El suicida

Jorge Luis Borges

Nota II

ya que moría mañana
me moriré anteanoche/
con un cuchillito fino
voy a cavar el 76
para limpiarle las raíces a paco
las hojitas a paco
clavado al suelo como una mula rota

gente me quería ayudar/
después le toca al 77
para encontrar los ojos de rodolfo
como cielos terrestres
fríos fríos fríos
diseminados por ahí/
mirada vacía ahora

va a haber que trabajar
limpiar huesitos/que no hagan
negocio con la sombra
desapareciendo/dejándose ir
a la tierra ponida sobre
los huesitos del corazón/
compañeros denme valor/

la sombra vuela alrededor
como un objeto en mi pieza/
ni remedio que la pueda parar/
ni corazón ni nada/
ni la palabra nada/
ni la palabra corazón/
pañeros/compañeros

Rodolfo escribió esto en mí:

Juan Gelman

XIII

Viajamos: es el espacio que nos deletrea.
Si hubiera un dios que velara por nosotros, un
dios para los tránsitos, las bifurcaciones,
las desviaciones, debería ser entonces un dios
minúsculo. Mientras miro por la ventana
del tren cómo se escapan los edificios, niños
que corren asustados, imagino ese dios cuyo
nombre sería un misterio porque inadvertidamente
lo habría dejado en el asiento de un avión.
No tendría ritos ni templo, no ofrecería consuelos
ni pruebas, no elegiría tribu alguna. Nadie le
daría una palabra en maitines o completas, sus
oraciones serían las madrugadas en blanco
pasadas en estaciones de autobús o en aeropuertos,
con la respiración enlodada porque a esa hora
llueve en los bronquios. No conversaría con otros
dioses que, de todos modos, tampoco existen.
Apenas diría su canción a quien con él fuera.
No castigaría el robo o el adulterio: sabría
que todo camino es un robo y toda palabra
un adulterio. Tendría demasiados hijos como para
escoger a uno que lavara nuestros pecados; en
cambio, nos forzaría a migrar, como si se pudiera
absolver la distancia de su vastedad, de su miedo.
Andaríamos tanto, que ya sólo se nos podría
reconocer desde lejos. Su única función consistiría
en encargarse de que los relojes siguieran trabajando,
para que las partidas ocurran, para que no
se filtrara aquí la eternidad. Sería el dios de los
vuelos retrasados, las taquillas cerradas, el olor
a orina y semen dormido de los baños públicos.
Haría de mí apenas cuerpo entre los cuerpos, ya sin
el suplicio de la abstracción. Cambiaría mis ojos
por carbones amargos, volvería mis manos animales
remotos. Me reduciría a la certeza geométrica
y voraz del movimiento. Me mostraría que la
vigilia no es un estado, sino una tarea de destrucción.

Adalber Salas Hernández