A Genève Poitier

A Genève Poitier:

Bien pensado, no es importante que tú leas esta carta, en parte porque sé que no sucederá jamás. Lo que de verdad cuenta es que ahora yo la escriba. Es mi «puerta de servicio»…, me parece que se dice así.
Creo que todo comenzó con la Noche de los Cristales. Era la noche del 10 de agosto de 1990. Apenas te vi pensé en una cosa, una cosa muy tonta, pero que para mí era absolutamente nueva, y por eso me ha parecido importante: ella es mi punto de llegada. Por un momento he imaginado toda mi vida, he visto desde lo alto el camino que había tomado, las encrucijadas ante las que me había detenido para elegir, cada uno de los pequeños caminos de enlace y de los callejones sin salida que sólo me habían hecho perder tiempo… y todo me pareció un único recorrido, intrincado y perfecto, que me había conducido hasta ti. Cada momento había existido por sí mismo, para que yo me encontrase allí, en un país desconocido, en la fiesta del agua, mientras tú hacías sonar los vasos de cristal.
Aquella noche te hablé de estrellas fugaces enamoradas, dientes rotos de hadas, ratones que construyen reinos de gorgonzola debajo de las camas y delfines que hablan la lengua de las ballenas. Tú, en cambio, me hablaste de las tierras que tus ojos habían explorado. Y yo los entreví, detrás de tus ojos, y las encontré bellísimas, más bellas de lo que son, porque habían pasado también dentro de ti.
De golpe, como previendo el futuro, dijiste algo. Dijiste que hace falta más valor para olvidar que para recordar.
Lamento haber tomado aquel tren y haberme ido, lamento haberte conocido cuando no conservaba ya el recuerdo de mí y de esa noche, y me mata pensar que tal vez nada de todo esto ha existido jamás. Yo he pensado en ti y en esa noche cada día en estos últimos nueve años. Se ha hecho la luz dentro de mí en los momentos de oscuridad.
Por eso será tan difícil perderla para siempre.
Tenías razón, Gen. Hace falta valor para olvidar. Pero recordar…, recordar es el verdadero suplicio de los seres humanos.
Siempre me he preguntado cómo puede un hombre convivir con el fantasma de todo lo que ha sido y con el espectro de lo que no será jamás. No puede, he aquí por qué muere. No envejecemos a fuerza de vivir la vida, sino a fuerza de recordarla.
Saber quién soy y lo que he hecho me está llevando a la locura. Me siento un vagabundo en la línea del frente entre locura y realidad, y estoy bloqueado aquí desde hace mucho tiempo… Desde esa noche, tal vez, o quizá desde la noche en que vine al mundo. No temas, no te culpo por ello.
Porque en el fondo me he perdido y encontrado en una ciudad en la que las calles no tienen nombre. Allí, en una torre lejana y al mismo tiempo próxima, conocí a un hombre que no debería existir. El Coleccionista, así se hace llamar. O, al menos, a mí me gusta llamarlo así. Le he contado todo, Gen: de mí, de nosotros, de mi padre y de sus historias perdidas. Y él me ha dicho que tengo una oportunidad. Se llama Tirnail, el Reino de las Cosas Perdidas.
Mi padre, durante toda su vida, no hizo más que repetir que hay algo de verdad en este mundo. ¿Y si llevara razón? ¿Y si el Coleccionista no mentía? ¿Y si los encantos de Tirnail fuesen nada más que una vana promesa, una realidad distinta de aquella otra realidad? De ser así, yo tendría realmente una oportunidad: podría por fin liberarme de recuerdos pesados como losas de metal, podría dejar que se fueran todas las cosas que deben perderse.
Tirnail… A veces es difícil aceptar la existencia de algo que va más allá de nuestra realidad, pero no podemos dejar de creer en ello. Lo que conocemos, después de todo, es limitado, mientras que lo que ignoramos es potencialmente infinito.
Tal vez he elegido creer, por última vez, que ha quedado un resto de magia en el mundo.
El Coleccionista parecía sorprendido cuando le dije que no estaba allí para encontrar algo que había perdido, sino más bien para perder algo que había encontrado…, algo que me había conmovido: mi vida. No todo está marchito, naturalmente. Pero para eliminar las consecuencias desastrosas de cada acción tendré que borrar las acciones mismas, y las intenciones que fueron causa de dichas acciones. Tendré que olvidarlo todo. Aunque signifique perderte, aunque de este modo condene a mi padre a su mayor miedo…
Pero yo maté a un hombre, Gen. Y el recuerdo de mi pecado me está matando a mí.
Cuando hace poco regresé a esta casa, infestada de las sombras de mi pasado, me di cuenta de repente de lo solo que estoy. Entonces comprendí. Mañana por la mañana me despertaré y me habré olvidado de ti. Habré olvidado para siempre tus cabellos de diablesa, tus locuras, los vasos de cristal, y luego esa noche… y los años que vinieron después.
Habré olvidado tus ojos, Gen…
Una parte de mí había jurado que no acabarías prisionera de Tirnail. Lo siento, pero no puedo mantener la promesa.
Sé que no lo comprenderás, pero no me busques para obtener respuestas. Deja sólo que yo olvide tu nombre, Genève Poitier, cualquiera que éste sea.

El ladrón de niebla (fragmento)

Lavinia Petti

Matar al cerdito

Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre sí quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.

—¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? —le dijo a mi madre—. No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.

Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, ¿cuándo voy a hacerlo? Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un maleante.

Lo que tengo que hacer a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de cacao, aunque lo odio. El cacao con nata es un shekel; sin nata, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en patineta. Porque como dice mi padre, eso sí que es educar.

El caso es que el cerdito es muy lindo, tiene el hocico frío cuando uno se lo toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes que nosotros, un buzón del que mi padre no consiguió arrancar la etiqueta. Pesajson no es como mis otros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le derramen su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa.

—¡Pesajson, cuidado, que eres de cerámica! —le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje.

Me encanta cuando sonríe; es sólo por él que me tomo el cacao con la nata todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver que su sonrisa no cambia ni una pizca.

—Te quiero, Pesajson —le digo después—, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además, siempre te querré, pase lo que pase, aunque robes tiendas. ¡Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!

Ayer vino mi padre, agarró a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente boca abajo.

—Cuidado, papá —le dije—, a Pesajson le va a doler la panza. —Pero mi padre siguió como si nada.

—No hace ruido, ¿sabes lo que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en patineta.

—¡Qué bien, papá! —le dije—. Un Bart Simpson en patineta, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal.

Papá dejó a Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y agarrando un martillo con la otra.

—¿Ves cómo yo tenía razón? —le dijo a mi madre—, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?

—Pues claro —le respondí—, claro que sí, pero ¿por qué un martillo?

—Es para ti —dijo mi padre mientras me lo entregaba—, pero ten cuidado.

—Pues claro que lo voy a tener —le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:

—¡Venga, rompe el cerdito de una vez!

—¿Qué? —exclamé yo—. ¿Romper a Pesajson?

—Sí, sí, a Pesajson —insistió mi padre—. Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, te lo has ganado a pulso.

Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado su fin. Al diablo con el Bart Simpson, ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?

—No quiero un Simpson —dije, y le devolví el martillo a mi padre—, me basta con Pesajson.

—No lo has entendido —me aclaró entonces mi padre—, no pasa nada, así es como se aprende, ven, lo voy a romper yo. —Alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mí, que si no hacía algo, Pesajson iba a morir.

—Papá —le dije sujetándolo de la pernera.

—¿Qué pasa, Yoavi? —me respondió con el martillo todavía en alto.

—Quiero un shekel más, por favor —le supliqué—, deja que le eche otro shekel, mañana, después del cacao, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo.

—¿Otro shekel? —sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa—. ¿Ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia.

—Eso, sí, conciencia —le dije—, mañana. — Y eso que las lágrimas ya me ahogaban la garganta.

Cuando ellos ya habían salido de la habitación abracé con mucha fuerza a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto.

Pesajson no decía nada, sino que muy calladito temblaba entre mis brazos.

—No te preocupes —le susurré al oído—, te voy a salvar.

Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en la sala y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí con Pesajson por la galería.

Caminamos juntos muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas.

—A los cerdos les encantan los campos —le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo—, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí.

Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el hocico como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme.

Etgar Keret