Espera

Esperaba
esperaba
y todavía
y siempre
esperando,
esperando
con todas las arterias,
con el sacro,
el cansancio,
la esperanza,
la médula;
distendido,
exaltado,
apurando la espera,
por vocación,
por vicio,
sin desmayo,
ni tregua.

¿Para qué extenuarme en alumbrar recuerdos
que son pura ceniza?
Por muy lejos que mire:
la espera ya es conmigo,
y yo estoy con la espera…
escuchando sus ecos,
asomado al paisaje de sus falsas ventanas,
descendiendo sus huecas escaleras de herrumbre,
ante sus chimeneas,
sus muros desolados,
sus rítmicas goteras,
esperando,
esperando,
entregado a esa espera
interminable,
absurda,
voraz,
desesperada.

Sólo yo…
¡Sí!
Yo sólo
sé hasta dónde he esperado,
qué ráfagas de espera arrasaron mis nervios;
con qué ardor,
y qué fiebre
esperé
esperaba,
cada vez con más ansias
de esperar y de espera.

¡Ah! el hartazgo y el hambre de seguir esperando,
de no apartar un gesto de esa espera insaciable,
de vivirla en mis venas,
y respirar en ella la realidad,
el sueño,
el olvido,
el recuerdo;
sin importarme nada,
no saber qué esperaba:
¡siempre haberlo ignorado!;
cada vez más resuelto a prolongar la espera,
y a esperar,
y esperar,
y seguir esperando
con tal de no acercarme
a la aridez inerte,
a la desesperanza
de no esperar ya nada;
de no poder, siquiera,
continuar esperando.

Oliverio Girondo

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vinieron los hombres que dibujan sombras nadie sabía cómo llegar al bosque
y la muerte tan cerca
que las voces se convirtieron en banderas ninguna persona fue más que otra
el tiempo solía crecer
al otro lado del campo de trigo
algunos lo cruzaron arriesgándolo todo otros han conseguido castillos de cristal en los que ahogarse
y todos, por la noche,
dudan de aquel invierno
en que empezaron a creer
y les crecieron caminos
mutaron los paisajes, los idiomas,
todo se hizo más real y más pequeño: sólo quedó una estrella,
sólo una

Isabel García Mellado

XI

There’s no deal to be made
With the dawn

Con el amanecer
no valen tratos.
No parecemos importarle
ni en lo próspero
ni en lo adverso.
Todo en él se termina
sin que nada comience de seguro.

Mejor la oscuridad.
Renuncio al día.
Vale más que la noche
no concluya, no dé punto final
a jadeos, a gemidos,
a la respiración de los que, por vivir,
nadan hasta el reverso de la sombra
y en las antípodas alcanzan
otra noche. Mejor
la estrella, observatorio en la neblina:

que se apresure, que despierte,
que de plano trabaje doble turno
y no haya sol jamás,
desgarrado entre dos atardeceres.

Luis Vicente de Aguinaga