Aparato

Ojo con que el orador —¿es un poeta?—
en el podio no se ponga a usar metáforas
u otros modismos faltos de claridad inmediata.
Ojo con que el silencio entre líneas no quede colgado

en tu cabeza como un canto polifónico incomprensible
nubes de frases donde triunfan las formas poco claras
con resultados incontrolables y sonidos extraños.
Todos sabemos que experimento es otra palabra

para desesperación y pérdida de tiempo.
Todos sabemos que el artista es un elefante
que necesita demasiado espacio come demasiada hoja.
Pero ¿dónde inquiere el elefante está la cristalería

en que pueda deambular dónde está el frágil cristal
que tambaleando y armando aparato pueda hacer
añicos? El elefante se revuelca como una alfombra
cansada y pesada y se estira. Los elefantes lloran bajito

pero los elefantes nunca lloran solos y su llanto
cubre cual coro polifónico la corteza terrestre
con una fina telaraña tejida de tonos y sonidos
como de esporas de moho. Nos advierten

de cargas y bombas y beneficios a corto plazo.
Oyen un mundo que se encoge y cruje.
Lloran por las madres de chicos fugitivos.
Por la madre del chico sempiterno.

Por las chicas que siguen
y donde inquieren los elefantes están los padres.
Hago trizas un elefante de porcelana.
El animal aquí no está en su sitio.

Tal vez solo el niño que clama con rabia:
“¡ahí viene el trueno!” antes de hacer saltar
un trompo en torno a la muerte no anunciada.

El público está cansado y embebido del final.
El apuntador sopla: no hay recepción.

La sala así englobada seguro que se ha encogido.

Maria Barnas

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