Rimbaud

Las noches, los puentes del ferrocarril, el mal cielo,
sus horribles compañeros no lo supieron,
pero en aquel niño la mentira de la retórica
reventó como una cañería: el frío había hecho un poeta.

Bebidas que le pagaba su débil y lírico amigo
sus cinco sentidos sistemáticamente desarreglados,
a todo el habitual absurdo pusieron fin;
hasta que de la lira y la debilidad se separó.

El verso era una dolencia especial del oído,
la honestidad no era suficiente; aquello parecía
el infierno de la infancia: debía probar otra vez.

Ahora, galopando a través de África, soñaba
con un nuevo yo, un hijo, un ingeniero,
su verdad aceptable para los mentirosos.

Wystan Hugh Auden

Saga de la familia

En todas las casas
siempre habitará un poeta
con una hermana (que no es poeta)
que le dirá
que escriba una biografía
sobre su familia.
En todas las casas
habitará una poeta
—loca además—
como aquellas que sostienen
a duras penas
sus propias biografías desdeñables:
Ellas avizoran pasados autistas
mujeres que dicen palabras soeces
dan tumbos a medianoche.
En todas las casas
habitará un primo lejano
—que vive en otro país—
y que busca (en inglés)
la génesis de la familia.
Conoció, hace años,
a esta pariente esquizoide
(tan callada, tan lejana —dijo—)
(«So quiet, So withdraw»).
No la reconoció en su última foto.
(«lucía tan diferente»)
(«She looked so different,
so atractive, so outlocket»)

En todas las casa
habitará una hermana poeta
—loca además—
que busca su propia desdeñable
génesis
(aquella que ya conocemos).
En todas las casas
habitará una hermana
que le pedirá a su hermana poeta
que escriba la historia
de la familia.
Esta poeta (loca de la casa)
pasará a formar parte de esta saga
el día en que deje el teléfono desconectado
en el filo de la madrugada.

Martha Kornblith

La ilusión de la llegada

Serán los bienaventurados, quienes no llegan a nada, serán los bienaventurados, los perdidos siempre

Ellos dejaron sus patrias,
se llevaron sus ilusiones,
sus recuerdos dolorosos como una carga pesada.
Agitaron sus pañuelos a la ausencia que se derritió.
Engañaron a la muerte y se arriesgaron en la
inatención
En sus hombros levantaron lo que quedó de las gacelas de esperanza
Voltearon sus cabezas hacia países donde nunca
llegaron.
Caminaron mucho,
Caminaron hasta que la barba se extendió bajo
sus pies.
Nadie dijo, nos cansamos, tomemos un tiempo de contemplación.
Se perdieron en el camino, se dieron cuenta que no hay solución ni esperanza, ni un guía que les
proteja de la pérdida.
Se sentaron en el temor, relataron sus cuentos
tristes a las montañas que se estremecieron.
Se durmieron por cansancio, no despertaron. Pero a través de las pesadillas seguían las esperanzas del camino.
El camino que devoró sus sueños, que defraudó y humilló sus rodillas.
Murieron dejando en sus pechos perforados, las fotografías asustadas de sus niños
y el resto de sueños viejos que inspiraba su imaginación como una ilusión eterna.

Hussein Habasch

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit.

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit. La naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia, un dios mira las cosas desde lo alto. Atormentaba con los dedos el engarce de un anillo en el cual, cierto día de amargura, había hecho grabar aquellas tristes palabras. Iba aún más allá en el desencanto y quizás en la blasfemia, y terminaba por encontrar natural, si no justo, que tuviéramos que perecer. Nuestra literatura se agota, nuestras artes se adormecen; Pancratés no es Homero, Arriano no es Jenofonte; cuando quise inmortalizar en la piedra la forma de Antínoo, no pude encontrar un Praxiteles. Nuestras ciencias están detenidas desde los días de Aristóteles y Arquímedes; los progresos técnicos no resistirían el desgaste de una guerra prolongada; hasta los más voluptuosos de entre nosotros sienten el hartazgo de la felicidad. Las costumbres menos rudas, el adelanto de las ideas durante el último siglo, son obra de una íntima minoría de gentes sensatas; la masa sigue siendo ignara, feroz cada vez que puede, en todo caso egoísta y limitada; bien se puede apostar a que lo seguirá siendo siempre. Demasiados procuradores y publicanos ávidos, senadores desconfiados y centuriones brutales han comprometido por adelantado nuestra obra; los imperios no tienen más tiempo que los hombres para instruirse a la luz de sus faltas. Allí donde un sastre remendaría su tela, donde un calculista hábil corregiría sus errores, donde el artista retocaría su obra maestra todavía imperfecta, la naturaleza prefiere volver a empezar desde la arcilla, desde el caos, y ese derroche es lo que llamamos el orden de las cosas.

Memorias de Adriano (fragmento)

Marguerite Yourcenar

Toque

¿Dó está la enredadera que no tiende
como un penacho su verdor oscuro
sobre la tapia gris? La yedra prende
su triste harapo al ulcerado muro.

¿Dó está el césped gentil que no tapiza
la tierra en torno del desierto albergue?
Cual ralo vello que el pavor eriza
salvaje esparto en derredor se yergue.

¿Dó está el árbol simbólico y risueño
que un tiempo fue para el lacerto jira,
para el ave palacio, para el sueño
canción de arrullo y para el viento lira?

Tronco desnudo, bajo el doble azote
de la lluvia y del ábrego, se eleva:
aguarda aún que de su costra brote
arrollada y derecha la hoja nueva.

Y abierto en cruz como en señal de duelo,
semeja en medio de la hierba lacia
un esqueleto que levanta al cielo
sus secos brazos, implorando gracia.

¡Oh linfas gratas al saúz doliente!
¡Cuán lentas, cuán mermadas, cuán distintas,
cuán lánguidas os miro al sol poniente
de cuyas luces reflejáis las tintas!

¡Cuál se arrastra en el fondo del barranco
vuestra corriente por las piedras rota,
bajo el vapor que como el humo blanco
del perfumero en el santuario, flota!

¡Oh infausta soledad que eres ejemplo
de mudanza y dolor! ¡Con qué sombrío,
con qué punzante júbilo contemplo,
ay, que tu cambio corresponde al mío!

Salvador Díaz Mirón