El hombre se desnuda por toda la casa. Se mece, prepara el café, enciende la televisión, bebe un poco de agua. No me ama lo sé, sigo viva. La cena no siempre es en la boca, me cuenta su parte de la historia, se arrodilla, lo levanto, el mentón, nos mentimos. Pasan dos años. El hombre llora, como un niño llora. Me niega, tres veces me niega, luego me acaricia. Vuelve con girasoles en una bolsa roja, me planta su ternura en la cocina. Lo miro, trae un caballo, sin montura, trae un caballo.

El hombre sabe que el abrazo pequeño me conmueve, me entrega un temblor. Viene a decir que el mar, sus altas olas, sus orillas, no son imaginaciones nuestras. El hombre se duerme sin dar la batalla, la noche se quiebra junto al pecho, el pecho queda solo. No hay nada más triste que la soledad de un pecho que pueda ser amado. La noche sobrevive, el hombre no, el hombre se muere en las caricias.

A oscuras, todo es tan claro.

Gabriela Rosas

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