Ritual de la ausencia y sus sombras

I

Quemaré el laurel en los rincones de la casa

en que nos consumimos.

Ahora sé que no volverá el movimiento

a los olores.

Recogeré los pelos de la alfombra.

No volveré a dormir sobre las sábanas

en que nos hicimos aguas

y salivas blancas de lamernos.

Quemaré el laurel en esta casa.

Con azúcar andaré quemando

las pieles y la carne.

Quemaré el laurel en los latidos

II

Mi bello tantas veces

traspasado en las hachas.

Abrasado

hasta el olvido

por los cuerpos del fuego.

Sólo me queda añorarte

en la cabeza roja de los fósforos.

Soñarme las salivas inflamadas

por una parafina de retornos.

Yo,

que sola me duermo en esta estufa

donde todos los cuerpos yacen blancos.

III

Mi triste niño rojo

del sueño negro y hondo.

En mitad del estómago

han de temblarme las sierpes.

Muda de las ausencias

sólo velo una sombra

y lo derramo todo.

V

¿Será que me doy vuelta

la cara

para mirar la sombra

que me volvió niebla lo oscuro?

Me tiemblo de mirarte ausente

y de sentirte

en las bocas que no eres.

Deseo el olvido como a la carne

en la mandíbula

de tigresa.

Mi despedazado,

sangre chorreante,

tibios miembros que muerdo

trozos que arranco y devoro

sin saciarme.

VI

Me desangro en pétalos

contra el viento.

El rocío me quiebra los labios.

Todo el olor no basta para embriagarte los ojos

y meterme.

Tanto temblor de lo frágil

agua

en la tierra

caerme,

y de lo rojo

nada

porque todo lo destiñó el tiempo.

VII

Déjame en este sur en que me encontraste

anudando mis cabellos a la niebla.

Déjame en este instante en que me vuelvo agua

y me voy por ríos negros

y me crezco en los pantanos

y me doy a los animales

que nunca sabrán de qué soy.

En boca ancha y pegajosa

déjame

serme barro

y llenarme de moscas.

VIII

Me caigo a los abismos.

Me abro las heridas

y unto dedos

para ver si por milagro

emergen mariposas.

Roxana Miranda Rupailaf

Lunes

Las seis de la mañana
partiendo a gritos del reloj: de nuevo
la catedral de luz derribará sus muros
sobre mi caminante corazón
que descansaba.
Odio como a un burgués la fuga de las sábanas.

No es por el frío, que no existe.
No es por el miedo al ojo agazapado
donde el farol,
anoche,
crucificó la sombra.
Ni siquiera es por ti,
ni por tu sexo que estalla en las manos,
tu descubierta gruta
recién muerta en el agua.

Es
—oh indeterminación
que un año azul y roto se merece—
la sensación antigua como mi puño izquierdo
o mi añorada comprensión de los pájaros:
el ojo junto al hombro, sin suplicar siquiera,
la mano hacia la cara de nueva piedra que alzo,
la vida que me pide,
la miserable savia que reconozco en mí.

Habría tenido, digo yo, que venir,
—no al mundo de los títeres, costureros de seda,
rudas botellas de ginebra como hospitales de la sed,
no al mundo que me das o al te doy,
pan deleznable, campo
para el cuchillo de la mermelada—
habría tenido que venir, repito,
como un desnudo incendio
hasta el reseco bosque donde me aterro sin gritar,
como un rudo torrente para la arena débil,
como aquel árbol que exige sangre de la tierra dormida,
reclamo de preñez contra la fuga,
contra la inmóvil lágrima
y la potente desesperación…

Pero, tempranamente,
vine como soy,
con manos desangrables,
con miedo,
con amor,
con cuatro lunes cada mes.
Y creo
que de no ser por este corazón,
por este palpitante planeta musical,
ya me habría marchado a tratar de morir.
Con todo,
no querría olvidarme de la risa…

Roque Dalton

Lidia, ignoramos. Somos extranjeros
Dondequiera que estemos.

Lidia, ignoramos. Somos extranjeros
Dondequiera moremos. Todo es ajeno
Y no habla nuestra lengua.
Hagamos de nosotros el retiro
Donde escondernos, tímidos por el insulto
Del tumulto del mundo-
¿Qué quiere el amor más que no ser de otros?
Como un secreto dicho en los misterios
Sea sagrado por nuestro.

Fernando Pessoa