XXXVII

Una entereza rota,
una armonía torcida,
sigue vagando inexplicablemente por el mundo.
Se adhiere a las paredes,
mide el ángulo de los rincones,
cala la noche como si fuera el día
y cuando alguien pretende identificarla
no está ya en el sitio.

La visten poco más que un pasado
y el recuerdo de un nombre
que alguna vez lo nombró todo.
Ciertas muertes que no pueden concluir
que se cuelgan a veces de algo menos que un hombro
y cuando caen la siguen
como si entonces entendiera que ella no puede sostener a nadie
ni siquiera a una muerte,
pero que es también lo único que es posible seguir.

Una forma furtiva, herida, casi ausente,
donde la luz se pierde como si se encontrara,
mientras el blanco comprende
que al burlar a la flecha se ha burlado de si mismo.

Roberto Juarroz