El forastero

Renuncia este hombre opaco y extraviado
al juego de los otros, a la unánime empresa
de probar el sabor del mundo cierto,
como si el tiempo que iracundo arroja
el hueso del presente codicioso
a la despierta voluntad de todos,
nunca lo hubiera visto,
como si la hermandad innumerable
que rueda hacia el dolor y la delicia
no pudiese rendirlo a sus verdades claras.

Renuncia este hombre al don de la hora vívida,
al esplendor del día donde caben
las venturas concretas, los adioses,
la parcial efusión que arde y resurge,
los trofeos del odio y la batalla,
las zozobras que el alma quiere en secreto, y todo
cuanto pide, no signos, sino real llamarada.

Quién sabe cuantas noches lo asociaron al quieto
reino de las personas ilusorias,
donde el castigo es tenue y es vaga la delicia,
y así en mansa demora miró correr los años,
pues quiso confundirse con mentidas criaturas
para que fuera leve también, y no de hierro,
el plazo de los días cardinales
que son nuestros sepulcros sucesivos.

Como quien se libera en el exilio,
vive oculto en comarca de signos y de fábulas,
donde las almas pueden desandar sus jornadas
y rehacerse a despecho de los hados,
pues lo domina el insensato empeño
de volverse un tramposo del destino.

Desoye –¿los vivientes podrán creerlo?–
el férvido llamado de las horas
que no le traen el hijo ni los viajes,
ni la curiosidad por otros seres,
porque el desierto es su jardín luciente
y, como ajeno al orden natural de las cosas
–ya tranquilo en su mundo menor y vaporoso–,
todo lo sacrifica a unas imágenes.

Ni siquiera el sonido del mar sobre la playa
donde juegan los cuerpos; tampoco el rostro nuevo
que se anima en la fiesta,
porque indirectos cielos lo aprisionan,
y su alma distraída solo goza
los bienes negativos de la calma y la ausencia.

Y semejante al párvulo, que en su candor se pierde,
deslumbrado en los reinos
que fundan con engaño las palabras,
vive prestada vida y aventura refleja.
Y las criaturas que en sí mismo engendra,
hijas de su delirio cuidadoso,
en vano salen a probar fortuna,
al azar ofrecidas, a lo incierto,
al capricho y la música de algún hombre recóndito.
Así, en ese desvelo para nadie,
en un país de símbolos humosos,
pierde su vida el lento forastero
que oscuro persevera,
esclavo de unas sombras.

Carlos Mastronardi

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2 comentarios en “El forastero”

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