Las siete preguntas

Al igual que ustedes, yo tuve un abuelo. Este viejecillo, de piel morena y ojos vivaces, vivía en la choza de una huerta donde abundaban los árboles de mango, chicozapote, aguacate, mamey, caimito, zaramullo y otros frutales, que gustoso nos ofrecía en nuestras frecuentes visitas.

Yo, que estaba muy apegado a él, solía quedarme a su lado para ayudarlo en los trabajos de la huerta.

Durante el día, el abuelo se dedicaba al riego y al cultivo del maíz, del frijol y de algunas flores de distintos tamaños, colores y aromas.

Al anochecer, desde su hamaca, situada en el centro de la casa y alumbrada por la débil luz de un viejo quinqué, mi abuelo contaba narraciones fantásticas y respondía dudas y preguntas.

Una noche, cuando los otros nietos dormían y él comenzaba a bostezar, yo le pregunté:

—Abuelo, ¿qué son las flores?

Entonces, envolviendo la mitad de su cuerpo con una sábana blanca, respondió:

—Las flores son los ojos de las plantas, como tus ojos son las flores en el jardín de tu rostro. Por esas flores, ojos de colores con aromas, las plantas miran, atraen, alegran y curan el alma de los hombres.

Comprendí que mi abuelo tendría respuestas para todas mis preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las nubes?

Él contestó:

—Las nubes son ramas de los árboles frondosos cargadas de agua que gustan de pasearse por los caminos del cielo. Blancas, grises o de colores, vuelan sobre el azul de infinito en busca del viento para jugar con el sol a las escondidas. ¡Ah!, si supieras ¡cómo se divierten en cubrirle la carita amarilla al sol que sonriente las contempla!

Luego de prender un cigarrilo y hacer bolitas con el humo, añadió:

—Las nubes blancas, pequeñas o grandes, y a veces en forma de borreguitas, son niñas traviesas a las que les agrada estar cerca del sol; con él también juegan a las lluvias cuando cambian sus vestidos blancos por enormes faldas de color gris.

Tras breve pausa, que aprovechó para bajar sus pies al suelo y mecerse en su hamaca, explicó:

—En verano, época de abundante calor y de aguaceros, las nubes siempre andan vestidas de gris. En este tiempo, generalmente de días lluviosos, las nubes grises se cargan de viento caliente y, al encontrarse en las alturas con otras nubes cargadas de viento frío, chocan y se golpean entre sí, produciendo truenos y expandiendo hilos y raíces gigantescas de luz color plata y azul eléctrico; entonces bajan a la tierra transformadas en cristalinas hileras de agua, la cual se convierte en arroyos y charcos que corren y saltan surcos y bordos cantando alegremente por las calles del pueblo y por los caminos del monte… Sin que te des cuenta, te he visto jugar con tus primos a los viajes de aventuras, imaginando que se transportan en barquitos de papel que acaban hundidos en las orillas de las cercas de piedra.

Quise interrumpir, pero él agregó entusiasmado:

—Cuando cesa la lluvia, el cielo vuelve a ser azul y el sol brilla de content y le sonríe a las flores, que reciben alegres la visita de las avispas, las libélulas y las cigarras chillonas. Si te fijas bien, los sapos y las ranas croan cerca de los tallos de las plantas y brincan de gusto sobre las hierbas inundadas por el agua.

Fue entonces cuando entusiasmado ante las respuestas de mi abuelo, empecé a plantearle mis dudas a través de preguntas:

—Abuelo, ¿qué son las avispas?

Él, complaciente, me explicó:

—Las avispas son insectos parecidos a las hormigas grandes de tierra; están dotadas de alas transparentes y tienen la costumbre de colgar sus casas, hechas de una pasta seca de papel en forma de globos, en los tallos de los árboles grandes. Gracias a las avispas el hombre conoció el papel, y con este material pudo hacer las hojas de los libros y cuadernos donde tú escribes cuando vas a la escuela y haces la tarea.

—Abuelo, ¿qué son las cigarras? —pregunté.

—También son insectos voladores, parecidos a las cucarachas pero más grandes. Tienen la costumbre de pegarse en los tallos de los árboles. Los machos emiten u sonido parecido al de las ambulancias. Cuando lo oigas no debes espantarte, porque a través de ese sonido los machos llaman a las hembras. Algunas personas creen que ese chillido se debe a que las cigarras avisan que algo grave ha ocurrido, pero eso no es cierto.

Al ver que mi abuelo había olvidado el sueño, continué interrogando:

—Abuelo, ¿qué son las libélulas?

—Las libélulas son como palillos de colores que vuelan y gustan de posarse sobre el agua de los charcos y en los pétalos de las flores. El poder de vuelo que tienen se debe a que poseen unas alas transparentes muy fuertes, que les sirven de impulso. Hay quienes piensan que el hombre, al observar detenidamente a las libélulas, se sirvió de los complicados y veloces movimientos de estas hábiles voladoras para inventar esos ruidosos aparatos de metal que conocemos como helicópteros.

A cada respuesta de mi abuelo, yo hacía otra pregunta:

—Abuelo, ¿qué son los sapos?

Él, divertido e interesado, respondía pacientemente:

—Los sapos son los eternos enamorados de la Luna, al igual que los grillos y las luciérnagas lo son de la noche.

Como a la Luna y a las estrellas les gusta el chocolate, bajan a beberlo reflejándose en el agua de los charcos, sitio favorito en donde habitan los sapos. Por las noches, cuando la Luna está completamente desnuda y su imagen luminosa se agiganta sobre el agua tranquila de los charcos, los sapos le piden a la Luna que los bese. Y luego de recibir esa tierna caricia, proveniente de los rayos plateados de la moneda nocturna, los sapos emocionados tomándose de sus manitas, forman un círculo mágico y aplaudiendo con alegría emiten ese sonido: lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek, lek…

Fue entonces cuando, suspirando profundamente, pregunté:

—Abuelo, ¿y yo quién soy?

Él dijo a secas:

—Al igual que todos los hombres que hemos habitado la tierra desde hace muchísimos años, “… tú eres una pregunta viviente… tú eres una traviesa interrogación ambulante…” en busca de respuestas sin fin…

Jorge Miguel Cocom Pech

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