su mandíbula distraída en masticar un pedazo de carne ofensivamente duro, su mente acaso concentrada en imaginar el rostro pálido de la muchacha al recibir el golpe de su vuelta a la indigencia, sus manos aferradas a un suntuoso sillón de cuero negro que no basta para sostenerle, los ojos que se apagan porque ya anticipan el día en que el caballero de Bristol la dejará plantada en un banco de los jardines de Kensington hasta que llegue la noche y ella comprenda que sólo una dosis desmedida de barbitúricos le permitirá seguir siendo Siobhan Kearney, la única.

Ignacio Padilla

Clitemnestra

Los lazos de la sangre se entrelazan y tuercen como la red, como la serpiente.Y todo es confusión. Una maraña donde los sentimientos se entreveran y el odio es la imagen del amor que el azogue devuelve mal. Quizá se nazca con una certeza que el tiempo termina por destruir antes de acabar ahogado en esa trama. Las leyes de los hombres y de los dioses no contemplan sitio para la tolerancia. Las leyes deben ser tomadas por el puño, de la misma manera como se empuña el cuchillo mientras el corazón se endurece.
Clitemnestra, hija de Leda y del rey Tíndaro, debió recorrer el camino inicuo en que se debatió su alma desgarrada. Qué fácil juzgar las acciones terribles que la rodearon. Qué fácil parece desechar su dolor. No hay espacio para la indulgencia. El poder prevalece, bien debió aprenderlo ella a quien nadie advirtiera que la vida está sujeta a los horrores de la sangre. De la sangre confundida, de esos lazos de familia que se cercenan por la fuerza. Una rodela de hierro la res-guarda por dentro.
¿Por qué los asuntos de Estado en los que se apo-yan las sinrazones de los hombres son en una mujer repudiados sin piedad? ¿Es que sólo queda acatar, obedecer ciegamente, y luego, cerrar los ojos del co-razón atribulado? Clitemnestra va a tender la vista en otra dirección. Va a aferrarse al poder, para así con-servar la vida. ¿Es esto tan reprobable?
El amor acaba por transformarse en odio. No se vislumbra alternativa que reconstruya en los escom-bros. La fuerza se impone más allá de las razones. Y con la sangre fresca del esposo, del hijo sacrificados en aras de la ambición, la joven viuda, reina de Argos, debe compartir el lecho con el vencedor, con aquel que la despojó de la trama inocente de sus sueños. Sí, hay que creerlo. Clitemnestra tiene derecho a guardar rencores en su alma, mientras su cuerpo recibe al vencedor que usurpa el sitio tomado por la fuerza. Pero el pueblo olvida y rinde pleitesía al nuevo sobe-rano. La memoria de los pueblos es tan breve, tan inconsecuente, tan dispuesta al olvido, y tal vez no sea sencillo borrar las acciones en el corazón que las sufre.
Las mujeres no tienen otro mandato que permane-cer sujetas a sus deberes de hembras, a hilar y tejer. ¿Qué de extraño tiene, pues, que la reina haya urdido una red, ella enredada en esos cabos? Y sin embar-go… El pueblo está siempre del lado de quien detenta el cetro, de quien da la voz de mando. ¿Se puede juz-gar sin misericordia a quien se acoge a la voz que insta a la permanencia, cuando nada permanece?
El hijo de la hija de Tíndaro fue sacrificado, y de-bió serlo igualmente la primogénita de Agamemnón, sin piedad alguna por su joven vida, por el corazón torturado de la madre. Porque la muerte de un hijo no cicatriza las heridas de la muerte de otros. Se sufre de nuevo. Acaso no sufra más cuando una pena se junta a su hermana. Las vidas segadas carecen de impor-tancia y la salvación sólo se alcanza desde el poder. ¿Es esto acaso contrario a las leyes de la sangre tan-tas veces violentada? El sino de la mujer es cerrar los ojos, cerrar el alma al dolor, a la rabia que se retuerce como sierpe en sus entrañas. Las hebras de la red reptan, como repta la serpiente, entre sus dedos, pero ella no es menor mujer en los furores de la lucha.
El aire está lleno de avisos, claros después, cuando en ellos se medita. En aquel otro tiempo feliz, mien-tras su aya la recriminara tantas veces por su pereza en el aprendizaje de las labores del hogar, jamás su-puso que este conocimiento iba a ser empleado sí, en el hogar, pero con aviesas intenciones. Pero, ¿cuál es el hogar de Clitemnestra? ¿Aquel primer hogar al que fue conducida por su padre, donde su vientre alojó esa primera semilla germinada? ¿El otro, acaso, don-de ingresó contra su voluntad y por la fuerza? Castigo infinito el de la fertilidad, que ajena a otras reflexio-nes, se prodiga.
Clitemnestra se hizo pagar muy caro la deuda y no existe comprensión para su conducta. Es ahora ella quien está en deuda, atrapada en la urdimbre oscura de sus acciones, igual que Agamemnón quedó atra-pado en la red que ella afanosamente había tramado. El destino se impone. La voz de Nauplio instando a las mujeres a protestar por las infidelidades de sus maridos resuena, mientras cae, en sus oídos. Tal vez, pese a todo, su corazón aloja un grano de inocencia, porque no hay ley que condene los deseos de los hombres. No hay ley que les exija continencia; pero Nauplio es hombre.
El horror de sus actos se cierne sobre ella. No hay sitio para buscar disculpas. La sierpe de sus sueños así lo anuncia. Ha sido condenada por sus hijos, ciegos ante sus ocultas razones. Razones que se retuercen dentro de su alma ennegrecida, negra como su sangre que ahora ellos vierten buscando acallar la sed de jus-ticia filial, el deber irrenunciable de la sangre.

Aline Pettersson

Feliz año nuevo

Vi en la televisión que los comercios buenos estaban vendiendo como locos ropas caras para que las madames vistan en el reveillon. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas las existencias.
Pereba, voy a tener que esperar que amanezca y levantar aguardiente, gallina muerta y farofa de los macumberos*.
Pereba entró en el baño y dijo, qué hedor.
Vete a mear a otra parte, estoy sin agua.
Pereba salió y fue a mear a la escalera.
¿Dónde afanaste la TV?, preguntó Pereba.
No afané ni madres. La compré. Tiene el recibo encima. ¡Ah, Pereba!, ¿piensas que soy tan bruto como para tener algo robado en mi cuchitril?
Estoy muriéndome de hambre, dijo Pereba.
Por la mañana llenaremos la barriga con los desechos de los babalaos*, dije, sólo por joder.
No cuentes conmigo, dijo Pereba. ¿Te acuerdas de Crispín? Dio un pellizco en una macumba aquí, en la Borges Madeiros, le quedó la pierna negra, se la cortaron en el Miguel Couto y ahí está, jodidísimo, caminando con muletas.
Pereba siempre ha sido supersticioso. Yo no. Hice la secundaria, se leer, escribir y hacer raíz cuadrada. Me cago en la macumba que me da la gana.
Encendimos unos porros y nos quedamos viendo la telenovela. Mierda. Cambiamos de canal, a un bang-bang. Otra mierda.
Las madames están todas con ropa nueva, van a entrar al año nuevo bailando con los brazos en alto, ¿ya viste cómo bailan las blancuchas? Levantan los brazos en alto, creo que para enseñar el sobaco, lo que quieren enseñar realmente es el coño pero no tienen cojones y enseñan el sobaco. Todas le ponen los cuernos a los maridos. ¿Sabías que su vida está en dar el coño por ahí?
Lástima que no nos lo dan a nosotros, dijo Pereba. Hablaba despacio, tranquilo, cansado, enfermo.
Pereba, no tienes dientes, eres bizco, negro y pobre, ¿crees que las mujeres te lo van a dar? Ah, Pereba, lo mejor para ti es hacerte una puñeta. Cierra los ojos y dale.
¡Yo quería ser rico, salir de la mierda en que estaba metido! Tanta gente rica y yo jodido.
Zequinha entró en la sala, vio a Pereba masturbándose y dijo, ¿qué es eso, Pereba?
¡Se arrugó, se arrugó, así no se puede!, dijo Pereba.
¿Por qué no fuiste al baño a jalártela?, dijo Zequinha.
En el baño hay un hedor insoportable, dijo Pereba.
Estoy sin agua.
¿Las mujeres esas del conjunto ya no están jodiendo?, preguntó Zequinha.
Él estaba cortejando a una rubia excelente, con vestido de baile y llena de joyas.
Ella estaba desnuda, dijo Pereba.
Ya veo que están en la mierda, dijo Zequinha.
Quiere comer los restos de Iemanjá, dijo Pereba.
Era una broma, dije. A fin de cuentas, Zequinha y yo habíamos asaltado un supermercado en Leblon, no había dado mucha pasta, pero pasamos mucho tiempo en São Paulo en medio de la bazofia, bebiendo y jodiendo mujeres. Nos respetábamos.
A decir verdad tampoco ando con buena suerte, dijo Zequinha. La cosa está dura. Los del orden no están bromeando, ¿viste lo que hicieron con el Buen Criollo? Dieciséis tiros en la chola. Cogieron a Vevé y lo estrangularon. El Minhoca, ¡carajo! ¡El Minhoca! Crecimos juntos en Caxias, el tipo era tan miope que no veía de aquí a allí, y también medio tartamudo —lo cogieron y lo arrojaron al Guandú, todo reventado.
Fue peor con el Tripié. Lo quemaron. Lo frieron como tocino. Los del orden no están dando facilidades, dijo Pereba. Y pollo de macumba no me lo como.
Ya verán pasado mañana.
¿Qué vamos a ver?
Sólo estoy esperando que llegue el Lambreta de São Paulo.
¡Carajo!, ¿estás trabajando con el Lambreta?, dijo Zequinha.
Todas sus herramientas están aquí.
¿Aquí?, dijo Zequinha. Estás loco.
Reí.
¿Qué fierros tienes?, preguntó Zequinha.
Una Thompson lata de guayabada, una carabina doce, de cañón cortado y dos Magnum.
¡Puta madre!, dijo Zequinha. ¿Y ustedes jalándosela sentados en ese moco de pavo?
Esperando que amanezca para comer farofa de macumba, dijo Pereba. Tendría éxito en la TV hablando de aquella forma, mataría de risa a la gente.
Fumamos. Vaciamos un pitú.
¿Puedo ver el material?, dijo Zequinha.
Bajamos por la escalera, el ascensor no funcionaba y fuimos al departamento de doña Candinha. Llamamos. La vieja abrió la puerta.
¿Ya llegó el Lambreta?, dijo la vieja negra.
Ya, dije, está allá arriba.
La vieja trajo el paquete, caminando con esfuerzo. Era demasiado peso para ella. Cuidado, hijos míos, dijo.
Subimos por la escalera y volvimos a mi departamento. Abrí el paquete. Armé primero la lata de guayabada y se la pasé a Zequinha para que la sujetase. Me amarro en esta máquina, tarratátátátá, dijo Zequinha.
Es antigua pero no falla, dije.
Zequinha cogió la Magnum. Formidable, dijo. Después aseguró la Doce, colocó la culata en el hombro y dijo: aún doy un tiro con esta hermosura en el pecho de un tira, muy de cerca, ya sabes cómo, para aventar al puto de espaldas a la pared y dejarlo pegado allí.
Pusimos todo sobre la mesa y nos quedamos mirando.
Fumamos un poco más.
¿Cuándo usarán el material?, dijo Zequinha.
El día 2. Vamos a reventar un banco en la Penha. El Lambreta quiere hacer el primer golpe del año.
Es un tipo vanidoso pero vale. Ha trabajado en São Paulo, Curitiba, Florianópolis, Porto Alegre, Vitoria, Niteroi, sin contar Rio. Más de treinta bancos.
Sí, pero dicen que pone el culo, dijo Zequinha.
No sé si lo pone, ni tengo valor para preguntar. Nunca me vino a mí con frescuras.
¿Ya lo has visto con alguna mujer?, dijo Zequinha.
No, nunca. Bueno, puede ser verdad, pero ¿qué importa?
Los hombres no deben poner el culo. Menos aún un tipo importante como el Lambreta, dijo Zequinha.
Un tipo importante hace lo que quiere, dije.
Es verdad, dijo Zequinha.
Nos quedamos callados, fumando.
Los fierros en la mano y nada, dijo Zequinha.
El material es del Lambreta. ¿Y dónde lo usaríamos a estas horas?
Zequinha chupó aire, fingiendo que tenía cosas entre los dientes. Creó que él también tenía hambre.
Estaba pensando que invadiéramos una casa estupenda que esté dando una fiesta. El mujerío está lleno de joyas y tengo un tipo que compra todo lo que le llevo. Y los barbones tienen las carteras llenas de billetes. ¿Sabes que tiene un anillo que vale cinco grandes y un collar de quince, en esa covacha que conozco? Paga en el acto.
Se acabó el tabaco. También el aguardiente. Comenzó a llover.
Se fue al carajo tu farofa, dijo Pereba.
¿Qué casa? ¿Tienes alguna a la vista?
No, pero está lleno de casas de ricos por ahí. Robamos un carro y salimos a buscar.
Coloqué la lata de guayabada en una bolsa de compra, junto con la munición. Di una Magnum al Pereba, otra al Zequinha. Enfundé la carabina en el cinto, el cañón hacia abajo y me puse una gabardina. Cogí tres medias de mujer y una tijera. Vamos, dije.
Robamos un Opala. Seguimos hacia San Conrado. Pasamos varías casas que no nos interesaron, o estaban muy cerca de la calle o tenían demasiada gente. Hasta que encontramos el lugar perfecto. Tenía a la entrada un jardín grande y la casa quedaba al fondo, aislada. Oíamos barullo de música de carnaval, pero pocas voces cantando. Nos pusimos las medias en la cara. Corté con la tijera los agujeros de los ojos. Entramos por la puerta principal.
Estaban bebiendo y bailando en un salón cuando nos vieron.
Es un asalto, grité bien alto, para ahogar el sonido del tocadiscos. Si se están quietos nadie saldrá lastimado. ¡Tú. Apaga ese coñazo de tocadiscos!
Pereba y Zequinha fueron a buscar a los empleados y volvieron con tres camareros y dos cocineras. Todo el mundo tumbado, dije.
Conté. Eran veinticinco personas. Todos tumbados en silencio, quietos como si no estuvieran siendo registrados ni viendo nada.
¿Hay alguien más en la casa?, pregunté.
Mi madre. Está arriba, en el cuarto. Es una señora enferma, dijo una mujer emperifollada, con vestido rojo largo. Debía ser la dueña de la casa.
¿Niños?
Están en Cabo Frío, con los tíos.
Gonçalves, vete arriba con la gordita y trae a su madre.
¿Gonçalves?, dijo Pereba.
Eres tú mismo ¿Ya no sabes cuál es tu nombre, bruto?
Pereba cogió a la mujer y subió la escalera.
Inocencio, amarra a los barbones.
Zequinha ató a los tipos utilizando cintos, cordones de cortinas, cordones de teléfono, todo lo que encontró.
Registramos a los sujetos. Muy poca pasta. Estaban los cabrones llenos de tarjetas de crédito y talonarios de cheques. Los relojes eran buenos, de oro y platino. Arrancamos las joyas a las mujeres. Un pellizco en oro y brillantes. Pusimos todo en la bolsa.
Pereba bajó la escalera solo.
¿Dónde están las mujeres?, dije.
Se encabritaron y tuve que poner orden.
Subí. La gordita estaba en la cama, las ropas rasgadas, la lengua fuera. Muertecita. ¿Para qué se hizo la remolona y no lo dio enseguida? Pereba estaba necesitado. Además de jodida, mal pagada. Limpié las joyas. La vieja estaba en el pasillo, caída en el suelo. También había estirado la pata. Toda peinada, con aquel pelazo armado, teñido de rubio, ropa nueva, rostro arrugado, esperando el nuevo año, pero estaba ya más para allá que para acá. Creo que murió del susto. Arranqué los collares, broches y anillos. Tenía un anillo que no salía. Con asco, mojé con saliva el dedo de la vieja, pero incluso así no salía. Me encabroné y le di una dentellada, arrancándole el dedo. Metí todo dentro de un almohadón. El cuarto de la gordita tenía las paredes forradas de cuero. La bañera era un agujero cuadrado, grande de mármol blanco, encajado en el suelo. La pared toda de espejos. Todo perfumado. Volví al cuarto, empujé a la gordita para el suelo, coloqué la colcha de satén de la cama con cuidado, quedó lisa, brillando. Me bajé el pantalón y cagué sobre la colcha. Fue un alivio, muy justo. Después me limpié el culo con la colcha, me subí los pantalones y bajé.
Vamos a comer, dije, poniendo el almohadón dentro de la bolsa. Los hombres y las mujeres en el suelo estaban todos quietos y cagados, como corderitos. Para asustarlos más dije, al puto que se mueva le reviento los sesos.
Entonces, de repente, uno de ellos dijo, con calma, no se irriten, llévense lo que quieran, no haremos nada.
Me quedé mirándolo. Usaba un pañuelo de seda de colores alrededor del pescuezo.
Pueden también comer y beber a placer, dijo.
Hijo de puta. Las bebidas, las comidas, las joyas, el dinero, todo aquello eran migajas para ellos. Tenían mucho más en el banco. No pasábamos de ser tres moscas en el azucarero.
¿Cuál es su nombre?
Mauricio, dijo.
Señor Mauricio, ¿quiere levantarse, por favor?
Se levantó. Le desaté los brazos.
Muchas gracias, dijo. Se nota que es usted un hombre educado, instruido. Pueden ustedes marcharse, que no daremos parte a la policía. Dijo esto mirando a los otros, que estaban inmóviles, asustados, en el suelo, y haciendo un gesto con las manos abiertas, como quien dice, calma mi gente, ya convencí a esta mierda con mi charla.
Inocencio, ¿ya acabaste de comer? Tráeme una pierna de peru de ésas de ahí. Sobre una mesa había comida que daba para alimentar al presidio entero. Comí la pierna de peru. Cogí la carabina doce y cargué los dos cañones.
Señor Mauricio, ¿quiere hacer el favor de ponerse cerca de la pared?
Se recostó en la pared.
Recostado no, no, a unos dos metros de distancia. Un poco más para acá. Ahí. Muchas gracias.
Tiré justo en medio del pecho, vaciando los dos cañones, con aquel trueno tremendo. El impacto arrojó al tipo con fuerza contra la pared. Fue resbalando lentamente y quedó sentado en el suelo. En el pecho tenía un orificio que daba para colocar un panetone.
Viste, no se pegó a la pared, qué coño.
Tiene que ser en la madera, en una puerta. La pared no sirve, dijo Zequinha.
Los tipos tirados en el suelo tenían los ojos cerrados, ni se movían. No se oía nada, a no ser los eructos de Pereba.
Tú, levántate, dijo Zequinha. El canalla había elegido a un tipo flaco, de cabello largo.
Por favor, el sujeto dijo, muy bajito.
Ponte de espaldas a la pared, dijo Zequinha.
Cargué los dos cañones de la doce. Tira tú, la coz de ésta me lastimó el hombro. Apoya bien la culata, si no te parte la clavícula.
Verás cómo éste va a pegarse. Zequinha tiró. El tipo voló, los pies saltaron del suelo, fue bonito, como si estuviera dando un salto para atrás. Pegó con estruendo en la puerta y permaneció allí adherido. Fue poco tiempo, pero el cuerpo del tipo quedó aprisionado por el plomo grueso en la madera.
¿No lo dije? Zequinha se frotó el hombro dolorido. Este cañón es jodido.
¿No vas a tirarte a una tía buena de éstas?, preguntó Pereba.
No estoy en las últimas. Me dan asco estas mujeres. Me cago en ellas. Sólo jodo con las mujeres que me gustan.
¿Y tú… Inocencio?
Creo que voy a tirarme a aquella morenita.
La muchacha intentó impedirlo, pero Zequinha le dio unos sopapos en los cuernos, se tranquilizó y quedó quieta, con los ojos abiertos, mirando al techo, mientras era ejecutada en el sofá.
Vámonos, dije. Llenamos toallas y almohadones con comida y objetos.
Muchas gracias a todos por su cooperación, dije. Nadie respondió.
Salimos. Entramos en el Opala y volvimos a casa.
Dije al Pereba, dejas el rodante en una calle desierta de Botafogo, coges un taxi y vuelves. Zequinha y yo bajamos.
Este edificio está realmente jodido, dijo Zequinha, mientras subíamos con el material, por la escalera inmunda y destrozada.
Jodido pero es Zona Sur, cerca de la playa. ¿Quieres que vaya a vivir a Nilópolis?
Llegamos arriba cansados. Coloqué las herramientas en el paquete, las joyas y el dinero en la bolsa y lo llevé al departamento de la vieja negra.
Doña Candinha, dije, mostrando la bolsa, esto quema.
Pueden dejarlo, hijos míos. Los del orden no vienen aquí.
Subimos. Coloqué las botellas y la comida sobre una toalla en el suelo. Zequinha quiso beber y no lo dejé. Vamos a esperar a Pereba.
Cuando el Pereba llegó, llené los vasos y dije, que el próximo año sea mejor. Feliz año nuevo.

Rubem Fonseca

Cómo se salvó el mundo

En cierta ocasión, el constructor Trurl fabricó una máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con la letra ene. Cuando ya la tuvo lista, le ordenó, para probarla, que fabricara unas navajas, que las metiera en necesers de nácar y que las tirara en una nansa rodeada de neblina y llena de nenúfares, nécoras y nísperos. La máquina cumplió el encargo sin titubear, pero Trurl, todavía no del todo seguro de su funcionamiento, le dio la orden de fabricar sucesivamente nimbos, natillas, neutrones, néctares, narices, narigueras, ninfas y natrium. La máquina no supo hacer esto último y Trurl, muy disgustado, le exigió una explicación de ese fallo.

–No sé de qué se trata –se justificó la máquina–. Nunca he oído esa palabra.

–¿Qué dices? ¡Pero si es sodio! Un metal, un elemento…

–Si se llama sodio, empieza con s y yo sólo sé hacer lo que empieza con n.

–Pero en latín se llama natrium.

–Amigo Trurl –dijo la máquina–, si yo supiese hacer todas las cosas que empiezan con n en todas las lenguas posibles, sería una Máquina Que Lo Sabe Hacer Todo en El Alfabeto Entero, porque no hay cosa cuyo nombre no empiece con n en alguna de las lenguas del mundo. ¡Hasta aquí podríamos llegar! ¡No puedo ser más sabia de lo que tú mismo habías programado! Del sodio, ni hablar.

–Está bien –accedió Trurl, y le mandó hacer una nebulosa. La hizo enseguida, no muy grande, pero muy nebular. Entonces Trurl invitó a su casa a Clapaucio y le mostró la máquina, cuyas extraordinarias cualidades y aptitudes alabó y ensalzó tanto, que finalmente Clapaucio se puso nervioso sin que se le notara y pidió permiso para hacer él también algún encargo a la máquina.

–Con mucho gusto –dijo Trurl–, pero la cosa tiene que empezar con n.

–¿Con n? –dijo Clapaucio–. De acuerdo. Que haga todas las Nociones Científicas.

La máquina rugió y la plaza delante de la casa de Trurl se llenó en un momento de una muchedumbre de científicos que discutían, se pegaban, escribían en unos libros gruesos, otros les quitaban esos libros y los hacían pedazos, a lo lejos se veían hogueras en las que se asaban unos mártires de Nuevas ideas, en varios sitios se oían extraños ruidos y se veían humaredas en forma de seta; todo aquel gentío hablaba a la vez, de modo que no había manera de entender una sola palabra, y componía al mismo tiempo memorias, comunicados y otros documentos, y, en medio de aquel caos, bajo los pies de los gritones, unos ancianos solitarios escribían algo sin cesar con letra menuda sobre unos jirones de papel.

–¿Qué te parece? –exclamó Trurl, lleno de orgullo–. ¡No me negarás que es la fiel imagen de las Nociones científicas!

Clapaucio, sin embargo, no se dio por satisfecho.

–¿Este gentío escandaloso tiene algo que ver con la ciencia? ¡No, la ciencia es una cosa muy diferente!

–¡Explícaselo a la máquina, y te lo hará en el acto! –gritó Trurl, enfadado. Pero, como Clapaucio no sabía qué decir, manifestó que si la máquina resolviera satisfactoriamente dos problemas más, reconocería que su funcionamiento era correcto. Trurl accedió a esto y Clapaucio dijo a la máquina que hiciera unos negativos.

–¡Unos negativos! –exclamó Trurl– ¿Qué quieres decir con eso?

–¿No lo entiendes? Es como lo contrario de las cosas –contestó con mucha calma Clapaucio–. Como si volvieras las cosas al revés. No finjas que no lo comprendes. ¡Venga, máquina, a trabajar!

Pero la máquina ya llevaba un buen rato funcionando. Primero hizo antiprotones, luego antielectrones, antineutrinos, antineutrones y no paró de trabajar hasta que hubo creado gran cantidad de antimateria, la cual empezó a formar lentamente un antimundo, parecido a una gran nube de extraño brillo.

–Pse –dijo Clapaucio displicente–, ¿eso son los negativos? Bueno, digamos que sí… para evitar discusiones… Pero ahora viene el tercer encargo. ¡Máquina! ¡Tienes que hacer Nada!

Durante un buen rato, la máquina ni se movió. Clapaucio empezó a frotarse las manos con júbilo, cuando Trurl dijo:

–¿Qué pasa? Le ordenaste no hacer nada, por lo tanto no hace nada.

–No es cierto. Yo le ordené hacer Nada, que no es lo mismo.

–Tienes cada cosa… Hacer Nada y no hacer nada viene a significar lo mismo.

–¡No, hombre, no! Ella tenía que hacer Nada y no hizo nada; de modo que gané yo. La Nada, mi sabihondo colega, no es una vulgar nada, producto de la pereza y la falta de acción, sino una Noexistencia activa, una Carencia perfecta, única, omnipresente e insuperable.

–¡Estás fastidiando a la máquina! –gritó Trurl, pero en aquel momento sonó como una campana de bronce la voz de aquélla:

–¡Olvidad vuestras rencillas en un momento como éste! Sé muy bien lo que es la Noexistencia, el Noser o la Nada, puesto que empiezan por la letra n. Haríais mejor contemplando por última vez el mundo, ya que pronto no existirá…

Las palabras se helaron en la boca de los enfurecidos constructores. La máquina estaba haciendo en verdad la Nada, eliminando sucesivamente del mundo una serie de cosas, que dejaban de existir tan definitivamente como si no hubieran existido nunca. Ya había suprimido natagüas, nupaidas, nervorias, nadolas, nelucas, nopieles y nedasas.

Hubo momentos en que se podía pensar que en vez de reducir, disminuir, echar fuera, eliminar, anular y restar, aumentaba y añadía, ya que liquidó sucesivamente los negativos de buen gusto, mediocridad, fe, saciedad, avidez y fuerza. Sin embargo, se veía alrededor de la máquina y de los dos constructores un vacío cada vez más pronunciado.

–¡Ay! –exclámó Trurl –. Ojalá no termine mal todo esto…

–¡Qué va! –dijo Clapaucio–. Date cuenta de que la máquina no está haciendo la Nada General, sino sólo la Noexistencia de todas las cosas que empiezan por n. Verás que no pasa nada, esta máquina tuya no vale gran cosa.

–Eso es lo que tú te crees –replicó la máquina–. Es cierto que he comenzado por lo que empieza por n porque estoy más familiarizada con ello, pero una cosa es hacer algo y otra, muy distinta, eliminarlo. En cuanto a eliminar, no tengo limitación por la sencilla razón de que sabiendo hacer absolutamente todo lo que empieza por n, hacer la Noexistencia de cualquier cosa es para mí coser y cantar. Dentro de muy poco no existiréis, ni vosotros dos ni todo lo demás; de modo, Clapaucio, que te pido te des prisa en reconocer que soy verdaderamente universal y cumplo las órdenes correctamente. Dilo ahora mismo porque pronto será demasiado tarde.

–Pero es que… –balbució Clapaucio, asustado, dándose cuenta de que, realmente, desaparecían no solamente las cosas que empezaban por n, que dejaron de rodearlos cambucelas, sirlentas, vitropas, grismelos, rimundas, tripecas y pimas.

–¡Para! ¡Para! ¡Anulo mi orden! ¡Ya no quiero que hagas la Nada! –gritaba a todo pulmón Clapaucio; pero, antes de que la máquina se detuviera, desaparecieron todavía grisacos, plucvas, filidrones y zamras. Luego la máquina se detuvo por fin. El mundo tenía un aspecto aterrador. Lo que más sufrió fue el cielo: apenas se veían en él unos pocos puntitos de estrellas. ¡Ni rastro de las preciosas grismacas y guadolizas que hasta entonces habían adornado el firmamento

–¡Grandes cielos! –exclamó Clapaucio–. ¿Dónde están las cambucelas? ¿Dónde mis queridísimas murquías y suaves pimas?

–No las hay y no las habrá nunca –contestó la máquina sin inmutarse–. Cumplí o, mejor dicho, empecé a cumplir tus órdenes y nada más…

–Yo te ordené hacer la Nada, y tú…, tú…

–O eres tonto, Clapaucio, o lo finges muy bien –dijo la máquina–. Si yo hiciera la Nada de un golpe, todo dejaría de existir, no sólo Trurl y el cielo y el Cosmos y tú, sino incluso yo. Entonces ¿quién podría decir, y a quién, que la orden ha sido cumplida y que soy una máquina diestra y hábil? Y si nadie se lo dijera a nadie, ¿cómo yo, que ya no existiría, podría oír las justas palabras de encomio que merezco?

–Bueno, bueno, de acuerdo, no hablemos más de ello –dijo Clapaucio–. Ya no te pido nada, máquina preciosa, sólo te ruego que vuelvas a hacer murquías, porque sin ellas la vida carece de encanto para mí…

–No puedo, no sé hacerlas porque su nombre empieza con m –dijo la máquina–. Puedo, si quieres, reproducir los negativos de gusto, saciedad, conocimiento, amor, fuerza; solidez, tranquilidad y fe, pero no cuentes conmigo para la fabricación de cosas cuyos nombres no empiecen con n.

–¡Pero yo quiero que haya murquías! –chilló Clapaucio.

–Pues no las habrá –dijo la máquina–. Y tú hazme el favor de echar una ojeada al universo. ¿Ves que está lleno de enormes agujeros negros? Es la Nada que colma los abismos sin fondo entre las estrellas, penetra todas las cosas y acecha, agazapada, cada jirón de la existencia. ¡Es obra tuya y de tu envidia! No creo que las generaciones venideras te lo agradezcan…

–Tal vez no lo sepan… Tal vez no se den cuenta… –farfulló Clapaucio, blanco como una hoja de papel, mirando espantado el vacío del cielo negro sin atreverse a soportar la mirada de su colega.

Dejó a Trurl sólo con la máquina que sabía hacer todas las cosas cuyo nombre empezaba con n, volvió a hurtadillas a su casa y el mundo sigue hasta hoy día todo agujereado por la Nada, tal como quedó cuando Clapaucio detuvo la aniquilación que había encargado. Y como no se logró construir una máquina que trabajara con otras letras, es de temer que nunca más volverán a haber cosas tan maravillosas como las pimas y las murquías.

 

Stanislaw Lem