Qué difícil es el amor para los hambrientos.

Invento una amargura,

un tormento que llueve

y no son mis miedos,

sino vuelos incontrolables los que me impulsan.

Creo que querer ha de ser una constante,

por eso ahora se me antojan pestañeos,

segundos volátiles.

El despegue lento de un gemido,

cerrar los ojos,

ahogar el grito en una almohada

y que esta vez no sea sollozo

sino canto

de madrugada.

Cómo me atrapa

y me quema la piel y los huesos

la vida en excesos,

los besos prohibidos,

el hambre del otro

Que no puedes ponerme en los labios la miel,

porque tengo la saliva hecha de hielo.

Que no puedes decirme “te quiero”

sin que te pregunte después “para qué”.

Fabriqué excusas para planear la huida,

no entiendo de vuelos

pero sí de caídas.

Un día de estos,

cuando se vierta en la copa el recuerdo,

te acordarás de mí.

Vendrá mi risa como un disparo,

un desgarre de guitarra,

un cante de gitano.

Y en el último baile, pensarás:

qué fue de aquella chica,

de aquella chica que conocía aquella noche de verano.

Loreto Sesma

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